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Archive for the ‘Literatura’ Category

Gaitán y la masacre del 9 de Abril

Ángel Galeano Higua

Masacre del 9 de abril – Débora Arango – acuarela

Débora está sentada en mitad de la calle junto al Parque de Berrío, con su caballete, entre ingenua y avispada, tomando apuntes para una pintura de la manifestación. Gaitán es un potente imán que atrae a la multitud. Su llegada ha sido apoteósica. Medellín se ha volcado detrás de él en un río de fiesta. Todos quieren verlo, saludarlo, tocarlo. Para la iglesia y los sectores más conservadores, él es el anticristo, el demonio liberal, el revolucionario. Para los liberales y el pueblo, Gaitán representa la esperanza, la dignidad, la oportunidad de una sociedad más justa y respetuosa. La multitud se agita y ondea las banderas multicolores. Al comienzo Débora puede recoger algunos trazos, pero la gente pasa, empuja, los trazos se desvían. Alguien tropieza con el caballete, otro tumba los frascos… la avalancha circula detrás del caudillo y a duras penas Débora logra salvar algunas cosas. Entre empellones traza unas cuantas líneas más y luego se marcha a su estudio. Así le ha tocado muchas veces, correr a su paleta con la imagen que acaba de recoger en la memoria. Ese ejercicio repetido a fuerza de circunstancias para retener en su mente los colores llenos de vida, los gestos, las actitudes y ademanes, la atmósfera palpitante de humanidad.

De aquella vivencia surge Gaitán, una abigarrada acuarela en la que se puede observar la gigantesca figura del caudillo que avanza sobre el lomo de la multitud. El colorido es una cita de seres humanos entusiasmados rodeados por banderas de diversos países. El cuadro parece haber sido creado como los murales, por secciones. Gaitán es el homenaje de Débora a aquel hombre que una vez la acogió con fraternidad y respeto.

Ahora Gaitán ya no ocupa ningún cargo en el gobierno, pues el conservador antioqueño Mariano Ospina Pérez ha ganado la presidencia en las elecciones de 1946. Es un período difícil para el país. A pesar de haber logrado la presidencia, los conservadores no controlan el congreso, ni los consejos municipales, ni las asambleas departamentales. Se desata una ola de violencia en las zonas rurales de Santander y Boyacá contra los liberales. Pronto el país entra en una zozobra dolorosa. En ese ambiente Gaitán consolida su liderazgo y es elegido jefe único del liberalismo. La violencia se acrecienta, las autoridades de policía toman partido quebrando su imparcialidad constitucional, los periódicos también se alinean en uno u otro bando dedicando sus páginas a exaltar a sus favoritos y a denigrar del contrario. A estos gravísimos hechos se le suma que la iglesia acrecienta su protagonismo político hasta llegar a puntos extremos como el de Monseñor Builes cuando declara desde el púlpito que los liberales no pueden ser considerados católicos. En medio de esta atmósfera de exacerbada violencia la población vive injustas condiciones de vida: salarios de hambre, carencia de servicios de salud, educación y vivienda. La mujer continúa marginada sin derechos civiles.

Al acercarse la fecha de la celebración de la IX Conferencia Panamericana, que se realizará en Bogotá, cierta paridad que tenía el gobierno de Ospina Pérez se rompe, los pocos liberales que hacían parte del gabinete renuncian y Ospina Pérez conforma un gobierno enteramente conservador. Es entonces cuando en plena celebración de la IX Conferencia, el 9 de abril de 1948, cae asesinado Jorge Eliécer Gaitán en pleno corazón de Bogotá. El criminal es detenido, linchado por la turba y su cuerpo arrastrado por las céntricas calles de la capital.

A partir de ese instante Bogotá entra en una catarsis monstruosa. La ira de la población se desborda y se suceden los saqueos, crímenes, incendios. La ciudad se parece a las de Europa bombardeada durante la segunda guerra mundial. La violencia se riega por todo el país, campos y ciudades chorrean la sangre fratricida de los colombianos.

Débora plasma con sus pinceles el dolor que la embarga. Su obra adquiere otro vuelo y recoge las imágenes desgarradoras que en compañía de su padre y hermanos escuchan por la radio en su casa finca de Envigado. La acuarela Masacre del 9 de abril, es una magnífica condena a los violentos hechos que generaron la sangrienta racha. La pintura es una composición de cinco movimientos unidos alrededor de una edificación que simboliza la república. En primer instancia aparece Gaitán en una camilla que sus seguidores suben, algunos de ellos con improvisadas armas rústicas. Al lado derecho el asesino es arrastrado por las calles. En el mismo costado en la parte superior, aparecen entre incendios, los uniformados matando a varias personas. Al lado izquierdo, varios curas escapan por una escalera, ayudados en la parte superior por otros religiosos. Y en la parte central superior, una mujer de la bohemia toca las campanas sostenida por las piernas por un monje. Y en mitad exactamente de toda la acuarela las palabras “Viva Gaitán”.

La salida de Laureano (óleo de Débora Arango)

Se suceden hechos inauditos en todo el país. Setecientos liberales de Puerto Berrío son apresados en sus casas para sofocar una posible revuelta a raíz del asesinato de Gaitán y enviados en trenes a Medellín, los encierran en la plaza de toros durante tres días, a la intemperie, en condiciones humillantes y sin alimento. Débora pinta El tren de la muerte, una acuarela dramática en la que se ve el tren rodando por la carrilera y en uno de los vagones se muestran cabezas y cuerpos mutilados que llevan como macabra mercancía. En las puertas resaltan las huellas de unas manos ensangrentadas. El humo blancuzco sobre el tren es una avalancha de espirales. Débora ha complementado esta escena con un viaje al puerto sobre el Gran Río.

