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Archive for the ‘Editoriales’ Category

Expedición Palabra

Editorial

Leemos y escribimos para buscarnos, porque no nos hallamos en la sociedad de hoy. Vamos al cine o al teatro, recreamos la mirada en las exposiciones o viajamos en la música. Nos buscamos a través del Arte que incluye también la palabra.
No nos vemos en la ciudad por más que la trasegamos. Y la recorremos justo para ello, esculcamos cuanto vericueto vemos pero son enormes las presiones desde todos los ángulos contra la individualidad. La intimidad, resguardo del individuo, se ha tornado en espectáculo, en mercancía. Lo importante son las minucias intrascendentes y frívolas, y no la obra que se lega. Si no hay obra tenemos que inventarla.
La masificación es avasalladora y no nos conecta con los demás sino en lo previsto por esos centros de poder. La masificación es domesticación, que no se corresponde con esa búsqueda de aire propio que pretendemos en las jornadas de lectura y escritura. Vivir la propia vida es sospechoso, mal visto, peligroso como dice Guimaraes, en algún lugar de su gran sertón. Quizás sea esta la razón que nos impele a publicar esta nueva edición del periódico.
Después de una pausa de cinco años y animados por la efervescencia creciente de contar lo que vemos e imaginamos, y aprovechando que el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo cumple sus primeros 10 años, henos aquí de nuevo en la palestra impresa. Nos ha sorprendido la gran acogida de nuestros lectores y amigos, cuando les anunciamos el propósito de retomar el hilo de esta aventura llamada EL PEQUEÑO PERIÓDICO.
Durante el lustro que ya pasó, nuestra presencia fue virtual y mantuvimos comunicación constante con cientos de lectores. Ahora, como se nos ha hecho imposible continuar así, retornamos a la palabra impresa en el papel, olorosa a tinta y esfuerzos, jubilosa y a la vez contundente, no efímera como en la pantalla, ni tan distante e impersonal.
Se trata de un ejercicio para responder a la avalancha de escritos y proyectos atesorados en el Grupo Literario, semillero y baluarte del periódico. Sentimos que llegó el momento de compartirlos. Y así como hemos escrito en las redes sociales sobre diversos asuntos culturales y sociales, y entregado nuevos libros de cuentos, crónicas y relatos, así mismo entregamos en esta ocasión la Edición 102, jalonada por ese espíritu de expedición hacia la palabra recogida en este riesgoso oficio que es vivir.

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Desde el martes 13 de junio de 2017, se halla en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, el Archivo General de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, que comprende el periodo entre 1982 hasta 2014. El encargado de recibirlo fue Carlos Uribe, de la sección de valoración patrimonial. Con tal motivo recordamos la siguiente nota editorial.

Portada No 1Vuelta al puerto de la memoria

“Aquella cabeza que creaba, que vivía de la vida superior del arte, que reconocía y se había habituado a las exigencias sublimes del espíritu, esa cabeza fue arrancada de mis hombros. Quedaron la memoria y las imágenes que yo he creado pero que aún no he materializado… Sin embargo se ha conservado el corazón y la misma carne y la misma sangre que puede amar y sufrir y desear y recordar como antes”.

Dostoieski acababa de vivir su muerte y al mismo tiempo su renacimiento. Condenado a la pena capital por haber leído en público una carta crítica sobre las injusticias del zarismo, tras la farsa de la ejecución, llegó el indulto del zar. Doble tortura. Entonces vertió en una carta a su hermano Mijail la experiencia de la muerte. Hoy, 160 años después, al volver a leerla nos asombra que el novelista ruso hable de la memoria en el corazón, en la carne y en la misma sangre. Esta forma de conocimiento fue justamente lo que le permitió superar aquella experiencia límite y convertirse en uno de los escritores más profundos.

¿Para qué le sirve la memoria histórica al país?, le preguntaron hace poco a Gonzalo Sánchez, Director del Grupo de Memoria Histórica. Su respuesta permite arar en la espera de la que hablamos: “Colombia es un país de millones de víctimas. La memoria es una forma de reconocerlas… es, si se quiere, también una forma de justicia, si bien no sustituye a los procesos judiciales. Pero, por sobre todo, la memoria es una plataforma desde la cual se formulan reclamos de diverso orden. La memoria es hoy en Colombia una forma de inclusión y de participación”. (El Espectador, Nov. 2011)

Sí, inclusiva y activa, un tesoro que debemos cuidar como a la vida misma. Como al planeta que también tiene memoria. Nadie es dueño de los recuerdos de otro. Sólo los déspotas y dictadores sueñan con ello, como dice Kundera: “Para liquidar a las naciones lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les inventa una historia. Entonces la nación comienza lentamente a olvidar lo que es y lo que ha sido. Y el mundo circundante olvida mucho antes…”.

