Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Toma La Palabra’ Category

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

____

Carné de Aprendiz

“Las palabras son un estorbo”

Entrevista con la escritor Leandro Alberto Vásquez Sánchez

Por Ángel Galeano Higua

Conocí a Leandro cuando terminaba su secundaria. Muchacho callado y atento. Su padre me lo presentó en alguno de esos eventos literarios que hacíamos en los colegios, porque sospechaba que su hijo tenía cierta inclinación por la lectura y la escritura. No se equivocó. Desde entonces, hace más de 13 años, Leandro no ha dejado de sorprenderme por su capacidad creadora, esa silenciosa y profunda escucha que lo caracteriza y, sobre todo, la delicada filigrana con que teje sus escritos. Soy testigo de su crecimiento descomunal con el ejercicio de las palabras. Estudió periodismo en la Universidad de Antioquia y como tal fue uno de los líderes de los Encuentros nacionales de TOMA LA PALABRA, experiencia única y maravillosa de una generación que se propuso reunir a jóvenes de todo el país a quienes les gustara leer y escribir. Lo hicieron durante 8 años y sembraron una semilla que algún día el país podrá conocer en su plenitud.

La estoica disciplina que ha construido para leer con lupa de mil aumentos las grandes obras, la devoción con que persigue las palabras y la meticulosidad con que las trata, así como esa vibración de la vida del barrio que lo jala y lo alimenta y lo embriaga, como el balón de fútbol con el cual gambeteó muchas veces, le han llenado su morral de sueños, única propiedad de la que se enorgullece. Su paciencia raya con la quietud, aparente sin duda, porque, como un cazador, es capaz de permanecer a la expectativa mucho tiempo hasta que suelta su zarpazo con un título, un personaje, un cuento, una crónica que nos electriza. Esta virtud, aunada a sus sorprendentes puntos de vista, lo delatan como un creador nato y demoledor. Es capaz de agazaparse en un cuento durante 13 años, para meterle los dientes cuando la historia ya no tiene escapatoria.

En esta entrevista hace gala de su versatilidad en el aprendizaje. Gambetea con las palabras no para lanzarlas fuera del campo de juego, sino para organizarlas en historias de personajes rudos e indómitos, que sufren y les duele la existencia. Que se buscan y se descubren en la fuerza telúrica de las montañas, en el fluir de los ríos y en los silenciosos y profundos bosques. Encuentros y desencuentros, desafíos, enfrentamientos pueriles y violentos. Y para ello las tiene que usar, las palabras, esas que a veces dicen lo que no quería decir. Leandro sabe que para las grandes verdades del corazón las palabras son estorbosas, y que al usarlas se corren muchos riesgos. En ese reto está el encanto, y eso él también lo sabe.

 

Leandro Alberto Vásquez Sánchez. “Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso”.

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Tengo varias: por ejemplo escribir o vivir sin dinero en los bolsillos. Pero sólo hablaré de la más útil: patear el balón con potencia. Mientras otros tienen que llegar al borde del área para chutar, yo puedo marcar un gol desde la mitad de la cancha de microfútbol. Lo que más disfruto es cuando voy a disparar y los jugadores saltan y los arqueros se agazapan de miedo para no ser golpeados por el balón. Infunden más respeto mis cañonazos que mi título de periodista. Me siento más poderoso cuando veo a alguien sobarse un muslo o la cara después de recibir un chute, que escribiendo una noticia. Soy un pésimo jugador y me enfrento con adversarios tan malos yo, así puedo disimular la falta de talento. Cuando era más joven, me preciaba de ser gambeteador, pero con el tiempo me hice pesado. Ahora son escasos los dribles, pero gané en efectividad. Pienso que algo parecido pasa con las historias que escribo: las florituras disminuyen, pero la contundencia es mayor, aunque no es porque con el tiempo el talento escasee, la verdad no sé si alguna vez existió. Tiene que ver más con la tendencia a adquirir un estilo menos pesado, más sencillo.

P. ¿Avanzas o retrocedes?
R. Camino hacía el pasado y recuerdo el futuro.

La condesa de Porroliso fue uno de los primeros escritos de Leandro publicados en EL PEQUEÑO PERIÓDICO y que apareció luego en el libro Perfil de Mujer, antología con motivo de los 30 años del periódico.

P. ¿En qué sentido?
R. La técnica narrativa es el patrimonio de los aprendices. Es imposible contar algo que represente un aporte a la literatura, así sea mínimo, sin conocer la tradición. En ese sentido la lectura es una vuelta al pasado, una forma de saquear a los creadores que nos antecedieron para rastrear los elementos con que se pueden contar nuestras historias. Sin el aporte de ellos no hay futuro, nada puede ser nuevo, aunque la novedad apenas sea recrear en una narración unos procedimientos, un lenguaje o una cadencia poética que ya otros utilizaron. Sin la lectura crítica es fácil caer en las fórmulas. Es decir, resignarnos a aprender dos o tres técnicas de la academia y utilizarlas para contar muchas historias que terminan siendo esquemáticas. Desarrollamos una especie de producción en cadena en la que nos copiamos a nosotros mismos. Así la aventura de escribir se convierte en un trabajo.
En mi caso, creo que la construcción de los personajes también es una vuelta al pasado para crear el futuro. Los personajes son los espejos de lo que fui, seré, pude o quise ser, así no se construyan basándome en una experiencia intima, así esté contando a mi peor enemigo. Ningún personaje es un retrato acabado de mí mismo, pero sí recojo pistas de quién soy y eso me permite descubrir, en mis apuntes de diario o recuerdos, filones en los que se pueda profundizar ese aprendizaje, el del conocimiento de la condición humana desde mi experiencia vital. Es muy difícil entender el pasado expresado en una imagen mental o un apunte, por eso es necesario arrojar la luz del presente sobre estas vetas a partir de los cuales se puede forjar algo que no existía, esos yo inéditos que se llaman personajes. Por todo esto digo que camino hacia el pasado y recuerdo el futuro cuando leo o escribo.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Una noche mientras regresaba de comprar una botella de ron, una patrulla de soldados nos requisó y como el amigo que me acompañaba intentó burlarse de ellos, lo insultaron. Yo reaccioné y les exigí respetó con más insultos, a lo que los soldados respondieron con una paliza a la que me intenté resistir. Aunque no hubo lesiones graves, si me pregunté durante mucho tiempo qué había pasado esa noche. Tanta fue la consternación que me encerré voluntariamente durante seis meses a meditarlo. Sentí que debía contar esa experiencia y otras cosas que me habían ocurrido, pero sólo descubrí que era posible cuando leí Sexus de Henry Miller. Esa voz tan personal, que padecía la sexualidad, su ciudad y el ejercicio creativo con el trasfondo de la guerra, se parecía a eso que bullía dentro de mí. La única diferencia era que yo ni siquiera sabía cómo empezar a contar esas historias que me atormentaban. Fue cuando me vinculé al taller literario de Ángel Galeano Higua y a El Pequeño Periódico. Después de eso han venido muchos maestros, cada libro es uno, los árboles, las piedras y los mayores son otros. Reconozco a los maestros porque ninguno quiere imponerme su manera de ver el mundo, sólo son puentes que me ayudan a guiar hacia afuera esas historias que me cuenta mi maestro interior.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

