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Archive for the ‘El Pequeño Periódico’ Category

Los clásicos de un aprendiz

Los martes de tres a seis en Los Colores, tiene lugar un encuentro con la lectura, la historia y el arte. Nos ponemos de acuerdo para abordar un clásico y no es fácil. Que si Shakespeare, que si Conrad, Yourcenar o Harper Lee. Uno a uno vamos escudriñando personajes, oficios y estancias.

Claudia Restrepo Ruiz

Leer con El Aprendiz es una de las mejores experiencias que he vivido como escritora. (Foto archivo) Para más información sobre la autora haga clic en la imagen.

Nubia quiere leer a Hamlet, Álvaro La Odisea, Marta Cecilia Matar un ruiseñor y yo, El corazón es un cazador solitario. Para todos hay tiempo, hay disposición, hay entrega. Enamorarse de los clásicos es una relación de por vida. Sus personajes quedan anclados a nuestro ser y nuestra memoria con sus gestos y maneras. Scout Finch ya lee cuando entra a la escuela. Su padre nos recuerda la integridad. Marlow cabalga El Congo como Ulises su barco antisirenas.

Ángel nos propone analizar el ritmo, casi el vértigo de Stendhal mientras Sorel come páginas y escala posiciones. Leandro propone una pausa para leer un párrafo con una vegetación que le llamó la atención. Andrés toma notas que no pedimos compartir pero que sabemos llenas de magia y deslumbramiento. Ángela llega con el libro entre las manos, sudando la última frase que leyó, asombrada y alegre por ese compartir la lectura entre colegas. Nunca vamos a la par, cada quién lee a su ritmo. No hay afán, pero sí el sentido de una meta. No hay orden, podemos comenzar por el final. Italo Calvino nos sorprende con su estructura que de nuevo Ángel descose para nosotros: Lean los pares… y el invierno del viajero se hace primavera.

No queremos que nada se nos escape. Le prestamos especial atención a los comienzos, porque no es cierto que ningún buen fin tiene mal comienzo.

Un callejón trae milagros consigo y para recrearlo nos vestimos de árabes y tenemos una cena con arroz de almendras, tahine y tabule. Trasladamos el callejón a una terraza. Hablamos del destino de Hamida y lamentamos que su belleza haya sido su verdugo. Cada clásico es una revelación, un taller en sí mismo, una escuela. Todos ahondan en la naturaleza humana.

¿Cómo los escogemos? Quizás ellos nos escogen a nosotros. Y no sólo la novela es invitada. Hay espacio para la crónica, para el cuento, para la poesía. Sentimos el bálsamo de Aurelio Arturo, y las reflexiones de Una niña mala de Monserrat Ordoñez. El asombro, es innegable, inaplazable, y al final, indestructible.

Compartir los hallazgos de una lectura es como contar un encuentro con un amigo que no veíamos hace tiempo: estamos atentos a la luz, a la descripción del alba, el ocaso y el plenilunio. Desglosamos los colores, la estación, el sonido del ferrocarril. Nos preguntamos por la carpintería de cada autor, por la construcción de estructuras, por el narrador. Allanamos estancias, exprimimos miradas. Tomamos nota para no olvidar. Somos ávidos y dispuestos. Juntos somos fisgones y reveladores. No queremos que nada se nos escape. Le prestamos especial atención a los comienzos, porque no es cierto que ningún buen fin tiene mal comienzo. En la literatura, el comienzo es fundamental. De él se desprende todo lo demás. Tiene que tener la fuerza de un imperio. Y los repasamos en voz alta, para medir las palabras, la cadencia, la musicalidad. Admiramos la poesía en la prosa, porque no puede haber literatura sin poesía, sin belleza. Estamos presentes en el azar y la fortuna, en el destino y la filigrana de cada autor y su obra.

 

Leer para aprender a tejer nuestros escritos

Nuestras lecturas en el Grupo son para aprender a tejer los textos propios. Para soñar. Para viajar, porque la vida es un viaje y la literatura más. Estamos a bordo de un barco con Lord Jim, o cumpliendo una condena con Ulises. Singer visita a Antonapoulos y con ellos aprendemos del lenguaje de las señas.

Compartir los hallazgos de una lectura es como contar un encuentro con un amigo que no veíamos hace tiempo: estamos atentos a la luz, a la descripción del alba, el ocaso y el plenilunio. (Foto archivo)

Clásicos para entender la importancia de los detalles en la construcción de un personaje y una atmósfera. Clásicos para viajar, para detenerse, para soñar despiertos y para equilibrar nuestros deseos de aprender a escribir. Es imposible escribir bien sin leerlos. Lo que los maestros nos han dejado con el tiempo son migas de pan en el gran bosque de la literatura universal. Con detenimientos recogemos las migas y armamos una biblioteca de hallazgos, reflexiones y verdades. Estamos tras los personajes de Dostovieski o acompañando a una madre de un ladrón a reclamar su cuerpo con García Márquez.

