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Archive for the ‘El Aprendiz de brujo’ Category

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

Fredy Sánchez Caballero, Artista plástico y aprendiz de escritor.

 

 El Yayo

F. Sánchez Caballero

Era tímido y manso, tenía los dientes podridos y una vocecilla escasa y débil, que gastaba imitando el canto de las aves. Su apodo obedecía, a las sílabas que tartamudeaba como una llama agitada por la brisa al inicio de todo intento de respuesta, como si siempre debiera justificarse por algo. El Yayo era el hazmerreír del pueblo, a quien todos cogían como centro de sus burlas. Tan pisoteado y pateado como el forro viejo de una bola de trapo. Su escuálida figura y su presencia desprevenida molestaba a algunos, así como su sonrisa retraída y su aire de no hacerle falta nada, hasta su pelo tostado, despeinado y rebelde. Presenció los restos calcinados de Nicanor, el joven tendero, quien en vida fuera una de las pocas personas que lo trató con respeto y dignidad. El cuerpo mancilladlo de Nicanor fue hallado en un extremo “enrastrojado” del puerto, a donde su madre luego de muchas súplicas y llanto, fragmentados y mezquinos indicios, lo halló. El Yayo siguió por instinto el rastro húmedo de sus lágrimas y asistió el dolor de esa mujer, hasta impulsarla a levantar lo que quedaba de su hijo muerto. No tenía certidumbre de lo ocurrido, pero sus ojos acuosos le decían que los tiempos de la ingenuidad y la alegría habían quedado atrás. El mundo andaba al garete y lejos de su comprensión. Algo muy oscuro habitaba ahora el alma de las personas.

Pocas noches después observó a un grupo de hombres con armas y vestidos de camuflado que patrullaba las calles como tantas veces en el pasado y se aproximó hasta ellos con determinación. Jamás pisó una escuela, así que no advirtió la sigla que los identificaba.

― Muchachos, ahora sí me voy con ustedes ―les dijo todavía con voz quebrada y adolorida― quemaron vivo a mi amigo Nicanor.

Los hombres lo examinaron de arriba a abajo, luego se miraron con desconcierto y lo invitaron a su campamento a las afueras del pueblo. Con sorna y preguntas engañosas, decidieron su destino entre risas y sin aspavientos. Ponían en duda que con su frágil estampa pudiera con un fusil, pero ―eso es lo de menos ―dijeron― los locos tienen mucha fuerza. Antes de ponerle un uniforme debían saber si era capaz de cavar trincheras y le dieron una pala para que hiciera un hueco del tamaño de su cuerpo… Cavó tan profundamente como pudo entre dos árboles que junto a la luna roja serían los únicos testigos de su desgracia. Quizá solo en el último instante, en esa milimétrica fracción de tiempo en que vio venir la pala directo a su sonrisa  retraída, supo que se había equivocado de bando.

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Fredy Sánchez Caballero ha publicado las siguientes obras: El libre albedrío – 2011 – Libro de poemas artísticos.
Cuando va a llover, llueve – 2013 – Cuentos.  La isla de las máscaras – 2015 – Novela corta ilustrada. Con el cuento Pitalúa obtuvo Segundo lugar en el concurso de Cuento breve 2017, de la Cámara de Comercio y El Túnel de Montería. Con su proyecto Un artista en tierra ajena, fue finalista en el concurso de Estímulos 2017 de la Alcaldía de Envigado, Antioquia. El Yayo es uno de los cuentos que conforman La espera compartida, el quinto volumen de la Colección El Aprendiz de Brujo de la Fundación Arte & Ciencia.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

El primer libro de Leandro Alberto Vásquez

Leandro Alberto Vásquez Sámchez, al recibir el primer ejemplar de su primer libro. (Archivo El Pequeño Periódico, 2017)

Gambeta

1

 

Vio una luz sin ganas al final del corredor. No derramaba la sombra del umbral del patio. Caminó a su encuentro y levantó la cabeza con valentía. Al ver el cielo gris, quiso extender sus manos para diluir la maraña de nubarrones que apresaban el sol, pero ni los pájaros, a pesar de la velocidad con que volaban, podían lograrlo.

Ahora, cuando le pregunte a su madre si puede salir, ella le responderá con un no rotundo, argumentando que la lluvia enferma sus pulmones. Tendrá que regresar a su cuarto y sentarse tras la ventana a contemplar el arco norte de la cancha de microfútbol. Desde ahí imaginará a sus amigos corriendo tras la pelota, las pantalonetas y camisetas mojadas, los zapatos anegados, las lenguas serpenteando por la cara para refrescarse con la mezcla de agua y sudor.

Parado todavía en el umbral del patio, sintió una caricia tibia. Amagó levantar la cabeza, pero la dejó caer de nuevo. Apenas lo hizo y como si hubiera reconocido a alguien, la irguió. El sol encendió su mirada, como un relámpago que ilumina un cuarto en tinieblas.

Entró a su habitación, buscó los zapatos y se los calzó, pero no los anudó. Cruzó el corredor, llegó a la sala y bajó las escalas. No vio a su mamá bajo la bóveda de estrellas verdes que entretejían las hojas del brevo.

La madre surgió del antejardín. Dos rosas rojas temblaron a su paso. Puso la regadera en tierra y sacudió unas gotas de agua helada prendidas de sus dedos que cayeron en las piernas de Gambeta.

— Má, me voy a jugar —dijo el niño, quien se repuso del frío y corrió. Aunque sólo fueron posibles algunas zancadas, porque apenas partió, ella gritó:

— ¡Santiago Marín! Venga —paró y, cabizbajo, retrocedió despacio.

— ¿Esos son los zapatos buenos? —le preguntó la madre.

