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Archive for the ‘Invitado Especial’ Category

El heroísmo de sobrevivir

María Orfaley Ortiz Medina (*)

El 6 de Junio, en el marco de la celebración de los 10 Años del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, tuvo lugar en la Sala Abierta de la Biblioteca Piloto de Medellín, una conversación alrededor del libro Los niños de Aquitania, entre su autor, Ángel Galeano Higua, y la escritora, Magister en psicología de la Universidad de Antioquia, Especialista en estudios sobre juventud, María Orfaley Ortiz Medina, y el público asistente. Presentamos a nuestros lectores los apuntes que la escritora preparó con este motivo. El evento fue convocado por la Fundación Arte & Ciencia y El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

María Orfaley Ortiz Medina: Tal vez, los niños solo pueden intentar crecer en silencio. Con el único heroísmo de intentar sobrevivir allí. (Foto archivo)

Como una rama

Son siete capítulos cortos, con un lenguaje sencillo, narrado en tercera persona, todo pasa en una noche y la mañana siguiente. La protagonista, una niña muy decidida y valiente que quiere salvar un árbol, o mejor, los árboles de su parque. La niña tiene una relación especial con ellos, ha soñado con la casita del árbol.

De una forma sencilla, a través de la acción de la niña y de algunas pistas sobre el espacio, queda claro para el lector que el entorno está cambiando, el canto de los pájaros está siendo reemplazado por el ruido de los carros, al parecer se quiere construir un centro comercial.

El cuento presenta una relación especial de los niños con la naturaleza, están cercanos a ella, y este mundo natural en el que juegan es amenazado por las ideas de progreso, por una mirada adulta urbanizadora. Los adultos desean reemplazar este mundo natural por uno de concreto. Así queda puesta sobre la mesa la oposición entre dos miradas del mundo: niños-naturaleza vs adultos-progreso-concreto.

No hay discursos sobre la importancia del cuidado y el amor por la naturaleza. Hay un acto decidido. Así, las acciones de la niña van dibujando la relación con el mundo natural mediado por el afecto, a ella solo le interesa salvar su árbol y se vale de lo único que tiene para hacerlo, su cuerpo amarrado a él, como una rama.

Matías, comenta sus impresiones al leer “Los niños de Aquitania”.

Es interesante cómo son puestos allí varios elementos, los padres no saben qué pasa, nadie sabe, los adultos no saben lo que ha sucedido, porqué una noche la niña desaparece, llega la mañana y nadie sabe nada. Hay una distancia entre el mundo de los niños y el mundo de los adultos. Al final, cuando la niña es descubierta, todos los niños salen, “saben lo que tienen que hacer” frente a unos adultos impávidos.

A los adultos no se les convence con discursos, se les interpela con un acto que los sorprende, un acto que los interroga en su forma de habitar el mundo. Esto es lo que parecen saber los niños, y en especial la protagonista, que los adultos no atienden a los argumentos de los niños, que siempre tendrán la razón y que solo hay una manera de hacerles ver lo que se piensa, un acto. Un acto que intenta detener lo que ya es decisión, lo que ya es proyectado como el futuro para su mundo. Así, la civilización, el concreto -el centro comercial-, el capitalismo, amenazan la casa del árbol, la libertad, el mundo natural, los espacios de aventura para el espíritu infantil. Y queda para el lector una idea rodando allí, ¿acaso la idea de progreso como urbanización empobrece los espacios posibles para los niños? ¿Se precariza el mundo de los niños en las ciudades?

 

Los niños de Aquitania

Es un cuento que uno lee con una sensación extraña entre la contención y la aceleración del pulso, escapan suspiros, no de amor, o de sorpresa, suspiros que genera el encontrarse con el horror. Pero no es la descripción de la crueldad de nuestra violencia a secas. Este cuento pone al lector frente a algo que lo desacomoda de entrada: “Patean la pelota en las ruinas del atrio, mientras que en la parte de atrás de lo que queda del templo, un hombre y una mujer, con las manos amarradas, esperan”. El lector se encuentra entonces con el juego y la muerte, con los niños en un mundo macabro, con una infancia entre murallas. Patear la pelota al tiempo que suena una ráfaga, con ello se introduce la atmósfera que marca el cuento.

Son nueve capítulos muy cortos, narrados por un testigo, un integrante de una comisión que va a llevar la lectura y la escritura a los niños. Nueve capítulos que narran la historia acudiendo al fragmento, al salto de una imagen posterior a una anterior. Un rompecabezas para armar, simulando tal vez lo que sucede con los trabajos de la memoria cuando intentan hacer un tejido con lo innombrable, diría lo incomunicable, si bien el cuento comunica, transmite al lector algo de esa experiencia de ruptura que nos trae el narrador, pero de la que no podrá comunicarse todo.

Podría ser, aquel lugar, el mundo ideal para los niños; hay una montaña, un río, pájaros, animales. Pero, allí en medio de esa rica naturaleza se nos dibuja el predominio del terror, la vida de los niños precarizada por los violentos.

Jóvenes estudiantes toman la palabra. Lecturas que los conmueven.

Hay en el cuento varias escenas muy duras, la pareja amarrada que espera, el silencio de los pobladores, que, además lo imponen a los visitantes, los cuerpos todavía sangrantes, la gente corriendo con dolor, rabia e impotencia. Sin embargo, si el foco de lectura de este cuento es la mirada sobre los niños, el lector se sobrecoge con los capítulos 4, 5 y 6, veamos un fragmento del capítulo 4.

Trajimos nuestros libros de cuentos para leerlos en voz alta, pero las circunstancias no lo permiten y tenemos que leer como si nosotros fuésemos los delincuentes que tuviéramos que actuar a escondidas. Cuando los niños ríen, gracias a las aventuras que susurramos, ahogan la alegría con la mano sobre la boca. Al cabo de una enmarañada y deliciosa trama, tomamos un refrigerio. Mastican con parsimonia y beben la limonada sin hablar. Luego, como un ritual de sobremesa, patean la pelota en un rincón, sin hacer ruido, con la precisión propia de quien ha aprendido a hacerle quites al peligro. (p. 14-16)

¿Acaso se nos muestra aquí una inversión de las cosas, de lo que nos dice la lógica? La lectura de historias debe llevar a los niños a mundos peligrosos, pero, con la certeza de que nada va a pasar, vamos a la historia, experimentamos el miedo y volvemos al lugar seguro de la cotidianidad. Aquí no. Los niños con la lectura hacen una pausa al horror cotidiano, al silencio obligado. La literatura los lleva a otros mundos, pero tienen que ir de modo furtivo, caminando agachados “hasta un sótano oloroso a humedad” (p. 13).

Pero los niños en los cuentos no están solos, hay adultos. En los niños de Aquitania, los niños parecen estar solos en ese mundo. Los adultos son los violentos, de los que se sabe en el cuento por sus acciones, no se les ve el rostro; los pobladores que aparecen todos, rabiosos, impotentes a encontrarse con sus muertos. Y están los adultos de la comisión, los que les llevan los libros, la lectura y la escritura, los que los pueden ver e invitar un rato a vivir la infancia, a vivir como los niños que son, aunque esto tenga que darse como un acto furtivo. Pero estos adultos se van, son visitantes que no resisten ese terror con el que los niños parecen haber aprendido a convivir.

Es una buena pregunta aquella de qué sucede con el mundo de la infancia cuando los adultos están presos de contextos amenazados, cuando la atmósfera violenta deja reinar especialmente al miedo. Tal vez, los niños solo pueden intentar crecer en silencio. Con el único heroísmo de intentar sobrevivir allí.

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(*) María Orfaley Ortiz Medina, psicóloga, Magister en psicología de la Universidad de Antioquia. Especialista en estudios sobre juventud. Ha publicado Nucamono quiere saber (2008), Lucy (2009), Almas de madera (2010), El Misterioso Libro de papá (2011), De sapos y trampas (2012) y Ese día no salió el sol (2005) Ha publicado también distintos artículos de psicología aplicada en el área educativa y social, así como artículos sobre literatura.

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Las delicias de una buena conversación

Con Leonardo Muñoz, celebramos nuestra primera década como Grupo literario. (archivo)

Con gran entusiasmo, los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo iniciaron los eventos de celebración de los primeros 10 años del Grupo programados para el 2019. Para empezar, el invitado fue Leonardo Muñoz Urueta, oriundo de Magangué (Bolívar), autor de dos libros de cuentos: Bajo el naranjo y Acuérdate del tahine, ambos editados por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA.

Con su novela Dulce de caballito, obtuvo el primer lugar en el XI Premio de Literatura Infantil y Juvenil “Barco de vapor”, que será publicado en Mayo durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Los eventos tuvieron lugar el martes 26 de febrero en la Sala Abierta de la Biblioteca Pública Piloto y en Otraparte el sábado 2 de marzo. La conversación con Leonardo la condujo el escritor y periodista Leandro Vásquez Sánchez, miembro del Grupo Literario.

Leandro Vásquez conversa con el escritor invitado, Leonardo Muñoz, en la Biblioteca Pública Piloto (foto archivo)

El encuentro en Otraparte, las delicias de la conversación literaria. (archivo)

Historias de amor y duelo cogen vuelo en el contrapunteo de una atmósfera típica de la Costa Caribe, donde el ritual preparatorio de un acanelado dulce de plátano maduro va de la mano con el aroma de un amor compartido, poniéndonos sobre aviso de que un nuevo talento asoma su pluma en el paisaje de la literatura colombiana.

La mejor forma de empezar a celebrar los primeros 10 años del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ha sido leyendo con anticipación la obra de Leonardo y luego conversar con él sobre los intríngulis que lo impulsaron a escribirla. Es la comunicación del escritor-lector, ambos creadores alrededor de las historias. Uno de los hitos del Grupo es descubrir que leer y escribir hacen parte del mismo fenómeno creativo.

