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Posts Tagged ‘El Pequeño Periodico de Medellin’

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Qué bueno una sociedad sin dinero”

Entrevista con el escritor Álvaro Jiménez Guzmán

Por Ángel Galeano Higua

Escribía columnas en el periódico El Mundo de Medellín y allí fue donde lo leí por primera vez. Se le notaba esa llama emprendedora encendida desde su juventud cuando coincidimos en alguna reunión y se interesó por EL PEQUEÑO PERIÓDICO. Lo invité y sin dudar se involucró. Adquirió un compromiso a fondo y no sólo escribió sesudas columnas sobre la situación económica, social y política del país, sino que comprendió que para elevar el nivel de sus artículos era menester escribirlos con finura. Los que lo conocemos somos testigos de su fe y entusiasmo inquebrantable por aportar su energía a las causas justas. Rebelde en su juventud, ha dejado esa impronta en la mayoría de sus textos.

Como le sucede a muchos que desean escribir literatura, pero su mundo académico ha estado centrado en otras profesiones “exactas”, Álvaro Jiménez ha dedicado mucho tiempo para quitarse de la mente los esquemas técnicos, sus lenguajes pre-establecidos tendientes a demostrar una ley determinada o confirmar un postulado. En literatura no funciona así. Se trata de una liberación de la mente mediante la vida y las palabras. La herramienta principal es la imaginación y no los manuales. Al cabo de los años su persistencia le ha otorgado el beneficio del atrevimiento.

Tiene en su haber varios libros y una experiencia de vida de la cual extrae recuerdos como tesoros para sus escritos. Como dice en esta entrevista, la infancia lo marcó y recibió de sus padres el legado de la generosidad, la humildad y la solidaridad. Sus cuentos se alimentan de duras faenas, sueños enfrentados, personajes poderosos que cabalgan sobre el lomo de otros seres humanos a quienes esquilman y desprecian. Su literatura es una constante lucha, tanto en su elaboración como en las tramas. Su estilo va precisándose, y el asombro y la observación le guían en las búsquedas. Su disciplina es conmovedora, tiene el privilegio de la testarudez creadora. Ahora, gozando de su estado de jubilado de ISAGEN, reparte el tiempo entre su familia y la literatura. Es un lector que escudriña y busca y vuelve a escudriñar, con el hambre insaciable del aprendiz. En este sentido, no ha dejado de ser joven, aunque los años le hacen guiños de vez en cuando, él los aprovecha como material para sus historias.

Álvaro Jiménez Guzmán

Álvaro Jiménez Guzmán. “En mis primeras andanzas juveniles, de parrandas y tragos y novias, con amigos o parientes, ocurría que me pasaba de copas, me enlagunaba y no era capaz de controlarme en la euforia del momento. Un primo, conocedor de esta debilidad, inventó un día que me había orinado en el parque de Cereté, delante de la gente cuando salía de misa, después de la fiesta en un matrimonio. Creyendo en esta versión, duré una semana sin salir a la calle, avergonzado por semejante “desliz”. Estas eran mis desabrochadas, incluyendo amanecidas bailando con bellas chicas al son de los Corraleros de Majagual en la Avenida del Río de Montería, en las ferias de la ganadería de mediados de año, y tirándonos maizena. Por fortuna “Eva no ha muerto aún”. (foto archivo)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Mis gracias son varias, y no hacen parte de los “dones sobrenaturales” concedidos por Dios para elevarme como criatura racional. Son terrenales. Me las ha concedido la lucha por la vida. Por ejemplo, el desapego por el dinero, factor por el que se originan guerras y trágicas disputas. Lo aprendí de la resignación y humildad de mi madre ante sus solitarios avatares por darnos un lugar digno en este mundo. Tal convicción me llevó a ser proclive a la utopía socialista en mi temprana juventud. Cuando me hablaron de que era posible una sociedad sin dinero, y lo verifiqué en la teoría, creí que las enfermedades sociales que trajo el capitalismo desaparecerían como por encanto. Mi generosidad se fundamenta en esta creencia, pero no soy limosnero porque con esta postura no se erradica la pobreza material. Derivado de este contexto, está la disciplina que me condujo toda la vida a ser impaciente cuando las situaciones que sorteo no me salen como deseo que salgan. He tenido que crecer en este aspecto, pero no del todo, con el riesgo de que me tilden de “cara de puño”. Como dice el viejo proverbio: “Nadie ve al viento, sino su efecto”.

Casa de la Cultura de Cereté, Córdoba

P. ¿Cómo es que un economista decide escribir literatura?
R. Antes que pensar en la economía como profesión, por iniciativa de profesores de español en el Colegio Nacional “José María Córdova”, de Cereté, donde estudiaba bachillerato, una de las tareas era escribir en un periódico mural. Era una cartelera especial donde los estudiantes publicábamos nuestros manuscritos. Llevado por mi disciplina, escribía breves relatos, u opiniones sobre cualquier tema de interés local. Un hermano medio mayor me retó a que escribiera un artículo en su periódico Cumbre, de periodicidad mensual, que él dirigía en Montería, cuando yo apenas cursaba primero de bachillerato. Me dio miedo semejante propuesta. Varias semanas después aparecí con un tema sobre la caracterización de mi colegio, y que publicó. De aquí provino mi interés de hacer un curso de periodismo por correspondencia cuando cursaba segundo de bachillerato.

Luego fundé el periódico cívico La Nueva Bagatela, en compañía de otros estudiantes del colegio. Censurado el periódico por la diatriba confesional desde el púlpito en plena misa por el párroco de Cereté, no hubo otra alternativa que refugiarme en la frustración y los libros. Tuve que conformarme por algún tiempo con el “tedio de la parroquia”, al decir del poeta Luis Carlos López, donde “La población parece abandonada” y sin “una sola ilusión inesperada”. Buscar en un provincianismo pacato las causas de este fenómeno de prohibición de la libertad de expresión, me condujo al camino sociopolítico. Y en medio de la atmósfera revolucionaria de la época, me llamó la atención la importancia de la economía para cualquier sociedad. En Nikitin encontré los primeros elementos que cifraban en la infraestructura económica la base del desarrollo de una sociedad, a través de la planificación estatal centralizada. Base de la superestructura social en la concepción hegeliana del marxismo-leninismo. Pero cuando estudié economía con la ilusión de que como disciplina del pensamiento podrían solucionarse los complejos problemas de la sociedad, me di cuenta de que es importante como herramienta técnica pero nunca la panacea para resolverlos. El enfoque profesional es técnico, pero no para erradicar, en general, los obstáculos del desarrollo de los pueblos, que tienen su asidero en concepciones filosóficas y políticas de Estado.

Álvaro Jiménez Guzmán escribió su columna Grito en los pretiles en El Pequeño Periódico durante varios años. La Fundación Arte & Ciencia publicó un libro antológico de dichos escritos (Foto archivo)

Más tarde, al finalizar los estudios de economía, seguí con la inquietud de escribir sobre temas económicos, ya como miembro de la Sociedad Antioqueña de Economistas, o como columnista de algunos medios de comunicación. Cuando me pensioné, imbuido hasta los tuétanos por la literatura económica, busqué al director de El Pequeño periódico”, Ángel Galeano Higua, a quien había conocido en las lides políticas de izquierda, y me abrió las páginas de su periódico y me propuso vincularme a su propuesta de Taller Literario, luego de haber asistido a sus sesiones literarias en Comfama. La primera dificultad que tuve que sortear fue superar el lenguaje de mi formación de economista, que se reflejaba en mis textos literarios. Aunque era lector de literatura, no era mi frente como estudioso. Lo primero que hice fue leer solo obras literarias y descartar la literatura económica. Lo aprendí no solo por la experiencia en el taller, sino también al leer una entrevista que le hicieron a García Márquez después de que escribiera su obra maestra. Le preguntaron qué leía en el momento, y dijo que cuentos infantiles, para poder desembarazarse del lenguaje de Cien años de soledad. Si eso lo hacía él, con suprema razón debía hacerlo yo, un simple aprendiz de escritor en tiempos de madurez.

