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Archive for the ‘Literatura’ Category

El río fue testigo

De Ángel Galeano Higua
 
La historia que aquí se cuenta es real, los nombres de los personajes son ficticios. Esa frase, o una similar con alguna variante, acompaña muchos libros. Se podría decir que es una muletilla a la cual recurren con frecuencia el cine y la literatura. A veces como advertencia, en otras como anzuelo para el desprevenido lector.

Aquí se trata de una verdad, de una tremenda historia real, que merece ser contada y leída, en la cual participaron muchos hombres y mujeres. La mayoría de los que aquí aparecen eran oriundos de la región, otros –conocidos como los descalzos– llegaron allí, desde diversos lugares, con un patrimonio compuesto por la buena voluntad, sus ideales y sueños, sus deseos de servir y, a veces, con una profesión que hizo mucho bien en esas tierras.

Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta.

El narrador, uno de los descalzos, ha guardado con celo, todos esos avatares: los triunfos parciales que alcanzaron, los abrazos de solidaridad, las sonrisas de los niños, la fe y la entereza de unos hombres y mujeres, del campo y la ciudad, que creyeron en sus propias fuerzas. Nada ha quedado por fuera de este texto y eso es tan valioso como la historia que cuenta.

Conrado Zuluaga

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PRESENTACIÓN VIERNES 15 DE SEPTIEMBRE  8PM

Salón Restrepo – Jardín Botánico

Acompáñanos

Presenta Esteban Carlos Mejía

Invitan: Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia

FIESTA DEL LIBRO Y LA CULTURA DE MEDELLÍN – 2017

 


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Visita a la exposición con la guía del autor

TEXTO TEXTURA

 

No hay ni ha habido, según parece, antecedentes en la ciudad de la presentación de un libro como lo hace el artista Saúl Álvarez Lara por estos días. Un libro abierto, página por página, texto a texto, ilustración a ilustración para que el curioso, aquel que busca algo mágico en esta ciudad tan predeterminada, lo pueda leer y preguntarse muchas cosas. Por ejemplo, el dibujo de este texto ¿por qué no me concuerda? Saúl nos reta a viajar más allá de la llamada realidad: “Todo es ficción”, sostiene desde el inicio de la visita que el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo hizo el martes pasado. Para él su búsqueda es un ejercicio en el que se amalgaman el trazo, el vacío, la palabra, el suceso en la calle, en el metro, en una cafetería, conformando la ficción. La realidad no existe, todo es ficción…

Como muestra del libro que Saúl Álvarez Lara expone estos días, en el 2° piso del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, y con la venía del autor, copiamos este texto aparecido en su libro bajo el número 14:

Un espejo es delirante. Es cierto. No conozco espejos reposados, tranquilos, que permitan el solaz. Un espejo está al acecho; mira lo que no se ve y muestra lo que nadie muestra. El hecho, en apariencia sencillo, de reproducir lo que tiene en frente es suficiente para evitarlos, sin embargo nadie los evita, son imanes que atrapan. El espejo lleva en su interior una segunda instancia: enmascara la posibilidad de otra presencia que vigila, se esconde o espía. Un espejo es sin piedad. Es solo ojos que no perdonan… (*)

 

Saúl Álvarez Lara y el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al inicio de la Exposición TEXTO TEXTURA.

Saúl Álvarez Lara (fotografía Teresita Rivera Ceballos)

Al comienzo de la visita guiada. (foto de Teresita Rivera Ceballos)

 

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(*) (Tomado de TEXTO TEXTURA, Saúl Álvarez Lara, Ficción la Editorial, Medellín. Pág.45)

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Como una rama

Ángel Galeano Higua

1

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que la pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta que amaneciera. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada, esperó haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

2

De un tiempo para acá, al amanecer, el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. La cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Pronuncian su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y lo único que ven, además de a Nabuco tirado junto a la puerta, es a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

3

Un carro de esos con cabina para que los obreros se trepen y arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo habían anunciado días atrás en el periódico. Hoy talarán ése y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La firma constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.

4

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitirá que tumben el árbol. Si el árbol cae, ella caerá con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas que ya conocía y procedió a amarrarse a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.

5

¿Cómo está vestida?… ¿A qué hora la vieron por última vez?… ¿Notaron algo raro en ella?… No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?… Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar… No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer así. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?… Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…

6

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla… ¿De quién es ese perro? Deténganlo.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.

7

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar amarrada la niña allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando los niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol, llevando una cuerda en sus manos…

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Medellín, julio 2 de 2017

Ejercicio escrito para el blog de Claudia Restrepo Ruiz, http://poesiaculinaria.blogspot.com.co, con motivo de sus primeros diez años en el ciberespacio.

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Día del Idioma

Semillas literarias

Hermes Rafael Pineda Santis

El Parque de Envigado, a pesar de la bruma y el frío que presagiaba lluvia, fue ocupándose con los usuales visitantes del municipio: El barrendero, quien con su uniforme verde inicia su repetitivo movimiento hacia adelante, arrastrando basura y polvo. Los ancianos que, reunidos alrededor de un quiosco de café y periódicos, rehuyen la muerte con fuertes risas y recuerdos de antaño. A la salida de misa, una multitud que recibió bendiciones e hizo uno que otro ruego. El novio o amante en espera de aquella, para otros desvelos más.

Hermes Pineda Santis – Grupo Literario El Aprendiz de Brujo (Foto archivo)

Allí estaba yo en el atrio de la iglesia, esperando a que se cumpliera la hora señalada para el encuentro con nacientes escritores en el Liceo “Francisco Restrepo Molina”. El maestro y yo, luego de un rápido saludo, caminamos en busca de la institución educativa que encontramos a pocas cuadras. Un edificio de cuatro pisos, de paredes rectas y cuadradas que se diferenciaba de todos alrededor. Alcanzo el timbre que se encuentra a más de dos metros de altura, quizás para que los niños no lo estropeen, mientras esperan el ingreso. Luego observé, que el vigilante desde el interior, tras la puerta, tiene un monitor que recibe imágenes de una cámara externa, que hace innecesario el timbre, ya que advierte con antelación al visitante.