Leonardo nos regala su risa caribeña, pero en ella se atisba el drama de una tragedia nacional. Barrer las hojas secas de un naranjo plantado en mitad de un patio polvoriento, se convierte en solitario escenario para plasmar el monólogo de una madre que sufre lo indecible por la muerte de su hijo a manos de una gavilla de asesinos que asola los pueblos. Un manjar de comidas hecho de palabras, con sabor a Caribe. Historias con el menú de recuerdos que se debaten entre el dolor y el aroma, la angustia y las recetas. Una pizca de dulce para la herida abierta, la búsqueda de un conjuro que se cuece en la imaginación.

El poeta y escritor de San Antonio de Prado, Alejandro Esteban Marín, interpretó varias de sus composiciones para flauta. (foto archivo)

El cuento, Acuérdate del tahine hace alusión a la influencia árabe en la comida del Caribe colombiano y es metáfora de la relación entre las costumbres gastronómicas autóctonas y la memoria.

En próxima publicación compartiremos la conversación desarrollada, marcada por el asombro de un niño que descubre el mundo en las palabras de la abuela, Micaela Rico, y que luego, adolescente, lucha por aprender a expresarse gracias a la amistad crítica con un hombre de 92 años que vive a orillas del río Magdalena, en la Albarrada de Magangué: don Antonio Botero Palacio. ¿Cómo escribió Dulce de caballito?

 

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Sábado 2 de Marzo – 10AM

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OTRAPARTE

Sesión abierta al público, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

Con Leonardo Muñoz Urueta


A mi Abuela Micaela

Ingredientes
7 Plátanos maduros de concha oscura
1 taza de agua
3 Clavos de olor
1 Panela

Preparación:
Cada vez que Micaela Rico sentía ganas de probar el dulce de plátano maduro, madrugaba a la plaza de mercado para escoger los plátanos ideales. Con su mandato matriarcal los cogía en la palma de su mano, con las yemas de sus dedos los apretaba, se los acercaba a la nariz y luego iba echando en el canasto los elegidos.

En su soledad sabía que ésa era su manera de consolarse, de recordar a Justiniano Muñoz en las tardes de estío ya sin él.

Los despojaba de su antigua concha en el silencio de la cocina, inhalaba el aroma del plátano maduro que se abría como la flor ambarina de un sexo dormido por siglos a la espera de ser despertado por los dedos desnudos de Micaela y, desde la niebla de su memoria, recordaba el día en que vio por ultima vez con vida a Justiniano Muñoz. Llegó a la casa con su sombrero vueltiao.

Lo vio a través del humo ceniciento de los recuerdos, de pie en el umbral, con su camisa de líneas azules, el pantalón de lino color de arena mojada arremangado y sus milenarias abarcas.

–– Buenos días, Micaela.
–– Buenos días, Justo.
En una taza de totumo ella le ofrecía café sin preguntarle.
–– Micaela, hoy no me esperes para almorzar, voy a comer mote de bagre donde Rosa.
–– Ah… bueno -–contestaba Micaela, reprimiendo en un hilo de voz el incipiente enojo y decía ––aquí vamos almorzar sopa de coroncoro–– Sabía que ésa era la sopa predilecta de Justiniano y luego como para tener la certeza de su triunfo, decía con voz clara y alta: ––… y dulce de plátano maduro.

Leonardo Muñoz (a la derecha) durante la Fiesta del Libro de Medellín 2018. Lo acompañan Bárbara Galeano Zuluaga, Leandro Vásquez y Yeison Henao. (Foto archivo)

Micaela había conocido a Justiniano con otras dos mujeres, Inés y Rosa, la ultima esposa por la iglesia, cada una vivía en casas distintas, se insultaban en sus encuentros diarios, en las compras dominicales en la plaza de mercado, en el parque, en la albarrada, en la misa de seis de la mañana, no obstante compartían sin recelos el mismo hombre.

Micaela siempre ganaba, Justiniano almorzaba dos veces en el día solo para probar el dulce de plátano maduro; ese día aciago no le dio tiempo para almorzar donde Micaela, ni probar el dulce.

En una olla de cobre sobre un fogón de carbón se pone a diluir la panela con una taza de agua, a fuego lento. Aparte, los plátanos se empiezan a moler, que salga una masa ni tan blanda, ni tan dura, decía Micaela en voz alta cuando alguien le preguntaba sobre el secreto del dulce.

A mediodía, la casa olía a dulce de plátano maduro cocinándose, la radio estaba en alto volumen, sonaba un vallenato añejo que contaba la historia de un toro enamorado de la luna, cuando el compadre José Emiliano llegó sudando a la puerta de la casa. “Comadre… bájele a la radio, Justo se nos está muriendo…”.

Cuando se tiene la masa de plátano maduro se echa en la olla, se le espolvorea al azar los tres clavos de olor, con una cuchara de palo se revuelve hasta que el dulce tome el punto.

¿Qué iba a ser de mis hijos sin un padre? ¿Que iba a ser de la criatura que llevaba desde hacia tres meses en mis entrañas? Me dijeron después que, a las doce en punto del día, en la orilla del río, Justo estaba supervisando la descarga de bultos de arroz desde la chalupa y para apresurar la carga se echó un bulto en sus espaldas, dicen que tuvo un derrame interno o un paro cardiaco. El medico Blanco le había recomendado reposo, pero Justo solía responder con gracia “Que la muerte me coja trabajando”. Así fue, Justiniano bajo el sol de medio día en la albarrada, se puso pálido, se orinó en los pantalones y se desplomó. En la albarrada le prendieron los abanicos y le desabotonaron la camisa.

Se sirve el dulce caliente, si se quiere, en hojas de plátano cortadas en forma de cuadros.

Al día siguiente de su muerte me despojé de todo orgullo y fui a la casa de Rosa, la esposa, en donde lo velaban. Ahí estaba en su ataúd de caoba en el centro de la sala, con un cirio encendido en cada esquina del féretro, alrededor estaban sentados los empleados del sindicato de braceros. Cuando entré a esa casa, sentía que me reprochaban mi presencia, todavía hoy ignoro si fue por respeto al difunto o porque esa mujer Rosa también lo amaba y comprendía mi dolor, que me dejó pasar con mis hijos para que se despidieran de él.

En la casa también le hice su altar con sábanas blancas y una mesa cubierta con un mantel blanco crema, encima le puse un florero de porcelana con flores de siemprevivas, un vaso de agua, un velón y, por supuesto, un poco de dulce de plátano maduro en una hoja de bijao.

Todavía hoy, treinta y nueve años después, ­la misma edad de mi hija Lisbeth­­, sigo soñando con Justo. En los sueños él sigue igual como la última vez que lo vi, yo estoy encinta, él llega a la puerta de la casa y yo ni siquiera lo saludo, le extiendo la mano y le digo “Justo, no tengo dinero para comprar los plátanos maduros”, él saca unos billetes del bolsillo de su pantalón, me toma la mano derecha, me pone los billetes en la palma y me la cierra. En la madrugada despierto con la sensación de que Justo me ha dado dinero, pero me encuentro con mis manos vacías.

Ahora en las tardes otoñales, después de que los años nos enseñan a perdonar y recuperar el tiempo perdido, Inés y Rosa, las otras dos mujeres de Justo vienen a mi casa, comemos dulce de plátano maduro en los veranos ardientes bajo la mansedumbre sombreada de las hojas de los almendros en el zaguán. Sentadas en mecedoras de mimbre nos acompañamos en los achaques de una vejez inevitable, ya sin él.

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Tomado del libro Acuérdate del tahine.
Editado por FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA de Medellín

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Invitado Especial

El guitarrista que quiso ser invisible

Leandro Vásquez Sánchez

Miguel Ángel Sanz sólo pudo ser guitarrista. No se imagina desempeñando otro oficio. Sin la música su vida sería insoportable. Cree que también es indispensable para los otros seres humanos. Como el agua, el oxígeno y los nutrientes. La belleza, la música, la poesía salvan vidas, dice. Ese ideario lo practica con un entusiasmo casi religioso. Por eso se propuso cruzar el Atlántico para presentar en Colombia un recital con poemas colombianos.

Maestro Miguel Ángel Sánz. En la parte trasera del Instituto donde estudió, vivía un lutier de guitarras clásicas que cuando las terminaba le pedía el favor de probarlas. Era tal la fascinación por esos instrumentos recién construidos, que escapaba de las clases para ir a visitarlo. (Fotografía de Ángel Galeano Higua)

 

Una vocación inquebrantable

Taller de lutier en Barcelona que fabrica las guitarras que Miguel Angel Sánz prefiere. (Foto Angel Galeano Higua)

Su primera guitarra la heredó de su abuelo. Como no sabía tocar, sólo pasaba el pulgar por sus cuerdas. Estaba desafinada de tal manera que producía un acorde perfecto mayor. No tenía que hacer ningún esfuerzo para lograrlo. Pero la guitarra siguió destemplándose. El primer ejercicio fue buscar, otra vez, ese sonido. Así comenzó a explorar los rudimentos del instrumento.

Obtuvo a lidias el título de bachiller y maestro de guitarra. En la parte trasera del Instituto donde estudió, vivía un lutier de guitarras clásicas que cuando las terminaba le pedía el favor de probarlas. Era tal la fascinación por esos instrumentos recién construidos, que escapaba de las clases para ir a visitarlo.

Durante el servicio militar obligatorio, dirigió la banda de guerra porque sabía más de música que su superior. Cuando formaban las unidades, Miguel Ángel decía: a la orden mi coronel, sin novedad en la banda. Para hacer ese reporte necesitó tres meses. Cada capitán hacía lo mismo con su compañía, pero ellos necesitaron quince años de carrera para ganar ese privilegio. Miguel Ángel también fue cornetín de órdenes. Era una satisfacción tocar ese instrumento y ver al coronel ponerse firmes, cuenta.

Gastó mucho dinero en el cuartel, sobre todo en comida. Sus padres se lo mandaban. Buscó un trabajo para devolvérselo. Cuando en una empresa de transporte, dijo que quería el empleo para comprar un piano, lo descartaron. Pero su historia llegó a oídos del gerente de la compañía, quien, para sorpresa de todos, lo contrató. Lo hizo porque el gerente siempre quiso ser músico. Al terminar el contrato, le insistió para que se quedara y se convirtiera en su secretario. Te triplico el sueldo, lo retó. Señor Álvarez, no puedo seguir, yo soy músico, ya trabajé lo suficiente para comprar el piano. Cuatro años después, Álvarez entraba con su esposa a la ópera y lo reconoció en un pasillo: ¡Miguel, qué tal! Bien, gracias, ahora soy profesor en el Conservatorio Superior de Música. Se despidieron con un apretón de manos.

