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Archive for the ‘El Pequeño Periódico’ Category

Compartimos el siguiente comentario sobre El río fue testigo, que nos hizo llegar el poeta Eladio Ospina. Él fue también uno de aquellos “descalzos” de quienes trata esta obra editada por SÍLABA EDITORES y FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA y que ya está en circulación.

 

La portentosa gesta de “los descalzos”

Eladio Ospina

Eladio Ospina

Y el río está más seco, más rojas sus aguas, más desoladas sus gentes, más pobre de peces, alcaraván y gaviotas, más poblado de muertos. Pero sigue ahí como un testigo que no han podido matar.
Estremece pensar que ahora todo está más mal, más lúgubre, crece el abandono del Estado, también ayer lo había, pero era más amable el abandono de ayer, el de antes de pasar la última guerra, todavía a Dios que hay que llevarlo, siempre ha sido y será así, Dios va donde lo lleva el hombre.
¿Recuerdas la hija de Chago Aldana? Tenía unos seis años en aquellos años de nuestro canto a la esperanza, hace un mes me encontró por las redes, hubo fiesta en su casa en Pueblorico donde vive y aquí en la mía. Hablé con él, le mataron un hijo de diecisiete años y lo sacaron de la tierra. ¡Te das cuenta Ángel, porque era mejor el abandono antes de la guerra!
Portentosa la gesta de aquellos descalzos, que abandonaron familia, universidad. trabajo, amigos y amores. Portentoso su sacrificio, su entusiasmo, la consecuencia con su propio pensamiento, tan escasa en estos tiempos.
Dura la batalla por el sostenimiento, efervescente era ver la luz que empezaba a iluminar esas montañas; a los campesinos, niños, mujeres y hombres, esbozar una sonrisa cuando llegábamos. Apasionante su asombro ante el cosmos reflejado en una pantalla, o la vida inicial en un microscopio. Un millón de historias navegaron por ese río o desembarcaron y se fueron cordillera adentro, más aquellas que luego descendieron.

Carmen Beatriz Zuluaga, una de las descalzas durante una brigada de salud en Palenquito, Sur de Bolívar, mayo 15 de 1985 (Archivo El Pequeño Periódico)

Solo hombres que lleven su causa en el pecho podían resistir tal epopeya, pero hoy su gran valor y el valor de tu libro, además de las experiencias que se recogerán mañana, y la huella que le dejas, es rendirle un tributo a la utopía, esa vieja desbrozadora de sueños, sin la cual se muere el impuso vital de los cambios. Las grandes gestas tienen su origen en la utopía, pero el mundo le cambió su significación, para cortarle alas. A este país le hace falta la quimera, pero entre un Estado paraco, los que manejan el poder y los otros, la dejaron sin aire.
Algunos amigos renunciaron pronto y hablan desde su corta experiencia, es comprensible su visión y su renuncia, les tocó la etapa en que no sabíamos cómo sobrevivir en medio de tanta gente, de tanto extraño, de tantos jueces, policías, alcaldes paracos y, terratenientes que eran los comandantes en esa etapa de la historia. Apenas dábamos lo primeros pasos por un sendero desconocido. Hasta que se unieron en su contra los nuevos inquisidores, la gendarmería de extrema izquierda.
Tu persistencia en no dejar morir el sueño, ni en el corazón ni en el olvido, te hace merecedor del título “Ángel salvador de la quimera”. Tu libro es un respirar profundo para darle aliento a la utopía.
Buena suerte navegante.

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Mensaje enviado por Eladio Ospina luego de leer la segunda edición de la novela de Ángel Galeano Higua.

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Desde el martes 13 de junio de 2017, se halla en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, el Archivo General de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, que comprende el periodo entre 1982 hasta 2014. El encargado de recibirlo fue Carlos Uribe, de la sección de valoración patrimonial. Con tal motivo recordamos la siguiente nota editorial.

Portada No 1Vuelta al puerto de la memoria

“Aquella cabeza que creaba, que vivía de la vida superior del arte, que reconocía y se había habituado a las exigencias sublimes del espíritu, esa cabeza fue arrancada de mis hombros. Quedaron la memoria y las imágenes que yo he creado pero que aún no he materializado… Sin embargo se ha conservado el corazón y la misma carne y la misma sangre que puede amar y sufrir y desear y recordar como antes”.

Dostoieski acababa de vivir su muerte y al mismo tiempo su renacimiento. Condenado a la pena capital por haber leído en público una carta crítica sobre las injusticias del zarismo, tras la farsa de la ejecución, llegó el indulto del zar. Doble tortura. Entonces vertió en una carta a su hermano Mijail la experiencia de la muerte. Hoy, 160 años después, al volver a leerla nos asombra que el novelista ruso hable de la memoria en el corazón, en la carne y en la misma sangre. Esta forma de conocimiento fue justamente lo que le permitió superar aquella experiencia límite y convertirse en uno de los escritores más profundos.

¿Para qué le sirve la memoria histórica al país?, le preguntaron hace poco a Gonzalo Sánchez, Director del Grupo de Memoria Histórica. Su respuesta permite arar en la espera de la que hablamos: “Colombia es un país de millones de víctimas. La memoria es una forma de reconocerlas… es, si se quiere, también una forma de justicia, si bien no sustituye a los procesos judiciales. Pero, por sobre todo, la memoria es una plataforma desde la cual se formulan reclamos de diverso orden. La memoria es hoy en Colombia una forma de inclusión y de participación”. (El Espectador, Nov. 2011)

Sí, inclusiva y activa, un tesoro que debemos cuidar como a la vida misma. Como al planeta que también tiene memoria. Nadie es dueño de los recuerdos de otro. Sólo los déspotas y dictadores sueñan con ello, como dice Kundera: “Para liquidar a las naciones lo primero que se hace es quitarles la memoria. Se destruyen sus libros, su cultura, su historia. Y luego viene alguien y les inventa una historia. Entonces la nación comienza lentamente a olvidar lo que es y lo que ha sido. Y el mundo circundante olvida mucho antes…”.

