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Posts Tagged ‘Nubia Amparo Mesa Granda escritora y periodista’

Apuntes de Diario

Campo de práctica

Nubia Amparo Mesa Granda

El diario literario se alimenta de sueños, acontecimientos, lecturas, deducciones, anticipaciones. Nos permite darles cauce a los pensamientos y las emociones. Para un aprendiz de escritor es como un campo de entrenamiento donde ejercita su capacidad narrativa.

Son las seis de la mañana. Dejo la cama y abro la ventana de la sala. Es mi rutina, un ritual para saludar el día. Miro el cielo y trato de entender su lenguaje. Qué dicen las nubes cuando son densas, o las más frágiles, o las que se han teñido de color rosa. Hoy el cielo está limpio de nubes y cuando descorro la cortina, una gran farola suspendida en el espacio me deslumbra con su luz. Busco mi celular y obturo para capturar esa imagen y deleitarme mirándola una y otra vez.
Fue un acto reflejo estimulado por el deseo de constatar los momentos vividos. Ahora escribo sin mirar la fotografía. Hurgo en mi memoria para reconstruir el instante. Busco cada palabra, intento una secuencia, trato de encontrar el significado de la acción.
Párrafo y fotografía son un intento. Constituyen mi diario. En el caso de la fotografía solo realicé un encuadre y di un clic. Pero, cuando escribo registro datos, fechas, nombres, y plasmo mis ideas, fantasías y experiencias. Lo hago, no sólo con la intención de guardar recuerdos y dejar un testimonio de vida, sino como un ejercicio que me abre hacia la literatura, donde no sólo es importante qué decir, sino cómo decirlo. En algún momento podrá convertirse en materia prima para una obra.
El diario literario permite la dispersión de ideas y de temas. Podría decirse que cabe todo: la expresión de un pensamiento que cruzó como una ráfaga, la vivencia que más te conmovió en el día, el registro de una conversación, la descripción de una escena, el esbozo de un personaje. En ese sentido, el diario literario no se rige por los principios de la veracidad, no constituye un documento histórico en sí, aunque devela las visiones del autor y se sirve de sus experiencias para construir una imagen del mundo..

Una experiencia

Sesión especial del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. (Foto de Ángel Galeano Higua)

En el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, cada integrante lleva su diario y lo comparte en las sesiones semanales. De esta manera el autor no sólo escribe para sí. Al leerlo para otros deja de ser a la vez narrador y narratario y pasa a involucrar al lector en sus disquisiciones, aceptando sus interpretaciones.
Es un momento crucial en las sesiones que realiza el Grupo cada semana. Quien comparte algo de su diario, al hacerlo en voz alta, evalúa asuntos de ritmo, repeticiones, palabras innecesarias, y con la ayuda de los demás descubre problemas de coherencia y de precisión que no fueron percibidos en el momento de escribir, puesto que en el diario prima la espontaneidad para expresar ideas y retratar situaciones.
“Al atrevernos a llevar un diario nos convertiremos en cronistas de nuestra propia vida, lo que nos permitirá hacer un seguimiento de nosotros mismos, aprender de errores pasados, probar con nuevas metáforas, seguir el pulso de nuestra existencia”, dice Ángel Galeano Higua, coordinador del Grupo, escritor, editor y periodista, quien, como los demás, despliega toda su capacidad de escucha para “pillarse” algún obstáculo en la comprensión de la idea o la palabrería que opaca la belleza de una frase.
Mantener esa rutina de escribir en el diario se ha convertido, para los integrantes del grupo, en parte de su método para mejorar la capacidad narrativa. “Llevar un diario, ha sido, para mí, una salvación inequívoca, una manera de nombrar mi mundo, de reinventarlo”, expresa Claudia Restrepo Ruiz, quien además de libretas de apuntes ha utilizado su blog como soporte para mantener el ejercicio constante de la escritura.
Llevar el diario literario exige continuidad. De esta manera el aprendiz de escritor comprende, como lo plantea Ángel Galeano, que no hay que despreciar nada de lo que vemos, oímos o palpamos, lo que sucede a nuestro alrededor, incluidos nuestros pensamientos.
Para Marta Cecilia Cadavid Moreno, aprendiz de escritora e integrante del Grupo, el diario equivale a la libreta de bocetos de un pintor. “El ojo del escritor que lleva un diario nunca deja pasar los detalles que observa a su paso: una rosa que brota en las orillas de una quebrada o el agua que corre encarcelada debajo de una calle”. Para ella, esos retazos de ciudad, las reflexiones que plasma y las historias que le cuentan o que presencia, son materia prima de la literatura.

Más allá de lo íntimo

Muchos escritores, que lograron categoría de grandes, llevaron un diario durante toda su vida y admitieron que este tuvo una influencia fundamental sobre su creatividad. Para algunos como Guidé, quien mantuvo el hábito durante sesenta años, tenía una connotación de intimidad. Hablaba en él de sus evoluciones espirituales, del despertar de los sentidos y de los momentos de dolor. En cambio, Anaís Nin expresaba que de él podía “extraer ciertos descubrimientos que pueden ser fácilmente incorporados a otros tipos de escritura”.
En todo caso, el diario permite la expresión individual sobre el mundo por medio del lenguaje. Quien lleva un diario logra transponer su pensamiento y llevarlo a una nueva categoría en la cual pueden entrar otros con la capacidad de leer y entender su código. Y entonces, esa vida narrada se convierte en un tributo a lo efímero de la vida vivida.

nubiamesa456@gmail.com

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Publicado en la edición impresa de El Pequeño Periódico No. 102.

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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.
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Carné de Aprendiz

“Siempre he sido muy preguntona”

Entrevista con la escritora Nubia Amparo Mesa Granda

Por Ángel Galeano Higua

Autora de más de una veintena de cuentos, varios de ellos publicados en libros, periódicos, revistas y blogs, Nubia Amparo Mesa Granda (Medellín), periodista egresada de la Universidad de Antioquia, ha dedicado varios años a la búsqueda de un estilo en su escritura, al pulimento de su prosa y a la profundización de sus personajes, lo que se puede percibir en cuentos como La tía Adela, Sombras sobre el puente, La despedida de Satulio, Piedra luna o La Duda, entre otros.
Con su primer libro Las voces que trae la brisa (Edit. Fundación Arte & Ciencia) mostró la fuerza narrativa que venía incubando, cerró una etapa y abrió otra más ancha y profunda en sus propósitos literarios.
La Colección El Aprendiz de Brujo, nuevo sello editorial de la Fundación Arte & Ciencia, se inició con su libro La muñeca de sal, constituido por tres cuentos de una exquisita factura: Giro a la derecha, Las hermanas y La muñeca de sal. Esa búsqueda de la claridad y precisión la ha llevado a explorar escritos de mayor aliento, como Hasta la próxima estación, novela de corte urbano contemporáneo que está a punto de concluir y en la cual recrea las vicisitudes de una mujer que lucha contra la soledad y el desencuentro.
Sin duda, Nubia A. Mesa nos demuestra que no basta con tener talento y herramientas lingüísticas, además son indispensables una férrea disciplina, constancia a toda prueba, y una imaginación abierta a toda pesquisa.

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Nubia Amparo Mesa Granda, “Lo que me hace escribir es la necesidad de contar las luchas, las contradicciones, los sacrificios y los anhelos de tantos personajes que transitan ante mis ojos y cuyas vidas no pueden pasar desapercibidas”.