P. ¿Consideras que has avanzado o has retrocedido en ese nuevo mundo de las letras?
R. Haber tenido el atrevimiento de publicar tres libros de mi propia autoría, uno de crónicas y dos de cuentos, más cinco como coautor de libros de cuentos, me indican que he avanzado. Las dificultades en la creación literaria son grandes, mas no imposibles. Suelo acompañarme del escritor uruguayo Mario Benedetti cuando dice: “No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento. Aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento”.

Lo conforman 26 crónicas, entre los que se resalta Y ardió Raúl, una evocación del poeta Raúl Gómez Jattin también oriundo de Cereté, de quien Álvaro Jiménez fue su amigo de infancia. Diseño de portada Saúl Álvarez Lara.

P. ¿Cuándo comprendiste que podrías convertirte en un aprendiz de escritor y de lector?
R. En mi alma siempre ha flameado la llama por leer y contar historias, empezando por contar los episodios familiares y sociales que me han rodeado. No otra cosa alberga el espíritu de comunicar para expresar lo que hierve en nuestra conciencia social. En parte ya lo he explicado a propósito de mi afición como empírico periodista cívico y de mural de colegio, y después como economista. Pero luego de la tenaz lucha por la subsistencia, aparejada con la madurez, el panorama para esta comprensión se amplía y consolida. Con la disciplina de leer casi todo lo que ha caído en mis manos, también me he guiado por la divisa expresada por el escritor francés Daniel Pennac: “La lectura nos abstrae del mundo para hallarle un sentido”. En la creación literaria no solo se aprende a ver, también a observar. Bien lo advertía el escritor ruso León Tolstoi: “Hay quien cruza el bosque y solo ve leña para el fuego”.

P. Tus textos publicados hasta el momento no son de largo aliento, más bien cuentos, relatos. ¿Qué piensas de ello?
R. Me he trazado una metodología, por así decirlo, de avanzar peldaño por peldaño. La modestia en el terreno del arte así me lo ha hecho entender. Primero se construye una enramada, luego una casa y, si es posible, un edificio con varios pisos. Mis primeras intenciones se asocian a noticias, crónicas, editoriales, columnas de opinión, breves ensayos y relatos. Para dar el paso a cuentos, que me parecen difíciles, no solo al concebirlos sino de escribirlos. Aunque son creación de corto aliento en su extensión, son de largo aliento en su dimensión temporal: a veces he durado varios años trabajándolos y, sin embargo, al final quedan baches en su forma o estructura. Pero la constancia en sacar adelante una obra literaria de calidad se traduce en satisfacción personal porque el lector merece respeto. En la actualidad estoy próximo a publicar un libro de cuentos de navidad, y en una aventura mayor, de largo aliento: escribo una novela que intenté escribirla varias veces. Solo ahora le he hallado la estructura, el tono y la forma.

P. ¿Cuál fue tu primer texto publicado y cómo viviste esa experiencia?
R. Mi primer texto literario fue publicado en el periódico Raíces cuando finalizaba mi carrera de economía. Resultado de un concurso de cuentos y poesía que se realizó en el marco de un carnaval de Riosucio, Caldas. El primer puesto lo gané con el cuento Las bestias del infierno. Era la primera vez que escribía un cuento y tuve esta satisfacción.

P. ¿Y el último?
R Los tress últimos, contenidos en mi libro de cuentos publicado este año: La llegada del Chiminigagua, Colección El Aprendiz de Brujo, conformado por tres títulos: En pública subasta, En la ciudad no hay bosques y La llegada del Chiminigagua, que le da el título al libro. Este cuento, que invoca el dios de la luz de los muiscas, lo escribí el año pasado como un homenaje a ISA en sus cincuenta años, por haber construido la primera gran central hidroeléctrica del país, y la tercera en el mundo, a la sazón, donde se articula leyenda con realidad técnica, en una época en la que el desarrollo de la infraestructura tecnológica era incipiente y muchas regiones sufrían el flagelo de la oscuridad en un país en vías de desarrollo.

Este libro incluye su crónica Los dolores del río. El diseño de la portada es de Saúl Álvarez Lara

P. ¿Cuál de tus textos te ha costado más trabajo? ¿Por qué? ¿Cómo las superaste?
R. El texto literario en el que más me demoré se titula Favor tocar el timbre, que ganó el segundo premio del Primer Concurso de Cuento y Poesía convocado por la Asociación de Pensionados de la Caja Agraria, Asoagro, en septiembre del 2006. Todavía no existía el Taller Literario El Aprendiz de Brujo, donde los textos avanzan porque las críticas de sus miembros los cualifican. Me correspondió una lucha solitaria de revisión constante por varios años. La mejor prueba de que lo dejé a punto estuvo en su premiación. Lo curioso de esta incursión literaria es que Ángel Galeano, en ese momento director de “El Pequeño Periódico” y en el que yo participaba, sin que ninguno de los dos lo supiera, porque uno concursa bajo seudónimo, le correspondió como miembro del jurado del concurso premiar mi cuento. Me cercioré por la firma del acta. Este cuento se publicó en la revista Asopen a propósito de los 10 años de la Asociación de Pensionados, en el 2006. Del Acta del Jurado: “El Segundo Puesto para Favor tocar el timbre, firmado por El Comunero, por la fluidez de su historia y el deseo de recrear la ciudad desde un ángulo diferente, es una buena muestra de la narrativa urbana”.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Me persigue ahora el tema de la novela que estoy escribiendo, para el que me ha exigido leer otros libros. Crear nuevos universos en el arte literario se asimila a la inventiva de la ciencia. Por eso en la vieja sabiduría de Abisinia se afirma que “La simpleza de la ciencia es tan grande como una montaña”.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? ¿Por qué?
R. Me llevaría Una danza contra el viento. En parte del prólogo de este libro planteo aspectos como éste:

En esta colección de cuentos, Álvaro Jiménez muestra su predilección por los Epígrafes, cuya selección armoniza con las historias narradas.

“Hemos trasegado por la selva del horror, y aun padecemos la herencia perversa de aquel destino fatal de Arturo Cova, protagonista de La vorágine, quien sentenciara: ´Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia´”. Lo tendría como un conjuro contra quienes han vagado por nuestras selvas convertidos no solo en monstruos que se alimentan de carne humana, sino también en sus depredadores, irrespetando su primitivo origen, anterior al hombre. Esta verdad incontrovertible –violencia absurda– es contraria a la razón, según un viejo proverbio chino. Si los espejos de nuestras propias convulsiones no nos conmueven estaremos condenados al eterno clamor de una paz que nunca llega.