En este libro aparece Una mujer de aguas tomar, deliciosa crónica que Leandro Vásquez escribió sobre las valerosas batallas que su madre ha adelantado por el derecho al agua.

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Pienso que las palabras son un estorbo. Un símbolo apenas, la pobre representación del sentimiento, la imagen o el pensamiento. Por eso creo que es una tarea casi imposible tratar de expresar algo con palabras. Es un trabajo siempre a medias, imperfecto. ¿Entre más hablamos o escribimos estamos más cerca de la perfección? Yo no lo creo. Entre más palabras tenemos que usar para contar algo, más nos alejamos de la pureza del modelo. Las palabras deben ser las necesarias y las precisas. Nos empecinamos en producir y producir palabras por compromiso. Nos las piden en la redacción, en la editorial o porque nos negamos al anonimato. Entonces viene el síndrome de la hoja en blanco y nos angustiamos y hasta enfermamos porque no podemos escribir. Pero qué hay más perfecto que esa hoja en blanco, que ese silencio. Es la oportunidad para pararnos del computador y escapar a la montaña y compartir nuestro silencio con un amigo, las piedras o los árboles. Pero seguro que a la primera oportunidad, nos tomaremos una foto junto a una cascada y las postearemos en Facebook y cuándo regresemos a casa la hoja seguirá en blanco porque no escuchamos nada y nada tendremos para decir. ¿Por qué le tememos al silencio? Quizás por su inmensidad, no resistimos un precipicio tan profundo y tratamos de llenarlo de palabras. Yo creo que la clave está en explorar ese precipicio. Quizás algún día encontremos ahí algo que valga la pena decir.

El archivo general completo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, desde 1982 hasta 2015, reposa hoy en la Sala Antioquia, de la Biblioteca Pública Piloto. Tanto impreso como virtual, ha sido una gran escuela para cientos de jóvenes como Leandro Vásquez.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado.
R. Se llamó Hay oro en Altamira, fue publicado en El Pequeño Periódico en el año 2006. Cursaba el primer semestre de periodismo en la universidad. Conté la historia de un niño que juega con sus amigos en una de las plazoletas de la Unidad Residencial Altamira. Ellos escarbaban en la tierra y cualquier piedra que descubrían constituía un gran hallazgo, pero el verdadero tesoro era que todavía existieran en la ciudad lugares donde los pequeños podían jugar tranquilos y al aire libre. Aunque ya empezaba a decantar en ese trabajo el estilo de lo que quería contar, historias cotidianas, construidas a partir de personajes, tocando temas como el de la infancia, cada vez que leo esa crónica me parece intrascendente. Recuerdo que en esa oportunidad también entrevisté a Juan Ignacio Bustamante, un ingeniero agrónomo que era administrador de la unidad. Me manifestó que la importancia del lugar residía en unas zonas verdes cuyo mantenimiento era dispendioso, pero yo pasé por alto sus palabras. Ahora pienso que lo determinante era hablar de esos árboles nativos que corrían el riesgo de desaparecer, en una unidad residencial muy cercana al centro de Medellín, una ciudad cuyo principal problema ambiental es la calidad del aire, aunque en ese momento eso no era tan claro, el deterioro ambiental era menor que ahora. Me decidí por contar a los niños porque fue una historia que me conmovió muy fácil, pero ni siquiera a ellos los trabajé a fondo, me quedé en unas apreciaciones muy superficiales sobre su cotidianidad y sus relaciones. No entendí lo que tenía en frente porque conocía muy poco la ciudad y sus problemas. Tampoco supe ordenar y disponer la información que levanté. En las entrevistas me acerqué poco a los personajes, demasiado confiado en que la grabadora se encargaría de registrarlos por mí. Pero el principal problema es que este era un tema que me era ajeno, ese no era mi barrio, ni mi urbanización. Es difícil entender las comunidades desde afuera, hay que darse en el tiempo de escucharlas, de caminar los territorios. Es mucho mejor que los habitantes cuenten sus propios conflictos, ellos sí los conocen.

P. Y del último.
R. El último fue Gambeta. Es la historia de un niño que quiere jugar fútbol y su mamá se lo impide porque puede dañar sus zapatos ortopédicos, los únicos que tiene, porque además el niño es patizambo. Gambeta es un driblador endiablado y escapa del control de su mamá en medio de una emergencia de inundación que amenaza con destruir su barrio. El primer personaje que surgió en esa historia fue Gambeta. Cuando leí un pasaje de Respirando el verano, de Héctor Rojas Herazo, en el que Anselmo enferma después de un paseo al mar, pensé en que era necesario contar algo propio, algo de mi niñez, contagiado por esa cadencia poética del poeta de Tolú. Así despertó Gambeta y se echó a andar y cuándo menos imaginé jugaba fútbol y sufría. Ya no era mi niñez la que contaba, Gambeta tenía su propia fuerza. Eso ocurrió hace trece años, antes de estudiar periodismo. En todo ese tiempo también descubrí que la madre parecía una villana, pero eso sucedía porque no le había dado el espacio para expresarse. Quise ahondar en su historia y su carácter para que ella misma se mostrara. Era la primera vez que trabajaba un personaje femenino, así que fue un maravilloso descubrimiento de ese universo y la relación de sobreprotección que esa mujer sostenía con su hijo. En todo ese tiempo también entendí que el barrio era un personaje y lo quise retratar por medio de una falsa alarma de inundación, un hecho que revela ese tejido de relaciones que todavía existe entre los habitantes de estos lugares, en los cuales un chisme puede desatar tragedias. Las personas se sorprenden cuando les digo que ese cuento fue escrito hace trece años, me dicen que es muy corto, afirman que en todo ese tiempo es posible escribir hasta unas cinco novelas. Pero no es que escribiera el cuento todos los días, sólo lo hacía en las épocas que me quedaban libres entre la universidad, el trabajo, las fiestas, los amigos y las novias. Había que vivir. Ese cuento lo quiero mucho no porque sea una genialidad, sino porque fue mi escuela y me parece increíble que haya sobrevivido a trece años, cinco computadores, tres discos duros dañados, seis formateados, a los virus, a mi descuido y mi torpeza. A pesar de que está publicado, estoy seguro de que todavía no lo termino.

