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Archive for the ‘El Pequeño Periódico’ Category

El maestro Miguel Ángel Sanz, a la guitarra, ensaya el recital de poesía con Gustavo Arias, quien leerá “Euridice” (Lucía Estrada), “Escrito en la espalda de un árbol” (Miguel Méndez Camacho), “El trompo” (Rubén Darío Lotero) y “El río sin agua” (Luis Hernán Rincón Rincón), de bardos colombianos, entre otros, el Día Mundial de la Poesía en Barcelona el próximo 17 de marzo. También pondrán en escena “Hombre”, del costarricense Jorge Debravo.

 

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Poemas de Alex Martínez Marco, Miguel Méndez Camacho, Rubén Darío Lotero, Lucía Estrada, Luís Hernán Rincón, Jorge Debravo, Joan Margarit y Miquel Martí i Pol.

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Cuatro poetas colombianos en Barcelona

Cartel de la Librería Éfora, invitando a la celebración el 19 de Marzo. Lectura de poemas de los colombianos Lucía Estrada, Miguel Méndez Camacho, Rubén Darío Lotero y Luis Hernán Rincón Rincón. (“La última página”, Edit. Fundación Arte & Ciencia)

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 Apuntes desordenados de un viaje

Ángel Galeano Higua

 

Partitura para guitarra, compuesta por el músico español Miguel Ángel Sanz para el poema “Euridice” de la colombiana Lucía Estrada. También escribió la partitura para “El río sin agua” de Luis Hernán Rincón, “El trompo de Rubén Darío Lotero, “Escrito en la espalda de un árbol” de Miguel Méndez Camacho, y “Hombre”, de Jorge Debravo (Costa Rica).

 Mi cuerpo ya está aquí, pero el compuesto inmaterial e invisible que me contiene sigue caminando por Barcelona y París. Deambulo como un fantasma entre la Rue Christine y el boulevard de Saint Germain y Saint Michel, buscando a Valjean y esperando a que pase la carroza en que viaja Balzac con su traje alquilado… En Barcelona sigo el rastro de la lagartija multicolor en el parque Güell y busco el Mediterráneo al final de las ramblas, donde han levantado bolardos contra los lunáticos. Y en Cerdanyola de Vallés escuchamos la guitarra de Miguel Ángel Sanz, que acaricia los poemas de Lucía Estrada, Rubén Darío Lotero, Luis Hernán Rincón, Miguel Méndez Camacho y Jorge Debravo, que descubrió en el libro La última página.

Maryuth Contreras, una de las protagonistas de “El río fue testigo”.

 Hicimos maletas a mediados de diciembre y en el equipaje incluimos nuestros libros para entregarlos a Maryuth Contreras, una de las protagonistas de El río fue testigo, que ahora vive en Barcelona, y a Anne Lise, una amiga investigadora de la Universidad de París.

Tenía que aprovechar este viaje, regalo con que mi esposa y mi hija me celebraban mis primeros 70 años, para llevar también la novela de los descalzos a mi hermano Andrés, que vino con su familia a pasar navidad con nosotros en la capital francesa. Para mis sobrinos Ana María y Juan Camilo: Palabras al viento. Y a Marta Lucía: Mompox, una victoria sobre el tiempo, el libro de Bárbara.

Maryuth, Carmen y Bárbara en Barcelona. Se conocieron en el Sur de Bolívar en los años 80.

 Corrí hacia el primer vagón para ver si ese tren se dirigía al Palacio de Versalles, cuando lo comprobé quise avisarle a mi esposa y a mi hija, pero ellas ya lo estaban abordando en ese instante y apenas si alcanzaron a hacerme señas de que subiera. Antes de que el metro cerrara las puertas salté al interior del primer vagón. A mis espaldas sentí el golpe al cerrarse la puerta. Carmen corrió a la ventanilla de su vagón para comprobar que yo sí había alcanzado a subir. Al verme, sonrío con tan dulce alegría que se me grabó su imagen como una de las más bellas. Dos estaciones más adelante cambié de vagón y me reuní con ellas.

