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Archive for the ‘El Aprendiz de brujo’ Category

El heroísmo de sobrevivir

María Orfaley Ortiz Medina (*)

El 6 de Junio, en el marco de la celebración de los 10 Años del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, tuvo lugar en la Sala Abierta de la Biblioteca Piloto de Medellín, una conversación alrededor del libro Los niños de Aquitania, entre su autor, Ángel Galeano Higua, la escritora y especialista en literatura juvenil e infantil, María Orfaley Ortiz Medina, y el público asistente. Presentamos a nuestros lectores los apuntes que la escritora preparó con este motivo. El evento fue convocado por la Fundación Arte & Ciencia y El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

María Orfaley Ortiz Medina: Tal vez, los niños solo pueden intentar crecer en silencio. Con el único heroísmo de intentar sobrevivir allí. (Foto archivo)

Como una rama

Son siete capítulos cortos, con un lenguaje sencillo, narrado en tercera persona, todo pasa en una noche y la mañana siguiente. La protagonista, una niña muy decidida y valiente que quiere salvar un árbol, o mejor, los árboles de su parque. La niña tiene una relación especial con ellos, ha soñado con la casita del árbol.

De una forma sencilla, a través de la acción de la niña y de algunas pistas sobre el espacio, queda claro para el lector que el entorno está cambiando, el canto de los pájaros está siendo reemplazado por el ruido de los carros, al parecer se quiere construir un centro comercial.

El cuento presenta una relación especial de los niños con la naturaleza, están cercanos a ella, y este mundo natural en el que juegan es amenazado por las ideas de progreso, por una mirada adulta urbanizadora. Los adultos desean reemplazar este mundo natural por uno de concreto. Así queda puesta sobre la mesa la oposición entre dos miradas del mundo: niños-naturaleza vs adultos-progreso-concreto.

No hay discursos sobre la importancia del cuidado y el amor por la naturaleza. Hay un acto decidido. Así, las acciones de la niña van dibujando la relación con el mundo natural mediado por el afecto, a ella solo le interesa salvar su árbol y se vale de lo único que tiene para hacerlo, su cuerpo amarrado a él, como una rama.

Matías, comenta sus impresiones al leer “Los niños de Aquitania”.

Es interesante cómo son puestos allí varios elementos, los padres no saben qué pasa, nadie sabe, los adultos no saben lo que ha sucedido, porqué una noche la niña desaparece, llega la mañana y nadie sabe nada. Hay una distancia entre el mundo de los niños y el mundo de los adultos. Al final, cuando la niña es descubierta, todos los niños salen, “saben lo que tienen que hacer” frente a unos adultos impávidos.

A los adultos no se les convence con discursos, se les interpela con un acto que los sorprende, un acto que los interroga en su forma de habitar el mundo. Esto es lo que parecen saber los niños, y en especial la protagonista, que los adultos no atienden a los argumentos de los niños, que siempre tendrán la razón y que solo hay una manera de hacerles ver lo que se piensa, un acto. Un acto que intenta detener lo que ya es decisión, lo que ya es proyectado como el futuro para su mundo. Así, la civilización, el concreto -el centro comercial-, el capitalismo, amenazan la casa del árbol, la libertad, el mundo natural, los espacios de aventura para el espíritu infantil. Y queda para el lector una idea rodando allí, ¿acaso la idea de progreso como urbanización empobrece los espacios posibles para los niños? ¿Se precariza el mundo de los niños en las ciudades?

 

Los niños de Aquitania

Es un cuento que uno lee con una sensación extraña entre la contención y la aceleración del pulso, escapan suspiros, no de amor, o de sorpresa, suspiros que genera el encontrarse con el horror. Pero no es la descripción de la crueldad de nuestra violencia a secas. Este cuento pone al lector frente a algo que lo desacomoda de entrada: “Patean la pelota en las ruinas del atrio, mientras que en la parte de atrás de lo que queda del templo, un hombre y una mujer, con las manos amarradas, esperan”. El lector se encuentra entonces con el juego y la muerte, con los niños en un mundo macabro, con una infancia entre murallas. Patear la pelota al tiempo que suena una ráfaga, con ello se introduce la atmósfera que marca el cuento.

