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Archive for the ‘Invitado Especial’ Category

Antonio Botero Palacio (1927-2019)

“Si me fuera dado reencarnar, creo que lo haría en una abeja pues me unen con ella afinidades que nos igualan: el amor al trabajo, su preferencia por las flores, su sentido de independencia y la defensa de su hogar, donde ella es siempre importante”. Antonio Botero Palacio.

Navegantes de la utopía, Entrevista con Ángel Galeano Higua, Edit. Fundación Arte & Ciencia

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El agua de arriba

y el agua de abajo

Juan José Hoyos

 

Juan Leonel Giraldo (Foto Arcadia)

Un viejo minero con los brazos mutilados por una carga de dinamita que pasados los años de la bonanza del oro vive solo, aguardando la muerte, en un caserío junto al río Tenche. Una alfarera de Ráquira que se gana la vida fabricando vírgenes grotescas. Una bailadora de cumbia, de más de cien años, que recuerda sus mejores días en Guamal.

Un domador de potros salvajes que con un puñado de hombres maneja las 17 mil reses y los 6 mil caballos de una hacienda. Un obrero sin trabajo que dedica su vida a amaestrar pájaros en un barrio de Barranquilla. Un cosechero de café, ya viejo, que se hace famoso jugando al trompo y el balero en las plazas de los pueblos del Quindío y el Valle.

Un arriero de Sonsón. Un “tejedor de oro” de Mompox. Un contador de cuentos del río Micay. Un músico que hace coplas y bandolas en un pueblo perdido en los llanos del Casanare. Una mujer wayú que ejerce el oficio sagrado de palabrera en las salinas de Manaure.

Estos son algunos de los personajes de “Aguas abajo”, el libro de crónicas de Juan Leonel Giraldo que acaba de publicar el grupo Random House en su colección de literatura, una sabia decisión editorial que prueba una vez más que el buen periodismo narrativo siempre es literatura.

Digo personajes, y en realidad hablo de héroes de carne y hueso nacidos en regiones tan distintas y distantes de Colombia como la costa Pacífica, el río Magdalena, las montañas de Antioquia o los llanos Orientales; hombres y mujeres con oficios sencillos o heroicos que, como el agua que mueve las ruedas hidráulicas, son “agua de abajo”, es decir, la que empuja la rueda con su fuerza: los campesinos que siembran la tierra, los obreros, los artesanos, los pescadores, los vaqueros, los mineros, los bogas de nuestros ríos, los músicos que alegran nuestras fiestas…

El libro es un canto a la diversidad de Colombia. Son 25 crónicas escritas y reescritas entre 1975 y 2018 y algunas de ellas publicadas originalmente en las revistas Diners, Credencial y Teorema. Leyéndolas, uno siente correr por sus páginas las voces y las vidas atadas al agua que empuja la rueda del molino. También respira el aire de verdad que siempre sopla en toda gran obra narrativa.

Las historias de “El agua de abajo” fueron escritas por un periodista formado desde temprano en el oficio de narrar, primero cuando era niño, escuchando las novelas que su madre le leía en voz alta cuando él todavía no sabía leer y, después, cuando ya era periodista de El Tiempo, leyendo maestros como John Reed, Jack London, Joseph Mitchell, James Agee, Isaak Bábel, Truman Capote y Bruce Chatwin.

De ellos, Giraldo aprendió el valor de la escucha y del respeto por el Otro. La importancia de la paciencia y la inutilidad de la velocidad. También aprendió a sumergirse en los ambientes y en las vidas de los personajes: abandonarse al placer de no quedarse con ellos unas horas, sino varios días, y hablar sin afanes. Ir a la realidad con la mente y el corazón abiertos para poder observarlo todo como si uno lo viera por primera vez, para captar todos los detalles… En otras palabras: abandonarse a la sabiduría del corazón. Comprender que no hay un método que enseñe a ver y a sentir. Que cada historia y cada personaje son un misterio.

Ya no es fácil encontrar en nuestros periódicos historias tan bien contadas y tan bellamente escritas como las de “El agua de abajo”. Por eso este es un libro que nos reconcilia con la mejor tradición y el legado más precioso de los mejores escritores del periodismo narrativo colombiano.

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Reproducido por Ángel Galeano Higua, El Pequeño Periódico.

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El Sur de Alejandro

Un libro que cumple su necesario deber con la memoria. Nos refresca con aquellas jornadas cívicas de comienzos del año 1978, cuando los compatriotas del Sur del país batallaban contra las tropelías e injusticias del gobierno. Un paro cívico que enaltecía al país en esas páginas de nuestra historia que no debemos olvidar.

