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Archive for the ‘Perfil de Mujer’ Category

Giovanna Pezzotti

A blanco y negro

Ahora que Giovanna ha continuado su viaje cósmico, presentamos un perfil con el cual rendimos un homenaje a su memoria, como compañera y fotógrafa, arte al cual le entregó su vida. Se destacaron sus trabajos en el Barrio Moravia y la Cárcel La Ladera, y la ternura con que supo captar a los niños.

Ángel Galeano Higua

Giovanna Pezzotti

Cuando en una reunión del periódico vimos las fotografías que Giovanna Pezzotti había tomado en Moravia hacía más de 30 años, comprendimos que estábamos ante una mujer que sabía mirar más allá de la lente y que cada fotografía contenía una fuerza crítica que mostraba el drama humano desde otras perspectivas. Desde atrás de la cámara ha visto derrumbarse durante 40 años muchas de sus ilusiones y quizás por ello su desencanto lo expresa como polémica e irreverencia que a muchos incomoda.

A caballito – Fotografía de Giovanna Pezzotti

Giovanna es hija del conde italiano Francesco Antonio Giovanny Pezzotti nacido en Escalea y de Teresa Villegas oriunda de Aguadas. Se conocieron cuando Francesco vino a Colombia en 1900 a bordo de una embarcación del abuelo Pezzotti con el propósito de comprar oro. Visitó varias minas, entre ellas El Zancudo. Pernoctó en una hospedería del barrio Buenos Aires de Medellín donde conoció a Teresa. De los seis hijos que tuvieron Giovanna fue la única mujer.
Desde muy joven Giovanna se mostró poco amiga de la modorra liquidacionista que contiene la rutina. No hizo lo que otros querían y así llegó a Bayer, Alemania, para estudiar fotografía. A su regreso, un día cualquiera le dijo al director del periódico El Colombiano, de Medellín, que ella era fotógrafa y que le gustaría trabajar para ese diario. Entonces él le pidió que de inmediato fuera a cubrir un evento y de esa forma empezó su carrera profesional pero independiente, porque siempre trabajó así, independiente.

“Somos payasos pero nos creemos dioses”

El oficio del fotógrafo requiere atrevimiento de malabarista y curiosidad de investigador. Obra haciendo caso omiso de lo que no está en el encuadre, llegando a correr riesgos inesperados. Como le sucedió a Giovanna cuando cubría una manifestación de un reconocido cacique liberal de los años 80: buscando nuevos ángulos se subió a un muro y sin darse cuenta dio un paso atrás y cayó al vacío.

Niños de Moravia – Foto de Giovanna Pezzoti

Ella oía que al otro lado de la pared preguntaban ¿qué se hizo la fotógrafa?
“Los fotógrafos somos muy payasos. Nos tiramos al suelo, subimos a las paredes buscando ángulos y nos convertimos en centros de atención de la gente”, sostiene Giovanna. Según ella, los fotógrafos suelen creerse dioses que juegan con el tiempo y la distancia. Quieren eternizar lo efímero y lubricar la memoria. “Con la fotografía uno no olvida nada, uno se siente como un dios… Para mí la fotografía es un constante asombro, siempre corría a revelar las películas como si fuera a descubrir algo nuevo”.

“El matrimonio es un estorbo”

“A pesar de ser bajita no me faltaron los pretendientes”. Varias veces estuvo a punto de casarse. Pero los novios se oponían a que le dedicara más tiempo a la cámara que a ellos. Con uno de ellos rompió el compromiso porque la puso contra la pared ya que Giovanna quería cubrir la Vuelta a Colombia: o la vuelta o yo. Ella se fue con su cámara y nunca más supo de él.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Hoy no se arrepiente: “El matrimonio es una esclavitud para la mujer, yo nunca quise echarme encima esas preocupaciones de tener hijos”. Y hablando de la situación de la mujer en nuestra sociedad sostiene con vehemencia que “La suerte de la mujer no ha cambiado nada. Antes la mujer era bien vista por su saber, por sus conocimientos. Hoy está más esclavizada en todo sentido: sometida a la dieta, la silicona, las modas… Está peor”.
¿Tus fotografías ayudaron a alguien alguna vez?, le preguntamos. “Sí, varias veces. Había mujeres que se creían feas y vivían acomplejadas, pero cuando les tomaba fotografías y se las mostraba ya no se veían así”.

El compromiso del fotógrafo

“Con la fotografía aprendí a romper mitos. Me hice irreverente… La cámara da cierto poder y sin que uno se lo proponga siempre está al frente”. Con la doble ventaja de tener una cámara y ser mujer entró donde se lo propuso con el fin de hacer reportería. En esos gajes del oficio sentía necesidad de comprometerse con los más humildes. Ora en las luchas por la vivienda en Moravia, ora en las huelgas estudiantiles de la Universidad de Antioquia. Fue encarcelada varias veces, pero no por su oficio propiamente, sino porque no soportaba el deseo de hacer parte de lo que veía detrás de la lente. Así sucedió en una refriega entre la policía y los tugurianos de Moravia. Durante una manifestación estudiantil cometió el error de olvidar que era fotógrafa y se sumó a la protesta. Fue reseñada porque al ver una piedra que se dirigía directamente hacia ella, se agachó y la piedra se estrelló contra un capitán de la policía que estaba detrás. “Fui detenida por haberme agachado”.
Así como por su lente pasaron esas jornadas, también desfilaron los más diversos personajes desde Cortázar, García Márquez, Mario Benedetti, el Rey Hussein, Doménico Modugno, hasta presidentes y mafiosos como Pablo Escobar cuando echaba discursos en la plaza pública.
Cuando Colombia entró en la debacle de los años 80, muchos intelectuales, artistas y periodistas debieron abandonar el país. Giovanna tuvo que hacerlo en 1987 radicándose en Italia, su segunda patria, la que visitaba cada año, desde su infancia, para departir con su familia paterna. En Roma trabajó para diversos periódicos y revistas. Tuvo la oportunidad de conocer al Papa Juan Pablo II por casualidad en una calle de la capital italiana cuando el alto jerarca llegó para asistir a una reunión con personajes de la vida pública italiana, entre ellos el presidente. A Giovanna le causó gran impresión el hecho de que el Papa se hubiera salido del protocolo y la hubiera saludado a ella y otras personas que se hallaban en la acera. Cuando ella le dijo que era colombiana el Papa le puso la mano en la cabeza y le dijo: “Me duele la guerra del narcotráfico y la guerrilla”. “Vi que era un hombre sencillo y muy sensible”, dice la fotógrafa.
Pero en Italia también tuvo dificultades con ciertos personajes que la amenazaron y debido a ello sufrió un infarto que la llevó hasta el borde de la muerte. “Entonces colgué la cámara por miedo. Soy otra desde ese momento, entendí que había llevado una vida inconsciente y que por ello fui tan atrevida e irreverente. Decidí dedicar mi vida a escribir una novela”.

A blanco y negro

Para Giovanna la fotografía debiera ser a blanco y negro, porque “El color distrae la atención, en cambio a blanco y negro uno mismo le pone los colores”.
Hoy, la veterana fotógrafa gasta su tiempo haciendo gimnasia, escribiendo su novela y yendo al estadio a ver fútbol. Le gusta leer a los clásicos: “Goethe es fabuloso, Gabo me fascina, las novelas policíacas me atraen y, a aunque a muchos no les gusta, yo sí leo a Fernando Vallejo”.

Lectura en la cárcel La Ladera, 1970 –

También le gusta cocinar, comer chocolates, le encantan los vinos y los quesos. “Procuro aplicar lo que dijeron los griegos: mente sana en cuerpo sano. No voy donde los médicos porque son verdaderos matasanos, ellos lo enferman a uno”. Quizás por eso su mayor temor es a enfermarse.
Para Giovanna la fotografía atraviesa un momento muy difícil debido al endiosamiento de la tecnología digital. El buen gusto se ha visto afectado. Le sigue atrayendo esa relación entre la pintura y la fotografía, pues para ambas el tiempo no pasa. “El Coliseo romano, por ejemplo, tiene miles de años y encierra tanta información… Me gustó fotografiar ese tipo de construcciones antiguas por la abundante información histórica que tienen”.
Paradójicamente a la fotógrafa colombo-italiana no le gusta que la fotografíen. “Cuando me toman fotografías me destruyen”.
¿Qué le gustaría fotografiar hoy? “No sabría, porque el mundo se nos cerró, nos lo cerraron. Me parece muy triste el mundo de hoy, aunque puede ser un momento de transición y quizás vengan tiempos mejores”.

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Tomado de Perfil de Mujer, Edición 74, EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

Luego apareció publicado en el libro de antología con motivo de los 30 años de vida del periódico. El cuento “Rosita“, escrito por Giovanna Pezzotti, hace parte del primer libro publicado por el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Primer Conjuro, 2008, editado por FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA. Lo publicaremos en próximos días.

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Perfil de Mujer

Habitante de una casa sin paredes

Leandro Vásquez Sánchez (*)

Al conversar con Luz Elena Ibarra me pareció estar bajo un torrente. Sus historias sobre las violencias del país, los desarraigados, los movimientos sociales y comunitarios fluían con una fuerza que amenazó derribarme.

Luz Elena hoy vive en La Cruz, un barrio hermano de La Honda, en Medellín. (Fotografías de Leandro Vásquez)

La Violencia

Nació en 1949 en Liborina, Occidente de Antioquia. Un año después de El Bogotazo. Su papá era liberal y su mamá, conservadora. Cuando las hordas de asesinos arremetían, las mujeres se resguardaban en su casa. Por temor, el papá se llevaba a Luz Elena para el bosque. Allá no se atrevían a preparar ni siquiera alimentos por miedo a que el humo o el fuego los delatara.

Le contaron que su mamá preparaba tapetusa. Como ella sabía oraciones, cuando los militares inspeccionaban, no veían las plantas de caña de azúcar con que hacían el aguardiente, sino pencas de sábila. Su primer esposo le había enseñado los sortilegios. Cuando él no tenía dinero, se convertía en caballo y le pedía a un amigo que lo vendiera. Por desgracia, un día atraparon a la mamá de Luz Elena. Por eso, ella nació en la cárcel.

