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Archive for the ‘Literatura’ Category

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación en edición impresa

 

El regalo del presidente

León Javier Betancur Ospina

Un rato después de la cena se oyó por el callejón el grito de mi mamá: ¡Hey, todos, para dentro! Nos reunió a los siete en la sala alrededor de ella y de la abuela María Josefa, que se sentaban siempre a lado y lado del altarcito donde estaba La Milagrosa iluminada por dos veladoras. Sobrecogidas, repitieron los sucesos que habían oído a través del noticiero de la seis de la tarde: ‟La policía encontró el rancho quemado, los cuerpos de los tres niños y la madre incinerados en el patio. Por el camino del cafetal, el padre y el hijo mayor colgaban de un guamo con la cabeza casi desprendida de un tajo: el corte de corbata. Les habían sacado la lengua por el cuello para que se supiera la crueldad que estaban dispuestos a cometer los tales asesinos”. La abuela, con voz atribulada y suplicante, nos alertó sobre la amenaza que se cernía sobre nosotros mientras los bandoleros anduvieran vivos y escabullidos por el monte. A todos, vivos y muertos, los encomendó a la Santísima Virgen. Comenzó a entonar el rezo elevando la voz:

León Javier Betancur Ospina, al recibir el primer ejemplar de su primer libro publicado. Sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, martes 17 de octubre (Foto de Claudia Restrepo Ruiz)

— En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hoy contemplamos los Misterios Dolorosos…, y siguió monótona y mecánica el Santo Rosario. Empezaba a llover con furia. El viento no dejaba de ulular. El canto dejo y lejano de un búho parecía responder a las preces de la abuela. Finalizados los rezos, nos despacharon para la cama. Me despidieron advirtiéndome que en la mañana debía presentarme en la escuela bien aseado, para asistir a un acto público especial.

Al día siguiente muy temprano, la voz de mi madre me apuró para que tuviese tiempo suficiente para un baño meticuloso. Así lo hice y me puse el flux. Cuando me disponía a desayunar, oí el silbido de Colio, mi amigo inseparable, con quien me dirigía todos los días a la escuela. En un santiamén me volteé el chocolate y salí con la arepa en la mano.

Era sábado. Un tren de nubes negras surcaba los cielos y unos pocos rayos de sol se abrían paso para caer sobre los cerros vestidos de bruma. Al llegar a la escuela de varones, observé que la mayoría de los estudiantes había llegado. Nos pusieron en formación y nos notificaron que el evento se llevaría a cabo en la escuela de niñas y no en la de varones, por lo tanto, nos dirigiríamos allá en fila y perfecto orden.

Nuestra fila, de dos en dos, cruzó con lentitud el parque. A medida que avanzábamos las palomas nos abrían paso prefiriendo el vuelo corto bajo el follaje de los árboles. Llegamos a la escuela de niñas. Una fuerte voz, algo desgastada, salió de la desdentada boca del Director ¡A discreción! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Alinear!  Carraspeó con aire de autoridad amenazante y de nuevo, nos repitió la anécdota que esgrimía para mantenernos atentos y alineados: “Una vez, no hace mucho, el General Uribe de las Fuerzas Armadas, impartió la orden de alinear a su pelotón. Luego de desenfundar su arma y de apuntar bajo la oreja del soldado que encabezaba la fila, soltó un tiro; la bala entró por la boca abierta de un recluta que distraído, sacó la cabeza”. ¡A discreción! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Silencio, sólo debo escuchar el vuelo de las moscas! ¡Jóvenes patriotas del mañana, ahora recibirán el regalo enviado, a todos y cada uno de ustedes, por el Señor General Presidente de la República!

Hubo alborozo entre las filas. ¡Silencio!. Hay que esperar en perfecto orden. Repitió el director.

Portada, ilustración Lina Ceballos.