A Santiago le decían Gambeta por patizambo. Al caminar arrastraba su pierna izquierda que era seis centímetros más corta y estaba flexionada hacia fuera. El concreto de la cancha de microfútbol roía las suelas de sus zapatos, luego las medias y después la planta de ese pie con sus picotazos como de buitre. A menudo tenía que abandonar el juego porque pateaba el suelo con los dedos desprotegidos y perdía las uñas y trozos de piel. Ahora los únicos zapatos con los que contaba eran unas botas de cuero a las que sus amigos llamaban tumbamuros. Su ortopedista, quien le decía Garrincha, como al más querido de los punteros derechos brasileños, se los diseñó para enderezar su pierna.

— No hay zapato que le aguante esa pata y ahora quiere jugar fútbol con los ortopédicos. ¿Usted cree que su padre tiene dinero para comprarle un par cada mes?

— Pero mami…

— Se los quita ¡ya!

El niño volvió a su casa.

 

2

El sol regresó a su cárcel de nubes. El viento alborotó las hojas del brevo. Luz prefirió entrar a su casa antes de que se desatara el aguacero. Cuando se arrellanó en el sofá de la sala, los cojines suspiraron bajo su peso. En el noticiero pasaban las imágenes de New Orleans devastada por el huracán Catrina. Pobres gentes, pensaba. El agua invadía todo, en pie ni los árboles, apenas les quedó el mundo roto.

Luz miró el altar sobre la mesa de vidrio para pedirle a Cristo por esos hombres, pero descubrió que las hojas de penca de sábila amarradas a la cruz de madera estaban secas. Para olvidar el mal presagio, cerró los ojos. Quiso descansar cinco minutos. Se hundió en la oscuridad. La imagen de unas botas negras, el tac de una gota de agua y el ladrido de un perro, trajeron a Gambeta hasta su sueño. Estaban en el patio y ella lo abrazó con fuerza, pero él no paraba de llorar. Las lágrimas resbalaban por el tobogán de su nariz y sus mejillas, y desde ahí se hundían en el vacío para pintar una mancha húmeda en el piso de cemento. Cayeron una junto a la otra hasta que creció un charco bajo sus pies.

Cuando despertó se sentó en la poltrona, se calzó las sandalias y se puso en marcha. Arrastraba sus pasos, pues la sangre parecía termitas circulando por sus piernas aletargadas. En voz baja, casi como de pensamiento, se reprochaba su severidad con el niño. Lo buscó para consolarlo, entre las cobijas, detrás de las puertas, debajo de las camas y las mesas. Suspiró cuando el trino de un cucarachero perturbó el silencio.

La ventana del patio estaba abierta. La cortina eran dos alas blancas que querían escapar con el ventarrón.  Cerró para que no se colara la lluvia. Las botas ortopédicas de Gambeta estaban en el piso. Cuando se asomó a la calle, no vio al niño. Había escapado por la ventana.

¿Dónde estaba su hijo? Ojala resguardado en la casa de algún amigo mientras pasaba el aguacero. Luz se rascaba los brazos, a pesar de que el tamborileo de las gotas en el techo  la picaba en un lugar del cuerpo que no lograba definir y mucho menos alcanzar con sus uñas. En la cocina espantó de un manotazo un mosco que comía las sobras del almuerzo de Gambeta. Lo persiguió con sevicia, pero sólo derribó, por accidente, un edificio de ollas que sepultó su poca tranquilidad bajo el trepidar metálico.

Luz colocó una olla de aluminio sobre el televisor para que no le callera una gotera del techo. El ruido, como de campana ronca, llenaba la casa. Miraba el aguacero desde la ventana, mientras bebía café en un pocillo desorejado. La lluvia, que velaba las montañas que abrazaban el Valle de Aburrá, azotaba las casas, estallaba en el pavimento, resbalaba en goteras por el vidrio de la ventana. Los árboles se mecían con el ventarrón que les quitaba la paciencia. Por las calles desfilaban arroyos turbios. El paso incontenible del agua arrastraba piedras y palos, envolturas de papitas y confites, vasos de plástico que se colaban bajo las puertas en su afán por encontrar un lugar donde descansar de su carrera. De los desagües de las terrazas caían chorros que se estrellaban en el pavimento con furia de cascada.

Un relámpago inundó la calle. Ella pensó en llamar a su esposo para quejarse de su soledad, de su miedo, pero qué le iba a decir cuando le preguntara dónde estaba su hijo. Encendió una veladora junto a la cruz de madera. La llama hacía bailar las sombras de los muebles. De rodillas rezó: Jesucristo aplaca tu ira, tu justicia y tu rigor, dulce Jesús de mi vida, misericordia señor.

Repitió la oración tres veces. La lluvia amainó. A la cuarta, escuchó el alboroto en la calle. Por donde antes bajaba el agua, subían familias con sus maletas a cuestas. ¿Qué pasaba? Ahora no importaba. Tenía que encontrar a su hijo. Salió sin saber dónde buscarlo. Don Evelio, un vecino que vestía apenas calzoncillos y camisilla, descalzo, con su hija cargada, le explicó:

— Corra doña Luz, se reventó la represa de Fabricato y esto se va a inundar en cualquier momento.

— Don Evelio, ¿ha visto a mi niño? — le preguntó, pero el señor ya corría calle arriba.

Luz recordó que desde que construyeron la represa la gente lo había advertido: un día se iba a reventar y todo el municipio de Bello terminaría inundado. Quienes la construyeron decían que eso no era posible, y miren lo que pasaba ahora. En la radio confirmaron la tragedia. Luz se calzó unas chanclas, tomó la cruz de madera y regresó a la calle. Cuando vio el gajo de penca de sábila seco anudado a la cruz, pensó que no había atendido la señal que Cristo le había enviado. Era tan incrédula que prefirió cerrar los ojos y obviar el mal presagio. Con rabia, arrojó las hojas al suelo.