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Mis amigos dicen que soy comprometida pues procuro compartir con ellos los buenos y los malos momentos.
Yo considero que mi gracia es la fortaleza frente a las adversidades y mantenerme erguida, aunque me lancen un saco de piedras.

P ¿Avanzas o retrocedes?
R. Me gusta más la sensación de avanzar. Tal vez por eso salgo con frecuencia a caminar. Es como una necesidad de buscar algo nuevo. Sin embargo, uno no siempre avanza, más bien se mueve en círculo, como en un circuito que conduce al punto de partida. En todo caso, esa también es una manera de avanzar porque experimentas nuevas visiones.
Y si retroceder es replegarse, entonces lo hago frente a quien me plantea una batalla de egos. No me interesan las luchas de poder, y poco me importa ser ganadora en el juego.

P. ¿En qué sentido avanzas o en qué sentido retrocedes?
R. Cuando logro vencer un temor siento que avanzo. Cuando vuelve el miedo, siento que retrocedo. Y, a veces, eso sucede en intervalos muy cortos. Por ejemplo, cuando escribo. Cada párrafo es una conquista, por lo tanto, un avance. Pero cuando me quedo sin palabras y desisto de seguir buscándolas, lo considero un retroceso.

Durante una sesión del Grupo en 2013, lectura y preparación de El traído, cuentos de navidad. Premio Vigías del Patrimonio, Medellín. (Foto de Ángel Galeano Higua)

P. ¿Cuándo comprendiste que eras una aprendiz?
R. Es difícil precisarlo. La vida es un constante aprendizaje y si no nos consideramos aprendices la arrogancia puede ahogarnos. Respeto a quienes se declaran expertos en algo, pero mucho más a quienes se aventuran por los campos misteriosos de lo que no puede ser medido ni encapsulado en fórmulas.
Siempre he sido muy preguntona. Para mi mamá y mis maestros era agobiante dar respuestas que derivaban en una nueva pregunta de mi parte. Como esas respuestas no me satisfacían empecé a buscar los libros y a perderme en los laberintos de las ideas que podía palpar en ellos. Un día empecé a plasmar en mis cuadernos mis percepciones e inquietudes sobre el mundo circundante. Y ese diálogo conmigo misma ha sido el impulso para seguir expandiendo mis búsquedas.

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los relatos cortos. ¿A qué crees que se deba esa tendencia?
R. Puede ser una tendencia a buscar la precisión, a querer decir más con menos palabras. Me interesa buscar el detalle significativo y usar la sugerencia más que la confirmación, prefiero dejar la puerta abierta a las interpretaciones del lector.
O tal vez sea que dentro de uno se instala una medida, y empiezas a moverte en ese intervalo, de una manera inconsciente. Creo que el ejercicio del periodismo puede haber incidido en esa tendencia, puesto que uno se acostumbra a disponer de un espacio y un tiempo determinados.

Tienes media hora de programa en la radio o en la televisión, o dispones de una página en un periódico o en una revista. Entonces aprendes a condensar.
Es decir, no necesariamente es una predilección sino la capacidad de la que dispones. A alguien le escuché decir que uno no escribe como quiere sino como puede. Sin embargo, esa es una sentencia que se puede revertir, y por eso, hago mis intentos por desarrollar la capacidad de escribir relatos con más largo aliento.

P. ¿Cuál es tu cuento que más dificultades te dio? ¿Por qué? ¿Cómo lo percibes ahora?
R. Escribir es difícil. Uno puede tener una idea, pero plasmarla implica entrar en un laberinto con varias salidas, por lo que muchas veces te paralizas y tienes la tentación de desistir. Decir cuál es el más difícil es un reto complicado. Cada uno tiene una dificultad diferente. Algunos porque tienen una carga emocional muy grande y te confrontan con tus fantasmas más ocultos. Otros porque equivocas la ruta que te habías trazado, y en ocasiones porque cuando lo crees terminado te das cuenta de que es soso, que no tiene magia.
Escribí un cuento que se llama Una mujer en la ventana. Lo único que tenía era esa imagen, la de una mujer en la ventana que veía pasar la ciudad recostada contra el alféizar, perdida en sus quimeras.

Escribí dos o tres párrafos, pero me quedaba en las sensaciones, en el paisaje. Sabía que esa mujer experimentaba una gran desventura, pero no entendía por qué. Ella me persiguió por muchas semanas, pero no me hablaba, solo me miraba, y en sus ojos había súplica, como si necesitara que yo descifrara sus misterios. Por qué. Esa pregunta seguía rondándome, y cada que intentaba escribir se me arrugaba tanto el corazón que me paralizaba. Hasta que tuve un sueño, estaba en un funeral múltiple, los ataúdes aparecían flotando sobre una multitud de personas. Fue un sueño extraño donde se mezclaban los rostros de mi padre, de mi madre, de mi hermana, con los de otros desconocidos. Entonces lo supe, esa mujer lo había perdido todo en la guerra y su drama era haber sobrevivido. Encontrado el drama, lo que seguía era hallar el desenlace. Y ese fue otro tránsito largo, porque me cuestionaba sobre la posibilidad de seguir viviendo después de perderlo todo, ¿Cómo resarcir el dolor? A veces llegaba a la conclusión de que es imposible, de que esa desventura solo puede engendrar más destrucción. Pero la mujer de la ventana permanecía allí inquiriendo a las sombras, como si intentara desvanecerlas. Y decidí que la única manera de encontrar un camino era dejar que ella se metiera en mi piel, o yo en la de ella. En todo caso, ahuyentar la derrota juntas. Desde ese momento, las imágenes aparecieron más nítidas y pude vislumbrar el final.
Este cuento me enseñó muchas cosas. Por ejemplo, a no forzar nada en la historia, a dejar que los personajes se vayan revelando poco a poco, pero también a seguir sus pistas como con un radar, y a acompañarlos hasta el final, entendiendo su perspectiva. Una mujer en la ventana revela la fuerza interior de los seres humanos y me permitió fortalecer también mi capacidad de empatía.

Primer libro publicado por el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, noviembre de 2018. El diseño de portada es de Saúl Álvarez Lara.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer cuento publicado.
R. El primer cuento publicado se llama La tía Adela. Está en el libro Primer conjuro, un ejercicio que nos propuso Ángel Galeano para recopilar los trabajos del Grupo El Aprendiz de Brujo. Lo escribí para esa publicación y fue un reto muy bonito porque nos ponía frente al compromiso de exponer una creación que hasta ese momento solo habíamos compartido con los compañeros del grupo o con la familia.
Es un cuento muy vivencial donde hice acopio de mis recuerdos de infancia. Quería también rendir un homenaje a un oficio que practicó mi madre y que me gustaría ejercer algún día: el de costurera. Es un oficio de paciencia y donde la delicadeza y el detalle enriquecen la pieza de costura. Se asemeja a la escritura. En el cuento, la tía es quien le cose el vestido de la primera comunión a la niña, y este es una especie de objeto mágico que marca el giro en la historia.
Cuando lo leí en el grupo hubo buena recepción, y con los comentarios de los compañeros y la asesoría de Ángel como editor pude pulirlo. Me acuerdo que la carta del final, escrita por la tía Adela, parecía muy refinada para que ella la hubiese escrito. Son esos errores en los que se puede incurrir al crear un personaje. Y con este cuento lo descubrí.
Luego llegaría la emoción de tener el libro en las manos y saber que esa historia podría ser leída por otros que no conocieron su proceso de gestación. Y después, los comentarios de algunos lectores. ¿Cuál de tus tías es la tía Adela? Me preguntaron varias amigas. Y yo sonriendo y asegurando que ella es La tía Adela, nadie más, y es mi creación.

