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Día del Idioma

Semillas literarias

Hermes Rafael Pineda Santis

El Parque de Envigado, a pesar de la bruma y el frío que presagiaba lluvia, fue ocupándose con los usuales visitantes del municipio: El barrendero, quien con su uniforme verde inicia su repetitivo movimiento hacia adelante, arrastrando basura y polvo. Los ancianos que, reunidos alrededor de un quiosco de café y periódicos, rehuyen la muerte con fuertes risas y recuerdos de antaño. A la salida de misa, una multitud que recibió bendiciones e hizo uno que otro ruego. El novio o amante en espera de aquella, para otros desvelos más.

Hermes Pineda Santis – Grupo Literario El Aprendiz de Brujo (Foto archivo)

Allí estaba yo en el atrio de la iglesia, esperando a que se cumpliera la hora señalada para el encuentro con nacientes escritores en el Liceo “Francisco Restrepo Molina”. El maestro y yo, luego de un rápido saludo, caminamos en busca de la institución educativa que encontramos a pocas cuadras. Un edificio de cuatro pisos, de paredes rectas y cuadradas que se diferenciaba de todos alrededor. Alcanzo el timbre que se encuentra a más de dos metros de altura, quizás para que los niños no lo estropeen, mientras esperan el ingreso. Luego observé, que el vigilante desde el interior, tras la puerta, tiene un monitor que recibe imágenes de una cámara externa, que hace innecesario el timbre, ya que advierte con antelación al visitante.

Luego de explicar nuestra misión, nos hicieron ingresar y notamos la vida misma en ebullición. Un torrente de gritos y corre corres de niños y niñas en recreo. Risas, hurras y vivas por el equipo que hizo el gol, dentro del mini torneo intra clase que ocupa a los más grandes. Profesores en atención a sus alumnos, al cuidado de las actividades escolares o de camino al salón para iniciar sus clases. Fuimos orientados por Santiago, de noveno, a la biblioteca para recibir las instrucciones y cumplir con nuestra actividad. Antes de llegar, pasamos por la muestra de libros, donde nuestro compañero Freddy, pintor y aprendiz de brujo también, presentaba las publicaciones de la Fundación Arte y Ciencia.

Fuimos asignados a un aula con sillas y mesas para 25 personas. Primero recibimos a los estudiantes de primaria y luego, una hora después, a los de bachillerato. Los pequeños con grandes ojos, expectantes y curiosos, entraban buscando a los escritores que les enseñarían algo sobre libros y escrituras. Para los adolescentes, el interés por algo nuevo, los motivaría al encuentro cultural.

Celebrando el Día del Idioma con los chicos de primaria. (Foto de Hermes Pineda)

Los pequeños, inquietos, arrumados con sus amigos, sentados según su apetencia, mostraban su comodidad. Escucharon a los mayores, participaron e hicieron preguntas como: ¿cuánto se demora escribiendo un libro? ¿qué te inspira a escribir? ¿qué es lo primero para ser un escritor? ¿cómo se hacen los libros y cómo se piensan? Todas fueron respondidas y quedaron entusiasmados con las respuestas. Un mundo nuevo, de fantasía e imaginación se abrió ante ellos. Al final, surgió un cuento donde cada uno, desde la oralidad, aportó una línea. Había una vez un niño que paso por cuatro muertes y resucitaciones, fue a otro planeta, se vistió de arcoiris, recorrió el universo para finalizar con, y para el niño todo fue un sueño. Con una sonrisa en cada uno de ellos y un saludo de agradecimiento, regresaron a sus clases.

Tertulia con los jóvenes de secundaria (Foto de Hermes Pineda)

Con los adolescentes, la cita fue algo más formal y con mayor tiempo, dos horas. Cada uno fue tomando una silla y fueron sentándose de forma aplicada y recatada. Surgieron preguntas como: el hombre alrededor de su historia busca llenar un vacío. ¿Por qué la literatura llena ese vació del alma? ¿Por qué las editoriales censuran los textos y mensajes? ¿qué pasa por la mente de un escritor cuando escribe sus relatos? ¿Cómo desarrollar una idea para que el lector sienta lo que uno quiere transmitir? ¿Cuál es el momento más difícil por el cual pasa un autor en la producción de su obra? La mayoría también resueltas, tuvieron réplicas, ya que el debate estaba dentro de sus inconformidades. ¿Qué era la felicidad? ¿qué es el alma? ¿cómo volvemos a la niñez? Preguntas que suponemos propias para la confrontación con sus realidades y visiones.