Parecía que la lluvia brotara de las lámparas. Los automóviles, atestados de pasajeros, rompían los charcos áureos en su afán por huir del barrio. Luz chocó con un hombre que llevaba un televisor a cuestas. La carga tambaleó y por poco le cae encima. Una carreta tirada por un caballo que llevaba cerca de quince personas a toda marcha casi la embiste. Apretó la cruz en su puño.

 

3

Gambeta corría por el extremo izquierdo de la cancha cuando El burro le cortó el paso. Amagó a la izquierda y después a la derecha. Del suelo volaron gotas de agua a la cara de El burro, quien pensaba que Gambeta tambaleaba, que sus piernas arqueadas como una sonrisa terminarían enredadas, que caería de narices sobre el charco. Pero salió disparado por la derecha, El burro lo alcanzó y entonces Gambeta frenó y de taquito le pasó el balón entre las piernas. Cuando iba a patear al arco, sintió que alguien lo tomaba de la oreja. Era su mamá que lo amenazaba con una cruz de madera.

Luz arrastró a su hijo hasta el paradero de los buses, pero allí se peleaban por subir. Sólo lo lograban quienes imponían su fuerza. Una mujer que llevaba dos niños cargados, gritaba desesperada y forcejeaba para ingresar, pero era imposible. Impotente, lo único que se le ocurrió a la mamá de Gambeta fue escapar al cerro Quitasol.

Se detuvieron en La abundancia, una tienda donde había muchas personas reunidas en silencio con sus maletas y algunos electrodomésticos. Cuando preguntó qué pasaba, le contaron que en la radio estaban informando que en la vereda El Salado ya habían muerto cuarenta y seis personas. La gente se miraba confundida, auscultando en los rostros ajenos alguna respuesta. La noticia impulsó a Luz a seguir su camino hacia la parte más alta del barrio.

Corría con su hijo de la mano por unas calles que estaban vacías, abarrotadas de casas en silencio. Llegaron a una finquita apenas iluminada, donde despertaron a las gallinas que no se habían enterado de la inundación. Después de agacharse para pasar un alambrado que Gambeta se negaba a cruzar, cayeron en la oscuridad. A él las piedras y las espinas le laceraban las plantas de los pies. Aunque se quejaba, su madre no le prestaba atención. El niño quería escapar, regresar a su casa, no le encontraba sentido a esta huida desesperada. Lo empujaba de la mano entre matorrales por un camino que no conocían, que iban abriendo a medida que andaban, y aunque se resistía, la desesperación y la fuerza de su mamá eran mayores. Cuando ya llevaban veinte minutos de marcha, miraron atrás. Gambeta aprovechó el cansancio de su mamá para soltársele. Luz imaginaba las casas sepultadas por el agua. Su marido, Libardo, que a pesar de esta tragedia ni siquiera la había llamado, tal vez estuviera ya en su hogar y corriera peligro. No importaba. De todas maneras se dedicaba a tomar cerveza y salir con otras mujeres, éste iba a ser un nuevo comienzo con su hijo. Cuando lo miró, Gambeta ya huía montaña abajo. Le gritó para que regresara, pero fue inútil. Corrió detrás para alcanzarlo.

 

4

La puerta estaba abierta. Encendió la luz y con los dedos sofocó la llama del velón que iluminaba la sala. Su esposa siempre dormía con el televisor encendido, por eso le extrañó no ver en las paredes de los cuartos del fondo el fulgor de la pantalla. Sintió temor al sospechar que estaba solo con la voz gangosa de la radio, que anunciaba que la ruptura de la represa de Fabricato era una falsa alarma, que la ola de pánico que se desató por una inundación en Bello era infundada. No entendía. Lo que sí había pasado era que la creciente de la quebrada El Barro había arrasado varias casas y matado cuarentaiuna personas en la vereda El Salado, agregaban. La tragedia era muy lejos de su barrio, El Mirador, donde todo estaba en calma. Sin embargo le pareció que la ola de pánico tenía que ver con la ausencia de su esposa y su hijo. Llamó a Luz al teléfono móvil, no tenía señal. Marcó a su suegra y a dos nueras que vivían en municipios vecinos, pero no le dieron razón de su paradero. Salió a buscarlos.

No despertó a ningún vecino para preguntar por su familia. Le daba vergüenza, además ellos quizás no lo podrían ayudar ¿Dónde comenzar a buscarlos? Echó a andar sin importar el rumbo. Recordó que esta semana no había hablado con Luz, quien lo evitaba por sus continuas llegadas tarde. Para él todo pasaba porque ya no lo trataba con cariño. Hasta el amor era un procedimiento aprendido y repetido sin entusiasmo ni consecuencias. Las salidas en la noche a tomar cerveza, después del trabajo, le ayudaban a lidiar con esa rutina. Era imposible que por tan poco ella lo abandonara, llevándose a su hijo, sabiendo cuánto lo amaba. Sumido en sus cavilaciones, vio aparecer a Gambeta. Detrás venía Luz, que lo perseguía, jadeante.  Cuando los tres se reunieron, Libardo les preguntó de dónde venían, pero estaban demasiado agitados para responderle. Luz sólo intentó tomar a Gambeta de la camiseta, había arrojado en cualquier parte la cruz de madera y olvidado lo de la inundación, ahora sólo le interesaba imponerle su voluntad al niño, atraparlo al fin, pero él se le escapó con un drible y se escondió detrás de su papá. Ella arremetió, pero mientras rodeaba a su esposo para darle alcance, su hijo se puso por delante. Lo persiguió en círculos alrededor del hombre que los miraba impávidos hasta que Luz tropezó y cayó en la calle, donde sintió su respiración acezante, extendió los brazos en cruz y miró al cielo. No había nubes y las estrellas que centelleaban, le revelaron que nada le pertenecía.