P. ¿Cuál de tus textos te ha ocasionado más dificultades?
R. Para mí escribir es muy difícil. Hace no mucho, quise escribir una novela sobre lo difícil que fue contar la historia de un acueducto comunitario de agua. Llegué a enfermar de gravedad y estuve veinte días internado en el hospital. Cuando quise contar esa historia, no fui capaz, la escritura no fluía a pesar de que me forzaba todos los días. Acudí hasta a una terapeuta para desbloquearme, pero no resultó. Un episodio angustiante de verdad. Creo que fue porque no entendía lo que había pasado y en el fondo no quería hacerlo, era más fácil ignorarlo. Tiempo después volví a escribir un diario, a mano en una libreta, y me queda el consuelo de que eso permitió que la escritura fluyera. Sólo solté lo que me pesaba con libertad, sin cortapisas, sin compasión por mí ni por nadie, sin importar si iba a ser publicado o siquiera vuelto a leer algún día. Logré narrar algunas partes de ese libro que todavía sueño. Espero terminarlo algún día. Si las palabras son algo antinatural, forzarse a escribir o a hablar lo es aún más y lo único que puede resultar de eso son problemas.

Mi barrio de noche (Foto de Leandro)

P. ¿Te persigue algún tema en especial?

R. Mi barrio. Es lo único que conozco más o menos a fondo. Vivo en el mismo lugar hace treintaicuatro años. Pero cuando me reencuentro con esos personajes que quiero contar, descubro que ya son otros: adultos, preocupados por trabajar, producir dinero y obtener placer. Desprecian cualquier cosa que se aparte de ese esquema. Si les cuento que quiero contarlos, poco o nada les interesa, prefieren el anonimato. El espacio físico ya es otro también. Dejo de pasar un mes por una calle y cuando regreso, ya hay un edificio empinado en una cuadra de casitas de dos pisos. Hasta hace poco no sabía que ya había semáforos y por las avenidas que cruzaba desprevenido, pasaban las motos raudas a punto de atropellarme y yo no entendía qué pasaba. Terminé por pensar que ese que yo pensaba que era

Mi barrio de día (foto Leandro)

mi barrio, me lo había imaginado. Ya no existe, si acaso algún día existió. Los cambios sucedieron tan de prisa que, a pesar de vivir ahí siempre, no nos dimos cuenta. En cambio, me reencontré con la montaña que tutela mi barrio, un lugar que guarda una memoria mucho más antigua que las calles, las casas y los hombres. Cuando era niño, la caminé con mi familia para elevar cometas, cocinar sancochos o bañarme en los charcos, pero hasta ahora descubro que cada animal, quebrada, árbol o roca puede ser también un personaje. Ese es un tema que me inquieta.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. Llevaría Alucinaje, una historia sobre un muchacho que come hongos alucinógenos. Su viaje psicotrópico es una rebelión contra una realidad que lo mantiene adormecido. Pero esa aventura no es una fiesta de luces y placeres. Como en cualquier viaje que valga la pena, el muchacho se encuentra con sí mismo y no le gusta lo que descubre. Su interior se revela a partir de la relación con el afuera: alucina con que las montañas tratan de aplastarlo, los humanos son fantasmas, su cuerpo se vuelve tan liviano que es incapaz de mantenerse en el suelo. Una aventura en la selva es un viaje alucinante en el que no son necesarios hongos o brebajes. Para delirar es suficiente escuchar el río, sentir los arboles descomunales, oler las flores, sumergirse en la vorágine de animales y plantas. No conozco psicotrópicos más poderosos. Alucinaje me ayudaría a no asustarme, a recordar que sólo soy yo el que se rebela en la naturaleza, a no escapar cuando me descubra en el espejo de la selva.

P. Para evitar que te condenen a barrer todas las calles de Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?
R. ¿Todas las calles? De verdad destruiría cualquiera. No imagino un castigo peor. Pero si me permiten elegir, optaría por los textos que también fueron una condena. Hace unos años, trabajé en un periódico comunitario. Se producía una publicación mensual, pero cuando yo empecé fue necesario hacer la del mes anterior que estaba atrasada, la del mes actual y cuatro ediciones especiales. Todo en cuatro semanas. El equipo sólo éramos el director, un diseñador externo y yo.

Además el director estaba ocupado todo el día desarrollando un trabajo comunitario con el que se sostenía la corporación. Escribir se volvió tan repetitivo como cavar un agujero con una pala. Las salidas de campo eran pocas, me la pasaba ocho horas o más en una oficina pequeña, frente al computador, corrigiendo o escribiendo textos. El escaso dinero que ganaba, lo gastaba en el bar.

Leandro Vásquez (der) cuando ganó el Premio Nacional de cuento convocado por el periódico “Qué hubo”, 2017, con su cuento Calle sol.

Gracias a los aportes de los habitantes de la comuna pudimos salir más o menos a salvo de esa coyuntura. Aprendí poco porque no había un editor que me enseñara. Yo era el redactor, el editor y el fotógrafo. El director ayudaba en lo que podía, sobre todo con las páginas editoriales y consiguiendo colaboraciones. Me equivoqué mucho, mucho. Y el rodaje era de mil ejemplares que, en ocasiones, también ayudé a distribuir. Sin embargo agradezco la oportunidad de conocer la ciudad y el trabajo de tantos líderes. Para evitar barrer toda la ciudad, entregaría uno de los textos que más me gusta de esa época: Barrio Cementerio Ciudad Central, la historia de una comunidad que se levantó sobre un terreno que perteneció a un cementerio. En la entrada, había tres lapidas. Cuando se construyeron las casas era común encontrar huesos y partes de cuerpos. Los habitantes contaban que había personas que escuchaban quejidos todas las noches u otras que tenían espantos propios, llegaban a las casas y los saludaban como a otro miembro de sus familias. A los habitantes del barrio no les gustó el artículo porque les pareció que podía devaluar sus propiedades. Yo sólo comuniqué lo que ellos me contaron, menos mal tenía grabados todos los testimonios.