Una brisa fría se calaba en los cuerpos y las nubes grises se anudaron más lentas, espesas y oscuras. Me invadía una insoportable ansiedad. Observé a las niñas que salían haciendo algarabía, portando pelotas y muñecas, molinos y planchas, camas y diminutos loceros. Una de ellas, la más pequeña, de cabello negro, peinada de trenzas con moño rojo de seda en las puntas, le sonreía a un gran perro pastor de plástico que no alcanzaba a abrazar.

La espera se hizo eterna. Sólo podíamos entrar de diez en diez. Por fin llegó. Al entrar, se acrecentó la inquietud. Lelo, miré al inspector de policía y dos agentes que abrían cajas de cartón de donde sacaban caballitos y pelotas, carros, ruanas y tambores.

Llegado mi turno, una solícita maestra, baja y robusta, de rostro colorado y cálida mirada, tomó una volqueta roja grande y me la estregó con tierna sonrisa. El director que observaba, me la arrebató. Dijo que no era para mí, que lo mío era un cornetín de plástico amarillo, alegando que mis tíos eran los mejores músicos del pueblo y que así lo debía ser yo. Sentí que reventaba por dentro. Miré con ira al director, pero ya no encontré sus ojos escaldados para transmitirle mi odio. Partí con el cornetín en la mano sin determinar a nadie.  El agua caía a torrenciales y un feroz viento azotaba los árboles del parque. Tomé aire. Emprendí una vertiginosa carrera a través de los aleros de las casas hasta llegar a la de la tía Teresa. Era una mujer valiente y solo a ella podía confiar mi pena. Al contarle lo sucedido puso su mano izquierda sobre mi hombro y empuñó la derecha, levantó un poco su rostro y frunció la boca para mirar con sus ojos verdes encendidos el chaparrón. Callé. Aunque vi en su rostro la impotencia, alcancé a oír que refunfuñaba: “A ese viejo también le ha de llegar su hora”. Esperé un tiempo, que me pareció eterno, a que la lluvia cesara y cuando amainó partí hacia mi casa.

Entró la noche. Volvieron la cena, los rumores y los prolongados y repetidos ruegos al Señor. Me fui a la cama portando un candelero que puse sobre la mesita de noche. Miré a través de la ventana. El viento agitaba la silueta de los árboles producida por el relampagueo de una tempestad lejana. Metido entre las cobijas sentí los pasos de la abuela que quería constatar si estaba bien cobijado, tomó el candil y salió dejándome en la oscuridad. Cerré los ojos y me enrosqué. Los adversos recuerdos irrumpieron… El Rector me ordena que pase al frente para dar un toque de trompeta. Mi padre regresa del trabajo con un inmenso camión militar verde. Me lo entrega y dice: Es el regalo que te manda el gobierno, eres el hijo de un empleado público y tienes que cumplir los deberes con la Patria. Distribuyo siete soldados para que disparen a los chusmeros que se aparezcan a lado y lado de la vía. Lo amarro a una cabuya larga y bajo un candente sol, lo arrastro por las destapadas y polvorientas calles para que todo el pueblo que vive en las casuchas, vea el regalo del Presidente General de la República. Yo no veo a nadie. Sé que la gente se queda asombrada a mi paso. Los soldados comienzan a disparar. Un fuerte viento sacude el ala de la ventana.

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León Javier Betancur Ospina, San Antonio de Prado (corregimiento de Medellín). Laboró como docente en los colegios “Marco Fidel Suárez” y de bachillerato de la Universidad Pontificia Bolivariana. El regalo del presidente es su primer libro de cuentos publicado. En el libro inédito Luto en el patio y otros revuelos, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, aparecen sus cuentos Las obras de mi Dios y Los matarifes.

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El Río Magdalena. El Gran Río. Espina dorsal de nuestro país, escenario de luchas y conquistas, un río testigo. Allí se gesta y toma cuerpo la novela de Ángel Galeano Higua, que no podía llevar otro nombre: El río fue testigo; una obra bañada por la espesa corriente de un espíritu impetuoso que recorrió caminos de la mano de otros inconformes, para llevar a los campesinos del sur de Bolívar un aliento de creatividad que les permitiera enfrentar sus carencias.