Luego de explicar nuestra misión, nos hicieron ingresar y notamos la vida misma en ebullición. Un torrente de gritos y corre corres de niños y niñas en recreo. Risas, hurras y vivas por el equipo que hizo el gol, dentro del mini torneo intra clase que ocupa a los más grandes. Profesores en atención a sus alumnos, al cuidado de las actividades escolares o de camino al salón para iniciar sus clases. Fuimos orientados por Santiago, de noveno, a la biblioteca para recibir las instrucciones y cumplir con nuestra actividad. Antes de llegar, pasamos por la muestra de libros, donde nuestro compañero Freddy, pintor y aprendiz de brujo también, presentaba las publicaciones de la Fundación Arte y Ciencia.

Fuimos asignados a un aula con sillas y mesas para 25 personas. Primero recibimos a los estudiantes de primaria y luego, una hora después, a los de bachillerato. Los pequeños con grandes ojos, expectantes y curiosos, entraban buscando a los escritores que les enseñarían algo sobre libros y escrituras. Para los adolescentes, el interés por algo nuevo, los motivaría al encuentro cultural.

Celebrando el Día del Idioma con los chicos de primaria. (Foto de Hermes Pineda)

Los pequeños, inquietos, arrumados con sus amigos, sentados según su apetencia, mostraban su comodidad. Escucharon a los mayores, participaron e hicieron preguntas como: ¿cuánto se demora escribiendo un libro? ¿qué te inspira a escribir? ¿qué es lo primero para ser un escritor? ¿cómo se hacen los libros y cómo se piensan? Todas fueron respondidas y quedaron entusiasmados con las respuestas. Un mundo nuevo, de fantasía e imaginación se abrió ante ellos. Al final, surgió un cuento donde cada uno, desde la oralidad, aportó una línea. Había una vez un niño que paso por cuatro muertes y resucitaciones, fue a otro planeta, se vistió de arcoiris, recorrió el universo para finalizar con, y para el niño todo fue un sueño. Con una sonrisa en cada uno de ellos y un saludo de agradecimiento, regresaron a sus clases.

Tertulia con los jóvenes de secundaria (Foto de Hermes Pineda)

Con los adolescentes, la cita fue algo más formal y con mayor tiempo, dos horas. Cada uno fue tomando una silla y fueron sentándose de forma aplicada y recatada. Surgieron preguntas como: el hombre alrededor de su historia busca llenar un vacío. ¿Por qué la literatura llena ese vació del alma? ¿Por qué las editoriales censuran los textos y mensajes? ¿qué pasa por la mente de un escritor cuando escribe sus relatos? ¿Cómo desarrollar una idea para que el lector sienta lo que uno quiere transmitir? ¿Cuál es el momento más difícil por el cual pasa un autor en la producción de su obra? La mayoría también resueltas, tuvieron réplicas, ya que el debate estaba dentro de sus inconformidades. ¿Qué era la felicidad? ¿qué es el alma? ¿cómo volvemos a la niñez? Preguntas que suponemos propias para la confrontación con sus realidades y visiones.

Ángel, el maestro, animado con la avidez literaria de los jóvenes, leyó Flores en la pared y los estudiantes con atención escucharon el relato. En sus comentarios, algunos opinaron que era algo triste y melancólico, quizás imagen de una época de violencia urbana. Al final, Ángel quiso promover la lectura con la rifa de dos libros de la fundación “última página” y “Flores en la pared y otros relatos”. Todos ellos se mostraron premiados y salieron al descanso del medio día.

El artista Freddy Sánchez, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, firma autógrafos de sus libros en el “stand” de la Fundación Arte & Ciencia.

Ángel y yo, otro aprendiz de brujo, llegamos a la biblioteca para donar algunos libros de la fundación. Recorrimos la zona de juegos y el estand para conocer las ventas de los libros. Luego salimos. Un sol iluminaba nuestras sonrisas, que contrastaban con el ruido de la calle y la vida comercial de Envigado. En nuestras mentes, cabía la idea de un huerto sembrado de semillas literarias.

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El autor es miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo y ha publicado varios cuentos, entre los que se destaca La vida es una amanecer y Pablo (Cuento de Navidad). Abril 24 de 2017. Ejerce como docente en el Politécnico Colombiano “Jaime Isaza Cadavid” de Medellín.

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Con motivo de cumplir 90 años de vida don Antonio Botero Palacio, reproducimos este ensayo leído en la sesión especial de homenaje y reconocimiento a su vida y su obra en el XII Parlamento de Escritores del Caribe, 2014. Autor de la novela Al final de la inocencia, el poemario Canción para una despedida, entre muchos otros, y de la Historia de Magangué (Bolívar) y La Unión (Antioquia, su tierra natal). Don Antonio Botero Palacio es además el autor del Himno de Magangué y uno de los pilares del Centro de Historia de ese legendario puerto sobre el río Magdalena. (N de la Red) 

 

Un río de hombre

Por Ángel Galeano Higua

Antonio Botero Palacio - La Unión, Antioquia (foto archivo El Pequeño Periódico)

“Se me viene a la cabeza esta anécdota que muestra el interés cultural de Magangué: con motivo de una fecha importante, decidí preparar una conferencia sobre Porfirio Barba Jacob; así pues agoté las reservas de mi biblioteca y cuando los medios de consulta de la ciudad me dieron lo que tenían, me fui a Medellín y me enclaustré diez días en la Biblioteca Pública Piloto, hasta adquirir un bagaje de conocimientos que consideré suficientes y regresé para hacer la promoción de este acto que se realizaría en la Cámara de Comercio a las siete de la noche. Cuando las manecillas del reloj marcaban las ocho, resolví dar inicio al acto que contaba en el auditorio con la presencia de una sola persona: mi hermano. Me consolé diciéndome que el despreciado no era yo, sino Porfirio Barba Jacob”.