P. Como periodista, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. Yo utilizó todos los métodos de investigación que aprendí del periodismo. Aunque no use un cuestionario estructurado para entrevistar, muchas veces hablo con los modelos de los personajes. Hago trabajo de observación. Recojo apuntes. Tomo fotografías.

Leandro lee uno de sus textos durante la clausura del Encuentro Nacional de TOMA LA PALABRA, 2006 (foto archivo)

Cuando no conozco bien los temas, hago rastreo documental y leo todo lo que puedo. Creo que lo que escribo está profundamente afincado en la realidad. Pero en el momento de escribir, me gusta dejarme guiar también por un pálpito, un sentimiento, un sueño o una imagen mental que me persigue. No me preocupa si los datos son comprobables o si lo que escribo es periodismo o ficción. Si algún académico lo desea, que le ponga la etiqueta que quiera. Tampoco me mido para sumergirme en el interior de los personajes. Ni siquiera me preocupa ponerlos en situaciones inverosímiles como volar, en caso de que el mismo personaje así lo requiera. Cuando lo que se pretende contar son lo que Faulkner llamó las antiguas verdades del corazón: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio, la realidad se convierte una camisa de fuerza que no permite expresar con libertad asuntos tan complejos. Entiendo que en regiones de nuestro país, ocurren sucesos como el atropello de comunidades y la destrucción de territorios para construir megaproyectos, la explotación desaforada de la naturaleza por el afán de enriquecimiento de unos pocos, el abandono y descuido sistemático de comunidades enteras por parte del estado, el asesinato de líderes sociales y la muerte de niños indefensos entre muchas otras cosas. Sé que esas historias no pueden esperar trece años para ser escritas como mi cuento de Gambeta. Es urgente contar esas verdades y se necesita valentía para hacerlo.

Sesión campestre del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

R. Mi verdadera escuela son los talleres. Me hubiera gustado tener en la universidad lo que ofrecían. Cosas como profundizar por meses en las lecturas o hacer un trabajo crítico sobre nuestras propias producciones. Asisto a El Aprendiz de Brujo porque yo apenas comienzo y la mayoría de compañeros son mayores, ya publicaron varios libros y tienen una experiencia y conocimiento más bastos. Creo que me pueden guiar. Me atrae, sobre todo, el espíritu crítico con que se lee lo que cada uno produce. Si alguna vez las correcciones de uno de los lectores no son en mi opinión acertadas, luego descubro que rebelan cosas del texto que pueden enriquecerlo. A mí me gusta que sean despiadados con las opiniones sobre lo que escribo. Aunque pueden herir el ego en ocasiones, es la manera más fácil de aprender. La edición también me apasiona y a veces aporto en ese sentido. Me gusta corregir los escritos ajenos, es mucho más fácil, no tiene uno ataduras emocionales con los personajes ni se encapricha con las figuras poéticas creyendo que son geniales. También asisto al grupo porque no entiendo bien lo que escribo. Así suene un poco raro, el texto es un acto de inconciencia que nunca alcanzo a dilucidar del todo y los lectores experimentados ayudan a comprenderlo un poco más.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. No creo que después de encontrar la perfección, a quienes viven en el paraíso les gusten mucho los desabrochados. Sin embargo ahí va:
Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso.


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un Diario literario?
R. En momentos en los que no quería o no podía hablar con alguien, épocas de aislamiento o introspección, el Diario fue el único a quien confié mis palabras. No imagino qué pudo pasar de no tener esa válvula de escape. En ocasiones en las que me forcé a escribir, pero las palabras no fluían y la angustia me desbordaba, el Diario apareció otra vez y me devolvió la confianza. Es increíble lo liberador que puede ser dejar correr un bolígrafo por unas páginas. No pensé nunca en que lo que escribía se fuera a publicar, hay apuntes que ni siquiera se pueden entender por la premura con que se consignaron. En cambio, otros me rebelan el que fui, un personaje que ahora parece de ficción, pero que en su momento era un muchacho que padecía su barrio, el amor, la muerte, la soledad. Una de las fortunas más grandes que me regala la vida es recoger esos apuntes y descubrir chispazos a partir de los cuales se puede crear una historia.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Sí, claro…

2010
*Sus ojos ambarinos me enloquecieron. Apunté con el cigarrillo a mi boca porque no me amaba, como si fuera un cañón. Jalo y jalo el gatillo, sale humo pero no dispara. Lo médicos me dicen: si sigues fumando, espera la bala en unos treinta años.
*Estoy al borde de una escopeta mientras cruzo la cuerda floja. Tranquilo, me dicen mis amigos. Sólo los dos cañones con que la muerte me mira, tiemplan mi marcha.

2011
*La carne truena y los huesos gimen. Qué importa si los otros también los escuchan. Aunque les enseñe a callar, el silencio de mis entrañas seguirá cavando la fosa donde morirán las estrellas. Mejor déjenme iluminar la calle vieja para que las palabras tuertas y cojas encuentren un rincón donde dormir.

2016
* La muerte del cóndor
Más grandes alas que las mías, las alas del placer, no se elevaron sobre este planeta. Hoy es mí último vuelo. Desplegaré mis rescoldos de energía y volaré a lo más alto, hasta la cumbre del éxtasis. Luego me entregaré, en un abrazo último y definitivo, a la tierra.

2018
* Su primer y único regalo fue una cabeza de ajos. Pensó que me ayudarían a curar mi tristeza. Yo creí que me lo había regalado porque me quería. Quise demostrarle que también ella me gustaba. Dejé la pena a un lado y le regalé una sonrisa, me devolvió una mueca fría. Sentí después que necesitaba de una piel tibia y la acaricie, ella se apartó. Una noche de insomnio le escribí mi primer poema, guardó silencio. Sembré, cuidé una rosa y se la regalé, dejó que se marchitara. Aprendí a reír, acariciar, escribir y sembrar. Ahora también cocino: los ajos terminaron como ingredientes de una salsa. Me pregunto a dónde se fue el amor que me sanó. Quizás hiede y se pudre en el corazón de ella, como en un cuarto oscuro donde acumula las montañas de regalos de los hombres que despreció.


Gambeta es su primer libro publicado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con el sello Colección El Aprendiz de Brujo.

