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Archive for the ‘General’ Category

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

 

Papá

Claudia Restrepo Ruiz

 

Extrañaba pronunciar esas dos sílabas. Estoy sola, te llamo varias veces. ¡Te extraño tanto papá! La muerte es atractiva cuando pienso que te veré. A veces creo que será como cuando llegué de Europa embarazada. Aún conservo tu imagen en chaqueta café con los brazos cruzados esperándome mientras descendía por las escaleras eléctricas. No podía haberte decepcionado más y tú no podías haberme amado menos.

Claudia Restrepo Ruiz, en la sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, martes 7 de noviembre, al recibir su nuevo libro.

Te dolí papá. Te dolí tantas veces bajo mis cielos grises, ante mis auroras tristes. Y me amaste, con furia, me amaste siempre. Solo una vez me hiciste un reclamo. Ahora te imagino de carrizo y chaleco en la sala. Dices que odias los festivos porque te alejan del trabajo. Tienes reuniones el martes en Bogotá y me pides que te acompañe por la talega al club. Nos reciben los muchachos de Fupac, fundación que ayudaste a crear para dar estudio a los caddies. Y te veo de polo amarilla y gorra. Los taches de los zapatos suenan sobre el asfalto. Observas jugar a Tomás en el arenero. El socio, tu socio, crece rápido y se parece a ti. Me hablas de los búhos en el campo y de lo incómodas que resultan las garzas cuando defienden su nido al paso. Una vez hiciste hoyo en uno y celebraron durante varios sábados. Amas bailar y durante los remates de corrida te luces en la pista. Una sola vez me llevaste a toros y me prometiste que sería la última. Te gusta como te preparo el roncito, el hielo es la clave. Pensativo eres atractivo. Planeas las vacaciones con mucha antelación. Hablas con la abuela y Margot, muy temprano. Ya la abuela te dijo que estoy construyendo la alcoba del no dolor. La sala en realidad y pronto iré al Banco para conversar contigo. Mientras tanto, todavía muero cuando alguien enciende un cigarrillo o pruebo un sorbo de cerveza. Estás en los confines de mi historia, en el marcador del Santafé y en la brisa de Barranquilla. Tu acento neutro no delata tus raíces. De la imaginación, sacas una espada y me preguntas dónde está el dragón. El dragón soy yo papá, es a mí a quien temo, no he logrado ser mi amiga después de tantos años, me flagelo. Sin tu risa el mundo está medio vacío. Sin tus ojos, el mar perdió uno de sus tonos. Y continúo llegando a ti, hecha, deshecha, maltrecha. Y te sigo hablando sobre la vida y sus exposiciones. Sobre mis personajes y mis lecturas. Sobre la página del duelo que dejaste marcada en el libro de Santiago Rojas. Y no te sé morir, cada noche te bendigo. No pude tener un mejor padre, un mejor amigo… que tú. Tu presencia me acompaña. Papá, papá, papá.

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Claudia Restrepo Ruiz, ha publicado:  Ciento uno, novela Beca Alcaldía de Medellín, Fundación Arte & Ciencia, 2010.  De roca y Sal, cuento Ganador concurso Binarius, Universidad Eafit 2010.  Bitácora del cuerpo, relatos Fundación Arte & Ciencia, 2014. Los umbrales del delirio, relatos, 2016. El vendedor de Biblias, cuento incluido en el libro Flores en la pared y otros relatos, Fundación Arte & Ciencia, 2015. Algunos de sus escritos han sido incluidos en Antologías de Yurupary Ediciones, Tragaluz y Binarius.

 

Hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

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Poemas sin prisa

Para leer en el semáforo

 

Este es un poemario contra el vértigo. Un llamado a detenerse, a explorar, a pensar, a vivir.
El ajetreo cotidiano obnubila y el trabajo absorbe todo, congela las sonrisas, enceguece el pensamiento. Somos esclavos del “ahora”, que Jonh Harold Giraldo Herrera denomina el “azote”. De repente, aparece ahí, frente a nosotros, el semáforo con sus luces demarcadoras para los vehículos. Pero la disposición de los transeúntes no se detiene, sigue girando en el carrusel impuesto por el consumismo y la frivolidad. El poeta lee las señales de otra manera y las riega en este libro fácil de llevar, justo para leer ante el peligro del rojo, en la espera del naranja y el paso libre del verde.
Este libro enriquece la colección que la Fundación Arte & Ciencia impulsa, para que los amantes de la poesía conozcan las nuevas voces que se abren camino.
Ángel Galeano Higua
Editor