La obra pictórica de Débora se hunde en los momentos históricos que vive el país. Es el testimonio de una artista que no puede callar su grito de horror ante tanta barbarie.

En medio de ese baño de sangre, vienen unas elecciones presidenciales a las cuales no concurre el liberalismo por razones obvias. Laureano Gómez resulta presidente y de inmediato constituye un gabinete conservador con el cual se propone instaurar una hegemonía absoluta. Un ataque al corazón lo obliga a retirarse del poder por un tiempo, pero cuando quiere retornar sucede un golpe militar encabezado por el general Gustavo Rojas Pinilla y Colombia entra en otra etapa tenebrosa de su historia. Débora, muy atenta desde Casablanca, plasma este episodio con una nueva fuerza satírica. Salida de Laureano es una acuarela con nuevos elementos simbólicos que inaugura en la obra de Débora una nueva etapa. La representación de personajes con figuras animales se perfila en este cuadro que muestra a Laureano como enorme y horrible sapo que va en una camilla cargada por cuatro chulos. La marcha va encabezada por un esqueleto cuya bandera lleva impresa la calavera cruzada por dos fémures. El cuadro está pintado en diagonal y en la parte superior izquierda, oscura, se ven varios curas de camándula al cuello con los brazos en alto saludando a Laureano. Una hilera de cañones los custodia. En el extremo opuesto de la diagonal están los militares enfilados. Cierra el desfile un militar con gorra y un fusil en la mano en ademán de aplastar con la culata algunos bichos que hay en el piso. Esta pintura la repitió Débora al óleo.

En esta nueva metáfora zoomorfa de la obra de Débora están las pinturas La danza, La justicia, La República, Junta Militar, Doña Berta y Plebiscito, que son un inventario de nuestra historia durante esos aciagos tiempos.

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Tomado de Débora Arango: El arte, venganza sublime. 100 Personajes, 100 Autores. Edit. Panamericana.

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El negro

Ángel Galeano Higua

 

El negro está allí, tirado entre los árboles. No muerto. Tirado. Recargado. El cuello en ángulo recto. Como si quisiera mirarse el pecho. Estirados los pies, sin tensión. Descansando. Los ojos cerrados. Al primer vistazo parecía dormido. Pero luego daba la impresión de tener la mirada perdida. Viajera. Una mano sobre el pecho. Desgonzada. La otra sobre las hojas secas en el suelo. Los dedos hundidos, leves, como raíces.

Cuando lo vi, lo envidié. Por su despreocupación. Pero luego sentí compasión. Llegué a pensar que estaba allí por desconsuelo. Apartado. Pensándose a sí mismo. O que era un desplazado de Bojayá. Pero al mirarle el traje apareció en mi mente un recuerdo de jazz. De una banda de jazz. De un saxofonista. Lo digo por el traje y por el semblante de negro respetable, con pinceladas de plata en las sienes. Le calculé 60 años. No sé porqué. No tengo argumentos. Sólo le vi 60 años. Ni un año más, ni un año menos. Nunca he ido a los barrios de los negros. No sé si haya barrios sólo para negros. Como en norteamérica. O en sudáfrica. A lo mejor me trabaja la carátula de un disco de Ellington o de Gillespie. O alguna novela de Faulkner. No tengo forma de asegurarlo. Podría ser también Toni Morrison… O todos ellos juntos. No lo sé. O el afiche de aquel baterista en la cafetería de Izmenia. Le gustan tanto los blues a ella. Algo tengo que me hermana con este negro que está tirado entre los árboles. Algo de negro. Es respetable. Sí, el negro tiene aire respetable. Allí, tirado entre los árboles, y se ve tan digno. Quisiera hablarle. Oírlo. Su voz debe ser algo ronca. Gangosa. Lenta. Sosegada. Reveladora como la de todos los viejos. Los viejos negros. Pero, ¿cómo vino a parar aquí? Ya estaba cuando yo llegué. Eso le da derecho a guardar silencio. O a preguntar primero. Y yo, ¿cómo llegué aquí? ¿Por qué estoy aquí esperando al negro? Nadie más vino conmigo. De repente siento que siempre he estado aquí. Que no soy de otro lugar, sino de aquí. Esperando a que el negro despierte. A que se mueva. A que dé alguna muestra de vida. De que respira. No es que parezca muerto. No me lo parece. No. Pero qué alivio sería verlo moverse. O suspirar. Yo también suspiraría. Está vivo. Tiene que estar vivo. Si estuviera muerto se notaría en algo. En la atmósfera. En algo. En los mismos árboles. En él mismo. En mí. Sus dedos como raíces no son para un muerto. Creo verle la música en las yemas. Piano o saxofón. O trompeta. O batería… Algo mucho de tambor. Su semblante es de pura vida en reposo. Pienso en el alivio posterior a la danza. O en la paz de un sabio que espera. Es un negro inmenso. Total. La arboleda se vería desolada sin él. Es como si los árboles hubieran crecido para él. Para que se recargara en ellos. Debió llegar hace mucho tiempo. Lo digo porque parece integrado a la corteza. Pero también me sugiere que está recién recargado. O como si todavía estuviese acomodándose. Disfrutando las dificultades del acomodamiento. Como si se sintiese cómodo en la mera disposición.