Son nueve capítulos muy cortos, narrados por un testigo, un integrante de una comisión que va a llevar la lectura y la escritura a los niños. Nueve capítulos que narran la historia acudiendo al fragmento, al salto de una imagen posterior a una anterior. Un rompecabezas para armar, simulando tal vez lo que sucede con los trabajos de la memoria cuando intentan hacer un tejido con lo innombrable, diría lo incomunicable, si bien el cuento comunica, transmite al lector algo de esa experiencia de ruptura que nos trae el narrador, pero de la que no podrá comunicarse todo.

Podría ser, aquel lugar, el mundo ideal para los niños; hay una montaña, un río, pájaros, animales. Pero, allí en medio de esa rica naturaleza se nos dibuja el predominio del terror, la vida de los niños precarizada por los violentos.

Jóvenes estudiantes toman la palabra. Lecturas que los conmueven.

Hay en el cuento varias escenas muy duras, la pareja amarrada que espera, el silencio de los pobladores, que, además lo imponen a los visitantes, los cuerpos todavía sangrantes, la gente corriendo con dolor, rabia e impotencia. Sin embargo, si el foco de lectura de este cuento es la mirada sobre los niños, el lector se sobrecoge con los capítulos 4, 5 y 6, veamos un fragmento del capítulo 4.

Trajimos nuestros libros de cuentos para leerlos en voz alta, pero las circunstancias no lo permiten y tenemos que leer como si nosotros fuésemos los delincuentes que tuviéramos que actuar a escondidas. Cuando los niños ríen, gracias a las aventuras que susurramos, ahogan la alegría con la mano sobre la boca. Al cabo de una enmarañada y deliciosa trama, tomamos un refrigerio. Mastican con parsimonia y beben la limonada sin hablar. Luego, como un ritual de sobremesa, patean la pelota en un rincón, sin hacer ruido, con la precisión propia de quien ha aprendido a hacerle quites al peligro. (p. 14-16)

¿Acaso se nos muestra aquí una inversión de las cosas, de lo que nos dice la lógica? La lectura de historias debe llevar a los niños a mundos peligrosos, pero, con la certeza de que nada va a pasar, vamos a la historia, experimentamos el miedo y volvemos al lugar seguro de la cotidianidad. Aquí no. Los niños con la lectura hacen una pausa al horror cotidiano, al silencio obligado. La literatura los lleva a otros mundos, pero tienen que ir de modo furtivo, caminando agachados “hasta un sótano oloroso a humedad” (p. 13).

Pero los niños en los cuentos no están solos, hay adultos. En los niños de Aquitania, los niños parecen estar solos en ese mundo. Los adultos son los violentos, de los que se sabe en el cuento por sus acciones, no se les ve el rostro; los pobladores que aparecen todos, rabiosos, impotentes a encontrarse con sus muertos. Y están los adultos de la comisión, los que les llevan los libros, la lectura y la escritura, los que los pueden ver e invitar un rato a vivir la infancia, a vivir como los niños que son, aunque esto tenga que darse como un acto furtivo. Pero estos adultos se van, son visitantes que no resisten ese terror con el que los niños parecen haber aprendido a convivir.

Es una buena pregunta aquella de qué sucede con el mundo de la infancia cuando los adultos están presos de contextos amenazados, cuando la atmósfera violenta deja reinar especialmente al miedo. Tal vez, los niños solo pueden intentar crecer en silencio. Con el único heroísmo de intentar sobrevivir allí.

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(*) María Orfaley Ortiz Medina, especialista en estudios sobre la Juventud , quien entre otras obras ha publicado varios libros inscritos en la categoría de literatura infantil, tales como Nucamono quiere saber (2008), Lucy (2009), Almas de madera (2010), El Misterioso Libro de papá (2011), De sapos y trampas (2012) y Ese día no salió el sol (2005) Ha publicado también distintos artículos de psicología aplicada en el área educativa y social, así como artículos sobre literatura.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa
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Los niños de Aquitania

Ángel Galeano Higua

 

UNO

Patean la pelota en las ruinas del atrio, mientras que en la parte de atrás de lo que queda del templo, un hombre y una mujer, con las manos amarradas, esperan.

Al tiempo que los chicos tejen el sueño de un gol, un hombre de camuflado cubre los ojos de la pareja con un trapo. Antes de que el mundo desaparezca de su vista, ambos aferran su mirada a la montaña que vinieron a conocer y no alcanzaron. Saben, pero no quieren creerlo, que entre ese paisaje y sus sueños tres hombres en posición alistan sus armas.

