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Archive for the ‘Hace 20 años’ Category

Escribir no es un oficio

Andrés Nanclares Arango

Ser artista, para la mayoría de los que figuran hoy por hoy, es un oficio como el del mecánico, plomero o electricista. O, también una profesión como la ingeniería, la medicina o la abogacía. Es algo, según ellos, que se aprende en las escuelas para ganarse la vida.
Quieren hacer de su trabajo artístico su “modus vivendi”. No se les pasa por la imaginación que ser artista es por sobre todo un estado del alma.
El verdadero artista no espera nada tangible de su trabajo. A lo sumo, quiere que la gente conozca sus obras. Pero no lo hace por vanidad o por darse vitrina, como creen los insulsos, sino porque está convencido de que así cumple su arte su función social. De lo contrario, si oculta su obra o la quema como los románticos y los onanistas de la literatura, nada positivo está haciendo. Su tarea se queda en la repetición de actos masturbatorios.
Por eso el verdadero artista, el que siente la cosa como una enfermedad o como una virtud incurable, sabe que su obra, así se muera de hambre o no lo saquen en la prensa, tiene que ser conocida por la gente.
Cuando esto lo logra su obra, al artista verdadero no le importa que se le venga el mundo encima. Ese es su modo de ser.
Pero los artistas de ahora, la mayoría –mal de la época–, viven pendientes de los dividendos que les va a dejar su obra. Su oficio es como una flor en el ojal. Se anuncian, incluso como pintores, poetas o novelistas. Tienen su oficio como un logro, como un pegote de su personalidad. No les hace falta sino el diploma de pintores, poetas o novelistas y su respectivo anillo de grados.
Lo grave es que las universidades, por fortuna, aunque ya van por ese camino con el embeleco de los talleres de escritores, no expiden esta clase de patente. Si esto fuera así, ya los estuviéramos viendo con su escudillo de artistas en la solapa y su diploma de pared a pared.
Estos mismos son los que se agrupan y fundan uniones de escritores y sindicatos. Son los mismos que se enojan cuando les niegan los derechos de autor o pierden una competencia literaria. Son ellos, pues, en definitiva, los que pelean por tripa, como dice el cuento (…)
Ahí radica la ingenuidad y la falta de lucidez de estos “escritores”. Le piden peras al olmo. Creen que los editores, unos puros y simples negociantes, los van a considerar como artistas y a darles gabelas (…)
Eso es como pedirles a los patronos que se vuelvan justos con el obrero; que no lo exploten; que le devuelvan su dignidad de hombres. Y ponerse a cobrar por escribir, a echar cuentas por los sueños, eso es vulgar. El trabajo del artista, antes que individual, es social. Quien se descabeza por cobrar su obra demuestra que no siente el arte como un estado del alma, como una manera de ser. Porque uno pinta o escribe o compone porque no puede vivir tranquilo de otra forma.
El artista es artista como el árbol es árbol. Cobrar por eso; ponerse a armar alharaca contra los editores, unos vulgares negociantes que no piensan sino en metálico, es demostrar que no se intuyen siguiera los resortes secretos que sostienen esta sociedad.
Esta actitud hace pensar en el turpial que cobraba honorarios por ser turpial. Parece que estos señores no son artistas sino simples redactores de textos.
Ellos, pues, deberían entender que escribir no es un oficio. Escribir, siempre y cuando uno se conozca a sí mismo y tenga preñada el alma, es un acto tan natural y simple como sudar.

Publicado en la edición impresa de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 99, tomado de la Edición No. 37

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¿Existe la literatura femenina?

Por Silvia Casabianca Zuleta

Virginia Woolf

“¿Por qué es tan distinta la mujer de las novelas a la de la vida real? El historiador nos cuenta que la mujer ha vivido oprimida, sometida a la autoridad marital o paterna. Y, sin embargo, la mujer está en la poesía de punta a punta. Las mujeres de la vida real no piensan ni deciden solas; si no tienen la independencia económica, no tienen independencia de pensamiento. Y, además, las mujeres que aparecen en la literatura están allí, siempre desde el mismo ángulo, desde el punto de vista de su relación con el otro sexo. Los hombres no: ellos cazan, son guerreros, caballeros, mandan países. Las mujeres son esposas, madres, hermanas… de los guerreros, los caballeros, los mandatarios…”

 
  “Era extraordinario cómo Peter podía ponerla en ese estado nada más que con venir a instalarse en un rincón. La hacía verse a ella misma; la hacía exagerar. Era estúpido. ¿Pero por qué venía, entonces, simplemente para criticar? ¿Por qué tomar siempre, no dar nunca? Allí andaba vagando y ella debía hablarle. Pero no se arriesgaba. Esto era la vida: humillación, renunciamiento…”
 
 Cerré el libro decidida a olvidar las grises reflexiones de Clarissa Dalloway y, abochornada por el calor que inundaba la casa, resolví salir a buscar un poco de fresco. El rumor de la calle me tentaba: no más estar ajena a lo que ocurría en el mundo, allá afuera. En la calle, el rumor se concentraba en una esquina y se evaporaba en la siguiente. Caminé por la vía polvorienta, mirando aquí y allá, esbozando saludos a caras conocidas. Los pies estaban cansados, hinchados, pesados. ¿Se sentirían igual todos los transeúntes? ¿O los vendedores que habían permanecido de pie el día entero bajo la pobre sombra de sus toldos? Sin duda ellos se sentirían peor, pero ya estarían acostumbrados. Recordé un pasaje de la Señora Dalloway en que Peter Walsh caminaba por Londres mientras la tarde moría: el día era como una mujer que se quita un traje estampado y un delantal blanco, para vestirse de azul y perlas. Qué linda figura, pensé. El día se despojaba de calor, polvo y color.

Virginia Woolf -

¿Marchitaba la tarde? Miré a mis espaldas: la tarde había comenzado a caer, sí, y el cielo se había transformado en una melodía de colores suaves, azules, violetas y rosados. Una bocanada de aires frío me refrescó el rostro. Miré las nubes: eran inmensas embarcaciones que navegaban libremente, y a cualquier velocidad, avanzaron mientras las miraba. ¡Imposible adivinar sus capitanes! Las aguas del río corrían sin prisa y sus olas eran suaves, como un cabello que pierde sus rizos. Los pies iban olvidando el cansancio, los rumores de la ciudad quedaban atrás y yo recordaba el suicidio de Séptimus y la soledad de su mujer que había fabricado un sombrero que recordaría siempre por la  rosa diseñada, por los últimos minutos lúcidos de su esposo. Un ruido distinto me recordó el aullar de una ambulancia. Tal vez era el pito de una lancha que llegaba fatigada a entregar, por fin, su carga.

Para escribir sobre mujeres hay que dejar de ser mujer

 
 Algo extraño sucedía. Me paré de repente. Con asombro me dije: este no es el Magdalena. ¿No conocía yo bien acaso estos parajes? De dónde habían salido entonces esos sauces llorones que se inclinaban a besar las aguas? Y, aquel joven tan rubio con esa indumentaria anticuada, ¿qué hacía en medio del río, remando en la canoa? Me habré dormido, pensé. Las aguas corrían límpidas y rápidas y me encontraba de pie sobre una extensa alfombra de grama salpicada de hojas rojas y amarillas que crujían al quebrarse bajo mi zapato. 