Pero los colombianos no estamos dispuestos a desperdiciar los sueños de un merecido futuro construido sobre las tumbas de nuestros muertos, que siguen vivos por siempre, porque al recordar su ejemplo fluye su memoria en nuestra sangre, que puede amar y sufrir y desear y recordar, como en la experiencia del condenado a muerte. Sólo que en nuestro caso nos corresponde indultarnos a nosotros mismos.

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El Pequeño Periódico, Editorial 95. Medellín, 2011

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Estuvimos en Urrao y además de la hospitalidad de sus habitantes y su bello paisaje, nos llamó la atención la vida cultural, en especial la obra del artista Humberto Elías Vélez Escobar: Homenaje al Cacique Toné (mural en la Alcaldía), y el Balcón del Indio, entre otros. Queda flotando en el aire cuáles serán los proyectos tanto a nivel local, como departamental, para proteger y preservar esa riqueza que, sin duda, hace parte del patrimonio cultural del país. En especial, El balcón del indio, que se halla en terrenos privados.

Homenaje al Cacique Toné, Mural Alcaldía de Urrao, Humberto Elías Vélez E. (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Habla el autor del Balcón del Indio

Uno de los mayores reproches que se hacen los artistas contemporáneos es que su obra no es admitida nada más que por una minoría de iniciados. El pueblo no puede comprenderlos. Varias razones explican esta situación. O estamos imponiendo nuestras realizaciones por encima del pensamiento del pueblo, o el arte es para una minoría privilegiada compuesta exclusivamente por personas que disponen de ratos de ocio, que pueden ver, mirar y desarrollar su sensibilidad.

El balcón del Indio. Humberto Elías Vélez. Si no se toman las medidas pertinentes pronto, esta escultura puede correr peligro. (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

El mayor problema que se nos presenta es el de la integración. Preciso es advertir por anticipado que no se trata de integrar todas las artes en el molde ordenador de la arquitectura o del urbanismo, sino dentro de la vida misma y de verdadero servicio o deleite para la comunidad. Si nuestro pueblo vive en medio de objetos que juzga bellos, preciosos y magníficos como automóviles, aviones, máquinas, ¿por qué no va a ser capaz de entender el arte del momento? (…)

Reptiles y estrellas. Fragmento El balcón del indio.

En el momento actual, el juicio popular sólo se manifiesta con libertad ante el objeto cotidiano. Existe un drama profundo que separa al artista moderno del pueblo que, por su parte es instintivo y creador.

Tiene nuestro pueblo una capacidad de admiración, de entusiasmo, que puede canalizarse y desarrollarse en el mismo sentido en que progresa el arte contemporáneo.

El problema es francamente difícil, como todos sabemos, y sus soluciones correctas estarán reservadas a la moral y buena fe de los que pertenecemos a esta masa comprometida, respaldada por la labor honrada y continua de todos los grupos, asociaciones, entidades y estado.

Humberto Elías Vélez (Urrao, 1943)

Tomado de: ACAP, Asociación del Artista Colombiano en las Artes Plásticas Carlos Castro Saavedra, Medellín

Fragmento circular, El balcón del indio

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Con motivo de cumplir 90 años de vida don Antonio Botero Palacio, reproducimos este ensayo leído en la sesión especial de homenaje y reconocimiento a su vida y su obra en el XII Parlamento de Escritores del Caribe, 2014. Autor de la novela Al final de la inocencia, el poemario Canción para una despedida, entre muchos otros, y de la Historia de Magangué (Bolívar) y La Unión (Antioquia, su tierra natal). Don Antonio Botero Palacio es además el autor del Himno de Magangué y uno de los pilares del Centro de Historia de ese legendario puerto sobre el río Magdalena. (N de la Red) 

 

Un río de hombre

Por Ángel Galeano Higua

Antonio Botero Palacio - La Unión, Antioquia (foto archivo El Pequeño Periódico)

“Se me viene a la cabeza esta anécdota que muestra el interés cultural de Magangué: con motivo de una fecha importante, decidí preparar una conferencia sobre Porfirio Barba Jacob; así pues agoté las reservas de mi biblioteca y cuando los medios de consulta de la ciudad me dieron lo que tenían, me fui a Medellín y me enclaustré diez días en la Biblioteca Pública Piloto, hasta adquirir un bagaje de conocimientos que consideré suficientes y regresé para hacer la promoción de este acto que se realizaría en la Cámara de Comercio a las siete de la noche. Cuando las manecillas del reloj marcaban las ocho, resolví dar inicio al acto que contaba en el auditorio con la presencia de una sola persona: mi hermano. Me consolé diciéndome que el despreciado no era yo, sino Porfirio Barba Jacob”.

Tomado de “Antonio Botero Palacio: Maestro, navegante y soñador”. Navegantes de la utopía

1. Introducción

¿Qué pesa más en un hombre: su vida o su obra?

Esta pregunta medular surge a la hora de abordar a don Antonio Botero Palacio. La mera formulación ya plantea una profunda inquietud. No alcanzan las palabras que han rodado por el planeta para definir a un ser humano como él. A lo que quizás podamos aspirar sus amigos es a reconocer su generosidad sin límites, su descomunal esfuerzo por plantarse, con carácter, en la tierra ejerciendo el derecho a ser habitante de un país en cuyo barro ha quedado ya muy nítida su impronta. Y por supuesto, quienes tenemos el privilegio de conocerlo desde hace más de 30 años, no renunciamos al asombro que nos produce su delirante búsqueda de la belleza a través de nuestro idioma.

Hay hombres cuya vida se llena a sí misma de acciones. Los hay también en quienes el ejercicio del pensamiento, de la imaginación, los determinan. Pero en otros se confunden la palabra y los acontecimientos, se hacen carne y espíritu. A esta última categoría pertenece este hijo adoptivo de Magangué, este hombre que lo ha entregado casi todo por los demás. Que sólo ha guardado para sí la fuerza de su amistad que refulge en la mirada.