Ángel, el maestro, animado con la avidez literaria de los jóvenes, leyó Flores en la pared y los estudiantes con atención escucharon el relato. En sus comentarios, algunos opinaron que era algo triste y melancólico, quizás imagen de una época de violencia urbana. Al final, Ángel quiso promover la lectura con la rifa de dos libros de la fundación “última página” y “Flores en la pared y otros relatos”. Todos ellos se mostraron premiados y salieron al descanso del medio día.

El artista Freddy Sánchez, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, firma autógrafos de sus libros en el “stand” de la Fundación Arte & Ciencia.

Ángel y yo, otro aprendiz de brujo, llegamos a la biblioteca para donar algunos libros de la fundación. Recorrimos la zona de juegos y el estand para conocer las ventas de los libros. Luego salimos. Un sol iluminaba nuestras sonrisas, que contrastaban con el ruido de la calle y la vida comercial de Envigado. En nuestras mentes, cabía la idea de un huerto sembrado de semillas literarias.

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El autor es miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo y ha publicado varios cuentos, entre los que se destaca La vida es una amanecer y Pablo (Cuento de Navidad). Abril 24 de 2017. Ejerce como docente en el Politécnico Colombiano “Jaime Isaza Cadavid” de Medellín.

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Cuento

La vida es un amanecer

Hermes Rafael Pineda Santis

Hermes R. Pineda Santis

Hermes Rafael Pineda Santis – “Dos vidas, dos amaneceres”

Llueve sobre Piedra Fuerte, uno de los barrios pobres alrededor de la ciudad. Milton despierta al escuchar como si un cántaro de agua cayera sobre el zinc. El frío le eriza la piel y el helaje de los pies avanza sobre su cuerpo, por lo que da vueltas sobre el camastro para encontrar la posición más cómoda y recuperar el sueño. Se acurruca en los brazos fuertes de Estiven, pero sigue tiritando. Se levanta con cuidado para no despertarlo y vuelve con otra cobija para entrar en calor. Sigue sin dormir y los sonidos de la noche lo transportan a otros pensamientos.

Mañana hablo con Estiven pa’ que llame al cucho de las tejas de barro y cambie estas latas de zinc. Siempre que llueve hay tanta bulla que no se puede dormir. ¡Pero ese cucho es una rata!, si nos dejara pagar por semanas sería más fácil. ¿Será que pido un fiao a mi jefe?, como es de chichipato, me dirá que no, que lo que tiene es pa’l pago de la quincena. Ni que fuéramos tantos arreglando motos… Carechancla, Muelón, Zarco y yo, todos con el mínimo. Como si no supiéramos que tiene varios ranchos y viaja pa´fuera cada seis meses. Cuando le lavo la nave en el taller, le pillo una libreta de viajes y paseos por Nueva York, Washington y Disney. Nos dice que viaja para buscar clientes, y se lleva es a una chacha diferente. Él sabe que yo sé cositas, pero como soy dizque de confianza, me cuenta de su estilo de vida pa’dejar claro que tiene más billete que yo. Pero eso es un visaje, lo que quiere es que no robemos sus herramientas o lo secuestremos, pero sabemos de sus tapaos con el chanchullo de repuestos pa’l taller.

¡Un relámpago! ¡Huy que foto! Dicen que si uno cuenta ocho segundos y escucha el sonido, es porque el aguacero está encima. Uno, dos, tres… ¡Qué tronamenta! Tenemos meras nubes encima del cambuche. Estiven ni se dio cuenta, llega mamao por el bulteo de cemento, la mezcla de arena y el empañetado de paredes. Le he dicho que estudie pa’que no llegue a los cuarenta años con el cuerpo vuelto mierda, mueco y viejo, o al menos eso dice mi tía cuando nos ve parchados con amigos. Ahora que tiene veinticinco años debe lograr sus propios sueños, pero no cree en nada. Vive pilas de conseguir pa’l vicio, que no lo boten del camello, que no lo alcance una bala.