Todo era brillante y nítido; no parecía un sueño. Miré a mi alrededor y sólo descubrí a una mujer. La observé para detallarla; le calculé cuarenta años cansados, reflejados en sus ojos grises y su rostro pálido. ¿Quién sería? Algo en ella me resultaba familiar. Le solté la absurda pregunta: ¿dónde estamos? Vestía un jersey negro, de cuello alto, falda gris hasta el tobillo y se cubría con un abrigo de paño color miel. Cuando vi su traje miré el mío, de algodón, sin mangas; vino el frío y su respuesta: En Londres.

Algo ahora me descifra de quién se trata. La saludo, me presento y ella debe darse cuenta de la sorpresa y el respeto que reflejarán, sin duda, mis ojos. Caminamos en silencio. Al llegar a la carretera nos detenemos y subimos a un viejo Rolls negro de cabrilla a la derecha.

El chofer permanece muy tieso frente al volante (va uniformado, con gorra) y conduce atento al camino. Mientras el auto rueda, a no más de 30 kilómetros por hora, veo ya sin impresionarme, londinenses que llenan las calles, sumergidos en las brumas frías de la ciudad, tibiándose las manos entre los bolsillos de sus abrigos de paño. Ante mí desfilan nuevas y viejas construcciones; lejos, algunas chimeneas fabriles vomitan su humo cargado de hollín que luego llevará manchándolo todo. Alegres jóvenes abandonan los edificios de oficinas. En las esquinas se amontona la gene que aguarda los rojos buses de dos pisos, que vienen atestados.

– Esto es Bloomsbury, me dice ella. Yo miro las casitas de ladrillo rojo y techos puntiagudos y me gustan. Por las aceras hay niños jugando, niñeras de cofia arrastrando cochecitos, voceadores de periódicos.

Virginia tejiendo

¿En qué año estamos? La prensa lo dice: Octubre 31 de 1929. Miro los pinos que rodean las casas y me asombro del verdor que conservan. El auto se detiene en una esquina y empezamos a subir una callejuela empinada. Llegamos a un cafetín y escogemos una mesa del fondo, mientras cavilo cómo fue que el tiempo marchó hacia atrás. Pedimos té. Ella murmura:

– Impalpables las huellas de la guerra. Fuimos más afortunados que Francia.

Me sorprendo. ¿La guerra? La paz fue firmada hace diez años.

–  Pensaba que todo parece intacto y sin embargo por mucho tiempo que pase no podrán reconstruir lo esencial. ¿Sabe lo que ha sido el grupo de Bloombsury? Aquí vivimos, conocimos y recreamos la vida los artistas de mi generación. Nos negamos a ir a la guerra – fuimos objetores de conciencia – y sobrevivimos; pero la guerra logró dispersarnos y ha dejado hondas secuelas en nuestros espíritus. Forster, de los nuestros uno de los mejores, ha dejado de escribir novelas aduciendo que le es imposible llevar a la ficción el mundo contemporáneo. Se añora la preguerra y no porque los años veintes hayan sido malos para el arte. Al contrario, se han puesto de moda la fotografía, el cine, Joyce y Proust, pero de algún modo, la alegría parece haber terminado. La miseria que dejó el conflicto nos ha hecho más serios, quizás más políticos… nuestras ideas, esas ideas con que se escandalizó Londres, por nuevas, por irreverentes, ya no tienen la repercusión de antes.

Virginia Woolf en la madurez

Le reclamo la amargura de sus palabras. ¿Acaso, le digo, los miembros del grupo que ella misma fundara, no se caracterizaron por su sentido del humor?

– ¿Y el amor a la belleza, a la verdad, el horror al tedio? ¡Ah, sí! Pero qué difícil conservar esos valores intactos cuando tu país ha estado en guerra y tantos conocidos han perdido su vida por una causa que ni siquiera era la propia. La violencia insensata de los hombres acaba con los honestos, los puros y los enamorados.

Ahora cae el silencio en medio, después de esta frase pronunciada como una triste sentencia. El té está muy caliente y lo bebemos a pequeños sorbos. Aún no termina de oscurecerse el día. En octubre los crepúsculos son todavía largos.

El local se ha ido colmando de rostros grises y cuellos abultados por bufandas de paño. Como los parroquianos entran con los hombros encogidos, las manos en los bolsillos y tiritando, uno imagina el frío que hace. Fuera, frente a la puerta de vidrio llena de letras que acaba de cerrarse tras el último cliente, un remolino recoge amarillas hojas de otoño y se las lleva. Dentro todos hablan en murmullos. Nos llegan bocanadas del aroma de tabaco y el recinto comienza a llenarse de humo. Mientras abrazo la taza de té entre las manos, con la vana esperanza de entrar en calor, me doy cuenta de que han reconocido a Virginia Woolf por la forma en que la miran.

Le pido entonces que cuente su vida, su infancia. Por primera vez esboza una sonrisa y sus ojos brillan con las evocaciones: la vieja casona, jardines llenos de árboles, cuentos infantiles, tertulias de la casa Stephen, la casa paterna.

La huella triste de su cara retorna al recordar la muerte de su padre e interrumpe el recuerdo hablando de su esposo:

– A Leonard lo conocí pocos años más tarde. Ha sido un compañero, un consejero, un estímulo en el trabajo, un apoyo en los malos momentos. Recuerdo, con entusiasmo, cuando fundamos la Hogarth Press. Estábamos sin dinero y conseguimos aquella impresora manual. Pretendíamos editar lo que ningún otro se atrevía. Publicamos obras de T.S. Elliot (The Sacred Wood), de Freud (demasiado escandalosas para la sociedad sus teorías sobre la líbido)… Lo primero que imprimimos fue Kew Gardens, un librito mío, de apenas diez páginas, ilustrado de Vanessa (mi hermana) con dibujos que complementaban el texto…

– Que fue muy bien recibido por la crítica a pesar de sus propios temores.

– Cuando lo leí, después de impreso, me pareció ligero y corto. Me sorprendí cuando un día entré a la casa y encontré la mesa atestada de pedidos de Kew Gardens

– Se comentó que había nacido una nueva manera de narrar.

– Es que desde entonces empiezo a intentar esos monólogos interiores en que los personajes sacan a relucir su mundo y traslucen el mundo que los rodea. Hay monólogos en Al faro que acabo de terminar y también en Mariposas nocturnas o Las olas, sí creo que definitivamente será Las olas,  que apenas comienzo. Y otra constante: mi intento por reivindicar lo trivial.

– Al respecto, discute usted por la obra de los victorianos..

– Mire, las novelas que nos antecedieron, a mi modo de ver, falseaban la realidad. ¡Siendo naturalistas, retrataban el mundo de un modo tan mecánico! Las relaciones personales parecían estar al margen del ambiente en que se desarrollaban; yo creo que la vida está lejos de ser así. La mente recibe millares de impresiones. Aquí, mientras conversamos, usted capta mi traje, la puerta que se abre, la camarera circulando por entre las mesas y, además, me escucha, y yo la música de fondo; unas impresiones serán tan leves que se esfumarán y otras permanecerán grabadas con la dureza del acero. Es como una lluvia de átomos: la vida no es un conjunto de faroles colocados simétricamente; la vida es un halo luminoso. Por eso creo que los pequeños detalles exteriorizan la complejidad de una experiencia y el escritor debe reflejar esa realidad compleja.