El negro sigue allí. Tirado entre los árboles. Espero alguna pista de él. Relacionada con él. Procedente de él. Que llegue a él. Que me remita a él. Acostado me parece que es alto. Me hace pensar en casi dos metros de estatura. O más. Alto. Muy alto. Como si se hubiese tirado allí para no verse más alto que los demás. O para presentarse más bajo sin parecerlo. Entre los árboles, un árbol más. No me puedo cansar en esta espera. Ya no estoy al comienzo. Han pasado jornadas. Sigo aquí. Observando al negro. Aguardando. No aguardándolo, sino aguardando a que mueva un dedo. O un párpado. Creo que el mundo va a temblar cuando el negro se mueva. Cuando despierte. Cuando parpadee. La tierra se sacudirá cuando el negro suspire. Será un suspiro salido de bien adentro. De los entresijos de su alma. En voz alta. Eso pienso. Eso espero. Aquí… Una hoja cae. Lenta. Muy lenta. Testimonio de los lametazos del viento en las copas. Cae muy pero muy lenta. Como haciendo malabares en cuerdas invisibles. Trapecista que se regodea antes de caer en el pecho del negro. Cae. Cae… Sigue cayendo. Rebota. Como si se hubiera estrellado contra el nido de un pájaro. Rueda, pero alcanza a detenerse sobre el inmenso pecho del negro. Esa hoja delicada y silenciosa parece un grito que va a despertar de manera abrupta al negro. Pero se aquieta. Reposa en el reposo. Hace ver al negro más fuerte y más paciente. Pero también más tierno. Hoja tierna sobre su corazón. Un saludo susurrante. Entre sueños. Otra hoja cae. A un lado, cae. Sobre las otras hojas del suelo. Sobre el colchón amortigüante. El viento vuelve a lamer las alturas. Es la música que arrulla al negro. Otras hojas caen. Revolotean en la caída libre. Libres. Lentas. Muy lentas, perezosas de caer. En el silencio rumoroso el viento aumenta la sensación de sosiego. Es un silencio que parece gritar. Como si fuera a despertar al negro. Una de las hojas va directa a su rostro. La veo caer escondiéndose entre las demás. Debo detenerla. Sí, debo evitar que golpee al negro en el rostro. Interrumpiría con brusquedad su reflexión ensimismada… Pero no puedo moverme. Ni extender mis brazos. Si los muevo caerán más hojas y nidos con polluelos… Y el negro despertaría sobresaltado. Y podría morir. Y no tengo ningún derecho. Tampoco puedo caminar. Mis pies han echado raíces. Y la hoja cae… Sigue cayendo…
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Tomado de Palabras al viento, Edit Fundación Arte & Ciencia. Colección El Aprendiz de Brujo.

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“Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta.” (Conrado Zuluaga)

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

Fredy Sánchez Caballero, Artista plástico y aprendiz de escritor.

 

 El Yayo

F. Sánchez Caballero

Era tímido y manso, tenía los dientes podridos y una vocecilla escasa y débil, que gastaba imitando el canto de las aves. Su apodo obedecía, a las sílabas que tartamudeaba como una llama agitada por la brisa al inicio de todo intento de respuesta, como si siempre debiera justificarse por algo. El Yayo era el hazmerreír del pueblo, a quien todos cogían como centro de sus burlas. Tan pisoteado y pateado como el forro viejo de una bola de trapo. Su escuálida figura y su presencia desprevenida molestaba a algunos, así como su sonrisa retraída y su aire de no hacerle falta nada, hasta su pelo tostado, despeinado y rebelde. Presenció los restos calcinados de Nicanor, el joven tendero, quien en vida fuera una de las pocas personas que lo trató con respeto y dignidad. El cuerpo mancilladlo de Nicanor fue hallado en un extremo “enrastrojado” del puerto, a donde su madre luego de muchas súplicas y llanto, fragmentados y mezquinos indicios, lo halló. El Yayo siguió por instinto el rastro húmedo de sus lágrimas y asistió el dolor de esa mujer, hasta impulsarla a levantar lo que quedaba de su hijo muerto. No tenía certidumbre de lo ocurrido, pero sus ojos acuosos le decían que los tiempos de la ingenuidad y la alegría habían quedado atrás. El mundo andaba al garete y lejos de su comprensión. Algo muy oscuro habitaba ahora el alma de las personas.

Pocas noches después observó a un grupo de hombres con armas y vestidos de camuflado que patrullaba las calles como tantas veces en el pasado y se aproximó hasta ellos con determinación. Jamás pisó una escuela, así que no advirtió la sigla que los identificaba.

― Muchachos, ahora sí me voy con ustedes ―les dijo todavía con voz quebrada y adolorida― quemaron vivo a mi amigo Nicanor.

Los hombres lo examinaron de arriba a abajo, luego se miraron con desconcierto y lo invitaron a su campamento a las afueras del pueblo. Con sorna y preguntas engañosas, decidieron su destino entre risas y sin aspavientos. Ponían en duda que con su frágil estampa pudiera con un fusil, pero ―eso es lo de menos ―dijeron― los locos tienen mucha fuerza. Antes de ponerle un uniforme debían saber si era capaz de cavar trincheras y le dieron una pala para que hiciera un hueco del tamaño de su cuerpo… Cavó tan profundamente como pudo entre dos árboles que junto a la luna roja serían los únicos testigos de su desgracia. Quizá solo en el último instante, en esa milimétrica fracción de tiempo en que vio venir la pala directo a su sonrisa  retraída, supo que se había equivocado de bando.