Pero los colombianos no estamos dispuestos a desperdiciar los sueños de un merecido futuro construido sobre las tumbas de nuestros muertos, que siguen vivos por siempre, porque al recordar su ejemplo fluye su memoria en nuestra sangre, que puede amar y sufrir y desear y recordar, como en la experiencia del condenado a muerte. Sólo que en nuestro caso nos corresponde indultarnos a nosotros mismos.

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El Pequeño Periódico, Editorial 95. Medellín, 2011

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Editorial

La ñapa

Edición 101 - Ya está en circulación

Edición 101 – Ya está en circulación

Nos despedimos hace un año, pero como no hay “muerto” perfecto ni despedida final, aquí estamos con esta ñapa. A algunos les parecerá que hablamos desde ultratumba y se llevarán una sorpresa al vernos recorriendo los pasos, pero sonreirán ante el inesperado vendaje, como se le dice en Bogotá a la ñapa.

Si el “muerto” no queda bien enterrado reaparecerá, es lo que suele cuchichearse en los velorios. Esto es lo que ha sucedido con EL PEQUEÑO PERIÓDICO, se quedaron algunas cosas guardadas y decidimos sacarlas y entregárselas a nuestros lectores.
El rol de cadáver cultural tiene sus ventajas. Esa ficción nos permite atravesar las más gruesas superficies sin que nos pillen, escuchar los más leves suspiros sin que nos detecten, observar las minúsculas partículas de la existencia sin que nos perciban. Ser testigos del cotidiano tránsito del ciudadano común y corriente, sin estorbarlo. Y podemos leer las noticias de muchas cosas que los más “vivos” hacen creyéndonos muertos.

¿O será que todos estamos muertos y nos narramos a nosotros mismos el libreto de nuestras vidas, como decía Héctor Rojas Herazo?

Sea como fuere aquí estamos, con el morral lleno de palabras e imágenes. Queremos vaciarnos de ellas, entregar la conversación que sostuvimos con Alberto Salcedo Ramos y Reinaldo Spitaletta y que nuestros lectores sabrán valorar. Compartir noticias de libros, porque el tema mayor de esta ñapa tiene que ver con los libros, “esas extensiones de la imaginación”, como nos enseñó Borges. Libros que nos hablan del traído decembrino, de personajes que suben y bajan de los buses, de testigos urbanos, de signos de ciudad. Libros ya nacidos, vigorosos, que tendrán larga vida porque han sido creados con el furor de la creación literaria. Libros en ciernes que nos contarán del triunfo del tiempo sobre el olvido, como en la ciudad de Mompox que parece un sueño flotante sobre el Magdalena. Libros vivientes que respiran como joyas de nuestra Historia y aguardan a los poetas e historiadores, verbi gracia Sonsón, ese faro del oriente antioqueño. Libros que llevan una década abriéndose camino con su historia de patria herida, como en El río fue testigo cuya vigencia adquiere mayores bríos en la actualidad.

Libros y más libros, vida y más vida. El cariño que se ha granjeado Perfil de Mujer, ese mosaico de universos femeninos sublimados e invictos.

Esta edición 101 es una ñapa, pero los libros no lo son. Ellos significan un nacimiento continuo. No mueren. Cada vez que un lector los abre y posa sus ojos en sus páginas adquieren más vida. No van de encime.

Y la poesía que ringletea en estas páginas, que alborozan la ñapa y la eternizan, poesía en palabras y en pinturas, en fotografías, en silencios y pausas.

¿Cómo no resucitar por un momento? ¿Cómo no recorrer los pasos para embriagarnos de belleza y vida? Vale la pena morir para que todos se enteren de que vivimos. Y aquí estamos. Ni ustedes ni nosotros dudamos de que la vida es una especie de magia, donde la frontera entre realidad y ficción es un maravilloso embuste.

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elpeperiodico@gmail.com

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Editorial

Nuestra última carta

Ángel Galeano H.

Portada de la Edición 100 de EL PEQUEÑO PERIODICO, con la cual el periódico clausura sus páginas.

Portada de la Edición 100 de EL PEQUEÑO PERIODICO, con la cual el periódico clausura sus páginas.

Así como a Tarkovski o a Héctor Rojas Herazo les es imposible separar su infancia de toda su creación artística, así mismo en EL PEQUEÑO PERIÓDICO no podemos olvidar el origen, justo ahora cuando el camino se abre hasta el infinito. Es decir, justo ahora que clausuramos sus páginas.