Leonardo, el protagonista, rastrea las jornadas de él y sus compañeros por ciénagas y quebradas, caños y serranías, llevando atención médica, pero también espiritual. Cargado con un arcón repleto de libros, los comparte con niños y jóvenes ansiosos de descubrir en ellos vibrantes historias.

La novela nos pone de frente con las faenas de los pescadores, el abigarrado mundo del comercio de Magangué, las jornadas de los labriegos cultivadores de maíz, arroz y sorgo, y todo bajo el ardoroso sol que refulge sobre las aguas del río. Con meticulosidad de cronista, el narrador de El río fue testigo documenta la gesta que emprendieron un grupo de jóvenes, médicos, enfermeras, sociólogos, artistas, que dejaron las comodidades de la ciudad y se aventuraron en busca de concretar un sueño: construir una sociedad más equitativa, con la participación de todos, crear condiciones para superar el atraso y generar un cambio de raíz en las estructuras sociales.

Pero esos años de trabajo y sacrificios fueron estrangulados por las fuerzas violentas de los grupos armados que incursionaron en la zona, asesinando a campesinos y líderes. Movidos por mezquinos intereses, esos hombres aniquilan no sólo vidas, sino sueños; creando un cerco que obliga a los “descalzos”, como se conoció el grupo de estos jóvenes, a retroceder. Leonardo, Manuela (su mujer) y Valentina (su hija), nombres ficticios de personajes que no existen únicamente en el papel, regresan a la ciudad. Pero ante la amenaza de muerte, al protagonista le han salido alas. Regresará con un sentimiento de desolación, pero intuimos que esa experiencia será el elemento constitutivo de su obra.

El río fue testigo es una novela fundamental para entender una parte de nuestra historia política, y es también una invocación al viaje como búsqueda del sentido de la existencia. Leonardo, Manuela, Sara, María Fernanda, Óscar Mauricio, cada uno de los personajes que Ángel Galeano sigue con ojos atentos, y de cuyas acciones toma nota en cada giro; tienen una misión, sortean dificultades, confrontan sus ideales ante una realidad que se les asoma con “la contundencia de un rayo mortífero”. Y todo esto nos lo cuenta el narrador con imágenes desbordantes, con ritmo vivo y una cadencia como de garza atravesando la sabana.

Diseño de Cubierta: Saúl Álvarez Lara (Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia)

“El libro es un homenaje a los pobladores de Magangué y la cuenca del Bajo Magdalena. También lo es para todos mis compañeros (los descalzos) que entonces éramos un solo ideal. Y es un testimonio de admiración por Francisco Mosquera, el timonel de esta empresa, el hombre que diseñó toda la estrategia de llegada y también de retirada para salvarnos la vida.” Así se refirió Ángel a su obra al presentarla en el puerto de Magangué, sur de Bolívar, el 12 de octubre de 2003. Recién había sido publicada por la Editorial Universidad de Antioquia y había sido finalista en el Concurso Nacional de Novela, convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá.

Ahora, El río fue testigo entra en circulación reeditada y en coedición entre Sílaba Editores y la Fundación Arte y Ciencia. Luego de un proceso de revisión y depuración por parte de su autor, podremos revivir la experiencia de “los descalzos” allá en los años 80, en esos poblados del Sur de Bolívar. Es la literatura que nos sirve para mantener la memoria, “para no olvidar, para utilizar sabiamente el legado que nos dejan los mayores.”

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Texto tomado de https://laterales.com/rio-fluye-la-fiesta-del-libro/

Nubia Amparo Mesa Granda es periodista egresada de la Universidad de Antioquia, autora de innumerables crónicas y reportajes, y de cuentos como La muñeca de sal ,(de reciente publicación) La tía Adela, Un hombre solo, La despedida de Satulio y Una mujer en la ventana, entre otros. Su cuento La casa amarilla hace parte de la antología publicada por la Cooperativa Confiar. Es integrante del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo desde su fundación.