– ¿Cómo ve la evolución de la novela desde el siglo pasado?

– En 1882, cuando nací, la novela había reemplazado por completo a la poesía épica como género literario. Lo lograron personajes como Charles Dickens, Ruyard Kipling, y una mujer: George Elliot, que, fíjese, conservó un seudónimo masculino para lograr que sus obras fueran leídas sin prejuicios. Ahora la novela ha de avanzar. Trasladar la poesía a la novela, ¿por qué no? Me parece que los anteriores procedimientos quedaron anticuados.

Hay un ensayo suyo que ha resultado particularmente exitoso: La habitación propia. Me parece que ha gustado mucho su particular forma de abordar la cuestión femenina.

– Bueno, usted sabe, me llaman a dictar una conferencia sobre la mujer y la novela. ¡Menudo lío! No soy una especialista pero no tenía escape. Siendo mujer y dedicada a escribir novelas se suponía que debía ser capaz de abordar con éxito el tema. No podía defraudarlas. Soy muy sensible a la situación de la mujer en Inglaterra. Cuando yo nací, no era bueno haber nacido mujer. No teníamos derechos, muchas mujeres aprendieron a organizarse para reclamarlos y el Congreso se negaba a concederles el privilegio de elegir y ser elegidas. Cuando vino la guerra, muchas mujeres que habían luchado por sus derechos se encontraban en la cárcel y de allí salieron para demostrar que su país las necesitaba y que ellas tenían capacidades.

– Y en realidad la guerra cambió las cosas, consiguieron el voto.

– Sí, era inevitable. En fin, volviendo al tema, me pongo a preparar la conferencia y empiezo por mostrar lo que significa ser mujer en Inglaterra en este momento: hemos adquirido derechos, pero, ¿la igualdad? Tenemos el voto, pero ¿y la solvencia económica? Existen aún lugares vedados para la mujer y otros a los que no se puede acceder sino en compañía de un varón. Visito imaginariamente una universidad masculina y luego una femenina. Riqueza y pobreza hacen el contraste. Entonces me empiezo a preguntar el por qué de la pobreza de nuestro sexo. La universidad masculina tiene imponentes edificios cimentados sobre oro y más oro. Se cena con vino y faisán. En la femenina no hay siquiera guardianes, las construcciones han logrado ser terminadas penosamente, se hacen sacrificios, se cena pobremente.

Con la inquietud de descubrir la causa de esta pobreza femenina (¿cuántas mujeres cuentan con un ingreso propio?, ¿cuántas pueden sobrevivir sin un marido o un padre que las sostenga?), voy al Museo Británico y en su biblioteca descubro una proliferación de libros sobre mujeres. ¿Por qué escriben los hombres tanto sobre ellas? ¿Y por qué, al escribir, parecen estar furiosos? Pienso en los movimientos feministas como responsables. ¿No estaba el hombre tranquilo, acomodado en su trono patriarcal hasta que llegaron las osadas mujeres a desafiarlo? Creo que para reafirmar su superioridad, el hombre sienta cátedra sobre la presunta inferioridad de las mujeres.

– Y luego, plantea usted el asunto de la literatura femenina…

Woolf hace una pausa. A lo mejor está permitiendo que aquellos millares de átomos de los que ha hablado se estrellen contra sus sentidos para que estos registren el momento. Ha anochecido y se ve crecer el cansancio en sus ojos. Acaso la esté aburriendo. Acaso esté dañando este sueño con preguntas interminables. Tomaremos más té. Hace frío a pesar de que el local se ha llenado de ingleses y la chimenea, en el rincón, está prendida. Las llamas bailan y chisporrotean los leños.

– Me preocupaban dos preguntas –prosigue ella– ¿Por qué es tan distinta la mujer de las novelas a la de la vida real?  El historiador nos cuenta que la mujer ha vivido oprimida, sometida a la autoridad marital o paterna. Y, sin embargo, la mujer está en la poesía  de punta a punta. Las mujeres de la vida real no piensan ni deciden solas; si no tienen independencia económica, no tienen independencia de pensamiento. Y, además, las mujeres que aparecen en la literatura están allí, siempre, desde el mismo ángulo, desde el punto de vista de su relación el otro sexo. Los hombres no, ellos cazan, son guerreros, caballeros, mandan países. Las mujeres son esposas, hermanas, madres… de los guerreros, de los caballeros, de los mandatarios. La segunda cuestión: la sociedad se convierte en una traba para que la mujer escriba. En el siglo XVI era imposible. Más tarde, algunas se atreven con, por ejemplo, pequeños poemas, pero son criticadas y ridiculizadas por las mismas mujeres. Luego llega una como Aphra Behn, dos siglos después y, obligada por la viudez, se ve obligada a ganarse el pan con su ingenio. ¡Y se opera el milagro! Lo frívolo deja de serlo si reporta algún ingreso.

Pero las mujeres que intentan seguir su ejemplo caen en un problema: ¡resulta tan poca cosa ser mujer! Encerradas entre cuatro paredes, llenas de quehaceres hogareños, sin lugar privado para escribir…, la mujer que lo intenta, imita patrones masculinos. Y por ello, la contradicción con el otro sexo se refleja en sus escritos sobre los que vuelcan toda su indignación y frustraciones: le quitan vida propia a sus personajes y los convierten en voceros de su enojo. La mujer que escribe novelas altera sus valores en deferencia a la opinión ajena. Y es una lástima que las mujeres escriban como los hombres. Para escribir literatura femenina, paradójicamente, es necesario olvidar que se es mujer.

Olvidar que se es mujer… Sus palabras repican en mis oídos y me parece que nuestro tiempo está acabándose. La veo como a través de todo el humo del salón y tengo la sensación de que va a desvanecerse o a salir corriendo como una cenicienta.

Afuera la noche está helada. Descendemos por la misma callejuela. A lo lejos titilan las luces como luciérnagas. La ciudad debe estar a punto de dormirse. A pesar de mis reservas quiero seguir preguntando:

– ¿Cuál cree usted que debe ser la fuente de la literatura?

– ¡La verdad¡ ¡Decir la verdad y el resultado será forzosamente de un interés sorprendente!

– ¿Existe alguna fórmula para escribir una obra maestra?

– Una obra maestra… ¿Cuántos lo logran? Hay muchas interferencias que deben ser eliminadas para que la obra logre salir intacta de la mente. Y en ello estamos también las mujeres en desventaja: muchas mayores interferencias. Por eso planteo lo de la habitación propia. Y es indispensable la solvencia económica. Ni hombres, ni mujeres, conseguirán ser buenos novelistas sin estos requisitos.

La voz se aleja y opaca. Hemos subido a un nuevo Rolls negro que nos conduce al río.

– El escritor –agrega–, tiene más oportunidad de vivir en presencia de la realidad; le corresponde recogerla y comunicarla al resto de la humanidad.

– Pero, y la obra de imaginación ¿debe también partir de la realidad?

– También, debe atenerse a los hechos y cuanto más ciertos los hechos, mejor la obra de imaginación.