Primer libro de cuentos de Nubia A. Mesa. Diseño de portada Saúl Álvarez Lara.

P. Y del último.
R. El último se llama La duda. Podría decir que, en mi búsqueda, en este cuento he querido experimentar con una atmósfera oscura, escrutar el sentimiento de culpa y de angustia frente a un acto de crueldad. Primero aparecieron esas sensaciones, una ira incontrolable, impotencia y una carga de frustración muy grande, y luego se desencadenaron los acontecimientos con una violencia letal que no era fácil plasmar. Aparecieron las escenas, quizás influida por tantos hechos que nos narran los noticieros, o quizás porque muy dentro de uno exista un ser capaz de destruir y matar. Eso me inquietaba. ¿Yo sería capaz de matar? ¿En qué circunstancia? Empecé a leer algunos estudios sobre el homicidio y hasta me acordé de Thomas de Quincey cuando habló del crimen como hecho estético después de considerar que la moral no logra resolver ni detener un crimen y por eso hay que fijarse en él como un arte. Hice alguna revisión de ensayos sobre su obra. En fin, me perdí en una revisión documental sobre el tema y un día apareció el personaje. A partir de ahí él me fue llevando a su mundo y decidí que fuera él mismo quien narrara, para no entrar en valoraciones externas, sino que él examinara sus acciones y nos mostrara su propio infierno.
Como todos los ejercicios que uno realiza en la pretensión de escribir, por fin, un buen cuento, esta experiencia me aportó nuevas visiones sobre la condición humana y me obligó a escoger cada palabra, cada verbo que nos remitiera a las acciones del personaje. El resultado lo juzgarán los lectores.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Si hago una revisión de los cuentos que he escrito, que pueden ser unos veinte, se pueden identificar algunas constantes, como la soledad, la incertidumbre, el anhelo de libertad. Sin embargo, creo que lo que me hace escribir es la necesidad de contar las luchas, las contradicciones, los sacrificios y los anhelos de tantos personajes que transitan ante mis ojos y cuyas vidas no pueden pasar desapercibidas. Me interesan los hechos cotidianos, esos aparentes pequeños dramas que vivimos, a veces sin darles mayor importancia, pero que al final son los que desencadenan los grandes problemas sociales.

Piedra luna es uno de los once cuentos del Grupo Literario que aparecen en este libro. Diseño de portada, Saúl Álvarez Lara.

P. Si tuvieras que viajar a la luna y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál sería? ¿Por qué?
R. Llevaría Piedra Luna, (incluido en el libro Aoketekete y otros relatos del río) porque la sola alusión a su luz es ya un viaje hacia ese misterio que ni las conquistas espaciales, ni los telescopios más potentes nos han logrado robar. Piedra Luna es un viaje frustrado, un intento por atrapar esa esfera desdeñosa que nos mira desde las alturas. Por lo tanto, llevar ese cuento es como hacerle un regalo de desagravio por querer atraparla.

P. Para evitar que te condenaran al infierno si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. ¿Cuándo merece uno el infierno? Los cánones cristianos establecen que allí deben ir los malvados, los incrédulos, los herejes. A juzgar por estos criterios, para que el autor de una obra literaria merezca el fuego eterno por una de ellas, esta ha debido escandalizar o representar un peligro para el establecimiento. En muchos momentos históricos se han quemado libros por la peligrosidad que representaban las ideas allí consignadas, y muchos autores quedaron sumidos en un infierno tras ser sometidos a la censura, el escarnio y la represión. No podría afirmarse que eso haga más grandes a estos escritores, pero sí más recordados, por el alto precio que tuvieron que pagar.
En mi caso, creo que aún no he escrito esa pieza literaria que merezca ser declarada como peligrosa y por la cual se me condene al tormento. Lo que hay son intentos, aproximaciones a experiencias humanas que me conmueven. Tal vez en manos de algunos, esas historias “mínimas”, como se ha dado en llamar a las referidas a la vida cotidiana, se conviertan en detonantes y generadores de una ruptura en su forma de pensamiento.

P. En la actualidad escribes tu primera novela, ¿cómo va la experiencia?
R. Apelaré a un símil que he escuchado de varios escritores, el cuento es como correr los 100 metros y la novela como una maratón. Los 100 metros requieren de fuerza y potencia, mientras la maratón pide regular el esfuerzo, sabes que habrá cuestas y descensos y cada terreno pide estrategias diferentes.
Inicié esa novela hace más de siete años. Había un tema que me taladraba y quería darle un desarrollo mayor que el que exige un cuento. Empecé a esbozar a los personajes, y echamos a andar. El trabajo en la universidad no me dejaba mucho tiempo, pero procuré dedicar unas horas diarias a la tejedura de las ideas y las escenas, sin prisa, escribiendo y borrando, quitando aquí y poniendo allá. Muchas cosas iban apareciendo a lo largo del día, entonces apuntaba las ideas y luego volvía a repasar toda la historia para ver si esos apuntes tenían cabida. Cuando consideré que la había terminado la entregué a un amigo para que la leyera. Sus comentarios me permitieron hacer ajustes, descubrir los detalles que hacían falta, comprender que todavía faltaba mucho para la meta.
Ahora creo que está terminada. Por lo menos, que puedo dejarla ir para que inicie el tránsito hacia la lectura de otros.

Evento de presentación de Las voces que trae la brisa, Biblioteca Pública Piloto (Izq. a der.) Nora Ulloa, Claudia Restrepo Ruiz, Nubia Amparo Mesa G., Ángela Penagos Londoño y Eladio Ospina (Foto archivo).

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Escribir y leer son actividades solitarias, donde pones en juego lo más íntimo de tu ser; sin embargo, la compañía de los otros es como un bálsamo que suaviza la sensación de desamparo que te acomete frente al texto escrito, tanto el que tú escribes como el que intentas descifrar cuando lees. El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo es ese oasis donde voy a beber de la generosidad de mis compañeros. Compartimos nuestros escritos y escuchamos las percepciones de cada uno. Qué mayor regalo que la escucha activa y el comentario certero.
Llevo diez años asistiendo cada martes a la sesión de tres horas. Son pocas las ocasiones en que he faltado. Si volvemos al ejemplo de los 100 metros y de la maratón, podría decir que esas son mis horas de entrenamiento, donde encuentro la experiencia de Ángel como coordinador, quien mantiene el ánimo arriba y el bisturí afilado para pulir las obras. Cómo no agradecer esa oportunidad de encuentro. Cómo no aprovechar esa complicidad para fraguar proyectos editoriales. Cómo no permearnos de entusiasmo y aceptar la mano del otro cuando crees que vas a desfallecer. Puede que no salgamos ganadores en la maratón, pero el camino se hace menos difícil y los más pequeños logros nos enaltecen a todos.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. Voy a intentarlo, aunque no suelo ser desabrochada. Me falta camino para deshacerme de las ataduras de la razón:
Camino por extramuros. Transito pasadizos penumbrosos. Las sombras se recuestan a los muros y la música reverbera entre las losas. Las voces arremeten como en una procesión de almas desarraigadas. Me acorralan. Me escabullo. Me refugio. Parpadeo. La hierba es blanda y fresca, crece entre mis dedos y rebosa el muro de mi fragilidad.