Aquí el texto de presentación por ahora.

Prólogo

El amor patrio, en esta época de capitalismo corporativo y globalizado, podría parecernos anacrónicamente provinciano. ¿A quién le importa el humilde lugar de nuestra oriundez, cuando las imágenes de estrellas con la marca de Shakira o Barack Obama están a nuestro fácil alcance mediante casi ubicuos aparatos electrónicos? ¿Cómo comparar la atracción de vestigios históricos y locales como romerías a Las Lajas, u otras peregrinaciones, con los espectáculos de la Copa Mundial o el concurso de Miss Universo, transmitidos en todos los colores y una alta definición que excede la agudeza del ojo humano? Bueno, respondiendo a mis propias preguntas con toda literalidad y en el orden de proponerlas, el quién es Alejandro García Gómez y el cómo es a través de la palabra escrita e impresa.

Alejandro García Gómez (Foto Archivo El Pequeño Periódico)

Hay que admirar la terquedad obligatoria para insistir en mantener la tradición de un periodismo íntegro y honrado, lo que es el firme imprimatur de este escritor. Radicado con esposa e hijos en Medellín, cuando vuelve al Departamento de Nariño de su origen, no deja de reflexionar por escrito sobre sus experiencias en viajar a lugares tan diversos como el selvático Putumayo del interior y el afrodescendientemente inflexionado Barbacoas en la costa. Y lo que escribe no se limita a una descripción turística de las superficies de Plazas de Armas o volcanes activos que se le presentan. El periodismo de García Gómez siempre va cargado de puntillosa investigación histórica que descubre los antecedentes de fenómenos contemporáneos como la huelga en Túquerres de 1978 y los motines instigados por Los Clavijos de 1800, tanto así que el lector a veces está tentado a preguntarse ¿en cuál siglo se hicieron estos viajes, el de nuestros días o el de tiempos coloniales? Es más, el interés en el pasado no obedece a un deseo nostálgico por recuperar una juventud perdida, la del país o la del autor. Estas crónicas van entretejidas con consideraciones relevantes a la situación actual del país, desde las seis décadas de guerrilla, pasando por los problemas del narco-paramilitarismo, hasta el cuestionable Plan Colombia.

Con estas palabras de apreciación por la viva práctica de un oficio quizás en vías de extinción, le recomiendo, compañero lector, estos textos bajo la poética rúbrica de Sur, donde las rocas secretamente florecen (Crónicas). He quedado impresionado con el aire refrescante que se respira en torno a su narración y el espíritu reformador que la motiva. Estos textos demuestran que no todo es corrupción, egoísmo y violencia, y su mera existencia debe ser fuente de esperanza para toda persona racional y decente. Al costado del periodismo serio, el amor patrio permanece.

Jonathan Tittler

Profesor Emérito de Literatura y Cultura Colombianas
Rutgers University, U.S.A.
New Jersey, U.S.A., noviembre de 2014.

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La Alcaldía Municipal de Pasto, en la administración del doctor Pedro Vicente Obando Ordóñez, presenta la “Colección de Autores Nariñenses”, cumpliendo una de las metas del plan de desarrollo “Pasto educado constructor de Paz” y dentro del programa “Pasto territorio creativo y cultural” de la Secretaría Municipal de Cultura a cargo del maestro José Aguirre Oliva.

Diseño de portada: Rosa María Gómez Cano – Fotografía Portada: Alejandro García Gómez.

Agradecimientos especiales del autor al Archivo de la Universidad de Antioquia y al Banco de la República, seccional Pasto.

 

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El heroísmo de sobrevivir

María Orfaley Ortiz Medina (*)

El 6 de Junio, en el marco de la celebración de los 10 Años del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, tuvo lugar en la Sala Abierta de la Biblioteca Piloto de Medellín, una conversación alrededor del libro Los niños de Aquitania, entre su autor, Ángel Galeano Higua, y la escritora, Magister en psicología de la Universidad de Antioquia, Especialista en estudios sobre juventud, María Orfaley Ortiz Medina, y el público asistente. Presentamos a nuestros lectores los apuntes que la escritora preparó con este motivo. El evento fue convocado por la Fundación Arte & Ciencia y El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

María Orfaley Ortiz Medina: Tal vez, los niños solo pueden intentar crecer en silencio. Con el único heroísmo de intentar sobrevivir allí. (Foto archivo)

Como una rama

Son siete capítulos cortos, con un lenguaje sencillo, narrado en tercera persona, todo pasa en una noche y la mañana siguiente. La protagonista, una niña muy decidida y valiente que quiere salvar un árbol, o mejor, los árboles de su parque. La niña tiene una relación especial con ellos, ha soñado con la casita del árbol.