¡Danyer! ¡Danyer! ¡Shh! ¡Salga! Ese perro se cagó otra vez. Le tiene miedo a las tormentas y se esconde con nosotros, es tan cagón como tragón. Vamos a tener que darle concentrado y no las sobras. Venga… ¡Uff! ¡Cada vez más pesado y con este frío! Estos chandosos de chiquitos son bonitos, pero grandes son inmamables. ¿Dónde estará el periódico pa´ recogerla?¡Shhh! ¡Le tocó dormir en la cocina mijo! Estiven lo trajo y a mí me toca bañarlo y darle comida. ¡Qué güevonada!, otra pelea por este animal.

¡Qué frío! A la cama otra vez y ya son las tres. ¿Hasta qué horas irá a llover? Salir limpio y seco pa’ llegar emparamado al taller. La sombrilla roja es de Estiven, pero yo no voy a salir con eso. ¡Eso es de locas! Yo voy como todo un varón, a mí nadie me banderea. Me llevaré la chaqueta negra de cuero… aunque esté desteñida y pelada, y eso que la hembra del almacén me dijo que era cuero legítimo, pero no creo que allí vendan nada bueno. ¡Ahh!… de todas maneras me la voy a llevar. En el taller, me cambio de ropa, la pongo a secar y luego salgo pa’ la noturna a estudiar.

Estiven no cree que yo pueda terminar el bachillerato, pero sí puedo. También quiero comprame una moto y viajar. ¡Qué chimba parce! Terminaré el estudio, ya casi tengo la moto y a guardar plata pa’ viajar. Le mostraré a Estiven que puedo lograrlo. Ganas y tiempo es lo que hay. Él es un buen catre, pero ese man no se quiere. Ahh, otra vez roncando, lo moveré pa’ que me deje dormir. Llevamos tres años durmiendo juntos y creen que somos primos, pero yo… nada parcero… amigazos y la gente del barrio, se la cree. ¡Tiros! ¡Huy gonorrea! Bendición padrecito, no sea que caiga una bala perdida por aquí. ¿Serán los vecinos? Andan metidos en la banda de la regadera, salen en las motos grandes, con revólveres y mucho billete pa’comprar bareta. Hay que madrugar, voy a contar ovejas… ¿Pa’ qué? Eso no sirve pa’ mierda. La lluvia está mermando. Quizás si no pienso en nada, pueda pegar el ojo.

El reloj suena a las 5:30. Estiven abre los ojos, hace la señal de la cruz agradeciendo el nuevo día, se levanta todavía embotado y va al baño. Sale con una toalla sobre sus hombros para soportar el frío de la madrugada. Llega a la cocina, acaricia a Danyer, que menea la cola y lo sigue. Prepara el arroz, la arepa, el huevo y la salchicha para dejarle a Milton el desayuno y el almuerzo para llevar al taller. El animal mira el jaleo y se relame esperando su porción y la salida al parque. Estiven abre la puerta y el perro sale.

El cielo está encapotado. Estiven enciende un resto de marihuana y agradece a María Auxiliadora por Milton, a quien quiere desde que lo vio en el taller en medio de las llantas, los tornillos y el ruido de las motos. Le atrajo su sonrisa desprevenida, el cuerpo musculoso, sus fuertes movimientos, el cabello en rizos sin peinar y la camisa sin mangas. Sintió que aquel imberbe lo ayudaría a enfrentar su rutina, en sus ojos encontró la fuerza para no temer a nada y avanzar como espíritu indómito sobre las sombras de la vacilación. Aprendió a compartir sus sueños y ver en él los pequeños logros diarios.