P. Para evitar que te condenen a limpiar durante 10 años el túnel de La Quiebra si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. No destruiría ningún texto porque todos ellos, así sea el de menor calidad, han forjado lo que hoy representa mi modesta literatura. Sería como condenar a un hijo a la muerte porque nació enfermo. Limpiaría el túnel de La Quiebra diez años o más, incluso bajo la consideración de que esos diez años de condena me reportarían otro rico expediente para convertirlo en novela. La literatura nace de la aventura de la vida. Gran parte de mis cuentos son construcción con base en aventuras. Por ejemplo, el cuento Los escrúpulos no dan de comer, de la colección Una danza contra el viento, comienza así: “En un barranco protegido por un árbol de ramas precarias y conchas muertas, a orillas de un río maloliente, Tiberio descansa por momentos. Llegó de San Clemente, una región que ha vivido de la minería informal. Sus padres, muy ancianos, dependían de su bateo o “lavadero de pobres”. Un grupo armado indeterminado se asentó en los alrededores de aquel lugar. Y se fue apropiando, con amenazas soterradas, de la explotación minera. Cuando los más jóvenes se percataron que se trataba de guerrilleros que también reclutaban, huyeron despavoridos. Tiberio casi cae en sus garras. Como no quiso engrosar su máquina de guerra, se escabulló una noche en medio de un aguacero hacia donde vivían unos parientes, cerca del río Porce. Allí también raspan la superficie de su cauce: lavan la tierra para extraer ´la puta común de todo el género humano´”. Este cuento, como en la vida de cualquier colombiano sin fortuna, es una aventura. Lo encabeza un viejo proverbio de Brasil: “Quien es un verdadero hombre, saca el pan hasta de la misma piedra”.

Durante el conversatorio en la Fiesta del Libro, a propósito de haber obtenido la Beca de Vigías del Patrimonio por el trabajo del Grupo Literario sobre el tema del río Aburrá.

P. Como economista cómo consideras la relación con la literatura.
R. Mi formación como economista no ha sido óbice para relacionarme con el universo literario. La ha facilitado porque la disciplina por la lectura ha cumplido su papel. La economía es una ciencia. El arte literario, también lo es. Se complementan. La diferencia está en su lenguaje. Y esta visión permite bucear los fenómenos económicos subyacentes en las obras literarias. Lo podemos observar en La vorágine, en la que José Eustasio Rivera denuncia la explotación de los caucheros colombianos por el monopolio de la casa Arana, por ejemplo. Tanto aborígenes como campesinos esclavizados no tienen derecho siquiera a morirse porque siempre están hipotecados por sus deudas. Es un fenómeno económico para analizar en esta portentosa obra.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

Álvaro Jiménez ha participado como miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, en diversas actividades realizadas en colegios urbanos y rurales. Aquí en la celebración del Día del Idioma. (Foto archivo)

R.  Asisto al Taller El Aprendiz de Brujo porque, al haber participado en su creación, he avanzado. Se destaca la producción literaria de sus miembros y se nos critica con altura y respeto. Constituye una satisfacción no ser objetodel tufillo de la burla propio de espíritus mediocres, pero que se creen superiores en materia de arte. En esta experiencia podemos decir que cuando se seduce el corazón con tacto, el cuerpo queda esclavo.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. En mis primeras andanzas juveniles, de parrandas y tragos y novias, con amigos o parientes, ocurría que me pasaba de copas, me enlagunaba y no era capaz de controlarme en la euforia del momento. Un primo, conocedor de esta debilidad, inventó un día que me había orinado en el parque de Cereté, delante de la gente cuando salía de misa, después de la fiesta en un matrimonio. Creyendo en esta versión, duré una semana sin salir a la calle, avergonzado por semejante “desliz”. Estas eran mis desabrochadas, incluyendo amanecidas bailando con bellas chicas al son de los Corraleros de Majagual en la Avenida del Río de Montería, en las ferias de la ganadería de mediados de año, y tirándonos maizena. Por fortuna “Eva no ha muerto aún”.


P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? (algo de historia de tu experiencia)
R. Nunca tuve la costumbre de llevar un diario. Esta práctica de hoy es obra del Taller Literario. Qué tan importante hubiera sido llevar un diario desde la juventud para luego saquearlo y ayudar a construir nuestra obra literaria. La memoria es incapaz de albergar todo lo que ocurre en nuestra existencia. Grandes obras de la literatura universal han surgido de diarios meticulosos. Por ejemplo, El Diario de Ana Frank, donde cuenta, de manera muy personal e íntima, los más de dos años que ella, su familia y otros judíos, estuvieron en un pequeño anexo de Ámsterdam para evitar caer en manos del ejército nazi. Confieso que no soy disciplinado para esta tarea, pero hago el esfuerzo.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario? (Envíame unas 2 o 3 fotografías de las páginas de tu diario)
R.  Sí, por supuesto.

Febrero 3 del 2010
“Después de que descendiera del piso 12 de la Gobernación de Antioquia, donde funcionarios de los sectores público y privado hablaran de las Pymes de Urabá, me sorprendió la manera original en que un indigente pedía limosna: mientras estaba sentado en el piso rascándose su barba hirsuta, recostado contra un muro que limitaba el sendero por donde transita el público que viene de la Alpujarra hacia la calle Carabobo, al lado de un abultado y mugriento saco de fique, su equipaje de calle, un perro grande, negro y de manchas anaranjadas en la cabeza, le pedía limosna en un baldecito de plástico que le colgaba del cuello. El perro conocía su labor: alzaba humilde su testa, pero diligente, hacia los transeúntes, bamboleando el recipiente para que lo vieran y le echaran las monedas pertinentes. Alguno que otro peatón se detenía con curiosidad a observar la labor del perro pordiosero. No es un animal chandoso. Tiene el glamour imposible de ver en el sucio indigente que lo utiliza”.

Marzo 22 del 2010
“A la vera del sendero peatonal del complejo de cabañas Los Almendros, ´María Mulata´ se encarama en el borde de una cesta de basura. Picotea, saca papeles sucios, los tira al suelo, donde se derraman los desperdicios de alimentos, traga vigilando con sus ojos de perla, y cuando alguien se acerca desprevenido por el sendero de cemento, vuela a los palmares de la playa chillando frenéticamente. Y cuando está tranquila combina su chillido con un gorjeo grave, de bajo musical, al vaivén del viento y el rítmico rumor de las olas del mar”.

Marzo 6 del 2010
“Allí está otra vez sentado en la banca. Parece una estatua. No saluda ni modula palabra alguna. Tiene cara de amargado. Es un anciano triste. Solo se mueve cuando cambia de posición su bastón. ¿Cómo hará para estar allí mirando de largo, solo viendo pasar los carros, la gente y las horas del día? Cuando no lo volvamos a ver es porque, tal vez, ya se haya muerto”.


 

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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Las palabras son un estorbo”

Entrevista con la escritor Leandro Alberto Vásquez Sánchez

Por Ángel Galeano Higua

Conocí a Leandro cuando terminaba su secundaria. Muchacho callado y atento. Su padre me lo presentó en alguno de esos eventos literarios que hacíamos en los colegios, porque sospechaba que su hijo tenía cierta inclinación por la lectura y la escritura. No se equivocó. Desde entonces, hace más de 13 años, Leandro no ha dejado de sorprenderme por su capacidad creadora, esa silenciosa y profunda escucha que lo caracteriza y, sobre todo, la delicada filigrana con que teje sus escritos. Soy testigo de su crecimiento descomunal con el ejercicio de las palabras. Estudió periodismo en la Universidad de Antioquia y como tal fue uno de los líderes de los Encuentros nacionales de TOMA LA PALABRA, experiencia única y maravillosa de una generación que se propuso reunir a jóvenes de todo el país a quienes les gustara leer y escribir. Lo hicieron durante 8 años y sembraron una semilla que algún día el país podrá conocer en su plenitud.