De una forma sencilla, a través de la acción de la niña y de algunas pistas sobre el espacio, queda claro para el lector que el entorno está cambiando, el canto de los pájaros está siendo reemplazado por el ruido de los carros, al parecer se quiere construir un centro comercial.

El cuento presenta una relación especial de los niños con la naturaleza, están cercanos a ella, y este mundo natural en el que juegan es amenazado por las ideas de progreso, por una mirada adulta urbanizadora. Los adultos desean reemplazar este mundo natural por uno de concreto. Así queda puesta sobre la mesa la oposición entre dos miradas del mundo: niños-naturaleza vs adultos-progreso-concreto.

No hay discursos sobre la importancia del cuidado y el amor por la naturaleza. Hay un acto decidido. Así, las acciones de la niña van dibujando la relación con el mundo natural mediado por el afecto, a ella solo le interesa salvar su árbol y se vale de lo único que tiene para hacerlo, su cuerpo amarrado a él, como una rama.

Matías, comenta sus impresiones al leer “Los niños de Aquitania”.

Es interesante cómo son puestos allí varios elementos, los padres no saben qué pasa, nadie sabe, los adultos no saben lo que ha sucedido, porqué una noche la niña desaparece, llega la mañana y nadie sabe nada. Hay una distancia entre el mundo de los niños y el mundo de los adultos. Al final, cuando la niña es descubierta, todos los niños salen, “saben lo que tienen que hacer” frente a unos adultos impávidos.

A los adultos no se les convence con discursos, se les interpela con un acto que los sorprende, un acto que los interroga en su forma de habitar el mundo. Esto es lo que parecen saber los niños, y en especial la protagonista, que los adultos no atienden a los argumentos de los niños, que siempre tendrán la razón y que solo hay una manera de hacerles ver lo que se piensa, un acto. Un acto que intenta detener lo que ya es decisión, lo que ya es proyectado como el futuro para su mundo. Así, la civilización, el concreto -el centro comercial-, el capitalismo, amenazan la casa del árbol, la libertad, el mundo natural, los espacios de aventura para el espíritu infantil. Y queda para el lector una idea rodando allí, ¿acaso la idea de progreso como urbanización empobrece los espacios posibles para los niños? ¿Se precariza el mundo de los niños en las ciudades?

 

Los niños de Aquitania

Es un cuento que uno lee con una sensación extraña entre la contención y la aceleración del pulso, escapan suspiros, no de amor, o de sorpresa, suspiros que genera el encontrarse con el horror. Pero no es la descripción de la crueldad de nuestra violencia a secas. Este cuento pone al lector frente a algo que lo desacomoda de entrada: “Patean la pelota en las ruinas del atrio, mientras que en la parte de atrás de lo que queda del templo, un hombre y una mujer, con las manos amarradas, esperan”. El lector se encuentra entonces con el juego y la muerte, con los niños en un mundo macabro, con una infancia entre murallas. Patear la pelota al tiempo que suena una ráfaga, con ello se introduce la atmósfera que marca el cuento.

Son nueve capítulos muy cortos, narrados por un testigo, un integrante de una comisión que va a llevar la lectura y la escritura a los niños. Nueve capítulos que narran la historia acudiendo al fragmento, al salto de una imagen posterior a una anterior. Un rompecabezas para armar, simulando tal vez lo que sucede con los trabajos de la memoria cuando intentan hacer un tejido con lo innombrable, diría lo incomunicable, si bien el cuento comunica, transmite al lector algo de esa experiencia de ruptura que nos trae el narrador, pero de la que no podrá comunicarse todo.

Podría ser, aquel lugar, el mundo ideal para los niños; hay una montaña, un río, pájaros, animales. Pero, allí en medio de esa rica naturaleza se nos dibuja el predominio del terror, la vida de los niños precarizada por los violentos.

Jóvenes estudiantes toman la palabra. Lecturas que los conmueven.

Hay en el cuento varias escenas muy duras, la pareja amarrada que espera, el silencio de los pobladores, que, además lo imponen a los visitantes, los cuerpos todavía sangrantes, la gente corriendo con dolor, rabia e impotencia. Sin embargo, si el foco de lectura de este cuento es la mirada sobre los niños, el lector se sobrecoge con los capítulos 4, 5 y 6, veamos un fragmento del capítulo 4.