El Autor

John Harold Giraldo Herrera. Nació en la ciudad de Pereira en Colombia en 1979. Es periodista y documentalista independiente, publica en varios medios locales y nacionales como: El Espectador, la Revista Semana, La Patria, El Meridiano, La Opinión, Sucesos y Opiniones, La Tarde,  Cronopios, El Diario del Otún, Miratón, igual en medios internacionales como Letralia de Venezuela, La revista Ñ de Argentina, entre otros. Se interesa por escribir sobre las comunidades originarias de su país, la política y temas relacionados con la cultura y en especial del séptimo arte. Dirige un grupo de periodismo llamado Enfokados, con quienes realiza periodismo radial, televisivo y digital. Es Licenciado en Español y Comunicación audiovisual, especializado en Periodismo Público y Magíster en Literatura de la universidad Tecnológica de Pereira. Doctorando en educación. Es también docente en la Universidad Tecnológica de Pereira, en las áreas de los Medios, la Pedagogía, la Literatura y el Periodismo.

En el 2011 ganó dos premios de Periodismo. El Hernán Castaño Hincapié, premio regional entregado en la ciudad de Pereira, por la crónica Camina cuatro días para estudiar dos (narra la vida de un indígena universitario que debe caminar por las montañas de Mistrató para llegar a su salón de clases) publicado en el portal semana.com, el periódico La Tarde y La Patria. Ganó la Beca de creación en Periodismo Cultural, otorgada por el Ministerio de Cultura, con La vida de tres gobernadores indígenas, texto publicado en el periódico El Espectador con el título Los guardianes de la tierra. Ha escrito: “Un doble en las rocas”, en coautoría. País al andar (crónicas con el Minsiterio de Cultura). Marginalia II con la Universidad del Quindío (2011).

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Rojo

En el momento de relativa

Quietud del pensamiento

Puede dar lugar

A la epifanía.

 

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Somos tan frágiles

como una mariposa entre los dedos

o un aletear truncado de colibríes

como el pájaro amenazado por el cazador

Pero somos tan fueres

cuando estamos los dos

que no hay dedos riesgosos

ni colibríes en peligro.

Ni pájaros perseguidos por cazadores.

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Mis habilidades de movilidad

Se limitan a desplazarme

Hacia las rutas de tus caminos ancestrales

En los que viajamos

Hacia las raíces.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación en edición impresa

 

El regalo del presidente

León Javier Betancur Ospina

Un rato después de la cena se oyó por el callejón el grito de mi mamá: ¡Hey, todos, para dentro! Nos reunió a los siete en la sala alrededor de ella y de la abuela María Josefa, que se sentaban siempre a lado y lado del altarcito donde estaba La Milagrosa iluminada por dos veladoras. Sobrecogidas, repitieron los sucesos que habían oído a través del noticiero de la seis de la tarde: ‟La policía encontró el rancho quemado, los cuerpos de los tres niños y la madre incinerados en el patio. Por el camino del cafetal, el padre y el hijo mayor colgaban de un guamo con la cabeza casi desprendida de un tajo: el corte de corbata. Les habían sacado la lengua por el cuello para que se supiera la crueldad que estaban dispuestos a cometer los tales asesinos”. La abuela, con voz atribulada y suplicante, nos alertó sobre la amenaza que se cernía sobre nosotros mientras los bandoleros anduvieran vivos y escabullidos por el monte. A todos, vivos y muertos, los encomendó a la Santísima Virgen. Comenzó a entonar el rezo elevando la voz:

León Javier Betancur Ospina, al recibir el primer ejemplar de su primer libro publicado. Sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, martes 17 de octubre (Foto de Claudia Restrepo Ruiz)

— En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hoy contemplamos los Misterios Dolorosos…, y siguió monótona y mecánica el Santo Rosario. Empezaba a llover con furia. El viento no dejaba de ulular. El canto dejo y lejano de un búho parecía responder a las preces de la abuela. Finalizados los rezos, nos despacharon para la cama. Me despidieron advirtiéndome que en la mañana debía presentarme en la escuela bien aseado, para asistir a un acto público especial.

Al día siguiente muy temprano, la voz de mi madre me apuró para que tuviese tiempo suficiente para un baño meticuloso. Así lo hice y me puse el flux. Cuando me disponía a desayunar, oí el silbido de Colio, mi amigo inseparable, con quien me dirigía todos los días a la escuela. En un santiamén me volteé el chocolate y salí con la arepa en la mano.

Era sábado. Un tren de nubes negras surcaba los cielos y unos pocos rayos de sol se abrían paso para caer sobre los cerros vestidos de bruma. Al llegar a la escuela de varones, observé que la mayoría de los estudiantes había llegado. Nos pusieron en formación y nos notificaron que el evento se llevaría a cabo en la escuela de niñas y no en la de varones, por lo tanto, nos dirigiríamos allá en fila y perfecto orden.