 Las mujeres son incansables. Versalles les queda chiquito. No se cansan de mirar vitrinas, medirse zapatos y trajes, mirar espejos y bolsos… Así en Lafayatte o en las tiendas de Saint Germain…

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Juan Camilo, Bárbara y Ana María

 Lo mejor de Versalles son sus jardines, aún en esta época de invierno. Son un laberinto y a la vez una creciente ramificación. Los árboles duermen mientras nosotros tiritamos.

 Creo saber, Valjean, por dónde corriste, qué río te acompañó en tu desdicha. Qué edificios vieron tu dilatada fuga, qué callejones te protegieron… Ya lo sé.

 Al frío de París sólo se le puede derrotar recorriendo sus calles con la imaginación ardiendo, ancha y hambrienta. Beberse esta lloviznita pertinaz, este aguacero de medianoche…Mientras escucho una historia dolorosa y triste en un bar de Saint Michel…

Paisaje. Acuarela de Rodin

 No sabía de tus pinceles, Rodin, sólo de tus esculturas. Por eso, al descubrir tus acuarelas admiré aún más tu obra, como si hubieras guardado el secreto de tus pinturas para enseñármelas ahora. Y Camille ronda todos tus atrevimientos.

 Sólo estando adentro sentimos necesidad de estar afuera. Amanece tan tarde y anochece tan temprano, que uno se pregunta ¿dónde queda el día? ¿Dónde está el sol?, ¿qué se hizo el cielo? El gélido silencio de la neblina los contiene.

La multiplicación del mito… Venta callejera de Torres Eiffel, en los Campos Elíseos

 Y en la noche conocemos la famosa, empinada e inútil “chatarra” mitificada, que forma parte del mapa turístico de París. Faro de hierro, proscenio para las fotografías testimoniales, dama esbelta que rige los Campos Elíseos.

 Entro en una tienda de antigüedades en Montmartre atraído por el guiño de tres campanas exhibidas en la vitrina. Una en especial, sostenida por un pájaro liviano que está a punto de levantar el vuelo. Me atiende un hombre mayor, casi un anciano, de cabello blanco y pulcro chaleco de lana, me saluda con una sonrisa amistosa. Le pregunto que si habla español y me responde que un poco, reforzando sus palabras con una seña del índice y el pulgar dando la medida pequeña. Correspondo a su sonrisa y le digo que me interesa ver las campanas… Abre la vitrina y tomo la que más guiños me hace. Es de bronce, dice. Le he dejado la pátina porque hace parte de la historia de las cosas. Además, afirma, esa capa protege su brillo y el tiempo. El pájaro sujeta la campana con sus patas dando la sensación de un solo cuerpo aéreo. La hago sonar y el tintineo es claro, limpio, como si tuviera en él los sonidos de su cuna ancestral. La compro, digo. ¿Cuánto vale? Mira en un cuaderno: 15 euros. ¿Sabe de dónde procede? Es de algún país de África, pero no tengo el dato preciso, me responde. La envuelve despacio en un papel especial, como si fuera un regalo.

Músicos callejeros tocando jazz en Saint Michel – París

 Parecían, pero no lo estaban. Con sus instrumentos esperan en aquella acera a que un detonante los ponga en acción. Son hombres mayores, blindados contra el frío por sus chaquetas. Al comienzo pienso que están borrachos. ¿Qué los impulsa a salir de noche bajo aquella férula helada? Admiro su presencia que por sí sola alegra la calle, los restaurantes y cafés a esta hora repletos. El silencio con que pasan los transeúntes contrasta con nuestra espera. De repente, a una señal del trompetista, empiezan a tocar un jazz… Empiezo a grabarlos. Al momento aparecen varios turistas con sus celulares y los enfocan… La noche adquiere otro semblante y por unos minutos el frío de París sufre una deliciosa derrota. Más que borrachos, están embriagados de música.

Para no sucumbir en invierno, los árboles se despojan de sus hojas, flores y retoños. Jardines de Versalles.