Tomado de “Antonio Botero Palacio: Maestro, navegante y soñador”. Navegantes de la utopía

1. Introducción

¿Qué pesa más en un hombre: su vida o su obra?

Esta pregunta medular surge a la hora de abordar a don Antonio Botero Palacio. La mera formulación ya plantea una profunda inquietud. No alcanzan las palabras que han rodado por el planeta para definir a un ser humano como él. A lo que quizás podamos aspirar sus amigos es a reconocer su generosidad sin límites, su descomunal esfuerzo por plantarse, con carácter, en la tierra ejerciendo el derecho a ser habitante de un país en cuyo barro ha quedado ya muy nítida su impronta. Y por supuesto, quienes tenemos el privilegio de conocerlo desde hace más de 30 años, no renunciamos al asombro que nos produce su delirante búsqueda de la belleza a través de nuestro idioma.

Hay hombres cuya vida se llena a sí misma de acciones. Los hay también en quienes el ejercicio del pensamiento, de la imaginación, los determinan. Pero en otros se confunden la palabra y los acontecimientos, se hacen carne y espíritu. A esta última categoría pertenece este hijo adoptivo de Magangué, este hombre que lo ha entregado casi todo por los demás. Que sólo ha guardado para sí la fuerza de su amistad que refulge en la mirada.

La iniciativa del XII Parlamento Nacional de Escritores de estudiar la vida y la obra de don Antonio Botero Palacio nos llena de regocijo. Reconocer sus aportes a la cultura colombiana, valorar sus esfuerzos por plasmar acontecimientos de talante histórico, saborear su obra diversa, reír ante los pasajes en que se burla con fino humor de su alter ego, proyectar su ejemplo emprendedor en pos de las causas sociales más nobles. Con tales propósitos, una organización como la Asociación de Escritores de la Costa, cumple a cabalidad con su razón de existir y abona el camino para que las nuevas generaciones de lectores acudan a beber de su obra literaria y tengan como ejemplar la vida de este compatriota.

2. Recrear la vidaAntonio Botero Palacio - La Unión, Antioquia

Aparte los avatares de Antonio Botero Palacio a lo largo de su vida, es de resaltar su persistencia creadora. Tal vez las duras condiciones materiales del hogar, los agrestes parajes de la vereda Garabatos que debió recorrer en la niñez y los arduos episodios que describe con gracia en su novela Al final de la inocencia , hollaron su vena literaria. No es que el dolor y el sufrimiento produzcan un arte más sublime. No, el dolor merma, deteriora, entristece, mata. Nadie en sus cabales quiere el dolor. Se trata más bien de que el talento no sucumbe cuando va acompañado de ciertos factores, como de una voluntad férrea y el atrevimiento de ir contra la corriente. Se expresa a pesar de las adversidades y en Antonio Botero Palacio tales vicisitudes sirvieron de materia prima para contarnos una historia. Su historia, que se riega con especial claridad en su novela.

A lo largo de toda su vida lo ha acompañado el recuerdo de su padre, Próspero Botero Restrepo, quien después de la dura jornada en los surcos colgados de los breñales y a la luz de un candil agonizante, les leía a Cervantes, Jorge Isaacs, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, José Eustasio Rivera, en la Casa Grande de Mesopotamia, Municipio de La Unión, en el oriente antioqueño.

Hizo teatro. Es decir, escribió dramas, los actuó, los dirigió. “Chamboneando en las tablas fue como tomé cariño por esta modalidad”, dijo en cierta ocasión (1). Fruto de esa exploración son las obras Abismos, Machismo, Blanca como azucena y El pleito. Muchas veces ha viajado a Medellín, Cartagena o Barranquilla con el exclusivo propósito de asistir a una función. Pero no le basta con “verlo”, lo lee. Con frecuencia le oímos citar a los griegos, a Shakespeare, a Chéjov, a Moliere.

A la pregunta de cuál es la obra de teatro que más lo ha impactado, responde: “Conservo fresco el recuerdo de una de las obras más maravillosas en la dramaturgia nacional, que logró impactarme como creación colectiva del teatro experimental. Me refiero al montaje que un grupo de la Universidad de Antioquia hizo de Guadalupe años cincuenta, y que tuve el privilegio de presenciar en el alma máter”. (1)

Si me fuese dado el derecho a resumir, diría que el hilo conductor de sus desvelos literarios ha estado en recrear la vida.

3. Los versos anteceden a la prosa

Antonio Botero Palacio en un evento cultural en Magangué (archivo El Pequeño Periódico)

Una de sus grandes pasiones es la poesía. Se transforma citando a Barba Jacob, de quien dice: que es el “poeta de todas las contradicciones pero siempre artífice de lo bello”. (3) En el epígrafe de estas notas se aprecia el ardor con que ha leído al autor de “La Canción de la Vida Profunda”, poema “donde palpitan, con vívida incandescencia, los más antagónicos momentos de la vida de un hombre”. Una especie de altar ha construido para Neruda: “en cada una de sus palabras cabe un mundo de alegría, de dolor, de angustia, de fe, que trasciende lo infinito”. Su personaje femenino preferido es Gabriela Mistral, “pues la sinceridad de su voz y el arrullo de su poesía me dan serenidad en el alma”. (1) ¿Quién de nosotros no lo ha oído hablar de la Canción del boga ausente, de Candelario Obeso, el primer poeta negro de América? En José Asunción Silva lo “sorprende la magia imaginaria de mil sombras proyectadas por la luna pálida”.