De su cuello, cuelga una camándula de cuentas traslúcidas. En el velorio de mi abuelo recitó de memoria los “Misterios gloriosos” cuando guardábamos un silencio tenso. Aprendió el rosario de su mamá. Recuerda que el día que la Junta Militar derrocó al dictador Rojas Pinilla, obligó a la familia a levantarse a las once de la noche para rezar por el general. La personalidad de su mamá era compleja. También los juntaba en el patio, todos los días, a las dos de la tarde, y les hablaba de Marx, Mao, María Cano y las luchas por el voto femenino.

 

El desarraigo

Una de tantas reuniones de capacitación de líderes comunitarias en Medellín.

Vivió en Aparatadó, Belén de Bajirá, La Dorada Caldas, Barranquilla, Puerto Berrío, Currulao, Chigorodó, Bucaramanga y otros lugares. Paseó por las ferias de todo el país, junto a su compañero, haciendo fotografías. En el Cauca estuvo con los Liberadores de la Madre Tierra. En La Rochela, Santander, reclamó por el paradero de doce jueces ejecutados. En Popayán, con la Ruta Pacífica de las Mujeres, defendió los acuerdos de paz. En Segovia, participó en la conmemoración de la masacre de 1988. Su casa no tiene fronteras, es un camino que recorre impulsada por el destino y las luchas por la dignidad de los seres humanos.

En el año 2.000, llegó a Medellín acosada por la violencia, después de vivir en Urabá. No conoció suelo más fértil que ese. En su patio cosechaba los mejores alimentos. La riqueza estaba tirada por ahí, los bananitos pequeños no nos los comíamos, afirmó. La exuberancia de la tierra, también fue su desgracia. Una tarde los paramilitares llegaron con notarios a bordo y los obligaron a entregar sus parcelas a precios insignificantes. Luz Elena asistió a una reunión en la que Carlos Castaño les dijo que mañana le entregaban el dinero a las viudas, es decir, asesinarían a los hombres. Y si ellas no querían vender, también las desaparecerían.

Arribó a La Honda, Comuna tres, un barrio que hace pocos días celebró sus veinte años de existencia. Allá estaban entregando solares a quienes participaran en los convites para construir las viviendas. Un día hacíamos la casa de un amigo y al otro, la mía, dijo. Fue terrible vivir la persecución de la fuerza pública a sus hijos. Imaginaban que pertenecían a grupos armados, sólo porque eran desplazados. Además, las bandas querían reclutarlos. A veces me pedían un trapito y sacaban los revólveres para limpiarlos. Me les planté y les dije que no volvieran. Mis hijos no empuñarán un arma, concluyó con bravura.

No fue difícil organizarse. En Urabá ya habían construido tejido. En Medellín, fundaron Latepaz (Líderes hacia adelante por un tejido humano de paz). Ahí conoció a Ana Fabricia Córdoba, la líder asesinada dentro de un vehículo de servicio público. Las dos venían desplazadas de Urabá, eran vecinas y se hicieron amigas de andanzas y compañeras de luchas. En la organización ayudaban a quienes llegaban desplazados. Les conseguían comida, albergues temporales y brindaba capacitación sobre las rutas de atención, que ya conocían por haber arribado antes a la ciudad. Ahora, Luz Elena participa en la creación de un documental sobre Ana Fabricia, un testimonio de una vida atribulada por todas las violencias del país, un grito que desde el infinito nos advierte que la muerte no es posible.

La Cruz

Encuentros semanales de las madres de los desaparecidos en el Parque de Berrío de Medellín, actividades lúdicas simbolizando la búsqueda y la espera de sus seres queridos.

Luz Elena vive en La Cruz, un barrio hermano de La Honda. Una vez subí por una carretera empinada, en un bus cargado de bultos de mercado y pasajeros taciturnos. Mientras yo rogaba en silencio para no despeñarnos, ellos miraban por la ventana, impávidos ante el esfuerzo del vehículo para trepar la loma. Los ranchos de madera y las casas de ladrillos estaban aferrados al cerro, desperdigados entre árboles, plantas y pasto. Después de abandonar la parte más poblada, subimos una montaña pelada, escarpada y silenciosa, poblada de viviendas que parecían ocupadas por fantasmas que eran dueños de los perros famélicos que nos recibieron. Lo más alto estaba coronado por una cruz. Fue hace tanto que no sé si la última parte es un recuerdo o así es como imagino la Comala de Juan Rulfo.

A pesar de que en el barrio viven más de diez mil personas, la administración municipal de Medellín todavía lo cataloga como un asentamiento subnormal y zona de alto riesgo. Las políticas públicas hacen más difícil la vida de sus pobladores. Luz Elena pertenece al Comité por la Defensa y Transformación del Territorio. Ellos no hablan de zonas de alto riesgo, sino de alto costo. Creen que es urgente invertir en el fortalecimiento de los cimientos y el mejoramiento de las viviendas en estos territorios. Las comunidades están dispuestas a ofrecer su trabajo para respaldar este tipo de propósitos. No quieren reubicaciones, sino reasentamientos en sitio. El barrio es una gran familia. El vecino me presta el pasaje, en la tienda me largan una libra de panela. Puedo hacer empanadas y tengo clientela, dijo Luz Elena. Cuando son desarraigados, se quedan solos, tienen que empezar de nuevo.

A Luz Elena hace tres meses la sacaron de la casa que arrendaba. Se fue a vivir a un lote suyo, pero la vivienda se había desplomado. La Corporación Convivamos le prestó una carpa. Las compañeras de la Red de Mujeres Populares la ayudaron a levantar una casa de madera, en la que puede escuchar la lluvia sin que la moje. Tiene una vivienda en Liborina que heredó de su hermana, pero se niega a dejar de lado los afectos, los sueños y las esperanzas forjadas durante dieciocho años de trabajo comunitario. Prefiere vivir donde está. Por lo menos en su jardín puede sembrar cebolla, pimentón, orégano y cúrcuma. Además, habita la ciudad: hogar con techo de nubes, estrellas, soles y lunas.
No es la primera vez que tiene dificultades, ni son las más difíciles que enfrentó. Le duele ver a su familia desperdigada. Cuando habla de ellos, se le nota en los ojos tristes y los labios contraídos, pero confía en que todos tienen la templanza para librar sus propias batallas.

Sara Isabel cuenta con la fortuna de que la habita la fuerza de varias generaciones de mujeres sobrevivientes de la guerra.

Su hijo vive en una habitación del centro de la ciudad. El otro, en Liborina. Luz Elena sólo está con su hija Chavela. Como habitaban una carpa, a Sara Isabel, su nieta, la internaron para protegerla. Cuando Chavela estaba embarazada de ella, caminaban desde La Cruz hasta la Universidad de Antioquia para asistir a un diplomado de servicios públicos y pobreza.

Al nacer, la acostaban sobre el pupitre. Cuando apenas caminaba, marchaba el Día Internacional por los Derechos de las Mujeres de la mano de su mamá y su abuela. Era tal su tenacidad que en el movimiento la apodaron Resistencia. Ahora tiene diez años. Exige sus derechos en el salón de clase. Ya es una activista, dijo Luz Elena con orgullo. Sara Isabel cuenta con la fortuna de que la habita la fuerza de varias generaciones de mujeres sobrevivientes de la guerra. Que no le falte el valor para liberarse de cualquier lastre y caminar por la casa sin paredes que le dejará su abuela.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO, Edición 102, pág. 4 y 5. Septiembre de 2018

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(*) Leandro Vásquez Sánchez es periodista egresado de la Universidad de Antioquia, miembro del Comité Editorial de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, autor de innumerables crónicas y reportajes algunos de los cuales hacen parte del libro Perfil de Mujer, publicado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA. Obtuvo el Premio Nacional de cuento convocado por el periódico Qué Hubo en 2017 con el cuento Calle sol. Autor del libro Gambeta, de la Colección El Aprendiz de Brujo.

 

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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Las palabras son un estorbo”

Entrevista con la escritor Leandro Alberto Vásquez Sánchez

Por Ángel Galeano Higua

Conocí a Leandro cuando terminaba su secundaria. Muchacho callado y atento. Su padre me lo presentó en alguno de esos eventos literarios que hacíamos en los colegios, porque sospechaba que su hijo tenía cierta inclinación por la lectura y la escritura. No se equivocó. Desde entonces, hace más de 13 años, Leandro no ha dejado de sorprenderme por su capacidad creadora, esa silenciosa y profunda escucha que lo caracteriza y, sobre todo, la delicada filigrana con que teje sus escritos. Soy testigo de su crecimiento descomunal con el ejercicio de las palabras. Estudió periodismo en la Universidad de Antioquia y como tal fue uno de los líderes de los Encuentros nacionales de TOMA LA PALABRA, experiencia única y maravillosa de una generación que se propuso reunir a jóvenes de todo el país a quienes les gustara leer y escribir. Lo hicieron durante 8 años y sembraron una semilla que algún día el país podrá conocer en su plenitud.

La estoica disciplina que ha construido para leer con lupa de mil aumentos las grandes obras, la devoción con que persigue las palabras y la meticulosidad con que las trata, así como esa vibración de la vida del barrio que lo jala y lo alimenta y lo embriaga, como el balón de fútbol con el cual gambeteó muchas veces, le han llenado su morral de sueños, única propiedad de la que se enorgullece. Su paciencia raya con la quietud, aparente sin duda, porque, como un cazador, es capaz de permanecer a la expectativa mucho tiempo hasta que suelta su zarpazo con un título, un personaje, un cuento, una crónica que nos electriza. Esta virtud, aunada a sus sorprendentes puntos de vista, lo delatan como un creador nato y demoledor. Es capaz de agazaparse en un cuento durante 13 años, para meterle los dientes cuando la historia ya no tiene escapatoria.