La estoica disciplina que ha construido para leer con lupa de mil aumentos las grandes obras, la devoción con que persigue las palabras y la meticulosidad con que las trata, así como esa vibración de la vida del barrio que lo jala y lo alimenta y lo embriaga, como el balón de fútbol con el cual gambeteó muchas veces, le han llenado su morral de sueños, única propiedad de la que se enorgullece. Su paciencia raya con la quietud, aparente sin duda, porque, como un cazador, es capaz de permanecer a la expectativa mucho tiempo hasta que suelta su zarpazo con un título, un personaje, un cuento, una crónica que nos electriza. Esta virtud, aunada a sus sorprendentes puntos de vista, lo delatan como un creador nato y demoledor. Es capaz de agazaparse en un cuento durante 13 años, para meterle los dientes cuando la historia ya no tiene escapatoria.

En esta entrevista hace gala de su versatilidad en el aprendizaje. Gambetea con las palabras no para lanzarlas fuera del campo de juego, sino para organizarlas en historias de personajes rudos e indómitos, que sufren y les duele la existencia. Que se buscan y se descubren en la fuerza telúrica de las montañas, en el fluir de los ríos y en los silenciosos y profundos bosques. Encuentros y desencuentros, desafíos, enfrentamientos pueriles y violentos. Y para ello las tiene que usar, las palabras, esas que a veces dicen lo que no quería decir. Leandro sabe que para las grandes verdades del corazón las palabras son estorbosas, y que al usarlas se corren muchos riesgos. En ese reto está el encanto, y eso él también lo sabe.

 

Leandro Alberto Vásquez Sánchez. “Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso”.

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Tengo varias: por ejemplo escribir o vivir sin dinero en los bolsillos. Pero sólo hablaré de la más útil: patear el balón con potencia. Mientras otros tienen que llegar al borde del área para chutar, yo puedo marcar un gol desde la mitad de la cancha de microfútbol. Lo que más disfruto es cuando voy a disparar y los jugadores saltan y los arqueros se agazapan de miedo para no ser golpeados por el balón. Infunden más respeto mis cañonazos que mi título de periodista. Me siento más poderoso cuando veo a alguien sobarse un muslo o la cara después de recibir un chute, que escribiendo una noticia. Soy un pésimo jugador y me enfrento con adversarios tan malos yo, así puedo disimular la falta de talento. Cuando era más joven, me preciaba de ser gambeteador, pero con el tiempo me hice pesado. Ahora son escasos los dribles, pero gané en efectividad. Pienso que algo parecido pasa con las historias que escribo: las florituras disminuyen, pero la contundencia es mayor, aunque no es porque con el tiempo el talento escasee, la verdad no sé si alguna vez existió. Tiene que ver más con la tendencia a adquirir un estilo menos pesado, más sencillo.

P. ¿Avanzas o retrocedes?
R. Camino hacía el pasado y recuerdo el futuro.

La condesa de Porroliso fue uno de los primeros escritos de Leandro publicados en EL PEQUEÑO PERIÓDICO y que apareció luego en el libro Perfil de Mujer, antología con motivo de los 30 años del periódico.

P. ¿En qué sentido?
R. La técnica narrativa es el patrimonio de los aprendices. Es imposible contar algo que represente un aporte a la literatura, así sea mínimo, sin conocer la tradición. En ese sentido la lectura es una vuelta al pasado, una forma de saquear a los creadores que nos antecedieron para rastrear los elementos con que se pueden contar nuestras historias. Sin el aporte de ellos no hay futuro, nada puede ser nuevo, aunque la novedad apenas sea recrear en una narración unos procedimientos, un lenguaje o una cadencia poética que ya otros utilizaron. Sin la lectura crítica es fácil caer en las fórmulas. Es decir, resignarnos a aprender dos o tres técnicas de la academia y utilizarlas para contar muchas historias que terminan siendo esquemáticas. Desarrollamos una especie de producción en cadena en la que nos copiamos a nosotros mismos. Así la aventura de escribir se convierte en un trabajo.
En mi caso, creo que la construcción de los personajes también es una vuelta al pasado para crear el futuro. Los personajes son los espejos de lo que fui, seré, pude o quise ser, así no se construyan basándome en una experiencia intima, así esté contando a mi peor enemigo. Ningún personaje es un retrato acabado de mí mismo, pero sí recojo pistas de quién soy y eso me permite descubrir, en mis apuntes de diario o recuerdos, filones en los que se pueda profundizar ese aprendizaje, el del conocimiento de la condición humana desde mi experiencia vital. Es muy difícil entender el pasado expresado en una imagen mental o un apunte, por eso es necesario arrojar la luz del presente sobre estas vetas a partir de los cuales se puede forjar algo que no existía, esos yo inéditos que se llaman personajes. Por todo esto digo que camino hacia el pasado y recuerdo el futuro cuando leo o escribo.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Una noche mientras regresaba de comprar una botella de ron, una patrulla de soldados nos requisó y como el amigo que me acompañaba intentó burlarse de ellos, lo insultaron. Yo reaccioné y les exigí respetó con más insultos, a lo que los soldados respondieron con una paliza a la que me intenté resistir. Aunque no hubo lesiones graves, si me pregunté durante mucho tiempo qué había pasado esa noche. Tanta fue la consternación que me encerré voluntariamente durante seis meses a meditarlo. Sentí que debía contar esa experiencia y otras cosas que me habían ocurrido, pero sólo descubrí que era posible cuando leí Sexus de Henry Miller. Esa voz tan personal, que padecía la sexualidad, su ciudad y el ejercicio creativo con el trasfondo de la guerra, se parecía a eso que bullía dentro de mí. La única diferencia era que yo ni siquiera sabía cómo empezar a contar esas historias que me atormentaban. Fue cuando me vinculé al taller literario de Ángel Galeano Higua y a El Pequeño Periódico. Después de eso han venido muchos maestros, cada libro es uno, los árboles, las piedras y los mayores son otros. Reconozco a los maestros porque ninguno quiere imponerme su manera de ver el mundo, sólo son puentes que me ayudan a guiar hacia afuera esas historias que me cuenta mi maestro interior.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

En este libro aparece Una mujer de aguas tomar, deliciosa crónica que Leandro Vásquez escribió sobre las valerosas batallas que su madre ha adelantado por el derecho al agua.

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Pienso que las palabras son un estorbo. Un símbolo apenas, la pobre representación del sentimiento, la imagen o el pensamiento. Por eso creo que es una tarea casi imposible tratar de expresar algo con palabras. Es un trabajo siempre a medias, imperfecto. ¿Entre más hablamos o escribimos estamos más cerca de la perfección? Yo no lo creo. Entre más palabras tenemos que usar para contar algo, más nos alejamos de la pureza del modelo. Las palabras deben ser las necesarias y las precisas. Nos empecinamos en producir y producir palabras por compromiso. Nos las piden en la redacción, en la editorial o porque nos negamos al anonimato. Entonces viene el síndrome de la hoja en blanco y nos angustiamos y hasta enfermamos porque no podemos escribir. Pero qué hay más perfecto que esa hoja en blanco, que ese silencio. Es la oportunidad para pararnos del computador y escapar a la montaña y compartir nuestro silencio con un amigo, las piedras o los árboles. Pero seguro que a la primera oportunidad, nos tomaremos una foto junto a una cascada y las postearemos en Facebook y cuándo regresemos a casa la hoja seguirá en blanco porque no escuchamos nada y nada tendremos para decir. ¿Por qué le tememos al silencio? Quizás por su inmensidad, no resistimos un precipicio tan profundo y tratamos de llenarlo de palabras. Yo creo que la clave está en explorar ese precipicio. Quizás algún día encontremos ahí algo que valga la pena decir.

