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“Un escritor es una caricatura de Dios”

Leonardo Agudelo Velásquez

Este encuentro con José Libardo Porras (en la foto a la derecha) fluye sobre una amistad de tres décadas, de vida nocturna y tertulias, lectura de sus novelas, libros de poesía y silencios, para llegar a un diálogo de final de jornada. Ascensos y descensos en el camino: lo que antes fue destino y ahora historia.

J.L.Porras con el historiador Leonardo Agudelo V.

P. ¿Si por alguna hecatombe el mundo desapareciera y solo quedara tu obra literaria flotando en la marea del tiempo, que parte de la civilización destruida se podría recuperar con ella?
R. Algunos aspectos de unos de los fenómenos que más han transformado a la sociedad colombiana en los últimos cincuenta años. Algunos aspectos del narcotráfico y algunos aspectos del conflicto armado interno. Eso parece más bien el trabajo de un historiador o de un sociólogo, pero es hecho desde la perspectiva de un escritor que está inventando cosas, sin embargo, a pesar de que lo que escribe es ficción, da cuenta de estos hechos.

Amor, deseo, supervivencia

P. En textos como Fuego de Amor Encendido, o El Solterón Empedernido, no sólo se encuentra el clima de una época, sino también el amor o el deseo. ¿Por qué siempre el amor al final de tus páginas?
R. He entendido que el amor es el acto de humildad por excelencia. Un hombre o una mujer siempre están amando a alguien que no los ama, o que los ama pero no es su gran amor. Y, a pesar de eso, uno ama a esa persona y demuestra una humildad que ningún otro gesto o acto iguala, ni siquiera dar la vida por otro, o por un ideal o un sueño colectivo. Cuando uno no es el ser amado y ama a pesar de eso, a uno le toca pasar por todo tipo de humillaciones. Las personas tienen un gran amor, de ahí en adelante los demás son amorcitos pequeños y sucios. Uno siempre es ese amorcito pequeño y sucio del otro. Me parece que amar les da a los personajes y a las historias otra dimensión, por eso es que en mis textos siempre está el amor, a veces realizado a veces fracasado, pero siempre está nucleando lo demás que sucede.

P. En la novela La Fugitiva, los sentimientos de Omara: supervivencia, maternidad, amor, deseo, que sirven de pegamento a extensas descripciones de violencia y miseria, y cómo ello le permite resistir…
R. El amor permite o ayuda a sobrevivir porque te da herramientas para enfrentarse a cualquier otra cosa. En mis textos hay un valor supremo: el derecho a la supervivencia. Creo que en mis personajes ésa es la lucha principal: sobrevivir. Uno primero sobrevive y después ve qué hace. En cierta forma lo que está en juego es el valor de la vida, pero ese valor está sustentado en el amor y la libertad. Procuro que los personajes amen o dejen de amar en función de la libertad. Omara, por ejemplo, ama y deja de amar siempre por ser libre. Ella no quiere depender de nadie, quiere ser ella, autónoma. Se somete a cualquier vejamen que le traiga la vida, por mantenerse independiente, pero también fiel al amor, no al amor que sienten por ella, eso no le interesa, sino al amor que ella siente. Para mis personajes lo importante es amar, no importa si no los aman a ellos.

El universo del creador

P. Otro elemento en tu escritura es el goce, un afán de arder en el placer, en la noche, en los personajes mitológicos que surgen después de medianoche. El travesti, el vendedor de droga, el borracho, el discjockey. ¿Hay una fascinación densa por ese agujero negro donde orbitan los seres de la nocturnidad?
R. No me pongo con elucubraciones raras sobre el problema del goce. Para mí el goce son tres o cuatro cosas que tienen que ver con el cuerpo. Por eso está la comida, la bebida y el sexo.

P. ¿En tu poesía hay mucha voluptuosidad. En Hijo de Ciudad se lee: “Abro los botones de tu blusa, como el ángel descorre las cortinas del cielo para ver el universo…” ¿Parece ser que si no está el gran amor, lo que queda es el erotismo?
R. Si no está el gran amor lo que queda es la fantasía. Y el erotismo es una forma de la fantasía. Cuando no hay amor, hay que inventárselo.

P. ¿También el escritor es un gran vouyerista, está metiendo impertinentemente su mirada en todos los intersticios a su alcance?
R. Cualquier ventanuco entreabierto, es para uno mirar. Cuando salgo a caminar por la tarde estoy pendiente de lo que veo en las ventanas. Si salgo en la noche digo: “que bien una vieja en pelota aquí”, yo qué haría, me quedaría a mirar. Pero una vez iba caminando por ahí y vi una mujer en una habitación, estaba terminando de desvestirse y lo que hice fue voltear la mirada y seguir derecho, porque me da miedo de lo que pueda ver. Mirar por una ventana abierta puede ser ver la gran luz, pero también ver el hoyo. Cuando yo miro por una ventana, básicamente me estoy mirando por dentro. Y uno no sabe qué pueda ver, y cuando uno empieza a ver cosas terribles dentro de uno, no sabe qué pueda ocurrir.

La rutina de la creación

P. ¿Cómo es la articulación entre vida cotidiana y la historia que estás escribiendo?
R. Primero le doy muchas vueltas. Empiezo a enrollar una cosa que está ahí suelta. Las historias están en el aire. Entonces uno coge un hilito o una punta y empieza a enrollar, hasta que tiene una cosa sólida. Es algo de semanas, meses, porque después de que uno empieza, después de que coge la puntica no puede parar, hay que seguir enrollando, y cuando tiene la madeja sólida es cuando puede sentarse a escribir. Que es hacer el proceso contrario; desenrollar.

P. ¿Recuerdas algunas imágenes tuyas que acabaron en novelas?
R. En Fuego de amor encendido, más que una imagen lo que hay es una pregunta: ¿Si yo hubiera sido mujer qué clase de mujer sería? Lo que hice fue elaborar una respuesta, ahí se fue gestando una novela, como una suciedad en el interior de una concha que da origen a una perla. Y ya luego un día, casualmente alguien me estuvo hablando de cosas de Medellín antiguo y yo dije: “aquí está la novela”, y al día siguiente me fui para el cementerio a mirar cosas, y ahí empecé a desenrollar, o mejor, a sopesar la madeja y después fue sentarme a escribir, es un trabajo de carpintería de estar sentado doce horas diarias. Agotador físicamente porque uno está todo ese tiempo pensando en lo mismo, en la frase y su conexión con la trama total.

P. Como en el Génesis que dice que Dios hizo el planeta en seis días y el al final vio que su obra era buena y descansó. ¿Es crear desde el mundo conocido, mundos inexistentes?
R. Sí, y al final aparecen unos personajes que aunque parezcan históricos son inventados. Esos personajes no existían antes y cuando ya están ahí en el libro existen, buenos o malos o como sean ya son seres con vida propia.

P. ¿Pero su ADN está en el mundo real, son tomados de personajes que te han rodeado?
R. Uno está ahí repartido en todos ellos. Uno siente que son seres vivos, al punto que he oído algunas personas hablar de esos personajes míos y yo siento como si estuvieran hablando de una persona de carne y hueso. Es fascinante cuando uno siente que algo que uno se inventó, para otras personas es real, eso es un acto de vanidad de uno, porque a la final uno no crea nada, pero eso lo hace sentir como un dios pequeño. Un escritor es una caricatura de Dios.

garlosin@gmail.com

Publicado en la Edición impresa No. 95 de El Pequeño Periódico

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