En esta entrevista hace gala de su versatilidad en el aprendizaje. Gambetea con las palabras no para lanzarlas fuera del campo de juego, sino para organizarlas en historias de personajes rudos e indómitos, que sufren y les duele la existencia. Que se buscan y se descubren en la fuerza telúrica de las montañas, en el fluir de los ríos y en los silenciosos y profundos bosques. Encuentros y desencuentros, desafíos, enfrentamientos pueriles y violentos. Y para ello las tiene que usar, las palabras, esas que a veces dicen lo que no quería decir. Leandro sabe que para las grandes verdades del corazón las palabras son estorbosas, y que al usarlas se corren muchos riesgos. En ese reto está el encanto, y eso él también lo sabe.

 

Leandro Alberto Vásquez Sánchez. “Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso”.

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Tengo varias: por ejemplo escribir o vivir sin dinero en los bolsillos. Pero sólo hablaré de la más útil: patear el balón con potencia. Mientras otros tienen que llegar al borde del área para chutar, yo puedo marcar un gol desde la mitad de la cancha de microfútbol. Lo que más disfruto es cuando voy a disparar y los jugadores saltan y los arqueros se agazapan de miedo para no ser golpeados por el balón. Infunden más respeto mis cañonazos que mi título de periodista. Me siento más poderoso cuando veo a alguien sobarse un muslo o la cara después de recibir un chute, que escribiendo una noticia. Soy un pésimo jugador y me enfrento con adversarios tan malos yo, así puedo disimular la falta de talento. Cuando era más joven, me preciaba de ser gambeteador, pero con el tiempo me hice pesado. Ahora son escasos los dribles, pero gané en efectividad. Pienso que algo parecido pasa con las historias que escribo: las florituras disminuyen, pero la contundencia es mayor, aunque no es porque con el tiempo el talento escasee, la verdad no sé si alguna vez existió. Tiene que ver más con la tendencia a adquirir un estilo menos pesado, más sencillo.

P. ¿Avanzas o retrocedes?
R. Camino hacía el pasado y recuerdo el futuro.

La condesa de Porroliso fue uno de los primeros escritos de Leandro publicados en EL PEQUEÑO PERIÓDICO y que apareció luego en el libro Perfil de Mujer, antología con motivo de los 30 años del periódico.

P. ¿En qué sentido?
R. La técnica narrativa es el patrimonio de los aprendices. Es imposible contar algo que represente un aporte a la literatura, así sea mínimo, sin conocer la tradición. En ese sentido la lectura es una vuelta al pasado, una forma de saquear a los creadores que nos antecedieron para rastrear los elementos con que se pueden contar nuestras historias. Sin el aporte de ellos no hay futuro, nada puede ser nuevo, aunque la novedad apenas sea recrear en una narración unos procedimientos, un lenguaje o una cadencia poética que ya otros utilizaron. Sin la lectura crítica es fácil caer en las fórmulas. Es decir, resignarnos a aprender dos o tres técnicas de la academia y utilizarlas para contar muchas historias que terminan siendo esquemáticas. Desarrollamos una especie de producción en cadena en la que nos copiamos a nosotros mismos. Así la aventura de escribir se convierte en un trabajo.
En mi caso, creo que la construcción de los personajes también es una vuelta al pasado para crear el futuro. Los personajes son los espejos de lo que fui, seré, pude o quise ser, así no se construyan basándome en una experiencia intima, así esté contando a mi peor enemigo. Ningún personaje es un retrato acabado de mí mismo, pero sí recojo pistas de quién soy y eso me permite descubrir, en mis apuntes de diario o recuerdos, filones en los que se pueda profundizar ese aprendizaje, el del conocimiento de la condición humana desde mi experiencia vital. Es muy difícil entender el pasado expresado en una imagen mental o un apunte, por eso es necesario arrojar la luz del presente sobre estas vetas a partir de los cuales se puede forjar algo que no existía, esos yo inéditos que se llaman personajes. Por todo esto digo que camino hacia el pasado y recuerdo el futuro cuando leo o escribo.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Una noche mientras regresaba de comprar una botella de ron, una patrulla de soldados nos requisó y como el amigo que me acompañaba intentó burlarse de ellos, lo insultaron. Yo reaccioné y les exigí respetó con más insultos, a lo que los soldados respondieron con una paliza a la que me intenté resistir. Aunque no hubo lesiones graves, si me pregunté durante mucho tiempo qué había pasado esa noche. Tanta fue la consternación que me encerré voluntariamente durante seis meses a meditarlo. Sentí que debía contar esa experiencia y otras cosas que me habían ocurrido, pero sólo descubrí que era posible cuando leí Sexus de Henry Miller. Esa voz tan personal, que padecía la sexualidad, su ciudad y el ejercicio creativo con el trasfondo de la guerra, se parecía a eso que bullía dentro de mí. La única diferencia era que yo ni siquiera sabía cómo empezar a contar esas historias que me atormentaban. Fue cuando me vinculé al taller literario de Ángel Galeano Higua y a El Pequeño Periódico. Después de eso han venido muchos maestros, cada libro es uno, los árboles, las piedras y los mayores son otros. Reconozco a los maestros porque ninguno quiere imponerme su manera de ver el mundo, sólo son puentes que me ayudan a guiar hacia afuera esas historias que me cuenta mi maestro interior.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

En este libro aparece Una mujer de aguas tomar, deliciosa crónica que Leandro Vásquez escribió sobre las valerosas batallas que su madre ha adelantado por el derecho al agua.

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Pienso que las palabras son un estorbo. Un símbolo apenas, la pobre representación del sentimiento, la imagen o el pensamiento. Por eso creo que es una tarea casi imposible tratar de expresar algo con palabras. Es un trabajo siempre a medias, imperfecto. ¿Entre más hablamos o escribimos estamos más cerca de la perfección? Yo no lo creo. Entre más palabras tenemos que usar para contar algo, más nos alejamos de la pureza del modelo. Las palabras deben ser las necesarias y las precisas. Nos empecinamos en producir y producir palabras por compromiso. Nos las piden en la redacción, en la editorial o porque nos negamos al anonimato. Entonces viene el síndrome de la hoja en blanco y nos angustiamos y hasta enfermamos porque no podemos escribir. Pero qué hay más perfecto que esa hoja en blanco, que ese silencio. Es la oportunidad para pararnos del computador y escapar a la montaña y compartir nuestro silencio con un amigo, las piedras o los árboles. Pero seguro que a la primera oportunidad, nos tomaremos una foto junto a una cascada y las postearemos en Facebook y cuándo regresemos a casa la hoja seguirá en blanco porque no escuchamos nada y nada tendremos para decir. ¿Por qué le tememos al silencio? Quizás por su inmensidad, no resistimos un precipicio tan profundo y tratamos de llenarlo de palabras. Yo creo que la clave está en explorar ese precipicio. Quizás algún día encontremos ahí algo que valga la pena decir.

El archivo general completo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, desde 1982 hasta 2015, reposa hoy en la Sala Antioquia, de la Biblioteca Pública Piloto. Tanto impreso como virtual, ha sido una gran escuela para cientos de jóvenes como Leandro Vásquez.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado.
R. Se llamó Hay oro en Altamira, fue publicado en El Pequeño Periódico en el año 2006. Cursaba el primer semestre de periodismo en la universidad. Conté la historia de un niño que juega con sus amigos en una de las plazoletas de la Unidad Residencial Altamira. Ellos escarbaban en la tierra y cualquier piedra que descubrían constituía un gran hallazgo, pero el verdadero tesoro era que todavía existieran en la ciudad lugares donde los pequeños podían jugar tranquilos y al aire libre. Aunque ya empezaba a decantar en ese trabajo el estilo de lo que quería contar, historias cotidianas, construidas a partir de personajes, tocando temas como el de la infancia, cada vez que leo esa crónica me parece intrascendente. Recuerdo que en esa oportunidad también entrevisté a Juan Ignacio Bustamante, un ingeniero agrónomo que era administrador de la unidad. Me manifestó que la importancia del lugar residía en unas zonas verdes cuyo mantenimiento era dispendioso, pero yo pasé por alto sus palabras. Ahora pienso que lo determinante era hablar de esos árboles nativos que corrían el riesgo de desaparecer, en una unidad residencial muy cercana al centro de Medellín, una ciudad cuyo principal problema ambiental es la calidad del aire, aunque en ese momento eso no era tan claro, el deterioro ambiental era menor que ahora. Me decidí por contar a los niños porque fue una historia que me conmovió muy fácil, pero ni siquiera a ellos los trabajé a fondo, me quedé en unas apreciaciones muy superficiales sobre su cotidianidad y sus relaciones. No entendí lo que tenía en frente porque conocía muy poco la ciudad y sus problemas. Tampoco supe ordenar y disponer la información que levanté. En las entrevistas me acerqué poco a los personajes, demasiado confiado en que la grabadora se encargaría de registrarlos por mí. Pero el principal problema es que este era un tema que me era ajeno, ese no era mi barrio, ni mi urbanización. Es difícil entender las comunidades desde afuera, hay que darse en el tiempo de escucharlas, de caminar los territorios. Es mucho mejor que los habitantes cuenten sus propios conflictos, ellos sí los conocen.