 Para no sucumbir en invierno, los árboles se despojan de sus hojas, flores y retoños. Como esqueletos despeinados, impertérritos, recogen al máximo su ser para ahorrar energía y sostenerse de pie.

 

 Tanto fue lo que nos previnieron sobre el invierno en París que, confieso, llegué a sentir pánico por el frío. En los inconvenientes que tendría si me sucediera lo que en Lima, cuando una noche de viento y atmósfera amenazante, cuando visitamos el parque del agua, tuve necesidad de orinar una y otra vez… Pensaba también en mi garganta, la posibilidad de un resfrío como lo tuve en Suiza. O el peor caso: que se helaran mis pies hasta la hipotermia, como lo viví en Bogotá. Pero nada de esto sucedió y el paseo por Barcelona y París lo disfruté de lo lindo.

Los pintores en Montmartre

 Sí existe. París sí existe y está aquí, en París mismo, donde ha estado siempre, pero que nos parecía un sueño, un mito, una ficción. Sin embargo, algo de irreal permanece en sus calles y edificios, en el río y en sus gentes. En sus ruidos apagados por el frío invernal, en sus vitrinas y en sus bares y restaurantes nocturnos. Es como si nos moviéramos en una postal inviolable, como si la realidad se mantuviera fuera de nosotros y se resistiera a profanar la imaginación. Vinimos con nuestra idea de París a cuestas y de que el mundo se había estremecido con la revolución de 1789 y la Comuna de París. Algo de todo eso nos lo dice el exquisito sabor del vino, los crepes, el pan… y al digerirlos traspasamos a nuestra saliva y al estómago, la capacidad cognoscitiva. Ponemos la mente en la lengua, el olfato y el jugo gástrico, para que la vibración de ese nuevo mundo, entre en nosotros de manera más primigenia, sin el filtro empobrecedor de la razón.

Miguel Ángel Sanz (guitarra) y Ángel Galeano Higua, leyendo el libro de poesía “La última página”. (Foto Miguel Alfonso Sanz C.)

 El mundo detrás de una sonrisa. ¿Quién se ríe de quién? ¿El autor o su obra? ¿Da Vinci o La Gioconda? Miles de personas entran en oleadas al Louvre, como cumpliendo un ritual de sintonía.

 Y de pronto, en los Jardines de Luxemburgo, aparece un muchacho en pantaloneta y camisilla, trotando. Unos metros atrás lo sigue una chica esbelta y de balaca, también en pantaloneta y blusa deportiva. En aquel frío parece ficción que haya quién trote, con aquella ropa más apropiada para el trópico. Sonreímos desde nuestro parapeto de trapos, gorros y guantes…

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El David Arango, un buque incendiado

GUSTAVO TATIS GUERRA
14 de Enero de 2018 12:30 am

Se cumplen 58 años del incendio del famoso buque en las aguas del río Magdalena y Antonio Botero conserva una réplica del David Arango / Foto Luis E. Herrán – El Universal.

El señor Antonio Botero Palacio, frente a la albarrada de Magangué, despachaba en aquel 19 de enero de 1961, en su almacén Comisariato, la mercancía para el barco David Arango, cuando la gente empezó a gritar que el barco se estaba incendiando.
Eran como las seis de la tarde. Una mujer que había planchado su ropa al mediodía, se le había olvidado la plancha ardiente en el camarote, y salió de compras, y el fuego devoró el más bello y lujoso de los barcos a vapor que había surcado las aguas del río Magdalena.
El barco de tres pisos era de una madera finísima del Oriente, y sus aspas iban salpicando música de viento de la orquesta de planta del barco, cuya llegada se anunciaba con un sordo silbato que parecía el lamento de una ballena, y luego, la música invadía el aire caliente bajo el sosiego de las ceibas. Fuimos a Magangué a buscar al señor Antonio Botero Palacio y lo encontramos muy cerca del lugar donde despachaba hace 58 años cuando ocurrió el desastre, y lo volvimos a ver, a sus 91 años, aún despachando en su almacén, y escribiéndole poemas al río, cuyas aguas arrastran la memoria de sus días y noches vividos en Magangué, desde que salió a pie y descalzo desde el corregimiento de Mesopotamia, en La Unión, Antioquia, y se quedó para siempre entre los nativos, inventando razones para no volver, mientras el río se convertía en su puntual confidente de los amaneceres. Así es.