Desciende del auto y camina hacia la orilla. El río parece una cinta negra que a duras penas refleja la claridad de la luna. La veo por última vez parada frente a las aguas que no devuelven su imagen; y yo continúo caminando hasta volver a encontrarme con los pies cansados en la vía polvorienta.

 Tomado de EL PEQUEÑO PERIODICO No. 19, Magangué

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Por Angel Galeano Higua

 Las luces del teatro disminuyeron su brillo, como si se alejaran avergonzadas. En medio del rugido de los tambores, Totó levantó sus brazos al cielo y cantó un saludo legendario que electrizó a la multitud.

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Totó Magangué 1983

Totó La momposina (Foto de Angel Galeano Higua, 1983)

    “No es tan importante el sitio donde uno haya nacido, ni cuándo se empezó a cantar o a bailar. Casi siempre la raíz está en nuestros antepasados. Mi abuelo, Virgilio Basanta, tocaba el clarinete y tenía una Banda de viento que se movilizaba por esta región. A donde él llegaba, se armaba el fandango. Esa gran Banda se la llevó el viento” –  Totó

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 ¿Cuál es el baile más acostumbrado en esta región?  

  “Depende de la época del año. En Pascua están los bailes cantaos. Las danzas siempre las han sacado para carnavales, las danzas nunca salen para otra época. En cambio los bailes cantaos los sacan para los festejos. En las danzas sale la gente a bailar al son de los tambores y de la gaita, y en los bailes cantaos la gente acompaña con palmas a las cantaoras y a los tambores. Siempre es con tambores, sólo tambores. En carnaval se puede montar un chandé o una cumbia”.

¡Chammmmbacú, la historia la escribes tú!. La voz retumba, los tamboleros castigan los cueros con furor.  Negrita… la historia la escribes tú, la historia de las murallas, Chambacú chambaculero.

Totó joven y bella - Foto Vicky Ospina

Totó en los años 80- Foto Vicky Ospina

Viene la descarga y los aplausos; vapulea la cumbia Antonio María, la culpa la tienes tú; alegre viene Julio Moreno, viejo porro, paseándose entre palmas llega, se acomoda y se va y el guache lo despide y La Totó tiempla su voz más, mucho más; cunden las palmitas y la muchedumbre sigue el trotesito indígena de La Momposina que se enfila hacia el Pacífico abrazando el currulao y cae, cae, palito cae cae; acariciando la sonrisa de la coquetona garabato un silbido atraviesa el aire; adiós fulana garabato, dijo Antonio María, adiós fulana garabato ae ae ea, de pie la muchedumbre y aeeeee ea, esto va a ser la locura, compadre, hay que menearse así, como ella, así, al ritmo pegajoso; ¿si o no, comadre caderona?. Este es tu currulao adorado, del Pacífico otra vez, porque no importa de dónde es uno. ¡Todos, todos!, grita La Totó y su grito se hace bandera y penetra las venas y hace hervir la sangre tropical; compadre, así es el conflor de ella, oye mi cumbia…, caen del cielo mil cimbronazos, son las cajas sonoras, el cascabeleo del guache y el murmullo de la marímbula, oye mi cumbia eterno rincón de amor del Magdalena… y el chorro luminoso es más intenso y ya no es la silueta indefinida con turbante y falda larga, no, es La Totó increíble, apabullante, real, trepada en la música, con su magia que atrae reinas, como a Silvia en Estocolmo. Oye mi cumbia le dijo Totó y se elevó por encima de todos en la Sala Real y usted canta muy lindo le dijo una soberana a la otra, porque compae, La Totó también es una soberana, es una reina del conflor con sus pies pelados allá y aquí, en el Radio City de Nueva York o en la Argentina; agitacional en Alemania o candelosa en la Unión Soviética; compae, mírala cómo baila, óyele su canto, ese canto que jadeó en el festival del Coco Dorado y del Otoño Dorado, allá en las estepas o en el de la Rábida de España o en el Pedirak de Francia, porque ella ha sido reina en esas tablas. Quema el sol esta mi tierra, cumbia dorada; rejuntados en la arena los golpeteos de tambor asemejan un traqueteo de locomotora. Oyela, es el tren donde viajaron los hombres muertos, nuestros recuerdos de ayer, porque los otros hombres murieron de pena, de hambre, de sed, o huyeron al monte. La multitud oye, mira, recibe a Totó, pero ella se esfuma y al final de la soledad cantada se repiten los aplausos. ¿Cuántas veces has oído estas palmas, mujer de turbante perseguido?. Ovaciones espontáneas talvez en alemán o inglés. ¿Cuántas veces has bailado esa cumbia, ese chandé, mujer cantaora, con tus pies desnudos?.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO en el que aparece “Chambacú, la historia la escribes tú”.

“Yo digo que cuando uno tiene realmente comunicación, cuando la establece persona a persona, artista a vidente, a espectador, en ese instante nace el diálogo y ahí empieza uno a hacer su trabajo y se olvida de todo y es como un temblor a extrovertirse y extrovertir a los demás, a mostrar lo que uno sabe, lo que uno tiene; uno se eleva, no oye ni ve caras, ni entiende, olvida todo lo demás. Casi siempre me sucede eso”.

 

   ¿Dónde has vivido esa experiencia con mayor intensidad?

    “En Estocolmo. Habíamos tenido muchos roces porque nos trataban mal los dirigentes de la delegación; usaban las palabras “negro e indio” como si fueran un insulto, pero en verdad eran como un desafío. Había que demostrar quiénes éramos y que nuestro trabajo es muy valioso, más que el de corbatín y el buen vestido y de los que aparentemente saben hablar bien. El otro diálogo es más importante, nuestro diálogo del conflor, como le digo yo, que lo entiende todo el mundo porque es la expresión de un pueblo, de nuestro pueblo”.

Oye tigre de Talaigua, aquí te traigo tu chandé, mi canto para tí, viejo amigo, cuadrúpedo rayado de uñas legendarias endurecidas por siglos de camino en la isla de Mompós, esta es la tradición de voz en voz,

Totó con amigos

Con su gente

la leyenda, tu cacería, la historia enseñada por Doña Ramona y otras cantaoras de Talaigua Viejo. Sí, este es, viejo tigre en extinción, tu baile cantao que le aprendí a las mujeres que lavan ropa arrodilladas, en el río Mayor, mientras pasa la enlodada historia de Colombia; ellas que fuman su tabaco al revés, comiéndose el placer, viejo tigre, muerden el humo y mastican el fuego. Oye tigre, oye… es el ritmo veloz de tus saltos, tu chandé, tu rugido. Viajan reina y tigre y con ellos los corazones en pos del piano de Dolores, en pos del bullerengue, arañando los palenques y al son de la tambora; canta Mi Caballito, Totó, por el caño de Altos del Rosario, enrumbados hacia la ceiba, al galope acuático por el Brazo de Loba, tumbé la ceiba mamá, tumbé la ceiba, tumbé tumbé la ceiba, María.