Estiven lanza la última bocanada de humo, recuerda el desplazamiento desde su pueblo natal, la orfandad a los nueve años y el vivir con lo justo para cada día. Un miedo a seguir sus propios sueños lo persigue por todas las esquinas y le impide cumplir cualquier promesa, como aquella de llevarle un caballo de madera a su hermano menor, quien desapareció víctima de la insurgencia en la selva. Se lo había prometido para el alba, pero en el nuevo día, ya no estaba.

Estiven observa los primeros rayos de sol. El recuerdo de su hermano lo hunde en la incertidumbre, pensar en el futuro le atemoriza. Milton lo fartalece en las mañanas con la esperanza de mejores sueños, que la vida es un amanecer y que es necesario vivirla cada segundo.

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Aoketekete y otros relatos del río – 7

La Negri

Hermes Rafael Pineda Santis

Hermes Rafael Pineda Santis

Hermes Rafael Pineda Santis

Los lánguidos rayos del sol se filtran por entre la bruma e iluminan la cara tiznada de La Negri. Agarrotada por el frío de la mañana, con los ojos húmedos y la mirada puesta en el firmamento, parece implorar la justicia divina, porque la terrenal la ejercen los verdugos. Sus lágrimas confluyen con las aguas del río, donde al parecer corren también aquellas derramadas por los seres queridos de los muertos, cuyos cuerpos fueron arrojados a las orillas de la tormentosa corriente. La Negri mantiene un recuerdo aciago de la tragedia que vivió en su pequeño pueblo.
Camina recostada a los muros del puente, calzando unas sandalias roídas por el asfalto de la ciudad. Baja por un costado de la escarpada ladera en busca del cambuche que le ha servido para asilarse durante meses. Se agacha, descorre el plástico negro de su puerta, e ingresa con el sigilo de un gato, sobre una capa de periódicos que sirven para amortiguar las puntudas rocas puestas ahí por las autoridades para que los desarrapados no invadan el lugar.
Recoge las piernas, recuesta el cuerpo contra la pared y en la penumbra alcanza un resto de carbón que tiene arrumado a un lado para tiznarse el rostro. Así trata de ocultar su identidad como reconocida líder en el corregimiento El Olvido. Impulsó entre su comunidad la búsqueda de sus tres hijos desaparecidos y de muchos otros que reclutaron para sus centros de adiestramiento, los dos grupos que se disputaban allí el territorio por ser paso para el contrabando de borona.
Cierta noche, en que la muerte conspiró en las mentes de los asesinos envalentonados por el licor, los Catorros y los Macos prendieron fuego a la vivienda de madera donde vivía La Negri, pero no previeron las consecuencias, el incendio se extendió a las casas aledañas construidas del mismo material. La treintena de hogares que conformaban el barrio, forjado con los mínimos recursos y sin normas técnicas, quedaron reducidos a cenizas.
El asentamiento, construido al lado de un ancho afluente, era tierra fértil para el cultivo, pero desapareció y los labradores quedaron bajo el dominio de los delincuentes. El río fue la salvación de muchos, quienes en un arrebato de desesperación se tiraron a sus aguas para huir del fuego y de las balas. Nada volvería a ser igual, todo quedó devastado, las familias desintegradas.La Negri
La Negri fue una de las que prefirió irse a donde la desventura no la alcanzara y encalló en un recodo del río, bajo el Puente de La Caridad, donde uno de los pilotes le sirvió de protección temporal. Extenuada, no percibió la dureza de dicha superficie y permaneció algunas horas allí, hasta que recuperó el aliento. Sintió el agua fría lamiéndole los pies como un alivio y lavando la sangre de sus heridas. Creyó que no sobreviviría y por eso agradeció al Todopoderoso.
Instaló su cambuche y tiznó de nuevo su rostro para salir a buscar alimento. Recordó las palabras de su madre, quien en momentos de escasez, le decía: “Mija, viva hoy, que mañana Dios proveerá”. Caminaría por las calles de la ciudad como lo hacen las gentes perdidas en su inmediatez, donde a diario se truncan los sueños de los menos villanos.
Se viste con una blusa oscura y una falda de flores amplia que le cubre las piernas hasta el tobillo intentando ocultar el color de su piel. El enredado pelo a la altura de los hombros lo amarra con una cinta roja. Deja ver, no sólo su boca de escasos dientes, sino también su mirada escrutadora.
Algunos días, sus andanzas por los alrededores del río son promisorias y logra conseguir algo, pero otros son tristes y acaban con sus deseos de una festiva alborada. Por momentos cree que todo será mejor, pero la realidad le corta el anhelo de un trabajo o un sitio para vivir. No es nadie en la capital, luego de una fugaz noticia en la mañana sería olvido en la tarde.
Pocos saben de sus largas caminatas por los mismos lugares. Desconfía de todo lo humano, no tiene en qué creer, ha perdido toda esperanza. La justicia que busca no está en la tierra. ¿Cómo pasar el resto de sus días? ¿Dónde empezar?
Transcurrida la mañana, cerca del mediodía, con la amenaza de lluvia, y el estómago agobiado por el hambre, La Negri decide pedir ayuda. Mientras llega a un centro de acopio de alimentos donde disponen restos de comida para los indigentes, sobre la misma acera, se encuentra con un transeúnte que viene en dirección opuesta. Parece un profesional por su camisa de manga larga y corbata, tal vez en apuros también, pues no es del tipo con que suele encontrarse, se aproximó a él, pero a pesar de ser rodillijunto se aparta con agilidad quizás para evitar un ataque imaginado. Ella lo mira con perplejidad, respira hondo y piensa en un desaire más. ¡Qué importa!, se dijo a sí misma, y sigue hacia la central de abasto.
A pesar del desconsuelo que la invade, toma una decisión: no seguirá bajo el puente, esperando que los amaneceres la reconozcan como parte del paisaje matutino. Se renovará ayudando a otros necesitados, como lo hizo una vez con un niño que arribó a las mismas piedras de su escondite. No se comportará como aquel hombre que la eludió como si fuera una apestada. Al recordarlo exclama: “¡puto patitorcido!”.
Pero su decisión dura poco aquel mediodía, dos jóvenes consumidores de borona le disparan, dejándola tirada allí con una mirada de asombro ante el inesperado encuentro fatal. Otros tantos disparos espantan las aves, y el transeúnte, un guardaespaldas vestido de civil, apunta a las ruedas de la motocicleta donde van los agresores, quienes pierden el control y caen al río. No se encontraron sus cuerpos, las aguas ejercieron justicia.