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Compartimos el siguiente comentario sobre El río fue testigo, que nos hizo llegar el poeta Eladio Ospina. Él fue también uno de aquellos “descalzos” de quienes trata esta obra editada por SÍLABA EDITORES y FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA y que ya está en circulación.

 

La portentosa gesta de “los descalzos”

Eladio Ospina

Eladio Ospina

Y el río está más seco, más rojas sus aguas, más desoladas sus gentes, más pobre de peces, alcaraván y gaviotas, más poblado de muertos. Pero sigue ahí como un testigo que no han podido matar.
Estremece pensar que ahora todo está más mal, más lúgubre, crece el abandono del Estado, también ayer lo había, pero era más amable el abandono de ayer, el de antes de pasar la última guerra, todavía a Dios que hay que llevarlo, siempre ha sido y será así, Dios va donde lo lleva el hombre.
¿Recuerdas la hija de Chago Aldana? Tenía unos seis años en aquellos años de nuestro canto a la esperanza, hace un mes me encontró por las redes, hubo fiesta en su casa en Pueblorico donde vive y aquí en la mía. Hablé con él, le mataron un hijo de diecisiete años y lo sacaron de la tierra. ¡Te das cuenta Ángel, porque era mejor el abandono antes de la guerra!
Portentosa la gesta de aquellos descalzos, que abandonaron familia, universidad. trabajo, amigos y amores. Portentoso su sacrificio, su entusiasmo, la consecuencia con su propio pensamiento, tan escasa en estos tiempos.
Dura la batalla por el sostenimiento, efervescente era ver la luz que empezaba a iluminar esas montañas; a los campesinos, niños, mujeres y hombres, esbozar una sonrisa cuando llegábamos. Apasionante su asombro ante el cosmos reflejado en una pantalla, o la vida inicial en un microscopio. Un millón de historias navegaron por ese río o desembarcaron y se fueron cordillera adentro, más aquellas que luego descendieron.

Carmen Beatriz Zuluaga, una de las descalzas durante una brigada de salud en Palenquito, Sur de Bolívar, mayo 15 de 1985 (Archivo El Pequeño Periódico)

Solo hombres que lleven su causa en el pecho podían resistir tal epopeya, pero hoy su gran valor y el valor de tu libro, además de las experiencias que se recogerán mañana, y la huella que le dejas, es rendirle un tributo a la utopía, esa vieja desbrozadora de sueños, sin la cual se muere el impuso vital de los cambios. Las grandes gestas tienen su origen en la utopía, pero el mundo le cambió su significación, para cortarle alas. A este país le hace falta la quimera, pero entre un Estado paraco, los que manejan el poder y los otros, la dejaron sin aire.
Algunos amigos renunciaron pronto y hablan desde su corta experiencia, es comprensible su visión y su renuncia, les tocó la etapa en que no sabíamos cómo sobrevivir en medio de tanta gente, de tanto extraño, de tantos jueces, policías, alcaldes paracos y, terratenientes que eran los comandantes en esa etapa de la historia. Apenas dábamos lo primeros pasos por un sendero desconocido. Hasta que se unieron en su contra los nuevos inquisidores, la gendarmería de extrema izquierda.
Tu persistencia en no dejar morir el sueño, ni en el corazón ni en el olvido, te hace merecedor del título “Ángel salvador de la quimera”. Tu libro es un respirar profundo para darle aliento a la utopía.
Buena suerte navegante.

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Mensaje enviado por Eladio Ospina luego de leer la segunda edición de la novela de Ángel Galeano Higua.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia

Ya está en circulación en edición impresa

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La muñeca de sal

Nubia Amparo Mesa Granda

 

Mi abuela ponía la sal en una taza que llevaba de la cocina al comedor. La usaba para reforzar el sabor de los alimentos, para estimular nuestro apetito, como conservante y, una que otra vez, como medicamento, sobre todo cuando necesitaba hidratarnos después de un mal de estómago. Otras veces le servía para brillar metales y como amuleto contra el mal de ojo.