P. Y del último.
R. El último fue Gambeta. Es la historia de un niño que quiere jugar fútbol y su mamá se lo impide porque puede dañar sus zapatos ortopédicos, los únicos que tiene, porque además el niño es patizambo. Gambeta es un driblador endiablado y escapa del control de su mamá en medio de una emergencia de inundación que amenaza con destruir su barrio. El primer personaje que surgió en esa historia fue Gambeta. Cuando leí un pasaje de Respirando el verano, de Héctor Rojas Herazo, en el que Anselmo enferma después de un paseo al mar, pensé en que era necesario contar algo propio, algo de mi niñez, contagiado por esa cadencia poética del poeta de Tolú. Así despertó Gambeta y se echó a andar y cuándo menos imaginé jugaba fútbol y sufría. Ya no era mi niñez la que contaba, Gambeta tenía su propia fuerza. Eso ocurrió hace trece años, antes de estudiar periodismo. En todo ese tiempo también descubrí que la madre parecía una villana, pero eso sucedía porque no le había dado el espacio para expresarse. Quise ahondar en su historia y su carácter para que ella misma se mostrara. Era la primera vez que trabajaba un personaje femenino, así que fue un maravilloso descubrimiento de ese universo y la relación de sobreprotección que esa mujer sostenía con su hijo. En todo ese tiempo también entendí que el barrio era un personaje y lo quise retratar por medio de una falsa alarma de inundación, un hecho que revela ese tejido de relaciones que todavía existe entre los habitantes de estos lugares, en los cuales un chisme puede desatar tragedias. Las personas se sorprenden cuando les digo que ese cuento fue escrito hace trece años, me dicen que es muy corto, afirman que en todo ese tiempo es posible escribir hasta unas cinco novelas. Pero no es que escribiera el cuento todos los días, sólo lo hacía en las épocas que me quedaban libres entre la universidad, el trabajo, las fiestas, los amigos y las novias. Había que vivir. Ese cuento lo quiero mucho no porque sea una genialidad, sino porque fue mi escuela y me parece increíble que haya sobrevivido a trece años, cinco computadores, tres discos duros dañados, seis formateados, a los virus, a mi descuido y mi torpeza. A pesar de que está publicado, estoy seguro de que todavía no lo termino.

P. ¿Cuál de tus textos te ha ocasionado más dificultades?
R. Para mí escribir es muy difícil. Hace no mucho, quise escribir una novela sobre lo difícil que fue contar la historia de un acueducto comunitario de agua. Llegué a enfermar de gravedad y estuve veinte días internado en el hospital. Cuando quise contar esa historia, no fui capaz, la escritura no fluía a pesar de que me forzaba todos los días. Acudí hasta a una terapeuta para desbloquearme, pero no resultó. Un episodio angustiante de verdad. Creo que fue porque no entendía lo que había pasado y en el fondo no quería hacerlo, era más fácil ignorarlo. Tiempo después volví a escribir un diario, a mano en una libreta, y me queda el consuelo de que eso permitió que la escritura fluyera. Sólo solté lo que me pesaba con libertad, sin cortapisas, sin compasión por mí ni por nadie, sin importar si iba a ser publicado o siquiera vuelto a leer algún día. Logré narrar algunas partes de ese libro que todavía sueño. Espero terminarlo algún día. Si las palabras son algo antinatural, forzarse a escribir o a hablar lo es aún más y lo único que puede resultar de eso son problemas.

Mi barrio de noche (Foto de Leandro)

P. ¿Te persigue algún tema en especial?

R. Mi barrio. Es lo único que conozco más o menos a fondo. Vivo en el mismo lugar hace treintaicuatro años. Pero cuando me reencuentro con esos personajes que quiero contar, descubro que ya son otros: adultos, preocupados por trabajar, producir dinero y obtener placer. Desprecian cualquier cosa que se aparte de ese esquema. Si les cuento que quiero contarlos, poco o nada les interesa, prefieren el anonimato. El espacio físico ya es otro también. Dejo de pasar un mes por una calle y cuando regreso, ya hay un edificio empinado en una cuadra de casitas de dos pisos. Hasta hace poco no sabía que ya había semáforos y por las avenidas que cruzaba desprevenido, pasaban las motos raudas a punto de atropellarme y yo no entendía qué pasaba. Terminé por pensar que ese que yo pensaba que era

Mi barrio al atardecer (Foto de Leandro)

mi barrio, me lo había imaginado. Ya no existe, si acaso algún día existió. Los cambios sucedieron tan de prisa que, a pesar de vivir ahí siempre, no nos dimos cuenta. En cambio, me reencontré con la montaña que tutela mi barrio, un lugar que guarda una memoria mucho más antigua que las calles, las casas y los hombres. Cuando era niño, la caminé con mi familia para elevar cometas, cocinar sancochos o bañarme en los charcos, pero hasta ahora descubro que cada animal, quebrada, árbol o roca puede ser también un personaje. Ese es un tema que me inquieta.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. Llevaría Alucinaje, una historia sobre un muchacho que come hongos alucinógenos. Su viaje psicotrópico es una rebelión contra una realidad que lo mantiene adormecido. Pero esa aventura no es una fiesta de luces y placeres. Como en cualquier viaje que valga la pena, el muchacho se encuentra con sí mismo y no le gusta lo que descubre. Su interior se revela a partir de la relación con el afuera: alucina con que las montañas tratan de aplastarlo, los humanos son fantasmas, su cuerpo se vuelve tan liviano que es incapaz de mantenerse en el suelo. Una aventura en la selva es un viaje alucinante en el que no son necesarios hongos o brebajes. Para delirar es suficiente escuchar el río, sentir los arboles descomunales, oler las flores, sumergirse en la vorágine de animales y plantas. No conozco psicotrópicos más poderosos. Alucinaje me ayudaría a no asustarme, a recordar que sólo soy yo el que se rebela en la naturaleza, a no escapar cuando me descubra en el espejo de la selva.

P. Para evitar que te condenen a barrer todas las calles de Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?
R. ¿Todas las calles? De verdad destruiría cualquiera. No imagino un castigo peor. Pero si me permiten elegir, optaría por los textos que también fueron una condena. Hace unos años, trabajé en un periódico comunitario. Se producía una publicación mensual, pero cuando yo empecé fue necesario hacer la del mes anterior que estaba atrasada, la del mes actual y cuatro ediciones especiales. Todo en cuatro semanas. El equipo sólo éramos el director, un diseñador externo y yo.

Además el director estaba ocupado todo el día desarrollando un trabajo comunitario con el que se sostenía la corporación. Escribir se volvió tan repetitivo como cavar un agujero con una pala. Las salidas de campo eran pocas, me la pasaba ocho horas o más en una oficina pequeña, frente al computador, corrigiendo o escribiendo textos. El escaso dinero que ganaba, lo gastaba en el bar.

Leandro Vásquez (der) cuando ganó el Premio Nacional de cuento convocado por el periódico “Qué hubo”, 2017, con su cuento Calle sol.

Gracias a los aportes de los habitantes de la comuna pudimos salir más o menos a salvo de esa coyuntura. Aprendí poco porque no había un editor que me enseñara. Yo era el redactor, el editor y el fotógrafo. El director ayudaba en lo que podía, sobre todo con las páginas editoriales y consiguiendo colaboraciones. Me equivoqué mucho, mucho. Y el rodaje era de mil ejemplares que, en ocasiones, también ayudé a distribuir. Sin embargo agradezco la oportunidad de conocer la ciudad y el trabajo de tantos líderes. Para evitar barrer toda la ciudad, entregaría uno de los textos que más me gusta de esa época: Barrio Cementerio Ciudad Central, la historia de una comunidad que se levantó sobre un terreno que perteneció a un cementerio. En la entrada, había tres lapidas. Cuando se construyeron las casas era común encontrar huesos y partes de cuerpos. Los habitantes contaban que había personas que escuchaban quejidos todas las noches u otras que tenían espantos propios, llegaban a las casas y los saludaban como a otro miembro de sus familias. A los habitantes del barrio no les gustó el artículo porque les pareció que podía devaluar sus propiedades. Yo sólo comuniqué lo que ellos me contaron, menos mal tenía grabados todos los testimonios.

P. Como periodista, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. Yo utilizó todos los métodos de investigación que aprendí del periodismo. Aunque no use un cuestionario estructurado para entrevistar, muchas veces hablo con los modelos de los personajes. Hago trabajo de observación. Recojo apuntes. Tomo fotografías.

Leandro lee uno de sus textos durante la clausura del Encuentro Nacional de TOMA LA PALABRA, 2006 (foto archivo)

Cuando no conozco bien los temas, hago rastreo documental y leo todo lo que puedo. Creo que lo que escribo está profundamente afincado en la realidad. Pero en el momento de escribir, me gusta dejarme guiar también por un pálpito, un sentimiento, un sueño o una imagen mental que me persigue. No me preocupa si los datos son comprobables o si lo que escribo es periodismo o ficción. Si algún académico lo desea, que le ponga la etiqueta que quiera. Tampoco me mido para sumergirme en el interior de los personajes. Ni siquiera me preocupa ponerlos en situaciones inverosímiles como volar, en caso de que el mismo personaje así lo requiera. Cuando lo que se pretende contar son lo que Faulkner llamó las antiguas verdades del corazón: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio, la realidad se convierte una camisa de fuerza que no permite expresar con libertad asuntos tan complejos. Entiendo que en regiones de nuestro país, ocurren sucesos como el atropello de comunidades y la destrucción de territorios para construir megaproyectos, la explotación desaforada de la naturaleza por el afán de enriquecimiento de unos pocos, el abandono y descuido sistemático de comunidades enteras por parte del estado, el asesinato de líderes sociales y la muerte de niños indefensos entre muchas otras cosas. Sé que esas historias no pueden esperar trece años para ser escritas como mi cuento de Gambeta. Es urgente contar esas verdades y se necesita valentía para hacerlo.

Sesión campestre del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

R. Mi verdadera escuela son los talleres. Me hubiera gustado tener en la universidad lo que ofrecían. Cosas como profundizar por meses en las lecturas o hacer un trabajo crítico sobre nuestras propias producciones. Asisto a El Aprendiz de Brujo porque yo apenas comienzo y la mayoría de compañeros son mayores, ya publicaron varios libros y tienen una experiencia y conocimiento más bastos. Creo que me pueden guiar. Me atrae, sobre todo, el espíritu crítico con que se lee lo que cada uno produce. Si alguna vez las correcciones de uno de los lectores no son en mi opinión acertadas, luego descubro que rebelan cosas del texto que pueden enriquecerlo. A mí me gusta que sean despiadados con las opiniones sobre lo que escribo. Aunque pueden herir el ego en ocasiones, es la manera más fácil de aprender. La edición también me apasiona y a veces aporto en ese sentido. Me gusta corregir los escritos ajenos, es mucho más fácil, no tiene uno ataduras emocionales con los personajes ni se encapricha con las figuras poéticas creyendo que son geniales. También asisto al grupo porque no entiendo bien lo que escribo. Así suene un poco raro, el texto es un acto de inconciencia que nunca alcanzo a dilucidar del todo y los lectores experimentados ayudan a comprenderlo un poco más.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. No creo que después de encontrar la perfección, a quienes viven en el paraíso les gusten mucho los desabrochados. Sin embargo ahí va:
Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso.