No siempre es fácil encontrar los títulos que nos proponemos. Es entonces cuando acudimos a mercaderes de libros antiguos para saciar nuestra curiosidad. Comparamos ediciones y hemos aprendido a detectar las buenas traducciones. No profundizamos en los prólogos porque sentimos que cada obra debe defenderse por sí misma.

Leer con El Aprendiz es una de las mejores experiencias que he vivido como escritora. Los comentarios de todos nutren mi visión. Celebrar el fin de una lectura es como haber vivido otra vida. Siempre está abierta la curiosidad de qué sigue y las propuestas sobre la mesa son todas vencedoras. Lento, sin afán, descubrimos que también podemos ser lo que leemos y para ello, siempre hay que estar dispuestos.

 

claudiaprestrepo@gmail.com

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Publicado en la Edición 102 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, edición impresa.

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Hambre de río limpio

Álvaro Jiménez Guzmán

Una ciudad que se precia de moderna y civilizada se mide por el rasero de los ríos. Han sido compañeros de viaje de todos los tiempos. En sus orillas floreció la poesía, es decir, la belleza de los sueños. Los ríos son las venas de la tierra, de la piel del planeta, y así se han abierto paso para dejar que corra la imaginación, para tejer la telaraña de culturas y civilizaciones.

Visita al nacimiento del río Aburrá, Alto de San Miguel. Grupo Literario El Aprendiz de Brujo (foto archivo)

Antecedentes de un reto

El río como patrimonio cultural: tal fue el reto que nos planteamos en 2011. El director del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo nos invitó a bañar las palabras en el río. El reto era grande. Debíamos meternos en ese cauce para “cantarle y contar historias de su vado”. Cada uno de nosotros le dio el enfoque para abordar la barca que se pasearía por el río Aburrá durante varios años, en el entendido de que también es un patrimonio natural de la nación por rescatar. Entonces la realidad y la ficción se zambulleron en su atropellada corriente para contar su historia y soñarla.

La realidad que impacta

Era necesario hablar de su origen. Antes de Los dolores del río, con cuya crónica describimos su auge, caída y posibilidades de salvación, recordamos que nació en el Sur del Valle de Aburrá, de una bifurcación de la Cordillera Central, con la inocencia de un ser que debía de recorrer un mundo sano. En su remota infancia y primera juventud, en los cien kilómetros de su extensión hacia el Norte, era limpio, aguas copiosas, con las cuales los indios aburráes regaban las cosechas en épocas de sequía, sus prodigiosas riberas favorecían la cacería, domesticaban curíes y perros mudos, disfrutaban de varios climas y de terrazas aluviales. Transportaban en canoas los excedentes agrícolas para intercambiarlos con otros pueblos del Valle de Aburrá.

Al desmantelar el territorio indígena, los españoles fundaron una población en este valle, y denominaron el río con el nombre de Aburrá. Desde entonces, al amparo y en la orientación de su corriente la frontera urbana no ha dejado de crecer. Han pasado cuatro siglos de aquel villorrio español, y en todo ese tiempo el río ha sido testigo de la transformación urbana.

El puente negro, dibujo de la niña Valeria Jaramillo (Foto archivo)

Y en su paso por la zona industrial, al río se le han vaciado toda clase de materiales contaminantes procedentes de complejas factorías industriales: fenoles, cianuro, mercurio, detergentes, colorantes, plomo y desechos de cañerías por venas putrefactas y malolientes, y cadáveres humanos. Está vivo y sano de la cabeza al cuello, pero el resto del cuerpo está enfermo. Las ciudades no solo invadieron sus laderas, sino que se expandieron por todos los recovecos del valle. Las basuras atascan sus quebradas.

El río sufrió la rectificación de su cauce para que las edificaciones urbanas imperaran en sus dominios y los trenes vociferaran en su rostro el advenimiento de la gran industria. Como dijo Tomás Carrasquilla: “Has perdido tus movimientos, como el montañero que se mete en horma, con zapatos, cuello tieso y corbatín trincante”. (El río. Crónica de Tomás Carrasquilla. Obras completas).

Luis Hernán Rincón, poeta y miembro del Grupo, lo describió como “el espinazo del Valle”. Y desde su “atalaya óptima” se zambulle dentro de sí para revelar lo que lleva del río. No solo su enfermedad sino, en especial, su canalización. Luego señala que la presión por apropiarse de tierras para el desarrollo condujo a la canalización del río, y afirmar en definitiva que “la canalización del río Aburrá seguirá sirviendo para colectar y botar lejos de la ciudad lo que en ella arrojemos al río”. (Río Aburrá: el espinazo del Valle. Luis Hernán Rincón. La palabra se baña en el río).

Las consecuencias más recientes pudimos apreciarlas cuando fue suspendido el servicio de transporte del Metro desde Envigado hasta La Estrella, pues al ser canalizado adquirió mayor energía, velocidad y capacidad de arrastre y profundidad, socavando sus orillas. No pasaba así, cuando conservaba su arborización y vegetación natural.