Al darle vida a esta última edición nos hicimos una pregunta: ¿Para qué hicimos lo que hicimos durante 30 años? La respuesta está ahí mismo, en el origen: Para ser, para existir. No nacimos para competir con nadie, ni contra nadie. Ni fuimos fruto de un frío cálculo. Los factores que entraron en resonancia para que EL PEQUEÑO PERIÓDICO tuviera vida fueron varios y diversos. Una cita con el azar, como la vida misma.

Y no fue sino que sintiéramos la necesidad de contarles a los amigos, a la familia, cómo era el lugar a donde nos habíamos trasladado siguiendo el lancetazo de un sueño. Al comienzo escribíamos cartas, muchas cartas, pero pronto nos vimos escribiendo una sola para todos y esa carta adoptó la forma de un periódico. De un pequeño periódico que, de paso, les contaba también a los pobladores de ese lugar lo que descubríamos en ellos, en el río, en los amaneceres rojos y en la larga hilera de garzas que rayaban el cielo azul de Magangué.

Aprendimos muchas cosas que marcaron el camino de estas tres décadas y fuimos fieles a esa marca, hasta este instante en que escribimos esta última nota editorial. Aprendimos, por ejemplo, a levantarnos después de un revés, sacudirnos el polvo del camino y continuar. Fuimos captando la inmensa riqueza expresiva de nuestro pueblo, tomamos nota y luego nos entregamos a la extenuante batalla con las palabras para intentar contarlo. Abiertos de cuerpo y alma: a los olores y sabores, las celebraciones y las ausencias, los rituales funerarios y las fiestas de corraleja y de cosechas. La presencia continua, rumorosa y enigmática del río Magdalena, convertido en nuestra monumental cloaca nacional.

Hasta cuando la brutalidad de unos pocos que adoran el dinero y las armas, y el fetiche impositivo de un dogma, nos obligó a tornar a Medellín. Pero en el fondo nada modificó el alma del periódico. Siguió su esencial impulso epistolar de otrora y hasta adoptó la invicta forma de los libros.

Los momentos rutilantes de este periplo están signados por personajes de gigantesca talla. Francisco Mosquera Sánchez, Totó La Momposina, Pedro Nel Gómez, Rodrigo Arenas Betancur, Héctor Rojas Herazo, Jorge García Usta, Gabriel García Márquez, Débora Arango, Manuel Mejía Vallejo, Mario Escobar Velásquez…. Y la lista se enardece con vida propia y se puebla de seres maravillosos y anónimos.

El movimiento de ideas fue oleaje vivificante. Para enumerar los atrevimientos que agitaron nuestras páginas harían falta otros cien números. Pero citemos algunos: La verdadera patria es la infancia. Al mundo no lo salvan las armas. El arte es el único agregado a la naturaleza que perdura contra la estupidez humana. El Sida sí tiene cura. El diámetro de la tierra no alcanza para contener un muerto. Toma la palabra. La diferencia de género está en la mente. La muerte no existe. Perfil de Mujer, Cuando el río suena. La tierra sigue temblando. La última página. La eterna primavera se calentó…

Esta es nuestra última carta para los amigos de cerca y de lejos. Para la familia dispersa. Para nuestros hijos. Para los lectores anónimos. Para nosotros mismos. Cuando queramos podemos volver a leerla. Aquí queda, a la vista de todos. No se destiñe. Es inmortal.

Publicado en la Edición 100 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, última edición impresa. La imagen corresponde a la obra del artista Luis Berrío, Viajero del río de la vida.

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Editorial No.99

Resistir con dignidad

Edición 99 - Ya está en circulación

Edición 99 – Ya está en circulación

Resistir, resistir y resistir. No hay más remedio. El despliegue de los poderosos para masificar, apabullar autonomías, inundar el planeta de frivolidades y obscurantismo es tan brutal que sólo podemos echar mano de nuestra fuerza interior, nuestro espíritu, nuestra imaginación y dignidad. El deterioro del planeta va en relación directa con la degradación del ser humano, producto de la desmesurada ambición de riqueza y poder. Ningún dios, ningún héroe, ninguna cultura merece consideración en el mundo actual sino en relación con las ganancias. Para ello todas las guerras son válidas, todas las ignominias son llevadas por los grandes medios al formato de espectáculo, barrenando los cimientos de la cultura hasta convertirla en una mercancía más.

