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Un Cuento del Oeste

Por  Álvaro Jiménez Guzmán

–– ¡Bam!… ¡Bam!… ¡Bam!..––sonaron sorpresivamente tres disparos de rifle que desharinaron un pedazo de la pared del cerro colorado que reflejaba la sombra de James Richardson. Iba a trote suave en su caballo llevando de cabestro una montura donde iba atravesado un cadáver por el que cobraría quinientos dólares de recompensa. Era el fugitivo Jeremy Door, un antiguo dueño de rancho en Carrizozo, pero que se había convertido en un matón en su aspiración por apropiarse de grandes propiedades de esa zona del Estado de Nuevo Méjico. Cabalgaba por una superficie áspera de rocas erosionadas con algunos manchones de suelo donde crecían las plantas, bajo una bóveda anaranjada por el intenso verano. Después de una larga historia de sobornos y tragedias, y muertos el sherif Roger Brandis, el juez Milton Davis y la mayoría de los vaqueros que trabajaban bajo sus enloquecidas órdenes, Jeremy huyó hacia las montañas llevándose de las arcas del banco local una gruesa suma de dinero. James se resguardó rápido en un filón del cerro que lo protegía, ocultó los caballos en una gruta y se apertrechó con su rifle para hacerle frente a los extraños vaqueros que le dispararon a mansalva y sobre seguro. Con su astucia de viejo zorro cazarrecompensas serpenteó por la árida zona como un gato de monte para darles cacería a esos oportunistas que querían arrebatarle su carga para cobrar ellos la recompensa. La balacera duró varias horas: zumbaban las balas y esquirlas por debajo de las alas de su sombrerón, pero resistía con valentía, serenidad y pericia la emboscada. Orientándose por la procedencia del fuego enemigo, y después de ahuyentar a un crótalo de occidente que se deslizaba para el ataque artero, James les cayó por detrás con la sorpresa de un rayo y los mató. Eran dos vaqueros bandidos que hacía tiempo habían huido de la región, y quisieron eliminar a James Richardson como las hienas que esperan que otros depredadores hagan el trabajo para ellas devorarse la presa.  

Anochecía en Carrizozo, pero muy temprano ya la luna columbraba las viejas casas de madera con sus balcones solitarios y amarillas calles polvorientas. Las nuevas autoridades y los vaqueros de la zona esperaban impacientes a Richardson con una sola carga,

Amanecía en Carrizozo

pero apareció con tres cadáveres en el lomo de su segundo caballo cuando al crepúsculo se lo tragó el aullido de los coyotes: cobraría ahora tres recompensas. Salieron del saloon el nuevo sheriff Robert Harney, el juez Joe Cleveland y los hombres que a esa hora bebían whisky y se arremolinaron cuchicheando alrededor de los bandidos muertos, y regresaron a sus mesas de juego para saldarse las deudas entre quienes habían apostado por la captura o no del famoso bandido. 

aljiguz@une.net.co 

 El Pequeño Periódico No. 87

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Cuando los soldados de Napoleón se dedicaban al pillaje, tal como lo han hecho los ejércitos invasores en todas las épocas, uno de ellos descubrió un hermoso libro del cual se apropió durante el expolio a La Alhambra. Lo hizo atraído por la cubierta de cuero con la que seguramente el mismo autor lo había empastado, por la invisible fuerza de atracción que aquellos versos guardaban en sus desconocidos trazos, y porque soñaba con venderlo a un alto precio cuando regresara a París. No sabía que aquellos poemas habían sido escritos en persa en el siglo XIII y que su autor era Shakîr Wa’el. Ni tampoco sospechó que al robar aquel tesoro lo que hacía era repetir por enésima vez un encuentro rapaz entre lo que después se llamaría oriente y occidente. La repetición de una antigua querella entre el mundo persa y el greco-romano, o como se dice hoy entre cristianismo e islamismo, civilización y barbarie.

Pero esta división, en palabras de Juan Goytisolo, “como espacios mentales de nuestro imaginario colectivo, no se corresponden con una realidad geográfica”. Las fronteras establecidas a punta de fusil, son cada vez más móviles y la globalización, como viejo sueño dominante, lo que hace es continuar abriendo rutas para mercancías de todo tipo. Cuando los gobiernos hablan de paz, los pueblos saben que habrá guerra, dice uno de los personajes de Bertolt Brecht. Pero tanto una como otra, hacen parte de una invasión mil veces más arrasadora e incesante: la de las mercancías.

Y así como no es posible hablar de occidente, históricamente, sin pasar por la Media luna fértil, en lo que hoy corresponde a Irán, Irak, la costa de Palestina y Egipto, así mismo sucede hoy con toda clase de flotillas, sean cañoneras o repletas de productos. Cada época tiene sus dioses, a los que adora y se entrega con ferviente frenesí. Y la lista de los dioses actuales puede resultar muy larga por tanto cachivache electrónico, pero en ninguna podrá faltar el sello de la globalización.

Occidente es apenas un decir, que en el colectivo nada tiene que ver con los equinoccios, ni con la metáfora ya gastada de “la caída del sol” pues, estrictamente hablando, el sol ni cae ni se levanta. Nuestro planeta, agrietado en la superficie y en las entrañas, sencillamente gira a su alrededor y somos nosotros los que caemos o nos levantamos, según la onda de dignidad que nos sacuda y hasta donde el planeta nos lo permita. Pues la tierra, que no es una masa muerta, nos envía sus guiños terribles como en Haití, donde la idea de occidente quedó al desnudo en su larga cadena de infamias, la tumba colectiva más grande, un auténtico agujero negro que a todos nos tragó un poco con su triste vergüenza y desolación.

Lo que se llama occidente es sinónimo de derrota, de encrucijada sin camino a la vista. O de ceguera endiosada por las mercancías. Lo que queremos sentir como la caricia del viento de verano, es la posibilidad de que no nos avergoncemos de nuestra propia vergüenza. Sólo entonces, el poeta persa podrá tener razón y quizás veamos de nuevo el mundo, no como “libertad, fraternidad, e igualdad” con que bautizaron a occidente esos saqueadores y los de ahora, sino como él vio a Granada, cuando arribó a sus playas:

Con la ceguera azul

de los que vuelven de alta mar

llegué a Granada

y la vi transparente

peinada de sueños

en su jardín de noches.

 EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 87 – Editorial

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