Cultor del soneto, no ha abandonado la musicalidad que heredó en la rima parnasiana, romántico le canta a la mujer, al amor, al paisaje. Ha escrito cientos de poemas y publicó un libro titulado Desde los lagares del alma. Uno de los imanes que lo atrapó al llegar al Caribe, al refugiarse en Magangué, fue la musicalidad con que hablan los costeños. Se ha compenetrado tanto con la región que no ahorra esfuerzos para promover entre los niños y los jóvenes el amor por la poesía mediante talleres, concursos, encuentros para compartir poemas salidos de los tiernos fogones espirituales de los niños de Magangué y la Costa Atlántica.

Más que su poesía en verso, podemos encontrar en su prosa esa búsqueda del ritmo, esa música que distingue su estilo orlado con los adjetivos a veces desmesurados, como desmesurada es su hambre de literatura. Antonio Botero sabe que la prueba de fuego de la poesía está en la prosa, pero eso no lo acobarda, al contrario, es combustible para su obra.

4. Afán por la Historia

Impulsó los Encuentros para jóvenes

Su formación de maestro de escuela en la Normal de Varones de Manizales, más su errancia obligada, no en razón de una estirpe de antioqueño andariego, sino por la persecución política en la que el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán marcó su vida como un mojón doloroso, exacerbaron el deseo de poner en práctica para su vida lo que les inculcaba a los niños en la escuela: conocer la Historia del país, de la región, de sí mismo. Saber dónde estamos parados, en qué país vivimos. No ha dejado de pensar en la pregunta que harán las generaciones venideras: ¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?

La violencia política, que descargó su hoz de parca funesta a finales de los años 40 del siglo pasado, por poco se lleva también a nuestro amigo. Gracias a su habilidad, a sus reflejos de maestro joven, pudo eludir esa indeseada cita y emprender el camino del exilio en su propia patria, como han tenido que hacer millones de compatriotas en estos últimos 60 años de nuestra historia nacional.

Lo ha impregnado el afán por conocer la historia, ya no como maestro de escuela, sino para sobrevivir. Esta dilatada y sangrienta página de nuestra historia, si bien contiene todo el drama de un pueblo avasallado por los poderes más aberrantes que han manejado nuestro país, en la pluma de Antonio Botero Palacio adquiere una dimensión humana conmovedora. Recurre a su propia experiencia y con ese faro echa a andar por los caminos de la historia local de su pueblo natal y del puerto que lo supo adoptar. Para hurgar estos vericuetos siempre ha encontrado cómplices, empezando por su hermano Próspero, con quien escribió, luego de largos años de investigación, los libros La batalla de Magangué, Historia de Magangué y la Historia del Municipio de La Unión, Antioquia, con motivo del centenario de su fundación.

A más de haber sido maestro, fue administrador de una finca ganadera, contabilista, gerente de una empresa de transporte fluvial, comerciante de madera y en medio de todos esos oficios impuestos por su condición de perseguido político, se convirtió, con el tiempo, en miembro activo y permanente de la Casa de la Cultura de Magangué, del Centro de Historia “Villa de Magangué”, del Consejo Municipal, y del Consejo Departamental de Cultura de Bolívar.

Es muy significativo que su obra Historia de Magangué, esté dedicada a Orlando Fals Borda, “quien sembró los principios raizales del tipismo costeño y creó, para la posteridad, la grandiosidad del hombre anfibio, que resume con perfección nuestra identidad”.4

5. Relatar

Firmando autógrafos de su novela Al final de la inocencia (archivo El Pequeño Periódico)

Esa antigua forma de historiar, de hacer de cronista, de contar lo que veía u oía, le agudizó la percepción para atrapar lo que sucede o no a su alrededor, más que lo trascendental o grandilocuente de la Historia, los sucesos cotidianos: los sentidos alerta, lo que gritan los vendedores en la calle, los pregoneros que ofrecen el pescado recién sacado del río, los aguacates y mangos, las alegrías de coco y anís… No es indiferente al aviso en los muros, a las anécdotas llenas de picardía y repentismo, al hecho político, a las noticias de nuevos descubrimientos científicos, a la creciente del río con todas sus consecuencias, lo mismo que a las sequías.

La búsqueda de su propia voz lo condujo a escribir una pieza integradora de ese pueblo cosmopolita. Porque Magangué es un puerto y como tal ha estado abierto al mundo. No es exageración, durante los diez años que viví con mi familia la aventura de los descalzos en Magangué, pudimos conocer la “Albarrada”, esa franja fronteriza entre el río grande de nuestra patria, El Magdalena, y la ciudad. En esa orilla se podía conseguir desde una aguja de hueso para tejer hamacas, hasta pólvora y demás trebejos para extraer oro de las minas del Sur de Bolívar. Por allí entran y salen de manera clandestina miles de ejemplares de iguanas e icoteas y otras especies de nuestra fauna en peligro de extinción, engrosando el mercado negro del interior del país y otros países. La Albarrada con sus fondas ribereñas, pescado frito con patacón pisao y guarapo. El puerto, hoy renovado, donde llegan chalupas de diversos lugares del sur de Bolívar, Sucre y Magdalena. Este carácter de nuestro río por el cual entraron los colonizadores con sus arcabuces, espadas, caballos y Cristos crucificados, sedas y pianos, gérmenes de enfermedades inexistentes en este continente, y el idioma. El mismo río por donde salieron rumbo a la península ibérica, llevándose toneladas de oro y gemas y títulos autoproclamándose dueños y señores de estas tierras y de sus pobladores. Jamás la humanidad conoció usurpación más criminal y aniquilamiento masivo más brutal. En nuestra residencia soñadora como descalzos, no era de extrañar encontrarnos allí a los turcos, libaneses, alemanes e italianos atendiendo sus negocios de telas y abarrotes, compra y venta de cosechas. Ellos habían entrado a nuestro país huyendo de las guerras en Europa, la Primera y Segunda Guerra Mundial, y se establecieron en la rivera, acunados por el clima, la generosa hospitalidad de los habitantes y por la presencia apabullante del río que los hacía soñar con un regreso a su patria.