Ante semejante perversión no tenemos más camino que refugiarnos en lo único que no podrán usurparnos: nuestros sueños, nuestra imaginación con su poderosísima fuerza creadora. Resguardarnos en el Arte como amplificador de la vida, dar rienda suelta a los atrevimientos creativos en las bellas artes, inventar, innovar, explorar. El sólo hecho de auscultar nuevas posibilidades de expresión mediante la palabra, el color, la música o cualquiera de las artes, nos estimula a concentrar nuestra atención en lo pródigo de la existencia, más allá de toda ganancia efímera o figuración baladí, de todo drama o conflicto entre facciones obnubiladas por el deseo de dominio.

Pero resistir implica desplegar fuerza de voluntad, valor, talento y desprendimiento. Ahora que nos aprestamos a concluir el periplo de seis lustros y detener nuestra publicación impresa en la Edición No. 100, al esculcar las alforjas de nuestra propia historia descubrimos que la voluntad con que sostuvimos el periódico raya en los límites de la terquedad, esa necesidad de ser necios, como decían los Gaiteros de San Jacinto. Como no teníamos ningún afán competitivo, el tiempo fue nuestro aliado y pudimos darnos el lujo de aprender con calma. Rumiar cada texto, moldear cada página, repasar cada edición, sin muchos recursos pero motivados por un inmenso deseo de aprender a contar historias.

En esa búsqueda de historias comprendimos muchas cosas, como que la frontera entre el llamado periodismo y la literatura es cada vez más borrosa. Al aventuramos a mezclar los “géneros” entendimos que los encasillamientos preestablecidos son un freno a la creatividad y a ellos nos debemos resistir con conocimiento de causa. Urge soltar amarras y dejar que la barca del aprendizaje surque los mares de lo inesperado, de lo desconocido.

Como todo acto responsable, resistir tiene sus riesgos de los cuales el menos aconsejable es el desespero. La paciencia es una virtud que se puede lograr con el paso del tiempo, cultivarla permite al menos llegar, tal como hemos llegado al centenar de ediciones del periódico. Al ver la vista atrás nos parece increíble que haya pasado tanto tiempo y que hayamos podido publicar tantos periódicos. ¿A qué horas sucedió? Al comenzar parecía imposible trepar aquella empinada montaña. Hoy, todo parece haber transcurrido en un chasquido de los dedos.

El todo es iniciar sin prejuicios, lo demás irá llegando como premio a la resistencia. Entonces podrá darse otro lujo: detenerse para ganar impulso en otros sueños.

Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 99 edición impresa, en circulación.

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Buscar lo esencial

¿Qué es lo esencial de la vida? Algunos dicen que la muerte. La dignidad, reclaman otros. ¿Y dónde queda la libertad? Ah, sí, la libertad: sublime sueño. Pero no faltará quien piense en el respeto, sin respeto es imposible vivir civilizadamente. ¿Y qué me dicen de la comunicación? El mundo sin comunicación es una caricatura.

Buscar lo esencial

Edición 97

Así seguirá la cadena de interrogantes, pues habrá que tener en cuenta lo esencial que es la salud para poder vivir. Y el amor que todo lo puede. Y el conocimiento. ¿Has pensado en un mundo sin conocimiento? ¿Dijiste el amor? A nombre del amor se han hecho mil brutalidades. Lo mismo que a nombre de Dios: guerras, censuras, crímenes, inquisiciones… Dejemos al amor y a Dios quietos, son ideas muy subjetivas y nunca nos pondremos de acuerdo. Aunque no es necesario estar de acuerdo, ¿para qué? Lo esencial podría ser la diversidad de pensamiento. Me parece que por ahí es. El saber es vida. No, discúlpame, estás equivocado: el agua es vida. Y no sólo dependemos del agua, sino del sol, su luz y su calor son esenciales para la vida.

La ronda adquiere fuerza. Lo esencial de la vida es la filosofía. No hay que confundirla con el conocimiento. Tonterías, el ser humano no puede vivir solo, necesita compañía. Llámese familia, matrimonio, sociedad, amigos. El hombre es gregario por naturaleza. Se pueden decir muchas cosas, sin embargo, nadie podrá negar que el Arte es esencial para la humanidad. Sí, pero no para todos los seres vivos. Pasan los imperios, quedan las ruinas y sobre las ruinas se yergue invencible el arte legado por los creadores de todas las épocas. De acuerdo, pero estamos hablando de la vida en general, no sólo de los seres humanos. ¿Te imaginas a un perro o a un caballo haciendo arte? No, hay que pensar en lo esencial de la vida tanto para los seres humanos, como para los animales y las plantas.