Nuestra fila, de dos en dos, cruzó con lentitud el parque. A medida que avanzábamos las palomas nos abrían paso prefiriendo el vuelo corto bajo el follaje de los árboles. Llegamos a la escuela de niñas. Una fuerte voz, algo desgastada, salió de la desdentada boca del Director ¡A discreción! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Alinear!  Carraspeó con aire de autoridad amenazante y de nuevo, nos repitió la anécdota que esgrimía para mantenernos atentos y alineados: “Una vez, no hace mucho, el General Uribe de las Fuerzas Armadas, impartió la orden de alinear a su pelotón. Luego de desenfundar su arma y de apuntar bajo la oreja del soldado que encabezaba la fila, soltó un tiro; la bala entró por la boca abierta de un recluta que distraído, sacó la cabeza”. ¡A discreción! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Silencio, sólo debo escuchar el vuelo de las moscas! ¡Jóvenes patriotas del mañana, ahora recibirán el regalo enviado, a todos y cada uno de ustedes, por el Señor General Presidente de la República!

Hubo alborozo entre las filas. ¡Silencio!. Hay que esperar en perfecto orden. Repitió el director.

Portada, ilustración Lina Ceballos.

Una brisa fría se calaba en los cuerpos y las nubes grises se anudaron más lentas, espesas y oscuras. Me invadía una insoportable ansiedad. Observé a las niñas que salían haciendo algarabía, portando pelotas y muñecas, molinos y planchas, camas y diminutos loceros. Una de ellas, la más pequeña, de cabello negro, peinada de trenzas con moño rojo de seda en las puntas, le sonreía a un gran perro pastor de plástico que no alcanzaba a abrazar.

La espera se hizo eterna. Sólo podíamos entrar de diez en diez. Por fin llegó. Al entrar, se acrecentó la inquietud. Lelo, miré al inspector de policía y dos agentes que abrían cajas de cartón de donde sacaban caballitos y pelotas, carros, ruanas y tambores.

Llegado mi turno, una solícita maestra, baja y robusta, de rostro colorado y cálida mirada, tomó una volqueta roja grande y me la estregó con tierna sonrisa. El director que observaba, me la arrebató. Dijo que no era para mí, que lo mío era un cornetín de plástico amarillo, alegando que mis tíos eran los mejores músicos del pueblo y que así lo debía ser yo. Sentí que reventaba por dentro. Miré con ira al director, pero ya no encontré sus ojos escaldados para transmitirle mi odio. Partí con el cornetín en la mano sin determinar a nadie.  El agua caía a torrenciales y un feroz viento azotaba los árboles del parque. Tomé aire. Emprendí una vertiginosa carrera a través de los aleros de las casas hasta llegar a la de la tía Teresa. Era una mujer valiente y solo a ella podía confiar mi pena. Al contarle lo sucedido puso su mano izquierda sobre mi hombro y empuñó la derecha, levantó un poco su rostro y frunció la boca para mirar con sus ojos verdes encendidos el chaparrón. Callé. Aunque vi en su rostro la impotencia, alcancé a oír que refunfuñaba: “A ese viejo también le ha de llegar su hora”. Esperé un tiempo, que me pareció eterno, a que la lluvia cesara y cuando amainó partí hacia mi casa.

Entró la noche. Volvieron la cena, los rumores y los prolongados y repetidos ruegos al Señor. Me fui a la cama portando un candelero que puse sobre la mesita de noche. Miré a través de la ventana. El viento agitaba la silueta de los árboles producida por el relampagueo de una tempestad lejana. Metido entre las cobijas sentí los pasos de la abuela que quería constatar si estaba bien cobijado, tomó el candil y salió dejándome en la oscuridad. Cerré los ojos y me enrosqué. Los adversos recuerdos irrumpieron… El Rector me ordena que pase al frente para dar un toque de trompeta. Mi padre regresa del trabajo con un inmenso camión militar verde. Me lo entrega y dice: Es el regalo que te manda el gobierno, eres el hijo de un empleado público y tienes que cumplir los deberes con la Patria. Distribuyo siete soldados para que disparen a los chusmeros que se aparezcan a lado y lado de la vía. Lo amarro a una cabuya larga y bajo un candente sol, lo arrastro por las destapadas y polvorientas calles para que todo el pueblo que vive en las casuchas, vea el regalo del Presidente General de la República. Yo no veo a nadie. Sé que la gente se queda asombrada a mi paso. Los soldados comienzan a disparar. Un fuerte viento sacude el ala de la ventana.