Anuncios

Read Full Post »

Del Caribe a Medellín

Esbozo de una gesta juvenil

Por Ángel Galeano Higua

Testigo el mar

Toma La Palabra nació en Cartagena, de la mano de Silvia Casabianca Zuleta

Toma La Palabra nació en Cartagena, de la mano de Silvia Casabianca Zuleta, a comienzos de la década de los 90.

Toma La Palabra fue un laboratorio de la imaginación y del sentimiento, que nació arrullado por el mar Caribe a comienzos de los años 90, cuando Silvia Casabianca Zuleta, una de las “descalzas” del Centro Médico de Especialistas de Magangué, tuvo que refugiarse en Cartagena por el deterioro de la seguridad en el Sur de Bolívar. Una de sus preocupaciones cruciales fue la situación vulnerable de los adolescentes.

Toma La Palabra - Encuentro Cartagena 1995

Toma La Palabra – Encuentro Cartagena 1995

Ella sabía desde antes de enrolarse en EL PEQUEÑO PERIÓDICO, en 1983, que la palabra también es sanación y se las ingenió para fundar el Colegio Carpe Diem donde primó un sistema amistoso y nada impositivo con los estudiantes. En ese cotidiano quehacer tuvo la idea de organizar encuentros de los muchachos con escritores. Invitó a poetas y narradores cartageneros para que conversaran con los estudiantes y realizaran ejercicios escritos. Fue tan contundente la acogida que se desbordó hacia otros colegios y universidades hasta culminar en lo que se denominó “Toma la palabra”.

Traslado a Medellín

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

La alegría siempre estuvo viva en los líderes de Toma La Palabra.

Toma La Palabra - El Tiempo sept 9 Pg2 Sec2

Así reseñaba la prensa nacional y local esta gesta juvenil.

Acosada su familia por las amenazas de grupos ilegales, Silvia debió abandonar el país a finales de la década y me propuso que sondeara entre los jóvenes de Medellín a ver si continuaban con la idea.
“No recuerdo muy bien el momento exacto en que me enteré que existía algo llamado Toma La Palabra, cuenta Bárbara Galeano Zuluaga, pero lo que sí tengo claro es que fue a través de mi padre, que como buen soñador y visionario me contó que Silvia se iba del país y que yo qué opinaba de que adoptáramos esa idea para desarrollarla en Medellín, lo que me pareció una aventura maravillosa y le dije que sí, que lo hiciéramos”.
De inmediato se puso en movimiento. Yeimi Alexandra Alzate lo recuerda así: “Me enteré de ese lindo proyecto a través de mi amiga Bárbara. Hacíamos nuestra carrera de antropología y un día me invitó a las reuniones que se hacían en la cafetería del Paraninfo de la U de A. Fue ahí que todo comenzó”.
Y así como Yeimi, se fueron sumando más jóvenes. “La invitación me emocionó mucho y no dude en decir que sí”, cuenta Juan David Guarín, también estudiante de antropología entonces.

Había que hacer fila para inscribirse

Había que hacer fila para inscribirse

Johansson Cruz Lopera cursaba noveno grado de bachillerato y asistía a los talleres de literatura en Comfama y fue allí donde se enteró: “Mi primer Toma La Palabra fue como asistente en la modalidad de cuento”.

Ivette López tenía fascinación por la biblioteca del Colegio Palermo: “creo que fue la profesora de español o la bibliotecaria la que comentó de un evento para ir a escribir, empecé en un taller con algunas chicas del colegio y luego fui al encuentro como participante”.

Escuela de liderazgo

Encuentro en Magangué 2004

Asistentes del Encuentro de Toma La Palabra en Magangué, 2004.

Cuando menos lo pensó, Bárbara se encontraba metida de pies y manos en el proyecto, “Cada día adquiría más fuerza dentro de mí la idea de realizarlo, de hacerlo bien, de convocar a otros jóvenes que como yo creían en el poder de la palabra y del arte”.
“Todos jugamos diferentes roles”, afirma Yeimi. “Siempre fuimos un equipo organizador, yo participé en el comité de logística, ayudando a garantizar las condiciones para la realización del evento, luego en cuestiones académicas, de comunicación, y también las finanzas (la dura para esto siempre fue Bárbara)”.

En la Plazoleta San Ignacio Toma la palabra

En la Plazoleta San Ignacio Toma la palabra

Era una generación ansiosa de realizaciones, por eso no ponían trabas para jugar cualquier rol y así iban probándose a sí mismos. Creían en el proyecto, aportaron ideas, tiempo, ganas, fueron camarógrafos, presentadores, talleristas, hacían de todo.
Para Johansson lo máximo era formar parte del Comité Coordinador: “Una experiencia única: vivir la urgencia económica, propia de estos proyectos culturales que nunca cuentan con recursos, y lograr hacer, con esos pocos recursos, un evento de altísima calidad, fue muy gratificante”.

Impacto vital

Delegación juvenil de Magangué en uno de los Encuentros.

Leonardo Jesús Muñoz Urueta con la delegación juvenil de Magangué en uno de los Encuentros.

Realizar estos Encuentros cambió la vida de todos estos jóvenes. Bárbara nunca imaginó que tendría un rol tan importante y que “a su vez este proyecto hubiese sido definitivo en esa etapa de mi vida: Toma La Palabra no sólo atravesó mi ser en lo profesional para ayudarme a descubrir lo que me gusta hacer en la vida, con lo que me apasionó, con lo que sueño, sino que atravesó mi vida personal, reafirmó la relación con mi padre, construí amistades que aun hoy conservó, conocí a mi primer amor, me di cuenta de lo que era capaz de hacer, que no existían las barreras para mí cuando sentía que quería hacer algo, que cuando me caía me volvía a levantar con más empuje, reconocí mis cualidades y mis defectos, crecí…”.

Una gesta vigente

Clausura Encuentro

Clausura Encuentro en la Estación del Metro en el barrio Santo Domingo.

Cada protagonista de esta gesta juvenil es un libro de páginas memorables. Leandro Vásquez Sánchez y Yeison A. Henao, estudiantes del Colegio Marco Fidel Suárez, tuvieron roles similares en años distintos, pero ambos quedaron marcados por la experiencia. Los talleres con escritores “de verdad” fue trascendental. Comprobar que los sueños se hacían realidad los asombraba. Cuando Germán Castro Caycedo apareció ante el auditorio lleno de jóvenes de varios lugares del país, los más perplejos fueron los organizadores, quienes habían trabajado arduamente sin importar si era sábado o domingo.

