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Posts Tagged ‘Angel Galeano Higua editor escritor y periodista’

Se ha vendido en el día de hoy el último ejemplar de Las siete muertes del lector, editado y publicado por la Fundación Arte & Ciencia en 2006 e impreso en los talleres litográficos de L. Vieco e Hijas Ltda de Medellín. El tiraje fue de 1000 ejemplares. Entonces la presentación estuvo a cargo de la escritora y editora Claudia Ivonne Giraldo. El evento tuvo lugar en el Auditorio Manuel Mejía Vallejo de la Biblioteca Pública Piloto. Reproducimos con gratitud el texto leído por Claudia Ivonne. El diseño de la portada fue obra del artista y escritor Saúl Álvarez Lara.

“Un valioso esfuerzo”

Claudia Ivonne Giraldo Gómez

Cada vez que un escritor presenta un nuevo libro, sus amigos y colegas asistimos a una ceremonia similar a la que hoy nos congrega, que no por común deja de ser significativa. He asistido a muchas en que la gente atesta este querido auditorio de la Biblioteca, otros auditorios; otras, menos ruidosas en las que al autor o autora, los acompañan un puñado de familiares y otro de buenos amigos. Cambian las obras y los autores, pero siempre, un oficiante y el autor repiten los gestos y hasta las palabras de tantos y tantas que desde hace siglos se esfuerzan por hilar una obra que tenga arraigo en sus posibles lectores, se esfuerzan por comunicar, acto sin el cual, la escritura no tendría sentido.

Cada obra, a su manera, se alza por encima de la ola de su generación, y peldaño a peldaño, construye un nuevo episodio, un paso adelante en ese proceso de pensarnos, recrearnos, representarnos y construirnos, que es el trabajo en el que ha estado empeñada la Humanidad. El libro que hoy tengo el honor de presentarles, Las siete muertes del lector de Ángel Galeano Higua, es un valioso ejemplo de este esfuerzo. Se trata de ocho textos, escritos en primera persona la mayor parte de ellos, que recogen las reflexiones de Ángel sobre diversos asuntos, especialmente sobre los que tienen que ver con lo que de verdad ama: la lectura, la escritura y la enseñanza.

El autor y Claudia Ivonne Giraldo. (Foto archivo)

Se trata de ocho textos algunos de los cuales han aparecido en El PEQUEÑO PERIÓDICO, y en los que Ángel ha experimentado diferentes muertes también, pero en las que la pasión por la palabra lo salva y lo vivifica: en Las siete muertes del lector, ensayo que da título al libro, plantea cómo, frente a la lectura, a los jóvenes lectores especialmente los asedian distintas trampas mortales para su pasión y gusto por los libros y por sus historias. La lectura rápida indigesta, es una clara y contundente crítica a los métodos para leer rápido y fácil, es decir, una crítica a la rapidez, que se opone desde todo punto de vista a la lectura placentera. En Sin Dios ni ley, Ángel también defiende los espacios de los Talleres literarios como libres y abiertos, no formales y lúdicos, en oposición a quienes quieren encasillarlos y plantean un método único para dictarlos. La vergüenza de escribir, es un interesante texto sobre la construcción de su novela, El río fue testigo, texto que tiene la cualidad de ser honesto y conmovedor, pero que al mismo tiempo guarda esa emocionada lucidez de quien habla de su propia obra y de sus dificultades, a un amigo querido, a un discípulo, y no a un gran público anónimo ávido de novedades. El texto que introduce su trabajo sobre Débora Arango, La venganza que incendia, tiene el tono amoroso y apasionado de quien ama, y se ve que Ángel ama mucho a Débora, su trabajo, todo lo que una mujer de esa estatura espiritual significa y seguirá significando para todos nosotros. Finalmente, el texto, Literatura y periodismo: ¿Frontera borrosa?, es un inteligente ensayo sobre un asunto que la nueva literatura colombiana ha puesto sobre el tapete, y que es necesario pensar con seriedad, con la seriedad que Ángel le imprime a la reflexión.

Un inolvidable profesor del bachillerato me escribió, justo un 15 de agosto de hace años, hablando de su oficio:

Permanece el profesor en contacto, codo a codo, con las generaciones que han seguido a la suya…y aprende, a través de las lecturas y el estudio, los datos acerca de las generaciones que ya pasaron. Este contacto es el contacto con la Historia y con la angustia: el hombre flota sobre la nada, aunque detrás de las cosas haya dioses…

A ese profesor lo recordé en dos textos hermosos que quiero resaltar del libro: Escoja su propio viaje, una lección de ética y de valor comunitario, y en Eliseo encantado, en el que el escritor le gana al cronista, para ponerme a tono con su artículo, y nos hace ver a ese contertulio, a ese Eliseo ido y presente, encantado, recordado.

Saúl Álvarez Lara, diseñador de la portada del libro, espera que le firmen su ejemplar. (foto archivo)

Es pues un libro corto pero no por ello superficial o vano. La escritura de Ángel Galeano Higua, sencilla, directa y clara, demuestra aquí también, como en el resto de su obra, una sabiduría dada por el ejercicio de pensar a solas y de tener el valor de rebatir conceptos que nuestra sociedad ligera y chata, acata como innegables. Pero lo que me conmueve realmente es la honestidad de estos textos, sin pose intelectual, sin afectaciones innecesarias. El tono es el del maestro, el maestro que ama profundamente su trabajo, que ama profundamente a sus alumnos. La claridad, virtud del filósofo, es también virtud del maestro que se queda en nuestra memoria, junto con su palabra, dando sombra a través de los años, como diría Cortázar de un buen cuento, de un cuento amado.

Libro para muchachos y muchachas, libro para lectores avezados y para desprevenidos lectores, libro que debieran leer en los colegios, especialmente los maestros, a quienes puede servirles el contacto que este maestro y escritor ha hecho con las generaciones pasadas y con las generaciones que le siguen como si se tratara de una playa generosa y dispuesta a grabar algo más que signos en la arena.

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Texto leído por la escritora y editora Claudia Ivonne Giraldo en el auditorio Manuel Mejía Vallejo de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, el 15 de agosto de 2006.

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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“No existo sin el Arte”

Entrevista con Diana Patricia Álvarez

Ángel Galeano Higua

Desde hace muchos años acostumbro conservar ciertos textos de los participantes en las sesiones literarias, tal vez por un prurito de editor que sin darme cuenta he cultivado. De Diana tengo varios, entre los que destaco uno fechado en octubre de 2002, en el cual ella se aventura en la exploración de un cuento leído en el grupo (¿Aló?, ¿Aló?) que recrea la intrincada atmósfera de violencia que cayó sobre Medellín en las décadas de los 80 y 90. Lo que atrajo mi atención fue el enfoque que ella hizo, no del aspavientoso retumbar de las bombas de los narcos, ni el espectacular traqueteo en las noches malditas, sino del silencio, que “tiene voz propia y juega un papel importante en este texto, es un personaje… Para mí, dice Diana, el silencio es un refugio, es el artífice de lo que nunca queremos escuchar…”.