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León Javier Betancur Ospina, San Antonio de Prado (corregimiento de Medellín). Laboró como docente en los colegios “Marco Fidel Suárez” y de bachillerato de la Universidad Pontificia Bolivariana. El regalo del presidente es su primer libro de cuentos publicado. En el libro inédito Luto en el patio y otros revuelos, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, aparecen sus cuentos Las obras de mi Dios y Los matarifes.

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El Río Magdalena. El Gran Río. Espina dorsal de nuestro país, escenario de luchas y conquistas, un río testigo. Allí se gesta y toma cuerpo la novela de Ángel Galeano Higua, que no podía llevar otro nombre: El río fue testigo; una obra bañada por la espesa corriente de un espíritu impetuoso que recorrió caminos de la mano de otros inconformes, para llevar a los campesinos del sur de Bolívar un aliento de creatividad que les permitiera enfrentar sus carencias.

Leonardo, el protagonista, rastrea las jornadas de él y sus compañeros por ciénagas y quebradas, caños y serranías, llevando atención médica, pero también espiritual. Cargado con un arcón repleto de libros, los comparte con niños y jóvenes ansiosos de descubrir en ellos vibrantes historias.

La novela nos pone de frente con las faenas de los pescadores, el abigarrado mundo del comercio de Magangué, las jornadas de los labriegos cultivadores de maíz, arroz y sorgo, y todo bajo el ardoroso sol que refulge sobre las aguas del río. Con meticulosidad de cronista, el narrador de El río fue testigo documenta la gesta que emprendieron un grupo de jóvenes, médicos, enfermeras, sociólogos, artistas, que dejaron las comodidades de la ciudad y se aventuraron en busca de concretar un sueño: construir una sociedad más equitativa, con la participación de todos, crear condiciones para superar el atraso y generar un cambio de raíz en las estructuras sociales.

Pero esos años de trabajo y sacrificios fueron estrangulados por las fuerzas violentas de los grupos armados que incursionaron en la zona, asesinando a campesinos y líderes. Movidos por mezquinos intereses, esos hombres aniquilan no sólo vidas, sino sueños; creando un cerco que obliga a los “descalzos”, como se conoció el grupo de estos jóvenes, a retroceder. Leonardo, Manuela (su mujer) y Valentina (su hija), nombres ficticios de personajes que no existen únicamente en el papel, regresan a la ciudad. Pero ante la amenaza de muerte, al protagonista le han salido alas. Regresará con un sentimiento de desolación, pero intuimos que esa experiencia será el elemento constitutivo de su obra.

El río fue testigo es una novela fundamental para entender una parte de nuestra historia política, y es también una invocación al viaje como búsqueda del sentido de la existencia. Leonardo, Manuela, Sara, María Fernanda, Óscar Mauricio, cada uno de los personajes que Ángel Galeano sigue con ojos atentos, y de cuyas acciones toma nota en cada giro; tienen una misión, sortean dificultades, confrontan sus ideales ante una realidad que se les asoma con “la contundencia de un rayo mortífero”. Y todo esto nos lo cuenta el narrador con imágenes desbordantes, con ritmo vivo y una cadencia como de garza atravesando la sabana.

Diseño de Cubierta: Saúl Álvarez Lara (Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia)

“El libro es un homenaje a los pobladores de Magangué y la cuenca del Bajo Magdalena. También lo es para todos mis compañeros (los descalzos) que entonces éramos un solo ideal. Y es un testimonio de admiración por Francisco Mosquera, el timonel de esta empresa, el hombre que diseñó toda la estrategia de llegada y también de retirada para salvarnos la vida.” Así se refirió Ángel a su obra al presentarla en el puerto de Magangué, sur de Bolívar, el 12 de octubre de 2003. Recién había sido publicada por la Editorial Universidad de Antioquia y había sido finalista en el Concurso Nacional de Novela, convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá.

Ahora, El río fue testigo entra en circulación reeditada y en coedición entre Sílaba Editores y la Fundación Arte y Ciencia. Luego de un proceso de revisión y depuración por parte de su autor, podremos revivir la experiencia de “los descalzos” allá en los años 80, en esos poblados del Sur de Bolívar. Es la literatura que nos sirve para mantener la memoria, “para no olvidar, para utilizar sabiamente el legado que nos dejan los mayores.”

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Texto tomado de https://laterales.com/rio-fluye-la-fiesta-del-libro/

Nubia Amparo Mesa Granda es periodista egresada de la Universidad de Antioquia, autora de innumerables crónicas y reportajes, y de cuentos como La muñeca de sal ,(de reciente publicación) La tía Adela, Un hombre solo, La despedida de Satulio y Una mujer en la ventana, entre otros. Su cuento La casa amarilla hace parte de la antología publicada por la Cooperativa Confiar. Es integrante del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo desde su fundación.