 


Del Diario Literario

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario?

El diario literario permite recoger de manera rápida esas cosas que nos conmueven en el día a día. Es como hacer bosquejos para que la idea no se nos escape. Yo siento que al llevar un diario he ganado en fluidez y espontaneidad. Aunque desde niña acostumbraba escribir en los cuadernos o en una libreta que me regalaron y que llevaba el nombre de diario, como ejercicio literario empecé a hacerlo por insinuación de Ángel en las sesiones del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Me parece muy útil para atrapar momentos, imágenes, escenas, emociones, conversaciones. Es como saquear la vida, atacar su condición efímera, es un intento por atraparla y superar la fragilidad de la memoria. Algunas cosas consignadas ahí pueden ser luego material útil para un cuento o una novela. La revisión que uno hace después, de lo que ha escrito en el diario, llega a sorprenderle porque se hace de una manera muy desprevenida. Hay algunos textos que se quedarán guardados, otros que se transformarán al incluirlos en una obra y otros que tienen suficiente coherencia como para constituirse en una pieza en sí mismos.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?

R. Claro que sí.

Agosto 23 de 2013
Hace unos minutos el murmullo de las conversaciones entre amigos parecía volar atravesando la plaza para sumergirse en el río. Ahora es posible escuchar el lento tránsito de las aguas que corren por un costado del pueblo. En el lugar solo quedamos nosotros con la sensación de que todo se expande, mientras nosotros somos cada vez más pequeños, casi invisibles.

Febrero 25 de 2014
El hombre lleva tatuado en su frente el número de la bestia. Camina arrastrando una carreta con hierros retorcidos, cartones y trozos de madera. Lo veo de frente, sonríe y tararea una canción. Su rostro enjuto delata su condición de consumidor de drogas. Imagina uno los excesos a los que ha sometido su cuerpo. ¿Decidió ser un discípulo del demonio? ¿Es esa la marca de su propio apocalipsis?

Agosto 21  2015
“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Eso dijo Pavese, y yo me pregunto: En ese momento inaprensible y fugaz del auto al estrellarse ¿qué viste? ¿Alcanzaste acaso a presentir el final? La muerte llegó y su raudo vuelo te cegó para siempre. Quizás su mirada te estuvo siguiendo durante muchos días y no pudiste leer su anuncio. Ella entonces se paró de frente para fustigarte con la fuerza imantada de sus ojos. Llegó la muerte y se llevó tus sueños de mar y de montaña. Visiones al fin y al cabo, que solo a ti podían deslumbrar. Pero llegó la muerte y apagó tus ojos.

Abril 14  2016
El orgullo y la resignación en el mismo renglón del poema de Kavafis. Quizás porque se suceden. El orgullo que blande espadas sabe también que su triunfo conlleva la derrota. Y ante la derrota solo nos queda la resignación, esa cuota de valor que se necesita para despedir la esperanza.

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Obras publicadas de Nubia Amparo Mesa Granda:

  • Un hombre solo. Actos de Palabra. FUNLAM. 2010.
  • La tía Adela. Primer Conjuro. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • Sombras sobre el puente. La Palabra se baña en el río. 2011. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • Pasajeros del mismo río. Cuando el río suena. 2012. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • La despedida de Satulio.  El traído. 2013. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • Colonizar despojos; Piedra Luna.  Aoketekete y otros relatos del río. 2014. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • Una mujer en la ventana. Flores en la pared y otros relatos. 2015. Ed. Fundación Arte y Ciencia.
  • La casa amarilla. La Casa contada y cantada. Antología de cuentos Confiar. Selección y notas de Elkin Obregón. 
  • Florecer en otoño; Canción de mayo. Letras para vivir: relatos y cuentos. 2018. Fondo Editorial Universidad Católica Luis Amigó.

Libro de cuentos

  • Las voces que trae la brisa. 2014. Ed. Fundación Arte y Ciencia.

 

Medellín, Mayo de 2018

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El Río Magdalena. El Gran Río. Espina dorsal de nuestro país, escenario de luchas y conquistas, un río testigo. Allí se gesta y toma cuerpo la novela de Ángel Galeano Higua, que no podía llevar otro nombre: El río fue testigo; una obra bañada por la espesa corriente de un espíritu impetuoso que recorrió caminos de la mano de otros inconformes, para llevar a los campesinos del sur de Bolívar un aliento de creatividad que les permitiera enfrentar sus carencias.

Leonardo, el protagonista, rastrea las jornadas de él y sus compañeros por ciénagas y quebradas, caños y serranías, llevando atención médica, pero también espiritual. Cargado con un arcón repleto de libros, los comparte con niños y jóvenes ansiosos de descubrir en ellos vibrantes historias.

La novela nos pone de frente con las faenas de los pescadores, el abigarrado mundo del comercio de Magangué, las jornadas de los labriegos cultivadores de maíz, arroz y sorgo, y todo bajo el ardoroso sol que refulge sobre las aguas del río. Con meticulosidad de cronista, el narrador de El río fue testigo documenta la gesta que emprendieron un grupo de jóvenes, médicos, enfermeras, sociólogos, artistas, que dejaron las comodidades de la ciudad y se aventuraron en busca de concretar un sueño: construir una sociedad más equitativa, con la participación de todos, crear condiciones para superar el atraso y generar un cambio de raíz en las estructuras sociales.

Pero esos años de trabajo y sacrificios fueron estrangulados por las fuerzas violentas de los grupos armados que incursionaron en la zona, asesinando a campesinos y líderes. Movidos por mezquinos intereses, esos hombres aniquilan no sólo vidas, sino sueños; creando un cerco que obliga a los “descalzos”, como se conoció el grupo de estos jóvenes, a retroceder. Leonardo, Manuela (su mujer) y Valentina (su hija), nombres ficticios de personajes que no existen únicamente en el papel, regresan a la ciudad. Pero ante la amenaza de muerte, al protagonista le han salido alas. Regresará con un sentimiento de desolación, pero intuimos que esa experiencia será el elemento constitutivo de su obra.

El río fue testigo es una novela fundamental para entender una parte de nuestra historia política, y es también una invocación al viaje como búsqueda del sentido de la existencia. Leonardo, Manuela, Sara, María Fernanda, Óscar Mauricio, cada uno de los personajes que Ángel Galeano sigue con ojos atentos, y de cuyas acciones toma nota en cada giro; tienen una misión, sortean dificultades, confrontan sus ideales ante una realidad que se les asoma con “la contundencia de un rayo mortífero”. Y todo esto nos lo cuenta el narrador con imágenes desbordantes, con ritmo vivo y una cadencia como de garza atravesando la sabana.

Diseño de Cubierta: Saúl Álvarez Lara (Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia)

“El libro es un homenaje a los pobladores de Magangué y la cuenca del Bajo Magdalena. También lo es para todos mis compañeros (los descalzos) que entonces éramos un solo ideal. Y es un testimonio de admiración por Francisco Mosquera, el timonel de esta empresa, el hombre que diseñó toda la estrategia de llegada y también de retirada para salvarnos la vida.” Así se refirió Ángel a su obra al presentarla en el puerto de Magangué, sur de Bolívar, el 12 de octubre de 2003. Recién había sido publicada por la Editorial Universidad de Antioquia y había sido finalista en el Concurso Nacional de Novela, convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá.