En estos tres lustros Diana ha consolidado su búsqueda en el Arte, que marca su horizonte. En especial la música, hermanada con la palabra a través de la literatura. Por eso halla música en los silencios de ese cuento y la sigue hallando en las lecturas que hacemos de los grandes maestros. Por ese sendero, nada angosto, ha venido soltando sus escritos y alimentándose con lecturas sobre grandes compositores. La pintura, el cine, la fotografía son fundamentales en su diario vivir y los cultiva con la misma devoción.

Sus escritos suscitan asombro por su condensada fuerza, no es amiga de despilfarrar las palabras. Lo que tiene que decir procura hacerlo con el máximo de síntesis, incrementando la tensión. Los silencios deben estar ahí, jugando su prodigioso papel. “Significar sin palabras”. Sin pausas no hay voz, no hay sonido, no hay Arte. Si no tiene algo nuevo que decir, prefiere callar. Por eso en algunas preguntas de este entrevista no debe extrañarnos su silencio. (Cuando le pedí que reconsiderara dar alguna respuesta, me dijo: “Esas preguntas no las respondo porque apenas estoy empezando el proceso, aún no he enfrentado esos dilemas”). De esta afirmación se desprende también su convencimiento de que se halla en constante proceso de aprendizaje. Esa actitud la aparta de todo engreimiento y la impele por el silencioso camino de la curiosidad. Una voz así, suave y tierna, pero profunda y musical, enriquece el proceso de aprendizaje del Grupo.

 

Diana Patricia Álvarez. “El Arte ahhh… la vida. No me pienso, ni existo, sin el Arte. He sido y seré una rebelde”. (Foto archivo)

 

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Vivir mis experiencias con la mirada curiosa y espontanea del niño, con la pasión, el ímpetu y la rebeldía de la juventud. Tener la fortuna de estar siempre rodeada de maestros, que comparten sus saberes, me dejan ser y potencian mi individualidad.

P. ¿Y tu desgracia?
R. Vivir en resistencia entre lo sensible y lo racional con proyectos ambiciosos en el universo del arte, entre el deseo de conocer y experienciar las diversas manifestaciones y no contar con el tiempo para realizarlos, porque el campo laboral me consume.

P. ¿Consideras que has avanzado como lectora, como escritora?
R. He avanzado, porque cada proceso trae consigo mejoras, puedo darme cuenta del avance en mis ejercicios de escritura porque se han convertido en un acto más consiente, más responsable.

Conversando sobre un escrito de Diana en una sesión sabatina: “tengo facilidad para producir asociaciones sonoras cuando leo”.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras una aprendiz?
R. Cuando descubro que el que me enseña es un maestro, en ese momento asumo otra postura, la de la esponja.

P. Hay cierta predilección en tus publicaciones por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?

R.

P. ¿Has publicado ya algún texto?
R. No he publicado.

P. ¿Te gustaría publicar uno de tus escritos?
R. Apenas estoy en proceso de aprendizaje. En estado de absorción.

P. ¿Cuál de tus textos te ha exigido más trabajo? 

R. … (no responde)

Los ensayos que realicé en el semestre (“Literatura y artes visuales”), fueron planteados bajo una óptica musical.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Sí, el mundo sonoro.

P. Como estudiosa de la música, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. La relación es muy pertinente porque ese componente musical me acerca más a la obra escrita, subraya compresiones, hay un período de la música que representa donde se codificaba el sonido para producir emociones, es un significar “sin palabras“, como decía Mendelssohn. Recuerdo que uno de los seminarios que tomé de mi licenciatura se llamaba “Literatura y artes visuales”, los ensayos que realicé en el semestre fueron planteados bajo una óptica musical, tengo facilidad para producir asociaciones sonoras cuando leo, por ejemplo reflexioné a Alicia en el país de las maravillas en relación a la música contemporánea, Alicia en el umbral al nivel de la sensibilidad, que cambia o desaparece para eventualmente volverse perceptible desde otro ámbito con elementos que son comunes que se pueden reconocer pero que están dispuestos de manera diferente, que pueden hacer por tanto que signifiquen o no, que operaran una apertura para la lectura y la experimentación.

P. Si tuvieras que aguardar en un bote sobre aguas tranquilas y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?

R.

P. Para evitar que te condenen a conducir sin salario un bus urbano en Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?

R.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Porque hay resonancias en mí que se conjugan con los intereses de los miembros del grupo. Tienen activo el deseo de escribir.

P. Te piden como pasaporte al paraíso terrenal que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. El Arte ahhh… la vida. No me pienso, ni existo, sin el Arte. He sido y seré una rebelde.

 


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? 
R. Me ha permitido hacer pescas milagrosas. Antes dejaba escapar pensamientos, ahora tengo dónde resguardarlos.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R.Sus recuerdos enceguecen por un instante la pregunta por el código.
– El río pasa en calma, la corriente se lleva su mirada.

– Unos cuantos fragmentos y vestigios de sí mismo lo hacen desdibujar sus huellas.

– No ha retirado su mirada de la inscripción que está abierta, el sonido emerge de allí, rompe con lo codificado, extrae y pulveriza toda relación mental. Hay una cierta grafía sonora que no consigue plasmar en una partitura.

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Expedición Palabra

Editorial

Leemos y escribimos para buscarnos, porque no nos hallamos en la sociedad de hoy. Vamos al cine o al teatro, recreamos la mirada en las exposiciones o viajamos en la música. Nos buscamos a través del Arte que incluye también la palabra.
No nos vemos en la ciudad por más que la trasegamos. Y la recorremos justo para ello, esculcamos cuanto vericueto vemos pero son enormes las presiones desde todos los ángulos contra la individualidad. La intimidad, resguardo del individuo, se ha tornado en espectáculo, en mercancía. Lo importante son las minucias intrascendentes y frívolas, y no la obra que se lega. Si no hay obra tenemos que inventarla.
La masificación es avasalladora y no nos conecta con los demás sino en lo previsto por esos centros de poder. La masificación es domesticación, que no se corresponde con esa búsqueda de aire propio que pretendemos en las jornadas de lectura y escritura. Vivir la propia vida es sospechoso, mal visto, peligroso como dice Guimaraes, en algún lugar de su gran sertón. Quizás sea esta la razón que nos impele a publicar esta nueva edición del periódico.
Después de una pausa de cinco años y animados por la efervescencia creciente de contar lo que vemos e imaginamos, y aprovechando que el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo cumple sus primeros 10 años, henos aquí de nuevo en la palestra impresa. Nos ha sorprendido la gran acogida de nuestros lectores y amigos, cuando les anunciamos el propósito de retomar el hilo de esta aventura llamada EL PEQUEÑO PERIÓDICO.
Durante el lustro que ya pasó, nuestra presencia fue virtual y mantuvimos comunicación constante con cientos de lectores. Ahora, como se nos ha hecho imposible continuar así, retornamos a la palabra impresa en el papel, olorosa a tinta y esfuerzos, jubilosa y a la vez contundente, no efímera como en la pantalla, ni tan distante e impersonal.
Se trata de un ejercicio para responder a la avalancha de escritos y proyectos atesorados en el Grupo Literario, semillero y baluarte del periódico. Sentimos que llegó el momento de compartirlos. Y así como hemos escrito en las redes sociales sobre diversos asuntos culturales y sociales, y entregado nuevos libros de cuentos, crónicas y relatos, así mismo entregamos en esta ocasión la Edición 102, jalonada por ese espíritu de expedición hacia la palabra recogida en este riesgoso oficio que es vivir.