Grandes desafíos

En el 2001, cerca del lugar de su nacimiento, se erigió una especie de clínica de conservación: El Refugio de Vida Silvestre y Parque Ecológico Recreativo, en el Alto de San Miguel, vereda La Clara. Así lo declaró el Concejo del Municipio de Caldas para proteger los recursos naturales de este ecosistema estratégico del Valle de Aburrá. Hoy, el municipio de Medellín es propietario de 814 hectáreas de esta riqueza biológica, que constituye el 60% del área natural protegida. Y a través de la Secretaría del Medio Ambiente, se desarrollan actividades de educación ambiental para la conservación, protección y mantenimiento de dicho refugio, para evitar se muera el río Aburrá en su propia cuna.

Puesta en escena gráfica sobre el río. Grupo Literario El Aprendiz de Brujo (Foto archivo)

Empresas Públicas de Medellín han erigido una segunda clínica para la regeneración del río que ya no tiene oxígeno para los organismos vivos: la Planta de San Fernando, ubicada en una zona de 14 hectáreas del municipio de Itagüí. Hace parte de la primera etapa del plan de saneamiento del río. La segunda etapa la constituye la Planta de Tratamiento de aguas residuales de Bello, en proceso de construcción. Su objetivo específico: que el caudal del agua sucia que entra por las tuberías afluentes salga limpia de acuerdo con los requerimientos mínimos de nuestra legislación ambiental.

Como efecto socioambiental ya empiezan a desaparecer, en el Sur del Valle, los malos olores del río. Pero desde Bello hasta Barbosa, el vaho maloliente sigue intacto. Se espera que desaparezca cuando la Planta de Bello entre en operación. Ojalá no esté lejano el día en que hagamos una fiesta como la que hicieron en Londres, en 1978, cuando volvieron a pescar en el río Támesis.

Sueños en torno al Aburrá

Soñar el río se impuso como una necesidad. Aún bajo la oscuridad de su cauce, los aprendices de escritores crearon universos literarios que lo reivindican como parte de sus historias. Este proyecto cultural del Grupo Literario le mereció el premio, en cuatro versiones,

Amanecer - Luis Berrío, óleo - De la Exposición "El río de la vida", 2012.

Amanecer – Luis Berrío, óleo. Del libro Cuando el río suena, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo (foto archivo)

el Programa Vigías del Patrimonio de la Secretaria de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín Sumergirse en su misterio, hizo que nuestro director Ángel Galeano Higua, expresara en el prólogo de Cuando el río suena: “Ser río. Fluir todo el día, toda la noche, como el universo mismo. Alargarse, enroscarse, zigzaguear, ser angosto pero también ancho… Ser río. Fluir dentro y fluir fuera. Oxigenar los meandros de la vida. Fluir y huir de la brutalidad humana que arroja tantas porquerías industriales y miserias consuetudinarias. Ser río. Actuar como río. Explorar el gran misterio de deslizarse dentro de sí mismo como corriente libérrima”.

aljiguz@une.net.co

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Publicado en la edición impresa de El Pequeño Periódico No. 102

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Apuntes de Diario

Campo de práctica

Nubia Amparo Mesa Granda

El diario literario se alimenta de sueños, acontecimientos, lecturas, deducciones, anticipaciones. Nos permite darles cauce a los pensamientos y las emociones. Para un aprendiz de escritor es como un campo de entrenamiento donde ejercita su capacidad narrativa.

Son las seis de la mañana. Dejo la cama y abro la ventana de la sala. Es mi rutina, un ritual para saludar el día. Miro el cielo y trato de entender su lenguaje. Qué dicen las nubes cuando son densas, o las más frágiles, o las que se han teñido de color rosa. Hoy el cielo está limpio de nubes y cuando descorro la cortina, una gran farola suspendida en el espacio me deslumbra con su luz. Busco mi celular y obturo para capturar esa imagen y deleitarme mirándola una y otra vez.
Fue un acto reflejo estimulado por el deseo de constatar los momentos vividos. Ahora escribo sin mirar la fotografía. Hurgo en mi memoria para reconstruir el instante. Busco cada palabra, intento una secuencia, trato de encontrar el significado de la acción.
Párrafo y fotografía son un intento. Constituyen mi diario. En el caso de la fotografía solo realicé un encuadre y di un clic. Pero, cuando escribo registro datos, fechas, nombres, y plasmo mis ideas, fantasías y experiencias. Lo hago, no sólo con la intención de guardar recuerdos y dejar un testimonio de vida, sino como un ejercicio que me abre hacia la literatura, donde no sólo es importante qué decir, sino cómo decirlo. En algún momento podrá convertirse en materia prima para una obra.
El diario literario permite la dispersión de ideas y de temas. Podría decirse que cabe todo: la expresión de un pensamiento que cruzó como una ráfaga, la vivencia que más te conmovió en el día, el registro de una conversación, la descripción de una escena, el esbozo de un personaje. En ese sentido, el diario literario no se rige por los principios de la veracidad, no constituye un documento histórico en sí, aunque devela las visiones del autor y se sirve de sus experiencias para construir una imagen del mundo..