La iniciativa del XII Parlamento Nacional de Escritores de estudiar la vida y la obra de don Antonio Botero Palacio nos llena de regocijo. Reconocer sus aportes a la cultura colombiana, valorar sus esfuerzos por plasmar acontecimientos de talante histórico, saborear su obra diversa, reír ante los pasajes en que se burla con fino humor de su alter ego, proyectar su ejemplo emprendedor en pos de las causas sociales más nobles. Con tales propósitos, una organización como la Asociación de Escritores de la Costa, cumple a cabalidad con su razón de existir y abona el camino para que las nuevas generaciones de lectores acudan a beber de su obra literaria y tengan como ejemplar la vida de este compatriota.

2. Recrear la vidaAntonio Botero Palacio - La Unión, Antioquia

Aparte los avatares de Antonio Botero Palacio a lo largo de su vida, es de resaltar su persistencia creadora. Tal vez las duras condiciones materiales del hogar, los agrestes parajes de la vereda Garabatos que debió recorrer en la niñez y los arduos episodios que describe con gracia en su novela Al final de la inocencia , hollaron su vena literaria. No es que el dolor y el sufrimiento produzcan un arte más sublime. No, el dolor merma, deteriora, entristece, mata. Nadie en sus cabales quiere el dolor. Se trata más bien de que el talento no sucumbe cuando va acompañado de ciertos factores, como de una voluntad férrea y el atrevimiento de ir contra la corriente. Se expresa a pesar de las adversidades y en Antonio Botero Palacio tales vicisitudes sirvieron de materia prima para contarnos una historia. Su historia, que se riega con especial claridad en su novela.

A lo largo de toda su vida lo ha acompañado el recuerdo de su padre, Próspero Botero Restrepo, quien después de la dura jornada en los surcos colgados de los breñales y a la luz de un candil agonizante, les leía a Cervantes, Jorge Isaacs, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, José Eustasio Rivera, en la Casa Grande de Mesopotamia, Municipio de La Unión, en el oriente antioqueño.

Hizo teatro. Es decir, escribió dramas, los actuó, los dirigió. “Chamboneando en las tablas fue como tomé cariño por esta modalidad”, dijo en cierta ocasión (1). Fruto de esa exploración son las obras Abismos, Machismo, Blanca como azucena y El pleito. Muchas veces ha viajado a Medellín, Cartagena o Barranquilla con el exclusivo propósito de asistir a una función. Pero no le basta con “verlo”, lo lee. Con frecuencia le oímos citar a los griegos, a Shakespeare, a Chéjov, a Moliere.

A la pregunta de cuál es la obra de teatro que más lo ha impactado, responde: “Conservo fresco el recuerdo de una de las obras más maravillosas en la dramaturgia nacional, que logró impactarme como creación colectiva del teatro experimental. Me refiero al montaje que un grupo de la Universidad de Antioquia hizo de Guadalupe años cincuenta, y que tuve el privilegio de presenciar en el alma máter”. (1)

Si me fuese dado el derecho a resumir, diría que el hilo conductor de sus desvelos literarios ha estado en recrear la vida.

3. Los versos anteceden a la prosa

Antonio Botero Palacio en un evento cultural en Magangué (archivo El Pequeño Periódico)

Una de sus grandes pasiones es la poesía. Se transforma citando a Barba Jacob, de quien dice: que es el “poeta de todas las contradicciones pero siempre artífice de lo bello”. (3) En el epígrafe de estas notas se aprecia el ardor con que ha leído al autor de “La Canción de la Vida Profunda”, poema “donde palpitan, con vívida incandescencia, los más antagónicos momentos de la vida de un hombre”. Una especie de altar ha construido para Neruda: “en cada una de sus palabras cabe un mundo de alegría, de dolor, de angustia, de fe, que trasciende lo infinito”. Su personaje femenino preferido es Gabriela Mistral, “pues la sinceridad de su voz y el arrullo de su poesía me dan serenidad en el alma”. (1) ¿Quién de nosotros no lo ha oído hablar de la Canción del boga ausente, de Candelario Obeso, el primer poeta negro de América? En José Asunción Silva lo “sorprende la magia imaginaria de mil sombras proyectadas por la luna pálida”.

Cultor del soneto, no ha abandonado la musicalidad que heredó en la rima parnasiana, romántico le canta a la mujer, al amor, al paisaje. Ha escrito cientos de poemas y publicó un libro titulado Desde los lagares del alma. Uno de los imanes que lo atrapó al llegar al Caribe, al refugiarse en Magangué, fue la musicalidad con que hablan los costeños. Se ha compenetrado tanto con la región que no ahorra esfuerzos para promover entre los niños y los jóvenes el amor por la poesía mediante talleres, concursos, encuentros para compartir poemas salidos de los tiernos fogones espirituales de los niños de Magangué y la Costa Atlántica.

Más que su poesía en verso, podemos encontrar en su prosa esa búsqueda del ritmo, esa música que distingue su estilo orlado con los adjetivos a veces desmesurados, como desmesurada es su hambre de literatura. Antonio Botero sabe que la prueba de fuego de la poesía está en la prosa, pero eso no lo acobarda, al contrario, es combustible para su obra.

4. Afán por la Historia

Impulsó los Encuentros para jóvenes

Su formación de maestro de escuela en la Normal de Varones de Manizales, más su errancia obligada, no en razón de una estirpe de antioqueño andariego, sino por la persecución política en la que el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán marcó su vida como un mojón doloroso, exacerbaron el deseo de poner en práctica para su vida lo que les inculcaba a los niños en la escuela: conocer la Historia del país, de la región, de sí mismo. Saber dónde estamos parados, en qué país vivimos. No ha dejado de pensar en la pregunta que harán las generaciones venideras: ¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?

La violencia política, que descargó su hoz de parca funesta a finales de los años 40 del siglo pasado, por poco se lleva también a nuestro amigo. Gracias a su habilidad, a sus reflejos de maestro joven, pudo eludir esa indeseada cita y emprender el camino del exilio en su propia patria, como han tenido que hacer millones de compatriotas en estos últimos 60 años de nuestra historia nacional.