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Experiencias editoriales extraídas a la luz de 36 años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

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Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Hubiese querido ser un árbol”

Entrevista con Giovany Arana Loaiza

Ángel Galeano Higua

 

Se sienta en el mismo lugar desde la primera sesión. Y fue como si los demás entendieran que debían hacer lo mismo. Esto da una idea de su forma de ser organizado, propia de su oficio en el mundo de la electrónica y los sistemas. Pero esa es una faceta. La otra corresponde al ferviente lector impregnado del deseo de aprender a escribir como un mago. Cuando alguien habla o comparte sus textos, él guarda silencio. Oye, piensa, rumia. Su mente esculca y su mano izquierda atrapa frases que se desgranan sobre su libreta de apuntes. Cuando habla lo hace con calma, procurando utilizar las palabras justas. Pocas salpicaduras de odio, casi ninguna, no se desgasta en calificaciones gratuitas. Y cuando suelta alguna ironía o hace una broma, intenta permanecer serio, pero alguna señal festiva se dibuja en su rostro o en sus ojos.

Sus ejercicios corresponden a esta mesura, a esta contención. Se esfuerza por no escribir largas parrafadas, se mide, va en la ruta de un aprendizaje responsable y profundo. Como si fuera en pos de algo más grande, algo inexplicable. En palabras suyas: “¿Por qué existe lo que existe?”. Ese perfil filosófico le permite poner en juego a personajes que se desenvuelven en dramas complejos. Utiliza lo que saquea de los cuentos y novelas que leemos en el Grupo. Juega a los finales inesperados. Dice que es un poco perezoso, que por eso le gustaría haber sido un árbol para no tener que trasladarse ni levantarse en las mañanas: sólo tomar el sol y fabricar oxígeno.

Pero en esa, su lucha con los demonios internos, le puede más la literatura y en las sesiones de los sábados es uno de los primeros en acudir, imbuido de entusiasmo y disposición. Como un convencido aprendiz.

 

Giovany Arana Loaiza, “Nací sin darme cuenta. Y he vivido casi sin notarlo, como por obligación. Mi infancia estuvo siempre dentro de la normalidad, una familia con padre y madre, dos hermanas menores y lleno de amor. Lo que pasa es que cuando hay algo que nunca ha faltado, tendemos a ignorar que existe. Mi pasión por la literatura me llegó en la adolescencia y desde entonces nunca me he quedado sin leer. Espero que desde ahora tampoco me quede nunca sin escribir. Me apasiona también la tecnología. Son dos mundos muy diferentes y eso los hace complementos perfectos para mi felicidad”. (Foto Ángel Galeano Higua)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Tengo una manera particular de sentir y de ver el mundo. Cuestiono la razón de ser de lo que es y de lo que no es. ¿Por qué existe lo que existe? ¿Por qué pensamos lo que pensamos? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Dónde y cómo nacen esas razones? Creo que no pasa un día sin que cuestione el status quo.

P. ¿Y tu desgracia?
R. Mi constante y, al parecer, eterna lucha contra la pereza. Dentro de mí vive un obstinado deseo de no hacer nada. De echarme en cama y dejar que el tiempo haga lo suyo sin que yo participe en su correr. Algunas veces me sorprendo pensando que hubiese querido ser un árbol. Cualquier árbol, pero en medio de la jungla más espesa y vivir dedicado a tomar el sol y fabricar oxígeno. En contraparte hay también un compromiso conmigo mismo de ganar esa batalla cada día.

P. ¿Cómo haces para saber que has avanzado o retrocedido como lector, como escritor?
R. Leyendo y escribiendo más y más. Se forma dentro de mí una especie de lupa que me ayuda a ver detalles que antes no veía. Me gusta repetir lecturas que hice cuando era más joven y revisar si las siento de manera diferente porque esa lupa es cada vez más potente. Y al escribir, cuando acepto que todo escrito puede ser mejor.

P. ¿Recuerdas el primer texto literario que leíste? 
R. El primero que leí, no. El primero que me impactó, sí. Huasipungo, de Jorge Icaza. Esa historia despertó en mí el cuestionamiento del status quo. Con ese libro me di cuenta de que en la literatura hay verdades que la mayoría de la gente no dice. Lo leí a los 12 años como tarea en el colegio y desde entonces no he parado de leer, de nutrirme con la literatura.

“Hay una riqueza inimaginable en El Aprendiz de Brujo. Hay tantas voces e ideas en mis compañeros que me resulta casi imposible tomar nota de todo lo que me aportan. Además, luego de haber conocido el estilo de Ángel, se incorporó en mí una manera diferente, si no mejor, de apreciar la literatura”. (Foto archivo)

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Siempre supe que era un aprendiz, pero hubo un momento en que entendí que lo sería toda la vida, que jamás dejaría de aprender. Estaba en un taller llamado La Mandarina Creativa, realizado por Juan Diego Mejía en Medellín. En la primera sesión llevé mi cuento La molienda y cuando preguntaron quién quería leer algo propio, mi pedantería me hizo levantar la mano luchando por ser el primero. Me escogieron y leí el primer párrafo. Estaba convencido de que me iban a elogiar. No fue así. Mi cuento estaba lleno de errores que yo no sabía reconocer en ese momento y el profesor me dijo algo que nunca olvidare: “No digas que la niña tiene miedo. Muéstralo”. Allí tuve una lección de humildad que me hizo entender que sin importar lo mucho que llegue a escribir, seré un aprendiz toda la vida.

P. Los textos que has compartido en las sesiones del Grupo son cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Pienso que El Aprendiz de Brujo hizo que me enamorara de los escritos cortos. Cuando inicié en mi aventura de escribir, como leía mayormente novelas, quería también escribir novelas y sagas. Libros de cientos de páginas con historias entramadas y misteriosas, porque era lo único que concebía. Leer cuentos me dejaba con hambre. ¿Tan pocos renglones, solo unas cuantas páginas para contar una historia? Pero en El Aprendiz de Brujo sentí el reto que nos propuso Ángel Galeano de escudriñar dentro de los cuentos. De descubrir que no son solo unos cuantos renglones. Un cuento es la condensación máxima de una obra de arte. Sigo amando las novelas, y ahora también amo los cuentos. ¡Ah, cómo he disfrutado con ellos!

“Mi cuento estaba lleno de errores que yo no sabía reconocer en ese momento”.

P. ¿Has publicado ya algún texto?
R. Tengo un blog llamado El Color de mis Ideas donde he publicado varios de mis textos. Allí también está mi cuento La molienda en formato de libro electrónico. Es, hasta ahora, mi publicación más larga. Brotó de una historia que conozco desde niño y que le sucedió a unos familiares lejanos en una finca del municipio de Neira, en el Departamento de Caldas. Una historia de brujas y espantos como las que tanto se contaron, o se cuentan aún, en el campo colombiano. En los ejercicios de buscar en nuestra mente las historias que quieren ser contadas, ésta tocó a mi puerta y no cesó de insistir hasta que la puse por escrito. Sentí gran responsabilidad de contar una historia con fundamento, así que realicé una investigación que me permitiera contar una ficción sin mentiras.