De esta forma la pregunta inicial se torna bastante compleja. Para ello sería clave ir al origen de la vida, de dónde proviene la vida. En este punto llegamos a un nudo ciego, a pesar de los intentos de la mente humana por plantearse una teoría que permita tener algo de qué asirse en su origen. Una cosa es el origen de la vida, otra el origen del ser humano. Me parece que este razonamiento no nos llevará a ninguna parte. Lo esencial tendrá que quedar así, apenas planteado. Ojalá pudiéramos abrir una gran conversación con nuestros lectores sobre este tema.

En Colombia hay muchos temas que se consideran esenciales, la paz es uno de ellos. El analfabetismo, es otro. El hambre, aunque usted no lo crea hay miles de colombianos con hambre y muchos mueren por esa causa. ¿Me va a decir que el empleo no es esencial? No hay nada más triste, deprimente, injusto y aberrante que no tener empleo, empleo digno. Te sientes inútil, como si no sirvieras para nada, pero sabes que tienes capacidades, aptitudes para un trabajo honrado. ¿Qué pasa? Diríamos que algo esencial para nuestro país es la organización, la maximización de recursos. Un Estado que conozca las riquezas de nuestro país y las administre en beneficio común. ¿Cuándo lo veremos? No hay una hoja de un árbol que no se mueva sin que los grandes monopolios no lo sepan y le saquen ventaja.

Nos metimos en un tema difícil, el político. Echemos mano de lo que los griegos consideraban política, decían que era el arte de hacer felices a los pueblos. Ah, la felicidad, un tema de toda la vida. Ligado al amor, a la verdad. ¿La verdad?… Mejor sigamos indagando. Lo esencial quizás sea eso, indagar, preguntarse, explorar. Al menos nos permitirá dudar, investigar, tener la mente en continuo ejercicio, que es esencial para no terminar embrutecidos por la alienación de la masificación.

¿Sabes?, podríamos cerrar el abanico y pensar en un tema crucial como la educación. Hannah Arend tiene razón cuando dice que la esencia de la educación es la natalidad, el hecho de que constantemente nacen seres humanos. “Por eso lo que está en juego en la educación es nuestro modo de recibir a los nuevos”. Eso dice. ¿No te parece esencial?

El Pequeño Periódico No. 97, edición impresa ya está en circulación.
Ilustración recuadro superior, Huellas, Estefanía Montoya Echeverri

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Más que un acto de fe

En cierta oportunidad el escritor Pedro Gómez Valderrama se dio a la tarea de formar una antología bajo el nombre de Colombia es una tierra de leones (tomado de un soneto de Rubén Darío), con textos de autores extranjeros en los cuales había alguna referencia a nuestro país, a alguna de nuestras ciudades, personas, mitos, particularidades. Sorprende vernos en la pluma de Dostoiewsky, Joseph Conrad, Ortega y Gasset, Borges, John Dos Pasos, Alejo Carpentier, entre otros.

Portada Edición 96

Portada Edición 96

Pero lo que hoy nos mueve a pensar de este ejercicio del autor de La otra raya del tigre, supera el deseo de vernos reflejados en los espejos ficcionados de semejantes autores. Haciendo a un lado el desconocimiento que algunos muestran de nuestro país, resaltemos la forma como Borges nos recoge en su cuento Ulrica: “¿Qué es ser colombiano? No sé… Es un acto de fe”.

¿Será entonces eso lo que nos mantiene todavía ilusionados con un país civilizado? Borges nos retrató con sus palabras en 1975. ¿Cuánta fe tuvieron nuestros padres para no haberse dejado apabullar por la desesperanza? Es inmedible, pero debió ser muy grande porque todavía nos queda algo. El asunto hay que mirarlo también desde otro borde: fe es creer en lo que no vemos. Ante los síntomas de que esta fe se desgasta, quienes han manejado el país por tanto tiempo han echado mano de los más variados subterfugios, espejismos bien lustrados para hacernos creer lo que no vemos. Lo que no aparece. Lo que está lejos de hacerse realidad.

El espejismo de estar bien informados: nos inundan, nos bombardean con mensajes que no podemos digerir y con los cuales pretenden convencernos de que lo mejor es disfrazar nuestras emociones y sentimientos, y cambiarlos por imágenes preestablecidas. Espejismo de democracia: la mayoría de los colombianos en condiciones de hacerlo, no participan en la elección de sus mandatarios. Espejismo de ciudades incluyentes: cuando el cemento y los carros desplazan a los ciudadanos hacia la periferia. Espejismo de cultura: incremento de shows mediáticos de todo tipo. Espejismo de la belleza: sólo sirve la imagen que venden los grandes laboratorios. Espejismo de paz: pues el conflicto, guerra, o confrontación, más parece una medusa que cae como una maldición sobre aquel que la mire de frente en procura de su liquidación. Espejismo de justicia: hoy gobiernan el país unos “padres de la patria”, pero mañana son llamados a juicio acusados de supuestos crímenes de la más variada índole. Espejismo de salud: para que las EPS atiendan a los enfermos hay que recurrir a las tutelas. Espejismo, espejismo y espejismo…