Ahora, El río fue testigo entra en circulación reeditada y en coedición entre Sílaba Editores y la Fundación Arte y Ciencia. Luego de un proceso de revisión y depuración por parte de su autor, podremos revivir la experiencia de “los descalzos” allá en los años 80, en esos poblados del Sur de Bolívar. Es la literatura que nos sirve para mantener la memoria, “para no olvidar, para utilizar sabiamente el legado que nos dejan los mayores.”

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Texto tomado de https://laterales.com/rio-fluye-la-fiesta-del-libro/

Nubia Amparo Mesa Granda es periodista egresada de la Universidad de Antioquia, autora de innumerables crónicas y reportajes, y de cuentos como La muñeca de sal ,(de reciente publicación) La tía Adela, Un hombre solo, La despedida de Satulio y Una mujer en la ventana, entre otros. Su cuento La casa amarilla hace parte de la antología publicada por la Cooperativa Confiar. Es integrante del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo desde su fundación.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia

Ya está en circulación en edición impresa

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La muñeca de sal

Nubia Amparo Mesa Granda

 

Mi abuela ponía la sal en una taza que llevaba de la cocina al comedor. La usaba para reforzar el sabor de los alimentos, para estimular nuestro apetito, como conservante y, una que otra vez, como medicamento, sobre todo cuando necesitaba hidratarnos después de un mal de estómago. Otras veces le servía para brillar metales y como amuleto contra el mal de ojo.

“No se puede derramar la sal porque atrae los males. Y si eso pasa, debes tirar unos granos por detrás del hombro izquierdo para alejar cualquier desgracia”, decía, y aseguraba que las brujas podían ser esas vecinas que se presentaban en la casa pidiendo un poco de sal. Remataba contando la historia de la mujer de Lot convertida en estatua salina por desobedecer el mandato de no mirar atrás mientras la ciudad era devastada.

Qué bella era esa taza. Según ella era de porcelana china, aunque se veía gruesa y menos lustrosa, parecía más bien de pedernal. Tenía grabadas flores, azules y rosa, y un borde dorado que contrastaba con su blanco contenido. Muchas veces, desobedeciendo sus mandatos, deslicé mis dedos por la superficie granulada, arañándola para dejar mi rastro, e imaginaba que iba por uno de esos desolados paisajes de Alaska que nos mostraba la profesora en la clase de geografía. Mi abuela me explicó que son salados el mar, la sangre y las lágrimas. Entonces me preguntaba, al ver llorar a mi mamá, día tras día, después de que mi padre se fue, si toda la sal del mundo provenía del llanto. En tal caso, el mundo sería de verdad un valle de lágrimas como decía el cura en la iglesia. Pero yo me mantenía atada a la belleza cristalina de ese elemento. Hacía montoncitos de sal sobre la mesa del comedor y formaba figuras: cuadrados, triángulos y círculos que luego devolvía a la taza. Hasta que un día, cansada de esa efímera creación, decidí hacer algo compacto, de más larga vida, y le pregunté a la abuela cómo podía hacer una muñeca. Ella me acompañó en el juego. Una medida de harina por media de sal, y agua. Luego amasar y moldear.
Mi muñeca de sal tenía una apariencia de fantasma, con una blancura invernal, profundas cuencas en lugar de ojos y pequeñas depresiones en nariz y boca. Sus brazos amorfos hacían cruz con el tronco rectangular donde también hice una pequeña hondonada para señalar el ombligo. Era mi creación y me sentía orgullosa, por eso la puse sobre el tocador al lado de un cofrecito de madera y un florero de cristal. Allí nadie podría profanarla.
Un día, cuando regresé de la escuela, entré al cuarto y la busqué. Quería jugar con ella a las adivinanzas. Adivina cuánto saqué en matemáticas… nunca me había ido tan mal… Adivina a quién vi hoy… Me gustaba su imperturbable silencio y por eso aprovechaba para contarle mis secretos. Eso también lo aprendí de la abuela cuando decía que al abuelo se le podía decir de todo porque ni escuchaba y era tan frío como una estatua de sal.
Le había puesto un nombre a mi muñeca. La llamaba Fidelina. Así que cuando me acerqué y musité su nombre, bajito, para que nadie más me escuchara, encontré el único vestigio de su desintegración. Era un trozo de su cara, una luna carcomida que miraba con un solo ojo profundo y vengativo. ¡Abuela! —grité— ¿Qué le pasó a mi muñeca? ¿Quién la quebró? —volví a inquirir mientras recorría los pocos metros que separaban mi cuarto de la cocina llevando sus despojos en una mano.
Allí estaba mi abuela, preparando la comida y así siguió, sin mirarme, picando el tomate para la sopa.
—No lo sé, yo no he entrado por allá. ¿Sería tu mamá cuando entró a limpiar? O pregúntale a tu abuelo, aunque estoy segura de que ni siquiera sabía que tenías esa muñeca.
—¿Entonces se quebró sola? — dije con tono desafiante.
—O a lo mejor no la quebró nadie—replicó la abuela. Yo creo más bien que se deshizo con una gotera que cae justo ahí donde la pusiste.

Nunca sabré quién o qué causó la desintegración de Fidelina, pero creo que ese día empecé a entender la fragilidad de las cosas y de la vida, y cómo todo puede perderse en un instante.
Aún conservo la taza de sal de la abuela. Es como un antídoto contra el olvido. Cuando la miro la veo a ella en la cocina. Restriega sus manos nudosas en el delantal, canta boleros mientras bate el chocolate y me advierte que no debo tragarme las pepas de la naranja porque me crecerá un árbol en la barriga, y menos comer mango biche con sal porque me diluirá la sangre.
La sal sigue siendo mi elemento. Me gusta incluirla en mi baño. Y siento que renazco. Una vez a la semana derramo agua salina desde mi cabeza y dejo que se seque en mi cuerpo para sentir cómo el mar se adhiere a mi piel. Sentir que soy la sal reposada que brilla bajo el sol, limpia, como la luz intensa del día. Esos granos blancos son también el germen de mi creación. He decidido hacer esculturas de sal a escala humana. Algunas veces las derramo en fragmentos sobre el piso ante los ojos de los espectadores como invitándolos a una liberación, para que esa sal compactada, aprisionada, retorne a su estado natural
Es una manera de rendirle homenaje a la abuela que murió una noche de diciembre cuando intentaba engalanar el balcón con luces de colores. Había subido a una improvisada escalera y cayó desde su altura fracturándose el fémur y la pelvis. Se partió, se astilló, pequeños fragmentos de hueso entraron en su torrente sanguíneo y le obstruyeron la circulación. La encontré tirada en el suelo, fría, los ojos secos y fijos en un lugar incierto. Quise levantarla, pero se había endurecido, pesaba como una estatua de mármol. Pasé mi mano por sus cabellos canos con el leve rizo extendido sobre las baldosas, y no sentí su energía. Ya mi abuela no iría más de un lado a otro de la casa, regando las plantas, limpiando las ventanas, cambiando las sábanas, con la taza de sal en sus manos junto a la mesa del comedor. Y yo tenía que aceptarlo. Aceptar que su quietud era plácida, que yo habría de perpetuar su legado y procuraría darle nuevo valor a cada uno de esos objetos a los cuales dotó de anhelos y vigor.
Hoy, las luces de colores titilan en nuestro balcón y en la mesa del comedor está la taza de sal. De ella seguimos tomando pizcas para alimentar nuestra vida.