En 1929 surcaron las aguas del río Magdalena, 121 barcos a vapor, y el más famoso y lujoso era el David Arango, que se incendió frente al puerto de Magangué el 19 de enero de 1961.

“El capitán del barco soltó las amarras de su bote cuando supo que ya no había nada que hacer ante aquel incendio, y vio aquel enorme esqueleto del barco, a la deriva, sumergiéndose en llamas, como un animal sobrecogido ante su propia destrucción”, dice con eufórica poesía, Antonio Botero Palacio, que conserva la memoria intacta, y guarda en su almacén una colección de réplicas del barco que era parte del paisaje de Magangué y en el que soñó viajar alguna vez, “pero es que el David Arango era un barco a vapor demasiado fino y elegante, muy sofisticado. Y su arribo al puerto era una verdadera fiesta. Se iluminaba todo con su llegada, como si fuera una orquesta flotante que irrumpía, apenas se divisaba la albarrada.
Yo llegué en un barco pequeño, llamado El Libertador. Ver quemar y hundir el David Arango es una de las tragedias de nuestra vida. Al día siguiente del desastre, al amanecer, descubrí que el barco, como un enorme esqueleto había ido a parar por los lados de Yatí, frente a la hacienda de Leocadio Puerta. Dicen los que se quedaron viendo el final del barco, que escucharon su último lamento al sumergirse en el río Magdalena, como si el espíritu de la orquesta retumbara en el maderamen quemado entre las taruyas”. El barco llegaba al Banco, Plato, Tenerife, Honda, Girardot y La Dorada. Los barcos a vapor surcaron las aguas del río Magdalena, cuando viajar por río o tren, eran dos maneras comunes y corrientes de viajar por el país. En 1929 navegaban por el Magdalena, 121 barcos a vapor, según Priscilla Burcher. El barco David Arango fue la memoria del Caribe y sus aguas. Por allí iba todo el mundo. Lo que llegaba y lo que salía. Por ese barco viajó la ilusión, el amor y el desengaño, la codicia de los viajeros y el espejismo de los aventureros.
Ahora, frente a la Albarrada de Magangué, Antonio Botero Palacio despierta temprano, con el primer sorbo de café, y emprende la aventura poética del día. Es uno de los seres singulares, laboriosos, imaginativos, sensibles y emprendedores que existe en este país. La vida le ha alcanzado para todo lo que ha soñado: es el autor del himno de Magangué y de una monografía histórica; autor de la novela autobiográfica Al final de la inocencia; del libro Los lagares del alma, una monografía de Magangué; y un ensayo histórico sobre la ruta de Uribe Uribe; y en la Guerra de Los Mil Días, La Batalla de Magangué; la historia de La Unión (Antioquia); del poemario Canción para una despedida, que reúne hermosísimos textos sobre el río Magdalena y su vivencia en Magangué. Vino descalzo de su pueblo y así a lomo de mula llegó a los corregimientos más recónditos de Bolívar, como maestro de escuelas rurales, luego de graduarse en la Normal de Varones de Manizales.
Su vida ha sido el magisterio encantador de la poesía, el habla iluminada y el servicio desinteresado a los demás. A él se le deben múltiples proyectos e iniciativas culturales en la región como la biblioteca pública, la academia de historia local, el Centro Cultural Casatabla, y obras de infraestructura en barrios, centros hospitalarios, ancianatos, entre otros. Su poesía ha ido al encuentro del río de la memoria, con el ser humano, y ha conjugado con amorosa devoción, la solidaridad entre sus semejantes, celebrando cada día, el milagro inagotable de la belleza del mundo.
Ahora acaricia la pequeña réplica del barco incendiado. Dice que a lo largo del tiempo ha visto los colores maravillosos, pero también siniestros, del río. Atrás quedó un perfume olvidado: “el perfume de los naranjeros que desparramaban danzas voluptuosas desde las lianas, que se columpiaban en el trapecio de las ceibas vetustas. Hoy el río Grande de La Magdalena, se ha tapizado de coronas náufragas que van flotando… hoy esas aguas tienen un sabor amargo de lágrima proscrita. Un sabor de sudario franciscano”. Siente que el corazón del río está achacoso como él y se está muriendo de pena cómo él. Me señala un punto del paisaje donde el barco se incendió. Muy cerca de él. Y ahora el río fluye aparentemente manso bajo la luz del verano. Y no suena ninguna orquesta. Está en la nostalgia y en la memoria del barco David Arango.