“No se puede derramar la sal porque atrae los males. Y si eso pasa, debes tirar unos granos por detrás del hombro izquierdo para alejar cualquier desgracia”, decía, y aseguraba que las brujas podían ser esas vecinas que se presentaban en la casa pidiendo un poco de sal. Remataba contando la historia de la mujer de Lot convertida en estatua salina por desobedecer el mandato de no mirar atrás mientras la ciudad era devastada.

Qué bella era esa taza. Según ella era de porcelana china, aunque se veía gruesa y menos lustrosa, parecía más bien de pedernal. Tenía grabadas flores, azules y rosa, y un borde dorado que contrastaba con su blanco contenido. Muchas veces, desobedeciendo sus mandatos, deslicé mis dedos por la superficie granulada, arañándola para dejar mi rastro, e imaginaba que iba por uno de esos desolados paisajes de Alaska que nos mostraba la profesora en la clase de geografía. Mi abuela me explicó que son salados el mar, la sangre y las lágrimas. Entonces me preguntaba, al ver llorar a mi mamá, día tras día, después de que mi padre se fue, si toda la sal del mundo provenía del llanto. En tal caso, el mundo sería de verdad un valle de lágrimas como decía el cura en la iglesia. Pero yo me mantenía atada a la belleza cristalina de ese elemento. Hacía montoncitos de sal sobre la mesa del comedor y formaba figuras: cuadrados, triángulos y círculos que luego devolvía a la taza. Hasta que un día, cansada de esa efímera creación, decidí hacer algo compacto, de más larga vida, y le pregunté a la abuela cómo podía hacer una muñeca. Ella me acompañó en el juego. Una medida de harina por media de sal, y agua. Luego amasar y moldear.
Mi muñeca de sal tenía una apariencia de fantasma, con una blancura invernal, profundas cuencas en lugar de ojos y pequeñas depresiones en nariz y boca. Sus brazos amorfos hacían cruz con el tronco rectangular donde también hice una pequeña hondonada para señalar el ombligo. Era mi creación y me sentía orgullosa, por eso la puse sobre el tocador al lado de un cofrecito de madera y un florero de cristal. Allí nadie podría profanarla.
Un día, cuando regresé de la escuela, entré al cuarto y la busqué. Quería jugar con ella a las adivinanzas. Adivina cuánto saqué en matemáticas… nunca me había ido tan mal… Adivina a quién vi hoy… Me gustaba su imperturbable silencio y por eso aprovechaba para contarle mis secretos. Eso también lo aprendí de la abuela cuando decía que al abuelo se le podía decir de todo porque ni escuchaba y era tan frío como una estatua de sal.
Le había puesto un nombre a mi muñeca. La llamaba Fidelina. Así que cuando me acerqué y musité su nombre, bajito, para que nadie más me escuchara, encontré el único vestigio de su desintegración. Era un trozo de su cara, una luna carcomida que miraba con un solo ojo profundo y vengativo. ¡Abuela! —grité— ¿Qué le pasó a mi muñeca? ¿Quién la quebró? —volví a inquirir mientras recorría los pocos metros que separaban mi cuarto de la cocina llevando sus despojos en una mano.
Allí estaba mi abuela, preparando la comida y así siguió, sin mirarme, picando el tomate para la sopa.
—No lo sé, yo no he entrado por allá. ¿Sería tu mamá cuando entró a limpiar? O pregúntale a tu abuelo, aunque estoy segura de que ni siquiera sabía que tenías esa muñeca.
—¿Entonces se quebró sola? — dije con tono desafiante.
—O a lo mejor no la quebró nadie—replicó la abuela. Yo creo más bien que se deshizo con una gotera que cae justo ahí donde la pusiste.

