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Posts Tagged ‘Ejercitos invasores’

Cuando los soldados de Napoleón se dedicaban al pillaje, tal como lo han hecho los ejércitos invasores en todas las épocas, uno de ellos descubrió un hermoso libro del cual se apropió durante el expolio a La Alhambra. Lo hizo atraído por la cubierta de cuero con la que seguramente el mismo autor lo había empastado, por la invisible fuerza de atracción que aquellos versos guardaban en sus desconocidos trazos, y porque soñaba con venderlo a un alto precio cuando regresara a París. No sabía que aquellos poemas habían sido escritos en persa en el siglo XIII y que su autor era Shakîr Wa’el. Ni tampoco sospechó que al robar aquel tesoro lo que hacía era repetir por enésima vez un encuentro rapaz entre lo que después se llamaría oriente y occidente. La repetición de una antigua querella entre el mundo persa y el greco-romano, o como se dice hoy entre cristianismo e islamismo, civilización y barbarie.

Pero esta división, en palabras de Juan Goytisolo, “como espacios mentales de nuestro imaginario colectivo, no se corresponden con una realidad geográfica”. Las fronteras establecidas a punta de fusil, son cada vez más móviles y la globalización, como viejo sueño dominante, lo que hace es continuar abriendo rutas para mercancías de todo tipo. Cuando los gobiernos hablan de paz, los pueblos saben que habrá guerra, dice uno de los personajes de Bertolt Brecht. Pero tanto una como otra, hacen parte de una invasión mil veces más arrasadora e incesante: la de las mercancías.

Y así como no es posible hablar de occidente, históricamente, sin pasar por la Media luna fértil, en lo que hoy corresponde a Irán, Irak, la costa de Palestina y Egipto, así mismo sucede hoy con toda clase de flotillas, sean cañoneras o repletas de productos. Cada época tiene sus dioses, a los que adora y se entrega con ferviente frenesí. Y la lista de los dioses actuales puede resultar muy larga por tanto cachivache electrónico, pero en ninguna podrá faltar el sello de la globalización.

Occidente es apenas un decir, que en el colectivo nada tiene que ver con los equinoccios, ni con la metáfora ya gastada de “la caída del sol” pues, estrictamente hablando, el sol ni cae ni se levanta. Nuestro planeta, agrietado en la superficie y en las entrañas, sencillamente gira a su alrededor y somos nosotros los que caemos o nos levantamos, según la onda de dignidad que nos sacuda y hasta donde el planeta nos lo permita. Pues la tierra, que no es una masa muerta, nos envía sus guiños terribles como en Haití, donde la idea de occidente quedó al desnudo en su larga cadena de infamias, la tumba colectiva más grande, un auténtico agujero negro que a todos nos tragó un poco con su triste vergüenza y desolación.

Lo que se llama occidente es sinónimo de derrota, de encrucijada sin camino a la vista. O de ceguera endiosada por las mercancías. Lo que queremos sentir como la caricia del viento de verano, es la posibilidad de que no nos avergoncemos de nuestra propia vergüenza. Sólo entonces, el poeta persa podrá tener razón y quizás veamos de nuevo el mundo, no como “libertad, fraternidad, e igualdad” con que bautizaron a occidente esos saqueadores y los de ahora, sino como él vio a Granada, cuando arribó a sus playas:

Con la ceguera azul

de los que vuelven de alta mar

llegué a Granada

y la vi transparente

peinada de sueños

en su jardín de noches.

 EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 87 – Editorial

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