 

La última página

Los poemas de La última página lo impulsaron a entablar un diálogo. El lenguaje que Miguel Ángel eligió para comunicarse fue la música. La guitarra era la intérprete de las sensaciones que le despertó esa relación. Durante varios días sintió cómo emergía en él una tonada. A veces creía que era una pieza de algún otro compositor. Pero no, era la obra que cobraba vida. Por eso, al principio sólo escribió las partituras para cinco poemas. No los eligió guiado por un método. Fue sólo enamoramiento. Había otras poesías que merecían vestirse con la seda de la música, pero debían madurar, reclamar ellas mismas un lugar en su pensamiento.

Entendió que la belleza ya estaba en el poema. Un exceso de protagonismo de la música traicionaría la relación que pretendía establecer. Se corría el riesgo de mancillar los versos. La guitarra sólo debía servir para acompañarlos. Pero con la música, el poema cobró una nueva dimensión. Fue el encuentro de dos niños que desvestían El trompo de Rubén Darío Lotero, trepaban al árbol y espantaban los pájaros de Miguel Méndez Camacho o jugaban a que uno era la Eurídice de Lucía Estrada y el otro la muerte acechando. Al recital se sumaron otros poemas del mismo libro. Los de Pedro Arturo Estrada, Tatiana Guardiola, Jorge Debravo, Luis Hernán Rincón, Álvaro Julián Moncada y Héctor Rojas Herazo. Acompañados por los versos de los catalanes Álex Martínez, Joan Margarit y Miquel Martí i Pol.

 

Medellín, vedetes y poesía

(Izq. a der.) Los poetas Rubén Darío Lotero y Eladio Ospina. El guitarrista Miguel Ángel Sánz y el poeta Álvaro Julián Moncada (de sombrero) y el niño Miguel Alfonso Sánz Contreras. Biblioteca del Jardín Botánico de Medellín (Foto archivo)

El guitarrista me confesó que todavía no termina de leer La última página. Quiere volver a su casa en Cerdanyola del Vallés para hacerlo. Inició la lectura, pero le reclamaba abandonar los afanes. Exigía degustar todos los matices. No intentó finalizarla. Su cansancio físico y mental se lo impedían. El trabajo con La última página no sólo exigía leer o componer las partituras de guitarra. Implicó planear los recitales en Barcelona y en Colombia. Lo obligó a emprender un agotador trabajo administrativo y de gestión junto a las instituciones que lo apoyaron. Pero desde el principio supo que valdría la pena.

En Cartagena y Barranquilla el recital superó las expectativas. Lo mismo que en Medellín, realizado en el auditorio del edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. Poco antes de iniciarse, Ángel Galeano me presentó a Miguel Ángel Sanz, a su esposa, a su hijo y al poeta Pedro Arturo Estrada, quien llevaba una gorra campera negra. A este último le preguntamos cómo iba el Festival Internacional de Poesía de Medellín, uno de los eventos más sonados en la ciudad y que acontecía esa misma semana. Nos contó que este año lo “mejor” eran las poetisas invitadas. Parecían elegidas en un casting. Y nos mostró una revista que lo confirmaba, casi un catálogo de modelaje.

 

Las estrellas cautelosas

El compositor Miguel Ángel Sánz en la Universidad de Antioquia, 2018 (Foto Ángel Galeano Higua)

Miguel Ángel esperaba la llegada de los poetas. Estaba vestido de negro. Su esposa, de blanco. Cuando le tendí la mano a Miguel Alfonso, su hijo, miró al suelo. Dudó en extendérmela, no muy seguro de presentársele a un adulto con un apretón. Olvidó decirme su nombre.

Llevaba gafas, vestía un short, un morral del Fútbol Club Barcelona y un reloj de bolsillo que compró en Medellín porque, a su abuelo, le gustan esas cosas. Participó en el recital desde el comienzo. Una vez su padre escribía la música, podían abordarlo en casa y pedirle que declamara cualquier poema. Gracias a su memoria prodigiosa, no tenía que leer. ¿Sabes qué hacía yo a tu edad? Jugar fútbol en la calle, le dijo Ángel Galeano.

El encuentro con los poetas fue delirante. Padre e hijo presenciaron cómo las voces recogidas en unas cuantas letras, leídas, declamadas y soñadas, vestidas y desvestidas con la música, se hacían personas. Los culpables de su enamoramiento de la poesía colombiana y su periplo por el país, estaban ahora frente a ellos. No imaginaron que la voz de Julián Moncada fuera tan frágil como sus versos, ni que la paciencia de Luis Hernán Rincón igualara a la de los asteroides de El río sin agua. Después de enseñar música, componer, realizar giras por Europa y África, tocar con orquestas, bandas sinfónicas y músicos destacados, Miguel Ángel sintió que estaba delante de unas verdaderas estrellas, no del rock, sino de la poesía. Cuando Miguel Alfonso los saludó, las manos le sudaban.

 

El trompo y el niño

Al comienzo el público esperaba el recital en silencio. Miguel Ángel se sentó con la espalda recta y la guitarra entre las manos, apenas apoyada en el muslo de su pierna izquierda. Ángel Galeano era uno de los rapsodas. Su voz fue recia, profunda y calma, como el rumor de un mar lejano. La de María Cecilia Estrada, invitada a leer los poemas de Lucía Estrada y Tatiana Guardiola, en cambio, era una huida tensa.

Padre e hijo en pleno recital en el Auditorio principal del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. (Foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

La guitarra serpenteaba tras sus pasos. Antes de recitar, Pedro Arturo Estrada contó la historia del maestro José Manuel Arango, a quien alguien le pidió que le permitiera ponerle música a sus poemas a lo cual él respondió: Yo creí que ya tenían.
Me sorprendió cuando Ángel Galeano llamó al escenario a Miguel Alfonso. Es mi hijo, le contó el guitarrista al público mientras ambos sonreían. Lo invitó a participar del recital porque no tenía otra forma de agradecerle su colaboración en los ensayos. Además, su presencia daba un mensaje: la poesía es para compartir, no hay que ser adulto o especialista. El niño de diez años se paró a un lado del atril. Con una mano sostuvo el micrófono y la otra la guardó en el bolsillo. Miguel Ángel introdujo El trompo con un vals, un giro, como el del juguete. Luego Miguel Alfonso declamó, con su voz tersa: Vestir el trompo con delgado hilo/ y en un envión/ desvestirlo… Sacó su mano del bolsillo y lanzó el trompo invisible. La música produjo un golpe, como el de la cuerda al liberar la peonza. Esbelta bailarina de lisas caderas/ danzando libre/ sobre un tacón. Terminó. La música decayó. El juguete también se detuvo, poco a poco, en nuestro pensamiento. Ambos sonríen. Arremetieron los aplausos enternecidos y los ¡bravo, bravo, bravo! emocionados por la presencia angelical de Miguel Alfonso. El niño tendió la mano para que le agradecieran a su padre. Miguel Ángel sabía que él no era importante, pudo hacer su trabajo tras bastidores y nada cambiaría. Quiso ser invisible, como la música. Señaló a Rubén Darío Lotero, el autor, a quien de verdad le debíamos ese estremecimiento. Fue un privilegio redirigirle esa ovación. El niño balanceó su cuerpo, nervioso, hizo una venia y se sentó de nuevo entre el público.

lavasquez1188@gmail.com

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Publicado en la edición impresa de El Pequeño Periódico No. 102.

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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“La literatura es mi amiga más íntima”

Entrevista con la escritora Marta Cecilia Cadavid Moreno

Por Ángel Galeano Higua

A su risa, a su voz, a su alegría hay que agregarle una virtud más: su mirada crítica. Sus ojos educados desde la niñez en los asuntos de la palabra, caen justo donde hay un error en un texto, una inconsistencia, una falta de ortografía. Como si sus ojos tuviesen plena autonomía, don propio de los lectores formados en una larga y continua búsqueda de la perfección. La primera vez que vi a Marta Cecilia Cadavid fue durante una reunión del taller literario de Yurupary hace varios años. Luego, para mi sorpresa, se inscribió en el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo que sesionaba en el segundo piso de la Biblioteca Pública Piloto. Allí fue donde constaté lo incisivo de sus ojos lectores cuando diseccionábamos los ejercicios escritos de los participantes.

La tradición literaria se enriquece cuando los lectores son capaces de detenerse y rumiar cada frase, masticarla como si tuviéramos cuatro estómagos por los cuales deben transitar las palabras para su digestión. Algo nerudiana es Marta Cecilia, cuando al decir del gran poeta chileno sobre las palabras: “Las agarro al vuelo cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… … Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo…”. Ni más ni menos.

Este olfato especial no se puede enseñar. Se aprende en una única y solitaria aventura de toda la vida. Formar lectores no es una tarea por horas que se pueda transmitir en una clase o un taller o mediante un manual. Hace parte del talento. Los cambios profundos se cuecen de dentro hacia afuera. Nacen en el mundo interior de cada uno, de allí brotan con fuerza demoledora y pueden encumbrarse hasta descubrir la gran verdad de que “leer y escribir es lo mismo”. Aprendizajes trascendentales como este, son los que enriquecen a un grupo. Y si esa lectora es alegre, ríe, canta y hasta habla sola, como Marta Cecilia, pues mucho mejor. Aquí un breve perfil de ella.