Primera Edición

Antonio Botero Palacio supo recoger la esencia de esta historia y plasmarla con belleza en el Himno que fue acogido por Magangué. La música corrió a cargo de Francisco Chico Cervantes, y el estreno fue una memorable jornada interpretada por los coros y la orquesta sinfónica de la Universidad de Antioquia. “Cuando aprendí a amar a Magangué me fue fácil cantarle, pregonando con sinceridad la bondad de sus gentes, la majestad de sus paisajes y la fuerza de sus ancestros”. (1)

Como se ve, la huella de este maestro de escuela es imborrable en la historia regional.

Pero en su apetito por narrar se encuentra un Anecdotario, en el cual durante varios años recogió, en compañía de su hermano cómplice, Próspero, verdaderas joyas del repentismo local que esperan el paso de los años para poder publicarlo, dado que aún viven ciertos personajes implicados en sus chispeantes páginas. Todo un ejercicio de observación, recolección y sistematización en un cuaderno grande, copiados a mano al calor de la novedad. Autor de cientos de ensayos, artículos, crónicas y cuentos que ha escrito para periódicos locales y regionales, como EL PEQUEÑO PERIÓDICO, del cual fue animador incondicional desde el momento en que tuve el honor de fundarlo, en 1982, en una cafetería a orillas del río Magdalena. Artículos como “Los niños en cruz”, “La Feria de Magangué”, “Las fiestas de Magangué”, “El bajo Manhattan”, las continuas batallas para que los gobernantes de turno prestaran atención a la Biblioteca y a la Casa de la Cultura y demás necesidades culturales del pueblo. Para don Antonio Botero no existe tema vedado y sabe, de sobra, que ejercitar esa libertad le ha implica sus riesgos.

Su dedicación a la escritura va pareja con la lectura, no ha dejado de escudriñar la obra de nuestro Nobel y se mantiene alerta a las nuevas voces literarias que surgen dentro y fuera del país. Con la edad no disminuye su curiosidad. Para él la mente es la que manda en consonancia con los latidos del corazón. Conocer su biblioteca es acercarse a un rinconcito muy preciado de su alma.

6. Al final de la inocencia

Para escribir esta novela Antonio Botero Palacio no necesitó inventar. O dicho de otra forma, no tuvo que echar mano de historias prestadas, sólo recordar y plasmar con palabras sus recuerdos. Consideró que así como recogía historias de otros había llegado el momento de recoger la suya. Tal vez para que su familia, su hija, sus nietos y toda la descendencia supieran de primera fuente quién había sido él. Hermosa responsabilidad. ¿Qué sería de este país si sus ciudadanos escribieran y publicaran su vida como él lo ha hecho?

2a. Edición

Recuerdo el día que me compartió su secreto. Hoy lo puedo contar aquí porque es una realidad inocultable. Y porque ha dejado una marca indeleble en mi memoria. Lo visité en su Almacén La Finca, en La Albarrada, y debido al ajetreo me dijo que lo esperáramos, que tenía algo para contarnos. Ni mi esposa que me acompañaba ni yo, sospechamos de qué se trataba. Cerró el almacén pero no nos dejó salir. No entendíamos por qué nos dejaba adentro, pero nos indicó para que subiéramos la escalera que nos condujo a su búnker. Un estudio bien dotado a donde con seguridad se escapaba de todo el mundo para escribir y leer sin interrupciones. Nos ofreció un refresco y extrajo de su bolsillo una llave con la cual abrió el cajón de una mesita. Sacó un grueso libro que se me antojó recién encuadernado, como esos grandes volúmenes de contabilidad con sus balances de pérdidas y ganancias que mandan empastar las empresas cada mes para su archivo físico. Nos pidió que lo leyéramos. En voz alta empecé a leer aquélla que era su vida. No supimos cuántas horas estuvimos allí los tres embrujados por el periplo de Arturo, el protagonista central.

“Desde la pesada cúspide de mis años aún veo la montaña, la fértil vertiente de la quebrada de El Presidio y la vereda Las Piedras…” (2) Así comienza esta obra que es el espejo de una vida, de una generación, de un país. Los ribetes poéticos se iban regando a lo largo de sus cerca de mil páginas que alcanzaba el original de este texto autobiográfico, de las cuales, por supuesto, no alcanzamos a leer más que un centenar. ¿Qué opinan?, nos preguntó. Por un momento no encontramos las palabras para responderle. Muy bella y nostálgica, atinó a decir Carmen Beatriz, mi esposa. Lo único que yo pude decirle fue que tenía todo el aire de una novela y valía la pena publicarla, que historias como esa debían ser compartidas con los demás. Don Antonio reaccionó, dijo que no, que no la había escrito pensando en publicarla, sino más bien para hacer un examen de su propia vida. Y la volvió a guardar bajo llave.