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Reproducido por El Pequeño Periódico – Medellín.

Tomado de El Universal, Cartagena
http://m.eluniversal.com.co/suplementos/facetas/el-david-arango-un-buque-incendiado-269906

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El mito de hierro (fotos Ángel)

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Ser “descalzo” es una forma de vida

Ángel Galeano Higua

Algunos de los descalzos asistentes a la reunión de presentación del libro “El río fue testigo” (Bogotá, nov. 2017)

El río fue testigo es una especie de devolución de lo que tomé prestado a ese puñado de utopistas modernos conocidos como “los descalzos”. Durante 40 años les he seguido la pista a varios de ellos admirado por su entrega, por esa suerte de devoción casi religiosa con que construyeron a pedacitos un mundo nuevo en la década de los 80. Porque ellos alcanzaron a construir un mundo nuevo, aunque por poco tiempo, en algunos lugares de Colombia.

Francisco Mosquera, el estratega de los descalzos (Archivo El Pequeño Periódico, 1984)

Tuve la fortuna de enrolarme como cronista de esa odisea. De la mano del soñador mayor, Francisco Mosquera, una antorcha siempre encendida, y con mi corazón prendado de una mujer que lo dejó todo por entregarse al servicio de los más pobres de nuestro país, valiéndose no sólo de sus conocimientos y destrezas en el campo de la salud, sino echando mano de una infinita capacidad de trabajo y sacrificio: Carmen Beatriz, una auténtica descalza.
Un cronista con ínfulas de aprendiz de escritor, es decir, un hombre con su propio sueño, lo que equivale a algo inútil para la sociedad en términos económicos y prácticos. No obstante, esa aparente inutilidad puede proyectarse como una conciencia dispuesta a hablar. Está presente, vive, respira, fluye como un río y como un río es testigo, no sólo de lo que se extiende más allá de sus orillas, sino del torrentoso cauce que corre sin cesar.

Aquí funcionó el Centro Médico de Especialistas, desde donde los descalzos organizaron cientos de brigadas de salud al Sur de Bolívar (Foto archivo El Pequeño Periódico)

En ese tránsito y con la mirada cargada de curiosidad y asombro, comprendí que no podía guiarme por un solo pálpito, ni una sola voluntad, sino que existían muchos puntos de vista y que mi deber como periodista y escritor era aprender de todos ellos para poder contarlo después. Ser cronista de “los descalzos”, de sus acciones y reveses, de sus nostalgias y temores, y también de quienes en las comunidades recibían esa ofrenda como un milagro humano. Tomar atenta nota de quienes los combatían desde todos los niveles del poder, con el camuflaje de “insurrectos errantes” que combinaban “todas las formas de lucha”, o la tosca posición de la autoridad local o nacional, o parapetados en la sombra delincuencial de los narcos y otras pandillas.

Diseño de Cubierta: Saúl Álvarez Lara (Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia)

A nombre de todos los credos conspiraron contra el sueño de los descalzos y en esa medida propiciaron un abigarrado cuadro de personajes y situaciones, de los cuales un aprendiz de escritor no puede darse el lujo de despreciar a ninguno. Al contrario, con el júbilo de quien encuentra un tesoro, los he querido recoger en mi morral de viajero, a donde van a parar todas las historias que me asaltan en los caminos.