P. ¿Preparas alguna publicación próxima? ¿Podrías adelantar algo?
R. Sí, trabajo una recopilación de cuentos que no están publicados en mi blog. Son inéditos. Sigo uno de tantos consejos que me dio Claudia Restrepo, mi primera guía en esta maravillosa locura, y que a su vez ella misma recibió de Gabo: “No publiques todo lo que escribas”. Así que tengo varios textos que nadie más conoce y que estoy puliendo y seleccionando para reunirlos en una sola publicación. También tengo una novela que no he logrado terminar porque he discutido mucho con sus personajes, pues son muy filosóficos y nos embarcamos en unas discusiones que parecieran no acabar.

P. ¿Cuál de tus textos te ha exigido más trabajo?
R. Creo que la historia en la que trabajo hoy. Tengo dilemas muy profundos entre lo que la historia marca y lo que yo quiero que sea. He aprendido, en El Aprendiz de Brujo, que hay que darle libertad a la historia y ésta parece bastante caprichosa. Para superarla estoy practicando el silencio y la escucha. Me quedo callado y escucho con atención lo que la historia me dice.

P ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Siento especial atracción por el misterio y lo sobrenatural. Por las experiencias que van más allá de los físico. Por las historias y los personajes que nos asustaron, o que nos contaban para asustarnos, cuando éramos niños. Las brujas, los duendes, los fantasmas, el diablo, la muerte. También, muy diferente a lo primero, me atraen mucho las emociones que sentimos cuando luchamos con nuestros demonios internos.

P. Si tuvieras que pasar una larga temporada en la azotea del edificio de Coltejer y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? 
R. Llevaría La molienda, porque aparte del cariño especial que le tengo, aprovecharía para trabajar más en él y mejorarlo con todo lo que he aprendido. De hecho, el primer paso sería cambiarle el nombre por El trapiche y la leería mil y mil veces, porque así tendría conversaciones muy interesantes con José Restrepo, el personaje principal.

P. Para evitar que te condenen a montar guardia durante una semana junto a la jaula de los tigres hambrientos del Zoológico si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? 
R. ¡Uf! ¡Qué difícil! No sé. De verdad que no sé. Pero si tuviera que hacerlo, escogería Lo que no me mata, porque me lo sé de memoria. Tal vez suene a trampa, pero cuando termine el turno con los tigres podría volver a escribirlo sin mayor dificultad.

P. Como profesional de la electrónica y los sistemas, ¿cómo consideras la relación de esa labor con la literatura?
R. Hmm… Creo que la relación es poca. En especial porque la ingeniería es muy matemática, exacta, calculada y planeada. Y aunque me apasiona mi profesión y la vivo con emoción e intensidad, la literatura es para mí otro mundo maravilloso, espectacular y muy diferente.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Primero por mi avidez de aprendizaje y mi deseo de escribir mejor y mejor. Segundo porque disfruto tremendamente cada sesión, cada lectura, cada aporte de mis compañeros, cada enseñanza. Hay una riqueza inimaginable en El Aprendiz de Brujo. Hay tantas voces e ideas en mis compañeros que me resulta casi imposible tomar nota de todo lo que me aportan. Además, luego de haber conocido el estilo de Ángel, se incorporó en mí una manera diferente, si no mejor, de apreciar la literatura.

P. Te piden como pasaporte al paraíso terrenal que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. Nací sin darme cuenta. Y he vivido casi sin notarlo, como por obligación. Mi infancia estuvo siempre dentro de la normalidad, una familia con padre y madre, dos hermanas menores y lleno de amor. Lo que pasa es que cuando hay algo que nunca ha faltado, tendemos a ignorar que existe. Mi pasión por la literatura me llegó en la adolescencia y desde entonces nunca me he quedado sin leer. Espero que desde ahora tampoco me quede nunca sin escribir. Me apasiona también la tecnología. Son dos mundos muy diferentes y eso los hace complementos perfectos para mi felicidad.


P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario?
R. Ha sido un ejercicio sorprendente. He aprendido que la inspiración, que las perlas, nos llegan en cualquier momento y es preciso capturarlas en el instante. No podemos confiarnos de nuestra memoria para escribirlas más tarde, cuando tengamos tiempo o cuando lleguemos a casa porque entonces ya no estarán, o por lo menos habrán cambiado. Sumo a esto un trabajo evolutivo que me ha permitido ir superando mi autocensura. Cuando se recogen apuntes en el Diario literario se hace sin filtro, sin embellecedores del mensaje. La idea se toma tal como llega, sin miramientos, no podemos ponernos a pensar cómo quedaría mejor o cómo gustaría más. No. Se escribe en el Diario lo que llegó, y punto.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R.  2018-05-16
El polvo regresa todos los días, siempre a los mismos sitios, para darle que hacer a las personas que no soportan su presencia.

2018-05-02
Miró la lluvia toda la tarde aunque el sol brillaba sin obstáculos. Era una lluvia que nadie más veía. Solo él podía observar la tormenta en su interior.

2018-04-23
Destapó la cerveza, pero no llegó a tomar ni un trago. Al mismo tiempo en que la tapa de la botella tocaba el suelo, su corazón dio el último latido. Lo encontraron tirado en el piso, muerto en sobriedad y apestando a licor.

2018-04-21
“Tiempo” es el nombre de algo que no existe mientras todo lo demás sí.

2018-04-10
Olió el humo del cigarrillo que alguien fumaba cerca y quiso volver a ese funesto y siniestro amigo. Pero ya no tenía ánimos para faltar a su fuerza de voluntad.

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Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“No trabajar tanto y escribir más”

Entrevista con la escritora Ángela María Salazar Álvarez

Por Ángel Galeano Higua

Muchos entraron por aquella puerta, pero muy pocos persistieron como Ángela María Salazar Álvarez, en la aventura de la literatura. Estrenábamos el siglo XXI y ella recién había regresado al país. Buscaba dónde dar rienda suelta a su curiosidad de lectora, dónde le permitieran su atrevimiento de escribir, dónde hallarse. Y ahora, al cabo de 15 años, confiesa que lo encontró cuando leyó aquel avisito que yo había pegado en una cartelera de la biblioteca de Comfama de San Ignacio  Aún veo su sonrisa luminosa cuando asomó y se sentó a la mesa, nueva comensal del banquete de la lectura conversada.

Y esta es una de las características más sobresalientes de Ángela: su persistencia. Ella sabe que sin esa virtud no es posible hacer algo que valga la pena. Nuestra sociedad tiende a desalentar los talentos de muchas formas, los quiere para competir, para convertirlos en mercancías que produzcan ganancias económicas. Para Ángela esto no hace parte de su búsqueda. Cada historia que ha escrito tiene el sustento de varias indagaciones, tanto académicas como empíricas, la formación como investigadora en jurisprudencia en lugar de apartarla de la creación, de la ficción, la engancha más al mundo de la literatura y el arte. Bastante trabajo le ha costado, pero ella pertenece a la clase de personas con voluntad férrea capaces de mover montañas.