Antonio Botero Palacio durante el XII Parlamento de Escritores del Caribe, agosto 2014 (Fotos El Pequeño Periódico)

Al cabo de un año me escribió diciéndome que desde aquella noche no había podido quitarse de la cabeza la idea de publicarla. Quiero que sea usted quien la publique, me dijo, inocente de los sinsabores que implica desprenderse de un texto. Es como decirle adiós a un hijo que ha decidido tomar su propio camino. Así dimos comienzo al proceso de edición que se extendería por varios meses. Los detalles aleccionadores de este trabajo, tanto para él como autor, como para mí su editor, pertenecen a esa escuela irrepetible que nunca podrá enseñarse en ninguna academia. Cada libro es un universo propio y las enseñanzas que ofrece en su edición son muy particulares. Para mí ha sido una de las experiencias más ricas, no sólo por la cercanía del autor, sino por la enorme responsabilidad que implicaba tocar una sola de sus palabras. Conociendo como conozco el temperamento apasionado de don Antonio Botero, sabía de antemano que tendríamos una batalla ardua antes de llevar el libro definitivo al fogón de los impresores. Por lo general, todos los autores tienden a resistirse a quitar palabras, a veces se enamoran de sus propios errores, no los ven, no consideran que aquí hay una repetición innecesaria, que allí aparece un adverbio que sobra, un exceso de adjetivos… En fin.

Ponencia sobre la vida y obra de Antonio Botero Palacio - Universidad J. Tadeo Lozano Cartagena. XII Parlamento de Escritores del Caribe. (Foto El Pequeño Periódico)

Nos pusimos una cita en Medellín para iniciar la edición. Él quería que ambos enfrentáramos esa labor y nos dispusimos con todo el ánimo. Pasaron las horas y no podíamos pasar del primer párrafo. Sentíamos que cada palabra nos llevaba por caminos tortuosos, leíamos y releíamos en voz alta, tachábamos, volvíamos a dejar la palabra, esta coma sobra, no, no sobra… Esta sí, no tampoco… Comprendimos, al cabo de muchas horas, que no podríamos coronar con éxito la tarea. Acordamos que yo haría esa labor y le propondría las correcciones que considerara pertinentes. Se marchó decepcionado. Debieron pasar varios meses antes de que yo tuviese una propuesta sólida. Empezando por el título, pues el original no tenía el vuelo poético que la historia ameritaba. En este punto don Antonio estaba de acuerdo, sabía que ése no era el título para una novela. Al principio le envié los primeros capítulos corregidos pero él me respondió que mejor no le mostrara nada, sino hasta que el libro estuviese terminado. Que no podría soportar ese suplicio de verlo por partes. Le consulté algunos términos, ciertos nombres, lugares, referencias históricas. Al cabo de un año largo estuvo listo.

Su reacción inicial al verlo impreso fue de perplejidad. Se asombraba de que toda su vida cupiera en algo menos de 200 páginas. Con el paso del tiempo la novela se fue asentando con fuerza propia. Los mil ejemplares se agotaron, la crítica fue generosa tanto en la Costa como en el interior. Varios maestros de Medellín y el oriente antioqueño lo pidieron como el libro para ser leído durante el año escolar. Pero algo extraordinario sucedió diez años después que impulsó a don Antonio a pensar en agregarle un epílogo y me propuso hacer una segunda edición. Ha sido uno de esos momentos en que nos maravillamos ante la magia de la vida y la ficción que se funden, como si no pudiera existir la una sin la otra. Como si la historia vivida necesitara ficcionarse a sí misma. Como si el libro se hablara de para dentro y se enriqueciera y exigiera ser completado. De un momento a otro uno de los personajes apareció como un fantasma que vuelve del pasado, se presentó con su propio drama pero iluminado por haber encontrado el camino hacia don Antonio. Era la pieza que había quedado suelta en la primera edición y que ninguno de sus lectores, ni él como autor, ni yo como editor, lo habíamos percibido. El asesino, aquel que había recibido la orden de matarlo cuando ejercía de maestro de escuela en Urrao, apareció con el único propósito de arrojarse a sus pies para pedirle perdón después de medio siglo de cargar sobre su conciencia las dentelladas voraces del remordimiento.

Asistentes al XII Parlamento Escritores del Caribe 2014 (foto El Pequeño Periódico)

Como se ha preguntado una de sus lectoras: ¿Cuál será la realidad actual de don Antonio? Después de atesorar tantas experiencias, ¿a quién ama hoy?, ¿sigue Porfirio Barba Jacob invicto en su biblioteca?

Sus amigos, muchos de ellos reunidos hoy aquí en Cartagena, queremos abrazarlo jubilosos por el valor y la resistencia con que ha sabido vivir su vida y su obra. Faros como usted, don Antonio Botero Palacio, son los que le devuelven a un pueblo la ilusión de un camino anchuroso y digno, alejado de la mezquindad que rige al mundo de hoy, de los egoísmos y perversiones con que vemos manipular a la humanidad, donde las leyes del mercado definen la suerte del planeta y para el caso, hacen de los autores una marca más importante que su obra, asignándoles roles de modelos que terminan anunciando productos de consumo.

La imagen de un hombre que tuvo que abandonar su aldea en busca de un refugio para salvar su vida, es la misma imagen de este país que todavía no se pone de acuerdo para erradicar la barbarie. Ese hombre, parado frente a un gran río, mira el horizonte con una sonrisa que acude desde los más recónditos rincones de su alma porque viendo pasar el río incesante y caudaloso, ve pasar la película de su propia vida, convencido de que hizo lo que tenía que hacer.

¿Qué pesa más en un hombre: su vida o su obra? Ambas pesan lo mismo cuando se funden. Es la lección que nos lega don Antonio Botero. Dicho de otra forma, para seres como él la muerte no existe.

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NOTAS

 1 Navegantes de la utopía, Reportajes de El Pequeño Periódico. Ángel Galeano Higua, Edit Fundación Arte & Ciencia, Medellín. 1996.

2 Al final de la inocencia, Antonio Botero Palacio, novela publicada por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín. 1ª Edición 1999. 2ª Edición 2011.

3 En la sonoridad de la palabra hace eco la voz de Dios, Antonio Botero Palacio, ensayo. 2012.

4   Historia de Magangué, Antonio Botero Palacio y Próspero Botero Campuzano. 2008

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Ángel Galeano Higua

Cartagena, Agosto de 2014

XII Parlamento Nacional de Escritores de Colombia

Homenaje a Antonio Botero Palacio y Antonio Mora Vélez. Asociación de Escritores de la Costa.