El archivo general completo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, desde 1982 hasta 2015, reposa hoy en la Sala Antioquia, de la Biblioteca Pública Piloto. Tanto impreso como virtual, ha sido una gran escuela para cientos de jóvenes como Leandro Vásquez.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado.
R. Se llamó Hay oro en Altamira, fue publicado en El Pequeño Periódico en el año 2006. Cursaba el primer semestre de periodismo en la universidad. Conté la historia de un niño que juega con sus amigos en una de las plazoletas de la Unidad Residencial Altamira. Ellos escarbaban en la tierra y cualquier piedra que descubrían constituía un gran hallazgo, pero el verdadero tesoro era que todavía existieran en la ciudad lugares donde los pequeños podían jugar tranquilos y al aire libre. Aunque ya empezaba a decantar en ese trabajo el estilo de lo que quería contar, historias cotidianas, construidas a partir de personajes, tocando temas como el de la infancia, cada vez que leo esa crónica me parece intrascendente. Recuerdo que en esa oportunidad también entrevisté a Juan Ignacio Bustamante, un ingeniero agrónomo que era administrador de la unidad. Me manifestó que la importancia del lugar residía en unas zonas verdes cuyo mantenimiento era dispendioso, pero yo pasé por alto sus palabras. Ahora pienso que lo determinante era hablar de esos árboles nativos que corrían el riesgo de desaparecer, en una unidad residencial muy cercana al centro de Medellín, una ciudad cuyo principal problema ambiental es la calidad del aire, aunque en ese momento eso no era tan claro, el deterioro ambiental era menor que ahora. Me decidí por contar a los niños porque fue una historia que me conmovió muy fácil, pero ni siquiera a ellos los trabajé a fondo, me quedé en unas apreciaciones muy superficiales sobre su cotidianidad y sus relaciones. No entendí lo que tenía en frente porque conocía muy poco la ciudad y sus problemas. Tampoco supe ordenar y disponer la información que levanté. En las entrevistas me acerqué poco a los personajes, demasiado confiado en que la grabadora se encargaría de registrarlos por mí. Pero el principal problema es que este era un tema que me era ajeno, ese no era mi barrio, ni mi urbanización. Es difícil entender las comunidades desde afuera, hay que darse en el tiempo de escucharlas, de caminar los territorios. Es mucho mejor que los habitantes cuenten sus propios conflictos, ellos sí los conocen.

P. Y del último.
R. El último fue Gambeta. Es la historia de un niño que quiere jugar fútbol y su mamá se lo impide porque puede dañar sus zapatos ortopédicos, los únicos que tiene, porque además el niño es patizambo. Gambeta es un driblador endiablado y escapa del control de su mamá en medio de una emergencia de inundación que amenaza con destruir su barrio. El primer personaje que surgió en esa historia fue Gambeta. Cuando leí un pasaje de Respirando el verano, de Héctor Rojas Herazo, en el que Anselmo enferma después de un paseo al mar, pensé en que era necesario contar algo propio, algo de mi niñez, contagiado por esa cadencia poética del poeta de Tolú. Así despertó Gambeta y se echó a andar y cuándo menos imaginé jugaba fútbol y sufría. Ya no era mi niñez la que contaba, Gambeta tenía su propia fuerza. Eso ocurrió hace trece años, antes de estudiar periodismo. En todo ese tiempo también descubrí que la madre parecía una villana, pero eso sucedía porque no le había dado el espacio para expresarse. Quise ahondar en su historia y su carácter para que ella misma se mostrara. Era la primera vez que trabajaba un personaje femenino, así que fue un maravilloso descubrimiento de ese universo y la relación de sobreprotección que esa mujer sostenía con su hijo. En todo ese tiempo también entendí que el barrio era un personaje y lo quise retratar por medio de una falsa alarma de inundación, un hecho que revela ese tejido de relaciones que todavía existe entre los habitantes de estos lugares, en los cuales un chisme puede desatar tragedias. Las personas se sorprenden cuando les digo que ese cuento fue escrito hace trece años, me dicen que es muy corto, afirman que en todo ese tiempo es posible escribir hasta unas cinco novelas. Pero no es que escribiera el cuento todos los días, sólo lo hacía en las épocas que me quedaban libres entre la universidad, el trabajo, las fiestas, los amigos y las novias. Había que vivir. Ese cuento lo quiero mucho no porque sea una genialidad, sino porque fue mi escuela y me parece increíble que haya sobrevivido a trece años, cinco computadores, tres discos duros dañados, seis formateados, a los virus, a mi descuido y mi torpeza. A pesar de que está publicado, estoy seguro de que todavía no lo termino.

P. ¿Cuál de tus textos te ha ocasionado más dificultades?
R. Para mí escribir es muy difícil. Hace no mucho, quise escribir una novela sobre lo difícil que fue contar la historia de un acueducto comunitario de agua. Llegué a enfermar de gravedad y estuve veinte días internado en el hospital. Cuando quise contar esa historia, no fui capaz, la escritura no fluía a pesar de que me forzaba todos los días. Acudí hasta a una terapeuta para desbloquearme, pero no resultó. Un episodio angustiante de verdad. Creo que fue porque no entendía lo que había pasado y en el fondo no quería hacerlo, era más fácil ignorarlo. Tiempo después volví a escribir un diario, a mano en una libreta, y me queda el consuelo de que eso permitió que la escritura fluyera. Sólo solté lo que me pesaba con libertad, sin cortapisas, sin compasión por mí ni por nadie, sin importar si iba a ser publicado o siquiera vuelto a leer algún día. Logré narrar algunas partes de ese libro que todavía sueño. Espero terminarlo algún día. Si las palabras son algo antinatural, forzarse a escribir o a hablar lo es aún más y lo único que puede resultar de eso son problemas.

Mi barrio de noche (Foto de Leandro)

P. ¿Te persigue algún tema en especial?

R. Mi barrio. Es lo único que conozco más o menos a fondo. Vivo en el mismo lugar hace treintaicuatro años. Pero cuando me reencuentro con esos personajes que quiero contar, descubro que ya son otros: adultos, preocupados por trabajar, producir dinero y obtener placer. Desprecian cualquier cosa que se aparte de ese esquema. Si les cuento que quiero contarlos, poco o nada les interesa, prefieren el anonimato. El espacio físico ya es otro también. Dejo de pasar un mes por una calle y cuando regreso, ya hay un edificio empinado en una cuadra de casitas de dos pisos. Hasta hace poco no sabía que ya había semáforos y por las avenidas que cruzaba desprevenido, pasaban las motos raudas a punto de atropellarme y yo no entendía qué pasaba. Terminé por pensar que ese que yo pensaba que era

Mi barrio al atardecer (Foto de Leandro)

mi barrio, me lo había imaginado. Ya no existe, si acaso algún día existió. Los cambios sucedieron tan de prisa que, a pesar de vivir ahí siempre, no nos dimos cuenta. En cambio, me reencontré con la montaña que tutela mi barrio, un lugar que guarda una memoria mucho más antigua que las calles, las casas y los hombres. Cuando era niño, la caminé con mi familia para elevar cometas, cocinar sancochos o bañarme en los charcos, pero hasta ahora descubro que cada animal, quebrada, árbol o roca puede ser también un personaje. Ese es un tema que me inquieta.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. Llevaría Alucinaje, una historia sobre un muchacho que come hongos alucinógenos. Su viaje psicotrópico es una rebelión contra una realidad que lo mantiene adormecido. Pero esa aventura no es una fiesta de luces y placeres. Como en cualquier viaje que valga la pena, el muchacho se encuentra con sí mismo y no le gusta lo que descubre. Su interior se revela a partir de la relación con el afuera: alucina con que las montañas tratan de aplastarlo, los humanos son fantasmas, su cuerpo se vuelve tan liviano que es incapaz de mantenerse en el suelo. Una aventura en la selva es un viaje alucinante en el que no son necesarios hongos o brebajes. Para delirar es suficiente escuchar el río, sentir los arboles descomunales, oler las flores, sumergirse en la vorágine de animales y plantas. No conozco psicotrópicos más poderosos. Alucinaje me ayudaría a no asustarme, a recordar que sólo soy yo el que se rebela en la naturaleza, a no escapar cuando me descubra en el espejo de la selva.