Sus escritos muestran las vicisitudes de la gente común y corriente, héroes anónimos que viven su propia epopeya diaria, soñadores que lindan con los extremos. Y como le encanta ser generosa, sus inquietudes y sus descubrimientos los comparte explorando el alma de sus personajes, que para otros autores serían intrascedentes. Su iniciativa, cuando está convencida de algo, es una oleada de júbilos. Si hay que buscar un libro difícil pero que nos proponemos leer en el Grupo, se las ingenia para buscarlo desde un segundazo en el mercado de libros de La Bastilla, hasta España, donde sabe que lo editaron. Tal como ha sucedido con Yo el Supremo, la magistral obra de Augusto Roa Bastos.  Aquí una breve conversación con ella.

Ángela María Salazar. “Mi paraíso terrenal será el ocaso de la mar, allí despojarme de todo lo terrenal, del ruido de la ciudad de los prejuicios humanos, poder respirar tranquila, no trabajar tanto y escribir más, porque me encanta escribir, bailar y escuchar buena música, me siento feliz acompañándome”. (Foto archivo)

 

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Me gusta escuchar las personas, aunque muchas veces no esté de acuerdo con su sentir y después defender sus creencias. Un día la monja del colegio donde estudié llamó a mi mamá y le puso la queja que yo era la defensora de los pobres, que siempre me metía a defender a las compañeras cuando creía que era injusto. Fue allí donde nació el amor por el Derecho.

Su primer cuento, Curvas, hace parte de este libro, que mereció la Beca Vigías del Patrimonio – Literatura y río

P ¿Y tú desgracia?
R. Creo que mi desgracia es que en ocasiones soy muy radical, mi papá decía “¡Qué voy hacer con esta muchacha, cuando dice no es no!”.

P. ¿Consideras que has avanzado como lectora, como escritora?
R. Sí, cada día que pasa es una experiencia nueva, en el auto bus, en el metro, caminando por las calles siempre hay una historia para contar. En cuanto a la lectura, es un reto pues cada día me exijo un poco en tiempo debido a mis ocupaciones. La lectura pasó de ser la última a ocupar el primer puesto, todos los días trato de dedicar mínimo una hora de lectura, antes era más difícil.

P. ¿En qué sentido avanzas o en qué sentido retrocedes?
R. Avanzo todos los días, siempre hay una nueva lección de alguien, un suceso. Y retrocedo en la dificultad que me da superar las lealtades invisibles a mis ancestros.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Cuando en el año 2003 llegue de los Estado Unidos, sin rumbo, tomé un año sabático y me dediqué a visitar las bibliotecas. En la de Comfama de San Ignacio encontré un letrero que decía, “Se invita a una sesión de taller de literatura en el 4° piso”, subí, abrí la puerta y encontré el rostro amable de Ángel que me invitaba a continuar y sentarme, desde entonces me dejé atrapar.

P. Hay cierta predilección en tus publicaciones por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. En realidad no es predilección, creo que aún me falta tiempo y preparación para poder extenderlos más. Espero lograrlo pronto.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado. ¿Cuál fue? ¿Cómo brotó?
R. Se llama Curvas, nació de las investigaciones que realicé sobre el río Aburrá y en ese tiempo mi padre se encontraba en el hospital muy grave de salud. Allí pude asociar la muerte del río con la de él y salió este sentido escrito.

P. Y del último.
R. La última capa de tierra es la historia del matrimonio de un personaje muy especial.  Esta nace de las conversaciones de mi padre en su lecho, después de una larga enfermedad de cáncer me dedique a grabar sus conversaciones para disipar sus dolores, juntos leíamos y me contaba la historia de su vida, el matrimonio no consentido por sus padres, que se realizó en la misa de 5:00 de la mañana a la cual acostumbraba asistir su mamá.

Hace parte del libro Cuando el río suena, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, editado por la Fundación Arte & Ciencia.

P. ¿Cuál de tus textos te ha exigido más trabajo? ¿Por qué? ¿Cómo lo superaste?
R. Pienso que fue Marielita. Narra la tragedia de una mujer muy valiente, me conmovió mucho por las entrevistas que realicé para poder escribirlo y pude lograrlo gracias a mi tenacidad para la investigación.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Hoy sí, escribir una novela, muy ambiciosa, por cierto.

P. ¿Puedes adelantarnos algo de esa novela que quieres escribir? ¿De qué trata?
R. La novela es la vida y obra de Nestor, un personaje muy especial y controvertido, encantador de mujeres y un excelente conversador, autodidacta que vivió a su manera.

P. Si tuvieras que dar la vuelta al mundo y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? ¿Por qué?
R. Llevaría Marielita, porque es el reflejo mismo de mi tenacidad y rebeldía frente a las injusticias.

P. Para evitar que te condenen a vivir un mes continúo trepada en un árbol de la Avenida Oriental de Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. Yo prefiero quedarme trepada en el árbol por un mes, pues cada uno de mis textos es un parto y sería como destruir un hijo, imposible.

En 2012 el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo viajó a Magangué y Mompox. En la fotografía, Ángela María Salazar con los niños de Magangué durante un taller de creación literaria sobre el río. A los niños les fue obsequiado el libro Cuando el río suena, escrito por los miembros del Grupo. (archivo)

P. Como estudiosa de jurisprudencia, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. Pues la verdad esto me ha dado herramientas como la ciencia, la filosofía y la investigación y así poder tener una visión más amplia de la cosmovisión, del pensamiento universal.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Porque me gusta, me siento bien y me transporto al mundo real e irreal de cada día.

Celebrando en una sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Te piden como pasaporte al paraíso terrenal que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. Mi paraíso terrenal será el ocaso de la mar, allí despojarme de todo lo terrenal, del ruido de la ciudad de los prejuicios humanos, poder respirar tranquila, no trabajar tanto y escribir más, porque me encanta escribir, bailar y escuchar buena música, me siento feliz acompañándome.

 


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario?
R. Mucho, es plasmar los destellos que producen la literatura, la creación misma, en un cuaderno que facilita la expresión y te lleva un registro de lo que escribes. Luego de un tiempo lo vuelves a mirar y retomas para continuar la búsqueda, siempre algo nuevo.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
1) Se apaga mi contador de historias, ese río que ha mostrado en su cauce las narraciones de un exquisito conversador. Se apaga ese hombre fuerte y trabajador. Se va yendo ese río que entre sus brazos me arrulló.

2)  Tomó por la orilla del río, tratando de limpiar con sus aguas la suciedad y las manchas que aún quedaban de la violación. Ese río la observaba y el movimiento de sus aguas la fueron llevando sin rumbo alguno.


3) Escribir es una operación de corazón abierto, es desgarrar los músculos, reventar las costillas y traquear hasta la última víscera que hace parte de nuestro cuerpo. Dejar el corazón a la intemperie, expuesto y sin pensar que puede enfermar e incluso hasta morir. Resulta doloroso escudriñar dentro, que tiemblo, pues la verdad aún no sé hasta dónde se puede llegar.