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Palabras al viento o

Los infinitos umbrales

Leonardo Agudelo Velásquez

Leer a Ángel Galeano Higua en Palabras al viento, luego de haberlo conocido desde hace más de cuatro décadas produce una extraña sensación, parece uno enfrentado a dos personas. Uno el profesor del Inem durante quinto y sexto de bachillerato, docente de electricidad y electrónica recién llegado de la capital y luego presidente de Aceinem, Asociación de Profesores del Inem “José Félix de Restrepo”, llevando el megáfono portador de la “voz del pueblo”. Poco después supe por mis amadas profesoras de español y literatura: Laura Pineda y Laura Escobar que había viajado a Magangué: “Al trabajo Político”. Así fue durante varios años, hasta un ceniciento domingo, recién llegado a Bogotá con mi maleta habitada por una muda de ropa, dos libros junto al diploma de Historiador, cuando me topé con una carta suya en la sesión del lector del Magazín del Espectador, creí por sus líneas en tan importante diario que se había convertido en un gran intelectual y eso me regocijo aquellos inciertos días en la capital.

Leonardo Agudelo Velásquez, Investigador y docente. (fotografía tomada de UNal/…/indignados)

Nos reencontramos gracias al laberinto de internet y supe que se había convertido en todo un gestor cultural, eso llevó a que me vendiera su novela El río fue testigo, una especie magnífica de autobiografía y literatura, donde redescubrí el universo Caribe a ojos de un bogotano. Escribí algunas piezas para ese caballito de batalla que Ángel se había inventado en Magangué; El Pequeño Periódico. Mi antiguo profesor era un delicado cordón umbilical que me recordaba las cosas que yo anhelaba de joven estudiante, por eso respondía emocionado a sus pedidos para esa línea de batalla de su periódico: una criatura creada de tinta, papel y la eterna convicción de Ángel que: “otro mundo es posible”.

Ese era a quien yo recordaba hasta leer Palabras al viento, más que una autobiografía: toda gran literatura es el pretexto de un creador para danzar frente a la inmortalidad, su libro de cuentos semeja una geografía de su sensibilidad: como finos trazos de los pinceles sobre papel de arroz con que los chinos nos han dejado su pictogramas al lado de lo cual dibujan nebulosos paisajes con las fuerzas de la naturaleza. Cada uno de los relatos del libro es un pedazo de la piel curtida, de su naturaleza. Con imágenes que corren como ríos subterráneos de relato a relato: árboles de donde sus hojas parten al otoño, pintorreteadas ejecutivas, la sinfonía del papel bajo la punta del lápiz. Semeja el texto un tríptico que termina con los paisajes calcinados del intenso amor. Allí resuma mucho amor: Conversaciones con un retrato; Soledad de ayer y de hoy, Las hojas de Noelia.

Las hojas de Noelia, uno de los 16 cuentos que conforman el libro “Palabras al viento”

Su narrativa es un encuentro poético con los cuatro elementos de la creación: aire, agua, tierra y fuego que mutan gracias a su narrativa, en hojas que caen de los árboles, o en nubes jugando a ser motas de algodón: o la música frenética con la agonía líquida del ahogado, el amor por las figuras lineales o los libros: “las palabras que caen y los objetos en fuga”. Todo lo anterior para llegar a esa zona de “Twiling Zone” de Cambio de renglón o El Otro viaje, un extraño relato que rebela los bordes cortantes, ocultos en la nebulosa del inconsciente humano.

Al final un bello texto para él, que ama, él que sabe que va a morir y para aquellos que saben que el oficio de la gran literatura es recordarnos ese ‘algo’ que merece ser salvado de este naufragio cósmico en que está empeñada la especie.

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Leonardo Agudelo Velásquez es Historiador: https://fundarteyciencia.wordpress.com/tag/leonardo-agudelo-velasquez-historiador/

 

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Innegable vigencia de El río fue testigo

Jorge Alberto Morales Agudelo (*)

Mujer remando en el río Magdalena, Sur de Bolívar. (Archivo El Pequeño Periódico)

La aparición de la última novela del escritor antioqueño Juan Diego Mejía, Soñamos que vendrían por el mar (Alfaguara 2016), nos da el pretexto para recordar otra obra cuyos protagonistas son los “descalzos”; nos referimos a El río fue testigo de Ángel Galeano Higua. Ambos autores exploran sus propias experiencias como “descalzos maoístas” de finales de la década del setenta y principio de la del ochenta del siglo pasado. Además, en el caso de Mejía la experiencia le dio para una cosecha, que a mi entender podría llamarse la trilogía involuntaria donde se encuentran también las novelas A cierto lado de la sangre (Planeta 1991) y El dedo índice de Mao (Norma 2003), explorando el mismo tema desde miradas distintas, pero que al final representa una sola novela con tiempo y espacio común, diferenciada por los enfoques de la acción. A las tres obras mencionadas nos referiremos en una próxima columna..

Brigada de salud en el Sur de Bolívar, descansando mientras un “descalzo” lee para los demás. (Foto archivo El Pequeño Periódico)

Hoy nos centraremos en El río fue testigo de Ángel Galeano Higua. Obra editada por la Universidad de Antioquia en 2003 recrea un gran sueño, el de la entrega de una generación joven, idealista, inteligente, con sentido de pertenencia y sensibilidad social por su patria. Eran amigos o “camaradas” que militaron en una izquierda diferente a la que acaba de negociar en Cuba, nacida como consecuencia del proceso de crítica al llamado Frente Nacional (1958-1974) en lo interno, y como reacción en cadena o propagación en América Latina de la Cuba revolucionaria de 1959, en lo externo. Estos jóvenes emprendieron el largo pero seguro camino de ganarse para siempre el corazón de las clases sociales humildes al compartir su suerte, mientras organizaban una estrategia que permitiera superar poco a poco las principales deficiencias estructurales, siempre con la activa participación popular. Los “descalzos”, como eran llamados, procedían de sectores intermedios de la sociedad colombiana, algunos pertenecían a la élite política y económica nacional, se identificaban por su adhesión a las ideas maoístas, como era la moda en una época muy compleja, la de la llamada “guerra fría”.