“En toda parte no vivieron los mismos indios. En el interior se dice ‘Costa Atlántica’ y quieren sacar un estereotipo de la cumbia. Pero resulta que la cumbia se toca con gaita, con millo, con acordeón y hay sitios de la costa donde no se baila cumbia, como en La Guajira y en algunas partes de Bolívar; en Altos del Rosario no se baila cumbia, en Magangué sí, pero en el Brazo de Loba existen lugares donde no bailan cumbias sino tamboras. Cuando uno está haciendo su trabajo del conflor tiene en cuenta estos ritmos y los va explicando, va diciendo a la gente el lugar de origen y la gente va sacando conclusiones, como que tenemos una riqueza musical enorme, que no es solamente el mapalé, ni el cerecesé, ni la cumbia. Son varias. Los bullerengues varían de acuerdo a las zonas y subzonas, a los movimientos que uno haga. Si me pongo a trabajar en Bolívar los mismos ritmos cantaos, son bullerengues en zonas de palenque y resulta que si me vengo para la isla, esos bullerengues cambian de nombre y se llaman chandé y si me voy para el Magdalena se llaman ‘pajarito’ y si me voy para Matamata (Santa Marta) se llaman ‘sambapalo'”.

 

   ¿Cuál has incursionado más?   

Totó y Ramona chandé en  Magangué
Totó y Ramona Ruiz, durante un chandé en Magangué. Foto de Ángel Galeano Higua.

“Los bailes cantaos, pero tengo contacto con los que hacen danza, porque los tamboleros que tocan los bailes cantaos tocan el bombo, la danza de los indios, la de las pilanderas. La danza está involucrada en los bailes cantaos. No se puede desprender.

Que no se puede sostener, que el negro se emborrachó, palo con él. Por el suelo anda caído, rodando como un ovillo, palo con él. El negro se emparrandó, doña María, tal como nos contó, allá, a la sombra del fogón cuando la leña ardía… Viene el ritmo de las palmas, La Totó a un lado de la elipse amarilla con su voz eterna; en el centro, bañado de luz, el tambolero remeda al borracho y se le cae el sombrero sabanero y se tropieza y todos se ríen y tiene hipo y se ven reflejados en él y la farsa termina con el eco del bombo; se abre paso Juana María y empieza otro ciclo imperecedero, la temperatura también trepa vertiginosa y agarra los cuerpos y estruja las frentes, las exprime, es el desbarajuste compae; otra descarga inmortal y… arrégleme el pantalón señora Juana María, mire que van a venir de mi pueblo tropical y todos los pies abandonan el piso y se encumbran en las sillas y esto se descompuso, que vengan de Santa Marta, que vengan para bailar en este cumpleaños de la Virgen, no importa que las sillas crujan, pero que vengan de Cartagena y pilá pilá pilandera, que esta si es la noche más buena; oye el ruidaje, parece que el teatro se desbarata, el techo se agrieta y chorrean porros, bullerengues y chandés; es la bulla costeña, es la histeria, los silbidos y los gritos compae, sí, avivada por una multicolor ráfaga de luces, Dios mío, esto es único, para el cumbión, ay pilá piláááá pilandera, esta es la noche más buena, no cabe duda, súbete al ambiente que el termómetro se rompe, es la temperatura de Mompox compae, La Totó es una vorágine, el tambor macho está extenuado, desfallece el tambor hembra, tremula agotado el bombo y La Totó va por el mundo, aterriza, vuelve y arrastra lo que encuentra, empieza el descenso, baja la temperatura, viene el reflujo mi viejo, ay ay, óyeme a mí, oye mi tambora cansá, oye el chasquido indígena legado, metido en este instrumento perpetuo, es el lamento, ay, le lo lé, le lo lá, quejido del pasado, gemido entrañable de las cajas inmortales y resonante garganta de La Momposina; es el vaivén endemoniado de su conflor, la contorsión acompasada y bella del cuerpo bello empujado por el ritmo bello; quirimbumba quirimbá, quirimbaba quirimbuá, negrita prende la vela, prende la vela negrita que la cumbiamba pide candela, préndela hoy como ayer, no la dejes apagar jamás, que sigan ondeando las polleras y los turbantes negrita, prende la vela, bravoooo, otroooo y plas plas plas, tu tren indomable maestro José Barros, es tu porro omnipresente, la risa histórica, el incansable tam tam a todo vapor, prende la vela compadre, que la negrita tiene candela.

“Mi inspiración está en que no sólo he aprendido estos bailes, sino que hago parte de ellos mismos.

    Cuando estoy en el escenario hago cuenta que estoy Totó con turbantecantando en las calles de Talaigua. Siempre lo he hecho así; desde pequeña, cuando mi mamá me lo enseñó, cuando me enseñó a cocinar con leña, hacer el fogón, hacer viuda, matar gallina, caminar con el pie pelado”.

 

   ¿Qué tal el ambiente para el folclor?   

“Esto del conflor nunca ha tenido ambiente favorable en determinados círculos, por la sencilla razón de que es producto del pueblo, es una riqueza de tradiciones y leyendas que el pueblo lleva metida en el alma. Yo llevo más de trece años dedicada por entero al conflor y hasta ahora se me empieza a reconocer. Colombia es un país muy rico, no sólo en conflor, tenemos cuatro climas y la gente posee talento, los campesinos y el pueblo saben que somos ricos pero no nos dejan ser ricos. Imagínese, por ejemplo, estas tierras tecnificadas. La técnica es muy importante. La gimnasia ayuda para la danza… Sin embargo la gente no puede conocer absolutamente todo, un erudito en música del interior no puede serlo al mismo tiempo en música de la Costa Atlántica; podrá haberla visto, conocerla y hasta 8bailarla, pero los campesinos son los que conocen en sus mínimos y máximos detalles el conflor. Yo soy alumna, en cambio Doña Ramona y Estefanía, de Talaigua y Cartagena, son eruditas”

 

   ¿Cuál es tu principal dificultad en el trabajo?

    “El dinero. Lo poco que ganamos lo invertimos de nuevo en cosas del grupo para mejorar el funcionamiento: papelería, transporte, ensayos, vestuario, instrumentos y, en mi trabajo de campo: grabaciones con los campesinos, trabajos de fotografías, cosas fundamentales para sustentarlo y diferenciarlo de la tergiversación que existe, por ejemplo en la televisión”.

 

   ¿Recibes alguna ayuda de Colcultura?

    Económicamente nunca. Lo máximo ha sido para transporte en uno u otro festival, que como en el de Tunja, le conviene que estemos. Siempre me ha tocado ir de escritorio en escritorio, solicitando apoyo. Fuimos a Estocolmo por circunstancias especiales y porque teníamos mérito para ello; estamos en el presupuesto nacional porque, después de una gira por Europa, quedamos debiendo un millón de pesos que yo dije que iba a pagar con canciones. Pero no fue por cuotas políticas, ni de izquierda ni de derecha, sino por nuestro trabajo. Yo no dependo de Colcultura, más bien ellos me han llamado a mí para hacer trabajos de investigación. Yo no he funcionado por el patrocinio de Colcultura. Imagínate eso!”.

 

   Finalmente, Totó, una pregunta que muchos de nuestros lectores se hacen, ¿cuál es tu compromiso político?

   “No tengo compromisos distintos del que me une con el pueblo. En el instante en que tenga compromisos políticos distintos no podremos hacer nuestro trabajo”

   _____

Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Magangué, Bolívar, Año 2, No.7  (Septiembre-Octubre de 1983).