Lo ha impregnado el afán por conocer la historia, ya no como maestro de escuela, sino para sobrevivir. Esta dilatada y sangrienta página de nuestra historia, si bien contiene todo el drama de un pueblo avasallado por los poderes más aberrantes que han manejado nuestro país, en la pluma de Antonio Botero Palacio adquiere una dimensión humana conmovedora. Recurre a su propia experiencia y con ese faro echa a andar por los caminos de la historia local de su pueblo natal y del puerto que lo supo adoptar. Para hurgar estos vericuetos siempre ha encontrado cómplices, empezando por su hermano Próspero, con quien escribió, luego de largos años de investigación, los libros La batalla de Magangué, Historia de Magangué y la Historia del Municipio de La Unión, Antioquia, con motivo del centenario de su fundación.

A más de haber sido maestro, fue administrador de una finca ganadera, contabilista, gerente de una empresa de transporte fluvial, comerciante de madera y en medio de todos esos oficios impuestos por su condición de perseguido político, se convirtió, con el tiempo, en miembro activo y permanente de la Casa de la Cultura de Magangué, del Centro de Historia “Villa de Magangué”, del Consejo Municipal, y del Consejo Departamental de Cultura de Bolívar.

Es muy significativo que su obra Historia de Magangué, esté dedicada a Orlando Fals Borda, “quien sembró los principios raizales del tipismo costeño y creó, para la posteridad, la grandiosidad del hombre anfibio, que resume con perfección nuestra identidad”.4

5. Relatar

Firmando autógrafos de su novela Al final de la inocencia (archivo El Pequeño Periódico)

Esa antigua forma de historiar, de hacer de cronista, de contar lo que veía u oía, le agudizó la percepción para atrapar lo que sucede o no a su alrededor, más que lo trascendental o grandilocuente de la Historia, los sucesos cotidianos: los sentidos alerta, lo que gritan los vendedores en la calle, los pregoneros que ofrecen el pescado recién sacado del río, los aguacates y mangos, las alegrías de coco y anís… No es indiferente al aviso en los muros, a las anécdotas llenas de picardía y repentismo, al hecho político, a las noticias de nuevos descubrimientos científicos, a la creciente del río con todas sus consecuencias, lo mismo que a las sequías.

La búsqueda de su propia voz lo condujo a escribir una pieza integradora de ese pueblo cosmopolita. Porque Magangué es un puerto y como tal ha estado abierto al mundo. No es exageración, durante los diez años que viví con mi familia la aventura de los descalzos en Magangué, pudimos conocer la “Albarrada”, esa franja fronteriza entre el río grande de nuestra patria, El Magdalena, y la ciudad. En esa orilla se podía conseguir desde una aguja de hueso para tejer hamacas, hasta pólvora y demás trebejos para extraer oro de las minas del Sur de Bolívar. Por allí entran y salen de manera clandestina miles de ejemplares de iguanas e icoteas y otras especies de nuestra fauna en peligro de extinción, engrosando el mercado negro del interior del país y otros países. La Albarrada con sus fondas ribereñas, pescado frito con patacón pisao y guarapo. El puerto, hoy renovado, donde llegan chalupas de diversos lugares del sur de Bolívar, Sucre y Magdalena. Este carácter de nuestro río por el cual entraron los colonizadores con sus arcabuces, espadas, caballos y Cristos crucificados, sedas y pianos, gérmenes de enfermedades inexistentes en este continente, y el idioma. El mismo río por donde salieron rumbo a la península ibérica, llevándose toneladas de oro y gemas y títulos autoproclamándose dueños y señores de estas tierras y de sus pobladores. Jamás la humanidad conoció usurpación más criminal y aniquilamiento masivo más brutal. En nuestra residencia soñadora como descalzos, no era de extrañar encontrarnos allí a los turcos, libaneses, alemanes e italianos atendiendo sus negocios de telas y abarrotes, compra y venta de cosechas. Ellos habían entrado a nuestro país huyendo de las guerras en Europa, la Primera y Segunda Guerra Mundial, y se establecieron en la rivera, acunados por el clima, la generosa hospitalidad de los habitantes y por la presencia apabullante del río que los hacía soñar con un regreso a su patria.

Primera Edición

Antonio Botero Palacio supo recoger la esencia de esta historia y plasmarla con belleza en el Himno que fue acogido por Magangué. La música corrió a cargo de Francisco Chico Cervantes, y el estreno fue una memorable jornada interpretada por los coros y la orquesta sinfónica de la Universidad de Antioquia. “Cuando aprendí a amar a Magangué me fue fácil cantarle, pregonando con sinceridad la bondad de sus gentes, la majestad de sus paisajes y la fuerza de sus ancestros”. (1)

Como se ve, la huella de este maestro de escuela es imborrable en la historia regional.

Pero en su apetito por narrar se encuentra un Anecdotario, en el cual durante varios años recogió, en compañía de su hermano cómplice, Próspero, verdaderas joyas del repentismo local que esperan el paso de los años para poder publicarlo, dado que aún viven ciertos personajes implicados en sus chispeantes páginas. Todo un ejercicio de observación, recolección y sistematización en un cuaderno grande, copiados a mano al calor de la novedad. Autor de cientos de ensayos, artículos, crónicas y cuentos que ha escrito para periódicos locales y regionales, como EL PEQUEÑO PERIÓDICO, del cual fue animador incondicional desde el momento en que tuve el honor de fundarlo, en 1982, en una cafetería a orillas del río Magdalena. Artículos como “Los niños en cruz”, “La Feria de Magangué”, “Las fiestas de Magangué”, “El bajo Manhattan”, las continuas batallas para que los gobernantes de turno prestaran atención a la Biblioteca y a la Casa de la Cultura y demás necesidades culturales del pueblo. Para don Antonio Botero no existe tema vedado y sabe, de sobra, que ejercitar esa libertad le ha implica sus riesgos.

Su dedicación a la escritura va pareja con la lectura, no ha dejado de escudriñar la obra de nuestro Nobel y se mantiene alerta a las nuevas voces literarias que surgen dentro y fuera del país. Con la edad no disminuye su curiosidad. Para él la mente es la que manda en consonancia con los latidos del corazón. Conocer su biblioteca es acercarse a un rinconcito muy preciado de su alma.