De repente, la pelota rueda sin que ningún niño intervenga. Están paralizados. La descarga los ha sorprendido. Las primeras en reaccionar son las niñas, que huyen asustadas. Despavoridos, las siguen los chicos. La pelota se detiene solitaria entre los guijarros.

DOS

El camino de llegada fue un largo reguero de advertencias. Amanecía. Ningún conductor quería llevarnos monteadentro. Cuando les indicábamos el destino se echaban atrás. Por allá no vamos, decían. Pagamos por anticipado, tres veces más del costo, a uno que llamaban “El temerario”, nombre que había hecho plasmar con letras azules en la parte superior del parabrisas.

Hablaba poco y conducía con rudeza. Llevaba sombrero aguadeño y poncho al cuello. Del espejo retrovisor colgaba una miniatura de carriel. Eran 43 kilómetros de viaje por una carretera destapada, empinada y angosta. En el puesto de adelante se sentaron Mirta y Fabiola, las dos compañeras con quienes yo iba. Al cabo de unos quince minutos, en un recodo, dos campesinos le hicieron señas al conductor que se detuvo para que subieran. Se saludaron como viejos conocidos, pero luego guardaron silencio. No habíamos avanzado mucho cuando apareció, a la vera del camino, un automóvil chamuscado, humeante aún. Mirta preguntó qué había pasado, pero nadie respondió. Cuando intentó tomar una fotografía, el conductor le recomendó no hacerlo. ¿Por qué?, insistió ella. Lo mejor es que tampoco pregunte nada, le dijo.

De ahí en adelante el silencio fue la norma. La mañana estaba fresca y sin indicios de sol. Pasamos frente a una casa con el techo aplastado, sus puertas carbonizadas y agujereados sus muros, ahumados, blasfemados también con siglas pintadas de rojo. La miramos sin chistar palabra. El motor del carro tosía esforzándose en una pronunciada subida. A poco, en una breve explanada, varias personas hicieron detener el carro para que las llevaran. ¿Hasta dónde van? Hasta la casa de los Domínguez… Suban. Y el interior del carro se oscureció con tantos pasajeros, los que no cabían treparon en la capota y otros se agarraron de donde pudieron. Todo lo hicieron sin hablar.

 

TRES

En un sótano oloroso a humedad, oigo el silencio de los niños que me miran. Esperan algo de mí. Leo en sus ojos muchas preguntas, pero primero tendremos que permanecer quietos y callados, esperando. Sí, esperando sin querer oír, con la respiración queda, aguardando a que llegue el dolor que viene arrastrándose desde atrás del muro, espalda de todos los martirios. También llegamos aquí furtivos, guiados por los niños, mis compañeras de la comisión y yo. Sígannos, nos dijeron, llevándose el índice a los labios cuando descendimos del jeep. Y con señas: ¡Por aquí, pronto, agachados!

No hablamos pero estamos sintonizados, como peregrinos del mismo camino. Ellos nos observaron ocultos en sus pequeñas trincheras. Sabían que vendríamos y nos esperaron parapetados y en silencio.

 

CUATRO

Desde la claraboya, un pequeño vigía observa lo que sucede afuera, en la plaza, ese rectángulo sin hierba colindante con el atrio. Puede ver las puertas de la iglesia, inservibles desde hace varios años, que se desgonzan desteñidas y desvencijadas.

Trajimos nuestros libros de cuentos para leerlos en voz alta, pero las circunstancias no lo permiten y tenemos que leer como si nosotros fuésemos los delincuentes que tuviéramos que actuar a escondidas. Cuando los niños ríen, gracias a las aventuras que susurramos, ahogan la alegría con la mano sobre la boca. Al cabo de una enmarañada y deliciosa trama, tomamos un refrigerio. Mastican con parsimonia y beben la limonada sin hablar. Luego, como un ritual de sobremesa, patean la pelota en un rincón, sin hacer ruido, con la precisión propia de quien ha aprendido a hacerle quites al peligro.

 

CINCO

Los pequeños centinelas se relevan. Termina la pausa. Entre todos recogemos los platos y vasos de cartón, las servilletas y los cubiertos de plástico en una bolsa para llevarla con nosotros. Volvemos al ruedo sentados en el piso. Ahora vienen los ejercicios de escritura. A cada uno le corresponde un cuaderno, un lápiz y un sacapuntas. Escriban lo que quieran, les decimos. Nos miran pero no nos ven, lo que sus ojos persiguen es algo para contar. ¿Aunque no sea verdad?, pregunta una chica. Sí, no importa, déjense llevar por la imaginación, ya se verá qué es verdad. ¿Podemos acompañarlo con dibujos? ¡Claro que sí! Unos se tienden en el piso donde apoyan el cuaderno, otros se recargan en los muros, y poco a poco el sótano se llena de silencio, de ausencias, de viajeros, de historias que los niños atrapan y acarician.