Nunca sabré quién o qué causó la desintegración de Fidelina, pero creo que ese día empecé a entender la fragilidad de las cosas y de la vida, y cómo todo puede perderse en un instante.
Aún conservo la taza de sal de la abuela. Es como un antídoto contra el olvido. Cuando la miro la veo a ella en la cocina. Restriega sus manos nudosas en el delantal, canta boleros mientras bate el chocolate y me advierte que no debo tragarme las pepas de la naranja porque me crecerá un árbol en la barriga, y menos comer mango biche con sal porque me diluirá la sangre.
La sal sigue siendo mi elemento. Me gusta incluirla en mi baño. Y siento que renazco. Una vez a la semana derramo agua salina desde mi cabeza y dejo que se seque en mi cuerpo para sentir cómo el mar se adhiere a mi piel. Sentir que soy la sal reposada que brilla bajo el sol, limpia, como la luz intensa del día. Esos granos blancos son también el germen de mi creación. He decidido hacer esculturas de sal a escala humana. Algunas veces las derramo en fragmentos sobre el piso ante los ojos de los espectadores como invitándolos a una liberación, para que esa sal compactada, aprisionada, retorne a su estado natural
Es una manera de rendirle homenaje a la abuela que murió una noche de diciembre cuando intentaba engalanar el balcón con luces de colores. Había subido a una improvisada escalera y cayó desde su altura fracturándose el fémur y la pelvis. Se partió, se astilló, pequeños fragmentos de hueso entraron en su torrente sanguíneo y le obstruyeron la circulación. La encontré tirada en el suelo, fría, los ojos secos y fijos en un lugar incierto. Quise levantarla, pero se había endurecido, pesaba como una estatua de mármol. Pasé mi mano por sus cabellos canos con el leve rizo extendido sobre las baldosas, y no sentí su energía. Ya mi abuela no iría más de un lado a otro de la casa, regando las plantas, limpiando las ventanas, cambiando las sábanas, con la taza de sal en sus manos junto a la mesa del comedor. Y yo tenía que aceptarlo. Aceptar que su quietud era plácida, que yo habría de perpetuar su legado y procuraría darle nuevo valor a cada uno de esos objetos a los cuales dotó de anhelos y vigor.
Hoy, las luces de colores titilan en nuestro balcón y en la mesa del comedor está la taza de sal. De ella seguimos tomando pizcas para alimentar nuestra vida.

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Nubia Amparo Mesa Granda ha publicado, entre otras, las siguientes obras:  Las voces que trae la brisa, Libro de cuentos Editado por Fundación Arte & Ciencia (2014). Un hombre solo, Actos de palabra Funlam (2010). La tía Adela, Primer Conjuro, Fundación Arte & Ciencia (2008). Sombras sobre el puente, La palabra se baña en el río, Fundación Arte & Ciencia (2011). Pasajeros del mismo río, Cuando el río suena, Fundación Arte & Ciencia (2012). La despedida de Satulio, El traído y otros cuentos de Navidad, Fundación Arte & Ciencia (2013). La casa amarilla, La casa contada y cantada, Antología Coop. Confiar 2015).

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El río fue testigo

De Ángel Galeano Higua
 
La historia que aquí se cuenta es real, los nombres de los personajes son ficticios. Esa frase, o una similar con alguna variante, acompaña muchos libros. Se podría decir que es una muletilla a la cual recurren con frecuencia el cine y la literatura. A veces como advertencia, en otras como anzuelo para el desprevenido lector.

Aquí se trata de una verdad, de una tremenda historia real, que merece ser contada y leída, en la cual participaron muchos hombres y mujeres. La mayoría de los que aquí aparecen eran oriundos de la región, otros –conocidos como los descalzos– llegaron allí, desde diversos lugares, con un patrimonio compuesto por la buena voluntad, sus ideales y sueños, sus deseos de servir y, a veces, con una profesión que hizo mucho bien en esas tierras.

Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta.

El narrador, uno de los descalzos, ha guardado con celo, todos esos avatares: los triunfos parciales que alcanzaron, los abrazos de solidaridad, las sonrisas de los niños, la fe y la entereza de unos hombres y mujeres, del campo y la ciudad, que creyeron en sus propias fuerzas. Nada ha quedado por fuera de este texto y eso es tan valioso como la historia que cuenta.

Conrado Zuluaga

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PRESENTACIÓN VIERNES 15 DE SEPTIEMBRE  8PM

Salón Restrepo – Jardín Botánico

Acompáñanos

Presenta Esteban Carlos Mejía

Invitan: Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia

FIESTA DEL LIBRO Y LA CULTURA DE MEDELLÍN – 2017

 


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Visita a la exposición con la guía del autor

TEXTO TEXTURA

 

No hay ni ha habido, según parece, antecedentes en la ciudad de la presentación de un libro como lo hace el artista Saúl Álvarez Lara por estos días. Un libro abierto, página por página, texto a texto, ilustración a ilustración para que el curioso, aquel que busca algo mágico en esta ciudad tan predeterminada, lo pueda leer y preguntarse muchas cosas. Por ejemplo, el dibujo de este texto ¿por qué no me concuerda? Saúl nos reta a viajar más allá de la llamada realidad: “Todo es ficción”, sostiene desde el inicio de la visita que el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo hizo el martes pasado. Para él su búsqueda es un ejercicio en el que se amalgaman el trazo, el vacío, la palabra, el suceso en la calle, en el metro, en una cafetería, conformando la ficción. La realidad no existe, todo es ficción…

Como muestra del libro que Saúl Álvarez Lara expone estos días, en el 2° piso del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, y con la venía del autor, copiamos este texto aparecido en su libro bajo el número 14:

Un espejo es delirante. Es cierto. No conozco espejos reposados, tranquilos, que permitan el solaz. Un espejo está al acecho; mira lo que no se ve y muestra lo que nadie muestra. El hecho, en apariencia sencillo, de reproducir lo que tiene en frente es suficiente para evitarlos, sin embargo nadie los evita, son imanes que atrapan. El espejo lleva en su interior una segunda instancia: enmascara la posibilidad de otra presencia que vigila, se esconde o espía. Un espejo es sin piedad. Es solo ojos que no perdonan… (*)

 

Saúl Álvarez Lara y el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al inicio de la Exposición TEXTO TEXTURA.

Saúl Álvarez Lara (fotografía Teresita Rivera Ceballos)

Al comienzo de la visita guiada. (foto de Teresita Rivera Ceballos)

 

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(*) (Tomado de TEXTO TEXTURA, Saúl Álvarez Lara, Ficción la Editorial, Medellín. Pág.45)

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Como una rama

Ángel Galeano Higua

1

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que la pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta que amaneciera. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada, esperó haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

2

De un tiempo para acá, al amanecer, el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. La cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Pronuncian su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y lo único que ven, además de a Nabuco tirado junto a la puerta, es a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

3

Un carro de esos con cabina para que los obreros se trepen y arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo habían anunciado días atrás en el periódico. Hoy talarán ése y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La firma constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.

4

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitirá que tumben el árbol. Si el árbol cae, ella caerá con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas que ya conocía y procedió a amarrarse a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.

5

¿Cómo está vestida?… ¿A qué hora la vieron por última vez?… ¿Notaron algo raro en ella?… No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?… Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar… No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer así. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?… Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…

6

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla… ¿De quién es ese perro? Deténganlo.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.

7

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar amarrada la niña allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando los niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol, llevando una cuerda en sus manos…

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Medellín, julio 2 de 2017

Ejercicio escrito para el blog de Claudia Restrepo Ruiz, http://poesiaculinaria.blogspot.com.co, con motivo de sus primeros diez años en el ciberespacio.

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