 

Perfil
La Negri (mujer blanca que se cubre la cara de carbón para no ser reconocida).
Teresa Revollo – Ama de casa – Padres y abuelos campesinos.
Con ideología rural que busca la justicia humana para los asesinos de sus tres hijos.
El río como un elemento de protección que le ayuda a su sobrevivencia.
Ve en el transeúnte un reflejo de la humanidad indolente, pero es quien le ofrece la justicia divina por abatir a sus asesinos.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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Pablo

Hermes Rafael Pineda Santis

La paloma llegó. Pablo apoyó el codo izquierdo sobre el alféizar e hizo tanto esfuerzo para levantar su cuerpo que su cara enrojeció. Con un segundo impulso colocó el codo derecho y forzando los músculos de los brazos asomó la cabeza para escuchar el murmullo de las aguas sobre un cauce de rocas y leves inclinaciones. El río se mimetizaba en la oscuridad. Con desilusión y buscando aliviar sus brazos, se descolgó al piso, descansó y colocando un codo adelante del otro para arrastrarse, fue en busca de Nana su abuela, quien en el cuarto de atrás, había encendido la lámpara para seguir la costura de vestidos de matrimonio por encargo. Pablo recorrió los metros que los separaban hasta encontrarla. Ella le habló.

– ¿Cómo etá mi bebé hemoso? Ya lo voy a bañar, ponerle la pijamita, le doy la comidita y lo llevo a la camita. Espéreme un momentito.