Trajimos nuestros libros de cuentos para leerlos en voz alta, pero las circunstancias no lo permiten y tenemos que leer como si nosotros fuésemos los delincuentes que tuviéramos que actuar a escondidas. Cuando los niños ríen, gracias a las aventuras que susurramos, ahogan la alegría con la mano sobre la boca. Al cabo de una enmarañada y deliciosa trama, tomamos un refrigerio. Mastican con parsimonia y beben la limonada sin hablar. Luego, como un ritual de sobremesa, patean la pelota en un rincón, sin hacer ruido, con la precisión propia de quien ha aprendido a hacerle quites al peligro. (p. 14-16)

¿Acaso se nos muestra aquí una inversión de las cosas, de lo que nos dice la lógica? La lectura de historias debe llevar a los niños a mundos peligrosos, pero, con la certeza de que nada va a pasar, vamos a la historia, experimentamos el miedo y volvemos al lugar seguro de la cotidianidad. Aquí no. Los niños con la lectura hacen una pausa al horror cotidiano, al silencio obligado. La literatura los lleva a otros mundos, pero tienen que ir de modo furtivo, caminando agachados “hasta un sótano oloroso a humedad” (p. 13).

Pero los niños en los cuentos no están solos, hay adultos. En los niños de Aquitania, los niños parecen estar solos en ese mundo. Los adultos son los violentos, de los que se sabe en el cuento por sus acciones, no se les ve el rostro; los pobladores que aparecen todos, rabiosos, impotentes a encontrarse con sus muertos. Y están los adultos de la comisión, los que les llevan los libros, la lectura y la escritura, los que los pueden ver e invitar un rato a vivir la infancia, a vivir como los niños que son, aunque esto tenga que darse como un acto furtivo. Pero estos adultos se van, son visitantes que no resisten ese terror con el que los niños parecen haber aprendido a convivir.

Es una buena pregunta aquella de qué sucede con el mundo de la infancia cuando los adultos están presos de contextos amenazados, cuando la atmósfera violenta deja reinar especialmente al miedo. Tal vez, los niños solo pueden intentar crecer en silencio. Con el único heroísmo de intentar sobrevivir allí.

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(*) María Orfaley Ortiz Medina, psicóloga, Magister en psicología de la Universidad de Antioquia. Especialista en estudios sobre juventud. Ha publicado Nucamono quiere saber (2008), Lucy (2009), Almas de madera (2010), El Misterioso Libro de papá (2011), De sapos y trampas (2012) y Ese día no salió el sol (2005) Ha publicado también distintos artículos de psicología aplicada en el área educativa y social, así como artículos sobre literatura.

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Las delicias de una buena conversación

Con Leonardo Muñoz, celebramos nuestra primera década como Grupo literario. (archivo)

Con gran entusiasmo, los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo iniciaron los eventos de celebración de los primeros 10 años del Grupo programados para el 2019. Para empezar, el invitado fue Leonardo Muñoz Urueta, oriundo de Magangué (Bolívar), autor de dos libros de cuentos: Bajo el naranjo y Acuérdate del tahine, ambos editados por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA.

Con su novela Dulce de caballito, obtuvo el primer lugar en el XI Premio de Literatura Infantil y Juvenil “Barco de vapor”, que será publicado en Mayo durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Los eventos tuvieron lugar el martes 26 de febrero en la Sala Abierta de la Biblioteca Pública Piloto y en Otraparte el sábado 2 de marzo. La conversación con Leonardo la condujo el escritor y periodista Leandro Vásquez Sánchez, miembro del Grupo Literario.

Leandro Vásquez conversa con el escritor invitado, Leonardo Muñoz, en la Biblioteca Pública Piloto (foto archivo)

El encuentro en Otraparte, las delicias de la conversación literaria. (archivo)

Historias de amor y duelo cogen vuelo en el contrapunteo de una atmósfera típica de la Costa Caribe, donde el ritual preparatorio de un acanelado dulce de plátano maduro va de la mano con el aroma de un amor compartido, poniéndonos sobre aviso de que un nuevo talento asoma su pluma en el paisaje de la literatura colombiana.

La mejor forma de empezar a celebrar los primeros 10 años del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ha sido leyendo con anticipación la obra de Leonardo y luego conversar con él sobre los intríngulis que lo impulsaron a escribirla. Es la comunicación del escritor-lector, ambos creadores alrededor de las historias. Uno de los hitos del Grupo es descubrir que leer y escribir hacen parte del mismo fenómeno creativo.

