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Posts Tagged ‘Claudia Restrepo Ruiz’

Como una rama

Ángel Galeano Higua

1

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que la pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta que amaneciera. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada, esperó haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

2

De un tiempo para acá, al amanecer, el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. La cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Pronuncian su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y lo único que ven, además de a Nabuco tirado junto a la puerta, es a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

3

Un carro de esos con cabina para que los obreros se trepen y arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo habían anunciado días atrás en el periódico. Hoy talarán ése y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La firma constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.

4

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitirá que tumben el árbol. Si el árbol cae, ella caerá con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas que ya conocía y procedió a amarrarse a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.

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¿Cómo está vestida?… ¿A qué hora la vieron por última vez?… ¿Notaron algo raro en ella?… No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?… Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar… No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer así. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?… Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…

6

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla… ¿De quién es ese perro? Deténganlo.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.

7

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar amarrada la niña allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando los niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol, llevando una cuerda en sus manos…

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Medellín, julio 2 de 2017

Ejercicio escrito para el blog de Claudia Restrepo Ruiz, http://poesiaculinaria.blogspot.com.co, con motivo de sus primeros diez años en el ciberespacio.

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Cuento

El vendedor de biblias

Claudia Restrepo Ruiz

Claudia Restrepo Ruiz. "Era un emprendedor. La ciudad entera era su plaza, nunca se le vio triste o preocupado"

Claudia Restrepo Ruiz. “Era un emprendedor. La ciudad entera era su plaza, nunca se le vio triste o preocupado”

Las adquirió para hacer una obra de caridad a un vendedor ambulante que no se cansaba de repetir que en ellas estaba la salvación. Veinte biblias le compró. Dos meses después se quedó sin trabajo como mercaderista y comenzó a pensar qué negocio informal podía montar. De vez en cuando abría el clóset y las veía. Se preguntó qué tan difícil sería venderlas y dónde. Pensó en los hoteles y no se dijo más. Al día siguiente salió con un morral y la determinación de encontrar un nicho dónde ofrecerlas.

Las llevó a cuatro hoteles antiguos y dos nuevos. Le fue mejor con los nuevos. Las veinte que llevaba no dieron abasto. Le hicieron un pedido para surtir las cincuenta y dos habitaciones del Hotel Mariscal. No sabía bien el precio así que pidió un día para enviar la cotización. Bajó al Centro. Fue a Ediciones Paulinas y preguntó. Le dijeron que el Nuevo Testamento no sólo era más económico sino que venía en ediciones de lujo con pasta azul, verde o vino tinto. Cotizó. Sacó sus márgenes y luego envió al hotel lo convenido. Le confirmaron el pedido. De ahí en adelante ofreció y vendió la palabra de Dios puerta a puerta, y también en colegios durante junio y octubre, época de primeras comuniones, cuando los padres adquirían la Biblia para sus hijos.

En algunos lugares se extrañaban porque no era un predicador. No recitaba de memoria los versículos ni le ordenaba a Satanás que retrocediera. Por su presencia bien podría pasar por seminarista. De cabello negro, corto, tez blanca, sonrisa sincera, delgado, y alto, veía en las biblias su negocio. Era un emprendedor. La ciudad entera era su plaza, nunca se le vio triste o preocupado. No tenía una familia que alimentar y eso facilitaba las cosas. Comenzó a ahorrar. Se preguntó cuánto costaba editar una Biblia con una portada más sugestiva. Alguna escena de Noé o una bonita imagen de Jesús. El que no hablara de Dios no quería decir que lo desconociese. Por el contrario, tenía que conocer el producto que vendía de modo que se sabía algunos pasajes y tenía sus favoritos. Pensó que las biblias antiguas podían necesitar mantenimiento y aprendió a coserlas y revestirlas de cariño. Los hoteles antiguos le permitieron entrar a las habitaciones y buscar en los cajones. En varios sugirió poner la Biblia a la vista y muchos insomnes agradecieron su gesto.

Su tarjeta estaba marcada con su nombre y teléfono, y al reverso: “El vendedor de biblias”. Un martes cualquiera se encontró con uno de sus antiguos compañeros de trabajo que no dudó en preguntarle qué estaba haciendo. Soy vendedor de biblias, le contestó. Y su compañero no se cansó de reír hasta que vio que era en serio. ¿Y eso, viejo? Una salvación. Lo miró y no extrañó ni por un segundo el ajetreo de la oficina, los problemas con el superior, las mujeres coquetas con sus faldas cortas y medias de punto. No se molestó siquiera en enviarles saludos.
Su compañero llegó a la oficina diciendo en corrillo: No me lo van a creer. ¡Adivinen quién está vendiendo biblias!… ¡José Manuel Idárraga! Me lo encontré en la calle… ¿Y cómo lucía? El joven reflexionó. ¿La verdad?… mejor que nosotros.