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un Diario literario?
R. En momentos en los que no quería o no podía hablar con alguien, épocas de aislamiento o introspección, el Diario fue el único a quien confié mis palabras. No imagino qué pudo pasar de no tener esa válvula de escape. En ocasiones en las que me forcé a escribir, pero las palabras no fluían y la angustia me desbordaba, el Diario apareció otra vez y me devolvió la confianza. Es increíble lo liberador que puede ser dejar correr un bolígrafo por unas páginas. No pensé nunca en que lo que escribía se fuera a publicar, hay apuntes que ni siquiera se pueden entender por la premura con que se consignaron. En cambio, otros me rebelan el que fui, un personaje que ahora parece de ficción, pero que en su momento era un muchacho que padecía su barrio, el amor, la muerte, la soledad. Una de las fortunas más grandes que me regala la vida es recoger esos apuntes y descubrir chispazos a partir de los cuales se puede crear una historia.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Sí, claro…

2010
*Sus ojos ambarinos me enloquecieron. Apunté con el cigarrillo a mi boca porque no me amaba, como si fuera un cañón. Jalo y jalo el gatillo, sale humo pero no dispara. Lo médicos me dicen: si sigues fumando, espera la bala en unos treinta años.
*Estoy al borde de una escopeta mientras cruzo la cuerda floja. Tranquilo, me dicen mis amigos. Sólo los dos cañones con que la muerte me mira, tiemplan mi marcha.

2011
*La carne truena y los huesos gimen. Qué importa si los otros también los escuchan. Aunque les enseñe a callar, el silencio de mis entrañas seguirá cavando la fosa donde morirán las estrellas. Mejor déjenme iluminar la calle vieja para que las palabras tuertas y cojas encuentren un rincón donde dormir.

2016
* La muerte del cóndor
Más grandes alas que las mías, las alas del placer, no se elevaron sobre este planeta. Hoy es mí último vuelo. Desplegaré mis rescoldos de energía y volaré a lo más alto, hasta la cumbre del éxtasis. Luego me entregaré, en un abrazo último y definitivo, a la tierra.

2018
* Su primer y único regalo fue una cabeza de ajos. Pensó que me ayudarían a curar mi tristeza. Yo creí que me lo había regalado porque me quería. Quise demostrarle que también ella me gustaba. Dejé la pena a un lado y le regalé una sonrisa, me devolvió una mueca fría. Sentí después que necesitaba de una piel tibia y la acaricie, ella se apartó. Una noche de insomnio le escribí mi primer poema, guardó silencio. Sembré, cuidé una rosa y se la regalé, dejó que se marchitara. Aprendí a reír, acariciar, escribir y sembrar. Ahora también cocino: los ajos terminaron como ingredientes de una salsa. Me pregunto a dónde se fue el amor que me sanó. Quizás hiede y se pudre en el corazón de ella, como en un cuarto oscuro donde acumula las montañas de regalos de los hombres que despreció.


Gambeta es su primer libro publicado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con el sello Colección El Aprendiz de Brujo.

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En memoria de Aurita López, fallecida el pasado 23 de octubre, reproducimos el siguiente texto de su conversación en un evento realizado en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, convocado por EL PEQUEÑO PERIÓDICO, en el cual ella hace una profunda reflexión sobre la infancia.

 

Aura López:

“La infancia es desdichada”

“Toda infancia es desdichada. Alguien dirá pero ¿cómo, era tan bello cuando íbamos de paseo papá, mamá? El niño es un desdichado, aún si le corresponden adultos que le dan un trato más o menos adecuado, porque el niño está bajo el mando arbitrario de los adultos. Esto en el menos grave de los casos, hay casos de niños maltratados física y espiritualmente, con hambre, con necesidades insatisfechas, esos son los casos extremos, sin afecto, pero aún el niño que tiene cubiertas esas necesidades también es desdichado porque está manos arriba frente a los adultos, aguantando una época en que todo son negaciones, prohibiciones, imposiciones”.

aura-lopez-in-memoriamAura López nació el 4 de febrero de 1933 en un pueblo de Antioquia llamado Venecia, una tierra de clima caliente. Desde niña siempre creyó que había nacido en Yarumal, el pueblo donde transcurrió su infancia. Ese hecho le ha creado una curiosidad de ver a Venecia, de ir a ver ese paisaje. De su amor por el calor, a pesar de que se crió en un pueblo helado como Yarumal. “Los recuerdos primeros son de la casa, de la abuela donde vivimos mis seis hermanas, mi mamá y yo, el papá aparecía de vez en cuando. Y yo, la niña, se deslumbraba, se ponía feliz de que el papá apareciera y luego se esfumaba, esto lo digo en el lenguaje de la niña, la niña ignoraba por que aparecía y por que desaparecía. Y así debe quedar en el recuerdo de la infancia aunque uno más tarde sepa que era que bebía, se iba. La niña es esa”.

La tierra era fría y el río estaba abajo , una gran montaña y en el solar conocí los gallinazas, yo me emociono, me embriago viendo volar a los gallinazos, describir sus círculos de una manera increíble y la gente detesta a los gallinazos, la mayoría de la gente no concibe que esta ave es hermosa. Claro, y ¿por qué no me van a parecer hermosos? Yo me acostaba en el solar y ellos daban sus vueltas y se asentaban en la tapia y abrían esas alas y había uno que era el rey de los gallinazos, que se hacia en el mejor sitio y luego alzaban el vuelo y se iban todos hacia abajo, hacia el río , un día dije qué dicha volar como los gallinazos, pues le pedí a mi hermana que me pusiera unas hojas grandototas que había en el solar, cogimos unas cabuyas y en la parte alta del solar ,que había como un mirador hacía el río, me encaramé, alcé los brazos y me tiré , caí con la boca reventada, la blusa manchada de sangre, las cabuyas enredadas, mi hermana llorando, esos eran mis ratos en el solar, es una desdicha en ese momento, hoy nos podemos reír, contando esa historia, pero te imaginas a esa niña confusa, decepcionada, que ¿volar no era tan fácil?

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Niña en una silla. Omar Ruiz, carboncillo.

Soy muy afortunada , siempre he tenido relaciones con los niños, bien sea en el orden particular porque es un vecino, un niño que nació en el edificio donde vivo, luego con experiencias en las escuelas públicas, en lecturas en voz alta, me he relacionado mucho con los niños cerca del Museo de Antioquia donde trabajé siete años. Cuando hablo del centro de Medellín es porque yo he trabajado en el centro y vivido en el centro y el centro, si tú te detienes, lo que más se ven son niños y muchos de ellos tuvieron algo que ver con mis programas en el Museo de Antioquia, teníamos una visión clarísima de que los niños eran los primeros invitados, visitantes, dueños del Museo de Antioquia. Desde que se pasó a la nueva sede, me tocó atender a los niños de los barrios de Medellín, tenerlos en el museo, hacer programas para ellos, las visitas, las guías, el museo se volvió un mundo para ellos, entonces pude saber de ellos por sus actitudes, por lo que decían, por lo que escribían, por lo que dibujaban. Siempre por un interés mío, intimo pero lleno de amor, una cosa es el interés científico, pedagógico para escribir un tratado de pedagogía. Si no sientes que es el alma la que se te sale con el trato con los niños, aún en programas que supone que se planea para ellos, si esto no viene de adentro, del alma, sin sentimentalismos, porque una de las desdichas de la infancia es que como se idealiza la figura del niño, se le trata como una cosita muy bella, en miniatura, que ojala no crezca. Hola cómo estás, cómo te va, y se le habla en un tono que no es de una persona. El niño es una persona, al niño no se le reconoce su condición de persona, sino de niñito para poderlo dominar. Detrás de todo ese dulcete y del trato almibarado está la discriminación. Tal como con las mujeres: se nos dice que sería del mundo sin las mujeres, y nos dan palmaditas en el hombro el 8 de marzo, y ahí encimita viene la discriminación. Con el niño es igual: disminuido ese ser para poderlo dominar.

Niños flautistas - Omar Ruiz, carboncillo

Niños flautistas – Omar Ruiz, carboncillo

Siento un gran respeto por los niños, fíjate que al niño no se le contestan sus preguntas, se le prohíbe que no haga esto, que no haga aquello, si el niño se quiere poner una media de un color y otra de otro color, no puede ser, porque cómo te vas a poner dos medias distintas, que quiere un libro, pues no es el que él quiere, sino que el que la mamá dice. Cosas minúsculas aparentemente. Si se quiere sentar en el suelo, en la escuela es un crimen que un niño no se siente en su taburete, es una falta grave que no lo haga, y el niño tiene que ocupar un asiento aunque él prefiera estar en el suelo. Yo digo, ¿a quién le gusta leer acostado? todos levantan la mano, pero la escuela se horroriza de que los niños estén acostados, porque eso va contra la norma. Alguien dirá ¿entonces que hagan lo que les de la gana? Sería bueno que los niños hicieran aquello que sí les de la gana, no es nada del otro mundo, sería ideal eso… estamos hablando de los pequeños deseos de los niños que son para el adulto conductas inaceptables. Creo conocer a los niños en gran medida y creo respetarlos, los respeto y los quiero y entablo con ellos una relación digna, sin ninguna concepción al sentimentalismo, a la melosería, en la literatura para niños se advierte a veces escritores que creen que escribir para niños es llenar de dulce y de miel las palabras y de encubrir el mundo con miel. No, el mundo es duro, es difícil, el niño no debe ignorar eso, la literatura para los niños también tiene que toparse de las cosas que están aquí, en el piso en que vivimos sin recurrir a un terrorismo, el niño debe saber también la realidades por él mismo.