6. Al final de la inocencia

Para escribir esta novela Antonio Botero Palacio no necesitó inventar. O dicho de otra forma, no tuvo que echar mano de historias prestadas, sólo recordar y plasmar con palabras sus recuerdos. Consideró que así como recogía historias de otros había llegado el momento de recoger la suya. Tal vez para que su familia, su hija, sus nietos y toda la descendencia supieran de primera fuente quién había sido él. Hermosa responsabilidad. ¿Qué sería de este país si sus ciudadanos escribieran y publicaran su vida como él lo ha hecho?

2a. Edición

Recuerdo el día que me compartió su secreto. Hoy lo puedo contar aquí porque es una realidad inocultable. Y porque ha dejado una marca indeleble en mi memoria. Lo visité en su Almacén La Finca, en La Albarrada, y debido al ajetreo me dijo que lo esperáramos, que tenía algo para contarnos. Ni mi esposa que me acompañaba ni yo, sospechamos de qué se trataba. Cerró el almacén pero no nos dejó salir. No entendíamos por qué nos dejaba adentro, pero nos indicó para que subiéramos la escalera que nos condujo a su búnker. Un estudio bien dotado a donde con seguridad se escapaba de todo el mundo para escribir y leer sin interrupciones. Nos ofreció un refresco y extrajo de su bolsillo una llave con la cual abrió el cajón de una mesita. Sacó un grueso libro que se me antojó recién encuadernado, como esos grandes volúmenes de contabilidad con sus balances de pérdidas y ganancias que mandan empastar las empresas cada mes para su archivo físico. Nos pidió que lo leyéramos. En voz alta empecé a leer aquélla que era su vida. No supimos cuántas horas estuvimos allí los tres embrujados por el periplo de Arturo, el protagonista central.

“Desde la pesada cúspide de mis años aún veo la montaña, la fértil vertiente de la quebrada de El Presidio y la vereda Las Piedras…” (2) Así comienza esta obra que es el espejo de una vida, de una generación, de un país. Los ribetes poéticos se iban regando a lo largo de sus cerca de mil páginas que alcanzaba el original de este texto autobiográfico, de las cuales, por supuesto, no alcanzamos a leer más que un centenar. ¿Qué opinan?, nos preguntó. Por un momento no encontramos las palabras para responderle. Muy bella y nostálgica, atinó a decir Carmen Beatriz, mi esposa. Lo único que yo pude decirle fue que tenía todo el aire de una novela y valía la pena publicarla, que historias como esa debían ser compartidas con los demás. Don Antonio reaccionó, dijo que no, que no la había escrito pensando en publicarla, sino más bien para hacer un examen de su propia vida. Y la volvió a guardar bajo llave.

Antonio Botero Palacio durante el XII Parlamento de Escritores del Caribe, agosto 2014 (Fotos El Pequeño Periódico)

Al cabo de un año me escribió diciéndome que desde aquella noche no había podido quitarse de la cabeza la idea de publicarla. Quiero que sea usted quien la publique, me dijo, inocente de los sinsabores que implica desprenderse de un texto. Es como decirle adiós a un hijo que ha decidido tomar su propio camino. Así dimos comienzo al proceso de edición que se extendería por varios meses. Los detalles aleccionadores de este trabajo, tanto para él como autor, como para mí su editor, pertenecen a esa escuela irrepetible que nunca podrá enseñarse en ninguna academia. Cada libro es un universo propio y las enseñanzas que ofrece en su edición son muy particulares. Para mí ha sido una de las experiencias más ricas, no sólo por la cercanía del autor, sino por la enorme responsabilidad que implicaba tocar una sola de sus palabras. Conociendo como conozco el temperamento apasionado de don Antonio Botero, sabía de antemano que tendríamos una batalla ardua antes de llevar el libro definitivo al fogón de los impresores. Por lo general, todos los autores tienden a resistirse a quitar palabras, a veces se enamoran de sus propios errores, no los ven, no consideran que aquí hay una repetición innecesaria, que allí aparece un adverbio que sobra, un exceso de adjetivos… En fin.

Ponencia sobre la vida y obra de Antonio Botero Palacio - Universidad J. Tadeo Lozano Cartagena. XII Parlamento de Escritores del Caribe. (Foto El Pequeño Periódico)

Nos pusimos una cita en Medellín para iniciar la edición. Él quería que ambos enfrentáramos esa labor y nos dispusimos con todo el ánimo. Pasaron las horas y no podíamos pasar del primer párrafo. Sentíamos que cada palabra nos llevaba por caminos tortuosos, leíamos y releíamos en voz alta, tachábamos, volvíamos a dejar la palabra, esta coma sobra, no, no sobra… Esta sí, no tampoco… Comprendimos, al cabo de muchas horas, que no podríamos coronar con éxito la tarea. Acordamos que yo haría esa labor y le propondría las correcciones que considerara pertinentes. Se marchó decepcionado. Debieron pasar varios meses antes de que yo tuviese una propuesta sólida. Empezando por el título, pues el original no tenía el vuelo poético que la historia ameritaba. En este punto don Antonio estaba de acuerdo, sabía que ése no era el título para una novela. Al principio le envié los primeros capítulos corregidos pero él me respondió que mejor no le mostrara nada, sino hasta que el libro estuviese terminado. Que no podría soportar ese suplicio de verlo por partes. Le consulté algunos términos, ciertos nombres, lugares, referencias históricas. Al cabo de un año largo estuvo listo.

Su reacción inicial al verlo impreso fue de perplejidad. Se asombraba de que toda su vida cupiera en algo menos de 200 páginas. Con el paso del tiempo la novela se fue asentando con fuerza propia. Los mil ejemplares se agotaron, la crítica fue generosa tanto en la Costa como en el interior. Varios maestros de Medellín y el oriente antioqueño lo pidieron como el libro para ser leído durante el año escolar. Pero algo extraordinario sucedió diez años después que impulsó a don Antonio a pensar en agregarle un epílogo y me propuso hacer una segunda edición. Ha sido uno de esos momentos en que nos maravillamos ante la magia de la vida y la ficción que se funden, como si no pudiera existir la una sin la otra. Como si la historia vivida necesitara ficcionarse a sí misma. Como si el libro se hablara de para dentro y se enriqueciera y exigiera ser completado. De un momento a otro uno de los personajes apareció como un fantasma que vuelve del pasado, se presentó con su propio drama pero iluminado por haber encontrado el camino hacia don Antonio. Era la pieza que había quedado suelta en la primera edición y que ninguno de sus lectores, ni él como autor, ni yo como editor, lo habíamos percibido. El asesino, aquel que había recibido la orden de matarlo cuando ejercía de maestro de escuela en Urrao, apareció con el único propósito de arrojarse a sus pies para pedirle perdón después de medio siglo de cargar sobre su conciencia las dentelladas voraces del remordimiento.