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Nubia Amparo Mesa Granda ha publicado, entre otras, las siguientes obras:  Las voces que trae la brisa, Libro de cuentos Editado por Fundación Arte & Ciencia (2014). Un hombre solo, Actos de palabra Funlam (2010). La tía Adela, Primer Conjuro, Fundación Arte & Ciencia (2008). Sombras sobre el puente, La palabra se baña en el río, Fundación Arte & Ciencia (2011). Pasajeros del mismo río, Cuando el río suena, Fundación Arte & Ciencia (2012). La despedida de Satulio, El traído y otros cuentos de Navidad, Fundación Arte & Ciencia (2013). La casa amarilla, La casa contada y cantada, Antología Coop. Confiar 2015).

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Cuento

Una mujer en la ventana

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda. "Me guiaba una pregunta:¿cómo resarcir el dolor?"

Nubia Amparo Mesa Granda. “Me guiaba una pregunta:¿cómo resarcir el dolor?”

I

La ciudad se mueve, estalla, y se fuga como la luz. Ella permanece inmóvil mirando a través de la ventana. El rostro impasible. Sus ojos curiosos pasean a lo largo de la calle y se elevan hasta la cumbre de las montañas para regresar fatigados sin conquistarlas. El viento despeina los árboles y levanta las faldas de las colegialas. Cruza un gato negro y con movimiento certero desaparece entre las llantas de un auto detenido. Un pájaro, con aleteo acompasado, llega hasta una cuerda. El pavimento despide las sombras al vaivén de los rayos del sol. Y ella continúa allí, a merced de los fantasmas que la rondan. A través de ese muro roto asoman sus quimeras.

Quizás espera el regreso de su padre cuya voz se desvaneció, como sus pasos al bajar por la escalera, hace mucho tiempo. Confía en que asome por la esquina su hermana menor con un algodón de azúcar rosa que las derretirá con su dulzura. O que envuelta en velos de organza la lluvia dance para ella. Es como si al permanecer allí, atornillada, pudiera recobrar lo que ha perdido o descubrir un mundo paralelo dónde instalarse como huésped por una buena temporada.

Apoya los brazos en el alféizar para recibir la tibieza del sol que al ocultarse deja una estela rojiza. Tantas veces ha intentado atrapar el momento exacto en el cual se superponen los planos del día y de la noche. Para ella ese es el único límite que existe entre la vida y la muerte. Tal vez si mira una nube sin parpadear, el contraste sobre el firmamento le permita percibir esa fusión.

 

II

La nube se alargó como una saeta hacia el oeste. Las manecillas del reloj dieron un salto. Un abrir y cerrar de ojos transfiguró el paisaje y la oscureció también a ella convirtiéndola en una silueta entre cuatro listones de madera. Intentaba esconderse de sí misma, resguardarse en la intimidad de la penumbra, pero sus recuerdos insistían en arrancarle los ropajes.

Llevó sus manos a la boca para detener una consigna contra todas las durezas del mundo. Contra el poder que estrangula los sueños. Contra los que blanden sus armas en los campos de guerra y los que desatan batallas de orgullo. Contra los que, como ella, por miedo, son testigos mudos ante el horror. Un grito explotó en su interior y algo que le reventó en el pecho se desbordó por sus ojos.

Las luces del vecindario temblaron en sus pupilas. Y esa luz tambaleante la arrebató de la oscuridad que quería raptarla. Después de todo, pensó, la ventana sigue abierta y frente a ella pasa la vida con sus luces y sombras.

 

III

Los pasos eran lentos, apacibles, casi levitantes. Se detuvieron a un lado de la cama. Los pies descalzos, los dedos cortos y regordetes. Vio que los abría, como en abanico, juguetones. Escuchó su risa. Percibió su aroma a lavanda y sus manos aleteando por el cuarto como aves en libre vuelo. Se posaron sobre su frente afiebrada refrescándola. Le recorrieron el rostro. Con los nudillos le pellizcó las mejillas. Ella sonrió. Y sobre ese telón oscuro del cuarto también resplandecieron unos dientes de mulato hechicero.

— ¡No te has ido!—dijo ella con voz meliflua.

Estaba agarrada a la falda de su madre. Estiró un brazo buscando la mano de su padre y encontró finos cordeles que la elevaron hasta rodearle el cuello. Colgada de él como si fuese un árbol centenario se columpió sobre bandadas de flores que tapizaban el cielo. Quiso escuchar los latidos de su corazón.

— ¡No lo intentes, hace rato se detuvo!—dijo él.

— ¡Pero aún respiras!— replicó ella.

Le cubrió la boca con la mano para sentir su aliento tibio, en una desesperada necesidad de saberlo con vida, aunque sintió que más bien lo asfixiaba. Aflojó la presión.

— ¡Ven, vamos a caminar!— lo invitó.

En una mano apretaba con fuerza la muñeca de trapo que él le regaló.

— Papá, abre los ojos, no te hagas el dormido. Vamos a caminar. Me lo prometiste. Papá, está oscuro. Tengo los ojos abiertos pero no puedo verte y mis palabras no tienen sonido. Papá, enciende la luz. Mira qué bonito. Entran mariposas por la ventana. Sus alas tienen rayas de colores como las de tu piyama.

 

IV

Era un nuevo día. En la sala todo continuaba en su lugar. La cortina salía y entraba al compás del viento. No había mariposas pero el sol esparcía sus rayos en gamas de ocre sobre el piso de madera. Cerró los ojos. Los apretó con fuerza aunque la luz insistente se colaba entre sus párpados.

No había opción, la vida seguía en su incansable periplo a pesar de los horrores. En la radio hablaban de niños calcinados, cuerpos desmembrados, catástrofes, destrucción. También la muerte encapsulada en proyectiles explosivos se había llevado a su familia.

Desde entonces había vivido acorralada por la nostalgia que dejan las ausencias. Su valor despedazado, sin honor frente a la fuerza del verdugo, culpable por haber sobrevivido. ¿Por qué la muerte cometió tal error? Una y otra vez se lo preguntaba. Ese día estaba dormida y por eso no la llevaron de paseo al río. Cuando despertó escuchó las palabras de sentencia: ¡Están muertos!

Se hubiese quedado dormida, corriendo por los campos de algodón, pero había despertado a la realidad y había visto a través de la ventana cómo llegaban, en cajones de madera, esas vidas derrotadas por el odio y la venganza de los asesinos. Ahora estaba hipotecada por la tiranía de lo inapelable. Ninguna mano podía asir. Sola ante la derrota y ligada a un paraíso perdido que solo podía recuperar en sus sueños. Debía hallar una manera de enfrentar sus miedos más íntimos y dejar de mirar desde la tribuna.

Fue a la cómoda, sacó una aguja y lanas de colores. Se sentó en el comedor y empezó a tejer. El ovillo daba vueltas sobre el piso cada que halaba del hilo, y la aguja entre sus dedos era una batuta marcando el compás de una melodía ondulada. La mano subía y bajaba hasta constituir un fino entramado. No podía anticipar el resultado, solo ensartar el hilo, cruzar la lazada y cerrar. Una y otra vez, en una acción recurrente y rítmica. El hilo de la madeja cobraba vida entre sus manos mientras los pensamientos dolorosos se desvanecían y la alejaban del abismo. Miró el tejido por el derecho y el revés y halló que no había diferencia. Y en esa cualidad reversible de su obra estaba también la posibilidad de rehacer su mundo. Dio una puntada de remate y entonces brotó de sus manos la primera mariposa roja y negra. Cada puntada era una escama. Pronto, en cada mueble se posó una nueva, y los rayos del sol se adhirieron a sus alas hasta que formaron un enjambre que revoloteó por la sala, más allá de la noche.