 

Marta Cecilia Cadavid Moreno (leyendo El Quijote en una sesión del Grupo): “Cuando empecé a trabajar estaba en un salón con otros compañeros y como yo hablo sola, cada rato pensaban que les hablaba a ellos y se burlaban de mí. Al cabo de un tiempo, muchos hacían lo mismo. En casa me regaño, me alabo, me cuento chistes, suelto carcajadas porque dije algo que después sonó fuera de tono, hablo con las plantas, les doy besos y por supuesto, le cuento muchas cosas a Ámbar, mi nueva cachorra shih tzú. En una de esas conversaciones, alguna voz sale por ahí y me dice que estoy rayada…”. (Foto archivo)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Mi gracia es mi sonrisa y mi alegría, que a veces se desborda y rompo en sonoras carcajadas. Desde pequeña me ha encantado el humor, y como crecí en medio de adultos, escuchaba los chistes y los repetía, aún sin entenderlos. Claro que también tengo otra gracia y es mi voz, porque canto bien, mis amigas me lo han confirmado muchas veces y me agradecen cuando las felicito en su cumpleaños cantándoles por teléfono Las mañanitas de madrugada. Y es que mi mamá cantaba zarzuelas, operetas y tangos. Inclusive me contó que cuando Carlos Gardel murió, ella con dos amigos fueron a la tumba a cantarle sus amados tangos. Entonces, en cierta ocasión al escucharme cantar, me dijo: qué desentonada estás, te voy a enseñar a cantar. Y así fue como aprendí a cantar Granada, Musmé y otras más. Ya en mi adolescencia, me encantaba la música colombiana y cantaba las canciones de Obdulio y Julián, El dueto de Antaño y muchas más. Todo tipo de música: boleros, rancheras, baladas.

En este libro de relatos del río, que mereció el Premio Vigías del Patrimonio de Medellín, se incluye Detrás de la máscara, texto escrito por Marta Cecilia Cadavid.

P. ¿Y tu desgracia?
R. Creo que mi desgracia tiene que ver con un órgano que es muy inquieto. Hablo de más y a veces en momentos inapropiados, debido tal vez a mi carácter impulsivo que se deja llevar por las emociones. Aunque adoro mi aspecto emocional y es importante la sensibilidad, en muchas ocasiones es necesario un control oportuno. Llevo algunos años intentando controlarme, algo he avanzado, pero no lo suficiente.

P. ¿Consideras que has avanzado como lectora, como escritora?
R. Definitivamente sí, en ambos casos. Leo desde muy pequeña porque viví parte de mi niñez en casa de abuelos y con una tía maestra, que tenía una extensa biblioteca y en medio de viejos, lo que llenaba mis días además del estudio, eran los libros. Pero esas lecturas lo que me dieron fue un amplio vocabulario y algunas alegrías e inquietudes. Después en el taller de la Piloto, ahondé un poco más debido a los comentarios y análisis que se realizaban allí y más tarde en el grupo Voz de Nosotras fui adquiriendo un mayor volumen de lecturas de clásicos que sumaron en el proceso. Sin embargo, la lectura emprendida a la luz de las pautas recibidas en el grupo El Aprendiz de Brujo direccionaron mi atención de manera valiosa, al tiempo que me mostraron nuevas ventanas hacia la asimilación y estudio de las obras más importantes de la literatura, rompiendo esquemas y academicismos. Por ende, al tener la bolsa más llena, la escritura alcanzó un mayor nivel.

P. ¿En qué sentido avanzas o en qué sentido retrocedes?
R. Yo creo que no se retrocede, para mí el camino es hacia adelante y las situaciones que normalmente se toman como un retroceso porque son equivocaciones, son las oportunidades para elevarnos, para crecer. El camino, como te decía, es hacia adelante y hacia arriba y tiene subidas y bajadas. Pero la última bajada está siempre más alta que la cima anterior.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras una aprendiz?
R. Pues fíjate que siempre he sido una enamorada de lo nuevo, muy inquieta, me gusta mucho preguntar y me siento como una esponja lista para absorber todo lo que pueda. Pero me sentí realmente una aprendiz, en El Aprendiz de Brujo, porque debido a su nombre, me inquieté y asumí esa posición de miembro del grupo como una verdadera aprendiz. Sentí que cada vez que escuchaba las palabras tuyas respecto a algún tema específico, eran como golosinas para mí y anotaba creo que hasta tus respiros. Mis cuadernos de notas dan cuenta de ello. Por eso digo en algún lado que me considero una aprendiz de la literatura y de la vida.

P. Hay cierta predilección en tus publicaciones por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Es cierto, tal vez es porque apenas me estoy sintiendo con la seguridad suficiente para escribir una narración de largo aliento, aunque entiendo que el cuento es valioso en literatura e incluso más difícil, ya hemos escuchado que en literatura el cuento gana por nocaut. Yo creo que todo tiene su momento y vamos caminando hacia la realización de nuestros objetivos.

Relatos de una Aprendiz, “el hermoso viaje que emprendí en el proceso de diagramar los textos que ya habían pasado por varios filtros de revisión, buscar el papel, cortarlo, hacer la carátula, revisar los colores, llevarla a imprimir, refilar, grafar, todos esos pasos que involucran la edición e impresión de un libro que muchas personas no conocen y enriquecen el arte de escribir”.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado. ¿Cuál fue? ¿Cómo brotó?
R. Mi primera publicación fue en el año 2012, en una antología con Voz de Nosotras, un grupo de siete mujeres que asistimos al taller de la Biblioteca Piloto. Allí publiqué ocho cuentos y uno de ellos El carnicero, su mujer y su amante, surgió a raíz de un ejercicio que hicimos en el taller del grupo, que consistió en escribir cada una de las talleristas un cuento con ese título específico. Y la anécdota es que, cuando uno tiene algo para escribir, rondan en la cabeza en todo momento, no importa dónde estés, los personajes, las situaciones. Pues yo necesitaba darle un toque especial al cuento que ya lo tenía más o menos armado en la mente, pero cuando iba manejando para la casa, se me ocurrió el final perfecto.
La señora creía que el carnicero tenía una amante porque se quedaba una noche cada semana en la carnicería y cuando fue a escondidas a verificar su traición, angustiada porque veía como se cambiaba su traje lleno de sangre por un smoking, servía vino, etc., ¡vio que era para sentarse a escuchar el nocturno de Borodin!

P. ¿Y del último?
R. El último texto publicado fue un libro que edité e imprimí a través de un amigo, pero no con el propósito de publicarlo, si no de dejar para mis nietos un recuerdo de varios textos que había estado recopilando a lo largo de los años, de los cuales presenté algunos en el taller para trabajarlos. Lo titulé Relatos de una Aprendiz. Entonces la emoción no fue por cómo salió ese último relato, sino por el hermoso viaje que emprendí en el proceso de diagramar los textos que ya habían pasado por varios filtros de revisión, buscar el papel, cortarlo, hacer la carátula, revisar los colores, llevarla a imprimir, refilar, grafar, todos esos pasos que involucran la edición e impresión de un libro que muchas personas no conocen y enriquecen el arte de escribir. Y ese viaje lo hice con mi amigo y compañero de letras Jaime García y con el apoyo generoso de mi compañera Nubia Amparo Mesa.

Hay un personaje que quiere que lo cuente, pero todavía no ha cuajado

P. ¿Cuál de tus textos te ha exigido más trabajo? ¿Por qué? ¿Cómo lo superaste?
R. Uno de los que más trabajé fue Planes de Vida, porque es una historia de una bruja y manejar ese tema de tal forma que el lector se crea ese miedo que siente Oliverio porque la mujer muerta lo sigue acosando por el correo electrónico, no es fácil. Pero todo es un aprendizaje y creo que mejoró mucho al leerlo muchas veces, revisar las incongruencias y buscar las palabras más adecuadas para transmitir las situaciones.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Sí, hace unos meses que estoy con un personaje en la mente que quiere que lo cuente, pero todavía no ha ‘cuajado’. Muchos escritos se basan en situaciones de la vida real, y este es uno de esos casos. Espero concretarlo en un tiempo corto. Tiene relación con Sísifo y su piedra.

P. ¿Huyes de algún tema en particular?
R. A través de lo que he aprendido y leído, me he dado cuenta de que muchas de las grandes obras o las que impactan más al lector, son las que tienen un trasfondo autobiográfico, porque como son vivencias propias, el escritor tiene contacto directo con las emociones, entorno y demás personajes. Yo ya he recorrido un buen trecho de mi vida y tengo muchas vivencias que podría reunir en un libro, pero no me atrevo porque siento que sería como desnudarme ante los demás.

Des-encuentro es el título del relato que Marta Cecilia Cadavid escribió para este libro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Si tuvieras que viajar hasta La Patagonia y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? ¿Por qué?
R. Bueno, escogiste el peor lugar para mí, porque cada vez que veo la belleza de los glaciares me estremezco de terror. No me gusta el invierno y menos los hielos perpetuos. Tal vez Un encuentro casual, porque me trae recuerdos de Tolstoi y a través de él de Rusia, un país que me atrae poderosamente y de pronto podría fantasear y escribir sobre los majiares, los cosacos y tantas historias de esas taigas tan duras para la vida.

P. Para evitar que te condenen a vigilar día y noche, durante seis meses, un gigantesco árbol de mangos maduros frente a un colegio si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. Qué hipótesis tan simpática. Te responderé de igual forma. Destruiría el texto que aún no escribo, porque lo escrito, escrito está. Ya nació, y aunque destruyan el texto físico, las palabras continúan su deambular de boca en boca.

P. ¿Cómo consideras tu relación con la literatura?
R. Creo que la literatura es mi amiga más íntima, mi soporte, mi salvación. En muchas oportunidades ha sido el canal de desfogue de tristezas, angustias y también para exorcizar mis demonios internos.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Sí, más de un año estuve ausente de las sesiones y sentí el vacío al no poder compartir con los compañeros, aunque los correos que siempre me enviaste eran como la llama encendida para que no se apagara el fuego del deseo de escribir y aprender. Ahora que pude unirme al Grupo que se reúne los sábados en Otraparte, estoy muy contenta.

Durante un evento de presentación del libro de cuentos de Nubia A. Mesa, en el salón de Otraparte.