Asistentes al XII Parlamento Escritores del Caribe 2014 (foto El Pequeño Periódico)

Como se ha preguntado una de sus lectoras: ¿Cuál será la realidad actual de don Antonio? Después de atesorar tantas experiencias, ¿a quién ama hoy?, ¿sigue Porfirio Barba Jacob invicto en su biblioteca?

Sus amigos, muchos de ellos reunidos hoy aquí en Cartagena, queremos abrazarlo jubilosos por el valor y la resistencia con que ha sabido vivir su vida y su obra. Faros como usted, don Antonio Botero Palacio, son los que le devuelven a un pueblo la ilusión de un camino anchuroso y digno, alejado de la mezquindad que rige al mundo de hoy, de los egoísmos y perversiones con que vemos manipular a la humanidad, donde las leyes del mercado definen la suerte del planeta y para el caso, hacen de los autores una marca más importante que su obra, asignándoles roles de modelos que terminan anunciando productos de consumo.

La imagen de un hombre que tuvo que abandonar su aldea en busca de un refugio para salvar su vida, es la misma imagen de este país que todavía no se pone de acuerdo para erradicar la barbarie. Ese hombre, parado frente a un gran río, mira el horizonte con una sonrisa que acude desde los más recónditos rincones de su alma porque viendo pasar el río incesante y caudaloso, ve pasar la película de su propia vida, convencido de que hizo lo que tenía que hacer.

¿Qué pesa más en un hombre: su vida o su obra? Ambas pesan lo mismo cuando se funden. Es la lección que nos lega don Antonio Botero. Dicho de otra forma, para seres como él la muerte no existe.

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NOTAS

 1 Navegantes de la utopía, Reportajes de El Pequeño Periódico. Ángel Galeano Higua, Edit Fundación Arte & Ciencia, Medellín. 1996.

2 Al final de la inocencia, Antonio Botero Palacio, novela publicada por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín. 1ª Edición 1999. 2ª Edición 2011.

3 En la sonoridad de la palabra hace eco la voz de Dios, Antonio Botero Palacio, ensayo. 2012.

4   Historia de Magangué, Antonio Botero Palacio y Próspero Botero Campuzano. 2008

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Ángel Galeano Higua

Cartagena, Agosto de 2014

XII Parlamento Nacional de Escritores de Colombia

Homenaje a Antonio Botero Palacio y Antonio Mora Vélez. Asociación de Escritores de la Costa.

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Palabras al viento o

Los infinitos umbrales

Leonardo Agudelo Velásquez

Leer a Ángel Galeano Higua en Palabras al viento, luego de haberlo conocido desde hace más de cuatro décadas produce una extraña sensación, parece uno enfrentado a dos personas. Uno el profesor del Inem durante quinto y sexto de bachillerato, docente de electricidad y electrónica recién llegado de la capital y luego presidente de Aceinem, Asociación de Profesores del Inem “José Félix de Restrepo”, llevando el megáfono portador de la “voz del pueblo”. Poco después supe por mis amadas profesoras de español y literatura: Laura Pineda y Laura Escobar que había viajado a Magangué: “Al trabajo Político”. Así fue durante varios años, hasta un ceniciento domingo, recién llegado a Bogotá con mi maleta habitada por una muda de ropa, dos libros junto al diploma de Historiador, cuando me topé con una carta suya en la sesión del lector del Magazín del Espectador, creí por sus líneas en tan importante diario que se había convertido en un gran intelectual y eso me regocijo aquellos inciertos días en la capital.

Leonardo Agudelo Velásquez, Investigador y docente. (fotografía tomada de UNal/…/indignados)

Nos reencontramos gracias al laberinto de internet y supe que se había convertido en todo un gestor cultural, eso llevó a que me vendiera su novela El río fue testigo, una especie magnífica de autobiografía y literatura, donde redescubrí el universo Caribe a ojos de un bogotano. Escribí algunas piezas para ese caballito de batalla que Ángel se había inventado en Magangué; El Pequeño Periódico. Mi antiguo profesor era un delicado cordón umbilical que me recordaba las cosas que yo anhelaba de joven estudiante, por eso respondía emocionado a sus pedidos para esa línea de batalla de su periódico: una criatura creada de tinta, papel y la eterna convicción de Ángel que: “otro mundo es posible”.

Ese era a quien yo recordaba hasta leer Palabras al viento, más que una autobiografía: toda gran literatura es el pretexto de un creador para danzar frente a la inmortalidad, su libro de cuentos semeja una geografía de su sensibilidad: como finos trazos de los pinceles sobre papel de arroz con que los chinos nos han dejado su pictogramas al lado de lo cual dibujan nebulosos paisajes con las fuerzas de la naturaleza. Cada uno de los relatos del libro es un pedazo de la piel curtida, de su naturaleza. Con imágenes que corren como ríos subterráneos de relato a relato: árboles de donde sus hojas parten al otoño, pintorreteadas ejecutivas, la sinfonía del papel bajo la punta del lápiz. Semeja el texto un tríptico que termina con los paisajes calcinados del intenso amor. Allí resuma mucho amor: Conversaciones con un retrato; Soledad de ayer y de hoy, Las hojas de Noelia.

Las hojas de Noelia, uno de los 16 cuentos que conforman el libro “Palabras al viento”

Su narrativa es un encuentro poético con los cuatro elementos de la creación: aire, agua, tierra y fuego que mutan gracias a su narrativa, en hojas que caen de los árboles, o en nubes jugando a ser motas de algodón: o la música frenética con la agonía líquida del ahogado, el amor por las figuras lineales o los libros: “las palabras que caen y los objetos en fuga”. Todo lo anterior para llegar a esa zona de “Twiling Zone” de Cambio de renglón o El Otro viaje, un extraño relato que rebela los bordes cortantes, ocultos en la nebulosa del inconsciente humano.