Iván Darío Upegui del Metro de Medellín y el periodista Alberto Salcedo Ramos

Iván Darío Upegui del Metro de Medellín y el periodista Alberto Salcedo Ramos

Y así con William Ospina, Gonzalo España, Pedro Claver Téllez, Henry Díaz, Conrado Zuluaga, Pablo Montoya, Juan Diego Mejía, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Alberto Salcedo Ramos, entre muchos otros.
De las experiencias que más recuerdan resaltan “Altavoz se Toma La Palabra”, y los Encuentros en Magangué y Pereira.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO dedicó ediciones enteras a todos los Encuentros.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO dedicó ediciones enteras a todos los Encuentros.

Al hablar con estos pioneros que encumbraron a Toma La Palabra hasta alturas insospechadas durante siete años, no resistimos preguntarles si creen que valdría la pena revivir el proyecto. Sin excepción, respondieron que sí. “Fue una experiencia definitiva y vital tanto para nosotros como organizadores, como para aquellos que participaron en los talleres”, sostiene Bárbara.

Toma La Palabra transformó mi vida en todos los sentidos”, confiesa Johansson. Algo parecido dice Leandro, quien hace poco se graduó de periodista en la Universidad de Antioquia. Yeimi y Bárbara no dudan en confirmarlo,
Este es apenas un esbozo de la inmensa riqueza que contiene este proyecto heredado del Caribe. Las historias de cada uno de estos gestores son ejemplares y se necesitaría más de un libro para recogerlas.

Logo de los Encuentros diseñado por los mismos jóvenes.

Logo de los Encuentros diseñado por los mismos jóvenes.

En este reducido espacio apenas si alcanza para reseñarlo como uno de los temas predilectos que EL PEQUEÑO PERIÓDICO trató durante varios años, y que fue cantera de articulistas, reporteros, vendedores, gestores, dirigentes y promotores, como nunca antes lo tuvo.

____

Publicado en la última edición impresa – No. 100- de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, coincidente con los 30 años de vida del periódico.

Read Full Post »

Perfil de Mujer

El arte de organizar

Ángel Galeano Higua

Dicen que la educación de los hijos es muy difícil, pero debo confesar que mi hija Bárbara me ha educado con una facilidad impresionante. Su forma de ser, su talento y energía juvenil para organizar me han enseñado más que cualquier otra persona o institución.

Viaje de infancia

Bárbara y Diana Giraldo en la Albarrada de Magangué (1982)

Bárbara y Diana Giraldo en la Albarrada de Magangué (1982)

Con el arrullo del río Magdalena y los acordes de La pequeña serenata de Mozart, la niña se durmió. Antes había sucumbido ante El Fantasma de Canterville que Carmen Beatriz, su madre, o yo, acostumbrábamos leerle cada noche. Las cigarras se sumaban al concierto y el viento mecía las ramas del grosellero en el patio. El ventilador mentía el calor del puerto. Esa tarde habíamos regresado de La Ventura, en las estribaciones de la Serranía de San Lucas: un delicioso paseo de cuatro días para ella, lo que para su madre fue una intensa brigada de salud con los campesinos y pescadores, y para mí la tarea de reportero de aquella utopía de “los descalzos”. Poco más de cinco horas en chalupa por el Gran río, ciénagas y caños hasta llegar al caserío. Luego, durante el regreso a Magangué, el inesperado asalto a la chalupa por una cuadrilla de guerrilleros que se hicieron pasar como pasajeros, la mujer herida de un balazo en la espalda y que murió días después, el despojo, la humillación, la impotencia. Pero la tierna memoria de Bárbara se resistió a guardar esos hechos.

Iglesia de Santa Bárbara - Dibujo de un niño momposino - Foto Bárbara Galeano Z.

Iglesia de Santa Bárbara – Dibujo de un niño momposino – Foto Bárbara Galeano Z.

Al día siguiente la despertaron el sol que sangraba el cielo, el escándalo de los gueres gueres y guacamayas que pasaban en bandadas, los gritos de los carretilleros que ofrecían pescado fresco, y las negras palenqueras esbeltas y descalzas que con las canastas sobre su cabeza voceaban las alegrías de coco y anís. Después del desayuno yo la llevaría en bicicleta al colegio como todos los días.
Así transcurría el tiempo, hasta cuando salíamos de nuevo a otra brigada por la cuenca del Bajo Magdalena, Palenquito, Montecristo, o de paseo a Mompox, Cartagena o Barranquilla. Una infancia bañada en paisajes de río y mar. Pintada con todos los verdes, todos los rojos, todos los azules del Caribe. Atesorando sabores de esa comida cosmopolita propia de un puerto como Magangué, y absorbiendo olores de albarrada, de melones y mangos en el mercadito de Baracoa, sorgo y maíz que los coteros subían a los camiones de Medellín o Bucaramanga. La música de acordeón sonaba en alguna refresquería cercana.
En este abigarrado mundo Bárbara vivió su infancia. Algo de todo esto recordaría quince años después en Londres donde, a la vez que estudiaba, recorría museos, parques y bibliotecas, y el Támesis se le revelaba como un hermano del Magdalena.

De puertas abiertas

Mompox (acuarela Robertho)

Mompox (acuarela Robertho)

Su madre no la llevaba a todas las brigadas de salud, en cambio hacía parte de las jornadas de EL PEQUEÑO PERIÓDICO. Íbamos a los barrios, a los corregimientos de Cascajal y Henequén, a Puerto Limón y Talaigua. Así se fue convirtiendo en una excelente vendedora del periódico, lo disfrutaba como un juego, como parte de un paseo en el que las gentes y la naturaleza exuberante inyectaban en su espíritu una alegría de vivir que brotaba en su sonrisa y asomaba en sus ojos con indómito brillo.
Nuestra casa mantenía de puertas abiertas para “los descalzos”, esos maravillosos soñadores que habían ido al Sur de Bolívar con el milenario propósito de ayudar a los pobladores a desarrollar sus propias fuerzas productivas, a vivir pacíficamente, sin penurias, con salud y dignidad.

La alegría de Totó

Bárbara (izq) con el Grupo Aprendiz de Brujo en el Archivo Histórico de Medellín, durante una sesión de Vigías del Patrimonio.

Bárbara (izq) con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo en el Archivo Histórico de Medellín, durante una sesión de Vigías del Patrimonio, 2011.