Derechos de los niños

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Omar Ruiz, carboncillo

Los derechos de los niños son una falacia. Están en una lista, ¿cuales derechos? Cómo podremos hablar de derechos a un niño que no ha desayunado hoy, que no va a desayunar mañana, que se desmaya en la escuela porque se va sin desayunar a la escuela, y que cuando le entregan el refrigerio guarda un pedacito de algo para llevárselo a la mamá. Los derechos de una persona comienzan en el momento en que ellas tienen cubiertas sus necesidades primarias. ¿Cuántos niños que se matriculan en la escuela, a los dos meses ya están por fuera? Lo digo porque lo he vivido. Peor aún: esto se sabe, ya no van a la escuela porque queda muy difícil sostenerlos en la escuela, porque no tienen para el uniforme. De muchas escuelas que querían ir al museo, la profesora llamaba para decir que pena no podemos ir, los niños no tienen para el pasaje al centro, cosas así. Pero esto solo son necesidades materiales, que son graves, pero ¿las necesidades de cariño, de afecto? Un niño se te abraza a ti, se te pegan del cuerpo y se acomodan ahí, como si ahí vivieran, como si ahí quisieran vivir en el abrazo que uno les da, y si ellos advierten que se abrazo no es un gesto trivial, sino que hay amor, ahí se amañan, uno entiende a veces que necesitan más.

______

 

Esta transcripción corresponde a la charla de Aura López invitada por EL PEQUEÑO PERIÓDICO en Marzo de 2007, dentro de las actividades de la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA relacionadas con los Derechos de los Niños. En la Edición No. 76 de ese año fue publicada una breve entrevista en la sección Perfil de Mujer.

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Perfil de Mujer

¿Hubiera podido existir EL PEQUEÑO PERIÓDICO sin la presencia activa, creadora y protagonista de las mujeres? Imposible. Nada que tenga que ver con la vida podría existir sin la mujer. En EL PEQUEÑO PERIÓDICO tomó forma una sección con el transcurso del tiempo que se denominó PERFIL DE MUJER, escrita por varios autores y en la cual se exaltó el papel creador, emprendedor y valiente de las mujeres en diversos aspectos del pensamiento y el Arte.

Así como la poesía, las mujeres han sido faro constante en la construcción de este periódico que nació en 1982, en el puerto de Magangué, a orillas del río Magdalena. Fue fundado por Ángel Galeano Higua con el apoyo de un puñado de “descalzos”, entre quienes estuvieron su esposa y su hija, quienes soñaron un día con “asaltar el cielo” para ver a Colombia desde las cumbres del bienestar y la armonía.

La selección de textos que conforman este libro son testimonio indudable de este aporte a la construcción de nuestra nacionalidad y constituyen una forma excepcional de cerrar el ciclo de 30 Años de vida de este periódico cultural que nació en septiembre y en septiembre, al llegar a la Edición 100, cerró sus páginas en la ciudad de Medellín.

El libro, editado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA de Medellín, inicia con un epígrafe:

Coger las horas en la mano como
margaritas.
Deshojar la flor del tiempo
y, con cada pétalo,
hacer lo que me plazca.
Sin rumbo…
                  Camille Ivreaux

CONTENIDO

El libro lo constituyen 28 perfiles de hacedoras del arte y ciencia, literatura y periodismo, música y poesía, liderazgo social, maestras y folcloristas, ceramistas, joyeras, fotógrafas, organizadoras, pintoras.

Chambacú! ¡La historia la escribes tú!, es el primer perfil y corresponde a la reconocida artista Totó La Momposina, publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO en 1983. Le sigue Débora Arango: El Arte, venganza sublime. Luego  Los colores del día, que retrata a la pintora de Bello (Ant) Lola Vélez pocos días antes de su muerte. En seguida, la deliciosa poesía de Meira del Mar refuerza la lista: Meira marinera… 

La mayoría de los textos fueron escritos por Ángel Galeano Higua. Le acompañan Leonardo Jesús Muñoz Urueta, Leandro Vásquez Sánchez y Nubia Amparo Mesa Granda.

Cada Perfil es un universo único, jalado por los recuerdos de infancia va tomando forma el personaje que desplegará luego toda su fuerza creadora hasta constituirse el libro en un testimonio conmovedor, huella profunda, historia de nuestra nacionalidad, ejemplos que alientan y refuerzan la confianza en el futuro del país.

VOCES PARA LA MEMORIA

Es muy significativo que el Programa Voces para la Memoria, de la Universidad de Antioquia, haya incluido este conversatorio sobre la génesis del libro Perfil de Mujer para el próximo lunes 22 de julio, ya que, como su nombre lo dice, el programa adelanta un inventario cultural de las huellas que tejen nuestra historia local y nacional. Un país joven como el nuestro requiere de estos mojones de identidad que las generaciones venideras necesitarán para no dejarse perder en el mapa de desatinos de la globalización, que arrasa con las historias de los pueblos para imponer una historia oficial de los grandes centros de poder. Es doble el esfuerzo, teniendo en cuenta la invisibilidad a que ha sido sometida la mujer en el transcurso de la historia.Mosaico Perfil de Mujer

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Cronista de un bello sueño

Ángel Galeano Higua

Cronista de un bello e interrumpido sueño: los descalzos del Sur de Bolívar

Cronista de un bello sueño: los descalzos del Sur de Bolívar. El autor con su compañera de sueños, Carmen Beatriz Zuluaga O.

“Un viajero que aprovechó la oportunidad para echarse un morral al hombro y caminar su país de la mano de una mujer que lo hizo sentir inmortal, y de una hija que no cesa de darle lecciones de juventud y valor”.

Tuve el privilegio de enrolarme como cronista de un sueño insensato que iluminó a una generación llamada “los descalzos”, un puñado de desquiciados altruistas que anhelaban cambiar el mundo, entre quienes estaba Carmen Beatriz. Doble hechizo me cubría en 1982, mi vida se enrutó por otros cauces de manera radical.

Magangué (Foto Bárbara Galeano Zuluaga)

Magangué (Foto Bárbara Galeano Zuluaga)

Decidí seguirlos porque iba ella y también renuncié, como ella, a las “comodidades” citadinas. Nos instalamos en el mapa sin fronteras de una aventura del pensamiento, sin cordura ni riendas, como no he conocido igual, liberando nuestras energías más recónditas en pos de una armonía entre los colombianos, pacífica y generosa, digna de las futuras generaciones.

Una sed nunca antes sentida nos llevó justo a las orillas del río Magdalena, al puerto de Magangué, como si solo esa caudalosa corriente pudiera saciar el tamaño de aquellas ansias de bienestar humano.

Centro Médico

Sin ningún aspaviento, Carmen Beatriz renunció a su cargo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia y se involucró sin restricciones al proyecto de salud liderado por el médico antioqueño Roberto Giraldo Molina. Se hizo cargo del laboratorio montado con todos los elementos necesarios para atender desde muy temprano, cada mañana, la nutrida fila de personas que acudían desde diferentes lugares del Sur de Bolívar.

Centro Médico de Especialistas Calle El Salto Magangué

Centro Médico de Especialistas Calle El Salto Magangué

El Centro Médico de Especialistas atendía en el segundo piso de una antigua casona de la Calle El Salto, con consultorios médicos, psicólogo, fisioterapia, óptica y una amplia sala de espera. En el primer piso funcionaba una farmacia con todas las de la ley, a cuya cabeza estaba Álvaro Garcés, otro descalzo antioqueño con estudios superiores en Administración y que al igual que los demás, había dejado las comodidades de la ciudad. En cuestión de pocas horas Carmen Beatriz tenía los resultados que Aidé, la secretaría, se encargaba de entregar a los médicos Roberto Giraldo o Silvia Casabianca. Con aquella eficacia llegó el día en que no dieron abasto.

Carmen Beatriz durante una brigada de salud en Palenquito, Sur de Bolívar. (Foto Roberto Giraldo M. Mayo 15 de 1985)

Carmen Beatriz durante una brigada de salud en Palenquito, Sur de Bolívar. (Foto Roberto Giraldo Molina, Mayo 15 de 1985)

Iniciaron las brigadas de salud por las poblaciones más apartadas, llevando consigo el microscopio y demás elementos que instalaban en algún cobertizo comunitario de las estribaciones de la Serranía de San Lucas. En las noches, bajo la tenue luz de una lámpara de petróleo y una cielo poblado de estrellas, conversaban con los pobladores sobre el cuidado de los niños, la nutrición, las enfermedades. Aprendían los unos y los otros, porque los pobladores compartían su sabiduría sobre las plantas medicinales.

También leían en voz alta algún texto literario, contaban anécdotas y luego se retiraban a sus hamacas a descansar. Por mi parte, tomaba nota de todo cuanto veía y oía, disparaba mi cámara fotográfica: recogía material para el periódico acompañado de nuestra pequeña Bárbara que disfrutaba del “paseo”.

Del paraíso al infierno

Brigada descansando en hamacas, mientras alguien lee.

Brigada descansando en hamacas, mientras alguien lee. El Dorado, 1985 (foto Angel Galeano Higua)

Cuando no llega ni Dios ni los hombres a estas regiones, cualquier acción adquiere la dimensión de un milagro, pero exige infinitos esfuerzos y una férrea vocación de servicio. Carmen Beatriz y los demás de aquel Centro Médico se entregaban con pasión a su labor. No ahorraban energía alguna. A la vuelta de los años se había tejido una ancha y profunda red de comités de salud que alcanzaba la cuenca del Bajo Magdalena en los departamentos de Bolívar, Sucre y Magdalena. Cuando llegaba la brigada de salud, los pueblos entraban en una euforia conmovedora.

Entreverado con el programa del comité de salud, llegaba el periódico y la biblioteca ambulante. Se hacían encuentros campesinos para hablar de un nuevo proyecto que significaba un gigantesco paso: la creación de una cooperativa de productores del Sur de Bolívar, a cuya cabeza recuerdo a Julio Castellanos, el mismo me había presentado a Liborio Pineda, el anciano ciego que nos ilustró sobre la existencia de periódicos locales a comienzos del siglo XX, entre ellos El Pequeño Diario, del cual tomamos el espíritu de su nombre.