Leonardo nos regala su risa caribeña, pero en ella se atisba el drama de una tragedia nacional. Barrer las hojas secas de un naranjo plantado en mitad de un patio polvoriento, se convierte en solitario escenario para plasmar el monólogo de una madre que sufre lo indecible por la muerte de su hijo a manos de una gavilla de asesinos que asola los pueblos. Un manjar de comidas hecho de palabras, con sabor a Caribe. Historias con el menú de recuerdos que se debaten entre el dolor y el aroma, la angustia y las recetas. Una pizca de dulce para la herida abierta, la búsqueda de un conjuro que se cuece en la imaginación.

El poeta y escritor de San Antonio de Prado, Alejandro Esteban Marín, interpretó varias de sus composiciones para flauta. (foto archivo)

El cuento, Acuérdate del tahine hace alusión a la influencia árabe en la comida del Caribe colombiano y es metáfora de la relación entre las costumbres gastronómicas autóctonas y la memoria.

En próxima publicación compartiremos la conversación desarrollada, marcada por el asombro de un niño que descubre el mundo en las palabras de la abuela, Micaela Rico, y que luego, adolescente, lucha por aprender a expresarse gracias a la amistad crítica con un hombre de 92 años que vive a orillas del río Magdalena, en la Albarrada de Magangué: don Antonio Botero Palacio. ¿Cómo escribió Dulce de caballito?

 

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Sábado 2 de Marzo – 10AM

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OTRAPARTE

Sesión abierta al público, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

Con Leonardo Muñoz Urueta


A mi Abuela Micaela

Ingredientes
7 Plátanos maduros de concha oscura
1 taza de agua
3 Clavos de olor
1 Panela

Preparación:
Cada vez que Micaela Rico sentía ganas de probar el dulce de plátano maduro, madrugaba a la plaza de mercado para escoger los plátanos ideales. Con su mandato matriarcal los cogía en la palma de su mano, con las yemas de sus dedos los apretaba, se los acercaba a la nariz y luego iba echando en el canasto los elegidos.

En su soledad sabía que ésa era su manera de consolarse, de recordar a Justiniano Muñoz en las tardes de estío ya sin él.

Los despojaba de su antigua concha en el silencio de la cocina, inhalaba el aroma del plátano maduro que se abría como la flor ambarina de un sexo dormido por siglos a la espera de ser despertado por los dedos desnudos de Micaela y, desde la niebla de su memoria, recordaba el día en que vio por ultima vez con vida a Justiniano Muñoz. Llegó a la casa con su sombrero vueltiao.

Lo vio a través del humo ceniciento de los recuerdos, de pie en el umbral, con su camisa de líneas azules, el pantalón de lino color de arena mojada arremangado y sus milenarias abarcas.

–– Buenos días, Micaela.
–– Buenos días, Justo.
En una taza de totumo ella le ofrecía café sin preguntarle.
–– Micaela, hoy no me esperes para almorzar, voy a comer mote de bagre donde Rosa.
–– Ah… bueno -–contestaba Micaela, reprimiendo en un hilo de voz el incipiente enojo y decía ––aquí vamos almorzar sopa de coroncoro–– Sabía que ésa era la sopa predilecta de Justiniano y luego como para tener la certeza de su triunfo, decía con voz clara y alta: ––… y dulce de plátano maduro.

Leonardo Muñoz (a la derecha) durante la Fiesta del Libro de Medellín 2018. Lo acompañan Bárbara Galeano Zuluaga, Leandro Vásquez y Yeison Henao. (Foto archivo)

Micaela había conocido a Justiniano con otras dos mujeres, Inés y Rosa, la ultima esposa por la iglesia, cada una vivía en casas distintas, se insultaban en sus encuentros diarios, en las compras dominicales en la plaza de mercado, en el parque, en la albarrada, en la misa de seis de la mañana, no obstante compartían sin recelos el mismo hombre.

Micaela siempre ganaba, Justiniano almorzaba dos veces en el día solo para probar el dulce de plátano maduro; ese día aciago no le dio tiempo para almorzar donde Micaela, ni probar el dulce.

En una olla de cobre sobre un fogón de carbón se pone a diluir la panela con una taza de agua, a fuego lento. Aparte, los plátanos se empiezan a moler, que salga una masa ni tan blanda, ni tan dura, decía Micaela en voz alta cuando alguien le preguntaba sobre el secreto del dulce.

A mediodía, la casa olía a dulce de plátano maduro cocinándose, la radio estaba en alto volumen, sonaba un vallenato añejo que contaba la historia de un toro enamorado de la luna, cuando el compadre José Emiliano llegó sudando a la puerta de la casa. “Comadre… bájele a la radio, Justo se nos está muriendo…”.