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Compartimos el siguiente comentario sobre El río fue testigo, que nos hizo llegar el poeta Eladio Ospina. Él fue también uno de aquellos “descalzos” de quienes trata esta obra editada por SÍLABA EDITORES y FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA y que ya está en circulación.

 

La portentosa gesta de “los descalzos”

Eladio Ospina

Eladio Ospina

Y el río está más seco, más rojas sus aguas, más desoladas sus gentes, más pobre de peces, alcaraván y gaviotas, más poblado de muertos. Pero sigue ahí como un testigo que no han podido matar.
Estremece pensar que ahora todo está más mal, más lúgubre, crece el abandono del Estado, también ayer lo había, pero era más amable el abandono de ayer, el de antes de pasar la última guerra, todavía a Dios que hay que llevarlo, siempre ha sido y será así, Dios va donde lo lleva el hombre.
¿Recuerdas la hija de Chago Aldana? Tenía unos seis años en aquellos años de nuestro canto a la esperanza, hace un mes me encontró por las redes, hubo fiesta en su casa en Pueblorico donde vive y aquí en la mía. Hablé con él, le mataron un hijo de diecisiete años y lo sacaron de la tierra. ¡Te das cuenta Ángel, porque era mejor el abandono antes de la guerra!
Portentosa la gesta de aquellos descalzos, que abandonaron familia, universidad. trabajo, amigos y amores. Portentoso su sacrificio, su entusiasmo, la consecuencia con su propio pensamiento, tan escasa en estos tiempos.
Dura la batalla por el sostenimiento, efervescente era ver la luz que empezaba a iluminar esas montañas; a los campesinos, niños, mujeres y hombres, esbozar una sonrisa cuando llegábamos. Apasionante su asombro ante el cosmos reflejado en una pantalla, o la vida inicial en un microscopio. Un millón de historias navegaron por ese río o desembarcaron y se fueron cordillera adentro, más aquellas que luego descendieron.

Carmen Beatriz Zuluaga, una de las descalzas durante una brigada de salud en Palenquito, Sur de Bolívar, mayo 15 de 1985 (Archivo El Pequeño Periódico)

Solo hombres que lleven su causa en el pecho podían resistir tal epopeya, pero hoy su gran valor y el valor de tu libro, además de las experiencias que se recogerán mañana, y la huella que le dejas, es rendirle un tributo a la utopía, esa vieja desbrozadora de sueños, sin la cual se muere el impuso vital de los cambios. Las grandes gestas tienen su origen en la utopía, pero el mundo le cambió su significación, para cortarle alas. A este país le hace falta la quimera, pero entre un Estado paraco, los que manejan el poder y los otros, la dejaron sin aire.
Algunos amigos renunciaron pronto y hablan desde su corta experiencia, es comprensible su visión y su renuncia, les tocó la etapa en que no sabíamos cómo sobrevivir en medio de tanta gente, de tanto extraño, de tantos jueces, policías, alcaldes paracos y, terratenientes que eran los comandantes en esa etapa de la historia. Apenas dábamos lo primeros pasos por un sendero desconocido. Hasta que se unieron en su contra los nuevos inquisidores, la gendarmería de extrema izquierda.
Tu persistencia en no dejar morir el sueño, ni en el corazón ni en el olvido, te hace merecedor del título “Ángel salvador de la quimera”. Tu libro es un respirar profundo para darle aliento a la utopía.
Buena suerte navegante.

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Mensaje enviado por Eladio Ospina luego de leer la segunda edición de la novela de Ángel Galeano Higua.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia

Ya está en circulación en edición impresa

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La muñeca de sal

Nubia Amparo Mesa Granda

 

Mi abuela ponía la sal en una taza que llevaba de la cocina al comedor. La usaba para reforzar el sabor de los alimentos, para estimular nuestro apetito, como conservante y, una que otra vez, como medicamento, sobre todo cuando necesitaba hidratarnos después de un mal de estómago. Otras veces le servía para brillar metales y como amuleto contra el mal de ojo.

“No se puede derramar la sal porque atrae los males. Y si eso pasa, debes tirar unos granos por detrás del hombro izquierdo para alejar cualquier desgracia”, decía, y aseguraba que las brujas podían ser esas vecinas que se presentaban en la casa pidiendo un poco de sal. Remataba contando la historia de la mujer de Lot convertida en estatua salina por desobedecer el mandato de no mirar atrás mientras la ciudad era devastada.