Magangué, Calle del Comercio (Foto Bárbara Galeano Zuluaga)

Magangué, Calle del Comercio (Foto Bárbara Galeano Zuluaga)

Eran los tiempos en que, por desgracia, a la cabeza de la nación se hallaba un presidente demagogo que cedía ante las presiones de los grupos armados. Como fruto de ese monumental error, Colombia vio con pavor cómo aumentaban los frentes guerrilleros y a su sombra los paramilitares. El Sur de Bolívar se transformó de paraíso en infierno. Las brigadas de salud fueron asaltadas, robados sus implementos médicos y personales. Las cuadrillas armadas establecieron retenes para cobrar vacunas, secuestrar y asesinar. La respuesta de Belisario fue poner al país a pintar palomitas, dejando a la población civil desprotegida.

Imposible continuar con las brigadas de salud. Magangué empezó a cambiar, el Sur de Bolívar se convirtió en zona de “descanso” de estos grupos y, paralelamente, aumentaron los cultivos ilícitos. El país entró en un tenebroso túnel. El sueño de “los descalzos” fue herido de muerte. No quedaba otro camino que abandonar la región y salvar la vida. Los compañeros del Centro Médico ya habían partido.

Cuentas claras

Con profunda tristeza, Carmen Beatriz debió ponerse al frente de la liquidación del Centro Médico y organizar la retirada. Lo que tanto empeño exigió diez años atrás, era desmontado ahora. El sueño se había trocado en pesadilla.

Cada peso, cada mueble, cada archivo, fueron debidamente liquidados y Carmen Beatriz se encargó de que no quedara ni una sola deuda. Cuando esta fase estuvo lista ella partió como quien se marcha por un camino que conduce al pasado. Yo me quedé en Magangué hasta que Bárbara terminó el año escolar y mientras tanto hice lo mío: clausurar el periódico.

El retorno

El ferry, navega entre Magangué y Bodegas, por los ríos Magdalena y Chicagua. (Foto Bárbara Galeano Zuluaga)

El ferry, navega entre Magangué y Bodegas, por los ríos Magdalena y Chicagua. (Foto Bárbara Galeano Zuluaga)

Era el año 1989 cuando Carmen Beatriz tornó a Medellín con las manos vacías pero pulcras. Esas manos hacedoras de barquitos de papel, de figuras de cerámica, de hermosos monederos de cuero, de caricias y detalles. El brillo de sus ojos había adquirido una mayor intensidad: la de los desafíos.

Logró reengancharse en la Facultad de Medicina e iniciamos, los tres, una nueva vida en esta ciudad de Medellín que se debatía entre el miedo y la violencia, una réplica virulenta y alevosa de lo que ya habíamos vivido en el Sur de Bolívar.

Mario Escobar Velásquez alimentó la Sección Páginas de Diario, de la cual saldría después su libro sobre Apuntes de un Escritor.

Mario Escobar Velásquez alimentó durante varios años la Sección Páginas de Diario en EL PEQUEÑO PERIÓDICO, de la cual saldría después su libro sobre Apuntes de un Escritor.

Dos años después, y gracias a los amigos a quienes les enviábamos cada número del periódico desde Magangué, reabrimos EL PEQUEÑO PERIÓDICO con nuevos bríos en un evento de lanzamiento en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia. Al frente de esta nueva etapa nos acompañaron Mario Escobar Velásquez, Henry Díaz Vargas, Reinaldo Spitaletta, José Guillermo Anjel, Ricardo Torres y Libardo Botero, entre otros, quienes me apoyaron en la creación de la Fundación Arte & Ciencia como editorial literaria.

Tanto en Magangué, como ahora en Medellín, Carmen Beatriz fue un faro que ayudó a mantener el rumbo del periódico. No es posible contar la historia de EL PEQUEÑO PERIÓDICO sin destacar su papel. No hubo una sola nota Editorial que ella no leyera y comentara antes de ser publicada. Desde el primer número hasta este último, ella ha sido alma y nervio. Sus atinadas críticas, éticas y estéticas, permitieron el espiral in crescendo.

Uno puede aprender a escribir bellos reportajes, alimentar las páginas  de un periódico sui géneris como EL PEQUEÑO PERIÓDICO, pero sin una brújula, sin una luz como Carmen Beatriz, con su mirada práctica y aterrizada, en concordancia con el Comité Editorial, hubiera sido imposible lograr la excelente producción que miles de lectores pudieron disfrutar durante seis lustros.

Otros protagonistas

Yeison, Yeimi, Leonardo, Bárbara, Ivette, la sangre joven del periódico

Yeison, Yeimi, Leonardo, Bárbara, Ivette y Yiuliana, la sangre joven del periódico

En el engranaje construido a lo largo de los años, jugaron su papel con impecable rigor muchas personas: Saúl Álvarez Lara, encargado de la imagen corporativa. El Comité Editorial en los últimos años: Nubia Amparo Mesa, Álvaro Jiménez Guzmán y Bárbara Galeano Zuluaga. Así mismo el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo” hizo causa propia y sus miembros escribieron y ayudaron a distribuirlo entre sus amistades.

Los corresponsales fueron los pulmones del país: Ramón López Gómez, y Juan Carlos Osorio en el eje cafetero, supieron transmitir a miles de jóvenes de Pereira y Risaralda el deseo de aventura en la palabra y el arte. Leonardo Agudelo, Historiador residente en Bogotá, donde ha desarrollado una gran labor de divulgación y ha escrito bellas páginas publicadas en el periódico. Johanna Rozo, líder cultural en Pamplona, escritora, poeta, gestora, periodista, ha llevado el periódico hasta nuevos lectores de esa región de Colombia. Luis Hernán Rincón R., desde Támesis, Antioquia, ha sido un baluarte, su pluma incisiva y su inteligencia nos hizo el camino más alegre y comprensible.

Pequeña lectora del periódico.

Pequeña lectora del Barrio Santo Domingo Savio de Medellín.

Algún día haremos un encuentro de corresponsales para compartir el tesoro de experiencias con dos maestros que han sabido estar presentes desde territorios distantes: Antonio Botero Palacio, en Magangué, y Gerardo Sánchez, en Rionegro. No hay palabras para expresar la profunda gratitud. Sus enseñanzas han marcado la vida del periódico. Quien quiera conocer el espíritu que alimentó a EL PEQUEÑO PERIÓDICO, no podrá seguir de largo, tendrá que detenerse en estos dos maestros. Su vida es un ejemplo para cualquier persona de cualquier lugar del mundo. Su universalidad radica en haber sabido ser leales a sí mismos y a su pueblo.

El privilegiado

Pero de todos los que hicieron parte del periódico el más privilegiado he sido yo. Un privilegio que, por supuesto, me ha exigido esfuerzos, que he pagado con una alegría a veces sin mesura. Cada edición fue una aventura diferente a la anterior, un encuentro con lo desconocido.

Rumor de río, Elias Ospina 50X70 -Óleo sobre lienzo

Rumor de río, primer libro editado por la Fundación Arte & Ciencia con el apoyo de la Fundación Cultura “Héctor Rojas Herazo”. El pescador es un óleo sobre lienzo de Elias Ospina, otro de los descalzos en el Sur de Bolívar.

Creo que este cursillo de 30 años me da el derecho a sentirme “graduado”. Si no como periodista o escritor, cronista, reportero o editor, al menos como soñador que quiso ser cronista de un hermoso sueño. Un viajero que se echó un morral al hombro y caminó su país de la mano de una gran mujer que lo hizo sentir inmortal, y de una hija que no cesa de darle lecciones de juventud y valor.

Nada más puede pedir un aprendiz que al cabo de la jornada se prepara para otro camino más azaroso y anónimo: el de su propia obra. Algo así como ser cronista de su propia imaginación.

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Tomado de la Edición impresa No. 100 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

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Perfil de Mujer

El arte de organizar

Ángel Galeano Higua

Dicen que la educación de los hijos es muy difícil, pero debo confesar que mi hija Bárbara me ha educado con una facilidad impresionante. Su forma de ser, su talento y energía juvenil para organizar me han enseñado más que cualquier otra persona o institución.

Viaje de infancia

Bárbara y Diana Giraldo en la Albarrada de Magangué (1982)

Bárbara y Diana Giraldo en la Albarrada de Magangué (1982)

Con el arrullo del río Magdalena y los acordes de La pequeña serenata de Mozart, la niña se durmió. Antes había sucumbido ante El Fantasma de Canterville que Carmen Beatriz, su madre, o yo, acostumbrábamos leerle cada noche. Las cigarras se sumaban al concierto y el viento mecía las ramas del grosellero en el patio. El ventilador mentía el calor del puerto. Esa tarde habíamos regresado de La Ventura, en las estribaciones de la Serranía de San Lucas: un delicioso paseo de cuatro días para ella, lo que para su madre fue una intensa brigada de salud con los campesinos y pescadores, y para mí la tarea de reportero de aquella utopía de “los descalzos”. Poco más de cinco horas en chalupa por el Gran río, ciénagas y caños hasta llegar al caserío. Luego, durante el regreso a Magangué, el inesperado asalto a la chalupa por una cuadrilla de guerrilleros que se hicieron pasar como pasajeros, la mujer herida de un balazo en la espalda y que murió días después, el despojo, la humillación, la impotencia. Pero la tierna memoria de Bárbara se resistió a guardar esos hechos.

Iglesia de Santa Bárbara - Dibujo de un niño momposino - Foto Bárbara Galeano Z.

Iglesia de Santa Bárbara – Dibujo de un niño momposino – Foto Bárbara Galeano Z.