Cuando se tiene la masa de plátano maduro se echa en la olla, se le espolvorea al azar los tres clavos de olor, con una cuchara de palo se revuelve hasta que el dulce tome el punto.

¿Qué iba a ser de mis hijos sin un padre? ¿Que iba a ser de la criatura que llevaba desde hacia tres meses en mis entrañas? Me dijeron después que, a las doce en punto del día, en la orilla del río, Justo estaba supervisando la descarga de bultos de arroz desde la chalupa y para apresurar la carga se echó un bulto en sus espaldas, dicen que tuvo un derrame interno o un paro cardiaco. El medico Blanco le había recomendado reposo, pero Justo solía responder con gracia “Que la muerte me coja trabajando”. Así fue, Justiniano bajo el sol de medio día en la albarrada, se puso pálido, se orinó en los pantalones y se desplomó. En la albarrada le prendieron los abanicos y le desabotonaron la camisa.

Se sirve el dulce caliente, si se quiere, en hojas de plátano cortadas en forma de cuadros.

Al día siguiente de su muerte me despojé de todo orgullo y fui a la casa de Rosa, la esposa, en donde lo velaban. Ahí estaba en su ataúd de caoba en el centro de la sala, con un cirio encendido en cada esquina del féretro, alrededor estaban sentados los empleados del sindicato de braceros. Cuando entré a esa casa, sentía que me reprochaban mi presencia, todavía hoy ignoro si fue por respeto al difunto o porque esa mujer Rosa también lo amaba y comprendía mi dolor, que me dejó pasar con mis hijos para que se despidieran de él.

En la casa también le hice su altar con sábanas blancas y una mesa cubierta con un mantel blanco crema, encima le puse un florero de porcelana con flores de siemprevivas, un vaso de agua, un velón y, por supuesto, un poco de dulce de plátano maduro en una hoja de bijao.

Todavía hoy, treinta y nueve años después, ­la misma edad de mi hija Lisbeth­­, sigo soñando con Justo. En los sueños él sigue igual como la última vez que lo vi, yo estoy encinta, él llega a la puerta de la casa y yo ni siquiera lo saludo, le extiendo la mano y le digo “Justo, no tengo dinero para comprar los plátanos maduros”, él saca unos billetes del bolsillo de su pantalón, me toma la mano derecha, me pone los billetes en la palma y me la cierra. En la madrugada despierto con la sensación de que Justo me ha dado dinero, pero me encuentro con mis manos vacías.

Ahora en las tardes otoñales, después de que los años nos enseñan a perdonar y recuperar el tiempo perdido, Inés y Rosa, las otras dos mujeres de Justo vienen a mi casa, comemos dulce de plátano maduro en los veranos ardientes bajo la mansedumbre sombreada de las hojas de los almendros en el zaguán. Sentadas en mecedoras de mimbre nos acompañamos en los achaques de una vejez inevitable, ya sin él.

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Tomado del libro Acuérdate del tahine.
Editado por FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA de Medellín

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Invitado Especial

El guitarrista que quiso ser invisible

Leandro Vásquez Sánchez

Miguel Ángel Sanz sólo pudo ser guitarrista. No se imagina desempeñando otro oficio. Sin la música su vida sería insoportable. Cree que también es indispensable para los otros seres humanos. Como el agua, el oxígeno y los nutrientes. La belleza, la música, la poesía salvan vidas, dice. Ese ideario lo practica con un entusiasmo casi religioso. Por eso se propuso cruzar el Atlántico para presentar en Colombia un recital con poemas colombianos.

Maestro Miguel Ángel Sánz. En la parte trasera del Instituto donde estudió, vivía un lutier de guitarras clásicas que cuando las terminaba le pedía el favor de probarlas. Era tal la fascinación por esos instrumentos recién construidos, que escapaba de las clases para ir a visitarlo. (Fotografía de Ángel Galeano Higua)

 

Una vocación inquebrantable

Taller de lutier en Barcelona que fabrica las guitarras que Miguel Angel Sánz prefiere. (Foto Angel Galeano Higua)

Su primera guitarra la heredó de su abuelo. Como no sabía tocar, sólo pasaba el pulgar por sus cuerdas. Estaba desafinada de tal manera que producía un acorde perfecto mayor. No tenía que hacer ningún esfuerzo para lograrlo. Pero la guitarra siguió destemplándose. El primer ejercicio fue buscar, otra vez, ese sonido. Así comenzó a explorar los rudimentos del instrumento.