 

SEIS

¡Casa de los Domínguez!, gritó el conductor y el jeep se detuvo. Descendieron todos los campesinos y se dirigieron allí. Se veían más personas dentro y en el corredor. Si quieren pueden bajar y estirar las piernas, nos dijo el conductor. Sí, vamos a tomar tintico, exclamó Fabiola, entusiasmada al ver tantas personas reunidas tan temprano. Yo necesito entrar al baño, agregó Mirta.

Intenté conversar un momento con el conductor, pero se mostró huidizo. Permaneció afuera, fumando. Cada paso que dábamos hacia la casa nos acercaba a un ambiente extraño y silencioso. Fabiola insistía en tomar tinto y, aspaventosa, entró en la vivienda frotándose las manos por el frío. De repente, se detuvo en seco. Por encima de su hombro atisbé, buscando la causa de su frenazo. En el centro del salón, sobre el amplio mesón del comedor, tres cuerpos yacían boca arriba, las ropas ensangrentadas, las manos destrozadas… Alrededor, pegada la espalda a las cuatro paredes, hombres y mujeres permanecían en guardia, quietos, balbuciendo un dolor profundo, sin lágrimas ni dramatismos, como debió ser el duelo en los inicios de la humanidad. El deseo del tinto y la necesidad de ir al baño se convirtieron en náuseas, en vértigo, en aturdimiento. Mirta y Fabiola salieron, trastabillando, a vomitar en un costado de la casa. Yo quedé clavado allí, en el umbral del salón, atrapado en otra dimensión.

 

SIETE

Dicen que no podemos quedarnos a dormir. Que debemos marcharnos a hurtadillas, tal como llegamos. Mirta y Fabiola quieren salir de inmediato. Ni siquiera almorzaron por el impacto que les causó esta comisión. Los niños nos conducirán hasta el carro en el momento oportuno. Mientras tanto tomamos fotografías del grupo. Para nuestro solaz sonríen y hacen bromas. Nos piden que nos hagamos con ellos para una foto. Mirta busca dónde ubicar la cámara, acciona el temporizador y se apresura para quedar incluida en el recuerdo.

El jeep ha permanecido estacionado frente a la fonda arriera y el conductor nos espera jugando dominó con otros parroquianos, fumando y tomando tinto. Le prometimos un pago extra por esa espera. En la misma mesa del juego le sirven el almuerzo.

 

OCHO

Han dejado de patear la pelota. Largo rato permanecen inmóviles, fija la mirada en el horizonte colmado de montañas por donde saben que corre un gran río. La pelota, desgastada y con un par de remiendos, ha quedado abandonada.

Deambulan silenciosos y cabizbajos. El eco de la descarga se aleja por la cordillera, pero ellos lo seguirán oyendo por siempre. Una mujer corre desesperada, con los brazos extendidos hacia adelante, grita un nombre, se dirige hacia el muro maldito donde una explosión de sangre fresca ha salpicado aún más el infame sudario. La siguen varios hombres y mujeres, tienen la mirada furiosa e impotente, murmullan lamentos. También se suman los niños, como limaduras de hierro atraídas por un poderoso imán. Corren en delirante romería, quieren llegar a tiempo para ver cómo se esfuma la vida.

 

NUEVE

Ahora sólo vamos nosotros en el jeep que avanza despacio porque vienen más personas por el camino, serias, adustas. Cumplen una terrible cita que les roba algo de muy adentro. Siento una vergüenza nueva, como si al emprender el viaje de regreso estuviese traicionándolos. Me corroe la idea de que debiera quedarme compartiendo su dolor, entregándoles mi consuelo, o trayéndolos conmigo, convencerlos de que abandonen ese infierno. Mientras me agobian estos pensamientos, el jeep rueda a trompicones por la carretera.

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Ángel Galeano Higua ha publicado Crónicas y Reportajes: Rumor de río, Navegantes de la utopía, Perfil de Mujer. Algunos de sus Cuentos: En la boca del cura, Palabras al viento. Novela: El río fue testigo. Ensayos: Las siete muertes del lector, Débora Arango, El Arte venganza sublime, Retrato biográfico del científico Raúl Cuero.