***
Los primeros descalzos que conocí regaban su pregón en los barrios surorientales de Bogotá. Los vi desarrollar tareas de organización en los barrios de invasión y en una monumental refriega con la policía del Distrito cuando, luego de varios meses de meticulosa preparación, cuajó un multitudinario paro cívico exigiendo transporte público hasta Juan Rey, en la carretera a los llanos, que nos desbordó a todos. Tomé mis primeros apuntes y coleccioné recortes de prensa que aún conservo, con la idea de escribir un libro de cuentos. Recuerdo a líderes excepciones de esa zona como la liberal gaitanista, Cecilia Camacho de Orellanos. Eran los años del gobierno liberal de Alfonso López Michelsen. Entonces cursaba estudios de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional.

Los niños fueron siempre centro principal de atención de los descalzos. La foto corresponde a uno de los tantos eventos organizados alrededor de la Cooperativa campesina en Montecristo. (Foto archivo El Pequeño Periódico).

Con la primera oleada juvenil que abandonó la ciudad, tuve la oportunidad de conocer el trabajo pionero en la zona cafetera, en una apartada vereda de Neira a orillas del río Cauca, a donde se había descalzado Arnulfo Cifuentes, uno de los activistas de los cerros surorientales de la capital, en compañía de Olga Lucía Giraldo. Allí los vi intentando, por primera vez, cambiar sus manos de intelectuales por los de labriego. Esfuerzos infructuosos a la postre. Cabalgué con ellos por esas empinadas cumbres llevando mi proyector manual de filminas, para proyectar en un telón improvisado de una finca las imágenes de un encuentro campesino realizado en la vereda La María. Los campesinos lanzaban exclamaciones, entre incrédulos y asustados al verse plasmados en esa sábana prestada por la esposa del mayordomo.
Después viajé a la región tabacalera del Carmen de Bolívar y Ovejas, donde me establecí durante más de un año. A pesar de las condiciones muy difíciles escribí mi primer libro relacionado con esta gesta, una especie de novela de más de 200 páginas, que recogía la vida del carmero Rufino Tamayo y su familia campesina dedicada al cultivo del tabaco, y a una mujer hermosa a la que llamaban La Turca, ataviada casi siempre con un turbante de colores vivos y que vivía en una casita de palma en las afueras de Ovejas, quien no sólo me invitaba a almorzar cuando la visitaba en compañía de Tito, otro descalzo oriundo de San Juan Nepomuceno, sino que nos contaba historias de su oficio de leer el tabaco. Entre los personajes resaltaba un maestro del colegio cuyo nombre, por desgracia he olvidado, quien me abrió varias puertas de amistad con pobladores de aquel pueblo donde había nacido el gran músico Lucho Bermúdez. Cuando terminé de escribirla la envié a Bogotá para evitar que la policía me la incautara, ya que en cualquier momento podía ser interceptado como sospechoso: no era de la región, no tenía empleo, y para completar me reunía con campesinos y líderes de la población. Varios años después, en una visita a Bogotá me dirigí a la casa frente a La Rebeca de la calle 26, buscando al secretario regional a quien había confiado mi manuscrito, pero para mi sorpresa me dijo, con todo el desparpajo, que no recordaba dónde la había dejado. Retomé mis estudios de ingeniería, pero mi pensamiento estaba ya en otro viaje.

Bus escalera en la zona cafetera (Foto archivo El Pequeño Periódico)