Obtuvo a lidias el título de bachiller y maestro de guitarra. En la parte trasera del Instituto donde estudió, vivía un lutier de guitarras clásicas que cuando las terminaba le pedía el favor de probarlas. Era tal la fascinación por esos instrumentos recién construidos, que escapaba de las clases para ir a visitarlo.

Durante el servicio militar obligatorio, dirigió la banda de guerra porque sabía más de música que su superior. Cuando formaban las unidades, Miguel Ángel decía: a la orden mi coronel, sin novedad en la banda. Para hacer ese reporte necesitó tres meses. Cada capitán hacía lo mismo con su compañía, pero ellos necesitaron quince años de carrera para ganar ese privilegio. Miguel Ángel también fue cornetín de órdenes. Era una satisfacción tocar ese instrumento y ver al coronel ponerse firmes, cuenta.

Gastó mucho dinero en el cuartel, sobre todo en comida. Sus padres se lo mandaban. Buscó un trabajo para devolvérselo. Cuando en una empresa de transporte, dijo que quería el empleo para comprar un piano, lo descartaron. Pero su historia llegó a oídos del gerente de la compañía, quien, para sorpresa de todos, lo contrató. Lo hizo porque el gerente siempre quiso ser músico. Al terminar el contrato, le insistió para que se quedara y se convirtiera en su secretario. Te triplico el sueldo, lo retó. Señor Álvarez, no puedo seguir, yo soy músico, ya trabajé lo suficiente para comprar el piano. Cuatro años después, Álvarez entraba con su esposa a la ópera y lo reconoció en un pasillo: ¡Miguel, qué tal! Bien, gracias, ahora soy profesor en el Conservatorio Superior de Música. Se despidieron con un apretón de manos.

 

La última página

Los poemas de La última página lo impulsaron a entablar un diálogo. El lenguaje que Miguel Ángel eligió para comunicarse fue la música. La guitarra era la intérprete de las sensaciones que le despertó esa relación. Durante varios días sintió cómo emergía en él una tonada. A veces creía que era una pieza de algún otro compositor. Pero no, era la obra que cobraba vida. Por eso, al principio sólo escribió las partituras para cinco poemas. No los eligió guiado por un método. Fue sólo enamoramiento. Había otras poesías que merecían vestirse con la seda de la música, pero debían madurar, reclamar ellas mismas un lugar en su pensamiento.

Entendió que la belleza ya estaba en el poema. Un exceso de protagonismo de la música traicionaría la relación que pretendía establecer. Se corría el riesgo de mancillar los versos. La guitarra sólo debía servir para acompañarlos. Pero con la música, el poema cobró una nueva dimensión. Fue el encuentro de dos niños que desvestían El trompo de Rubén Darío Lotero, trepaban al árbol y espantaban los pájaros de Miguel Méndez Camacho o jugaban a que uno era la Eurídice de Lucía Estrada y el otro la muerte acechando. Al recital se sumaron otros poemas del mismo libro. Los de Pedro Arturo Estrada, Tatiana Guardiola, Jorge Debravo, Luis Hernán Rincón, Álvaro Julián Moncada y Héctor Rojas Herazo. Acompañados por los versos de los catalanes Álex Martínez, Joan Margarit y Miquel Martí i Pol.

 

Medellín, vedetes y poesía

(Izq. a der.) Los poetas Rubén Darío Lotero y Eladio Ospina. El guitarrista Miguel Ángel Sánz y el poeta Álvaro Julián Moncada (de sombrero) y el niño Miguel Alfonso Sánz Contreras. Biblioteca del Jardín Botánico de Medellín (Foto archivo)

El guitarrista me confesó que todavía no termina de leer La última página. Quiere volver a su casa en Cerdanyola del Vallés para hacerlo. Inició la lectura, pero le reclamaba abandonar los afanes. Exigía degustar todos los matices. No intentó finalizarla. Su cansancio físico y mental se lo impedían. El trabajo con La última página no sólo exigía leer o componer las partituras de guitarra. Implicó planear los recitales en Barcelona y en Colombia. Lo obligó a emprender un agotador trabajo administrativo y de gestión junto a las instituciones que lo apoyaron. Pero desde el principio supo que valdría la pena.

En Cartagena y Barranquilla el recital superó las expectativas. Lo mismo que en Medellín, realizado en el auditorio del edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. Poco antes de iniciarse, Ángel Galeano me presentó a Miguel Ángel Sanz, a su esposa, a su hijo y al poeta Pedro Arturo Estrada, quien llevaba una gorra campera negra. A este último le preguntamos cómo iba el Festival Internacional de Poesía de Medellín, uno de los eventos más sonados en la ciudad y que acontecía esa misma semana. Nos contó que este año lo “mejor” eran las poetisas invitadas. Parecían elegidas en un casting. Y nos mostró una revista que lo confirmaba, casi un catálogo de modelaje.