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Tomado del libro  Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Libros que hablan como mujeres- 15 septAoketekete - 15 sept

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¿Qué ata a eros y tánatos?

Leonardo Agudelo (Bogotá D.C)

Hay que corregir a Freud cuando afirma que las pulsiones más importantes del ser humano son el eros y el tánatos, a los que el ser humano está inexorablemente atado. No… no…, lo que ata a eros y tánatos es la narrativa. Este axioma parece demostrado con la lectura de Bitácora del Cuerpo de la escritora Claudia Restrepo Ruiz, mientras narra el tono ligero e ingrávido de miradas y los silencios que invitan al deseo; lo amplia que resulta una cama que ha auxiliado a un amor cuando uno queda solo en medio de un cuarto oscuro cruzado por la línea de luz que se filtra entre las cortinas.

Bitácora del cuerpo, de Claudia Restrepo Ruiz

Bitácora del cuerpo, de Claudia Restrepo Ruiz

Claudia Restrepo indaga un universo donde se puede desear, amar y olvidar. Donde la nostalgia y la pluma son la última trinchera para aquellos que no se cansas de buscar el amor y mientras ese gran sentimiento aparezca, el deseo es una buena silla para descansar. Pero ella no solo anhela y desea, también afila la punta de su lápiz para registrar el aroma de los besos antes del alba, el clima de la piel, la sombra del objeto del deseo que cruza a la puerta camino a la calle, preludio al altar donde se escribe del amor, la soledad.

Su libro es una bitácora del viaje por el universo donde los astros toman la forma de palabras, silencios, sensaciones como la humedad cristalina de una mirada, el olor a hierba húmeda del sexo, la búsqueda de un nombre para designar al acto de buscar más en nuestro cuerpo y alma en un viaje por un cuerpo ajeno. Para darnos cuenta del poema de Herman Hesse: “Por eso ningún poder o conocimiento es totalmente bueno, porque el último paso a la cima siempre tienes que darlo completamente solo.” La posesión del objeto amado o el que parece contener la esperanza del amor, como una galaxia que aparece sorprendente en el vació del universo. Preludio, casi siempre, de la próxima soledad que como un campo nocturno cargado de sonidos de grillos y luciérnagas inunda el espacio – tiempo de gozos y afanosas lides. Bitácora del cuerpo es un monólogo de 88 páginas, —semejante al que hizo despertar el alma femenina a comienzos del siglo XX, el monologo de Molly Bloom, último capítulo del Ulyses de Joyce— un texto apretado y burbujeante de sucesivos conatos de amor forjados en el bar, en el asiento trasero en un parqueadero o en un cuarto con un nochero donde retozan otros amantes entre las tapas de desvencijado cuero.

Julio 2014

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Con tu viento a estribor

Bitácora del cuerpo (Con tu viento a estribor), de Claudia Restrepo Ruiz

Bitácora del cuerpo (Con tu viento a estribor), de Claudia Restrepo Ruiz

Bitácora del cuerpo es el fruto de un ejercicio estético con la palabra y la fotografía. Al inicio de su aventura en el blog, la autora se afanaba por “provocar con la imagen”. Las fotografías que le enviaban los amigos reposaban un tiempo en su archivo y luego, como impulsada por una ráfaga, brotaba de su ser una historia. Era como vestir la imagen con palabras, dotándola de una travesía. “Ellas se leen y me dicen:¡no puedo creerlo!”. Había dado en el blanco de una emoción oculta.

En este libro la voz se hizo mujer. Desde insospechados rincones, Claudia Restrepo Ruiz, autora de la novela Ciento uno, ha recogido renovadoras semillas. El terror producido por la ropa en el clóset, el encuentro apasionado en la silla de atrás de un auto, el lío de una ejecutiva enredada en plena reunión en sus propias medias, la exploración prohibida que una joven hace de su cuerpo, las delicias explayadas de un beso, los apetitos de la exhibicionista, de la callada, de la ebria, de la confundida, de la ingenua.

La palabra se incrusta en la soledad de una partida de ajedrez, en la nostalgia de un recuerdo, o en la festiva celebración de unos ojos de trigo, o en la espera del barquero que cruzará tu alma…

Son más de sesenta relatos cortos, precisos, contundentes, salpicados de alegre sensualidad en los cuales el estilo atrevido, coqueto y provocador nos llena de regocijo y nos alienta para no sucumbir en la asfixiante atmósfera de nuestros días.

Ángel Galeano Higua

Editor

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Invitación Presentación en El Acontista

 

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