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HACE 20 AÑOS

Por Monserrat Ordóñez

En el mes de las brujas nos reunimos en la Universidad Nacional de Colombia para pensar en el oficio de escribir, la tarea mágica que a tantas mujeres ha convertido en seres prohibidos. Este encuentro se ha planeado desde hace meses y varias veces hemos pospuesto la fecha por razones, supuestamente ajenas a mi voluntad. Creo, sin embargo, que yo también soy parte de las dilaciones. Mi resistencia a hablar del oficio de escribir con extraños disfraces y aplazamientos. Para una trabajadora exacta y sin tregua, como yo, estas huídas son transparentes: me resisto a la identidad impuesta de escritora y me resisto a mi propio discurso sobre la escritura. ¿Por qué no escribir, en lugar de hablar de lo poco (porque siempre es poco) escrito?

El oficio de escribir...

Es cierto, sin embargo, que esta identidad que se me adjudica no es gratuita, a pesar de que me doy cuenta de no tener una obra pública: coherente y clasificable según los criterios académicos, estéticos o editoriales. Me siento un camaleón de la palabra, que  cambia de color y tal vez no tiene uno propio. Pero aún así soy un animal consistente. Siempre he vivido con/de las palabras, como lectora, estudiante y profesora de idiomas y de literatura, editora, traductora, conferencista, periodista, crítica literaria, poeta. He comido de mi manejo de la lengua aunque los escritos que más me representan son los que sólo me han alimentado metafóricamente. Mi obsesión es irremediable e inútil, como la del camaleón, que sospecho se engaña a sí mismo más de lo que logra engañar al otro.

Si considero resbaladiza mi identidad de escritora, me identifico plenamente como lectora. Lectora traidora desde antes de ir al colegio y de saber leer, cuando me aprendía de memoria los cuentos que me leían y los repetía línea por línea,  señalando las palabras con el dedo índice como si tradujera signos. Luego, esa gracia infantil se convirtió en maldición, para mí y para todos los que me rodeaban, cuando devoraba colecciones completas y las palabras ajenas eran mi refugio, mis ecos, mis referencias secretas, sin verbalizaciones compartidas.  Leía sola y mi mundo se dilataba, desarticulado, lleno de esas telarañas que se apoyan en la vida y que no son la vida.

De las arrolladoras palabras creí aprender que todo está ya escrito y que solo hay que buscarlo para encontrarlo. Aún me persigue esta labor de exploración en la que me he pasado la vida. Reconstruirla es un peligroso trabajo de autoevaluación y de acribillamiento cuando años y décadas después amigos y estudiantes me recuerdan por los libros que yo leía, que en algún momento me obsesionaron y obligué a compartir como pesadillas, y ahora desearía olvidar. Pero el pasado también está hecho de letra caída, deslizada, coyuntural, y nadie se escapa de su historia. Compartir y divulgar es también el eje de la enseñanza de la literatura, esa transmisión que los obsesivos del libro hacemos en clase, entre amigos, entre editores, en los comentarios, que a veces escribimos. Queremos que otros lean lo que nos gusta, incluso tratamos de obligar a que les guste lo mismo. El placer de leer desencadena una serie de diálogos que incluye a muchas más personas, fuera de un autor y de un lector esquemáticos. Los mundos imaginarios de ambos están poblados de voces que entran en esa misma enorme y silenciosa conversación, que como un iceberg apenas muestra nos cristales. En las profundidades se producen los naufragios.

Si la lectura está en la raíz de todos los desastres, su producto es un monstruo mítico. Todas las decisiones vitales de un lector están supeditadas a su obsesión. De ahí salen periodistas, editores, profesores de lengua y literatura, coleccionistas de diccionarios, amistades con las que se puede leer y escribir pero nunca hablar, parejas hechas de libros y no de cuerpos. Cuando ese monstruo comienza a tragar y a vomitar, la lectura que comenzó como una traición termina en robo: todos los excesos están permitidos, no hay ética, no hay paz. El mundo se mide por palabras y se roba tiempo, ideas, cualquier cosa, para leer y escribir.

Si ese ser maldito, traidor y ladrón, es además una mujer, el desastre es total. Para leer y escribir hay que estar en contacto con el caos y con el cosmos, pero sólo se puede plasmar en soledad, con la libertad que da el candado por dentro de la puerta. Y si hay algo negado a la mujer es su soledad y su espacio. La mujer debe ser desprendida y estar siempre disponible. Por eso no escribe, sólo habla y usa sus palabras como imán. Siempre rodeada, lo regala todo, administra y promueve las escrituras ajenas. Revisa, corrige, arma plataformas para que otros despeguen, devuelve multiplicada la imagen del que se le acerca. Su oralidad la ahoga y obliga a que los que la rodean se conviertan en esponjas. Sabe que la vida es más que el lenguaje, ese esqueleto que apenas la sostiene, pero se delata, seduce, vende y compra afectos con palabras en trans/misión. Hasta que aprende, muchas veces tarde, a ser rinoceronte y escorpión y caracol para escribir. La defensa de su mínimo espacio ante la invasión se convierte en una pelea que la agota más que la misma escritura. Tiene que explorar nuevos sistemas de vida, porque se considera que la mujer no puede ser feliz escribiendo, no puede ser feliz si está sola, ni siquiera por unas horas, y porque escribir es un acto egoísta, que no se le permite a ese ser, supuestamente creado para la entrega indiscriminada. Y la desprendida no logra desprenderse. Paga con silencio su adaptación y su supervivencia.

Creo recordar ahora que estoy aquí para hablar de mí, de lo que escribo y como lo escribo. Y sigo resistiéndome, porque no quiero reemplazar la escritura con el discurso sobre la escritura. Porque sería demasiado fácil aplicarme mi propio discurso crítico, para inflarme y justificarme. Además, siempre repito que no hay que creerles a los escritores, sino a la escritura, así que de todas formas mi opinión sería inútil. Repito también que la escritura no se hace de café, de nubes, de espuma en la ducha o de descargas eléctricas, sino de escurridizas palabras, solas y planas. Y una vez combinadas y convertidas en objeto añadido al mundo, esas palabras son más inteligentes que sus presuntos autores y transmiten voces que ellos o ellas ni siquiera identifican.  Así, lo que yo pueda decir sobre mi escritura no deben creérmelo, porque yo no puedo saber bien qué hago. Lo sospecho, lo intento, escojo conscientemente, pero lo que escribo es parte de un tejido que yo no controlo. Como cuando cocino que, en la mitad de mis decisiones y combinaciones más creativas y supuestamente autónomas, me hielan y me calientan otros gestos repetidos y recuperados. Por otra parte, lo que escribo, cuando hago poesía y prosa poética, es muy distinto de lo que hago o lo que digo. Puedo hablar por horas con fluidez y sin embargo trato de escribir textos de piedra y de silencio, despojados, sin concesiones, en contra de la desmesura que siempre me ha rodeado. Hago lecturas críticas y las escribo, pero a menudo decido que estoy harta de pretensiones de originalidad y primeras personas, y decido dejar el espacio a las voces de los otros. Es decir, ser lectora y transmitir, impresas, compilaciones de mis lecturas. Traduzco, porque traducir es también compartir y es la más adecuada combinación de una buena lectura y una buena escritura. Escribo artículos sobre literatura, porque en los últimos años he encontrado un discurso crítico contemporáneo en donde me puedo hallar con alguna comodidad, un discurso de autodelación y de apertura que acoge mis obsesivas metáforas, que se opone a la omnipotencia y a la supuesta objetividad de la crítica de mi época de estudiante, un discurso en fin que se basa en una profunda conciencia de género (masculino/femenino) y de historia. Ahí ubico, o quisiera poder ubicar, mis trabajos sobre la revisión del canon literario o sobre la escritura de la mujer en América Latina y en Colombia.