Al final un bello texto para él, que ama, él que sabe que va a morir y para aquellos que saben que el oficio de la gran literatura es recordarnos ese ‘algo’ que merece ser salvado de este naufragio cósmico en que está empeñada la especie.

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Leonardo Agudelo Velásquez es Historiador: https://fundarteyciencia.wordpress.com/tag/leonardo-agudelo-velasquez-historiador/

 

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Innegable vigencia de El río fue testigo

Jorge Alberto Morales Agudelo (*)

Mujer remando en el río Magdalena, Sur de Bolívar. (Archivo El Pequeño Periódico)

La aparición de la última novela del escritor antioqueño Juan Diego Mejía, Soñamos que vendrían por el mar (Alfaguara 2016), nos da el pretexto para recordar otra obra cuyos protagonistas son los “descalzos”; nos referimos a El río fue testigo de Ángel Galeano Higua. Ambos autores exploran sus propias experiencias como “descalzos maoístas” de finales de la década del setenta y principio de la del ochenta del siglo pasado. Además, en el caso de Mejía la experiencia le dio para una cosecha, que a mi entender podría llamarse la trilogía involuntaria donde se encuentran también las novelas A cierto lado de la sangre (Planeta 1991) y El dedo índice de Mao (Norma 2003), explorando el mismo tema desde miradas distintas, pero que al final representa una sola novela con tiempo y espacio común, diferenciada por los enfoques de la acción. A las tres obras mencionadas nos referiremos en una próxima columna..

Brigada de salud en el Sur de Bolívar, descansando mientras un “descalzo” lee para los demás. (Foto archivo El Pequeño Periódico)

Hoy nos centraremos en El río fue testigo de Ángel Galeano Higua. Obra editada por la Universidad de Antioquia en 2003 recrea un gran sueño, el de la entrega de una generación joven, idealista, inteligente, con sentido de pertenencia y sensibilidad social por su patria. Eran amigos o “camaradas” que militaron en una izquierda diferente a la que acaba de negociar en Cuba, nacida como consecuencia del proceso de crítica al llamado Frente Nacional (1958-1974) en lo interno, y como reacción en cadena o propagación en América Latina de la Cuba revolucionaria de 1959, en lo externo. Estos jóvenes emprendieron el largo pero seguro camino de ganarse para siempre el corazón de las clases sociales humildes al compartir su suerte, mientras organizaban una estrategia que permitiera superar poco a poco las principales deficiencias estructurales, siempre con la activa participación popular. Los “descalzos”, como eran llamados, procedían de sectores intermedios de la sociedad colombiana, algunos pertenecían a la élite política y económica nacional, se identificaban por su adhesión a las ideas maoístas, como era la moda en una época muy compleja, la de la llamada “guerra fría”.

La novela centra su atención en el sur de Bolívar, serranía de San Lucas, municipio de Magangué. El personaje principal, Leonardo, cronista de la experiencia revolucionaria en la región, es otro descalzo que emigra con su esposa e hija a la zona al igual que médicos, enfermeras, antropólogos, artistas, entre otros. La estrategia era convertirse en un “pequeño estado” que eficientemente ayudara a superar el atraso de la región creando las condiciones para educar a las masas campesinas y de esta manera prepararlos para una revolución social. La utopía choca con otros intereses violentos representados por la izquierda armada, que asumen la tarea de recuperar la zona inversamente para el atraso y el subdesarrollo, iniciando de esta manera una política siniestra de muertes selectivas a los principales líderes descalzos y sobre todo a los campesinos inteligentes, que asumieron la dirección de una cooperativa agraria que permitía eliminar intermediarios y comercializar frutos y legumbres que antes se perdían. La estrategia perversa contó con el apoyo de un gobierno central permisivo, tonto, que buscaba la paz, cediendo sumisamente a las pretensiones de la izquierda violenta.

Francisco Mosquera y Ángel Galeano Higua en la población de Montecristo, estribaciones de la Serranía de San Lucas, Sur de Bolívar. 1984 (archivo particular)

La frustrada experiencia de los descalzos en el sur de Bolívar sucede en tiempos nefastos para nuestro país. Era la época de la demagogia belisarista (1982-1986), de la tragedia que borró la población de Armero del mapa nacional, de la toma del Palacio de Justicia por parte del M19 y de la muerte violenta de los líderes descalzos en varias regiones del país. La barbarie triunfó ante la solidaridad y amor por los más necesitados. Los descalzos salen de las veredas y sitios agrestes, prometiendo regresar, pero no pueden hacerlo, las condiciones para materializar un ejemplo nuevo de tanto desprendimiento no son propicias, los violentos crecen de la mano del Estado, narcotraficantes y delincuentes comunes, hasta conformar una sola cosa deforme con tentáculos en toda la nación.
Capítulo aparte merece el ideólogo de todo ese movimiento político, se trata de Francisco Mosquera Sánchez un hombre con gran carisma, estudioso, inteligente. Su mérito radica en haber convencido a toda una generación de jóvenes universitarios, estudiantes y obreros de la necesidad de abandonar la comodidad de la ciudad, para iniciar el conocimiento estratégico de los grandes aliados en el proceso revolucionario colombiano, los campesinos, y así ganar el corazón de los más desfavorecidos por medio de una vida activa, propositiva y en comunidad con ellos. El ideólogo visitó la serranía en los momentos en que se iniciaba la ofensiva violenta por la recuperación de la región. Pacho, como lo llama Leonardo, convivió por unos días con sus pupilos y saludó la nueva militancia campesina de su partido. La crónica de esta visita la conocemos por Leonardo quien no se cansó de escribir hasta los gestos del jefe de la utopía y tomar fotografías al respecto. Pero la crisis se ahondó cuando esto sucedía y Pacho no dudó en ordenar la salida de todos los descalzos, los convenció de la idea de no responder con la irracional violencia a los violentos a pesar de que tenía gran respaldo de las masas campesinas en ese propósito. Con esta decisión racional sacó a su grupo político del conjunto de organizaciones que contribuyeron a la creación del engendro paramilitar, que inició como un simple movimiento de autodefensa campesina y degeneró hasta convertirse con lujo de detalles en criminales iguales o peores que los asesinos de los descalzos.