La novela centra su atención en el sur de Bolívar, serranía de San Lucas, municipio de Magangué. El personaje principal, Leonardo, cronista de la experiencia revolucionaria en la región, es otro descalzo que emigra con su esposa e hija a la zona al igual que médicos, enfermeras, antropólogos, artistas, entre otros. La estrategia era convertirse en un “pequeño estado” que eficientemente ayudara a superar el atraso de la región creando las condiciones para educar a las masas campesinas y de esta manera prepararlos para una revolución social. La utopía choca con otros intereses violentos representados por la izquierda armada, que asumen la tarea de recuperar la zona inversamente para el atraso y el subdesarrollo, iniciando de esta manera una política siniestra de muertes selectivas a los principales líderes descalzos y sobre todo a los campesinos inteligentes, que asumieron la dirección de una cooperativa agraria que permitía eliminar intermediarios y comercializar frutos y legumbres que antes se perdían. La estrategia perversa contó con el apoyo de un gobierno central permisivo, tonto, que buscaba la paz, cediendo sumisamente a las pretensiones de la izquierda violenta.

Francisco Mosquera y Ángel Galeano Higua en la población de Montecristo, estribaciones de la Serranía de San Lucas, Sur de Bolívar. 1984 (archivo particular)

La frustrada experiencia de los descalzos en el sur de Bolívar sucede en tiempos nefastos para nuestro país. Era la época de la demagogia belisarista (1982-1986), de la tragedia que borró la población de Armero del mapa nacional, de la toma del Palacio de Justicia por parte del M19 y de la muerte violenta de los líderes descalzos en varias regiones del país. La barbarie triunfó ante la solidaridad y amor por los más necesitados. Los descalzos salen de las veredas y sitios agrestes, prometiendo regresar, pero no pueden hacerlo, las condiciones para materializar un ejemplo nuevo de tanto desprendimiento no son propicias, los violentos crecen de la mano del Estado, narcotraficantes y delincuentes comunes, hasta conformar una sola cosa deforme con tentáculos en toda la nación.
Capítulo aparte merece el ideólogo de todo ese movimiento político, se trata de Francisco Mosquera Sánchez un hombre con gran carisma, estudioso, inteligente. Su mérito radica en haber convencido a toda una generación de jóvenes universitarios, estudiantes y obreros de la necesidad de abandonar la comodidad de la ciudad, para iniciar el conocimiento estratégico de los grandes aliados en el proceso revolucionario colombiano, los campesinos, y así ganar el corazón de los más desfavorecidos por medio de una vida activa, propositiva y en comunidad con ellos. El ideólogo visitó la serranía en los momentos en que se iniciaba la ofensiva violenta por la recuperación de la región. Pacho, como lo llama Leonardo, convivió por unos días con sus pupilos y saludó la nueva militancia campesina de su partido. La crónica de esta visita la conocemos por Leonardo quien no se cansó de escribir hasta los gestos del jefe de la utopía y tomar fotografías al respecto. Pero la crisis se ahondó cuando esto sucedía y Pacho no dudó en ordenar la salida de todos los descalzos, los convenció de la idea de no responder con la irracional violencia a los violentos a pesar de que tenía gran respaldo de las masas campesinas en ese propósito. Con esta decisión racional sacó a su grupo político del conjunto de organizaciones que contribuyeron a la creación del engendro paramilitar, que inició como un simple movimiento de autodefensa campesina y degeneró hasta convertirse con lujo de detalles en criminales iguales o peores que los asesinos de los descalzos.

La novela de Ángel Galeano Higua que se inscribe en el realismo, contada en primera persona, desconcierta a los lectores que vivieron parte de esa experiencia al encontrar unos nombres reales, otros con seudónimo, pero que de inmediato se sabe de quién se trata, además de algunos que son producto de la imaginación del escritor. El río fue testigo es también una novela histórica, trabaja una experiencia del tiempo presente, básica en el propósito de entender el accionar de una fuerza política de izquierda, que se negó a la utilización de las armas antes de desarrollar un proceso educativo a gran escala que sacara del oscurantismo a campesinos y obreros, se trataba de esperar el tiempo que fuera necesario antes de explorar una coyuntura revolucionaria o simplemente estar preparados para tal fin.

Un complemento a la historia de los descalzos del sur de Bolívar, tan importante como la novela es EL PEQUEÑO PERIÓDICO, órgano informativo y cultural de la comunidad de Magangué y de toda la serranía de San Lucas, en sus páginas se recrea el gran impacto positivo generado por los jóvenes intelectuales en una región abandonada por el Estado central y apetecida por los violentos. Ángel Galeano Higua, fundador y director de EL PEQUEÑO PERIÓDICO y autor de la novela en mención, como buen creador se cuida de no preferir a una más que al otro, ambos representan un gran complemento en su producción intelectual, como cronista de esa experiencia inolvidable que fue la presencia de los descalzos en el Sur del departamento de Bolívar.

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(*) Jorge Alberto Morales Agudelo es Historiador egresado de la Universidad de Antioquia, autor de diversos artículos publicados en revistas especializadas y periódicos.

Texto publicado en: http://nuevagaceta.co/inicio/el-rio-fue-testigo-otra-novela-de-los-descalzos, Sáb, 02/25/2017 – 22:07.

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