Una experiencia

Sesión especial del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. (Foto de Ángel Galeano Higua)

En el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, cada integrante lleva su diario y lo comparte en las sesiones semanales. De esta manera el autor no sólo escribe para sí. Al leerlo para otros deja de ser a la vez narrador y narratario y pasa a involucrar al lector en sus disquisiciones, aceptando sus interpretaciones.
Es un momento crucial en las sesiones que realiza el Grupo cada semana. Quien comparte algo de su diario, al hacerlo en voz alta, evalúa asuntos de ritmo, repeticiones, palabras innecesarias, y con la ayuda de los demás descubre problemas de coherencia y de precisión que no fueron percibidos en el momento de escribir, puesto que en el diario prima la espontaneidad para expresar ideas y retratar situaciones.
“Al atrevernos a llevar un diario nos convertiremos en cronistas de nuestra propia vida, lo que nos permitirá hacer un seguimiento de nosotros mismos, aprender de errores pasados, probar con nuevas metáforas, seguir el pulso de nuestra existencia”, dice Ángel Galeano Higua, coordinador del Grupo, escritor, editor y periodista, quien, como los demás, despliega toda su capacidad de escucha para “pillarse” algún obstáculo en la comprensión de la idea o la palabrería que opaca la belleza de una frase.
Mantener esa rutina de escribir en el diario se ha convertido, para los integrantes del grupo, en parte de su método para mejorar la capacidad narrativa. “Llevar un diario, ha sido, para mí, una salvación inequívoca, una manera de nombrar mi mundo, de reinventarlo”, expresa Claudia Restrepo Ruiz, quien además de libretas de apuntes ha utilizado su blog como soporte para mantener el ejercicio constante de la escritura.
Llevar el diario literario exige continuidad. De esta manera el aprendiz de escritor comprende, como lo plantea Ángel Galeano, que no hay que despreciar nada de lo que vemos, oímos o palpamos, lo que sucede a nuestro alrededor, incluidos nuestros pensamientos.
Para Marta Cecilia Cadavid Moreno, aprendiz de escritora e integrante del Grupo, el diario equivale a la libreta de bocetos de un pintor. “El ojo del escritor que lleva un diario nunca deja pasar los detalles que observa a su paso: una rosa que brota en las orillas de una quebrada o el agua que corre encarcelada debajo de una calle”. Para ella, esos retazos de ciudad, las reflexiones que plasma y las historias que le cuentan o que presencia, son materia prima de la literatura.

Más allá de lo íntimo

Muchos escritores, que lograron categoría de grandes, llevaron un diario durante toda su vida y admitieron que este tuvo una influencia fundamental sobre su creatividad. Para algunos como Guidé, quien mantuvo el hábito durante sesenta años, tenía una connotación de intimidad. Hablaba en él de sus evoluciones espirituales, del despertar de los sentidos y de los momentos de dolor. En cambio, Anaís Nin expresaba que de él podía “extraer ciertos descubrimientos que pueden ser fácilmente incorporados a otros tipos de escritura”.
En todo caso, el diario permite la expresión individual sobre el mundo por medio del lenguaje. Quien lleva un diario logra transponer su pensamiento y llevarlo a una nueva categoría en la cual pueden entrar otros con la capacidad de leer y entender su código. Y entonces, esa vida narrada se convierte en un tributo a lo efímero de la vida vivida.

nubiamesa456@gmail.com

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Publicado en la edición impresa de El Pequeño Periódico No. 102.

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Invitado Especial

El guitarrista que quiso ser invisible

Leandro Vásquez Sánchez

Miguel Ángel Sanz sólo pudo ser guitarrista. No se imagina desempeñando otro oficio. Sin la música su vida sería insoportable. Cree que también es indispensable para los otros seres humanos. Como el agua, el oxígeno y los nutrientes. La belleza, la música, la poesía salvan vidas, dice. Ese ideario lo practica con un entusiasmo casi religioso. Por eso se propuso cruzar el Atlántico para presentar en Colombia un recital con poemas colombianos.

Maestro Miguel Ángel Sánz. En la parte trasera del Instituto donde estudió, vivía un lutier de guitarras clásicas que cuando las terminaba le pedía el favor de probarlas. Era tal la fascinación por esos instrumentos recién construidos, que escapaba de las clases para ir a visitarlo. (Fotografía de Ángel Galeano Higua)

 

Una vocación inquebrantable

Taller de lutier en Barcelona que fabrica las guitarras que Miguel Angel Sánz prefiere. (Foto Angel Galeano Higua)

Su primera guitarra la heredó de su abuelo. Como no sabía tocar, sólo pasaba el pulgar por sus cuerdas. Estaba desafinada de tal manera que producía un acorde perfecto mayor. No tenía que hacer ningún esfuerzo para lograrlo. Pero la guitarra siguió destemplándose. El primer ejercicio fue buscar, otra vez, ese sonido. Así comenzó a explorar los rudimentos del instrumento.

Obtuvo a lidias el título de bachiller y maestro de guitarra. En la parte trasera del Instituto donde estudió, vivía un lutier de guitarras clásicas que cuando las terminaba le pedía el favor de probarlas. Era tal la fascinación por esos instrumentos recién construidos, que escapaba de las clases para ir a visitarlo.