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La visita de la poetisa Mara Agudelo tomó por sorpresa a los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Ella buscaba el libro “Los niños de Aquitania” y allí lo encontró, en la Sala Abierta de la Biblioteca Pública Piloto, donde se reúne el Grupo en su sesión de los martes.

Con muestras de cariño, el Grupo escuchó a la poetisa que hizo gala de una memoria prodigiosa. Aparecen de pie, izquierda a derecha: Nelly Arcila, Nubia Amparo Mesa, Marisol Gómez, María Eugenia Velásquez, Angela María Salazar, Leandro Vásquez, Hermes Pineda y Nidya Bedoya. Sentados: Álvaro Jiménez Guzmán, Mara Agudelo y Andrés Osuna (Fotografía de Ángel Galeano Higua)

 

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
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Como una rama

Ángel Galeano Higua

 

UNO

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta el amanecer. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada esperó, haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

DOS

De un tiempo para acá el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. Quizás no escuchó el llamado. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. Pero la cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Gritan su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y ven, además de Nabuco tirado junto a la puerta, a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

TRES

Un carro con cabina especial para que los obreros arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo anunciaron días atrás en el periódico. Hoy talarán ese y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La empresa constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.

CUATRO

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitiré que tumben el árbol. Si el árbol cae, caeremos con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas y se amarró a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.

CINCO

¿Cómo está vestida?… ¿A qué hora la vieron por última vez?… ¿Notaron algo raro en ella?… No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?… Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar… No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?… Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…

SEIS

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla…
¿De quién es ese perro? ¡Deténganlo!.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.

SIETE

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar la niña amarrada allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando muchos niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol ya sabido, llevando una cuerda en sus manos, dispuestos a amarrarse también como si fuesen una rama.

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Este ejercicio hace parte del libro titulado Los niños de Aquitania, de la Colección El Aprendiz de Brujo, publicado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

Puede leer el cuento completo Los niños de Aquitania en: https://angelgaleanoh.wordpress.com/2019/03/24/los-ninos-de-aquitania-2/ 

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Doris Aguirre (izq) conversando con la autora de “Algo tiembla por dentro”, Nubia A. Mesa. (foto archivo)

“La delicada irrupción de la catástrofe”

Doris Elena Aguirre Grisales

Algo tiembla por dentro, de Nubia Amparo Mesa, es una novela en la que se asiste a los descubrimientos en la vida de una mujer: descubrimientos del miedo, del dolor, del amor, del placer, de la decepción, de la pérdida y del encuentro de sí.
En Algo tiembla por dentro la narración nos lleva por los senderos lineales del relato literario (pero por los vericuetos insondables de la vida) a las distintas etapas de la vida de Paloma, la protagonista, a esas estancias y momentos cruciales de la existencia que determinan su transformación.
Aparentemente, sólo en apariencia, creemos encontrarnos en medio de un leve y calmo paisaje interior, pero en ese horizonte aparecen los nubarrones, la desazón, las conmociones que moldean la vida y modifican los caracteres.
Quizás los méritos más notorios de esta novela sean la cuidadosa construcción de los personajes, perceptibles e identificables en su diferencia, aun desde la impersonal narración en tercera persona; la morosa descripción de objetos, lugares, costumbres, momentos, como si de estampas y aguafuertes se tratara, y el suspenso y la tensión, anunciados, y hábilmente sostenidos, hasta el final.

Los Aprendices de Brujo, acompañando a la autora. (foto archivo)

No menor, y particularmente bien manejado, es un elemento ya empleado por Nubia Amparo en Las voces que trae la brisa, su libro de cuentos: la delicada irrupción de la catástrofe que, aun así, sin aspavientos, modifica el paisaje de los personajes y los entrega, otros, pero más vivos que nunca, al final.
Algo tiembla por dentro cuenta, en últimas, la historia de amor (y, por ende, e desamor) de la protagonista, el desovillar de sus ilusiones y el enigmático sentido de las pérdidas.
Es también una verdad, en últimas, que en esta novela se concreta una voz narradora, se identifican un tono y un ámbito literario conquistados, los de Nubia Amparo Mesa. Los lectores quedamos a la espera.

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Texto de presentación de la novela leído por Doris Elena Aguirre Grisales, Periodista, Editora y Docente de la Universidad de Antioquia.