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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Qué bueno una sociedad sin dinero”

Entrevista con el escritor Álvaro Jiménez Guzmán

Por Ángel Galeano Higua

Escribía columnas en el periódico El Mundo de Medellín y allí fue donde lo leí por primera vez. Se le notaba esa llama emprendedora encendida desde su juventud cuando coincidimos en alguna reunión y se interesó por EL PEQUEÑO PERIÓDICO. Lo invité y sin dudar se involucró. Adquirió un compromiso a fondo y no sólo escribió sesudas columnas sobre la situación económica, social y política del país, sino que comprendió que para elevar el nivel de sus artículos era menester escribirlos con finura. Los que lo conocemos somos testigos de su fe y entusiasmo inquebrantable por aportar su energía a las causas justas. Rebelde en su juventud, ha dejado esa impronta en la mayoría de sus textos.

Como le sucede a muchos que desean escribir literatura, pero su mundo académico ha estado centrado en otras profesiones “exactas”, Álvaro Jiménez ha dedicado mucho tiempo para quitarse de la mente los esquemas técnicos, sus lenguajes pre-establecidos tendientes a demostrar una ley determinada o confirmar un postulado. En literatura no funciona así. Se trata de una liberación de la mente mediante la vida y las palabras. La herramienta principal es la imaginación y no los manuales. Al cabo de los años su persistencia le ha otorgado el beneficio del atrevimiento.

Tiene en su haber varios libros y una experiencia de vida de la cual extrae recuerdos como tesoros para sus escritos. Como dice en esta entrevista, la infancia lo marcó y recibió de sus padres el legado de la generosidad, la humildad y la solidaridad. Sus cuentos se alimentan de duras faenas, sueños enfrentados, personajes poderosos que cabalgan sobre el lomo de otros seres humanos a quienes esquilman y desprecian. Su literatura es una constante lucha, tanto en su elaboración como en las tramas. Su estilo va precisándose, y el asombro y la observación le guían en las búsquedas. Su disciplina es conmovedora, tiene el privilegio de la testarudez creadora. Ahora, gozando de su estado de jubilado de ISAGEN, reparte el tiempo entre su familia y la literatura. Es un lector que escudriña y busca y vuelve a escudriñar, con el hambre insaciable del aprendiz. En este sentido, no ha dejado de ser joven, aunque los años le hacen guiños de vez en cuando, él los aprovecha como material para sus historias.

Álvaro Jiménez Guzmán

Álvaro Jiménez Guzmán. “En mis primeras andanzas juveniles, de parrandas y tragos y novias, con amigos o parientes, ocurría que me pasaba de copas, me enlagunaba y no era capaz de controlarme en la euforia del momento. Un primo, conocedor de esta debilidad, inventó un día que me había orinado en el parque de Cereté, delante de la gente cuando salía de misa, después de la fiesta en un matrimonio. Creyendo en esta versión, duré una semana sin salir a la calle, avergonzado por semejante “desliz”. Estas eran mis desabrochadas, incluyendo amanecidas bailando con bellas chicas al son de los Corraleros de Majagual en la Avenida del Río de Montería, en las ferias de la ganadería de mediados de año, y tirándonos maizena. Por fortuna “Eva no ha muerto aún”. (foto archivo)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Mis gracias son varias, y no hacen parte de los “dones sobrenaturales” concedidos por Dios para elevarme como criatura racional. Son terrenales. Me las ha concedido la lucha por la vida. Por ejemplo, el desapego por el dinero, factor por el que se originan guerras y trágicas disputas. Lo aprendí de la resignación y humildad de mi madre ante sus solitarios avatares por darnos un lugar digno en este mundo. Tal convicción me llevó a ser proclive a la utopía socialista en mi temprana juventud. Cuando me hablaron de que era posible una sociedad sin dinero, y lo verifiqué en la teoría, creí que las enfermedades sociales que trajo el capitalismo desaparecerían como por encanto. Mi generosidad se fundamenta en esta creencia, pero no soy limosnero porque con esta postura no se erradica la pobreza material. Derivado de este contexto, está la disciplina que me condujo toda la vida a ser impaciente cuando las situaciones que sorteo no me salen como deseo que salgan. He tenido que crecer en este aspecto, pero no del todo, con el riesgo de que me tilden de “cara de puño”. Como dice el viejo proverbio: “Nadie ve al viento, sino su efecto”.

Casa de la Cultura de Cereté, Córdoba

P. ¿Cómo es que un economista decide escribir literatura?
R. Antes que pensar en la economía como profesión, por iniciativa de profesores de español en el Colegio Nacional “José María Córdova”, de Cereté, donde estudiaba bachillerato, una de las tareas era escribir en un periódico mural. Era una cartelera especial donde los estudiantes publicábamos nuestros manuscritos. Llevado por mi disciplina, escribía breves relatos, u opiniones sobre cualquier tema de interés local. Un hermano medio mayor me retó a que escribiera un artículo en su periódico Cumbre, de periodicidad mensual, que él dirigía en Montería, cuando yo apenas cursaba primero de bachillerato. Me dio miedo semejante propuesta. Varias semanas después aparecí con un tema sobre la caracterización de mi colegio, y que publicó. De aquí provino mi interés de hacer un curso de periodismo por correspondencia cuando cursaba segundo de bachillerato.

Luego fundé el periódico cívico La Nueva Bagatela, en compañía de otros estudiantes del colegio. Censurado el periódico por la diatriba confesional desde el púlpito en plena misa por el párroco de Cereté, no hubo otra alternativa que refugiarme en la frustración y los libros. Tuve que conformarme por algún tiempo con el “tedio de la parroquia”, al decir del poeta Luis Carlos López, donde “La población parece abandonada” y sin “una sola ilusión inesperada”. Buscar en un provincianismo pacato las causas de este fenómeno de prohibición de la libertad de expresión, me condujo al camino sociopolítico. Y en medio de la atmósfera revolucionaria de la época, me llamó la atención la importancia de la economía para cualquier sociedad. En Nikitin encontré los primeros elementos que cifraban en la infraestructura económica la base del desarrollo de una sociedad, a través de la planificación estatal centralizada. Base de la superestructura social en la concepción hegeliana del marxismo-leninismo. Pero cuando estudié economía con la ilusión de que como disciplina del pensamiento podrían solucionarse los complejos problemas de la sociedad, me di cuenta de que es importante como herramienta técnica pero nunca la panacea para resolverlos. El enfoque profesional es técnico, pero no para erradicar, en general, los obstáculos del desarrollo de los pueblos, que tienen su asidero en concepciones filosóficas y políticas de Estado.