Durante el servicio militar obligatorio, dirigió la banda de guerra porque sabía más de música que su superior. Cuando formaban las unidades, Miguel Ángel decía: a la orden mi coronel, sin novedad en la banda. Para hacer ese reporte necesitó tres meses. Cada capitán hacía lo mismo con su compañía, pero ellos necesitaron quince años de carrera para ganar ese privilegio. Miguel Ángel también fue cornetín de órdenes. Era una satisfacción tocar ese instrumento y ver al coronel ponerse firmes, cuenta.

Gastó mucho dinero en el cuartel, sobre todo en comida. Sus padres se lo mandaban. Buscó un trabajo para devolvérselo. Cuando en una empresa de transporte, dijo que quería el empleo para comprar un piano, lo descartaron. Pero su historia llegó a oídos del gerente de la compañía, quien, para sorpresa de todos, lo contrató. Lo hizo porque el gerente siempre quiso ser músico. Al terminar el contrato, le insistió para que se quedara y se convirtiera en su secretario. Te triplico el sueldo, lo retó. Señor Álvarez, no puedo seguir, yo soy músico, ya trabajé lo suficiente para comprar el piano. Cuatro años después, Álvarez entraba con su esposa a la ópera y lo reconoció en un pasillo: ¡Miguel, qué tal! Bien, gracias, ahora soy profesor en el Conservatorio Superior de Música. Se despidieron con un apretón de manos.

 

La última página

Los poemas de La última página lo impulsaron a entablar un diálogo. El lenguaje que Miguel Ángel eligió para comunicarse fue la música. La guitarra era la intérprete de las sensaciones que le despertó esa relación. Durante varios días sintió cómo emergía en él una tonada. A veces creía que era una pieza de algún otro compositor. Pero no, era la obra que cobraba vida. Por eso, al principio sólo escribió las partituras para cinco poemas. No los eligió guiado por un método. Fue sólo enamoramiento. Había otras poesías que merecían vestirse con la seda de la música, pero debían madurar, reclamar ellas mismas un lugar en su pensamiento.

Entendió que la belleza ya estaba en el poema. Un exceso de protagonismo de la música traicionaría la relación que pretendía establecer. Se corría el riesgo de mancillar los versos. La guitarra sólo debía servir para acompañarlos. Pero con la música, el poema cobró una nueva dimensión. Fue el encuentro de dos niños que desvestían El trompo de Rubén Darío Lotero, trepaban al árbol y espantaban los pájaros de Miguel Méndez Camacho o jugaban a que uno era la Eurídice de Lucía Estrada y el otro la muerte acechando. Al recital se sumaron otros poemas del mismo libro. Los de Pedro Arturo Estrada, Tatiana Guardiola, Jorge Debravo, Luis Hernán Rincón, Álvaro Julián Moncada y Héctor Rojas Herazo. Acompañados por los versos de los catalanes Álex Martínez, Joan Margarit y Miquel Martí i Pol.

 

Medellín, vedetes y poesía

(Izq. a der.) Los poetas Rubén Darío Lotero y Eladio Ospina. El guitarrista Miguel Ángel Sánz y el poeta Álvaro Julián Moncada (de sombrero) y el niño Miguel Alfonso Sánz Contreras. Biblioteca del Jardín Botánico de Medellín (Foto archivo)

El guitarrista me confesó que todavía no termina de leer La última página. Quiere volver a su casa en Cerdanyola del Vallés para hacerlo. Inició la lectura, pero le reclamaba abandonar los afanes. Exigía degustar todos los matices. No intentó finalizarla. Su cansancio físico y mental se lo impedían. El trabajo con La última página no sólo exigía leer o componer las partituras de guitarra. Implicó planear los recitales en Barcelona y en Colombia. Lo obligó a emprender un agotador trabajo administrativo y de gestión junto a las instituciones que lo apoyaron. Pero desde el principio supo que valdría la pena.

En Cartagena y Barranquilla el recital superó las expectativas. Lo mismo que en Medellín, realizado en el auditorio del edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. Poco antes de iniciarse, Ángel Galeano me presentó a Miguel Ángel Sanz, a su esposa, a su hijo y al poeta Pedro Arturo Estrada, quien llevaba una gorra campera negra. A este último le preguntamos cómo iba el Festival Internacional de Poesía de Medellín, uno de los eventos más sonados en la ciudad y que acontecía esa misma semana. Nos contó que este año lo “mejor” eran las poetisas invitadas. Parecían elegidas en un casting. Y nos mostró una revista que lo confirmaba, casi un catálogo de modelaje.

 

Las estrellas cautelosas

El compositor Miguel Ángel Sánz en la Universidad de Antioquia, 2018 (Foto Ángel Galeano Higua)

Miguel Ángel esperaba la llegada de los poetas. Estaba vestido de negro. Su esposa, de blanco. Cuando le tendí la mano a Miguel Alfonso, su hijo, miró al suelo. Dudó en extendérmela, no muy seguro de presentársele a un adulto con un apretón. Olvidó decirme su nombre.