Por esas jugadas del azar, conocimos a Totó en su viaje a pie por las tradiciones de Talaigua Viejo. Iba con una grabadora recogiendo cantos, aprendiendo de Ramona Ruiz y las bailadoras de chandé de Mompox. Conoció nuestro periódico y se estableció una sólida amistad. Visitarla en su casa de Talaigua Nuevo era una delicia que impregnaba a Bárbara de ese mundo de la gaita y el tambor, del baile y el jolgorio, del pescado con yuca y suero, y guarapo de tamarindo.
En cierta ocasión organizamos con Totó la celebración de una cumbiamba en una discoteca a las afueras de Magangué. Era de noche. El lugar era muy amplio y los invitados iban ocupando sus mesas alrededor de un inmenso patio con palmeras. En una de aquellas mesas estaba Bárbara muy atenta. De pronto, todo quedó a oscuras y una cumbia empezó a sonar suavecito, como un susurro lejano. En seguida aparecieron pequeñas antorchas, como estrellas titilantes. Era como un sueño que iba brotando hasta invadir el lugar. Cuando las luces se encendieron de nuevo, iban Totó y Ramona Ruiz al frente de las bailadoras de Talaigua Viejo, iniciando la cumbiamba. Fue una noche imbuida de magia.
Seguimos a Totó a muchas partes, hasta cuando se fue a estudiar a París. Después nos volvimos a ver en los Festivales de música del Caribe y mucho tiempo después en Medellín.

El retorno

En la biblioteca de La Enseñanza de Medellín

Al regresar a Medellín ingresó al Colegio La Enseñanza para cursar el bachillerato.

Quizás por todo esto Bárbara no entendía qué sucedía, por qué tenía que recoger sus libros, sus mascotas de peluche, su ropa. Después de un proceso de liquidación del Centro Médico de Especialistas, triste tarea a cargo de su madre, y el cierre del periódico, tuvimos que emigrar para salvar la vida. Ya no se podían hacer brigadas de salud, en el país se había instalado el terror armado amparado en la demagogia del gobierno de Belisario Betancur que cedía terrenos soberanos a la guerrilla.
Fue un viaje de derrotados. El sueño de servir a las gentes de Magangué quedaba hecho trizas. Como desplazados retornamos a Medellín, la tierra natal de Bárbara, para empezar de nuevo. Ingresó al Colegio La Enseñanza donde cursó su bachillerato y accedió a las ventajas de hacer las cosas con organización. Pero si en el Sur de Bolívar se vivía un nefasto capítulo de barbarie, en Medellín cundía la inseguridad exacerbada por Pablo Escobar, el patrón del narcotráfico. La ciudad que le tocó a Bárbara vivía bajo la zozobra cotidiana de los atentados. Sin embargo, en medio de aquella incertidumbre renació el periódico, nuevas sangres lo alimentaron y se convirtió en antídoto a la desesperanza reinante. Casi sin darnos cuenta fue compañía, como un hermanito con quien Bárbara crecía y ayudaba, junto con su madre, en la construcción de una editorial literaria que fue tomando forma alrededor del periódico. Desde entonces Bárbara ha participado en las discusiones editoriales, con todo lo que esta labor implica de lecturas, corrección y edición de textos, diseño y diagramación, y en la organización del lanzamiento de libros de la Fundación Arte & Ciencia.

Pasando revista a una edición del periódico.

Pasando revista a una edición del periódico.

El ingreso a la Universidad de Antioquia marcó su vida con nuevas experiencias y amistades. Mientras adelantaba sus estudios de Antropología se involucró en la organización de uno de los movimientos literarios más importantes que se haya desarrollado entre la juventud de Medellín de comienzos de este siglo: Toma La Palabra.

Toma La Palabra

Las primeras reuniones fueron en la cafetería del Paraninfo, que se conjugaban con las tertulias literarias que tenían lugar los sábados en Comfama de San Ignacio. Al comienzo asistieron los compañeros de estudio de Bárbara con quienes se fue perfilando el grupo director. Luego llegaron jóvenes de otras universidades y colegios.
Esta experiencia merece capítulo especial, pero lo que queremos resaltar aquí es la confluencia de una generación que supo encarnar el espíritu de la palabra como potente instrumento expresivo en épocas de incertidumbre. Que supo dar vida al término “Encuentro”, llegando a reunir en seis años consecutivos a miles de jóvenes de diversas partes del país cuyo santo y seña era un escrito en forma de cuento, crónica o poema.

Bárbara Galeano Zuluaga - Presentación del Libro Perfil de Mujer.

Bárbara Galeano Zuluaga – Presentación del Libro Perfil de Mujer.

Cada líder de esta gesta puso en juego su talento. Lo que Bárbara hizo fue aglutinar armoniosamente esas energías para materializar los propósitos. Como si de repente todas las vivencias acumuladas en su infancia y adolescencia se desencadenaran con fuerza sabia, con belleza creadora. Porque organizar es un arte. Acoger ideas y personas, administrar los bríos, gestionar recursos, convencer y conmover, contener y liberar, prever, proyectar. Sin tener un peso, lograr la hazaña de realizar Encuentros exitosos de gran calidad. No todo se traduce en metálico. Grandes y pequeñas empresas apoyaron Toma La Palabra porque vieron allí un sueño pujante de juventud, con propósitos claros y cohesión organizativa.
Y no le bastó a Bárbara dirigir ese proyecto, sino que tomó las riendas de la Fundación Arte & Ciencia y le dio un vuelco total, la desarrugó y la extendió, abrió sus puertas, se rodeó de un grupo de jóvenes como ella, llenos de entusiasmo y deseosos de conquistar un lugar en la ciudad, en el país, en el mundo.

Su Tesis de grado, Mompox, un activo de la memoria de la Humanidad, es un estudio sobre la riqueza cultural de ese puerto anclado en el tiempo que conserva todavía muchas de sus construcciones y costumbres coloniales. En el texto de presentación recuerda su infancia cuando correteaba por aquellos caserones y calles adoquinadas, aquella albarrada y las empinadas iglesias, el cementerio masón y el Colegio Pinillos, así como los talleres de orfebrería, paladeaba el dulce de cáscara de limón y el jugo de tamarindo.