Al día siguiente la despertaron el sol que sangraba el cielo, el escándalo de los gueres gueres y guacamayas que pasaban en bandadas, los gritos de los carretilleros que ofrecían pescado fresco, y las negras palenqueras esbeltas y descalzas que con las canastas sobre su cabeza voceaban las alegrías de coco y anís. Después del desayuno yo la llevaría en bicicleta al colegio como todos los días.
Así transcurría el tiempo, hasta cuando salíamos de nuevo a otra brigada por la cuenca del Bajo Magdalena, Palenquito, Montecristo, o de paseo a Mompox, Cartagena o Barranquilla. Una infancia bañada en paisajes de río y mar. Pintada con todos los verdes, todos los rojos, todos los azules del Caribe. Atesorando sabores de esa comida cosmopolita propia de un puerto como Magangué, y absorbiendo olores de albarrada, de melones y mangos en el mercadito de Baracoa, sorgo y maíz que los coteros subían a los camiones de Medellín o Bucaramanga. La música de acordeón sonaba en alguna refresquería cercana.
En este abigarrado mundo Bárbara vivió su infancia. Algo de todo esto recordaría quince años después en Londres donde, a la vez que estudiaba, recorría museos, parques y bibliotecas, y el Támesis se le revelaba como un hermano del Magdalena.

De puertas abiertas

Mompox (acuarela Robertho)

Mompox (acuarela Robertho)

Su madre no la llevaba a todas las brigadas de salud, en cambio hacía parte de las jornadas de EL PEQUEÑO PERIÓDICO. Íbamos a los barrios, a los corregimientos de Cascajal y Henequén, a Puerto Limón y Talaigua. Así se fue convirtiendo en una excelente vendedora del periódico, lo disfrutaba como un juego, como parte de un paseo en el que las gentes y la naturaleza exuberante inyectaban en su espíritu una alegría de vivir que brotaba en su sonrisa y asomaba en sus ojos con indómito brillo.
Nuestra casa mantenía de puertas abiertas para “los descalzos”, esos maravillosos soñadores que habían ido al Sur de Bolívar con el milenario propósito de ayudar a los pobladores a desarrollar sus propias fuerzas productivas, a vivir pacíficamente, sin penurias, con salud y dignidad.

La alegría de Totó

Bárbara (izq) con el Grupo Aprendiz de Brujo en el Archivo Histórico de Medellín, durante una sesión de Vigías del Patrimonio.

Bárbara (izq) con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo en el Archivo Histórico de Medellín, durante una sesión de Vigías del Patrimonio, 2011.

Por esas jugadas del azar, conocimos a Totó en su viaje a pie por las tradiciones de Talaigua Viejo. Iba con una grabadora recogiendo cantos, aprendiendo de Ramona Ruiz y las bailadoras de chandé de Mompox. Conoció nuestro periódico y se estableció una sólida amistad. Visitarla en su casa de Talaigua Nuevo era una delicia que impregnaba a Bárbara de ese mundo de la gaita y el tambor, del baile y el jolgorio, del pescado con yuca y suero, y guarapo de tamarindo.
En cierta ocasión organizamos con Totó la celebración de una cumbiamba en una discoteca a las afueras de Magangué. Era de noche. El lugar era muy amplio y los invitados iban ocupando sus mesas alrededor de un inmenso patio con palmeras. En una de aquellas mesas estaba Bárbara muy atenta. De pronto, todo quedó a oscuras y una cumbia empezó a sonar suavecito, como un susurro lejano. En seguida aparecieron pequeñas antorchas, como estrellas titilantes. Era como un sueño que iba brotando hasta invadir el lugar. Cuando las luces se encendieron de nuevo, iban Totó y Ramona Ruiz al frente de las bailadoras de Talaigua Viejo, iniciando la cumbiamba. Fue una noche imbuida de magia.
Seguimos a Totó a muchas partes, hasta cuando se fue a estudiar a París. Después nos volvimos a ver en los Festivales de música del Caribe y mucho tiempo después en Medellín.

El retorno

En la biblioteca de La Enseñanza de Medellín

Al regresar a Medellín ingresó al Colegio La Enseñanza para cursar el bachillerato.

Quizás por todo esto Bárbara no entendía qué sucedía, por qué tenía que recoger sus libros, sus mascotas de peluche, su ropa. Después de un proceso de liquidación del Centro Médico de Especialistas, triste tarea a cargo de su madre, y el cierre del periódico, tuvimos que emigrar para salvar la vida. Ya no se podían hacer brigadas de salud, en el país se había instalado el terror armado amparado en la demagogia del gobierno de Belisario Betancur que cedía terrenos soberanos a la guerrilla.
Fue un viaje de derrotados. El sueño de servir a las gentes de Magangué quedaba hecho trizas. Como desplazados retornamos a Medellín, la tierra natal de Bárbara, para empezar de nuevo. Ingresó al Colegio La Enseñanza donde cursó su bachillerato y accedió a las ventajas de hacer las cosas con organización. Pero si en el Sur de Bolívar se vivía un nefasto capítulo de barbarie, en Medellín cundía la inseguridad exacerbada por Pablo Escobar, el patrón del narcotráfico. La ciudad que le tocó a Bárbara vivía bajo la zozobra cotidiana de los atentados. Sin embargo, en medio de aquella incertidumbre renació el periódico, nuevas sangres lo alimentaron y se convirtió en antídoto a la desesperanza reinante. Casi sin darnos cuenta fue compañía, como un hermanito con quien Bárbara crecía y ayudaba, junto con su madre, en la construcción de una editorial literaria que fue tomando forma alrededor del periódico. Desde entonces Bárbara ha participado en las discusiones editoriales, con todo lo que esta labor implica de lecturas, corrección y edición de textos, diseño y diagramación, y en la organización del lanzamiento de libros de la Fundación Arte & Ciencia.

Pasando revista a una edición del periódico.

Pasando revista a una edición del periódico.

El ingreso a la Universidad de Antioquia marcó su vida con nuevas experiencias y amistades. Mientras adelantaba sus estudios de Antropología se involucró en la organización de uno de los movimientos literarios más importantes que se haya desarrollado entre la juventud de Medellín de comienzos de este siglo: Toma La Palabra.

Toma La Palabra

Las primeras reuniones fueron en la cafetería del Paraninfo, que se conjugaban con las tertulias literarias que tenían lugar los sábados en Comfama de San Ignacio. Al comienzo asistieron los compañeros de estudio de Bárbara con quienes se fue perfilando el grupo director. Luego llegaron jóvenes de otras universidades y colegios.
Esta experiencia merece capítulo especial, pero lo que queremos resaltar aquí es la confluencia de una generación que supo encarnar el espíritu de la palabra como potente instrumento expresivo en épocas de incertidumbre. Que supo dar vida al término “Encuentro”, llegando a reunir en seis años consecutivos a miles de jóvenes de diversas partes del país cuyo santo y seña era un escrito en forma de cuento, crónica o poema.

Bárbara Galeano Zuluaga - Presentación del Libro Perfil de Mujer.

Bárbara Galeano Zuluaga – Presentación del Libro Perfil de Mujer.

Cada líder de esta gesta puso en juego su talento. Lo que Bárbara hizo fue aglutinar armoniosamente esas energías para materializar los propósitos. Como si de repente todas las vivencias acumuladas en su infancia y adolescencia se desencadenaran con fuerza sabia, con belleza creadora. Porque organizar es un arte. Acoger ideas y personas, administrar los bríos, gestionar recursos, convencer y conmover, contener y liberar, prever, proyectar. Sin tener un peso, lograr la hazaña de realizar Encuentros exitosos de gran calidad. No todo se traduce en metálico. Grandes y pequeñas empresas apoyaron Toma La Palabra porque vieron allí un sueño pujante de juventud, con propósitos claros y cohesión organizativa.
Y no le bastó a Bárbara dirigir ese proyecto, sino que tomó las riendas de la Fundación Arte & Ciencia y le dio un vuelco total, la desarrugó y la extendió, abrió sus puertas, se rodeó de un grupo de jóvenes como ella, llenos de entusiasmo y deseosos de conquistar un lugar en la ciudad, en el país, en el mundo.

Su Tesis de grado, Mompox, un activo de la memoria de la Humanidad, es un estudio sobre la riqueza cultural de ese puerto anclado en el tiempo que conserva todavía muchas de sus construcciones y costumbres coloniales. En el texto de presentación recuerda su infancia cuando correteaba por aquellos caserones y calles adoquinadas, aquella albarrada y las empinadas iglesias, el cementerio masón y el Colegio Pinillos, así como los talleres de orfebrería, paladeaba el dulce de cáscara de limón y el jugo de tamarindo.

Bárbara con el grupo Vigías del Patrimonio del Corregimiento de Altavista, Medellín. 2011

Bárbara con el grupo Vigías del Patrimonio del Corregimiento de Altavista, Medellín. 2011

Luego trabajó con la Alcaldía de Medellín en los programas de Patrimonio Cultural, participó en la creación de la Red de Museos de Medellín y viajó representando a la ciudad y al país a los Encuentros Iberoamericanos de Montevideo y Lima. En la actualidad es la Coordinadora Académica del Departamento de Extensión Cultural de la Vicerrectoría de Extensión de la Universidad de Antioquia.

Mi maestra

Bárbara Galeano Zuluaga.

Bárbara Galeano Zuluaga, Parque Los Olivos en Lima, Perú

Me es imposible ser objetivo y con mayor razón cuando hablo de mi hija. La información que los padres tienen de sus hijos es abrumadora. Sufrimos con su dolor, no importa la hora ni el lugar siempre estamos pensando cómo les irá, sus sueños, su trabajo, sus desengaños y sus renovadas ilusiones. Su forma de ser, su talento y energía juvenil para organizar me ha enseñado más que cualquier otra persona o institución. Por eso, ad portas del cierre definitivo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, lo menos que puedo hacer es rendir un homenaje a la madre y a la hija que han sabido comprender el terco viaje de estos 30 años. Dicen que la educación de los hijos es muy difícil, pero debo confesar que mi hija me ha educado con una facilidad impresionante. Ello se debe a que hemos procurado mantener la mente y el corazón muy abiertos, y a que ella quizás tiene más información de mí que yo mismo.

Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 99, edición impresa. Agosto de 2012

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