Llevaba gafas, vestía un short, un morral del Fútbol Club Barcelona y un reloj de bolsillo que compró en Medellín porque, a su abuelo, le gustan esas cosas. Participó en el recital desde el comienzo. Una vez su padre escribía la música, podían abordarlo en casa y pedirle que declamara cualquier poema. Gracias a su memoria prodigiosa, no tenía que leer. ¿Sabes qué hacía yo a tu edad? Jugar fútbol en la calle, le dijo Ángel Galeano.

El encuentro con los poetas fue delirante. Padre e hijo presenciaron cómo las voces recogidas en unas cuantas letras, leídas, declamadas y soñadas, vestidas y desvestidas con la música, se hacían personas. Los culpables de su enamoramiento de la poesía colombiana y su periplo por el país, estaban ahora frente a ellos. No imaginaron que la voz de Julián Moncada fuera tan frágil como sus versos, ni que la paciencia de Luis Hernán Rincón igualara a la de los asteroides de El río sin agua. Después de enseñar música, componer, realizar giras por Europa y África, tocar con orquestas, bandas sinfónicas y músicos destacados, Miguel Ángel sintió que estaba delante de unas verdaderas estrellas, no del rock, sino de la poesía. Cuando Miguel Alfonso los saludó, las manos le sudaban.

 

El trompo y el niño

Al comienzo el público esperaba el recital en silencio. Miguel Ángel se sentó con la espalda recta y la guitarra entre las manos, apenas apoyada en el muslo de su pierna izquierda. Ángel Galeano era uno de los rapsodas. Su voz fue recia, profunda y calma, como el rumor de un mar lejano. La de María Cecilia Estrada, invitada a leer los poemas de Lucía Estrada y Tatiana Guardiola, en cambio, era una huida tensa.

Padre e hijo en pleno recital en el Auditorio principal del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. (Foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

La guitarra serpenteaba tras sus pasos. Antes de recitar, Pedro Arturo Estrada contó la historia del maestro José Manuel Arango, a quien alguien le pidió que le permitiera ponerle música a sus poemas a lo cual él respondió: Yo creí que ya tenían.
Me sorprendió cuando Ángel Galeano llamó al escenario a Miguel Alfonso. Es mi hijo, le contó el guitarrista al público mientras ambos sonreían. Lo invitó a participar del recital porque no tenía otra forma de agradecerle su colaboración en los ensayos. Además, su presencia daba un mensaje: la poesía es para compartir, no hay que ser adulto o especialista. El niño de diez años se paró a un lado del atril. Con una mano sostuvo el micrófono y la otra la guardó en el bolsillo. Miguel Ángel introdujo El trompo con un vals, un giro, como el del juguete. Luego Miguel Alfonso declamó, con su voz tersa: Vestir el trompo con delgado hilo/ y en un envión/ desvestirlo… Sacó su mano del bolsillo y lanzó el trompo invisible. La música produjo un golpe, como el de la cuerda al liberar la peonza. Esbelta bailarina de lisas caderas/ danzando libre/ sobre un tacón. Terminó. La música decayó. El juguete también se detuvo, poco a poco, en nuestro pensamiento. Ambos sonríen. Arremetieron los aplausos enternecidos y los ¡bravo, bravo, bravo! emocionados por la presencia angelical de Miguel Alfonso. El niño tendió la mano para que le agradecieran a su padre. Miguel Ángel sabía que él no era importante, pudo hacer su trabajo tras bastidores y nada cambiaría. Quiso ser invisible, como la música. Señaló a Rubén Darío Lotero, el autor, a quien de verdad le debíamos ese estremecimiento. Fue un privilegio redirigirle esa ovación. El niño balanceó su cuerpo, nervioso, hizo una venia y se sentó de nuevo entre el público.

lavasquez1188@gmail.com

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Publicado en la edición impresa de El Pequeño Periódico No. 102.

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Editorial escrito por Mario Escobar Velásquez con motivo de la creación de la Fundación Arte & Ciencia.

 

De nuestros propósitos

Al consolidarse, mediante la aprobación de sus estatutos por la autoridad competente, nuestra Fundación Arte & Ciencia quiere establecer para la comunidad su razón de ser y delinear los propósitos que la animan.

Integrada por un grupo de ciudadanos ajenos a la política, y dedicados sí a menesteres artísticos o científicos. La Fundación venía gestándose de tiempo atrás. Cada uno de sus integrantes, y todos a una, venían entendiendo lo que suele ser usual en sociedades como la nuestra, cuyo desarrollo armónico es todavía una aspiración, esto es:

Portada de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 40, cuyo Editorial corresponde al texto fundacional de la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA.

A) Que el artista meritorio que cumple una función de belleza en cualquier campo no es algo que la sociedad tolera como un añadido, una superfluidad, sino una parte esencial. Porque la belleza ha sido siempre lo equivalente de una civilización. La una no puede ser sin la otra. Entonces La Fundación quiere estimular, apoyar, y poner de manifiesto ante la sociedad, a sus artistas: de todas maneras, y sea cual fuere el modo que tengan de manifestarse.