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Leandro Alberto Vásquez Sánchez ha publicado, Saeta, Primer Conjuro (Edit. Fundación Arte & Ciencia). La condesa de Porroliso y Una mujer de aguas tomar, Perfil de Mujer (Crónicas y reportajes. Edit. Fundación Arte & Ciencia). En septiembre de 2017 obtuvo el Premio nacional de cuento “Échame un cuento”, convocado por el periódico QHUBO, con Calle sol, que hace parte de este libro de la Colección El Aprendiz de Brujo.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación en edición impresa

 

El regalo del presidente

León Javier Betancur Ospina

Un rato después de la cena se oyó por el callejón el grito de mi mamá: ¡Hey, todos, para dentro! Nos reunió a los siete en la sala alrededor de ella y de la abuela María Josefa, que se sentaban siempre a lado y lado del altarcito donde estaba La Milagrosa iluminada por dos veladoras. Sobrecogidas, repitieron los sucesos que habían oído a través del noticiero de la seis de la tarde: ‟La policía encontró el rancho quemado, los cuerpos de los tres niños y la madre incinerados en el patio. Por el camino del cafetal, el padre y el hijo mayor colgaban de un guamo con la cabeza casi desprendida de un tajo: el corte de corbata. Les habían sacado la lengua por el cuello para que se supiera la crueldad que estaban dispuestos a cometer los tales asesinos”. La abuela, con voz atribulada y suplicante, nos alertó sobre la amenaza que se cernía sobre nosotros mientras los bandoleros anduvieran vivos y escabullidos por el monte. A todos, vivos y muertos, los encomendó a la Santísima Virgen. Comenzó a entonar el rezo elevando la voz:

León Javier Betancur Ospina, al recibir el primer ejemplar de su primer libro publicado. Sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, martes 17 de octubre (Foto de Claudia Restrepo Ruiz)

— En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hoy contemplamos los Misterios Dolorosos…, y siguió monótona y mecánica el Santo Rosario. Empezaba a llover con furia. El viento no dejaba de ulular. El canto dejo y lejano de un búho parecía responder a las preces de la abuela. Finalizados los rezos, nos despacharon para la cama. Me despidieron advirtiéndome que en la mañana debía presentarme en la escuela bien aseado, para asistir a un acto público especial.

Al día siguiente muy temprano, la voz de mi madre me apuró para que tuviese tiempo suficiente para un baño meticuloso. Así lo hice y me puse el flux. Cuando me disponía a desayunar, oí el silbido de Colio, mi amigo inseparable, con quien me dirigía todos los días a la escuela. En un santiamén me volteé el chocolate y salí con la arepa en la mano.

Era sábado. Un tren de nubes negras surcaba los cielos y unos pocos rayos de sol se abrían paso para caer sobre los cerros vestidos de bruma. Al llegar a la escuela de varones, observé que la mayoría de los estudiantes había llegado. Nos pusieron en formación y nos notificaron que el evento se llevaría a cabo en la escuela de niñas y no en la de varones, por lo tanto, nos dirigiríamos allá en fila y perfecto orden.

Nuestra fila, de dos en dos, cruzó con lentitud el parque. A medida que avanzábamos las palomas nos abrían paso prefiriendo el vuelo corto bajo el follaje de los árboles. Llegamos a la escuela de niñas. Una fuerte voz, algo desgastada, salió de la desdentada boca del Director ¡A discreción! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Alinear!  Carraspeó con aire de autoridad amenazante y de nuevo, nos repitió la anécdota que esgrimía para mantenernos atentos y alineados: “Una vez, no hace mucho, el General Uribe de las Fuerzas Armadas, impartió la orden de alinear a su pelotón. Luego de desenfundar su arma y de apuntar bajo la oreja del soldado que encabezaba la fila, soltó un tiro; la bala entró por la boca abierta de un recluta que distraído, sacó la cabeza”. ¡A discreción! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Silencio, sólo debo escuchar el vuelo de las moscas! ¡Jóvenes patriotas del mañana, ahora recibirán el regalo enviado, a todos y cada uno de ustedes, por el Señor General Presidente de la República!

Hubo alborozo entre las filas. ¡Silencio!. Hay que esperar en perfecto orden. Repitió el director.

Portada, ilustración Lina Ceballos.

Una brisa fría se calaba en los cuerpos y las nubes grises se anudaron más lentas, espesas y oscuras. Me invadía una insoportable ansiedad. Observé a las niñas que salían haciendo algarabía, portando pelotas y muñecas, molinos y planchas, camas y diminutos loceros. Una de ellas, la más pequeña, de cabello negro, peinada de trenzas con moño rojo de seda en las puntas, le sonreía a un gran perro pastor de plástico que no alcanzaba a abrazar.

La espera se hizo eterna. Sólo podíamos entrar de diez en diez. Por fin llegó. Al entrar, se acrecentó la inquietud. Lelo, miré al inspector de policía y dos agentes que abrían cajas de cartón de donde sacaban caballitos y pelotas, carros, ruanas y tambores.

Llegado mi turno, una solícita maestra, baja y robusta, de rostro colorado y cálida mirada, tomó una volqueta roja grande y me la estregó con tierna sonrisa. El director que observaba, me la arrebató. Dijo que no era para mí, que lo mío era un cornetín de plástico amarillo, alegando que mis tíos eran los mejores músicos del pueblo y que así lo debía ser yo. Sentí que reventaba por dentro. Miré con ira al director, pero ya no encontré sus ojos escaldados para transmitirle mi odio. Partí con el cornetín en la mano sin determinar a nadie.  El agua caía a torrenciales y un feroz viento azotaba los árboles del parque. Tomé aire. Emprendí una vertiginosa carrera a través de los aleros de las casas hasta llegar a la de la tía Teresa. Era una mujer valiente y solo a ella podía confiar mi pena. Al contarle lo sucedido puso su mano izquierda sobre mi hombro y empuñó la derecha, levantó un poco su rostro y frunció la boca para mirar con sus ojos verdes encendidos el chaparrón. Callé. Aunque vi en su rostro la impotencia, alcancé a oír que refunfuñaba: “A ese viejo también le ha de llegar su hora”. Esperé un tiempo, que me pareció eterno, a que la lluvia cesara y cuando amainó partí hacia mi casa.