Qué bella era esa taza. Según ella era de porcelana china, aunque se veía gruesa y menos lustrosa, parecía más bien de pedernal. Tenía grabadas flores, azules y rosa, y un borde dorado que contrastaba con su blanco contenido. Muchas veces, desobedeciendo sus mandatos, deslicé mis dedos por la superficie granulada, arañándola para dejar mi rastro, e imaginaba que iba por uno de esos desolados paisajes de Alaska que nos mostraba la profesora en la clase de geografía. Mi abuela me explicó que son salados el mar, la sangre y las lágrimas. Entonces me preguntaba, al ver llorar a mi mamá, día tras día, después de que mi padre se fue, si toda la sal del mundo provenía del llanto. En tal caso, el mundo sería de verdad un valle de lágrimas como decía el cura en la iglesia. Pero yo me mantenía atada a la belleza cristalina de ese elemento. Hacía montoncitos de sal sobre la mesa del comedor y formaba figuras: cuadrados, triángulos y círculos que luego devolvía a la taza. Hasta que un día, cansada de esa efímera creación, decidí hacer algo compacto, de más larga vida, y le pregunté a la abuela cómo podía hacer una muñeca. Ella me acompañó en el juego. Una medida de harina por media de sal, y agua. Luego amasar y moldear.
Mi muñeca de sal tenía una apariencia de fantasma, con una blancura invernal, profundas cuencas en lugar de ojos y pequeñas depresiones en nariz y boca. Sus brazos amorfos hacían cruz con el tronco rectangular donde también hice una pequeña hondonada para señalar el ombligo. Era mi creación y me sentía orgullosa, por eso la puse sobre el tocador al lado de un cofrecito de madera y un florero de cristal. Allí nadie podría profanarla.
Un día, cuando regresé de la escuela, entré al cuarto y la busqué. Quería jugar con ella a las adivinanzas. Adivina cuánto saqué en matemáticas… nunca me había ido tan mal… Adivina a quién vi hoy… Me gustaba su imperturbable silencio y por eso aprovechaba para contarle mis secretos. Eso también lo aprendí de la abuela cuando decía que al abuelo se le podía decir de todo porque ni escuchaba y era tan frío como una estatua de sal.
Le había puesto un nombre a mi muñeca. La llamaba Fidelina. Así que cuando me acerqué y musité su nombre, bajito, para que nadie más me escuchara, encontré el único vestigio de su desintegración. Era un trozo de su cara, una luna carcomida que miraba con un solo ojo profundo y vengativo. ¡Abuela! —grité— ¿Qué le pasó a mi muñeca? ¿Quién la quebró? —volví a inquirir mientras recorría los pocos metros que separaban mi cuarto de la cocina llevando sus despojos en una mano.
Allí estaba mi abuela, preparando la comida y así siguió, sin mirarme, picando el tomate para la sopa.
—No lo sé, yo no he entrado por allá. ¿Sería tu mamá cuando entró a limpiar? O pregúntale a tu abuelo, aunque estoy segura de que ni siquiera sabía que tenías esa muñeca.
—¿Entonces se quebró sola? — dije con tono desafiante.
—O a lo mejor no la quebró nadie—replicó la abuela. Yo creo más bien que se deshizo con una gotera que cae justo ahí donde la pusiste.

Nunca sabré quién o qué causó la desintegración de Fidelina, pero creo que ese día empecé a entender la fragilidad de las cosas y de la vida, y cómo todo puede perderse en un instante.
Aún conservo la taza de sal de la abuela. Es como un antídoto contra el olvido. Cuando la miro la veo a ella en la cocina. Restriega sus manos nudosas en el delantal, canta boleros mientras bate el chocolate y me advierte que no debo tragarme las pepas de la naranja porque me crecerá un árbol en la barriga, y menos comer mango biche con sal porque me diluirá la sangre.
La sal sigue siendo mi elemento. Me gusta incluirla en mi baño. Y siento que renazco. Una vez a la semana derramo agua salina desde mi cabeza y dejo que se seque en mi cuerpo para sentir cómo el mar se adhiere a mi piel. Sentir que soy la sal reposada que brilla bajo el sol, limpia, como la luz intensa del día. Esos granos blancos son también el germen de mi creación. He decidido hacer esculturas de sal a escala humana. Algunas veces las derramo en fragmentos sobre el piso ante los ojos de los espectadores como invitándolos a una liberación, para que esa sal compactada, aprisionada, retorne a su estado natural
Es una manera de rendirle homenaje a la abuela que murió una noche de diciembre cuando intentaba engalanar el balcón con luces de colores. Había subido a una improvisada escalera y cayó desde su altura fracturándose el fémur y la pelvis. Se partió, se astilló, pequeños fragmentos de hueso entraron en su torrente sanguíneo y le obstruyeron la circulación. La encontré tirada en el suelo, fría, los ojos secos y fijos en un lugar incierto. Quise levantarla, pero se había endurecido, pesaba como una estatua de mármol. Pasé mi mano por sus cabellos canos con el leve rizo extendido sobre las baldosas, y no sentí su energía. Ya mi abuela no iría más de un lado a otro de la casa, regando las plantas, limpiando las ventanas, cambiando las sábanas, con la taza de sal en sus manos junto a la mesa del comedor. Y yo tenía que aceptarlo. Aceptar que su quietud era plácida, que yo habría de perpetuar su legado y procuraría darle nuevo valor a cada uno de esos objetos a los cuales dotó de anhelos y vigor.
Hoy, las luces de colores titilan en nuestro balcón y en la mesa del comedor está la taza de sal. De ella seguimos tomando pizcas para alimentar nuestra vida.