P. Te piden como pasaporte al paraíso terrenal que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. Pues, al parecer tengo un vestido con muchos botones y da mucha lidia desabotonarlos todos, pero tal vez alcance a quitarme dos o tres diciendo que suelo hablar sola todo el tiempo. Cuando empecé a trabajar en Cocacola, estaba en un salón con otros compañeros y como yo hablo sola, cada rato pensaban que les hablaba a ellos y se burlaban de mí. Al cabo de un tiempo, muchos hacían lo mismo. En casa me regaño, me alabo, me cuento chistes, suelto carcajadas porque dije algo que después sonó fuera de tono, hablo con las plantas, les doy besos y por supuesto, le cuento muchas cosas a Ámbar mi nueva cachorra shih tzú. En una de esas conversaciones, alguna voz sale por ahí y me dice que estoy rayada… ¡ja, ja, ja!

 


P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? 
R. Muy importante. Desde el momento en que en el grupo hablaste del diario literario quedé muy inquieta, pero me costó algunos meses adoptar el hábito de escribir si no todos los días, al menos dos o tres veces en la semana. Y así fui volviéndome adicta al diario, porque me convirtió en una verdadera observadora de los detalles, de los rostros, de las situaciones de las que yo participaba o era testigo, y esa disciplina me fue aflojando los dedos, y abrió la canilla de palabras que empezaron a brotar de una forma fluida y alegre. Recuerdo que alguna vez retomé mi primer libro del diario y volví a leer algunos apuntes que ya había olvidado y me demostraron el valor de la técnica. Es un verdadero tesoro, porque lo que allí se consigna no tiene pretensiones de publicación y sale sincero y emotivo. Uno de los apuntes que allí había consignado, lo tomé para publicarlo en un libro de poemas que estoy preparando.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Con mucho gusto te los transcribo a continuación.

15/03/14.
La lucha del alma es fuerte, desfallece por momentos, camina por el delgado hilo de la cordura y la locura. ¡Son tantas las voces que claman su protagonismo! Pero allí está la mujer: hecha jirones, la cara transfigurada por los surcos dejados por la vida o por las vidas, arrastrando los pies como si cargara cadenas de plomo, mutilada por una guerra eterna, los ojos como cuevas del tiempo que albergan apagados soles. Ella sigue su marcha, aunque al final del camino, solo llegue una leve llama.

5/06/|14.
El silencio me rodea para llenarme de voces internas que conversan, aunque yo no quiera. Un leve vientecillo veranero se filtra por las persianas verticales de la sala. Suave, tímido, que por momentos se acrecienta y desplaza una o dos de las persianas, como si levantara la falda del salón. Desde uno de los taburetes del comedor observo a mi alrededor, veo armonía y belleza. Percibo la vida latente en las plantas que habitan mi casa. Predomina el verde clorofílico, pero tres plantas de la misma familia que he sembrado juntas en una maceta, ostentan una mezcla de rojo sangre y verde claro. Con frecuencia al pasar por su lado, las beso y les doy las gracias por compartir su belleza conmigo. En medio de este silencio percibo aún más el zumbido de mis oídos que hace tiempo experimento y que al parecer ya me acompañará siempre. He cerrado las persianas para dar un poco de penumbra al salón y equilibrar la brillantez solar del exterior, de modo que el ventanal asemeja un muro rosa. Sería maravilloso poder lograr esas transformaciones en otros aspectos de la vida, con simplemente mover un cordel.

10/06/14.
Otra vez me acompaña el silencio, ha pasado una hora desde que el sol llegó a su cenit, pero la luminaria está enseñoreada en estos días y muy generosa esparciendo sus rayos cálidos, muy cálidos y esplendorosos. El viento impetuoso de verano se solaza en las hojas de las palmas que hacen guardia continua en la terraza. No hay ruidos estrepitosos ni música, ni voces. Un poco en la distancia, uno que otro pito de auto, o el sonido rítmico de un motor que se estremece al desplazar la carcasa de un auto ayudado por cuatro llantas, un volante y un conductor a veces apurado.
Los ojos se dirigen a un pequeño cuadro en la pared frente a mí con marco dorado. Es una pintura de un mar embravecido con dos goletas que no se amedrentan, ya están acostumbradas a navegar por los mares en tiempos difíciles, sus velas izadas enfilan orgullosas hacia el norte. El mar, ¡oh! mar de abajo y mar de arriba, gaseoso y sutil el último, ¿cuántos caminos no conocidos ocultan?
Y en el despertar, cuando en realidad veamos la luz, cuando el sueño sea la realidad y la realidad sea solo un sueño, ¿a quién soñaremos?

24/06.
Elegía en azul. Gris claro en el buche y el pecho y las alas de un azul cielo. El pico cerrado y los ojos también. Dejó el aire por la tierra, quizás en un vuelo contra un ventanal, o porque su corazón cansado latió por última vez.
A unos cuantos vuelos de distancia, una pajarita presentiría su partida y entonaría una doliente canción. Yo quiero pensar que este pajarillo era un solitario viajero que soñó con volar hacia un azul profundo y en su viaje a lo desconocido, al aquietar sus alas, encontró la paz.

 

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Poemas de Alex Martínez Marco, Miguel Méndez Camacho, Rubén Darío Lotero, Lucía Estrada, Luís Hernán Rincón, Jorge Debravo, Joan Margarit y Miquel Martí i Pol.

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Perfil del científico Raúl Gonzalo Cuero Rengifo

Inventar es algo tan serio como un juego de niños

Por Ángel Galeano Higua

El objeto prohibido

Raúl Gonzalo Cuero Rengifo

Algo alborota la curiosidad del niño. Cada vez que cruza la habitación siente que lo atrae. Es un objeto que su padre trajo luego de uno de sus largos viajes de ultramar y que puso sobre el escaparate con la perentoria advertencia de que nadie debe tocarlo. Esta prohibición aumenta la inquietud del niño a tal punto que ya no puede soportarlo más y aprovecha que su padre se hace de nuevo a la mar para estirar la mano y rozar sus aristas. Teme que como el aparato está hecho de metal y no de madera podría quemarle la mano, pero sólo percibe tres hileras de círculos sostenidos por delgadas palanquitas que semejan el costillar de un pescado. Ese primer atisbo aviva su desazón. Con el paso de los días sus dedos se tornan más atrevidos, pulsa uno de aquellos círculos en cuyo centro hay dibujado un signo y lo siente hundirse. Ignora de qué se trata pero ya no puede dar marcha atrás, quiere saberlo todo sobre ese aparato.
La curiosidad extrae lo mejor de él y se da a la furtiva tarea de averiguar qué tipo de artefacto es, y si sirve para algo. Tiene siete años y ya posee su primersecreto. No quiere que nadie se entere, ni siquiera su hermano César, menor que él, con quien pasa tardes enteras, descalzos, pateando la pelota de trapo en la empantanada calle de La Loma. Tampoco quiere que su abuela Estefanía lo sepa, ni su bisabuela Petronila a quien visita todas las tardes en su casa de bahareque, techo de paja y lata, donde tanto lo amañan los rituales ancestrales de la comunidad negra, esos baños que la anciana le prodiga con agua calentada al sol y perfumada con hierbas aromáticas que ella recoge sabiamente en el monte. Inclusive deja pasar varios domingos sin recorrer los diez kilómetros que lo separan de La Carretera, el bailadero que queda en la vía hacia Cali, adonde acostumbra ir a escuchar música y observar, escondido detrás de las puertas, cómo baila la gente para memorizar los pasos y practicar después en su casa. Anhela ser grande para poder bailar en pareja el son y el guaguancó.
Tampoco se detiene a observar los lagartos que andan por aquí y por allí, ni tampoco se distrae en la casa de su abuela mirando las cucarachas que andan en pareja.
Pasan los días y como ya sabe en qué momentos puede acercarse al aparato, lo explora sin que nadie lo vea. Una tarde, de pronto, reconoce el artefacto en una película: es una máquina de escribir. Semejante descubrimiento lo alebresta aún más, sobre todo porque sus padres no saben leer ni escribir. Se rebusca una cinta y se da mañas de ponerla a funcionar utilizando los talegos de papel en que empacan el arroz en la tienda vecina.
Aprende a escribir a máquina por su propia cuenta y cuando ingresa a la secundaria en el colegio Pascual de Andagoya es un experto sólo superado por Chila, su hermana, y por Vaquita, su vecino, quien no obstante tener medio lado paralizado por una apoplejía, es más rápido a pesar de utilizar un solo dedo. Rosita, la profesora de mecano-taquigrafía, se impacienta tratando de inculcarle el método tradicional, pero Raúl persiste en su propio modo que le da velocidad y precisión aventajando a los demás estudiantes, entrega el primero los ejercicios pero como no los hace con el método tradicional, la profesora no le reconoce la máxima nota. No importa, él prosigue con su propio sistema.

Barrios de Buenaventura- Foto Miami Herald

Barrios de Buenaventura- Foto Miami Herald

Este sencillo hecho sucedido en el puerto de Buenaventura a mediados de los años 50, muestra la forma como Raúl Gonzalo Cuero Rengifo ha capoteado la vida siguiendo su propio sistema de “supervivencia”, hasta lograr la cúspide de la eficiencia y creatividad científicas. Levantándose sobre las propias limitaciones de la comunidad afrocolombiana en el Pacífico, pobre y olvidada, sin héroes ni referencias universales, Raúl se ha convertido en un gran inventor que trabaja con la NASA y recorre el mundo gracias a su inagotable curiosidad y la forma inteligente y creativa de sortear las dificultades. Con su madurez para relacionar ideas y fenómenos, lograda a lo largo de su vida, y la universalidad de su pensamiento ha pulverizado la creencia de que la raza negra es incapaz de encumbrar la ciencia y hacer grandes aportes a la humanidad.

Infancia y curiosidad

El caso de la máquina de escribir es apenas una muestra de la manera particular como Raúl Cuero abordó en su niñez y adolescencia las múltiples y variadas experiencias que se le han presentado en la vida. Él afirma que la persistencia en su propio método de escribir “comprueba que la eficiencia es más importante que la convención”, pero no desconoce que los métodos cambian con el tiempo y “hay que estar alerta mientras se mantiene la esencia”.