Entró la noche. Volvieron la cena, los rumores y los prolongados y repetidos ruegos al Señor. Me fui a la cama portando un candelero que puse sobre la mesita de noche. Miré a través de la ventana. El viento agitaba la silueta de los árboles producida por el relampagueo de una tempestad lejana. Metido entre las cobijas sentí los pasos de la abuela que quería constatar si estaba bien cobijado, tomó el candil y salió dejándome en la oscuridad. Cerré los ojos y me enrosqué. Los adversos recuerdos irrumpieron… El Rector me ordena que pase al frente para dar un toque de trompeta. Mi padre regresa del trabajo con un inmenso camión militar verde. Me lo entrega y dice: Es el regalo que te manda el gobierno, eres el hijo de un empleado público y tienes que cumplir los deberes con la Patria. Distribuyo siete soldados para que disparen a los chusmeros que se aparezcan a lado y lado de la vía. Lo amarro a una cabuya larga y bajo un candente sol, lo arrastro por las destapadas y polvorientas calles para que todo el pueblo que vive en las casuchas, vea el regalo del Presidente General de la República. Yo no veo a nadie. Sé que la gente se queda asombrada a mi paso. Los soldados comienzan a disparar. Un fuerte viento sacude el ala de la ventana.

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León Javier Betancur Ospina, San Antonio de Prado (corregimiento de Medellín). Laboró como docente en los colegios “Marco Fidel Suárez” y de bachillerato de la Universidad Pontificia Bolivariana. El regalo del presidente es su primer libro de cuentos publicado. En el libro inédito Luto en el patio y otros revuelos, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, aparecen sus cuentos Las obras de mi Dios y Los matarifes.

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El Río Magdalena. El Gran Río. Espina dorsal de nuestro país, escenario de luchas y conquistas, un río testigo. Allí se gesta y toma cuerpo la novela de Ángel Galeano Higua, que no podía llevar otro nombre: El río fue testigo; una obra bañada por la espesa corriente de un espíritu impetuoso que recorrió caminos de la mano de otros inconformes, para llevar a los campesinos del sur de Bolívar un aliento de creatividad que les permitiera enfrentar sus carencias.

Leonardo, el protagonista, rastrea las jornadas de él y sus compañeros por ciénagas y quebradas, caños y serranías, llevando atención médica, pero también espiritual. Cargado con un arcón repleto de libros, los comparte con niños y jóvenes ansiosos de descubrir en ellos vibrantes historias.

La novela nos pone de frente con las faenas de los pescadores, el abigarrado mundo del comercio de Magangué, las jornadas de los labriegos cultivadores de maíz, arroz y sorgo, y todo bajo el ardoroso sol que refulge sobre las aguas del río. Con meticulosidad de cronista, el narrador de El río fue testigo documenta la gesta que emprendieron un grupo de jóvenes, médicos, enfermeras, sociólogos, artistas, que dejaron las comodidades de la ciudad y se aventuraron en busca de concretar un sueño: construir una sociedad más equitativa, con la participación de todos, crear condiciones para superar el atraso y generar un cambio de raíz en las estructuras sociales.

Pero esos años de trabajo y sacrificios fueron estrangulados por las fuerzas violentas de los grupos armados que incursionaron en la zona, asesinando a campesinos y líderes. Movidos por mezquinos intereses, esos hombres aniquilan no sólo vidas, sino sueños; creando un cerco que obliga a los “descalzos”, como se conoció el grupo de estos jóvenes, a retroceder. Leonardo, Manuela (su mujer) y Valentina (su hija), nombres ficticios de personajes que no existen únicamente en el papel, regresan a la ciudad. Pero ante la amenaza de muerte, al protagonista le han salido alas. Regresará con un sentimiento de desolación, pero intuimos que esa experiencia será el elemento constitutivo de su obra.

El río fue testigo es una novela fundamental para entender una parte de nuestra historia política, y es también una invocación al viaje como búsqueda del sentido de la existencia. Leonardo, Manuela, Sara, María Fernanda, Óscar Mauricio, cada uno de los personajes que Ángel Galeano sigue con ojos atentos, y de cuyas acciones toma nota en cada giro; tienen una misión, sortean dificultades, confrontan sus ideales ante una realidad que se les asoma con “la contundencia de un rayo mortífero”. Y todo esto nos lo cuenta el narrador con imágenes desbordantes, con ritmo vivo y una cadencia como de garza atravesando la sabana.

Diseño de Cubierta: Saúl Álvarez Lara (Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia)

“El libro es un homenaje a los pobladores de Magangué y la cuenca del Bajo Magdalena. También lo es para todos mis compañeros (los descalzos) que entonces éramos un solo ideal. Y es un testimonio de admiración por Francisco Mosquera, el timonel de esta empresa, el hombre que diseñó toda la estrategia de llegada y también de retirada para salvarnos la vida.” Así se refirió Ángel a su obra al presentarla en el puerto de Magangué, sur de Bolívar, el 12 de octubre de 2003. Recién había sido publicada por la Editorial Universidad de Antioquia y había sido finalista en el Concurso Nacional de Novela, convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá.

Ahora, El río fue testigo entra en circulación reeditada y en coedición entre Sílaba Editores y la Fundación Arte y Ciencia. Luego de un proceso de revisión y depuración por parte de su autor, podremos revivir la experiencia de “los descalzos” allá en los años 80, en esos poblados del Sur de Bolívar. Es la literatura que nos sirve para mantener la memoria, “para no olvidar, para utilizar sabiamente el legado que nos dejan los mayores.”