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Fredy Sánchez Caballero ha publicado las siguientes obras: El libre albedrío – 2011 – Libro de poemas artísticos.
Cuando va a llover, llueve – 2013 – Cuentos.  La isla de las máscaras – 2015 – Novela corta ilustrada. Con el cuento Pitalúa obtuvo Segundo lugar en el concurso de Cuento breve 2017, de la Cámara de Comercio y El Túnel de Montería. Con su proyecto Un artista en tierra ajena, fue finalista en el concurso de Estímulos 2017 de la Alcaldía de Envigado, Antioquia. El Yayo es uno de los cuentos que conforman La espera compartida, el quinto volumen de la Colección El Aprendiz de Brujo de la Fundación Arte & Ciencia.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

El primer libro de Leandro Alberto Vásquez

Leandro Alberto Vásquez Sámchez, al recibir el primer ejemplar de su primer libro. (Archivo El Pequeño Periódico, 2017)

Gambeta

1

 

Vio una luz sin ganas al final del corredor. No derramaba la sombra del umbral del patio. Caminó a su encuentro y levantó la cabeza con valentía. Al ver el cielo gris, quiso extender sus manos para diluir la maraña de nubarrones que apresaban el sol, pero ni los pájaros, a pesar de la velocidad con que volaban, podían lograrlo.

Ahora, cuando le pregunte a su madre si puede salir, ella le responderá con un no rotundo, argumentando que la lluvia enferma sus pulmones. Tendrá que regresar a su cuarto y sentarse tras la ventana a contemplar el arco norte de la cancha de microfútbol. Desde ahí imaginará a sus amigos corriendo tras la pelota, las pantalonetas y camisetas mojadas, los zapatos anegados, las lenguas serpenteando por la cara para refrescarse con la mezcla de agua y sudor.

Parado todavía en el umbral del patio, sintió una caricia tibia. Amagó levantar la cabeza, pero la dejó caer de nuevo. Apenas lo hizo y como si hubiera reconocido a alguien, la irguió. El sol encendió su mirada, como un relámpago que ilumina un cuarto en tinieblas.

Entró a su habitación, buscó los zapatos y se los calzó, pero no los anudó. Cruzó el corredor, llegó a la sala y bajó las escalas. No vio a su mamá bajo la bóveda de estrellas verdes que entretejían las hojas del brevo.

La madre surgió del antejardín. Dos rosas rojas temblaron a su paso. Puso la regadera en tierra y sacudió unas gotas de agua helada prendidas de sus dedos que cayeron en las piernas de Gambeta.

— Má, me voy a jugar —dijo el niño, quien se repuso del frío y corrió. Aunque sólo fueron posibles algunas zancadas, porque apenas partió, ella gritó:

— ¡Santiago Marín! Venga —paró y, cabizbajo, retrocedió despacio.

— ¿Esos son los zapatos buenos? —le preguntó la madre.

A Santiago le decían Gambeta por patizambo. Al caminar arrastraba su pierna izquierda que era seis centímetros más corta y estaba flexionada hacia fuera. El concreto de la cancha de microfútbol roía las suelas de sus zapatos, luego las medias y después la planta de ese pie con sus picotazos como de buitre. A menudo tenía que abandonar el juego porque pateaba el suelo con los dedos desprotegidos y perdía las uñas y trozos de piel. Ahora los únicos zapatos con los que contaba eran unas botas de cuero a las que sus amigos llamaban tumbamuros. Su ortopedista, quien le decía Garrincha, como al más querido de los punteros derechos brasileños, se los diseñó para enderezar su pierna.

— No hay zapato que le aguante esa pata y ahora quiere jugar fútbol con los ortopédicos. ¿Usted cree que su padre tiene dinero para comprarle un par cada mes?

— Pero mami…

— Se los quita ¡ya!

El niño volvió a su casa.

 

2

El sol regresó a su cárcel de nubes. El viento alborotó las hojas del brevo. Luz prefirió entrar a su casa antes de que se desatara el aguacero. Cuando se arrellanó en el sofá de la sala, los cojines suspiraron bajo su peso. En el noticiero pasaban las imágenes de New Orleans devastada por el huracán Catrina. Pobres gentes, pensaba. El agua invadía todo, en pie ni los árboles, apenas les quedó el mundo roto.

Luz miró el altar sobre la mesa de vidrio para pedirle a Cristo por esos hombres, pero descubrió que las hojas de penca de sábila amarradas a la cruz de madera estaban secas. Para olvidar el mal presagio, cerró los ojos. Quiso descansar cinco minutos. Se hundió en la oscuridad. La imagen de unas botas negras, el tac de una gota de agua y el ladrido de un perro, trajeron a Gambeta hasta su sueño. Estaban en el patio y ella lo abrazó con fuerza, pero él no paraba de llorar. Las lágrimas resbalaban por el tobogán de su nariz y sus mejillas, y desde ahí se hundían en el vacío para pintar una mancha húmeda en el piso de cemento. Cayeron una junto a la otra hasta que creció un charco bajo sus pies.