La novela de Ángel Galeano Higua que se inscribe en el realismo, contada en primera persona, desconcierta a los lectores que vivieron parte de esa experiencia al encontrar unos nombres reales, otros con seudónimo, pero que de inmediato se sabe de quién se trata, además de algunos que son producto de la imaginación del escritor. El río fue testigo es también una novela histórica, trabaja una experiencia del tiempo presente, básica en el propósito de entender el accionar de una fuerza política de izquierda, que se negó a la utilización de las armas antes de desarrollar un proceso educativo a gran escala que sacara del oscurantismo a campesinos y obreros, se trataba de esperar el tiempo que fuera necesario antes de explorar una coyuntura revolucionaria o simplemente estar preparados para tal fin.

Un complemento a la historia de los descalzos del sur de Bolívar, tan importante como la novela es EL PEQUEÑO PERIÓDICO, órgano informativo y cultural de la comunidad de Magangué y de toda la serranía de San Lucas, en sus páginas se recrea el gran impacto positivo generado por los jóvenes intelectuales en una región abandonada por el Estado central y apetecida por los violentos. Ángel Galeano Higua, fundador y director de EL PEQUEÑO PERIÓDICO y autor de la novela en mención, como buen creador se cuida de no preferir a una más que al otro, ambos representan un gran complemento en su producción intelectual, como cronista de esa experiencia inolvidable que fue la presencia de los descalzos en el Sur del departamento de Bolívar.

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(*) Jorge Alberto Morales Agudelo es Historiador egresado de la Universidad de Antioquia, autor de diversos artículos publicados en revistas especializadas y periódicos.

Texto publicado en: http://nuevagaceta.co/inicio/el-rio-fue-testigo-otra-novela-de-los-descalzos, Sáb, 02/25/2017 – 22:07.

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Las siete muertes del lector

Por Luis Hernán Rincón Rincón

Supongo que a usted le interesa saber cuáles son esas muertes y cuál es ese lector. ¿Será usted ese lector que murió siete veces pero sigue viviendo? Le contaré aquí lo que entiendo de ambas cosas.

Luis Hernán Rincón Rincón, Director Fundador del periódico “Támesis Asciende”.

El libro Las siete muertes del lector es una obra de mi maestro y amigo, excelente cuentista colombiano, Ángel Galeano Higua. El artículo escrito por él, con el mismo título del libro, es muy breve, tres páginas, y ha sido publicado en Medellín y en otros lugares como Bogotá y Naples (Florida, EE. UU). En Támesis lo han difundido la Tertulia Fundadores y Támesis Asciende. El libro contiene también relatos diferentes de su autor.
Hay mucha personas que caminan y tropiezan pero no le sacan buen provecho a caminar ni a tropezar. Del mismo modo, hay personas que leen pero no le sacan buen provecho a leer. En general, lo que hacen esas personas, cuando creen que leen, es recorrer páginas “en una insensata carrera de obstáculos” que les apabulla, y de ñapa o adehala – los adultos – le echan culpas al joven acusándolo de perezoso y repitiéndole la obsoleta cantinela de que “la juventud de hoy no lee”.
El artículo de Galeano Higua hay que leerlo sin prisa y pensar en lo leído para asimilar el significado de cada una de las siete muertes en él narradas, y que en la vida son obstáculos que, sin mala intención, los adultos ponemos a los aprendices de lector. Veamos las siete “muertes”, que Galeano Higua también llama lápidas.
Entremos en materia. ¿Qué son y cuáles son esas siete muertes del lector? Esas “muertes” son “obstáculos” que los adultos les ponen a los jóvenes y que les van llevando a crecer odiando o evitando o haciendo aborrecible la lectura.
1. Primera muerte. Los adultos – profesor, maestro, promotor o adulto familiar – “enseñan a leer” lo que creen que los niños o jóvenes “deben leer”. Los adultos imponen a su gusto y los niños o jóvenes ven esos libros que no les seducen, no les “gustan”. No los leen. Esa es la primera lápida.
2. Segunda muerte. Viene cuando en la escuela, el colegio o la universidad, los adultos fijan una fecha límite para leer un libro asignado. Quien no cumpla ese plazo “está perdido”.
3. Tercera muerte. Hay que leer un número de páginas en el tiempo fijado. Quien avance menos está perdido. Cada joven tiene muchas cosas qué hacer, tiene su propia velocidad de lectura y no podrá leer con provecho a la velocidad demandada. Decide no leer y dedicarse a sus intereses.
4. Las tres muertes anteriores son más bien tres lápidas ya listas para un lector que pudo ser lector a lo bien. Pero si ha sobrevivido, hay un nuevo obstáculo refinado: la cuarta muerte, que es presentar un resumen escrito. Debe leer, y resumir por escrito, sin copiar de otros pero con las cortapisas y las reglas de otros.
5. Quinta muerte. La quinta muerte o lápida (para el futuro difunto de la lectura) queda labrada cuando se anuncia un examen sobre la obra leída. “No basta el libro impuesto, ni los límites de tiempo, ni el resumen escrito, ahora debe someterse a un interrogatorio, con el agravante de una calificación”.
6. La Sexta muerte es: responda “bien” y sepa que en el examen no puede “inventar”, debe responder lo que el adulto espera que responda. Con este obstáculo, a quien iba a ser buen lector “los libros empiezan a parecerles definitivamente odiosos”, afirma Galeano Higua.
7. Séptima muerte: demeritar las lecturas sobre idioma español. Se le dice a quien a ser lector a lo bien, que el español (es decir, la lectura sobre el idioma español) es menos importante que la lectura sobre las matemáticas, la química, etc. Y se le agrava la situación diciéndoles que no pierda tiempo leyendo literatura, poesía, y que se dedique a la “verdadera lectura”, como si hubiera falsa lectura. Queda, muy posiblemente, una persona que muere para la lectura.

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Tomado de Támesis Asciende No. 292. 12 de marzo de 2017

Las siete muertes del lector, Edit. Fundación Arte y Ciencia, Medellín, 2006

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