Niños-Buenaventura-Foto-de-Alboan

Niños de Buenaventura (Foto de Alboan)

Su infancia, poblada de fantasmas y espíritus, fue rica en rituales y costumbres de origen africano traídas por sus antepasados a Buenaventura, principal puerto colombiano sobre el Océano Pacífico donde nació Raúl en 1948, hijo de Olimpa Rengifo, una mujer negra cimarrona, y Félix Cuero, negro también, elegante y de gran estatura, marinero de la Flota Mercante Grancolombiana. La influencia por parte de la familia materna fue fundamental. Eran siete mujeres que vivían en la misma casa: la abuela Estéfana, y la bisabuela Petronila, a quien Raúl acompañaba por los caminos identificando plantas, recolectando hojas, palpándolas, oliéndolas, probándolas, estimulando su apetito por el conocimiento. “Mi madre era la única que vivía en su propia casa con su marido y sus hijos”, a no menos de cinco cuadras de distancia. Su bisabuela, antes de cada comida, echaba un grano de arroz bajo el piso de madera en honor de los que habían muerto y lanzaba otro al aire para los pobres que aún estaban vivos. Con el tiempo, Raúl, en uno de sus viajes a África descubriría que aquella era una costumbre en el país de Ghana, pero allá en lugar de arroz lo hacían con las bebidas.
En más de una ocasión fue víctima del “mal de ojo”: fuerte dolor de cabeza y estómago, fiebre, inapetencia, pérdida de peso, que hubiera podido llevarlo a la muerte si las tres mujeres de su vida: madre, abuela y bisabuela, no lo hubieran arropado “apretadamente en sábanas de algodón”, frotado con perfume de laurel Bayrum y lo alimentado a la fuerza con infusiones de “felidonia” y “escobabosa”, hierbas recogidas por Petronila en sus paseos, y remataron el tratamiento con un repugnante bebedizo que Raúl debió tomar una vez al día bajo la luna llena, hasta que se curó.

Herederos de la esclavitud - Buenaventura - Foto Stephen Ferry

Herederos de la esclavitud – Buenaventura – Foto Stephen Ferry

La situación de pobreza era tal en Buenaventura que no tenían juguetes, ni libros, ni agua potable. Tenían que inventar sus propios juegos y juguetes, lo que redundaba en beneficio de la creatividad. Y sus padres, iletrados y estrictos, le decían que aprendiera a leer y escribir sino quería quedarse como cargador de bultos en el muelle. El régimen de disciplina en el hogar era muy severo y los castigos no se hacían esperar a la menor falta, sobre todo para los tres hombres, a quienes la madre les sumergía la cabeza en una pila de agua hasta que pataleaban. El orden en la casa era planeado con rigurosidad por la madre, que distribuía las tareas a cada uno de los diez hijos. Después de las siete estaba prohibido salir a la calle, pero Raúl burlaba aquella regla cuando los novios de sus hermanas estaban de visita, entonces se fugaba hasta la plazoleta frente a la Estación de Bomberos para jugar al fútbol o piropear a las muchachas. Tuvo dos novias que le enseñaron a bailar.
Podría pensarse que estas vivencias son despreciables para un científico, pero para Raúl Cuero, no. Las cuenta como si las volviera a esculcar y goza porque sin ellas no hubiera podido desarrollar su creatividad. Desde niño nada le fue desdeñable. Sortear las adversidades le estimuló la búsqueda de explicaciones de los hechos, de las ideas y creencias. Tal fue el caso un domingo que debían asistir a misa y comulgar, con sus impecables uniformes blancos, pero él, por haberse quedado jugando al fútbol en la playa el día anterior, olvidó confesarse y cuando corrió a la iglesia con sus ropas embarradas el sacerdote, que era un “paisita”, no lo quiso confesar y lo acusó de haber pisado la casa de Dios sucio y oliendo a lodo como el diablo. Creyó que su madre lo consolaría, pero ella lo castigó hundiéndolo de cabeza en una pila de agua. Desde entonces comenzó a dudar de los sacerdotes, “a quienes había idolatrado hasta ese día” y deseó estar ya en la secundaria para no tener que confesarse ni ir obligado a misa.

Grandes temas, grandes misterios

A raíz de la negativa del clérigo a confesarlo, Raúl discutió con los profesores sobre la religión, empezó a buscar una explicación de la existencia de Dios y como uno de los maestros dijo que Dios estaba en todas partes, Raúl partió la cola de una lagartija y dijo que Dios debía estar en esa cola porque seguía moviéndose y sería bueno comprobarlo con un microscopio. Por supuesto recibió un castigo pero ello no opacó sus deseos de estudiar ciencias biológicas. Al contrario, empezó a plantearse el origen de la vida, interrogante que lo llevaría a las profundas pesquisas que se convertirían en el eje principal de sus investigaciones científicas.

Niños músicos de Buenaventura - httpswww.dandc.euenarticlemobilising-creative-artists-against-colombias-culture-violence

Niños músicos de Buenaventura – httpswww.dandc.euenarticlemobilising-creative-artists-against-colombias-culture-violence

Sus padres le inculcaban el amor por el estudio, pero de quien recibió el ejemplo de exponer las ideas fue de Vaquita, el vecino que nunca terminó la escuela primaria pero fue un autodidacta disciplinado. Tenía una tienda donde se reunían abogados, políticos y deportistas a tertuliar mientras bebían cerveza. Raúl se escondía debajo de las mesas para escuchar los debates y soñaba con que algún día llegaría a ser como ellos que hablaban de la Segunda Guerra, de negocios y religión, mujeres y política, mil temas de los cuales no entendía nada, pero le fascinaba la forma cómo exponían sus argumentos. Motivado por esas tertulias regaló sus libros de tiras cómicas y se concentró en lecturas “más serias”. De esa manera llegó a sus manos el libro El origen de la vida, de Oparín, con el que incursionó por primera vez en la evolución. Lo leía tanto que se le desencuadernó y debió remendarlo con engrudo. “Lo llevaba a todas partes como un buen amuleto de la suerte”.
La vida era un enigma que empezaba con las afugias de cada día y, además del deporte, lo que más les ayudaba a sobrellevarla era la música. La salsa era el alimento del alma. Benny Moré, Ismael Rivera, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, eran sus héroes inmortales.
Enmarañada en esa herencia de ancestros, llegaba esta música a Buenaventura que bailaban como si la llevaran en la sangre. Al comienzo la salsa fue calificada por los sectores más conservadores de la sociedad como música del demonio, incivilizada, propia de los negros y no apta para blancos. Un origen parecido al del jazz, que con los años se convirtiría para Raúl en su música predilecta.

La muerte de César

Otro acontecimiento lo marcó de manera profunda: la muerte de su hermano menor. César era el mejor de la clase y a los trece años sobresalía también como jugador de fútbol. Raúl lo admiraba, creía que llegaría a ser un gran deportista a semejanza de otros bonaverenses que se han destacado a nivel nacional e internacional, como Delio “Maravilla” Gamboa y Víctor Campaz. niños descalzos juegan fútbolAunque a Raúl le gustaba más el baloncesto, en el cual destacaría luego a nivel nacional gracias a su empinada estatura, habilidad y efectividad, los dos hermanos jugaban al fútbol descalzos porque carecían de recursos para comprar guayos y los demás utilizaban unos zapatos con clavos metálicos en lugar de tacos o taches. Durante un partido César resultó herido en una pierna, el tratamiento no fue el apropiado, se infectó con el tétano y en dos semanas murió.
Fue tan grande el impacto para Raúl que la manera de sublimar su dolor consistió en estudiar con más ahínco y dedicar sus logros a la memoria de su hermano. El nombre de Buenaventura era un espejismo, no había la tal buena ventura. Eran muchos los que nacían pero pocos los que sobrevivían. Para sobrevivir había que estar alerta todo el tiempo, no podían darse el lujo de descuidarse un solo instante. Tenían que obrar positivamente si no querían sucumbir. El fallecimiento de su hermano hizo pensar a Raúl en la muerte y el abandono. Buenaventura estaba al margen del país, la mayoría era descendiente de ancestros africanos pero no eran conscientes de ello. Como vivía entre negros, Raúl sentía que no pertenecía a ninguna minoría, no se consideraba diferente a los demás, todavía no había experimentado el trato con los blancos del interior, conocidos con el “afectuoso apodo de paisitas”.

Calentamiento obligado

Jugar sin descanso le sirvió de alivio. Jugaba con otros muchachos en un parque del centro de Buenaventura desde donde podía divisar el puerto, los enormes barcos mercantes de diversas banderas anclados y el tranquilo e inmenso Océano Pacífico al fondo. Procuraba llegar antes que los demás para dejarse ir en sueños de viajes lejanos. Después se reunían para hablar de mil cosas, lo que estimulaba en Raúl sus relaciones sociales y la disposición para los debates. Luego se dispersaban, algunos se deslizaban hacia La Pilota, el sector donde estaban las prostitutas, sitio visitado por los estibadores y en general por todos los hombres de Buenaventura. Raúl regresaba a su casa un poco más tranquilo. Nunca necesitó del licor ni el cigarrillo, y la única vez que tomó un trago de aguardiente le produjo tal dolor de cabeza y vómito que decidió no volver a probarlo jamás.
Con “El Gordito” Palacios, que era delgado y atlético, lo mismo que Ignacio “Nacho” Mosquera y Edgar Rincón y todos los muchachos que jugaban baloncesto en el Pascual de Andagoya, Raúl hacía llave para los partidos que jugaban en los recreos. Siempre ganaban porque sumaban sus destrezas: Edgar y “El Gordito” eran lanzadores excepcionales, no fallaban una canasta. “Nacho” era capaz de resistir los embates más difíciles con mucha firmeza y flexibilidad, no se daba por vencido. Tenía doce años cuando organizó y dirigió el equipo de baloncesto “Standard”, el primer equipo en que jugó Raúl y que fue campeón muchas veces en su categoría. No desperdiciaba ningún momento para aprender de todos ellos. El deporte era un excelente paliativo contra las adversidades, le permitió desarrollar un gran sentido de pertenencia a su comunidad, a respetar al contrincante, dominar el miedo y tener sentido de liderazgo, así como a disfrutar y manejar los triunfos. Le interesaba las inmensas posibilidades que el baloncesto le ofrecía de aprender a tomar decisiones de conjunto para obtener un propósito y desarrollar su propio talento.
BaloncestoGracias al baloncesto hizo su primer viaje a Cali en 1960 para entrenar como seleccionado al equipo departamental. El gimnasio donde practicaba estaba ubicado en el exclusivo barrio de San Fernando y para llegar allí debía caminar a través de las calles bordeadas de árboles. Cierto día fue interceptado por una pandilla de jóvenes blancos del barrio que desde sus autos lujosos lo amenazaron y obligaron a correr para no ser atropellado. Eran una réplica de las películas de moda. Raúl debió correr tanto que cuando llegó al gimnasio no tuvo necesidad de hacer calentamiento. Sin embargo, nunca se quejó ante el entrenador pues no sabía cómo lo tomaría. El hecho de ser negro lo ponía en riesgo en aquel sector de gente rica acostumbrada a ver a los negros como sirvientes, y no esperaban que él, alto y espigado, fuera un destacado basquetbolista.
Para poder salir de Buenaventura los jóvenes tenían dos caminos: destacarse en el estudio o ser buenos deportistas. Raúl iba por ambos lados, pues al terminar su secundaria ya era reconocido como gran deportista, y ahora, luego de muchos días de tensión, lograba el cupo en la Escuela de Medicina de la Universidad del Valle, para entonces una institución de status distinguido. Pero el cupo era en una lista de espera y mientras tanto tenía que tomar cursos generales.