Cuando despertó se sentó en la poltrona, se calzó las sandalias y se puso en marcha. Arrastraba sus pasos, pues la sangre parecía termitas circulando por sus piernas aletargadas. En voz baja, casi como de pensamiento, se reprochaba su severidad con el niño. Lo buscó para consolarlo, entre las cobijas, detrás de las puertas, debajo de las camas y las mesas. Suspiró cuando el trino de un cucarachero perturbó el silencio.

La ventana del patio estaba abierta. La cortina eran dos alas blancas que querían escapar con el ventarrón.  Cerró para que no se colara la lluvia. Las botas ortopédicas de Gambeta estaban en el piso. Cuando se asomó a la calle, no vio al niño. Había escapado por la ventana.

¿Dónde estaba su hijo? Ojala resguardado en la casa de algún amigo mientras pasaba el aguacero. Luz se rascaba los brazos, a pesar de que el tamborileo de las gotas en el techo  la picaba en un lugar del cuerpo que no lograba definir y mucho menos alcanzar con sus uñas. En la cocina espantó de un manotazo un mosco que comía las sobras del almuerzo de Gambeta. Lo persiguió con sevicia, pero sólo derribó, por accidente, un edificio de ollas que sepultó su poca tranquilidad bajo el trepidar metálico.

Luz colocó una olla de aluminio sobre el televisor para que no le callera una gotera del techo. El ruido, como de campana ronca, llenaba la casa. Miraba el aguacero desde la ventana, mientras bebía café en un pocillo desorejado. La lluvia, que velaba las montañas que abrazaban el Valle de Aburrá, azotaba las casas, estallaba en el pavimento, resbalaba en goteras por el vidrio de la ventana. Los árboles se mecían con el ventarrón que les quitaba la paciencia. Por las calles desfilaban arroyos turbios. El paso incontenible del agua arrastraba piedras y palos, envolturas de papitas y confites, vasos de plástico que se colaban bajo las puertas en su afán por encontrar un lugar donde descansar de su carrera. De los desagües de las terrazas caían chorros que se estrellaban en el pavimento con furia de cascada.

Un relámpago inundó la calle. Ella pensó en llamar a su esposo para quejarse de su soledad, de su miedo, pero qué le iba a decir cuando le preguntara dónde estaba su hijo. Encendió una veladora junto a la cruz de madera. La llama hacía bailar las sombras de los muebles. De rodillas rezó: Jesucristo aplaca tu ira, tu justicia y tu rigor, dulce Jesús de mi vida, misericordia señor.

Repitió la oración tres veces. La lluvia amainó. A la cuarta, escuchó el alboroto en la calle. Por donde antes bajaba el agua, subían familias con sus maletas a cuestas. ¿Qué pasaba? Ahora no importaba. Tenía que encontrar a su hijo. Salió sin saber dónde buscarlo. Don Evelio, un vecino que vestía apenas calzoncillos y camisilla, descalzo, con su hija cargada, le explicó:

— Corra doña Luz, se reventó la represa de Fabricato y esto se va a inundar en cualquier momento.

— Don Evelio, ¿ha visto a mi niño? — le preguntó, pero el señor ya corría calle arriba.

Luz recordó que desde que construyeron la represa la gente lo había advertido: un día se iba a reventar y todo el municipio de Bello terminaría inundado. Quienes la construyeron decían que eso no era posible, y miren lo que pasaba ahora. En la radio confirmaron la tragedia. Luz se calzó unas chanclas, tomó la cruz de madera y regresó a la calle. Cuando vio el gajo de penca de sábila seco anudado a la cruz, pensó que no había atendido la señal que Cristo le había enviado. Era tan incrédula que prefirió cerrar los ojos y obviar el mal presagio. Con rabia, arrojó las hojas al suelo.

Parecía que la lluvia brotara de las lámparas. Los automóviles, atestados de pasajeros, rompían los charcos áureos en su afán por huir del barrio. Luz chocó con un hombre que llevaba un televisor a cuestas. La carga tambaleó y por poco le cae encima. Una carreta tirada por un caballo que llevaba cerca de quince personas a toda marcha casi la embiste. Apretó la cruz en su puño.

 

3

Gambeta corría por el extremo izquierdo de la cancha cuando El burro le cortó el paso. Amagó a la izquierda y después a la derecha. Del suelo volaron gotas de agua a la cara de El burro, quien pensaba que Gambeta tambaleaba, que sus piernas arqueadas como una sonrisa terminarían enredadas, que caería de narices sobre el charco. Pero salió disparado por la derecha, El burro lo alcanzó y entonces Gambeta frenó y de taquito le pasó el balón entre las piernas. Cuando iba a patear al arco, sintió que alguien lo tomaba de la oreja. Era su mamá que lo amenazaba con una cruz de madera.

Luz arrastró a su hijo hasta el paradero de los buses, pero allí se peleaban por subir. Sólo lo lograban quienes imponían su fuerza. Una mujer que llevaba dos niños cargados, gritaba desesperada y forcejeaba para ingresar, pero era imposible. Impotente, lo único que se le ocurrió a la mamá de Gambeta fue escapar al cerro Quitasol.

Se detuvieron en La abundancia, una tienda donde había muchas personas reunidas en silencio con sus maletas y algunos electrodomésticos. Cuando preguntó qué pasaba, le contaron que en la radio estaban informando que en la vereda El Salado ya habían muerto cuarenta y seis personas. La gente se miraba confundida, auscultando en los rostros ajenos alguna respuesta. La noticia impulsó a Luz a seguir su camino hacia la parte más alta del barrio.