Esta es tierra de leones pero domesticados enteramente. Leones que han terminado por rugir sin moverse, ante los espejos con que se los ha rodeado. El efecto producido con este juego de espejos es la falsa creencia de no estar solos, de ser una comunidad. Como en el poema de Borges: “Si entre las cuatro paredes de la alcoba hay un espejo, ya no estoy solo”.

La curiosa antología de Pedro Gómez Valderrama nos incita a mirarnos a nosotros mismos, hacia adentro, sin espejos ni espejismos, directo a nuestra memoria, para conjurar las palabras de Borges y dejar de ser “ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. ¿Ser colombiano? Más que un acto de fe, debe ser la inquebrantable decisión de superar los espejismos que nos distorsionan.

elpeperiodico@gmail.com

Publicado en El Pequeño Periódico No. 96, edición impresa.

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Editorial 95

 

Vuelta al puerto de la memoria

“Aquella cabeza que creaba, que vivía de la vida superior del arte, que reconocía y se había habituado a las exigencias sublimes del espíritu, esa cabeza fue arrancada de mis hombros. Quedaron la memoria y las imágenes que yo he creado pero que aún no he materializado… Sin embargo se ha conservado el corazón y la misma carne y la misma sangre que puede amar y sufrir y desear y recordar como antes”.

Dostoieski acababa de vivir su muerte y al mismo tiempo su renacimiento. Condenado a la pena capital por haber leído en público una carta crítica sobre las injusticias del zarismo, tras la farsa de la ejecución, llegó el indulto del zar. Doble tortura. Entonces vertió en una carta a su hermano Mijail la experiencia de la muerte. Hoy, 160 años después, al volver a leerla nos asombra que el novelista ruso hable de la memoria en el corazón, en la carne y en la misma sangre. Esta forma de conocimiento fue justamente lo que le permitió superar aquella experiencia límite y convertirse en uno de los escritores más profundos.

Portada Edición No.95 - La memoria

En Colombia convivimos a diario, no porque lo queramos, con la muerte no natural. De esta ruda experiencia nacional larvada en algún rincón de nuestra cultura, tendrá que brotar algún día un conocimiento que nos salve de la derrota humana. Nuestro corazón, nuestra sangre tienen memoria y ella nos ayudará a sobrevivir; cuando la memoria entre en nuestra conciencia, cuando surja en los sueños, en la vigilia, al volver las hojas de un libro o al doblar una esquina, en palabras de Borges. Y nos alerta para que no caigamos en la trampa de inventar recuerdos presionados por la impaciencia. Lo que no significa esperar pasivos. Al contrario, la espera debe ser una voluntad dinámica, vigorosa, pujante. Como lo están haciendo los estudiantes, que como un barco dormido ha despertado picando al mar de la modorra domesticada, y han vuelto a beber del legendario ejemplo del movimiento estudiantil de los años 70, superándolo en muchos aspectos. La entusiasta juventud se ha puesto de pie y ha obligado al gobierno a revisar sus proyectos. Nos han dado una bellísima lección de valor, conocimientos e inteligencia. De cómo se deben ejercer los derechos y deberes ciudadanos. El barco ha vuelto al puerto de la rebeldía democrática, civilizada, limpiando el camino del ripio oportunista parapetado detrás de las capuchas. Un país como Colombia se merece ya una juventud así.

¿Para qué le sirve la memoria histórica al país?, le preguntaron hace poco a Gonzalo Sánchez, Director del Grupo de Memoria Histórica. Su respuesta permite arar en la espera de la que hablamos: “Colombia es un país de millones de víctimas. La memoria es una forma de reconocerlas… es, si se quiere, también una forma de justicia, si bien no sustituye a los procesos judiciales. Pero, por sobre todo, la memoria es una plataforma desde la cual se formulan reclamos de diverso orden. La memoria es hoy en Colombia una forma de inclusión y de participación”. (El Espectador, Nov. 2011)

Sí, inclusiva y activa, un tesoro que debemos cuidar como a la vida misma. Como al planeta que también tiene memoria. Nadie es dueño de los recuerdos de otro. Sólo los déspotas y dictadores sueñan con ello, como dice Kundera: “Para liquidar a las naciones lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les inventa una historia. Entonces la nación comienza lentamente a olvidar lo que es y lo que ha sido. Y el mundo circundante olvida mucho antes…”.