Una de las primeras clavadas

Tenía 16 años cuando el público lo vio elevarse sobre los demás jugadores, hacer una rápida finta y con sus poderosas manos clavar el balón en la canasta del equipo contrario. Fue uno de los primeros clavados en la historia del baloncesto colombiano. CanastaEra un sello merecedor de la más alta admiración y respeto. Algo logró, pero no lo suficiente como para evitar el peso de la discriminación en la Cali de aquellos tiempos en que se podía percibir el peso invisible de la frontera que separaba a los “europeos puros”, blancos acaudalados, de una parte, y los mestizos, indígenas y negros, de la otra. Cali era un verdadero emporio azucarero y con vigorosas empresas farmacéuticas, pero ejercía la discriminación étnica. La Universidad del Valle tenía uno de los mejores planes académicos del país y recibía poco más de tres mil jóvenes, pero Raúl era apenas uno de los seis estudiantes negros que había en toda la universidad.
Raúl Cuero recuerda que la presión social era tan fuerte que algunos de sus compañeros, negros y mestizos, llegaron a situaciones increíbles de autonegación como alisarse y teñirse el cabello, untarse la cara y las manos con cremas blanqueadoras, imitar la forma de hablar, ahorrar durante varios días para ir a sentarse en los restaurantes de los barrios de clase alta y tomar un refresco a pequeños sorbos para que les durara largas horas. Otros recurrían al licor para evadir las presiones sociales. En Cali fue donde Raúl vio por vez primera a un negro triste. Los chistes ridiculizando a Buenaventura y a los negros le dolían en el alma.
El deporte le permitió superar muchas barreras sociales y académicas gracias a su talento y a que en la selección de baloncesto de la Universidad, de la cual él era uno de los jugadores estrella, sus compañeros le ofrecieron su amistad y respeto, y una solidaridad que conmovió a Raúl por siempre. Eran jugadores excepcionales, diestros y disciplinados, de gran disposición mental que facilitaba la efectividad canastera de Raúl. Esto los llevó a ser campeones departamentales y nacionales varias veces. Su fama corrió y Raúl Cuero se convirtió en una celebridad.
En el salón de clases la atmósfera no era la misma. La convencional y fría formalidad de los compañeros apagaban la espontaneidad propia de una auténtica amistad. Raúl no se sentía cómodo. Tanta convención social lo torturaba. Añoraba los años en Buenaventura, pero estaba decidido a seguir adelante con sus estudios. Mientras la Universidad organizaba las fiestas anuales en los clubes más exclusivos de la ciudad, a los cuales le era prohibida la entrada por el color de su piel, él aprovechaba y avanzaba en sus investigaciones sobre las plantas en el campo y entrenando el baloncesto sin descanso. Sabía que para sortear aquella situación de desigualdad requería una descomunal fuerza de voluntad. Si bien lo admiraban por el espectáculo que les ofrecía jugando baloncesto, no lo aceptaban en la vida cotidiana. Esto generaba en Raúl una gran desconfianza hacia esa sociedad, desconfianza que lo salvó de caer en sus garras: “la aceptación de esa escala de valores habría sido el equivalente a la negación de mi potencial”. Se apartó de la sociedad y dedicó su tiempo a la ciencia, en secreto, de la misma forma en que había explorado aquella máquina de escribir en su niñez.
Encontraba un oasis cuando iba a su ciudad natal y entraba al cine con sus amigos, discutía de diversos temas y escuchaban salsa. Era como si recargara sus baterías para volver a la universidad. Pero al cabo de año y medio tomó la decisión de marcharse de Cali en busca de un ambiente académico menos tenso. Se trasladó a Palmira, a la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional, y allí encontró una atmósfera menos asfixiante, con más diversidad étnica. No había la exclusión de la que iba huyendo.

Encrucijada

¿Pero qué era lo que Raúl Cuero quería estudiar?
Al terminar la secundaria todos sus compañeros de curso tenían claro lo que querían estudiar: Uno, leyes; otro, matemáticas; aquel, idiomas. Raúl, en cambio, tenía interés en diversas áreas del conocimiento con tendencia hacia las ciencias biológicas. De niño había sentido mucha curiosidad por los lagartos y las cucarachas. Las lecturas del libro de Oparín también le habían impactado. Su estadía en Palmira fue de un año y medio. Allí practicó el baloncesto con pasión, encontró en Óscar González a “su hermano del alma”, que medía 2,10 metros de estatura, llevaron al equipo de la Facultad de Agronomía a coronarse campeón nacional, con la guía de “el Gordo Salcedo”, su entrenador, que lo animó a desarrollar aún más sus habilidades como líder. Hasta que llegó el día que sintió a Palmira pequeña para sus sueños y tuvo la certeza de que un negro sin dinero y sin tierra no tenía futuro como agrónomo en este país. A pesar del poco tiempo había consolidado sus conocimientos básicos y había sentido cómo latía el deseo de estudiar los fenómenos ecológicos y la incidencia humana en ellos, entonces pidió el traslado a la Universidad Nacional en Bogotá.
Las calles de la capital estaban atiborradas de gente que parecía programada para no expresarse con espontaneidad. La idiosincrasia de los negros del Pacífico o de los costeños del Caribe era constreñida por una frialdad en el trato y la sutil intolerancia a sus expresiones festivas en la música, la ropa y las reuniones. Hizo varios amigos con quienes amortiguó los largos momentos de desazón, pero no necesitó más de un año y medio para darse cuenta de que en el deporte que más amaba no podía desplegar su destreza, como driblar con firmeza, pasar a toda velocidad y lanzar, jugar en cualquier posición, desarrollar la creatividad individual o apoyarse en el conjunto, sino que debía ceñirse a unas directrices más teóricas que prácticas y trabajar para una figura central. Y en la academia pudo percibir el marcado sesgo hacia lo teórico en detrimento de la práctica, cosa que lo defraudó.

Raúl cuero - una de sus pasiones es el jazz

Raúl Cuero – Una de sus pasiones es el jazz

Tanto en la universidad como fuera de ella, la capital de Colombia tenía las mismas aberraciones raciales, los mismos prejuicios contra los negros que en Cali, pero con la diferencia de que en Bogotá hacía más frío. Comprendió que estaba maduro para regresar a Cali, soportar la discriminación sin dejarse apabullar y proseguir sus estudios en la Universidad del Valle.
De nuevo el deporte abría el camino. Una vez en Cali volvió al seleccionado de baloncesto pero ahora con el norteamericano Don Curry como entrenador, quien creía sin titubeos que a los atletas había que rodeárseles de óptimas condiciones para que pudieran desarrollar su capacidad. De esta forma Raúl resultó viviendo cerca de la universidad, en el barrio San Fernando donde años atrás había sido humillado por una pandilla de jóvenes blancos. Ahora, acompañado por dos entrenadores norteamericanos, podía transitar sin ser molestado, más bien admirado, porque en Colombia había una exagerada ponderación por lo extranjero.
Con este terreno a su favor y experto en manejar la discriminación, Raúl pudo dedicarse por entero a sus estudios de biología, que eran su mayor sueño.
Tuvo la fortuna de conocer al doctor Percy Lilly, profesor invitado de Microbiología y Fisiología de la Universidad de Heidelberg, Estados Unidos, quien reconoció en Raúl la desmesurada curiosidad y pasión por la ciencia, y lo estimuló para realizar experimentos dentro y fuera del laboratorio. Le facilitó el acceso a su biblioteca, una de las más completas del Departamento de Biología, propiciando así una nueva mirada sobre diversos tópicos del conocimiento. Le ofreció su amistad y cuando lo invitaba a cenar con su familia la conversación adquiría el vuelo de una comunión entre la ciencia y la amistad.
Había desarrollado un experimento con el muérdago, planta de hojas carnosas parásita en los árboles, cuando se graduó en Biología. La planta creció más del promedio en el laboratorio, lo que animó al profesor Lilly quien lo recomendó para optar una beca en la Universidad de Heidelberg. Ese día Raúl se vio en la encrucijada: el baloncesto o su educación científica. Estaba en uno de sus mejores momentos deportivos, pero debía tomar una decisión que lo afectaría para toda la vida.