Como Milena Jesenska, en oposición a Kafka, creo que dos horas de vida son muchísimo más que dos páginas escritas. Pero escribo porque lo que quiero decir no aprendí a transmitirlo con la danza, ni con el silencio, ni con el gesto, ni siquiera con el amor, y si no lo escribo lo olvidaré y sin memoria me quedaré sin vida, sin esa única vida de azar en contra del azahar, tan vulnerable, tan prescindible. Las palabras me persiguen y aunque sé que no son mías, que no hay discursos propios sino apropiados, que yo no soy la única con acceso a esas combinaciones precisas, si no las escucho me ahogan, me acorralan, me lapidan, y sólo vuelvo a reconocer mi cuerpo si logro despojarme de mis palabras y de mis pieles viejas y, desollada, vuelvo a empezar.

Creo, también, que para mí escribir es una batalla contra la injusticia y contra el caos, contra los silencios impuestos, contra las continuas agresiones que recibimos las mujeres, aunque yo casi pertenezca (me suena irónico después de mi errática escritura de toda la vida) el grupo de las privilegiadas. A veces me han dicho que hay tortura en mi poesía. En verdad, no podría escribir desde las rosas, los jazmines, las auroras y el amor, aunque los conozca, sí he vivido entre el dolor y la violencia. Por otra parte, no creo mucho en una escritura sólo de paz y celebración, sin tensiones ni contradicciones. Escribir no es fácil, porque para llegar hasta la página hay que vencer nuevas barreras cada día, porque es un oficio que se practica sin fin, una carrera sin meta. No es una actividad natural, a la que el cuerpo se entregue como al agua, al sol, al sueño, a la comida o al amor. Es una decisión, a veces demencial. Un tiempo sin reloj, papeleras que se llenan, libros que caminan, caras alucinadas. Escribir no es libertad porque la persona que escribe vive torturada en un espacio de espejos o de aristas, entre lo ya escrito, lo que escribe, lo que quiere escribir, lo que nunca escribirá. No es permanencia, porque su escritura es ajena y no le evitará los desgarros de sus muertes. Es una extraña forma de vivir, una mediación despellejada, que reemplaza mucha vida pero no la oculta ni la ignora.

Y sin embargo, la persona que quiere escribir y no lo hace, vive y muere condenada. Hablar de la escritura y del oficio de escribir es suicida. Los que hoy aquí queremos seguir viviendo con palabras, debemos ahora, ya, irnos a nuestro posible o imposible rincón y escribir, escribir para poder morir en paz.

NOTA: No estoy muy segura, pero creo que en lo que digo reconozco filtraciones de Virginia Woolf, de Jorge Luis Borges, de Joanna Russ, de Tillie Olsen, de Milena Jesenska, de Mijael Bajtin, de Roland Barthes, de Joan Miró, de Clarice Lispector, de Rosario Castellanos, de Rosario Ferré, de Marjorie Agosín. Hay también alusiones a algunos de mis trabajos, como los poemas de Ekdysis, la compilación La vorágine: Textos críticos, mis artículos sobre escritoras latinoamericanas, sobre Elisa Mújica, Luisa Valenzuela, Cristina Peri Rossi. Asímismo, aún forman parte de mi propia reflexión sobre la lectura y la escritura mis trabajos sobre Memorias póstumas de Blas Cubas y Don Casimiro de Machado de Asís, La Vorágine, de José Eustasio Rivera y Boquitas saladas de Manuel Puig

El Pequeño Periódico No. 34

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Por Ángel Galeano Higua

El silencioso escudriñaje de la Historia Nacional, asumida desde “la provincia”, ha comenzado a dar sus frutos. Un joven investigador del Litoral Atlántico, en este caso desde la “Ciudad blanca” de Mompox,

Bogas en el Magdalena

Valdría la pena retomar algunas de las más hondas actitudes vitales de los bogas, como su relación armónica con la naturaleza, su alegría de vivir y la sublimación del esfuerzo.

nos entrega sus primeras noventa páginas sobre las centenarias relaciones entre negros e indios, en un incansable bucear en las fuentes de archivo y en los cronistas. “El resultado viene a llenar un vacío en la construcción de la historia regional y nacional”, como muy bien lo ha dicho Orlando Fals Borda.

Cada libro tiene su historia y éste, del profesor Peñas, se remonta a los primeros balbuceos publicados en un pequeño periódico del Sur de Bolívar, desde hace casi siete años, cuando perseguía a Candelario Obeso cuya labor, a la postre, ha desembocado en la creación de la Fundación que lleva el nombre del primer poeta negro de América, de la cual el profesor Peñas es su presidente. Luego saltó al mundo de los bogas y fue descubriendo en múltiples fuentes, desde Carmen Borrego Plá, hasta Nina Friedmann, pasando por Orlando Fals Borda, Manuel Zapata Olivella, Aníbal Noguera y Amir Smith Córdoba, entre otros, descubriendo decíamos, los recovecos de esta relación negro-indio. Paralelo a ese esculque, el profesor Peñas fue liberando oralmente, en tertulias y reuniones, adelantos de sus indagaciones, hasta armar el rompecabezas en 17 capítulos, considerados por él como un “esbozo general”, dejando entrever que tiene entre manos un trabajo de mayor envergadura. El libro viene antecedido, pues, de un arduo trajín, sin apoyo, como sucede a la mayoría de los investigadores en Colombia. Untado de provincia y adobado con las palabras de los pobladores de las riberas del Gran Río.

 Los bogas de Mompox, es una apretada síntesis que nos hace recordar la enseña de José Martí: “El arte de escribir es reducir”, con la ventaja de tener un estilo ameno que facilita su lectura.

Los negros clasificados fueron desplazando a los indios en la boga. Esta esclavitud planteó una nueva relación económica. Los negros carecían de mujeres y las indias “estaban hastiadas de los fríos indios”

Después de descubrir el Gran Río, los españoles lo bautizaron “en lengua española, por supuesto, de labios del notario sevillano Rodrigo de Bastidas”. Al respecto, el profesor Peñas hace un recuento de la fundación de Mompox, señalando el año 1540, pero sin detenerse en día y mes, respetuoso de una discusión pendiente. Luego nos recuerda que en 1541, los indígenas de Mompox fueron repartidos por Pedro de Heredia en 24 encomiendas, con una “tasación de tributo” muy elevada. “Hasta 500 pesos oro en Taligua”, que los indígenas debían cancelar en frutos de la tierra, pero no en trabajo personal. Los encomenderos hicieron caso omiso de esta prohibición. No sólo los pusieron a fabricar conservas de manatí y casabe, sino que los obligaron a construir canoas y a transportar productos por el río, dando origen a la boga del Magdalena, no contemplada expresamente en las prohibiciones de Heredia.