P. Para evitar que te condenen a barrer todas las calles de Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?
R. ¿Todas las calles? De verdad destruiría cualquiera. No imagino un castigo peor. Pero si me permiten elegir, optaría por los textos que también fueron una condena. Hace unos años, trabajé en un periódico comunitario. Se producía una publicación mensual, pero cuando yo empecé fue necesario hacer la del mes anterior que estaba atrasada, la del mes actual y cuatro ediciones especiales. Todo en cuatro semanas. El equipo sólo éramos el director, un diseñador externo y yo.

Además el director estaba ocupado todo el día desarrollando un trabajo comunitario con el que se sostenía la corporación. Escribir se volvió tan repetitivo como cavar un agujero con una pala. Las salidas de campo eran pocas, me la pasaba ocho horas o más en una oficina pequeña, frente al computador, corrigiendo o escribiendo textos. El escaso dinero que ganaba, lo gastaba en el bar.

Leandro Vásquez (der) cuando ganó el Premio Nacional de cuento convocado por el periódico “Qué hubo”, 2017, con su cuento Calle sol.

Gracias a los aportes de los habitantes de la comuna pudimos salir más o menos a salvo de esa coyuntura. Aprendí poco porque no había un editor que me enseñara. Yo era el redactor, el editor y el fotógrafo. El director ayudaba en lo que podía, sobre todo con las páginas editoriales y consiguiendo colaboraciones. Me equivoqué mucho, mucho. Y el rodaje era de mil ejemplares que, en ocasiones, también ayudé a distribuir. Sin embargo agradezco la oportunidad de conocer la ciudad y el trabajo de tantos líderes. Para evitar barrer toda la ciudad, entregaría uno de los textos que más me gusta de esa época: Barrio Cementerio Ciudad Central, la historia de una comunidad que se levantó sobre un terreno que perteneció a un cementerio. En la entrada, había tres lapidas. Cuando se construyeron las casas era común encontrar huesos y partes de cuerpos. Los habitantes contaban que había personas que escuchaban quejidos todas las noches u otras que tenían espantos propios, llegaban a las casas y los saludaban como a otro miembro de sus familias. A los habitantes del barrio no les gustó el artículo porque les pareció que podía devaluar sus propiedades. Yo sólo comuniqué lo que ellos me contaron, menos mal tenía grabados todos los testimonios.

P. Como periodista, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. Yo utilizó todos los métodos de investigación que aprendí del periodismo. Aunque no use un cuestionario estructurado para entrevistar, muchas veces hablo con los modelos de los personajes. Hago trabajo de observación. Recojo apuntes. Tomo fotografías.

Leandro lee uno de sus textos durante la clausura del Encuentro Nacional de TOMA LA PALABRA, 2006 (foto archivo)

Cuando no conozco bien los temas, hago rastreo documental y leo todo lo que puedo. Creo que lo que escribo está profundamente afincado en la realidad. Pero en el momento de escribir, me gusta dejarme guiar también por un pálpito, un sentimiento, un sueño o una imagen mental que me persigue. No me preocupa si los datos son comprobables o si lo que escribo es periodismo o ficción. Si algún académico lo desea, que le ponga la etiqueta que quiera. Tampoco me mido para sumergirme en el interior de los personajes. Ni siquiera me preocupa ponerlos en situaciones inverosímiles como volar, en caso de que el mismo personaje así lo requiera. Cuando lo que se pretende contar son lo que Faulkner llamó las antiguas verdades del corazón: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio, la realidad se convierte una camisa de fuerza que no permite expresar con libertad asuntos tan complejos. Entiendo que en regiones de nuestro país, ocurren sucesos como el atropello de comunidades y la destrucción de territorios para construir megaproyectos, la explotación desaforada de la naturaleza por el afán de enriquecimiento de unos pocos, el abandono y descuido sistemático de comunidades enteras por parte del estado, el asesinato de líderes sociales y la muerte de niños indefensos entre muchas otras cosas. Sé que esas historias no pueden esperar trece años para ser escritas como mi cuento de Gambeta. Es urgente contar esas verdades y se necesita valentía para hacerlo.

Sesión campestre del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

R. Mi verdadera escuela son los talleres. Me hubiera gustado tener en la universidad lo que ofrecían. Cosas como profundizar por meses en las lecturas o hacer un trabajo crítico sobre nuestras propias producciones. Asisto a El Aprendiz de Brujo porque yo apenas comienzo y la mayoría de compañeros son mayores, ya publicaron varios libros y tienen una experiencia y conocimiento más bastos. Creo que me pueden guiar. Me atrae, sobre todo, el espíritu crítico con que se lee lo que cada uno produce. Si alguna vez las correcciones de uno de los lectores no son en mi opinión acertadas, luego descubro que rebelan cosas del texto que pueden enriquecerlo. A mí me gusta que sean despiadados con las opiniones sobre lo que escribo. Aunque pueden herir el ego en ocasiones, es la manera más fácil de aprender. La edición también me apasiona y a veces aporto en ese sentido. Me gusta corregir los escritos ajenos, es mucho más fácil, no tiene uno ataduras emocionales con los personajes ni se encapricha con las figuras poéticas creyendo que son geniales. También asisto al grupo porque no entiendo bien lo que escribo. Así suene un poco raro, el texto es un acto de inconciencia que nunca alcanzo a dilucidar del todo y los lectores experimentados ayudan a comprenderlo un poco más.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. No creo que después de encontrar la perfección, a quienes viven en el paraíso les gusten mucho los desabrochados. Sin embargo ahí va:
Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso.


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un Diario literario?
R. En momentos en los que no quería o no podía hablar con alguien, épocas de aislamiento o introspección, el Diario fue el único a quien confié mis palabras. No imagino qué pudo pasar de no tener esa válvula de escape. En ocasiones en las que me forcé a escribir, pero las palabras no fluían y la angustia me desbordaba, el Diario apareció otra vez y me devolvió la confianza. Es increíble lo liberador que puede ser dejar correr un bolígrafo por unas páginas. No pensé nunca en que lo que escribía se fuera a publicar, hay apuntes que ni siquiera se pueden entender por la premura con que se consignaron. En cambio, otros me rebelan el que fui, un personaje que ahora parece de ficción, pero que en su momento era un muchacho que padecía su barrio, el amor, la muerte, la soledad. Una de las fortunas más grandes que me regala la vida es recoger esos apuntes y descubrir chispazos a partir de los cuales se puede crear una historia.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Sí, claro…

2010
*Sus ojos ambarinos me enloquecieron. Apunté con el cigarrillo a mi boca porque no me amaba, como si fuera un cañón. Jalo y jalo el gatillo, sale humo pero no dispara. Lo médicos me dicen: si sigues fumando, espera la bala en unos treinta años.
*Estoy al borde de una escopeta mientras cruzo la cuerda floja. Tranquilo, me dicen mis amigos. Sólo los dos cañones con que la muerte me mira, tiemplan mi marcha.

2011
*La carne truena y los huesos gimen. Qué importa si los otros también los escuchan. Aunque les enseñe a callar, el silencio de mis entrañas seguirá cavando la fosa donde morirán las estrellas. Mejor déjenme iluminar la calle vieja para que las palabras tuertas y cojas encuentren un rincón donde dormir.