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Algo tiembla por dentro, este miércoles 13 de marzo en la librería Grammata. 6:30PM. Por tal motivo, y con la venia de su autora, compartimos con nuestros lectores el primer capítulo de ésta, la primera novela de Nubia Amparo Mesa Granda, publicada con el sello editorial de la Fundación Arte & Ciencia.

Nubia Amparo Mesa Granda, “Algo tiembla por dentro”. (archivo)

Algo tiembla por dentro

Nubia Amparo Mesa Granda

Capítulo uno

En segundos eliminó, una a una, esas imágenes que aún conservaba como testimonio de un pasado que llegó a pesarle como un fardo. Solo dudó cuando se vio con el cabello negro explayado sobre la almohada, un brazo bajo la cabeza, los labios entreabiertos y una mirada seductora, que él captó con sus ojos de artista. Ese era el registro de un momento que solo ellos compartieron, y borrar ese vestigio era un intento por diluir los recuerdos. ¿Existió? Si no hay huellas impresas queda la duda. Al deshacerse de la fotografía esperaba iniciar un nuevo viaje, menos ligado a los sucesos y más cercano a la imaginación. En adelante el álbum de su vida estaría constituido por nuevos parajes, podría verse y ver el mundo desde su perspectiva única.
Necesitaba dar ese pequeño paso antes del encuentro de esa tarde. Era sábado y acudir a la cita podría ser como un exorcismo, el momento esperado para desterrar la melancolía. En el espejo detalló sus dientes parejos, un tanto separados, que le daban un aire infantil a pesar de las arrugas alrededor de sus ojos. Estoy vieja— pensó— la belleza se aleja como en una maratón.
Pero ese día quería verse espléndida, no podía permitir que él la viera deslucida. Inició su ritual de belleza. Un baño largo, un masaje corporal con crema humectante, mascarilla para descansar los ojos y un enjuague especial para el cabello—. ¿Qué vestido me pongo? Tenía que escoger uno que no acentuara la grasa de su abdomen, destacara sus piernas sin dejar ver las venitas que se asomaban como arañas por detrás — y que se me vean los hombros—. La memoria de su piel le recordó cómo los besaba él. El ritual comenzaba ahí y luego continuaba en el cuello, en los oídos, en los ojos, en la boca, y después…— Cómo perdía la conciencia y me abandonaba a su decisión.
Ese día Paloma debía cumplir otros compromisos antes del encuentro pactado con Jorge en una cafetería del centro de la ciudad. Debía visitar a su madre que la esperaba siempre para almorzar, conversar un poco y encomendarle algunas diligencias. También debía cancelar cuentas y llevar unos zapatos a reparar. Se sentía agobiada. Apenas aceptaba su condición de mujer separada y quería dar un giro hacia nuevos horizontes. Después de que Consuelo cerró el almacén ese era su principal reto.
Empezó a trabajar en la tienda desde muy joven. La contrataron como vendedora y promotora. Su excelente figura y los finos modales eran su mejor carta de recomendación. Esas cualidades la convirtieron en la mejor vendedora, pues las mujeres sentían que al aceptar su sugerencia también podrían parecerse un poco a ella. Con tesón y disciplina logró el cargo de administradora, y quizás si las circunstancias no la hubiesen obligado a dejarlo, seguiría allí, sujeta a ese mundo como si fuese el único en el cual podía andar sobre seguro.
Eligió el vestido azul que le dejaba la espalda al descubierto y la hacía ver delgada. —Todavía recuerdo cuando Jorge entró con esa cara de distraído que siempre me enternecía… El maquillaje es muy importante, leí en una revista que una mujer adulta no debe usar mucho, solo el justo para ocultar imperfecciones y destacar algún rasgo—. Puso un poco de rubor en las mejillas y brillo en los labios. —¿Cómo estará él? En la foto vi que tiene barriga, pero su sonrisa sigue siendo cautivadora—. Abrió la cortina y frente a la ventana se dio la última mirada en un espejo de mano. —La luz directa es implacable, tengo que asegurarme de que me veo bien—. Un rayo de sol cayó perpendicular sobre su perfil. Recorrió cada parte de su rostro, los ojos color miel, la nariz recta — él decía que se parecía a la de Nefertiti —. Los labios carnosos, los pómulos altos — estas arrugas de las comisuras son las que más vieja me hacen ver—. El paso de los años estaba impreso ahí, pero algo hacía que se mantuviera bella, tal vez su mirada serena y esa sonrisa que al desplegarse lo entibiaba todo.
Una vez reconfirmada su condición de mujer seductora se aprestó a salir. Quería que las horas pasaran veloces.