B) Igualmente en lo que toca a quienes dedican su vida a la ciencia. Tampoco sin ella hay civilización. Y tanto como el artista, el científico suele ser ignorado, inédito, menosvalorado. La Fundación pretende igualmente estimular, apoyar y poner de manifiesto ante la sociedad, a sus científicos: de todas maneras, y sea cual fuere el modo que tenga de manifestarse.

Lo que nos proponemos como entidad hace una tarea ingente. Los integrantes de la Fundación estamos llenos de voluntariosos ideales, que pretendemos cumplir.

Así lo prometemos.

(Texto escrito por Mario Escobar Velásquez por encomienda de los miembros fundadores de la Fundación Arte & Ciencia, octubre 12 de 1993 y publicado a manera de Editorial en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 40) Archivo general Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

 


Con este libro nació la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA en 1993. Después de esta obra el catálogo cuenta en la fecha con 80 títulos publicados.

 

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Perfil de Mujer

Habitante de una casa sin paredes

Leandro Vásquez Sánchez (*)

Al conversar con Luz Elena Ibarra me pareció estar bajo un torrente. Sus historias sobre las violencias del país, los desarraigados, los movimientos sociales y comunitarios fluían con una fuerza que amenazó derribarme.

Luz Elena hoy vive en La Cruz, un barrio hermano de La Honda, en Medellín. (Fotografías de Leandro Vásquez)

La Violencia

Nació en 1949 en Liborina, Occidente de Antioquia. Un año después de El Bogotazo. Su papá era liberal y su mamá, conservadora. Cuando las hordas de asesinos arremetían, las mujeres se resguardaban en su casa. Por temor, el papá se llevaba a Luz Elena para el bosque. Allá no se atrevían a preparar ni siquiera alimentos por miedo a que el humo o el fuego los delatara.

Le contaron que su mamá preparaba tapetusa. Como ella sabía oraciones, cuando los militares inspeccionaban, no veían las plantas de caña de azúcar con que hacían el aguardiente, sino pencas de sábila. Su primer esposo le había enseñado los sortilegios. Cuando él no tenía dinero, se convertía en caballo y le pedía a un amigo que lo vendiera. Por desgracia, un día atraparon a la mamá de Luz Elena. Por eso, ella nació en la cárcel.

De su cuello, cuelga una camándula de cuentas traslúcidas. En el velorio de mi abuelo recitó de memoria los “Misterios gloriosos” cuando guardábamos un silencio tenso. Aprendió el rosario de su mamá. Recuerda que el día que la Junta Militar derrocó al dictador Rojas Pinilla, obligó a la familia a levantarse a las once de la noche para rezar por el general. La personalidad de su mamá era compleja. También los juntaba en el patio, todos los días, a las dos de la tarde, y les hablaba de Marx, Mao, María Cano y las luchas por el voto femenino.

 

El desarraigo

Una de tantas reuniones de capacitación de líderes comunitarias en Medellín.

Vivió en Aparatadó, Belén de Bajirá, La Dorada Caldas, Barranquilla, Puerto Berrío, Currulao, Chigorodó, Bucaramanga y otros lugares. Paseó por las ferias de todo el país, junto a su compañero, haciendo fotografías. En el Cauca estuvo con los Liberadores de la Madre Tierra. En La Rochela, Santander, reclamó por el paradero de doce jueces ejecutados. En Popayán, con la Ruta Pacífica de las Mujeres, defendió los acuerdos de paz. En Segovia, participó en la conmemoración de la masacre de 1988. Su casa no tiene fronteras, es un camino que recorre impulsada por el destino y las luchas por la dignidad de los seres humanos.

En el año 2.000, llegó a Medellín acosada por la violencia, después de vivir en Urabá. No conoció suelo más fértil que ese. En su patio cosechaba los mejores alimentos. La riqueza estaba tirada por ahí, los bananitos pequeños no nos los comíamos, afirmó. La exuberancia de la tierra, también fue su desgracia. Una tarde los paramilitares llegaron con notarios a bordo y los obligaron a entregar sus parcelas a precios insignificantes. Luz Elena asistió a una reunión en la que Carlos Castaño les dijo que mañana le entregaban el dinero a las viudas, es decir, asesinarían a los hombres. Y si ellas no querían vender, también las desaparecerían.

Arribó a La Honda, Comuna tres, un barrio que hace pocos días celebró sus veinte años de existencia. Allá estaban entregando solares a quienes participaran en los convites para construir las viviendas. Un día hacíamos la casa de un amigo y al otro, la mía, dijo. Fue terrible vivir la persecución de la fuerza pública a sus hijos. Imaginaban que pertenecían a grupos armados, sólo porque eran desplazados. Además, las bandas querían reclutarlos. A veces me pedían un trapito y sacaban los revólveres para limpiarlos. Me les planté y les dije que no volvieran. Mis hijos no empuñarán un arma, concluyó con bravura.