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Piedra luna

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda

Como una equilibrista, Teresa se balancea entre los rieles oxidados del antiguo ferrocarril y se va contando los listones de madera como si fuesen peldaños de una escalera por la que asciende su deseo de tallar el sol. Teresa frágil, Teresa con ojos de golondrina y manos resecas como hojas de otoño, desemboca en las aguas inquietas de la quebrada. Se quita los zapatos, los deja sobre la hierba y sube las mangas del pantalón, luego desciende por un corto declive donde sobresalen las raíces de los árboles y sumerge sus pies en la corriente.
Una piedra angulosa presiona las plantas de sus pies. Pierde el equilibrio y cae en el agua, rendida ante su encanto. Tiemblan las dos con ese abrazo rebosante de frescura, y Teresa hace un cuenco con las manos para atraparla antes de que se le escape. Sabe que es cuestión de segundos, por eso se solaza sintiéndola escurrir por su rostro arrebolado. Es mediodía. Está sola entre sietecueros y borracheros que danzan y se miran en la superficie empañada por la arena que removió con su cuerpo. Está allí para romper las rutinas de la vida primitiva, es una cazadora al acecho, una Diana sin comitiva, agazapada en busca de sus presas.
Teresa recoge piedras en la quebrada. Sabe que estas se mueven, huyen al golpe rabioso del torrente o se esconden a sus ojos entre la arcilla que se compacta en las orillas. Eso es lo que más la reta. Arañar el lecho de la quebrada y arrancarle esos frutos solemnes y densos que alimentarán su voracidad de ninfa extraviada.
¿Cuántas podrá recoger hoy? Ayer solo extrajo tres, una de color cobre, lisa y redonda como una bala de cañón; una gris azulosa, con destellos diamantinos y vértice filoso; y la más extraña, abovedada como el caparazón de una tortuga. Fueron horas de dura batalla que le dejaron las manos laceradas y un arrume de desechos vegetales inservibles. Luego de limpiarlas y secarlas al sol empezó su tarea de insuflarles vida.
Sí, ella les infunde poesía a las piedras. Con un clavo talla versos en su superficie. Cada una será el eco inmortal de las palabras que lleva dentro y que no tiene a quien cantarle. Pule su caligrafía para que la simetría de las letras sea apéndice del poema, y cuando la obra está terminada asciende hasta la roca desde donde salta vertical un chorro de agua, las arroja y ve cómo la garganta líquida de la quebrada las deglute sin morderlas. Van directo al fondo donde serán santuario inviolable.
Pero hoy Teresa escarba, hurga, cava agujeros en el lecho y las riberas de la quebrada, y nada. Y no es que no haya piedras, es que ninguna le alcanza para tallar la vastedad de su silencio. Después de pulir las palabras durante varias noches de delirio tiene que encontrar una blanca y redonda como la luna para que resplandezca desde el fondo del agua, velando perenne por los que, como ella, alientan los sueños derrotados.
Piedra lunaDecide subir bordeando la vertiente como un animal cuadrúpedo en busca de alimento, sus ojos husmean, son dos taladros que perforan el terreno en busca de la veta, pero solo recoge tierra, grava y guijarros. Entonces se detiene, cierra los ojos y balbucea su poema como si fuese una plegaria. Escucha el movimiento vago del agua y siente en su rostro el aire trémulo de la noche que ahora se asienta sobre el paisaje robándole las formas. De pronto, un resplandor de plata hurga entre sus párpados y la obliga a abrir los ojos.
Ahí de frente, despuntando detrás de la montaña está su pétreo tesoro que se desliza lento por las aguas azules. Y Teresa no comprende por qué ahora fluyen sobre su cabeza. Entonces alarga sus brazos tratando de alcanzarla, pero la piedra luna continúa navegando y se aleja desdeñosa, mientras ella asciende por la escarpada montaña dando tumbos para alcanzarla. Por momentos la pierde de vista y después la recupera, pero no la alcanza. Así, en ese forcejeo llegan a la otra orilla. Teresa exhausta y la luna incólume, hasta que el borboteo de algo que cae en el caudal la obliga a mirar los destellos nacarados que irradia, desde el agua, la enorme piedra canteada por la luna. Ahora lo sabe, sabe que debe ir hasta el fondo, desde donde cualquier hombre solitario escuchará el llamado líquido, sustancial, sagrado, opulento, de la vida.

Perfil

Teresa creció entre sembrados de árboles frutales, muy cerca de la quebrada La Doctora del municipio de Sabaneta. Los domingos iba con sus padres a bañarse en sus aguas frescas y a recibir el sol en una de las piedras que sobresalían de su lecho.
Pero la desgracia llegó muy pronto a su vida. Sus padres, maestros de escuela, murieron juntos en un accidente cuando ella era apenas una adolescente. Ahora tiene treinta años. Sigue viviendo en la finca a las afueras del pueblo en compañía de su gato Aurelio. Allí pasa mucho tiempo leyendo, bordando y hablando con sus fantasmas.
Una vez, encontró entre los papeles de su padre varios poemas de su autoría que la hicieron entrar para siempre en el mundo misterioso de las palabras. También ella empezó a escribir poemas para paliar su soledad. Primero lo hacía en hojas de cuaderno, pero desde que a su primo Juan Antonio, el único con quien montaba a caballo algunas tardes, le dio por suicidarse, su único consuelo es ir hasta la quebrada a recoger piedras para tallar sus poemas.
“Pobre, ha perdido la razón”, murmuran en el pueblo, pero Teresa no se percata siquiera, ella solo escucha el llamado elocuente de las aguas que corren aún salvajes y libres en un pequeño tramo antes de ser invadidas por la civilización.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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Aoketekete y otros relatos del río 2

Colonizar despojos

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda

El hombre soporta en sus hombros el frágil cuerpo del niño para atravesar el río. Vadean desde la orilla occidental a la altura del barrio La Candelaria hasta el costado oriental, para caminar luego hacia el sector de Moravia. Salieron de la casa a las 11 y 30 de la mañana luego de que Francisco, o Solín, como se hace llamar durante el recorrido, regresara de la escuela. Sus piernas flacuchas cuelgan sobre el pecho del tío que para él es Kalimán, el hombre increíble, y con sus brazos cerrados alrededor del cuello le suplica que no lo vaya a soltar. Yenny, la hermana mayor, va pegada al bolsillo trasero del pantalón y así remontan la corriente y se salvan de un temido naufragio, sobre todo porque las aguas arrastran excrementos humanos que, si los alcanzaran, pondrían en riesgo su integridad. No importa si en la próxima aventura deban combatir peligros mayores como profanadores de un santuario de desechos.

Arriba, en la cima del morro, bajo el pegajoso calor del mediodía, un ejército de hombres y mujeres armados con palos y azadones se disputan alimentos descompuestos, cartones, envases de plástico y andrajos que depositan en sus costales. Francisco, entretanto,  con su innata curiosidad descubre los escondites de muñecas y carritos que llevará a sus hermanos menores. Se siente un superdotado capaz de enfrentar a cualquier enemigo. No le asustan las ratas a las que destierra a punta de piedras, y los gallinazos que escarban parecen sus aliados para hallar el tesoro escondido. Pero esos carroñeros también le enseñarían a ver la atrocidad. Ese día lo recordará siempre. Con el azadón tentó algo de consistencia dura. Podría tratarse de una valiosa pieza traída desde la siderúrgica, pero al abrir el costal los restos de una pierna humana se izaron ante sus ojos dejándolo sin aliento. Quizás estaba viviendo uno de los episodios de Kalimán enfrentado a los profanadores de tumbas.