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Nubia Amparo Mesa Granda hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Autora de cuentos, crónicas y reportajes. Hace parte del Comité Editorial de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

 

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
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Andrés Osuna Solar, La ninfa del aguá es su primer libro.

La ninfa del aguá

Andrés Osuna Solar

El hambre lo acosa. Sabe que hay un pez en el Pozo del Aguá. El misterioso manantial está cerca del pueblo, rodeado de gigantescos árboles de caracolí. En sus aguas cristalinas se encuentran sardinas, mojarras, moncholos y un enigmático pez que nadie molesta. Es la ninfa de la oquedad. Cuando alguien intenta atraparla, se hace muy pequeño o adquiere tal tamaño que engulle al pescador.

Busca la caña de pescar, un cebo, un costal y toma el camino del pozo. No hay una sola nube. El calor es abrasador. En silencio, los pájaros se protegen en la copa de los árboles con el pico abierto para regular su temperatura. El viento cálido de noviembre agita las hojas veraniegas y silba en sus oídos.

Ilustración de Lina Ceballos

Atraviesa la calle y vira por el camino que conduce a la fuente, una galería del follaje de grandes árboles de bonga, algarrobos y matarratones que al dejar caer sus hojas, forman una tupida alfombra en el sendero. El sonido de las hojas secas movidas por el viento le da la impresión de que alguien lo sigue.

Al llegar todo está en silencio. Constata una solemne desolación. Enciende un tabaco y después de tres aspiraciones profundas, comienza a rezar. Cuando termina la oración, arroja el anzuelo al agua. Permanece quieto, expectante, con la mirada sobre la superficie. Siente temor al recordar las historias, la piel se le eriza y las piernas le tiemblan. Al ver las sombras de los árboles moviéndose en el agua, imagina que el monstruo salta y lo engulle. Es tal la impresión que su respiración se torna agónica, como si se diluyera en los jugos gástricos del pez. De pronto, un fuerte tirón y luego otro y uno más. Impulsa la vara hacia atrás, pero aquello es tan pesado que no lo puede sacar. El animal hace giros, formando un remolino en el agua que le atemoriza.

En su agotamiento, hace una nueva pausa y reza. Luego toma aire. Lleno de arrestos, hala con fuerza y lo saca. El pez comienza a saltar y a emitir sonidos extraños. No sabe si correr o luchar con él, lo golpea con el machete y lo inmoviliza. Extrae el garfio de la boca del pescado, lo observa, es muy distinto de los que conoce. Lo echa en el fardo, lo carga al hombro, agarra la vara y de prisa se dirige a casa y lo deposita en la nevera.

En ese momento llega Adelaida, una vecina: Juan, necesito que me haga este mandado… Le entrega cinco mil pesos y una lista. Al regreso le paga con una libra de arroz. Tengo un pescado grande para arreglar, dice él, ahora que lo escame le traigo una porción.

Afila su cuchillo y dispone una ponchera con agua sobre la mesa del patio para escamarlo. Abre la nevera para sacar el pescado, pero descubre que el interior de la misma se ha convertido en un túnel de infinita espiral. El escualo, que nada en su interior, lo muerde y lo arrastra. Aterrorizado, Juan grita pidiendo auxilio.

Algunas personas acuden y ayudan a buscarlo, pero no lo encuentran. A Adelaida le parece que los gritos provienen de la cocina y se dirige hacia allí con mucho temor. La puerta de la nevera está abierta, se acerca y descubre el túnel, y dentro de él ve a Juan que bracea angustiado, pidiendo ayuda, mientras el pez lo arrastra hacia el fondo de la oscura garganta. Horrorizada, grita. Al instante el túnel desaparece y Juan es expulsado. Tembloroso, con la vista perdida, balbucea una sarta de palabras en un lenguaje extraño, y todos comprenden que ya no volverá a ser el mismo.

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Este relato hace parte del libro del mismo nombre, en el cual se incluyen Señales del cielo, El desafío y Encuentro en el Metro. Es el primer libro escrito por el autor y hace parte de la Colección El Aprendiz de Brujo, Editado por FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, Agosto de 2018.

 

 

 

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