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Texto tomado de https://laterales.com/rio-fluye-la-fiesta-del-libro/

Nubia Amparo Mesa Granda es periodista egresada de la Universidad de Antioquia, autora de innumerables crónicas y reportajes, y de cuentos como La muñeca de sal ,(de reciente publicación) La tía Adela, Un hombre solo, La despedida de Satulio y Una mujer en la ventana, entre otros. Su cuento La casa amarilla hace parte de la antología publicada por la Cooperativa Confiar. Es integrante del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo desde su fundación.

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Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia

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La muñeca de sal

Nubia Amparo Mesa Granda

 

Mi abuela ponía la sal en una taza que llevaba de la cocina al comedor. La usaba para reforzar el sabor de los alimentos, para estimular nuestro apetito, como conservante y, una que otra vez, como medicamento, sobre todo cuando necesitaba hidratarnos después de un mal de estómago. Otras veces le servía para brillar metales y como amuleto contra el mal de ojo.

“No se puede derramar la sal porque atrae los males. Y si eso pasa, debes tirar unos granos por detrás del hombro izquierdo para alejar cualquier desgracia”, decía, y aseguraba que las brujas podían ser esas vecinas que se presentaban en la casa pidiendo un poco de sal. Remataba contando la historia de la mujer de Lot convertida en estatua salina por desobedecer el mandato de no mirar atrás mientras la ciudad era devastada.

Qué bella era esa taza. Según ella era de porcelana china, aunque se veía gruesa y menos lustrosa, parecía más bien de pedernal. Tenía grabadas flores, azules y rosa, y un borde dorado que contrastaba con su blanco contenido. Muchas veces, desobedeciendo sus mandatos, deslicé mis dedos por la superficie granulada, arañándola para dejar mi rastro, e imaginaba que iba por uno de esos desolados paisajes de Alaska que nos mostraba la profesora en la clase de geografía. Mi abuela me explicó que son salados el mar, la sangre y las lágrimas. Entonces me preguntaba, al ver llorar a mi mamá, día tras día, después de que mi padre se fue, si toda la sal del mundo provenía del llanto. En tal caso, el mundo sería de verdad un valle de lágrimas como decía el cura en la iglesia. Pero yo me mantenía atada a la belleza cristalina de ese elemento. Hacía montoncitos de sal sobre la mesa del comedor y formaba figuras: cuadrados, triángulos y círculos que luego devolvía a la taza. Hasta que un día, cansada de esa efímera creación, decidí hacer algo compacto, de más larga vida, y le pregunté a la abuela cómo podía hacer una muñeca. Ella me acompañó en el juego. Una medida de harina por media de sal, y agua. Luego amasar y moldear.
Mi muñeca de sal tenía una apariencia de fantasma, con una blancura invernal, profundas cuencas en lugar de ojos y pequeñas depresiones en nariz y boca. Sus brazos amorfos hacían cruz con el tronco rectangular donde también hice una pequeña hondonada para señalar el ombligo. Era mi creación y me sentía orgullosa, por eso la puse sobre el tocador al lado de un cofrecito de madera y un florero de cristal. Allí nadie podría profanarla.
Un día, cuando regresé de la escuela, entré al cuarto y la busqué. Quería jugar con ella a las adivinanzas. Adivina cuánto saqué en matemáticas… nunca me había ido tan mal… Adivina a quién vi hoy… Me gustaba su imperturbable silencio y por eso aprovechaba para contarle mis secretos. Eso también lo aprendí de la abuela cuando decía que al abuelo se le podía decir de todo porque ni escuchaba y era tan frío como una estatua de sal.
Le había puesto un nombre a mi muñeca. La llamaba Fidelina. Así que cuando me acerqué y musité su nombre, bajito, para que nadie más me escuchara, encontré el único vestigio de su desintegración. Era un trozo de su cara, una luna carcomida que miraba con un solo ojo profundo y vengativo. ¡Abuela! —grité— ¿Qué le pasó a mi muñeca? ¿Quién la quebró? —volví a inquirir mientras recorría los pocos metros que separaban mi cuarto de la cocina llevando sus despojos en una mano.
Allí estaba mi abuela, preparando la comida y así siguió, sin mirarme, picando el tomate para la sopa.
—No lo sé, yo no he entrado por allá. ¿Sería tu mamá cuando entró a limpiar? O pregúntale a tu abuelo, aunque estoy segura de que ni siquiera sabía que tenías esa muñeca.
—¿Entonces se quebró sola? — dije con tono desafiante.
—O a lo mejor no la quebró nadie—replicó la abuela. Yo creo más bien que se deshizo con una gotera que cae justo ahí donde la pusiste.