2016
* La muerte del cóndor
Más grandes alas que las mías, las alas del placer, no se elevaron sobre este planeta. Hoy es mí último vuelo. Desplegaré mis rescoldos de energía y volaré a lo más alto, hasta la cumbre del éxtasis. Luego me entregaré, en un abrazo último y definitivo, a la tierra.

2018
* Su primer y único regalo fue una cabeza de ajos. Pensó que me ayudarían a curar mi tristeza. Yo creí que me lo había regalado porque me quería. Quise demostrarle que también ella me gustaba. Dejé la pena a un lado y le regalé una sonrisa, me devolvió una mueca fría. Sentí después que necesitaba de una piel tibia y la acaricie, ella se apartó. Una noche de insomnio le escribí mi primer poema, guardó silencio. Sembré, cuidé una rosa y se la regalé, dejó que se marchitara. Aprendí a reír, acariciar, escribir y sembrar. Ahora también cocino: los ajos terminaron como ingredientes de una salsa. Me pregunto a dónde se fue el amor que me sanó. Quizás hiede y se pudre en el corazón de ella, como en un cuarto oscuro donde acumula las montañas de regalos de los hombres que despreció.


Gambeta es su primer libro publicado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con el sello Colección El Aprendiz de Brujo.

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Crónica

Semillas de libertad

Nubia Amparo Mesa Granda

Flor de la papa criolla

Flor de la papa

“Creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad”. Sentada en la cocina de la casa de Liliana y Albino, en la vereda El Cabuyal del municipio de Copacabana, recordé estas palabras de Sábato. Eran las 7 de la noche y al calor de una deliciosa agua de panela, arepa y salchicha preparada en casa con carne de conejo, conversábamos, después de  recorrer los  5 mil metros cuadrados de Kahwana, el pequeño paraíso que estos dos soñadores han cultivado hace más de una década, cuando decidieron que debían retomar la conexión con la tierra, desmontar los mandatos del consumismo y propiciar alternativas de producción respetuosas con el medio ambiente.

Custodiados por el Cerro de La Palma y el Alto de las Cruces, vimos el atardecer mientras Albino y Liliana me mostraban las gallinas araucanas, una especie criolla que cada día es más escasa porque no es viable para la economía global, y que allí se mueven libremente poniendo sus huevos azulados y esperando morir de viejas. También estuvimos en el galpón de los conejos alimentados con el forraje que se produce en la finca y cuya carne sirve para preparar embutidos artesanales. Entre tanto, Lukas, Petra y Polo, los perros que rescataron de la calle, nos seguían con paso lento. Los gansos revoloteaban inquietos y uno de los patos picoteaba el pantalón de Liliana buscando esa caricia a la cual se ha acostumbrado. Habíamos llegado al estanque donde las “bailarinas” remaban cadenciosas, y ahí, justo al lado, encontramos el limoncillo y la hierbabuena que pude olfatear con deleite, escuchando de boca de Albino sus propiedades medicinales.

Revalorar la vida

Repollos de la huerta casera

Repollos de la huerta casera

Era lunes, por primera vez en muchos años, acostumbrada al vértigo al que obliga el mundo laboral, esa tarde transcurrió apacible entre los árboles de zapote y durazno, guanábana y chontaduro, carambolo, níspero y limón, especies nativas o exóticas, árboles frutales, hortalizas, verduras y cereales que con paciencia ha cultivado Albino, sin abonos químicos ni sustancias sintéticas, sin importarle si darán frutos o no, aunque esa es su esperanza. Otra vez recordé a Sábato: “En el vértigo no se dan frutos ni se florece”.

Aguacates tiernos

Mientras descubría cómo se produce el maní, veía el diminuto grano de la quinua y el asombroso color morado de una variedad de papa, pensaba que sí, que es posible volver a la vida sencilla y frugal, que es posible resistirse al consumo irracional y revalorar los espacios de libertad y creatividad. Albino Idárraga y Yolanda Páez, ambos zootecnistas egresados de la Universidad de Antioquia, tomaron esa decisión y hoy viven en una casa de tapia que tiene más de 160 años, cosechan para su propio sustento, no tienen televisión, compran solo lo indispensable y trabajan solidariamente por su comunidad.

“Hace veinte años casi teníamos el monopolio del negocio de bastidores para pintar al óleo y al acrílico, pero teníamos la idea de vivir en una finca y de trabajar para vivir bien y tranquilos”. Por eso se trasladaron allí y su negocio de bastidores ahora es fuente de empleo para dos trabajadores de la vereda que en tiempos de “vacas flacas” para el negocio apoyan en la siembra y las labores de la finca. Incluso comparten los beneficios de la cría de conejos o de las cosechas a cambio de su trabajo.

La huerta casera también estimula la solidaridad en la vereda

La huerta casera también estimula la solidaridad en la vereda

Con los habitantes de la vereda han roto las barreras de la incomunicación. “Queremos acercarnos cada vez más, la idea es llegar a tu corazón”, dice la invitación del grupo Cabuyaliando que fundó y personifica Albino, y a través del cual desarrollan programas de promoción de lectura, proyectan películas, organizan cursos de pintura, costura, caricatura, cocina. Todo, aprovechando los conocimientos de los amigos que aportan su tiempo y entusiasmo y los ponen al servicio de la comunidad. “A través de estas actividades queremos compartir la idea de que podemos transformar las cosas, mostrar que el Estado no está, y entonces hay que hacer actas de compromiso, dejar de sentirnos como limosneros y solicitar su presencia”, dice Albino, y en sus palabras reconozco la misma postura de Sábato cuando dice que “debemos exigir que los gobiernos vuelquen todas sus energías para que el poder adquiera la forma de la solidaridad, que promueva los actos libres, poniéndolos al servicio del bien común”.

La plenitud de un encuentro

Son las 8 de la noche. Liliana y Albino me acompañan a tomar el bus de regreso. Caminamos por el sendero sembrado de maní forrajero, que hasta ese momento yo no sabía distinguir. Nos encontramos con algunos vecinos que al pasar nos ofrecen su saludo cordial y abierto y formulan la pregunta obligada para Albino: “¿Cuándo es el festival de cometas? Lukas va a nuestro lado, agitando su cola, mientras yo trato de retener la imagen del “didgeridoo”, un instrumento de viento utilizado por los aborígenes de Australia y que le regaló una sobrina a Albino, aficionado a los instrumentos autóctonos. Alcanzo a comprometerlos para que me inviten a tomar unas copas del vino de naranjas que están fermentando y que todavía se demorará unos meses para estar al punto. Un abrazo sella nuestro encuentro de esa tarde y yo me voy a releer La resistencia, convencida, como su autor, de que “las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos”.

nubiamesa456@gmail.com

Publicado en la Edición impresa No. 99 de EL PEQUEÑO PERIODICO.

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Patrimonio de Latinoamérica

Por Gustavo Esmoris

Cuando se habla del carnaval uruguayo nos referimos al carnaval de Montevideo. El macrocefalismo poblacional que afecta al Uruguay, que hace que más de la mitad de sus habitantes vivan en la capital, genera este tipo de supuestos que se dan como una verdad.

Escritor uruguayo

Gustavo Esmoris, escritor uruguayo, traza una panorámica del Festival más democrático de latinoamérica.

El carnaval del norte uruguayo está claramente influenciado por el de Brasil, en especial en Artigas y Rivera, los departamentos con fronteras más abiertas hacia el país vecino. El carnaval montevideano (así lo llamaremos entonces para evitar erróneas generalizaciones), es el más largo del mundo, durando alrededor de cuarenta jornadas. Comienza con el desfile inaugural por la principal avenida, la 18 de Julio, para luego repetirse en distintos barrios, como la Unión, el Buceo y Malvín, entre otros. Allí desfilan los conjuntos (parodistas, murgas, humoristas, revistas y comparsas), acompañados por los carros alegóricos, los cabezudos y las reinas del carnaval.