Álvaro Jiménez Guzmán escribió su columna Grito en los pretiles en El Pequeño Periódico durante varios años. La Fundación Arte & Ciencia publicó un libro antológico de dichos escritos (Foto archivo)

Más tarde, al finalizar los estudios de economía, seguí con la inquietud de escribir sobre temas económicos, ya como miembro de la Sociedad Antioqueña de Economistas, o como columnista de algunos medios de comunicación. Cuando me pensioné, imbuido hasta los tuétanos por la literatura económica, busqué al director de El Pequeño periódico”, Ángel Galeano Higua, a quien había conocido en las lides políticas de izquierda, y me abrió las páginas de su periódico y me propuso vincularme a su propuesta de Taller Literario, luego de haber asistido a sus sesiones literarias en Comfama. La primera dificultad que tuve que sortear fue superar el lenguaje de mi formación de economista, que se reflejaba en mis textos literarios. Aunque era lector de literatura, no era mi frente como estudioso. Lo primero que hice fue leer solo obras literarias y descartar la literatura económica. Lo aprendí no solo por la experiencia en el taller, sino también al leer una entrevista que le hicieron a García Márquez después de que escribiera su obra maestra. Le preguntaron qué leía en el momento, y dijo que cuentos infantiles, para poder desembarazarse del lenguaje de Cien años de soledad. Si eso lo hacía él, con suprema razón debía hacerlo yo, un simple aprendiz de escritor en tiempos de madurez.

P. ¿Consideras que has avanzado o has retrocedido en ese nuevo mundo de las letras?
R. Haber tenido el atrevimiento de publicar tres libros de mi propia autoría, uno de crónicas y dos de cuentos, más cinco como coautor de libros de cuentos, me indican que he avanzado. Las dificultades en la creación literaria son grandes, mas no imposibles. Suelo acompañarme del escritor uruguayo Mario Benedetti cuando dice: “No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento. Aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento”.

Lo conforman 26 crónicas, entre los que se resalta Y ardió Raúl, una evocación del poeta Raúl Gómez Jattin también oriundo de Cereté, de quien Álvaro Jiménez fue su amigo de infancia. Diseño de portada Saúl Álvarez Lara.

P. ¿Cuándo comprendiste que podrías convertirte en un aprendiz de escritor y de lector?
R. En mi alma siempre ha flameado la llama por leer y contar historias, empezando por contar los episodios familiares y sociales que me han rodeado. No otra cosa alberga el espíritu de comunicar para expresar lo que hierve en nuestra conciencia social. En parte ya lo he explicado a propósito de mi afición como empírico periodista cívico y de mural de colegio, y después como economista. Pero luego de la tenaz lucha por la subsistencia, aparejada con la madurez, el panorama para esta comprensión se amplía y consolida. Con la disciplina de leer casi todo lo que ha caído en mis manos, también me he guiado por la divisa expresada por el escritor francés Daniel Pennac: “La lectura nos abstrae del mundo para hallarle un sentido”. En la creación literaria no solo se aprende a ver, también a observar. Bien lo advertía el escritor ruso León Tolstoi: “Hay quien cruza el bosque y solo ve leña para el fuego”.

P. Tus textos publicados hasta el momento no son de largo aliento, más bien cuentos, relatos. ¿Qué piensas de ello?
R. Me he trazado una metodología, por así decirlo, de avanzar peldaño por peldaño. La modestia en el terreno del arte así me lo ha hecho entender. Primero se construye una enramada, luego una casa y, si es posible, un edificio con varios pisos. Mis primeras intenciones se asocian a noticias, crónicas, editoriales, columnas de opinión, breves ensayos y relatos. Para dar el paso a cuentos, que me parecen difíciles, no solo al concebirlos sino de escribirlos. Aunque son creación de corto aliento en su extensión, son de largo aliento en su dimensión temporal: a veces he durado varios años trabajándolos y, sin embargo, al final quedan baches en su forma o estructura. Pero la constancia en sacar adelante una obra literaria de calidad se traduce en satisfacción personal porque el lector merece respeto. En la actualidad estoy próximo a publicar un libro de cuentos de navidad, y en una aventura mayor, de largo aliento: escribo una novela que intenté escribirla varias veces. Solo ahora le he hallado la estructura, el tono y la forma.

P. ¿Cuál fue tu primer texto publicado y cómo viviste esa experiencia?
R. Mi primer texto literario fue publicado en el periódico Raíces cuando finalizaba mi carrera de economía. Resultado de un concurso de cuentos y poesía que se realizó en el marco de un carnaval de Riosucio, Caldas. El primer puesto lo gané con el cuento Las bestias del infierno. Era la primera vez que escribía un cuento y tuve esta satisfacción.

P. ¿Y el último?
R Los tress últimos, contenidos en mi libro de cuentos publicado este año: La llegada del Chiminigagua, Colección El Aprendiz de Brujo, conformado por tres títulos: En pública subasta, En la ciudad no hay bosques y La llegada del Chiminigagua, que le da el título al libro. Este cuento, que invoca el dios de la luz de los muiscas, lo escribí el año pasado como un homenaje a ISA en sus cincuenta años, por haber construido la primera gran central hidroeléctrica del país, y la tercera en el mundo, a la sazón, donde se articula leyenda con realidad técnica, en una época en la que el desarrollo de la infraestructura tecnológica era incipiente y muchas regiones sufrían el flagelo de la oscuridad en un país en vías de desarrollo.

Este libro incluye su crónica Los dolores del río. El diseño de la portada es de Saúl Álvarez Lara

P. ¿Cuál de tus textos te ha costado más trabajo? ¿Por qué? ¿Cómo las superaste?
R. El texto literario en el que más me demoré se titula Favor tocar el timbre, que ganó el segundo premio del Primer Concurso de Cuento y Poesía convocado por la Asociación de Pensionados de la Caja Agraria, Asoagro, en septiembre del 2006. Todavía no existía el Taller Literario El Aprendiz de Brujo, donde los textos avanzan porque las críticas de sus miembros los cualifican. Me correspondió una lucha solitaria de revisión constante por varios años. La mejor prueba de que lo dejé a punto estuvo en su premiación. Lo curioso de esta incursión literaria es que Ángel Galeano, en ese momento director de “El Pequeño Periódico” y en el que yo participaba, sin que ninguno de los dos lo supiera, porque uno concursa bajo seudónimo, le correspondió como miembro del jurado del concurso premiar mi cuento. Me cercioré por la firma del acta. Este cuento se publicó en la revista Asopen a propósito de los 10 años de la Asociación de Pensionados, en el 2006. Del Acta del Jurado: “El Segundo Puesto para Favor tocar el timbre, firmado por El Comunero, por la fluidez de su historia y el deseo de recrear la ciudad desde un ángulo diferente, es una buena muestra de la narrativa urbana”.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Me persigue ahora el tema de la novela que estoy escribiendo, para el que me ha exigido leer otros libros. Crear nuevos universos en el arte literario se asimila a la inventiva de la ciencia. Por eso en la vieja sabiduría de Abisinia se afirma que “La simpleza de la ciencia es tan grande como una montaña”.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? ¿Por qué?
R. Me llevaría Una danza contra el viento. En parte del prólogo de este libro planteo aspectos como éste:

En esta colección de cuentos, Álvaro Jiménez muestra su predilección por los Epígrafes, cuya selección armoniza con las historias narradas.

“Hemos trasegado por la selva del horror, y aun padecemos la herencia perversa de aquel destino fatal de Arturo Cova, protagonista de La vorágine, quien sentenciara: ´Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia´”. Lo tendría como un conjuro contra quienes han vagado por nuestras selvas convertidos no solo en monstruos que se alimentan de carne humana, sino también en sus depredadores, irrespetando su primitivo origen, anterior al hombre. Esta verdad incontrovertible –violencia absurda– es contraria a la razón, según un viejo proverbio chino. Si los espejos de nuestras propias convulsiones no nos conmueven estaremos condenados al eterno clamor de una paz que nunca llega.