Corría con su hijo de la mano por unas calles que estaban vacías, abarrotadas de casas en silencio. Llegaron a una finquita apenas iluminada, donde despertaron a las gallinas que no se habían enterado de la inundación. Después de agacharse para pasar un alambrado que Gambeta se negaba a cruzar, cayeron en la oscuridad. A él las piedras y las espinas le laceraban las plantas de los pies. Aunque se quejaba, su madre no le prestaba atención. El niño quería escapar, regresar a su casa, no le encontraba sentido a esta huida desesperada. Lo empujaba de la mano entre matorrales por un camino que no conocían, que iban abriendo a medida que andaban, y aunque se resistía, la desesperación y la fuerza de su mamá eran mayores. Cuando ya llevaban veinte minutos de marcha, miraron atrás. Gambeta aprovechó el cansancio de su mamá para soltársele. Luz imaginaba las casas sepultadas por el agua. Su marido, Libardo, que a pesar de esta tragedia ni siquiera la había llamado, tal vez estuviera ya en su hogar y corriera peligro. No importaba. De todas maneras se dedicaba a tomar cerveza y salir con otras mujeres, éste iba a ser un nuevo comienzo con su hijo. Cuando lo miró, Gambeta ya huía montaña abajo. Le gritó para que regresara, pero fue inútil. Corrió detrás para alcanzarlo.

 

4

La puerta estaba abierta. Encendió la luz y con los dedos sofocó la llama del velón que iluminaba la sala. Su esposa siempre dormía con el televisor encendido, por eso le extrañó no ver en las paredes de los cuartos del fondo el fulgor de la pantalla. Sintió temor al sospechar que estaba solo con la voz gangosa de la radio, que anunciaba que la ruptura de la represa de Fabricato era una falsa alarma, que la ola de pánico que se desató por una inundación en Bello era infundada. No entendía. Lo que sí había pasado era que la creciente de la quebrada El Barro había arrasado varias casas y matado cuarentaiuna personas en la vereda El Salado, agregaban. La tragedia era muy lejos de su barrio, El Mirador, donde todo estaba en calma. Sin embargo le pareció que la ola de pánico tenía que ver con la ausencia de su esposa y su hijo. Llamó a Luz al teléfono móvil, no tenía señal. Marcó a su suegra y a dos nueras que vivían en municipios vecinos, pero no le dieron razón de su paradero. Salió a buscarlos.

No despertó a ningún vecino para preguntar por su familia. Le daba vergüenza, además ellos quizás no lo podrían ayudar ¿Dónde comenzar a buscarlos? Echó a andar sin importar el rumbo. Recordó que esta semana no había hablado con Luz, quien lo evitaba por sus continuas llegadas tarde. Para él todo pasaba porque ya no lo trataba con cariño. Hasta el amor era un procedimiento aprendido y repetido sin entusiasmo ni consecuencias. Las salidas en la noche a tomar cerveza, después del trabajo, le ayudaban a lidiar con esa rutina. Era imposible que por tan poco ella lo abandonara, llevándose a su hijo, sabiendo cuánto lo amaba. Sumido en sus cavilaciones, vio aparecer a Gambeta. Detrás venía Luz, que lo perseguía, jadeante.  Cuando los tres se reunieron, Libardo les preguntó de dónde venían, pero estaban demasiado agitados para responderle. Luz sólo intentó tomar a Gambeta de la camiseta, había arrojado en cualquier parte la cruz de madera y olvidado lo de la inundación, ahora sólo le interesaba imponerle su voluntad al niño, atraparlo al fin, pero él se le escapó con un drible y se escondió detrás de su papá. Ella arremetió, pero mientras rodeaba a su esposo para darle alcance, su hijo se puso por delante. Lo persiguió en círculos alrededor del hombre que los miraba impávidos hasta que Luz tropezó y cayó en la calle, donde sintió su respiración acezante, extendió los brazos en cruz y miró al cielo. No había nubes y las estrellas que centelleaban, le revelaron que nada le pertenecía.

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Leandro Alberto Vásquez Sánchez ha publicado, Saeta, Primer Conjuro (Edit. Fundación Arte & Ciencia). La condesa de Porroliso y Una mujer de aguas tomar, Perfil de Mujer (Crónicas y reportajes. Edit. Fundación Arte & Ciencia). En septiembre de 2017 obtuvo el Premio nacional de cuento “Échame un cuento”, convocado por el periódico QHUBO, con Calle sol, que hace parte de este libro de la Colección El Aprendiz de Brujo.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
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El regalo del presidente

León Javier Betancur Ospina

Un rato después de la cena se oyó por el callejón el grito de mi mamá: ¡Hey, todos, para dentro! Nos reunió a los siete en la sala alrededor de ella y de la abuela María Josefa, que se sentaban siempre a lado y lado del altarcito donde estaba La Milagrosa iluminada por dos veladoras. Sobrecogidas, repitieron los sucesos que habían oído a través del noticiero de la seis de la tarde: ‟La policía encontró el rancho quemado, los cuerpos de los tres niños y la madre incinerados en el patio. Por el camino del cafetal, el padre y el hijo mayor colgaban de un guamo con la cabeza casi desprendida de un tajo: el corte de corbata. Les habían sacado la lengua por el cuello para que se supiera la crueldad que estaban dispuestos a cometer los tales asesinos”. La abuela, con voz atribulada y suplicante, nos alertó sobre la amenaza que se cernía sobre nosotros mientras los bandoleros anduvieran vivos y escabullidos por el monte. A todos, vivos y muertos, los encomendó a la Santísima Virgen. Comenzó a entonar el rezo elevando la voz:

León Javier Betancur Ospina, al recibir el primer ejemplar de su primer libro publicado. Sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, martes 17 de octubre (Foto de Claudia Restrepo Ruiz)

— En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hoy contemplamos los Misterios Dolorosos…, y siguió monótona y mecánica el Santo Rosario. Empezaba a llover con furia. El viento no dejaba de ulular. El canto dejo y lejano de un búho parecía responder a las preces de la abuela. Finalizados los rezos, nos despacharon para la cama. Me despidieron advirtiéndome que en la mañana debía presentarme en la escuela bien aseado, para asistir a un acto público especial.