No fue difícil organizarse. En Urabá ya habían construido tejido. En Medellín, fundaron Latepaz (Líderes hacia adelante por un tejido humano de paz). Ahí conoció a Ana Fabricia Córdoba, la líder asesinada dentro de un vehículo de servicio público. Las dos venían desplazadas de Urabá, eran vecinas y se hicieron amigas de andanzas y compañeras de luchas. En la organización ayudaban a quienes llegaban desplazados. Les conseguían comida, albergues temporales y brindaba capacitación sobre las rutas de atención, que ya conocían por haber arribado antes a la ciudad. Ahora, Luz Elena participa en la creación de un documental sobre Ana Fabricia, un testimonio de una vida atribulada por todas las violencias del país, un grito que desde el infinito nos advierte que la muerte no es posible.

La Cruz

Encuentros semanales de las madres de los desaparecidos en el Parque de Berrío de Medellín, actividades lúdicas simbolizando la búsqueda y la espera de sus seres queridos.

Luz Elena vive en La Cruz, un barrio hermano de La Honda. Una vez subí por una carretera empinada, en un bus cargado de bultos de mercado y pasajeros taciturnos. Mientras yo rogaba en silencio para no despeñarnos, ellos miraban por la ventana, impávidos ante el esfuerzo del vehículo para trepar la loma. Los ranchos de madera y las casas de ladrillos estaban aferrados al cerro, desperdigados entre árboles, plantas y pasto. Después de abandonar la parte más poblada, subimos una montaña pelada, escarpada y silenciosa, poblada de viviendas que parecían ocupadas por fantasmas que eran dueños de los perros famélicos que nos recibieron. Lo más alto estaba coronado por una cruz. Fue hace tanto que no sé si la última parte es un recuerdo o así es como imagino la Comala de Juan Rulfo.

A pesar de que en el barrio viven más de diez mil personas, la administración municipal de Medellín todavía lo cataloga como un asentamiento subnormal y zona de alto riesgo. Las políticas públicas hacen más difícil la vida de sus pobladores. Luz Elena pertenece al Comité por la Defensa y Transformación del Territorio. Ellos no hablan de zonas de alto riesgo, sino de alto costo. Creen que es urgente invertir en el fortalecimiento de los cimientos y el mejoramiento de las viviendas en estos territorios. Las comunidades están dispuestas a ofrecer su trabajo para respaldar este tipo de propósitos. No quieren reubicaciones, sino reasentamientos en sitio. El barrio es una gran familia. El vecino me presta el pasaje, en la tienda me largan una libra de panela. Puedo hacer empanadas y tengo clientela, dijo Luz Elena. Cuando son desarraigados, se quedan solos, tienen que empezar de nuevo.

A Luz Elena hace tres meses la sacaron de la casa que arrendaba. Se fue a vivir a un lote suyo, pero la vivienda se había desplomado. La Corporación Convivamos le prestó una carpa. Las compañeras de la Red de Mujeres Populares la ayudaron a levantar una casa de madera, en la que puede escuchar la lluvia sin que la moje. Tiene una vivienda en Liborina que heredó de su hermana, pero se niega a dejar de lado los afectos, los sueños y las esperanzas forjadas durante dieciocho años de trabajo comunitario. Prefiere vivir donde está. Por lo menos en su jardín puede sembrar cebolla, pimentón, orégano y cúrcuma. Además, habita la ciudad: hogar con techo de nubes, estrellas, soles y lunas.
No es la primera vez que tiene dificultades, ni son las más difíciles que enfrentó. Le duele ver a su familia desperdigada. Cuando habla de ellos, se le nota en los ojos tristes y los labios contraídos, pero confía en que todos tienen la templanza para librar sus propias batallas.

Sara Isabel cuenta con la fortuna de que la habita la fuerza de varias generaciones de mujeres sobrevivientes de la guerra.

Su hijo vive en una habitación del centro de la ciudad. El otro, en Liborina. Luz Elena sólo está con su hija Chavela. Como habitaban una carpa, a Sara Isabel, su nieta, la internaron para protegerla. Cuando Chavela estaba embarazada de ella, caminaban desde La Cruz hasta la Universidad de Antioquia para asistir a un diplomado de servicios públicos y pobreza.

Al nacer, la acostaban sobre el pupitre. Cuando apenas caminaba, marchaba el Día Internacional por los Derechos de las Mujeres de la mano de su mamá y su abuela. Era tal su tenacidad que en el movimiento la apodaron Resistencia. Ahora tiene diez años. Exige sus derechos en el salón de clase. Ya es una activista, dijo Luz Elena con orgullo. Sara Isabel cuenta con la fortuna de que la habita la fuerza de varias generaciones de mujeres sobrevivientes de la guerra. Que no le falte el valor para liberarse de cualquier lastre y caminar por la casa sin paredes que le dejará su abuela.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO, Edición 102, pág. 4 y 5. Septiembre de 2018

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(*) Leandro Vásquez Sánchez es periodista egresado de la Universidad de Antioquia, miembro del Comité Editorial de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, autor de innumerables crónicas y reportajes algunos de los cuales hacen parte del libro Perfil de Mujer, publicado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA. Obtuvo el Premio Nacional de cuento convocado por el periódico Qué Hubo en 2017 con el cuento Calle sol. Autor del libro Gambeta, de la Colección El Aprendiz de Brujo.

 

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Última página de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, No. 102. Ya está en circulación la edición impresa.

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