P. Para evitar que te condenen a limpiar durante 10 años el túnel de La Quiebra si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. No destruiría ningún texto porque todos ellos, así sea el de menor calidad, han forjado lo que hoy representa mi modesta literatura. Sería como condenar a un hijo a la muerte porque nació enfermo. Limpiaría el túnel de La Quiebra diez años o más, incluso bajo la consideración de que esos diez años de condena me reportarían otro rico expediente para convertirlo en novela. La literatura nace de la aventura de la vida. Gran parte de mis cuentos son construcción con base en aventuras. Por ejemplo, el cuento Los escrúpulos no dan de comer, de la colección Una danza contra el viento, comienza así: “En un barranco protegido por un árbol de ramas precarias y conchas muertas, a orillas de un río maloliente, Tiberio descansa por momentos. Llegó de San Clemente, una región que ha vivido de la minería informal. Sus padres, muy ancianos, dependían de su bateo o “lavadero de pobres”. Un grupo armado indeterminado se asentó en los alrededores de aquel lugar. Y se fue apropiando, con amenazas soterradas, de la explotación minera. Cuando los más jóvenes se percataron que se trataba de guerrilleros que también reclutaban, huyeron despavoridos. Tiberio casi cae en sus garras. Como no quiso engrosar su máquina de guerra, se escabulló una noche en medio de un aguacero hacia donde vivían unos parientes, cerca del río Porce. Allí también raspan la superficie de su cauce: lavan la tierra para extraer ´la puta común de todo el género humano´”. Este cuento, como en la vida de cualquier colombiano sin fortuna, es una aventura. Lo encabeza un viejo proverbio de Brasil: “Quien es un verdadero hombre, saca el pan hasta de la misma piedra”.

Durante el conversatorio en la Fiesta del Libro, a propósito de haber obtenido la Beca de Vigías del Patrimonio por el trabajo del Grupo Literario sobre el tema del río Aburrá.

P. Como economista cómo consideras la relación con la literatura.
R. Mi formación como economista no ha sido óbice para relacionarme con el universo literario. La ha facilitado porque la disciplina por la lectura ha cumplido su papel. La economía es una ciencia. El arte literario, también lo es. Se complementan. La diferencia está en su lenguaje. Y esta visión permite bucear los fenómenos económicos subyacentes en las obras literarias. Lo podemos observar en La vorágine, en la que José Eustasio Rivera denuncia la explotación de los caucheros colombianos por el monopolio de la casa Arana, por ejemplo. Tanto aborígenes como campesinos esclavizados no tienen derecho siquiera a morirse porque siempre están hipotecados por sus deudas. Es un fenómeno económico para analizar en esta portentosa obra.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

Álvaro Jiménez ha participado como miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, en diversas actividades realizadas en colegios urbanos y rurales. Aquí en la celebración del Día del Idioma. (Foto archivo)

R.  Asisto al Taller El Aprendiz de Brujo porque, al haber participado en su creación, he avanzado. Se destaca la producción literaria de sus miembros y se nos critica con altura y respeto. Constituye una satisfacción no ser objetodel tufillo de la burla propio de espíritus mediocres, pero que se creen superiores en materia de arte. En esta experiencia podemos decir que cuando se seduce el corazón con tacto, el cuerpo queda esclavo.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. En mis primeras andanzas juveniles, de parrandas y tragos y novias, con amigos o parientes, ocurría que me pasaba de copas, me enlagunaba y no era capaz de controlarme en la euforia del momento. Un primo, conocedor de esta debilidad, inventó un día que me había orinado en el parque de Cereté, delante de la gente cuando salía de misa, después de la fiesta en un matrimonio. Creyendo en esta versión, duré una semana sin salir a la calle, avergonzado por semejante “desliz”. Estas eran mis desabrochadas, incluyendo amanecidas bailando con bellas chicas al son de los Corraleros de Majagual en la Avenida del Río de Montería, en las ferias de la ganadería de mediados de año, y tirándonos maizena. Por fortuna “Eva no ha muerto aún”.


P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? (algo de historia de tu experiencia)
R. Nunca tuve la costumbre de llevar un diario. Esta práctica de hoy es obra del Taller Literario. Qué tan importante hubiera sido llevar un diario desde la juventud para luego saquearlo y ayudar a construir nuestra obra literaria. La memoria es incapaz de albergar todo lo que ocurre en nuestra existencia. Grandes obras de la literatura universal han surgido de diarios meticulosos. Por ejemplo, El Diario de Ana Frank, donde cuenta, de manera muy personal e íntima, los más de dos años que ella, su familia y otros judíos, estuvieron en un pequeño anexo de Ámsterdam para evitar caer en manos del ejército nazi. Confieso que no soy disciplinado para esta tarea, pero hago el esfuerzo.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario? (Envíame unas 2 o 3 fotografías de las páginas de tu diario)
R.  Sí, por supuesto.

Febrero 3 del 2010
“Después de que descendiera del piso 12 de la Gobernación de Antioquia, donde funcionarios de los sectores público y privado hablaran de las Pymes de Urabá, me sorprendió la manera original en que un indigente pedía limosna: mientras estaba sentado en el piso rascándose su barba hirsuta, recostado contra un muro que limitaba el sendero por donde transita el público que viene de la Alpujarra hacia la calle Carabobo, al lado de un abultado y mugriento saco de fique, su equipaje de calle, un perro grande, negro y de manchas anaranjadas en la cabeza, le pedía limosna en un baldecito de plástico que le colgaba del cuello. El perro conocía su labor: alzaba humilde su testa, pero diligente, hacia los transeúntes, bamboleando el recipiente para que lo vieran y le echaran las monedas pertinentes. Alguno que otro peatón se detenía con curiosidad a observar la labor del perro pordiosero. No es un animal chandoso. Tiene el glamour imposible de ver en el sucio indigente que lo utiliza”.

Marzo 22 del 2010
“A la vera del sendero peatonal del complejo de cabañas Los Almendros, ´María Mulata´ se encarama en el borde de una cesta de basura. Picotea, saca papeles sucios, los tira al suelo, donde se derraman los desperdicios de alimentos, traga vigilando con sus ojos de perla, y cuando alguien se acerca desprevenido por el sendero de cemento, vuela a los palmares de la playa chillando frenéticamente. Y cuando está tranquila combina su chillido con un gorjeo grave, de bajo musical, al vaivén del viento y el rítmico rumor de las olas del mar”.

Marzo 6 del 2010
“Allí está otra vez sentado en la banca. Parece una estatua. No saluda ni modula palabra alguna. Tiene cara de amargado. Es un anciano triste. Solo se mueve cuando cambia de posición su bastón. ¿Cómo hará para estar allí mirando de largo, solo viendo pasar los carros, la gente y las horas del día? Cuando no lo volvamos a ver es porque, tal vez, ya se haya muerto”.


 

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