El abuso impune creció utilizando el permiso de “cargar a los indígenas con maíz y otras cosas para llevarlos por río o por tierra”. La reacción reventó en 1542 y el estado de revuelta impidió la comunicación por el río. Hizo su aparición el contrabando y Mompox se convirtió en la capital del tráfico ilícito. Al respecto es conveniente recordar el primer libro del profesor Peñas, La independencia y la mafia colonial.

Desde Mompox los encomenderos empezaron a tejer una extensa red de colaboradores corruptos, desde funcionarios de poca monta, hasta visitadores, tenientes y gobernadores. La situación estratégica de Mompox era de tal importancia que desde allí se controlaba, de manera casi absoluta, el tránsito de mercancías desde el interior del país y viceversa. Por eso, se prefirió cobrar el tributo a los indígenas en forma de boga. Todos los intentos de la Corona por defender a los nativos no pasaron de ser letra muerta.

Martín Camacho, visitador de la Corona, envió una carta a Su Majestad, en la cual dice que “en el trabajo de la boga se mueren los indígenas como moscas”. Entre 1560 y 1570 disminuyó el número de indios en Cartagena y Tolú, pero en cambió aumentó en Mompox, porque los encomenderos transportistas los llevaron allí para la boga. Vendría entonces una “sugerencia” del propio visitador real, para que los encomenderos utilizaran la mano de obra negra, aupada por el descubrimiento casi simultáneo de ricas minas de oro en Antioquia.

En el mundo irrumpen por entonces, los portugueses como especialistas en el comercio de los africanos. El profesor Peñas hace la diferencia entre los negros que llegan, citando al padre Claver: los biáfaras, popós, lucumíes, ardas o araráes… El traslado de estos esclavos suponía grandes riesgos, como por ejemplo, de un viaje de 4520 esclavos que embarcaban, al Nuevo Mundo llegaban vivos 3500, por los cuales se debían pagar derechos de ingreso; pero los contrabandistas hacían su oficio y los introducían por sus ocultas vías. El tráfico ilegal se instituyó, se hizo necesario y consolidó los lazos del delito compartido.

Así, Mompox se perfiló como eje del comercio y como convergencia de razas y culturas. La cercanía del oro antioqueño originó la famosa orfebrería momposina. Los negros clasificados fueron desplazando a los indios en la boga. Esta esclavitud planteó una nueva relación económica. Los negros carecían de mujeres y las indias “estaban hastiadas de los fríos indios”. Se da la unión de estas dos razas originando el zambaje. El profesor Peñas es explícito en señalar que este zambaje convenía a todos y que era lógico que sucediera. La soledad de los negros les hacía buscar compañía. Al respecto, algunos consideraban la zoofilia como rezago de las necesidades sexuales de los negros. Pero al que más convenía el zambaje era al blanco, por cuanto obtenía mano de obra libre para la boga, porque el hijo de india y negro nacía libre. La Corona, de espaldas a la realidad, prohibía expresamente esta mezcla y, nuevamente, las leyes quedaban en el papel.

Iglesia de Santa Bárbara, Mompox. Dibujo de un niño momposino. Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga

El fenómeno del zambaje surge “sin parangones” en la historia de la Nueva Granada. Humboldt lo corroboró en su Diario de viaje: “En ningún lugar del mundo americano hay tantos zambos como aquí”.

Este es el andamiaje, en pocas palabras, sobre el cual surgió el zambaje. Los restantes diez capítulos del libro son dedicados por el profesor Peñas a la descripción de “ese ser contradictorio” que es el boga. En irónicas y ágiles páginas, se realiza un viaje en champán por el Magdalena del cual, quizás, no haya retorno. Son meses y meses remando. Los viajeros dejan su testamento escrito por si no regresan. El recorrido sucede bajo la tortura permanente de plagas de mosquitos, que unidas al calor arrancan blasfemias e insultos a los bogas que partieron tarde y enguayabados, razón por la cual pierden el equilibrio y caen al agua en medio de maldiciones. Los bogas van sudorosos, desnudos, supersticiosos, esbeltos, marcando con un nuevo jadeo la columna vertebral de la comunicación fluvial. Noguera, citado por Peñas, dice que “De los bíceps y del ánimo de los bogas dependió en parte, la vida política y económica de la Colonia y de los primeros treinta años del régimen republicano…”.

El profesor Peñas culmina su obra con el capítulo titulado “Aprender de los bogas”, en el cual remarca que “Candelario Obeso, el poeta momposino, fue quien logró recoger con mayor fidelidad el espíritu de los bogas, sin desconocer que en algunas de sus composiciones pudo pesar más la nostalgia lacrimosa del romanticismo tardío en que le correspondió vivir…”

“Valdría la pena, puntualiza Peñas, retomar algunas de las más hondas actitudes vitales de los bogas, como su relación armónica con la naturaleza, su alegría de vivir y la sublimación del esfuerzo”.

Este libro producido en silencio, es apenas un esbozo, como advierte Peñas, con esa heredada terquedad de los remeros del Magdalena, dejando entrever futuros trabajos contra el olvido.

 EL PEQUEÑO PERIÓDICO,  No. 87, Medellín

 Este ensayo fue publicado en el BOLETÍN DE ANTROPOLOGÍA de la Universidad de Antioquia, Estudios sobre comunidades negras en 1990. Fue publicado simultáneamente en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 35 de marzo de 1990. Incluido en el libro Navegantes de la utopía, de Ángel Galeano H. Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Al comienzo muy pocos nos siguieron; los animaba la curiosidad. Íbamos por las casas, los almacenes de la Albarrada, pero en especial tocábamos la puerta de los afiliados a la Fundación.

María Elena, Alfredo, Lucía, Miguel, William… yo, preparando la fiesta.

Nos miraban incrédulos, como a soñadores impenitentes. “Muy bueno lo que quieren hacer, pero aquí eso no resulta”, nos decían algunos, pero otros nos apoyaron sin vacilación… Don Gustavo, un galón de vinilo blanco; el señor Casier, uno amarillo: Juan, otro blanco; crédito por uno azul donde Cortés; un pincel donado, esta brocha les puede servir…¿Cuánto vale la inscripción?… Y así, la cosa resultó. Luego, el refuerzo del maestro Dalmiro Lora de Cartagena: “Les envío este grabado como colaboración para que recojan fondos”. Y aquí llegó días antes que él un bello grabado: “Pluma en la ráfaga”. (más…)

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Nacida en Magangué hace 21 años, Lucía Estela Quintero es una de las jóvenes que conforman EL PEQUEÑO PERIÓDICO, al cual ingresó en 1983. Sus poemas y crónicas periodísticas publicados en nuestras páginas pertenecen ya al patrimonio cultural de éste y en ellos se vislumbra sensibilidad y talento, marcados con el sello de la persistencia y la disciplina. La siguiente es una entrevista que le hizo Miguel Romero B., con motivo del premio nacional de cuento “Prensa Nueva” de Ibagué obtenido por ella con e cuento Un chico llamado MC. (más…)

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