Al día siguiente muy temprano, la voz de mi madre me apuró para que tuviese tiempo suficiente para un baño meticuloso. Así lo hice y me puse el flux. Cuando me disponía a desayunar, oí el silbido de Colio, mi amigo inseparable, con quien me dirigía todos los días a la escuela. En un santiamén me volteé el chocolate y salí con la arepa en la mano.

Era sábado. Un tren de nubes negras surcaba los cielos y unos pocos rayos de sol se abrían paso para caer sobre los cerros vestidos de bruma. Al llegar a la escuela de varones, observé que la mayoría de los estudiantes había llegado. Nos pusieron en formación y nos notificaron que el evento se llevaría a cabo en la escuela de niñas y no en la de varones, por lo tanto, nos dirigiríamos allá en fila y perfecto orden.

Nuestra fila, de dos en dos, cruzó con lentitud el parque. A medida que avanzábamos las palomas nos abrían paso prefiriendo el vuelo corto bajo el follaje de los árboles. Llegamos a la escuela de niñas. Una fuerte voz, algo desgastada, salió de la desdentada boca del Director ¡A discreción! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Alinear!  Carraspeó con aire de autoridad amenazante y de nuevo, nos repitió la anécdota que esgrimía para mantenernos atentos y alineados: “Una vez, no hace mucho, el General Uribe de las Fuerzas Armadas, impartió la orden de alinear a su pelotón. Luego de desenfundar su arma y de apuntar bajo la oreja del soldado que encabezaba la fila, soltó un tiro; la bala entró por la boca abierta de un recluta que distraído, sacó la cabeza”. ¡A discreción! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Silencio, sólo debo escuchar el vuelo de las moscas! ¡Jóvenes patriotas del mañana, ahora recibirán el regalo enviado, a todos y cada uno de ustedes, por el Señor General Presidente de la República!

Hubo alborozo entre las filas. ¡Silencio!. Hay que esperar en perfecto orden. Repitió el director.

Portada, ilustración Lina Ceballos.

Una brisa fría se calaba en los cuerpos y las nubes grises se anudaron más lentas, espesas y oscuras. Me invadía una insoportable ansiedad. Observé a las niñas que salían haciendo algarabía, portando pelotas y muñecas, molinos y planchas, camas y diminutos loceros. Una de ellas, la más pequeña, de cabello negro, peinada de trenzas con moño rojo de seda en las puntas, le sonreía a un gran perro pastor de plástico que no alcanzaba a abrazar.

La espera se hizo eterna. Sólo podíamos entrar de diez en diez. Por fin llegó. Al entrar, se acrecentó la inquietud. Lelo, miré al inspector de policía y dos agentes que abrían cajas de cartón de donde sacaban caballitos y pelotas, carros, ruanas y tambores.

Llegado mi turno, una solícita maestra, baja y robusta, de rostro colorado y cálida mirada, tomó una volqueta roja grande y me la estregó con tierna sonrisa. El director que observaba, me la arrebató. Dijo que no era para mí, que lo mío era un cornetín de plástico amarillo, alegando que mis tíos eran los mejores músicos del pueblo y que así lo debía ser yo. Sentí que reventaba por dentro. Miré con ira al director, pero ya no encontré sus ojos escaldados para transmitirle mi odio. Partí con el cornetín en la mano sin determinar a nadie.  El agua caía a torrenciales y un feroz viento azotaba los árboles del parque. Tomé aire. Emprendí una vertiginosa carrera a través de los aleros de las casas hasta llegar a la de la tía Teresa. Era una mujer valiente y solo a ella podía confiar mi pena. Al contarle lo sucedido puso su mano izquierda sobre mi hombro y empuñó la derecha, levantó un poco su rostro y frunció la boca para mirar con sus ojos verdes encendidos el chaparrón. Callé. Aunque vi en su rostro la impotencia, alcancé a oír que refunfuñaba: “A ese viejo también le ha de llegar su hora”. Esperé un tiempo, que me pareció eterno, a que la lluvia cesara y cuando amainó partí hacia mi casa.

Entró la noche. Volvieron la cena, los rumores y los prolongados y repetidos ruegos al Señor. Me fui a la cama portando un candelero que puse sobre la mesita de noche. Miré a través de la ventana. El viento agitaba la silueta de los árboles producida por el relampagueo de una tempestad lejana. Metido entre las cobijas sentí los pasos de la abuela que quería constatar si estaba bien cobijado, tomó el candil y salió dejándome en la oscuridad. Cerré los ojos y me enrosqué. Los adversos recuerdos irrumpieron… El Rector me ordena que pase al frente para dar un toque de trompeta. Mi padre regresa del trabajo con un inmenso camión militar verde. Me lo entrega y dice: Es el regalo que te manda el gobierno, eres el hijo de un empleado público y tienes que cumplir los deberes con la Patria. Distribuyo siete soldados para que disparen a los chusmeros que se aparezcan a lado y lado de la vía. Lo amarro a una cabuya larga y bajo un candente sol, lo arrastro por las destapadas y polvorientas calles para que todo el pueblo que vive en las casuchas, vea el regalo del Presidente General de la República. Yo no veo a nadie. Sé que la gente se queda asombrada a mi paso. Los soldados comienzan a disparar. Un fuerte viento sacude el ala de la ventana.