Nunca sabré quién o qué causó la desintegración de Fidelina, pero creo que ese día empecé a entender la fragilidad de las cosas y de la vida, y cómo todo puede perderse en un instante.
Aún conservo la taza de sal de la abuela. Es como un antídoto contra el olvido. Cuando la miro la veo a ella en la cocina. Restriega sus manos nudosas en el delantal, canta boleros mientras bate el chocolate y me advierte que no debo tragarme las pepas de la naranja porque me crecerá un árbol en la barriga, y menos comer mango biche con sal porque me diluirá la sangre.
La sal sigue siendo mi elemento. Me gusta incluirla en mi baño. Y siento que renazco. Una vez a la semana derramo agua salina desde mi cabeza y dejo que se seque en mi cuerpo para sentir cómo el mar se adhiere a mi piel. Sentir que soy la sal reposada que brilla bajo el sol, limpia, como la luz intensa del día. Esos granos blancos son también el germen de mi creación. He decidido hacer esculturas de sal a escala humana. Algunas veces las derramo en fragmentos sobre el piso ante los ojos de los espectadores como invitándolos a una liberación, para que esa sal compactada, aprisionada, retorne a su estado natural
Es una manera de rendirle homenaje a la abuela que murió una noche de diciembre cuando intentaba engalanar el balcón con luces de colores. Había subido a una improvisada escalera y cayó desde su altura fracturándose el fémur y la pelvis. Se partió, se astilló, pequeños fragmentos de hueso entraron en su torrente sanguíneo y le obstruyeron la circulación. La encontré tirada en el suelo, fría, los ojos secos y fijos en un lugar incierto. Quise levantarla, pero se había endurecido, pesaba como una estatua de mármol. Pasé mi mano por sus cabellos canos con el leve rizo extendido sobre las baldosas, y no sentí su energía. Ya mi abuela no iría más de un lado a otro de la casa, regando las plantas, limpiando las ventanas, cambiando las sábanas, con la taza de sal en sus manos junto a la mesa del comedor. Y yo tenía que aceptarlo. Aceptar que su quietud era plácida, que yo habría de perpetuar su legado y procuraría darle nuevo valor a cada uno de esos objetos a los cuales dotó de anhelos y vigor.
Hoy, las luces de colores titilan en nuestro balcón y en la mesa del comedor está la taza de sal. De ella seguimos tomando pizcas para alimentar nuestra vida.

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Nubia Amparo Mesa Granda ha publicado, entre otras, las siguientes obras:  Las voces que trae la brisa, Libro de cuentos Editado por Fundación Arte & Ciencia (2014). Un hombre solo, Actos de palabra Funlam (2010). La tía Adela, Primer Conjuro, Fundación Arte & Ciencia (2008). Sombras sobre el puente, La palabra se baña en el río, Fundación Arte & Ciencia (2011). Pasajeros del mismo río, Cuando el río suena, Fundación Arte & Ciencia (2012). La despedida de Satulio, El traído y otros cuentos de Navidad, Fundación Arte & Ciencia (2013). La casa amarilla, La casa contada y cantada, Antología Coop. Confiar 2015).

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Aprovechamos que por estos días se celebra en Mompox el VI Festival de Jazz, para compartir con nuestros lectores este artículo de Álvaro Jiménez Guzmán, sobre el libro escrito por Bárbara Galeano Zuluaga, referente a ese bello e histórico puerto sobre el río Magdalena, Patrimonio de la Humanidad.

(Archivo Fundación Arte & Ciencia)

Mompox sí existe

Álvaro Jiménez Guzmán (*)

A casi doscientos cincuenta kilómetros de Cartagena, sobre la margen izquierda del brazo de Mompox del Río Grande de la Magdalena, se levanta una reliquia colonial, Santa Cruz de Mompox, ennoblecida con el título de “Ciudad Valerosa, Ilustre y Señorial”, con una gran riqueza arquitectónica, muchos de cuyos hijos han honrado la historia de Colombia, que habla de la calidad humana de sus habitantes, que han hecho de esta villa un centro cultural y artístico incomparable, entre ellos Candelario Obeso, el creador de la llamada poesía negra por su libro “Cantos populares de mi tierra”, donde recoge, con especial sentimiento de protesta y de nostalgia, el lenguaje peculiar de los bogas del Magdalena y de las gentes de raza negra de la región.
Sobre la base de este hecho, que configura lo que se conoce como patrimonio cultural, herencia propia del pasado de una comunidad con la que esta vive en la actualidad y que transmite a las generaciones presentes y futuras, fue que la antropóloga Bárbara Galeano Zuluaga realizó su tesis de grado que luego de diez años convirtió en el libro MOMPOX, una victoria sobre el tiempo, publicado por la Fundación Arte & Ciencia. Aída Gálvez Abadía, Profesora Titulada Jubilada del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia, quien escribió el prólogo de la obra, consigna que Bárbara Galeano logra cohesionar, de manera acertada, los registros de viaje y trabajo de campo antropológico, por “la memoria de su primera infancia”, que le facilitó incubar el conocimiento primigenio de aquel patrimonio vivo del mundo de la cultura. Esta feliz circunstancia le abre el camino justo: “Viajar al pasado es vital para la configuración del presente y del futuro, porque sin memoria no hay creación”.
Aquí se contempla la “necesidad de identificar la otredad, la diferencia”. Está en consonancia con lo que plantea Eduardo Gonzáles Muñiz en el sentido de que la investigación científica, como una ineludible actividad social, está en constante transformación y determinada por múltiples factores. Tal concepción del análisis histórico de las ciencias abre un interesante ámbito de reflexión “en torno a la conformación del dominio de la investigación antropológica, y, en especial, al papel desempeñado por diversos valores en la constitución de la otredad cultural como su objeto de conocimiento”.
La tesis antropológica se estructura desde el “Prólogo”, “Presentación”,” Introducción”, y, al entrar en la almendra de su contenido, con “Un viaje hacia otras culturas”, se arma la historia de las instituciones “Hostal Doña Manuela”, “La casa del Artesano” y la “Ciudad como Escuela Taller”, para desembocar en “Derechos y Deberes de los momposinos”, en relación con el “Centro Histórico”, “Un caso de protesta Ante el incumplimiento de las normas”, “Reflexión final”, hasta “El calor del recuerdo”, como “Epilogo”, que asociados a las fotografías de sus antiguas casas coloniales, calles, plazas, hostal, vendedores, escuelas, ferry, centenario árbol de caucho, actividades artesanales, fiestas y otras reliquias de su pasado histórico, hacen de esta obra un hermoso libro, editado por la “Fundación Arte y Ciencia”, y que se constituye en otra reliquia cultural por recoger con fidelidad el transcurso centenario de un pueblo.
En el acápite del viaje hacia otras culturas, la Tesis trae a colación una sentencia desafortunada de Gabriel García Márquez, en su novela “El general en su laberinto”: “Mompox no existe, a veces soñamos con ella, pero no existe”. Ante lo que responde Martínez Manjarrez, de su patria: “Qué pena contradecirle a Gabo pero Mompox sí existe y en muchas ocasiones soñamos con ella, pero sigue existiendo y existirá por siempre en nuestras mentes y corazones”. Y en toda la obra destaca Bárbara Galeano el sentido de pertenencia de la comunidad con sus instituciones, el despliegue de la actividad cultural en aquel ámbito de Santa Cruz de Mompox, “casa grande de la depresión momposina, Ciudad hermosa de América Latina”, parafraseando al poeta momposino Alfredo Zambrano. Asociaciones, cooperativas, la ciudad como escuela, fueron el reto del pueblo luego de la “Declaratoria de Mompox como Patrimonio de la Humanidad”, en 1995, para ser consecuentes con la preservación de la memoria patrimonial. Diversas dificultades se han atravesado en este camino, pero la riqueza en la experiencia adquirida los ha hecho crecer como comunidad, con su tradición de vocación artística y grandeza en la actitud espiritual que les ha correspondido asumir.
En relación con los “derechos y deberes de los momposinos”, para proteger y preservar el “Centro Histórico”, el Programa Nacional “Vigías del Patrimonio”, se alza como una estrategia de grandes horizontes porque convoca a la participación para reconocer, valorar, proteger y divulgar el patrimonio cultural con brigadas voluntarias que, en el caso de Mompox, tendrá benéficos efectos por la apropiación colectiva que ha tenido la comunidad de este valor cultural declarado por la UNESCO en Berlín. Dentro de las reflexiones que suscitan esta declaratoria, de acuerdo con el libro de Bárbara Galeano, es que “La sociedad contemporánea tiene los ojos puestos en el turismo, convertido hoy en una necesidad que la reafirma como ‘sociedad moderna’.