Unos días más tarde, por la calle Isla de Flores, que atraviesa los barrios Sur y Palermo, (la zona más identificada con la afrodescendencia), se lleva a cabo el desfile de Llamadas, donde las comparsas desfilan con sus cuerdas de tambores, al ritmo más característico de Montevideo, el Candombe (los otros ritmos típicos de la ciudad de Montevideo, serían la propia murga, con su peculiar modo de sonar, y por fuera del carnaval, el tango). La palabra Llamadas se debe al toque del tambor, utilizado ancestralmente para comunicarse entre integrantes de una tribu. Esta es sin duda la fiesta máxima del carnaval uruguayo, considerando todas sus expresiones.

Paralelamente, y durante los cuarenta días que

Carnaval de Montevideo

Las comparsas se caracterizan por la cuerda de tambores, de aproximadamente cien integrantes, formada por tres tipos de tamboril, el piano, el chico y el repique, de cuya combinación sale el característico sonido que los identifica. Foto de Camelia Huino

 dura la fiesta, las agrupaciones actúan en escenarios llamados tablados, que se distribuyen a lo largo y ancho de los barrios. El tablado es un pequeño teatro, en general al aire libre, que se monta exclusivamente para el carnaval. Tanto los humoristas como las revistas y los parodistas, son expresiones menores dentro del carnaval, y no aportan elementos significativos a la cultura uruguaya o montevideana. La murga y la comparsa representan, en cambio, la verdadera esencia del carnaval ciudadano. La murga, la expresión más representativa de lo que es el tablado montevideano, consiste en una conjugación de lo teatral y lo musical, a través de un coro muy particular al que acompaña una batería propia de la murga, compuesta por tres instrumentos: bombo, platillos y redoblante. Su principal temática consiste en repasar con humor los acontecimientos del año que termina, apelando al humor y la emoción. Heredera de ciertos ritmos andaluces, la murga está ligada a los inicios del carnaval en Montevideo, y por ende en Uruguay.

Las comparsas se caracterizan por la cuerda de tambores, de aproximadamente cien integrantes, formada por tres tipos de tamboril, el piano, el chico y el repique, de cuya combinación sale el característico sonido que los identifica. Existe un toque por cada barrio, lo cual permite hablar del toque de Palermo, del toque del Buceo, etc. Todos los conjuntos, además, separados en las categorías ya nombradas, compiten en un concurso oficial desarrollado por la comuna de Montevideo, en el que se otorgan primeros premios.

Ya con más de cien años, y habiendo pasado por momentos de esplendor, allá por los años 50, para luego decaer durante la dictadura, donde no existía libertad de reunión y la censura prohibió a la mayoría de las murgas, el carnaval de Montevideo ya es un elemento cultural ineludible si se quiere interpretar la cultura de buena parte de este país. Se trata de la fiesta más democrática que se conoce, en la que el vecino que durante todo el año se desempeña en el más humilde de los trabajos, puede perfectamente transformarse en un artista durante esos cuarenta días. Algo que define el modo de ser de los montevideanos, y la tolerancia que los identifica.

gustavoesmoris@gmail.com

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Por Margarita María Echavarría Ruiz

 Creados en 1929 por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, los Premios Óscar son el reconocimiento a los mejores exponentes de este oficio en las películas exhibidas durante el año anterior en Estados Unidos. 

Es casi una costumbre que cada año estos premios sean criticados y que se lancen todo tipo de argumentos demeritando a los galardonados o a la Academia por sus supuestas malas elecciones, pero algunos olvidan que estos premios son hechos por estadounidenses para ellos mismos. La única categoría que abarca a los demás países es la de “Mejor película de lengua no inglesa”, que fue introducida sólo a mediados de los años cincuenta y es la única categoría que incluye al resto de los mortales.

Los más de seis mil miembros de la Academia “tratan”

El Cine también alimenta las páginas de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

El Cine también alimenta las páginas de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

de ser objetivos en sus elecciones para premiar el verdadero talento. Pero en realidad tratan de premiar en muchos casos a sus mejores amigos cuando hicieron bien la tarea, dejando a un lado el talento artístico.

Prueba de ello es que películas como El ciudadano Kane, directores como Stanley Kubrick o David Lynch, actores como Marlon Brando o Greta Garbo, nunca obtuvieron una estatuilla pese a su talento innegable. Y premian por ejemplo a una Sandra Bullock que sus trabajos más recordados son en Speed junto a Keanu Reeves y en Miss Simpatía.

Si los Óscares fueran realizados en Irán o Japón, seguramente los premiados serían iraníes o japoneses y es por esto que no se debería ahondar mucho en ello.

¿Porqué estos premios que aunque no son de carácter mundial, tienen la atención de todo el mundo?  

Porque la maquinaria de dichos premios hace que todo el año se esté en función de ellos. Son estos premios los que definen cuales personas llevarán la delantera en la lucrativa industria del entretenimiento con sus tentáculos por todo el globo y son los que definen también cuáles son las caras que veremos en todos los comerciales, canales privados, revistas y películas durante los años siguientes.

Es el caso de la Time Warner, el monstruo de las comunicaciones a nivel mundial que, entre sus tentáculos cuenta con los dos estudios de cine más grandes de Norteamérica, Warner Bros y la Metro Goldwyn Mayer. La Time Warner a su vez es dueño del canal de noticias de difusión mundial CNN, de los canales privados HBO, Cinemax, TCM, TNT, Cartoon Network, Space, Infinito, Fashion TV, Boomerang y demás.  En medios impresos también es propietaria de la importante revista People y de la revista Time, así como de Sport Ilustrated y Fortune. Pero también es propietaria de uno de los mayores proveedores de medios y servicios de acceso a Internet en los Estados Unidos e Hispanoamérica AOL y la lista continúa y continúa.

Así es fácil comprender cómo una película se convierte en súper taquillera, pues detrás de ella existe una maquinaria que la apoya, bombardeando desde todo los medios, impresos, audiovisuales o virtuales a los consumidores. Sería algo así:  La Warner Bros produce una película donde a su actor principal se le ha hecho una entrevista en la revista People como el “actor revelación del año”, luego, en los canales de noticias CNN o canales asociados como HBO, se hace un cubrimiento especial a esta película con programas especiales con los detrás de cámara y curiosidades. 

Por desgracia la maquinaria absorbe y todo lo que nos rodea hace parte de enormes monopolios para los que, aunque no creamos, estamos trabajando para ellos.

Muchos no piensan en esto, dejan que se siga con el espectáculo para disfrutar de una ceremonia cargada de morbo y comentarios frívolos. Al siguiente día ya casi nadie discute si la película premiada era buena o era mala, si la actriz o el actor sabían o no sabían actuar. El único juez confiable que se tiene para los amantes del buen cine es el tiempo, que ha dictaminado en muchísimos casos los errores cometidos en estos premios, como el caso de la película Rocky, de Sylvester Stallone, galardonada en su época con tres Oscares. 

Para el alivio de muchos, la mayor preocupación sigue y seguirá siendo saber cuál o cuáles fueron las mejor o peor vestidas, quiénes se operaron y quiénes no, pues de ello se llenarán las páginas de farándula los meses siguientes, hasta fin de año. Averiguando con cuál diseñador se presentarán en la próxima gala o a quién veremos con la última cirugía.

mandyechava@yahoo.es

 EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 87

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