En mi definitivo paso por Medellín y Antioquia, pude acompañar a varias delegaciones en campaña y comisiones del periódico, a diferentes poblaciones alejadas. Tomé apuntes de cuanto podía, entrevistas y anécdotas. En Medellín, por ejemplo, fui testigo de la marejada humana que llegó huyendo de la violencia, a lo que hoy se conoce como la Comuna 13. Esas montañas se poblaron de la noche a la mañana con miles de familias que buscaban donde detenerse en la desesperada carrera que habían iniciado en Urabá y otras poblaciones del noroccidente antioqueño por salvar su vida. Vi cómo esos compañeros se esmeraban día y noche por ayudarlos en la organización comunal, trazaban calles, establecían pilas de agua comunitaria, aunaban las fuerzas de los desplazados en medio de las contradicciones propias de aquel desorden.
De la mano de los dirigentes sindicales conocí los grandes centros de producción textilera en Itagüí, Bello y Medellín, los socavones de las minas de carbón de Amagá y Titiribí y estuve en el entierro de más de cien mineros que murieron achicharrados por la explosión del grisú, en una tragedia anunciada de la cual los responsables fueron la empresa y el gobierno. Asistí a muchos sindicatos en la elaboración de sus periódicos y aprendí de su coraje y su persistencia, pero también conocí de sus carencias culturales y las limitaciones impuestas por el establecimiento para dificultarles el acceso al mundo del libro, de la literatura, del arte y de la ciencia.
Y en todos estos trances, cada año, el “Día más luminoso de la tierra”, el Primero de Mayo, que sigo celebrando aunque sea en la intimidad de los recuerdos.

La huelga – Pintura de Clemencia Lucena

A finales de los años 70, estando radicado en Medellín como maestro del INEM, conocí a la descalza con quien he vivido desde entonces. Y con ella nos fuimos para el Sur de Bolívar, llevando con nosotros a nuestra pequeña hija Bárbara de dos años. Abandoné mis estudios que había retomado en la sede de la U. Nal en Medellín. Doble revolución para mí, desde entonces no he vuelto a ser el mismo. Fue una ruptura que tanto ella como yo quisimos que fuera total, hasta que a los 10 años de estar allí, se hizo imposible continuar por el grave peligro cernido en el Sur de Bolívar y en todo el país, por parte de los grupos armados, y tuvimos que regresar a Medellín para empezar de nuevo, desde cero.
El río fue testigo corresponde a este tramo y el puerto de Magangué como base principal desde donde irradiaron su acción más de 35 descalzos provenientes de diferentes regiones del país.

En este libro aparecen los hechos históricos tal como sucedieron y se constituye en mi alegato fundamentado y mi denuncia del asesinato de nuestros compañeros por parte de los grupos armados. Lo terminé de escribir por primera vez en el año 2000, fue publicado en el 2003, sin editar y ahora, con el concienzudo trabajo de relectura, corrección y edición que me llevó más de tres años, y el acompañamiento de mi mujer y mi hija, de algunos amigos y la mirada incisiva y crítica de Conrado Zuluaga, recorro el país entregándolo no solo a aquellos valientes e inolvidables descalzos donde quiera que estén, sino, y sobre todo, a las nuevas generaciones para que conozcan esta trascendental estrategia revolucionaria concebida y dirigida por Francisco Mosquera, única en el país y quizás en Latinoamérica.

Panorámica del puerto de Magangué en 1982, cuna de El Pequeño Periódico

Al contrario de lo que algunos puedan pensar, ésta no se ha agotado, sino que se proyecta como una necesidad para que Colombia ingrese, al fin, en el camino de la autonomía, la dignidad, la modernización y el auténtico desarrollo armónico fruto de la diversidad y las contradicciones. Ser descalzo es una forma de vida, una concepción y una ruta, sin importar dónde nos hallemos ni con quién. Los descalzos siempre dirigen su mirada hacia un horizonte en el que todos los colombianos disfrutaremos algún día con dignidad y en armonía, sin discriminaciones de ningún tipo, del gran misterio de la vida. ¿Cómo no escribir sobre esta generación y sus atrevimientos vigentes?

La peor desgracia que le puede pasar a una nación es que suceda una dislocación entre generaciones, una ruptura en esa cadena de la memoria. Por ello no debemos ahorrar ningún esfuerzo para contarles a los niños y a los jóvenes esta historia que sucedió, que es real, y que El río fue testigo recrea con la fuerza y la pasión propias de quienes la inspiraron. He venido a devolver lo que tomé de ustedes, los descalzos, con la vergüenza de no haber alcanzado la altura sublime que esta saga merece, pero con la alegría de haberlo intentado.

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Palabras de Ángel Galeano Higua durante la presentación del libro El río fue testigo, ante un grupo de descalzos y amigos reunidos en Bogotá el 16 de noviembre de 2017.

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