Calle de La Albarrada (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Latinoamérica se ha caracterizado por un turismo, cuyo atractivo son las playas y el sol, y se ha dejado a un lado la posibilidad de reactivar elementos que parecen reservados a otros lugares del mundo. Para lograr ese salto a lo “cultural”, es necesario superar los modelos convencionales, muchas veces impuestos y no escogidos, recuperar el orgullo y la fuerza de la propia historia y de las tradiciones, para proponerlas en el mercado internacional, dar paso a sistemas integrados en los que sus elementos sean propuestos en conjunto y no de manera aislada”.
En el bello “Epilogo”, que se da “Al calor del recuerdo”, narra Bárbara: “Si los viejos se levantaran de las tumbas al menos encontrarían las casas, comenta Germancito, mientras yo escribo en mi cuaderno. Él es uno de los tantos personajes que se encontraron conmigo en este viaje hacia la memoria, hacia el olvido. Cuando uno deja la ciudad en la que vive y retorna la de la infancia cualquier cosa puede suceder…” Y de pronto se abrió ante los ojos de Bárbara “un pueblo cuyas edificaciones se detuvieron en la memoria de la historia pues como comentan los momposinos con orgullo, Mompox fue el primer pueblo que se declaró libre ante el yugo de los conquistadores”.
Y en efecto, así como Cartagena es llamada la “Ciudad Heroica” por su épica resistencia al asedio del ejército reconquistador en 1815, Mompox fue denominada la “Ciudad Valerosa” por tan esforzada acción, tres años antes, contra los ejércitos españoles, a los que derrotó y puso en fuga. Fue la primera ciudad en Colombia que declaró su independencia absoluta del dominio español. Desde mucho antes, Mompox sí existe.

NOTA: Información sobre el VI Festival de Jazz en Mompox:
 http://mompoxcolombia.blogspot.com.co/p/blog-page_9.html
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(*)  Álvaro Jiménez Guzmán es autor de varios libros de relatos (Grito en los pretiles, Una danza contra el viento) columnista y hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

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Visita a la exposición con la guía del autor

TEXTO TEXTURA

 

No hay ni ha habido, según parece, antecedentes en la ciudad de la presentación de un libro como lo hace el artista Saúl Álvarez Lara por estos días. Un libro abierto, página por página, texto a texto, ilustración a ilustración para que el curioso, aquel que busca algo mágico en esta ciudad tan predeterminada, lo pueda leer y preguntarse muchas cosas. Por ejemplo, el dibujo de este texto ¿por qué no me concuerda? Saúl nos reta a viajar más allá de la llamada realidad: “Todo es ficción”, sostiene desde el inicio de la visita que el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo hizo el martes pasado. Para él su búsqueda es un ejercicio en el que se amalgaman el trazo, el vacío, la palabra, el suceso en la calle, en el metro, en una cafetería, conformando la ficción. La realidad no existe, todo es ficción…

Como muestra del libro que Saúl Álvarez Lara expone estos días, en el 2° piso del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, y con la venía del autor, copiamos este texto aparecido en su libro bajo el número 14:

Un espejo es delirante. Es cierto. No conozco espejos reposados, tranquilos, que permitan el solaz. Un espejo está al acecho; mira lo que no se ve y muestra lo que nadie muestra. El hecho, en apariencia sencillo, de reproducir lo que tiene en frente es suficiente para evitarlos, sin embargo nadie los evita, son imanes que atrapan. El espejo lleva en su interior una segunda instancia: enmascara la posibilidad de otra presencia que vigila, se esconde o espía. Un espejo es sin piedad. Es solo ojos que no perdonan… (*)

 

Saúl Álvarez Lara y el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al inicio de la Exposición TEXTO TEXTURA.

Saúl Álvarez Lara (fotografía Teresita Rivera Ceballos)

Al comienzo de la visita guiada. (foto de Teresita Rivera Ceballos)

 

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(*) (Tomado de TEXTO TEXTURA, Saúl Álvarez Lara, Ficción la Editorial, Medellín. Pág.45)

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