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Nubia Amparo Mesa Granda ha publicado, entre otras, las siguientes obras:  Las voces que trae la brisa, Libro de cuentos Editado por Fundación Arte & Ciencia (2014). Un hombre solo, Actos de palabra Funlam (2010). La tía Adela, Primer Conjuro, Fundación Arte & Ciencia (2008). Sombras sobre el puente, La palabra se baña en el río, Fundación Arte & Ciencia (2011). Pasajeros del mismo río, Cuando el río suena, Fundación Arte & Ciencia (2012). La despedida de Satulio, El traído y otros cuentos de Navidad, Fundación Arte & Ciencia (2013). La casa amarilla, La casa contada y cantada, Antología Coop. Confiar 2015).

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Aprovechamos que por estos días se celebra en Mompox el VI Festival de Jazz, para compartir con nuestros lectores este artículo de Álvaro Jiménez Guzmán, sobre el libro escrito por Bárbara Galeano Zuluaga, referente a ese bello e histórico puerto sobre el río Magdalena, Patrimonio de la Humanidad.

(Archivo Fundación Arte & Ciencia)

Mompox sí existe

Álvaro Jiménez Guzmán (*)

A casi doscientos cincuenta kilómetros de Cartagena, sobre la margen izquierda del brazo de Mompox del Río Grande de la Magdalena, se levanta una reliquia colonial, Santa Cruz de Mompox, ennoblecida con el título de “Ciudad Valerosa, Ilustre y Señorial”, con una gran riqueza arquitectónica, muchos de cuyos hijos han honrado la historia de Colombia, que habla de la calidad humana de sus habitantes, que han hecho de esta villa un centro cultural y artístico incomparable, entre ellos Candelario Obeso, el creador de la llamada poesía negra por su libro “Cantos populares de mi tierra”, donde recoge, con especial sentimiento de protesta y de nostalgia, el lenguaje peculiar de los bogas del Magdalena y de las gentes de raza negra de la región.
Sobre la base de este hecho, que configura lo que se conoce como patrimonio cultural, herencia propia del pasado de una comunidad con la que esta vive en la actualidad y que transmite a las generaciones presentes y futuras, fue que la antropóloga Bárbara Galeano Zuluaga realizó su tesis de grado que luego de diez años convirtió en el libro MOMPOX, una victoria sobre el tiempo, publicado por la Fundación Arte & Ciencia. Aída Gálvez Abadía, Profesora Titulada Jubilada del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia, quien escribió el prólogo de la obra, consigna que Bárbara Galeano logra cohesionar, de manera acertada, los registros de viaje y trabajo de campo antropológico, por “la memoria de su primera infancia”, que le facilitó incubar el conocimiento primigenio de aquel patrimonio vivo del mundo de la cultura. Esta feliz circunstancia le abre el camino justo: “Viajar al pasado es vital para la configuración del presente y del futuro, porque sin memoria no hay creación”.
Aquí se contempla la “necesidad de identificar la otredad, la diferencia”. Está en consonancia con lo que plantea Eduardo Gonzáles Muñiz en el sentido de que la investigación científica, como una ineludible actividad social, está en constante transformación y determinada por múltiples factores. Tal concepción del análisis histórico de las ciencias abre un interesante ámbito de reflexión “en torno a la conformación del dominio de la investigación antropológica, y, en especial, al papel desempeñado por diversos valores en la constitución de la otredad cultural como su objeto de conocimiento”.
La tesis antropológica se estructura desde el “Prólogo”, “Presentación”,” Introducción”, y, al entrar en la almendra de su contenido, con “Un viaje hacia otras culturas”, se arma la historia de las instituciones “Hostal Doña Manuela”, “La casa del Artesano” y la “Ciudad como Escuela Taller”, para desembocar en “Derechos y Deberes de los momposinos”, en relación con el “Centro Histórico”, “Un caso de protesta Ante el incumplimiento de las normas”, “Reflexión final”, hasta “El calor del recuerdo”, como “Epilogo”, que asociados a las fotografías de sus antiguas casas coloniales, calles, plazas, hostal, vendedores, escuelas, ferry, centenario árbol de caucho, actividades artesanales, fiestas y otras reliquias de su pasado histórico, hacen de esta obra un hermoso libro, editado por la “Fundación Arte y Ciencia”, y que se constituye en otra reliquia cultural por recoger con fidelidad el transcurso centenario de un pueblo.