Pero los colombianos no estamos dispuestos a desperdiciar los sueños de un merecido futuro construido sobre las tumbas de nuestros muertos, que siguen vivos por siempre, porque al recordar su ejemplo fluye su memoria en nuestra sangre, que puede amar y sufrir y desear y recordar, como en la experiencia del condenado a muerte. Sólo que en nuestro caso nos corresponde indultarnos a nosotros mismos.

El Pequeño Periódico No. 95, edición impresa ya está en circulación.

Ilustración “Detrás del espejo”, óleo de Isabel Crooke S.

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EDITORIAL

El muchacho dibujaba al Gato Félix cuando recibió un balazo en la espalda. El hecho, muy publicitado, está por desentrañarse. Pero la noticia nos ha llevado a pensar, no sólo en el grado de vulnerabilidad que vivimos, sino lo que puede significar expresarse a través de los muros.
En Colombia hubo una época en que las ideas tenían que ser “pintadas” con brocha en las paredes, pues no era posible publicarlas en periódicos o revistas, y los oradores que se atrevían a compartirlas en las plazas públicas se jugaban la vida. Bueno, no es que ahora se pueda hacer con toda amplitud, existen muchos riesgos de diversa índole, pero las paredes han sido para los marginados de todas las épocas la última hoja en blanco que les queda.
Los muros están ahí. Unos levantados de manera infame, otros como defensa y otros más para sostener un techo.
Para saber quién conspiraba contra ella, Catalina de Médicis recurrió, en el siglo XVI, a la construcción de conductos especiales empotrados en las paredes de su palacio, de tal forma que podía oír lo que los demás hablaban. Utilizó las paredes para hacerse invisible y entrometerse. Una trampa: en apariencia las paredes separaban, pero realmente conectaban. Desde entonces se dice que “las paredes oyen”. Otros se dieron a la tarea de levantar muros para desconectarse, convencidos de que así se protegían y en esa “protección” llegaron no sólo a erigir fortificaciones, sino a quemar libros, tarea común de los poderosos, como dice Borges.

En Medellín abunda el arte callejero

La interpretación que se da a los muros es casi una ciencia: El muro de Adriano, La muralla china, La muralla de Jericó, el muro de Berlín, el de Los lamentos, el de Israel, el de la frontera entre Estados Unidos y México, las murallas de Cartagena…, contienen una ancha gama de significaciones y leyendas. Y los muros invisibles, los imaginados, los que levantamos a diario con recelos y prejuicios, aquellos que también pretenden protegernos, suelen envilecernos más que los materiales, nos llenan de embustes no tanto de los demás como de nosotros mismos. Quizás esta tendencia esté aumentando con la tecnología y el llamado “mundo virtual” que nos aíslan y empantanan en una red de supersticiones contemporáneas.

Taller de grafiti convocado por el Museo de Arte Moderno de Medellín

A mediados de este año, el Museo de Arte Moderno convocó a los jóvenes de Medellín para desarrollar un taller de cartografía de grafiti y recorridos por la ciudad para leer paredes. Esta interesante propuesta tuvo excelente acogida y los participantes aprendieron a elaborar plantillas para grafitear. La culminación de esta interesante experiencia tuvo lugar en un muro abandonado del barrio Moravia que, poco a poco, como por arte de magia, se fue poblando de imágenes de diversos colores. La noche fue cómplice de esa alegría pues no importó lo largo de la jornada. En ciertos colegios y universidades existen espacios para que los muchachos escriban, dibujen, expresen lo que quieran, aunque por supuesto, dentro de ciertos parámetros de la decencia. Aunque a nombre de la decencia se han aplastado gritos y poemas, canciones e inconformidades. Porque existe una creencia prejuiciosa entre los detentadores del poder a todo nivel, de que escribir en las paredes es ilegal. Dicen: nada bueno escriben quienes recurren a los muros y sobre todo si lo hacen a escondidas y de noche. Pero una ciudad que no tenga estos testimonios de los marginados es sospechosa. Esa limpieza bien puede ser fruto de una asepsia represiva, intolerante y demasiado organizada, tanto, que aparentemente no hay nada qué decir. Este podría ser un elemento a tener en cuenta para entender porqué en ciertos países “muy desarrollados”, el índice de suicidios y drogadicción entre los jóvenes es alto. La represión para estos asuntos jamás será buena consejera.
Juventud que se respete no pide permiso para escribir sus poemas. Los muros son piel de la ciudad. Sean verticales u horizontales. Podría semejarse a los tatuajes. Cada persona es libre de tatuarse su cuerpo, en esos tatuajes expresa sus tendencias y búsquedas que la embargan. Una ciudad también. Un enorme pájaro tatuado en un puente, que contraste con la silueta en el pavimento de una víctima de un carro o una motocicleta fantasma. O la figura del Gato Félix en un muro, ¿por qué no? O unos ojos que nos sonrían.