Un tiquete a USA por siete dólares

El muelle era un hervidero. Los estibadores, negros corpulentos como gladiadores modernos, iban y venían, sudando, acosados por los capataces blancos. Cargaban y descargaban los barcos provenientes de diversas partes del mundo. Desde cuando era niño, Raúl sentía que aquel lugar le dolía. Le era imposible ignorar que allí su pueblo era esclavizado. Pero aquel día tenía que ir porque subiría a uno de los buques de la Flota Mercante Grancolombiana llevando su maleta de viajero. Muchas manos negras se agitaron en el aire para despedirlo. Era como si quisieran alcanzarlo, irse con él, protegerlo, desearle que no se diera por vencido.
Algo singular había en aquel viaje. Nunca antes se había visto que un negro fuera pasajero invitado en un barco de la Flota Mercante. Los cupos eran de los blancos que hacían turismo. barco pinturaLos negros no podían ser más que cargadores, marineros, sirvientes, nunca pasajeros y mucho menos invitados que fueran a Estados Unidos a estudiar. Y se sorprenderían aún más si se enteraran de que por ser hijo de uno de los marineros más antiguos de la Flota Mercante el costo era de un dólar por día. Por supuesto que lograr el reconocimiento de este derecho no fue nada fácil. Finalmente lo logró y debió pagar la suma de 7 dólares en total. Los ojos se le anegaron frente a aquellas manos que lo despedían.
Durante el viaje Raúl volvió a vivir la misma situación que en tierra: lo confundieron con un camarero, le asignaron una habitación de menor rango que a los demás pasajeros y no pudo establecer relación de amistad sino con los marineros que eran negros, varios de ellos conocían a Félix, su padre, y se alegraron de saber que iba a estudiar. A los siete días descendió en el puerto de Baltimore, Estado de Maryland, dando inicio a uno de sus periplos más sorprendentes de un compatriota dedicado a la Ciencia, que lo llevaría a culminar sus estudios de Biología en el tiempo récord de un año, gracias a que la universidad convalidó varios de sus cursos en la Universidad del Valle. Sus calificaciones fueron de las más altas. Los compañeros de curso lo acogieron sin prejuicios y el ambiente fue propicio para el desarrollo de su talento. Comprendió que cuando las mentes están en sincronía universal no importan las diferencias culturales ni étnicas. Raúl experimentó la consolidación de sus propias habilidades y talentos y sintió que una inmensa energía lo imbuía para seguir adelante en aquel mundo de incesante movimiento. De la Universidad de Heidelberg pasó a la Universidad estatal de Ohio donde hizo la maestría en Patología Vegetal. En algunos momentos se enfermó por la altísima presión de trabajo, pero se levantó y continuó. Cuando terminó sus estudios regresó a la Universidad del Valle a enseñar Micología y Patología Vegetal. Él era el único negro en el Departamento de Biología, varios de sus antiguos profesores eran ahora sus colegas. Propuso nuevos cursos para enfatizar en la investigación. Sabía que a los jóvenes estudiantes había que estimularlos a ser creativos, a llevar a la práctica sus conocimientos y habilidades. Esta idea la desarrollaría años más tarde con el revolucionario proyecto conocido como Parques de la Creatividad donde miles de jóvenes pueden poner en juego sus capacidades inventivas.
Como profesor en la Universidad del Valle estableció entre los estudiantes el énfasis en la investigación y no estimuló la memorización, compartió con los jóvenes lo que sabía de laboratorio, las técnicas, sin importarle los conocimientos previos. Se sentía como un alumno en busca de nuevos conocimientos. Así pudo convertir sus clases en algo dinámico, alegre, donde los muchachos podían soltar su mentalidad analítica. Ayudó a muchos estudiantes con sus propios recursos, invitándolos a no desmayar. El único placer extra que tenía era el jazz, del cual afirma que está sustentado en los estados de energía pura de la conciencia universal. El jazz no sólo es el fruto de una excelsa creación del hombre sino que su origen y conformación están enraizados en la lucha por la sobrevivencia de los negros y hoy es un arte universal.
Después de cuatro años obedeció a su propia necesidad de expandir los conocimientos y obtuvo una beca en Gran Bretaña. Recibió entrenamiento en microbiología de alimentos durante varios meses y pudo evidenciar la diferencia del sistema educativo británico en relación con el de Estados Unidos. Luego fue a Escocia, a la Universidad de Strathclyde, reconocida por el énfasis en la creatividad. Conoció, entre otros, al profesor John Smith, microbiólogo de trayectoria mundial, quien reforzó en Raúl las habilidades en la investigación científica.
Lo que sigue es un historial en continua elevación hacia la creatividad científica.

El mejor invento

El arduo camino recorrido por Raúl Cuero es dilatado e imposible de recoger en pocas páginas. No es fácil tener una visión de conjunto del mundo, se requiere un conocimiento muy amplio y unitario sobre diferentes disciplinas. No puede haber fronteras vedadas entre una y otra disciplina, el sentido creativo requiere plena libertad. Y para ejercer la creatividad, es decir, lograr lo que antes nadie ha logrado, además del talento, es necesario tener valor y persistir sin tregua.
En sus indagaciones sobre biogénesis, Raúl no desdeña nada: la Tabla Periódica de los Elementos creada por Mendeleyev. Dice a propósito que “Si Galileo Galilei mostró la referencia universal, Mendeleyev mostró de qué estamos hechos”. La teoría atómica de Niels Borh, la evolución postulada por Darwin y Wallace, la teoría cuántica de Schröringer y Einstein… Sus investigaciones, hoy financiadas por la NASA, muestran la alta interacción que existe entre la emisión de electrones, el crecimiento celular y el metabolismo. Utilizando la biotecnología puede practicar conceptos sobre mecánica cuántica que le permiten precisar rasgos de vida en ambientes extraterrestres, como en Marte o la Luna. Tiene que ver con su inquietud fundamental del origen de la vida en la Tierra, la comprensión de las enfermedades y los procesos de la muerte.
Sus descubrimientos se dirigen a resolver problemas de contaminación que afectan la calidad de vida en nuestro planeta. Cómo limpiar las aguas contaminadas por el petróleo, la polución ambiental debida a emisiones de gases tóxicos, las radiaciones en los alimentos. La exploración del mundo microbiano -parásitos, hongos, virus, bacterias- ha sido la columna vertebral de sus investigaciones. Los alimentos naturales contienen elementos antimicrobianos y su uso continuo y en buenas cantidades es preventivo contra las infecciones. Rescata las costumbres ancestrales que utilizaban el clavo, la canela, el perejil, el cilantro, el jengibre y muchos más.
Raúl Cuero habla al públicoLe preocupa la contaminación bacteriana en los alimentos. Las buenas dietas no nacen en la mesa sino en los campos. Raúl fue criado comiendo pescado varias veces al día, y comer pollo o carne roja era un lujo. En el mundo de hoy es al contrario.
Uno de sus primeros aportes científicos fue desarrollar compuestos naturales para combatir los microorganismos tóxicos. A partir de esta experiencia Raúl cambió su método de investigación que consistía en sacar conclusiones basado en un principio, por el de extraer leyes a partir de experiencias particulares. Esto le permitió avanzar a grandes pasos en la búsqueda creativa de conceptos básicos con la ciencia aplicada. Su lucidez fluyó más y mejor. Esto le ha permitido generar más de veinte invenciones, como desarrollar una tecnología para eliminar materiales químicos tóxicos y radionucleares utilizados para controlar la contaminación por el deterioro de las plantas nucleares en Fukushima, Japón.Portada de Buenaventura a la Nasa
La NASA Brief Technology en diciembre de 2007 le otorgó un premio por: “La eliminación efectiva de la contaminación por radionucleidos como Metales de uranio y tóxicos, Uso del suelo marciano simulante (ceniza volcánica)”. Este trabajo también se dio a conocer en la publicación tecnológica de la NASA, porque la patente de esta invención que hizo para la NASA contribuye al adelanto de la investigación espacial.
Descubrió una molécula natural que bloquea la radiación ultravioleta para evitar el cáncer de piel. Ha desarrollado un método para producir nanopartículas naturales (millones de veces diminutas) que impactará la tecnología porque hasta el momento esas nanopartículas son sintéticas y muy costosas. Por este Descubrimiento de invención y Nueva Tecnología la NASA le otorgó otro premio en febrero de 2009.
Su atención está centrada actualmente en el desarrollo de un compuesto natural que aumente la fertilidad y la reproducción en animales y en humanos, en la búsqueda de nuevos antibióticos, en inventar una tecnología que permita convertir el agua salada en agua potable, en producir un detector de colesterol…
Pero el invento que le produce mayor alegría es de los Parques de la Creatividad, laboratorios fundados por él y que se encuentran en Colombia, Estados Unidos, México, Israel, donde miles de jóvenes pueden explorar de manera lúdica su capacidad inventiva, crear nuevas tecnologías y nuevos paradigmas. “Es el invento que más aprecio porque está enfocada para crear la cultura de la creatividad en los jóvenes”. En ellos Raúl Cuero ha podido poner en práctica su forma de pensamiento: no hay nada mejor para el desarrollo individual y la armonía entre las personas, que el espíritu creativo. Como dijera Nietzsche: “La madurez consiste en recuperar la seriedad con que jugaba cuando era niño”.
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Fuentes consultadas:
– De Buenaventura la Nasa. Cuero R. Raúl G., Una vida entre el triunfo y la supervivencia. Intermedio Editores 2011.
– Así es Raúl Cuero. Margarita Rosa Silva, El País, Cali. Marzo 21, 2012
– Colombiano, genio de la Nasa, quiere crear vida en Marte. Andrea Linares Gómez. Vida de Hoy, Elcolombiano.com
– Reportaje a Raúl Cuero. Orlando Mejía Rivera. Revista Universidad de Antioquia.
– De pobre en Buenaventura a Científico en la NASA. John Eric Gómez Marín. El Colombiano. Noviembre 18 de 2009.
– La creatividad es un camino solitario. Entrevista en la Revista Semana. Abril 7 de 2012.
– Nunca planeo un invento. Elespectador.com, 5 de septiembre de 2012.
– Triunfa en la NASA. Margarita Vidal, El País, Cali. Septiembre 3 de 2011.
– Raúl Cuero, el científico colombiano que tuvo la fortuna de la escasez. Catalina Oquendo, Eltiempo.com. Septiembre 8 de 2011.

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