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León Javier Betancur Ospina, San Antonio de Prado (corregimiento de Medellín). Laboró como docente en los colegios “Marco Fidel Suárez” y de bachillerato de la Universidad Pontificia Bolivariana. El regalo del presidente es su primer libro de cuentos publicado. En el libro inédito Luto en el patio y otros revuelos, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, aparecen sus cuentos Las obras de mi Dios y Los matarifes.

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El Río Magdalena. El Gran Río. Espina dorsal de nuestro país, escenario de luchas y conquistas, un río testigo. Allí se gesta y toma cuerpo la novela de Ángel Galeano Higua, que no podía llevar otro nombre: El río fue testigo; una obra bañada por la espesa corriente de un espíritu impetuoso que recorrió caminos de la mano de otros inconformes, para llevar a los campesinos del sur de Bolívar un aliento de creatividad que les permitiera enfrentar sus carencias.

Leonardo, el protagonista, rastrea las jornadas de él y sus compañeros por ciénagas y quebradas, caños y serranías, llevando atención médica, pero también espiritual. Cargado con un arcón repleto de libros, los comparte con niños y jóvenes ansiosos de descubrir en ellos vibrantes historias.

La novela nos pone de frente con las faenas de los pescadores, el abigarrado mundo del comercio de Magangué, las jornadas de los labriegos cultivadores de maíz, arroz y sorgo, y todo bajo el ardoroso sol que refulge sobre las aguas del río. Con meticulosidad de cronista, el narrador de El río fue testigo documenta la gesta que emprendieron un grupo de jóvenes, médicos, enfermeras, sociólogos, artistas, que dejaron las comodidades de la ciudad y se aventuraron en busca de concretar un sueño: construir una sociedad más equitativa, con la participación de todos, crear condiciones para superar el atraso y generar un cambio de raíz en las estructuras sociales.

Pero esos años de trabajo y sacrificios fueron estrangulados por las fuerzas violentas de los grupos armados que incursionaron en la zona, asesinando a campesinos y líderes. Movidos por mezquinos intereses, esos hombres aniquilan no sólo vidas, sino sueños; creando un cerco que obliga a los “descalzos”, como se conoció el grupo de estos jóvenes, a retroceder. Leonardo, Manuela (su mujer) y Valentina (su hija), nombres ficticios de personajes que no existen únicamente en el papel, regresan a la ciudad. Pero ante la amenaza de muerte, al protagonista le han salido alas. Regresará con un sentimiento de desolación, pero intuimos que esa experiencia será el elemento constitutivo de su obra.

El río fue testigo es una novela fundamental para entender una parte de nuestra historia política, y es también una invocación al viaje como búsqueda del sentido de la existencia. Leonardo, Manuela, Sara, María Fernanda, Óscar Mauricio, cada uno de los personajes que Ángel Galeano sigue con ojos atentos, y de cuyas acciones toma nota en cada giro; tienen una misión, sortean dificultades, confrontan sus ideales ante una realidad que se les asoma con “la contundencia de un rayo mortífero”. Y todo esto nos lo cuenta el narrador con imágenes desbordantes, con ritmo vivo y una cadencia como de garza atravesando la sabana.

Diseño de Cubierta: Saúl Álvarez Lara (Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia)

“El libro es un homenaje a los pobladores de Magangué y la cuenca del Bajo Magdalena. También lo es para todos mis compañeros (los descalzos) que entonces éramos un solo ideal. Y es un testimonio de admiración por Francisco Mosquera, el timonel de esta empresa, el hombre que diseñó toda la estrategia de llegada y también de retirada para salvarnos la vida.” Así se refirió Ángel a su obra al presentarla en el puerto de Magangué, sur de Bolívar, el 12 de octubre de 2003. Recién había sido publicada por la Editorial Universidad de Antioquia y había sido finalista en el Concurso Nacional de Novela, convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá.

Ahora, El río fue testigo entra en circulación reeditada y en coedición entre Sílaba Editores y la Fundación Arte y Ciencia. Luego de un proceso de revisión y depuración por parte de su autor, podremos revivir la experiencia de “los descalzos” allá en los años 80, en esos poblados del Sur de Bolívar. Es la literatura que nos sirve para mantener la memoria, “para no olvidar, para utilizar sabiamente el legado que nos dejan los mayores.”

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Texto tomado de https://laterales.com/rio-fluye-la-fiesta-del-libro/

Nubia Amparo Mesa Granda es periodista egresada de la Universidad de Antioquia, autora de innumerables crónicas y reportajes, y de cuentos como La muñeca de sal ,(de reciente publicación) La tía Adela, Un hombre solo, La despedida de Satulio y Una mujer en la ventana, entre otros. Su cuento La casa amarilla hace parte de la antología publicada por la Cooperativa Confiar. Es integrante del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo desde su fundación.

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