Tomado de El Pequeño Periódico No. 94, Editorial. Título en la edición impresa: La piel de la ciudad.

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Editorial

Portada de la Edición 93. Ya está en circulación

Un deshollinador realizaba su trabajo en la chimenea de un alto edificio, cuando un movimiento en falso le hizo perder el equilibrio y rodar por el tejado hacia el vacío. Durante la caída observó un cartel con una palabra mal escrita y mientras descendía en picada se iba preguntando por qué a nadie se le había ocurrido corregirla. Esta historia insensata incluida por Nabokov en su magistral ensayo, El Arte de la literatura y el sentido común, permite hablar de esa capacidad de asombro en la que, sin importar la inminencia del peligro, se constituye en la más elevada conciencia, tan alejada del sentido común y de la lógica.

Ese increíble animal “mezcla de elefante y caballo”, llamado sentido común, y la relación con su contraparte, la intuición, son el tema de la presente edición. El sentido común, cuando las cosas toman sentido para el común, se constituye en algo donde todo cuanto entra en contacto con él queda devaluado, masificado, estandarizado por la lógica de la mayoría. ¿Y la intuición? Para Bergson, filósofo que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1927, la intuición es el conocimiento que surge de la percepción que cada individuo tenga de su realidad psíquica y depende del tipo de experiencias reales que haya tenido. “Para saber intuir hay que haber vivido”.

De qué manera el sentido común queda supeditado a la rutina de la práctica y a la razón, lo vemos todos los días. La intuición, en cambio, como expresión individual representa, como dice Nabokov, la supremacía del detalle sobre lo general, de la parte más viva que el todo, de lo pequeño que el hombre observa y saluda con un amable gesto de su espíritu mientras la multitud a su alrededor es arrastrada por un impulso común hacia un objetivo común. Los esquemas que rigen el mundo, no toleran aquello que se sale del sentido común, a pesar de los aparentes avances del pensamiento que muchos suelen confundir con los adelantos tecnológicos. Acostumbrados a marchar bajo los mandatos de la rutina, no podemos, no tenemos tiempo de permitir que alguien se salga de la manada y haga uso de la intuición. ¿A quién, por ejemplo, se le ocurriría proponer que se eliminen los pitos de los carros? A pesar de que con semejante iniciativa tendríamos ciudades menos ruidosas, que mejorarían nuestra audición. Ciudades más humanizadas. Pero está establecido que los carros tengan pito y punto. No está permitido ir contra la lógica de ese sentido común. La tendencia acosa hacia una forma de vida regida por los manuales, fuera de los cuales todo será estampillado como exageración insustancial.

Nuestro dinero lo manejan los bancos y damos por sentado que son esos monstruos los únicos que saben qué es lo que debemos hacer con él. Han construido un sistema “lógico” que inclusive nos obliga a solicitarles que nos reciban el fruto de nuestro trabajo y hasta nos humillan con largas filas. De ñapa, nos cobran por ese “servicio”. Y ese estado de cosas se ha impuesto como imprescindible. Nos inculcaron una forma de pensar en función del dinero como si fuera el dios moderno que no puede ser manejado sino por especialistas, e inclusive es más valioso e importante que la vida misma y merece todos los cuidados y vigilancias.

Desde hace varias décadas Colombia vive una caída como la del deshollinador. ¿Por qué a nadie se le ha ocurrido corregir el error? ¿Qué clase de maldición se ha incrustado entre nosotros que no nos permite desbrozar nuevos caminos, si ya la lógica tan común de que para descollar hay que entrar en el juego de la corrupción, del utilitarismo material, de la doble moral, ha dado sus desastrosos resultados? ¿Tendrá velas en este entierro nuestro sistema educativo? ¿Nuestra “malicia indígena”? ¿Nuestros prejuicios? ¿Alcanzaremos a cambiar la letra mal puesta en el aviso antes de estrellarnos contra el suelo? ¿Podremos descorrer nuestro propio velo a pesar de los grandes centros de poder mundial?

Queda la esperanza de que los esfuerzos aislados, generosos e inteligentes de unos cuantos compatriotas hoy, se conviertan mañana en una inmensa ola civilizada capaz de hacer común lo que parece un sueño: vivir en armonía.

 El Pequeño Periódico No.93

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