Bárbara con el grupo Vigías del Patrimonio del Corregimiento de Altavista, Medellín. 2011

Bárbara con el grupo Vigías del Patrimonio del Corregimiento de Altavista, Medellín. 2011

Luego trabajó con la Alcaldía de Medellín en los programas de Patrimonio Cultural, participó en la creación de la Red de Museos de Medellín y viajó representando a la ciudad y al país a los Encuentros Iberoamericanos de Montevideo y Lima. En la actualidad es la Coordinadora Académica del Departamento de Extensión Cultural de la Vicerrectoría de Extensión de la Universidad de Antioquia.

Mi maestra

Bárbara Galeano Zuluaga.

Bárbara Galeano Zuluaga, Parque Los Olivos en Lima, Perú

Me es imposible ser objetivo y con mayor razón cuando hablo de mi hija. La información que los padres tienen de sus hijos es abrumadora. Sufrimos con su dolor, no importa la hora ni el lugar siempre estamos pensando cómo les irá, sus sueños, su trabajo, sus desengaños y sus renovadas ilusiones. Su forma de ser, su talento y energía juvenil para organizar me ha enseñado más que cualquier otra persona o institución. Por eso, ad portas del cierre definitivo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, lo menos que puedo hacer es rendir un homenaje a la madre y a la hija que han sabido comprender el terco viaje de estos 30 años. Dicen que la educación de los hijos es muy difícil, pero debo confesar que mi hija me ha educado con una facilidad impresionante. Ello se debe a que hemos procurado mantener la mente y el corazón muy abiertos, y a que ella quizás tiene más información de mí que yo mismo.

Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 99, edición impresa. Agosto de 2012

Read Full Post »

El Comité organizador de TOMA LA PALABRA informa que el 7º Encuentro de Escritores Jóvenes, convocado para el 9 y 10 de octubre de este año,  ha sido aplazado para el 2009. Queremos entregar un evento digno de la historia de estos encuentros, en el que puedan participar jóvenes de todos los rincones de Colombia. Por eso preferimos reunir fuerzas para que más entidades culturales y juveniles se atrevan a soñar con nosotros este espacio de crítica y fraternidad.

No obstante, realizaremos un Encuentro Zonal de TOMA LA PALABRA en el parque Biblioteca Tomás Carrasquilla-La Quintana, el próximo 17 de octubre. Al evento asistirán estudiantes de la Zona 2 de Medellín. Éste es apenas un preámbulo de varios encuentros locales preparatorios que se realizarán en la ciudad y otras partes del país durante el primer semestre de 2009.  

Read Full Post »

                           

 Este año el Encuentro tendrá lugar en Medellín, los días 9 y 10 de octubre, con el tema ¿Cómo nacen tus historias?

 

TOMA  LA PALABRA no se trata de una asamblea para ponerse de acuerdo o para aprobar algo. No, TOMA LA PALABRA es esencialmente un encuentro, un espacio, una oportunidad para compartir escritos y lecturas. Aprender de los escritores invitados como talleristas que no hablan de su obra, sino que asisten para conocer los textos de los “pichones de escritores”, como lo dijera Gustavo Álvarez Gardeazábal, invitado especial en la quinta versión.Como encuentro, cada joven pone a prueba su propio criterio, lee su escrito sometiéndose así a la crítica de sus compañeros y del escritor invitado. Es una oportunidad de fortalecer su capacidad autocrítica. Pero no se crea que son ataques o descalificaciones. Todo se desarrolla dentro de una atmósfera de fraternidad, lo que no implica condescendencia. Al contrario, los debates son intensos pero alegres, como debe ser toda fiesta del espíritu, de la creación artística, de la juventud. Es una genuina escuela de la convivencia civilizada, en cuya caldera se forjan verdaderos líderes respetuosos de la otredad.

Este año la 7ª versión tendrá lugar en Medellín y el tema central será ¿Cómo nacen tus historias?, con el cual se pretende que los creadores hurguen su alma y exploraen la forma cómo van tomando vuelo sus historias. Se realizarán talleres de cuento, periodismo, dramaturgia, poesía y ensayo, durante dos meses, para afinar la pluma, a fin de llegar el 9 y 10 de octubre, al evento central, con las mejores propuestas literarias.

TOMA LA PALABRA no es un concurso.

Es un Encuentro en el cual cada joven pone a prueba su criterio, lee en público su propio escrito y se somete así a la crítica de los compañeros y del escritor invitado. Todo se desarrolla en una atmósfera de fraternidad. Pueden participar los jóvenes entre los 14 y 24 años, que presenten un trabajo de acuerdo a los siguientes

Requisitos:

1 Debe pertenecer a los géneros de cuento, poesía, ensayo, periodismo o dramaturgia.

2 La extensión no podrá ser superior a 5 cuartillas u hojas tamaño carta, en original y una copia, a doble espacio, por un solo lado, en letra Arial a 12 puntos. En el caso de poesía, será mínimo 3 poemas y máximo 5. Los participantes deberán anexar en forma digital el trabajo en un CD en Word.

3 En sobre aparte deberán anexar los siguientes datos: nombre completo, dirección, teléfono, correo electrónico, número del documento de identidad e institución a la cual pertenece.

4  El plazo de admisión de los trabajos se cerrará el 22 de septiembre de 2008.  El valor de la inscripción es de $15 mil que deberán ser consignados en la cuenta de ahorros 1004-2565248 Bancolombia, a nombre de FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA.

5  Los trabajos deberán enviarse a la siguiente dirección:

FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA

7º Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes TOMA LA PALABRA

Carrera 49 No. 49-73 Of. 12-06

Edificio Seguros Bolívarlogo-toma-la-palabra.jpg

Teléfono 2930912

Medellín, Colombia.

Contáctenos:  tomalapalabra2008@gmail.com 

 

 

 

 

   

Read Full Post »

Jóvenes elaborando la pancarta del Encuentro 6º ENCUENTRO NACIONAL DE ESCRITORES JÓVENES TOMA LA PALABRA 

Propósito

La palabra es uno de los recursos que tenemos los seres humanos para enfrentarnos al mundo. A través de ella tratamos de aprehender y nombrar aquello innombrable de la condición humana. Ella es la linterna con la que nos internamos en las profundidades del alma para indagar por nuestra existencia.TOMA LA PALABRA se concibe como un espacio de expresión para que los jóvenes tengan la posibilidad de expresar y compartir, a través de la palabra escrita, sus maneras de ver el mundo, sus gustos, las inquietudes propias de su búsqueda individual y los sentimientos que les genera un país conflictivo como el nuestro. (más…)

Read Full Post »