Ella decía cosas que poco a poco él asoció con sus deseos. Movió las piernas con brusquedad hacia un lado y junto con las manos arqueadas en el pecho, buscó el equilibrio para recostar el cuerpo a la pared. Con la boca abierta y un hilo de saliva sobre el mentón, esperó. Fijó la mirada en su abuela detallando las arrugas y canas del único amor conocido. Nana, con los cuidados de una madre, le dedicó el tiempo hasta dejarlo dormido en la cama. Ella lo miraba y pensó hasta cuándo lo tendría a su cuidado, la enfermedad degenerativa lo disminuía con rapidez, aumentando la presión del corazón y debilitándolo. Cada día que pasaba rogaba a Dios que ojalá tuviera los años suficientes para compartir con él, ya que su orfandad lo dejaría sin protección. Encendió una pequeña lámpara y caminó a su cuarto para continuar con la costura.

Al llegar la noche y como costumbre diaria, el niño se asomaba desde la ventana de la sala para buscar el sendero iluminado largo e inmenso, que guardaba en su recuerdo de algún tiempo atrás. Los meses con sus días transcurrieron en la misma rutina en el apartamento cerca del río. Un domingo, Nana fue al cuarto de los trebejos y cargó con bríos algunas bolsas y cajas. Armó un árbol al que colgó bolas de cristal, imágenes de ángeles y un serpentín jaspeado con luces que encendían y apagaban, iluminando el rostro del menor. Situó en lo alto una estrella de Navidad con destellos de diversos tonos. Pablo permaneció un tiempo más con la mirada fija hacia arriba y la boca abierta, contemplándolos, deseando con ilusión un momento mágico.

Al día siguiente, Pablo observó el cambio del cielo hacia la oscuridad desde su rincón bajo el ventanal, dio el vistazo de costumbre y distinguió las montañas verdes, los castillos relucientes y las flores con pétalos trenzados iluminando el río. Trastabillando, avanzó sobre la baldosa golpeándose la cabeza en varias ocasiones hasta llegar a Nana. Con sonidos guturales, giró sobre sí mismo y una mueca mostrando los dientes asimétricos, llamó su atención. Ella le habló.
– ¿Cómo etá mi bebé hemoso? Ya lo voy a bañar, ponerle la pijamita, le doy la comidita y lo llevo a la camita. Espéreme un momentito.

Pablo se encolerizó, su abuela lo veía moverse de atrás hacia adelante, haciendo pataletas y gimiendo fuerte. Ella no pudo atenderlo, tenía tres vestidos para entregar el fin de semana y el tiempo escaseaba. El niño regresó a la sala, quería mostrarle el camino de luces a Nana, se alzó sobre el alféizar y contempló los borrosos guiños de las luces que sus lágrimas le permitieron distinguir. Aún sollozando regresó al piso, agarró sus rodillas y agazapado quedó dormido bajo el ventanal. Más tarde la anciana lo llevaría con dificultad a su habitación. Ella regresó a la sala con un café en la mano, abrigada con su chal crema y sus gafas sobre el pecho, contempló las luminarias en la ciudad y decidió llevar a su nieto a los alumbrados.

En la víspera de la Natividad Nana alquiló una silla de ruedas y lo llevó. Caminó lento, mientras Pablo con el gorro de lanas verdes y amarillas, la bufanda azul y un cobertor de lana, se dejó envolver en el sopor. De repente, todo él era vivaz y robusto en el sueño, corría y brincaba de gozo tras la gacela y el león. Rozó con sus manos las flores, subió al columpio y levantó las manos. La abuela percibió la algarabía de su nieto en la silla y suspiró henchida de felicidad.

Al día siguiente, Nana abrió los regalos para su nieto. Le calzó unas rodilleras y coderas. El niño sonrió al no sentir la rudeza del piso. Cansada por el ajetreo del día anterior, Nana volvió al lecho a reponer sus ánimos. Durmió con la certeza de haber entregado su mejor ofrenda.

Cuando el cielo ocre dejó entrar la noche, la paloma llegó a la sala y caminó inquieta cerca del niño. Pablo apoyó su cuerpo en los regalos y quiso perseguirla, ser transportado por ella hasta los más encumbrados confines y viajar sin importar que su corazón palpitara por última vez.


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Autobiografía
¿Quién soy? Un caminante en la oscuridad de las palabras.

Botella al mar
Escribí para dejar parte de la vida de otros en el recuerdo.

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