 

Las estrellas cautelosas

El compositor Miguel Ángel Sánz en la Universidad de Antioquia, 2018 (Foto Ángel Galeano Higua)

Miguel Ángel esperaba la llegada de los poetas. Estaba vestido de negro. Su esposa, de blanco. Cuando le tendí la mano a Miguel Alfonso, su hijo, miró al suelo. Dudó en extendérmela, no muy seguro de presentársele a un adulto con un apretón. Olvidó decirme su nombre.

Llevaba gafas, vestía un short, un morral del Fútbol Club Barcelona y un reloj de bolsillo que compró en Medellín porque, a su abuelo, le gustan esas cosas. Participó en el recital desde el comienzo. Una vez su padre escribía la música, podían abordarlo en casa y pedirle que declamara cualquier poema. Gracias a su memoria prodigiosa, no tenía que leer. ¿Sabes qué hacía yo a tu edad? Jugar fútbol en la calle, le dijo Ángel Galeano.

El encuentro con los poetas fue delirante. Padre e hijo presenciaron cómo las voces recogidas en unas cuantas letras, leídas, declamadas y soñadas, vestidas y desvestidas con la música, se hacían personas. Los culpables de su enamoramiento de la poesía colombiana y su periplo por el país, estaban ahora frente a ellos. No imaginaron que la voz de Julián Moncada fuera tan frágil como sus versos, ni que la paciencia de Luis Hernán Rincón igualara a la de los asteroides de El río sin agua. Después de enseñar música, componer, realizar giras por Europa y África, tocar con orquestas, bandas sinfónicas y músicos destacados, Miguel Ángel sintió que estaba delante de unas verdaderas estrellas, no del rock, sino de la poesía. Cuando Miguel Alfonso los saludó, las manos le sudaban.

 

El trompo y el niño

Al comienzo el público esperaba el recital en silencio. Miguel Ángel se sentó con la espalda recta y la guitarra entre las manos, apenas apoyada en el muslo de su pierna izquierda. Ángel Galeano era uno de los rapsodas. Su voz fue recia, profunda y calma, como el rumor de un mar lejano. La de María Cecilia Estrada, invitada a leer los poemas de Lucía Estrada y Tatiana Guardiola, en cambio, era una huida tensa.

Padre e hijo en pleno recital en el Auditorio principal del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. (Foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

La guitarra serpenteaba tras sus pasos. Antes de recitar, Pedro Arturo Estrada contó la historia del maestro José Manuel Arango, a quien alguien le pidió que le permitiera ponerle música a sus poemas a lo cual él respondió: Yo creí que ya tenían.
Me sorprendió cuando Ángel Galeano llamó al escenario a Miguel Alfonso. Es mi hijo, le contó el guitarrista al público mientras ambos sonreían. Lo invitó a participar del recital porque no tenía otra forma de agradecerle su colaboración en los ensayos. Además, su presencia daba un mensaje: la poesía es para compartir, no hay que ser adulto o especialista. El niño de diez años se paró a un lado del atril. Con una mano sostuvo el micrófono y la otra la guardó en el bolsillo. Miguel Ángel introdujo El trompo con un vals, un giro, como el del juguete. Luego Miguel Alfonso declamó, con su voz tersa: Vestir el trompo con delgado hilo/ y en un envión/ desvestirlo… Sacó su mano del bolsillo y lanzó el trompo invisible. La música produjo un golpe, como el de la cuerda al liberar la peonza. Esbelta bailarina de lisas caderas/ danzando libre/ sobre un tacón. Terminó. La música decayó. El juguete también se detuvo, poco a poco, en nuestro pensamiento. Ambos sonríen. Arremetieron los aplausos enternecidos y los ¡bravo, bravo, bravo! emocionados por la presencia angelical de Miguel Alfonso. El niño tendió la mano para que le agradecieran a su padre. Miguel Ángel sabía que él no era importante, pudo hacer su trabajo tras bastidores y nada cambiaría. Quiso ser invisible, como la música. Señaló a Rubén Darío Lotero, el autor, a quien de verdad le debíamos ese estremecimiento. Fue un privilegio redirigirle esa ovación. El niño balanceó su cuerpo, nervioso, hizo una venia y se sentó de nuevo entre el público.

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Publicado en la edición impresa de El Pequeño Periódico No. 102.

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