En el acápite del viaje hacia otras culturas, la Tesis trae a colación una sentencia desafortunada de Gabriel García Márquez, en su novela “El general en su laberinto”: “Mompox no existe, a veces soñamos con ella, pero no existe”. Ante lo que responde Martínez Manjarrez, de su patria: “Qué pena contradecirle a Gabo pero Mompox sí existe y en muchas ocasiones soñamos con ella, pero sigue existiendo y existirá por siempre en nuestras mentes y corazones”. Y en toda la obra destaca Bárbara Galeano el sentido de pertenencia de la comunidad con sus instituciones, el despliegue de la actividad cultural en aquel ámbito de Santa Cruz de Mompox, “casa grande de la depresión momposina, Ciudad hermosa de América Latina”, parafraseando al poeta momposino Alfredo Zambrano. Asociaciones, cooperativas, la ciudad como escuela, fueron el reto del pueblo luego de la “Declaratoria de Mompox como Patrimonio de la Humanidad”, en 1995, para ser consecuentes con la preservación de la memoria patrimonial. Diversas dificultades se han atravesado en este camino, pero la riqueza en la experiencia adquirida los ha hecho crecer como comunidad, con su tradición de vocación artística y grandeza en la actitud espiritual que les ha correspondido asumir.
En relación con los “derechos y deberes de los momposinos”, para proteger y preservar el “Centro Histórico”, el Programa Nacional “Vigías del Patrimonio”, se alza como una estrategia de grandes horizontes porque convoca a la participación para reconocer, valorar, proteger y divulgar el patrimonio cultural con brigadas voluntarias que, en el caso de Mompox, tendrá benéficos efectos por la apropiación colectiva que ha tenido la comunidad de este valor cultural declarado por la UNESCO en Berlín. Dentro de las reflexiones que suscitan esta declaratoria, de acuerdo con el libro de Bárbara Galeano, es que “La sociedad contemporánea tiene los ojos puestos en el turismo, convertido hoy en una necesidad que la reafirma como ‘sociedad moderna’.

Calle de La Albarrada (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Latinoamérica se ha caracterizado por un turismo, cuyo atractivo son las playas y el sol, y se ha dejado a un lado la posibilidad de reactivar elementos que parecen reservados a otros lugares del mundo. Para lograr ese salto a lo “cultural”, es necesario superar los modelos convencionales, muchas veces impuestos y no escogidos, recuperar el orgullo y la fuerza de la propia historia y de las tradiciones, para proponerlas en el mercado internacional, dar paso a sistemas integrados en los que sus elementos sean propuestos en conjunto y no de manera aislada”.
En el bello “Epilogo”, que se da “Al calor del recuerdo”, narra Bárbara: “Si los viejos se levantaran de las tumbas al menos encontrarían las casas, comenta Germancito, mientras yo escribo en mi cuaderno. Él es uno de los tantos personajes que se encontraron conmigo en este viaje hacia la memoria, hacia el olvido. Cuando uno deja la ciudad en la que vive y retorna la de la infancia cualquier cosa puede suceder…” Y de pronto se abrió ante los ojos de Bárbara “un pueblo cuyas edificaciones se detuvieron en la memoria de la historia pues como comentan los momposinos con orgullo, Mompox fue el primer pueblo que se declaró libre ante el yugo de los conquistadores”.
Y en efecto, así como Cartagena es llamada la “Ciudad Heroica” por su épica resistencia al asedio del ejército reconquistador en 1815, Mompox fue denominada la “Ciudad Valerosa” por tan esforzada acción, tres años antes, contra los ejércitos españoles, a los que derrotó y puso en fuga. Fue la primera ciudad en Colombia que declaró su independencia absoluta del dominio español. Desde mucho antes, Mompox sí existe.

NOTA: Información sobre el VI Festival de Jazz en Mompox:
 http://mompoxcolombia.blogspot.com.co/p/blog-page_9.html
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(*)  Álvaro Jiménez Guzmán es autor de varios libros de relatos (Grito en los pretiles, Una danza contra el viento) columnista y hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

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