Han pasado más de treinta años. Francisco Javier Ramírez sigue ligado al morro de Moravia al que rinde homenaje como si fuera una montaña sagrada que le ha permitido sobrevivir en medio de los avatares de una vida signada por la escasez material pero no espiritual. Podría decirse que su consigna la copió del personaje de la serie radial que escuchaba en las tardes: “Siempre hay un camino cuando se usa la inteligencia, mi querido Solín”. Eso es lo que ha practicado en su medio siglo de existencia. Pero escuchándolo hablar de su madre Petrona, uno puede deducir que ella ha sido la maestra. Francisco la recuerda caminando erguida por la trocha que la conducía a la quebrada La Maruchenga, en los límites con el municipio de Bello, con una toalla enrollada en su cabeza como soporte para una ponchera atestada de ropa. Algunas veces armaba paseo con la tropa de siete hijos. Ese día, mientras la madre lavaba, los niños se bañaban en los charcos, elevaban cometas y preparaban el sancocho en fogón de leña. Y por la tarde regresaban con la ropa seca y la ilusión de volver a ser elfos danzantes sobre la suave hierba que rodeaba la quebrada.

Francisco continuó sus recorridos diarios hacia la montaña de basura hasta cuando su madre compró un lote en los alrededores del morro. Era la época en que los vendedores piratas hacían de las suyas loteando unos terrenos que no les pertenecían, pero Petrona no lo sabía e invirtió en él los pocos ahorros que tenía. En ese lugar cenagoso donde crecían tomateras y cañaduzales cerca de La quebrada La Bermejala, levantaron su casa aprovechando materiales de playa extraídos del río. Francisco era ya un muchacho fuerte que ayudaba a su madre en la construcción.

El muladar seguía siendo su fuente de supervivencia y nuevas experiencias acrecentaban en él su voracidad de aprendizaje. Había dejado de ir al colegio Fe y Alegría donde cursó hasta el grado octavo y se dejó hechizar por las pecas de Beatriz quien sería su esposa por veinticuatro años y la madre de sus tres hijos. Él tenía 17 años y ella 14 pero el embrujo que los envolvía hizo que se fueran a vivir juntos, primero en la casa de su madre y luego en su propia vivienda. En el empeño por sustentar a su familia fue afinando sus conocimientos de albañilería, electricidad y plomería. También templaba su carácter a punta de enfrentar las amenazas que se cernían sobre su ínfimo territorio. En épocas de invierno el agua que escurría por las laderas del cerro rebosaba la quebrada y esta no encontraba alojo en el río también crecido. Entonces irrumpía sin misericordia en calles y casas y arrastraba sus pocas pertenencias, incluidos los bonos de ayuda mutua que les entregó la administración municipal como una estrategia para legalizar la tenencia de los predios. Pero Francisco con su esencia guerrera derrotaba de nuevo las desgracias. Con paciencia limpiaba lo poco que les había quedado y construía diques para mermar el riesgo de las próximas inundaciones.Colonizar despojos

Es viernes. Su sonrisa chispeante ondea en una tarde soleada de agosto. Desde la cima de ese cerro, que se erigió con cargamentos de basura arrojados durante casi una década, muestra orgulloso los senderos que ha construido y describe el sistema de riego que diseñó para subir el agua desde la cancha y regar novios, girasoles y barquillo morado. Las flores crecen ahora en jardineras ubicadas donde antes se levantaban dos millares de viviendas apretujadas en ese terreno inestable que, ante un temblor de tierra o un fuerte invierno, podrían venirse abajo. En una de esas casas vivió Francisco hasta hace tres años cuando se inició el proceso de desalojo por parte de la Alcaldía de Medellín para dar paso a un proyecto de recuperación social y ambiental.

Ahora su casa ha sido demolida y aunque él reconoce que estaba en zona de riesgo, siente que con ella se fue parte de su historia. Su mayor orgullo es haberla construido con sus manos. Limpiar el lote, hacer las brechas, levantar las paredes, ampliarla para que sus hijos durmieran más cómodos. Hacer un préstamo aquí y otro allí. Construir en jornadas extendidas después de regresar del trabajo como asociado de la cooperativa Recuperar que se constituyó cuando fue clausurado el botadero de basura. Ahora solo tiene unos papeles firmados y su nombre está en una lista de espera para aspirar a una vivienda entregada por los entes públicos. El sentimiento de incertidumbre lo acompaña, pero no lo inmoviliza. Como habitante del barrio Moravia se ha vinculado al proyecto de Jardines Comunitarios, una de las estrategias del Proyecto de Recuperación Urbana y Ambiental del Morro que incluye entre sus objetivos el cuidado de las cuencas hidrográficas urbanas. Allí se desempeña como “todero”. Con sus manos callosas inspecciona el terreno y hace sus propios diagnósticos sobre la renovación que experimentará la zona.

Hoy se ha puesto la camiseta amarilla de la selección colombiana de fútbol. Terminó su jornada a las tres de la tarde y fue a la casa de su madre Petrona, con quien vive después de que se separara de Beatriz. Se acicala y regresa al cerro donde habrá una celebración con los demás compañeros de la comunidad que participan en el proyecto. Cuando llega lo reciben con alharaca, en especial las mujeres que se disputan sus halagos. Y él sonríe, con esa sonrisa amplia y blanca que resplandece sobre su piel de cobre. Unos momentos después asciende su madre. Blusa blanca con lentejuelas, piel color chocolate, mirada pícara y alegría sosegada. Se sientan afuera del kiosco donde se cumplen las funciones administrativas. El aire les da en el rostro mientras observan la ciudad a sus pies. Hacia el occidente ven correr el río que ha atravesado su historia de aventuras y desventuras. Francisco señala dos árboles que superan la altura del edificio de la Terminal de Transportes. “Esos los sembré yo cuando trabajé allí”, y señala el horizonte. No son los cuarenta y cinco metros de altura de la colina los que lo elevan sobre la pobreza que aún circunda el cerro, es su “voluntad de lucha” y “una visión de grandeza” que lo han hecho crecer, como esos árboles que se yerguen altivos,  como las plantas florecidas que colonizaron el suelo del antiguo muladar y hoy exponen su cara al sol con devoción y alegría.

 

 

Perfil

Francisco Javier Ramírez tiene cincuenta años. Creció en el barrio Moravia de Medellín. Las basuras fueron durante muchos años su fuente de sustento. Al lado de ese vertedero construyó su casa que ha sido demolida para dar paso a la ejecución del plan parcial de mejoramiento integral del barrio. Mientras espera una solución habitacional, tal como se lo prometieron en el momento del desalojo, trabaja en el proyecto de Jardines Comunitarios, estrategia ambiental de recuperación del antiguo basurero. “Serrucho”, le dicen sus compañeros del proyecto, y con ese apelativo, que hace referencia a una canción de moda, resaltan la alegría que despliega en todo momento. Le gusta bailar y montar en bicicleta. “Aprender, siempre aprender”, ese es su lema.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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