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Archive for the ‘El Aprendiz de brujo’ Category

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación en edición impresa

 

El regalo del presidente

León Javier Betancur Ospina

Un rato después de la cena se oyó por el callejón el grito de mi mamá: ¡Hey, todos, para dentro! Nos reunió a los siete en la sala alrededor de ella y de la abuela María Josefa, que se sentaban siempre a lado y lado del altarcito donde estaba La Milagrosa iluminada por dos veladoras. Sobrecogidas, repitieron los sucesos que habían oído a través del noticiero de la seis de la tarde: ‟La policía encontró el rancho quemado, los cuerpos de los tres niños y la madre incinerados en el patio. Por el camino del cafetal, el padre y el hijo mayor colgaban de un guamo con la cabeza casi desprendida de un tajo: el corte de corbata. Les habían sacado la lengua por el cuello para que se supiera la crueldad que estaban dispuestos a cometer los tales asesinos”. La abuela, con voz atribulada y suplicante, nos alertó sobre la amenaza que se cernía sobre nosotros mientras los bandoleros anduvieran vivos y escabullidos por el monte. A todos, vivos y muertos, los encomendó a la Santísima Virgen. Comenzó a entonar el rezo elevando la voz:

León Javier Betancur Ospina, al recibir el primer ejemplar de su primer libro publicado. Sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, martes 17 de octubre (Foto de Claudia Restrepo Ruiz)

— En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hoy contemplamos los Misterios Dolorosos…, y siguió monótona y mecánica el Santo Rosario. Empezaba a llover con furia. El viento no dejaba de ulular. El canto dejo y lejano de un búho parecía responder a las preces de la abuela. Finalizados los rezos, nos despacharon para la cama. Me despidieron advirtiéndome que en la mañana debía presentarme en la escuela bien aseado, para asistir a un acto público especial.

Al día siguiente muy temprano, la voz de mi madre me apuró para que tuviese tiempo suficiente para un baño meticuloso. Así lo hice y me puse el flux. Cuando me disponía a desayunar, oí el silbido de Colio, mi amigo inseparable, con quien me dirigía todos los días a la escuela. En un santiamén me volteé el chocolate y salí con la arepa en la mano.

Era sábado. Un tren de nubes negras surcaba los cielos y unos pocos rayos de sol se abrían paso para caer sobre los cerros vestidos de bruma. Al llegar a la escuela de varones, observé que la mayoría de los estudiantes había llegado. Nos pusieron en formación y nos notificaron que el evento se llevaría a cabo en la escuela de niñas y no en la de varones, por lo tanto, nos dirigiríamos allá en fila y perfecto orden.

Nuestra fila, de dos en dos, cruzó con lentitud el parque. A medida que avanzábamos las palomas nos abrían paso prefiriendo el vuelo corto bajo el follaje de los árboles. Llegamos a la escuela de niñas. Una fuerte voz, algo desgastada, salió de la desdentada boca del Director ¡A discreción! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Alinear!  Carraspeó con aire de autoridad amenazante y de nuevo, nos repitió la anécdota que esgrimía para mantenernos atentos y alineados: “Una vez, no hace mucho, el General Uribe de las Fuerzas Armadas, impartió la orden de alinear a su pelotón. Luego de desenfundar su arma y de apuntar bajo la oreja del soldado que encabezaba la fila, soltó un tiro; la bala entró por la boca abierta de un recluta que distraído, sacó la cabeza”. ¡A discreción! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Silencio, sólo debo escuchar el vuelo de las moscas! ¡Jóvenes patriotas del mañana, ahora recibirán el regalo enviado, a todos y cada uno de ustedes, por el Señor General Presidente de la República!

Hubo alborozo entre las filas. ¡Silencio!. Hay que esperar en perfecto orden. Repitió el director.

Portada, ilustración Lina Ceballos.

Una brisa fría se calaba en los cuerpos y las nubes grises se anudaron más lentas, espesas y oscuras. Me invadía una insoportable ansiedad. Observé a las niñas que salían haciendo algarabía, portando pelotas y muñecas, molinos y planchas, camas y diminutos loceros. Una de ellas, la más pequeña, de cabello negro, peinada de trenzas con moño rojo de seda en las puntas, le sonreía a un gran perro pastor de plástico que no alcanzaba a abrazar.

La espera se hizo eterna. Sólo podíamos entrar de diez en diez. Por fin llegó. Al entrar, se acrecentó la inquietud. Lelo, miré al inspector de policía y dos agentes que abrían cajas de cartón de donde sacaban caballitos y pelotas, carros, ruanas y tambores.

Llegado mi turno, una solícita maestra, baja y robusta, de rostro colorado y cálida mirada, tomó una volqueta roja grande y me la estregó con tierna sonrisa. El director que observaba, me la arrebató. Dijo que no era para mí, que lo mío era un cornetín de plástico amarillo, alegando que mis tíos eran los mejores músicos del pueblo y que así lo debía ser yo. Sentí que reventaba por dentro. Miré con ira al director, pero ya no encontré sus ojos escaldados para transmitirle mi odio. Partí con el cornetín en la mano sin determinar a nadie.  El agua caía a torrenciales y un feroz viento azotaba los árboles del parque. Tomé aire. Emprendí una vertiginosa carrera a través de los aleros de las casas hasta llegar a la de la tía Teresa. Era una mujer valiente y solo a ella podía confiar mi pena. Al contarle lo sucedido puso su mano izquierda sobre mi hombro y empuñó la derecha, levantó un poco su rostro y frunció la boca para mirar con sus ojos verdes encendidos el chaparrón. Callé. Aunque vi en su rostro la impotencia, alcancé a oír que refunfuñaba: “A ese viejo también le ha de llegar su hora”. Esperé un tiempo, que me pareció eterno, a que la lluvia cesara y cuando amainó partí hacia mi casa.

Entró la noche. Volvieron la cena, los rumores y los prolongados y repetidos ruegos al Señor. Me fui a la cama portando un candelero que puse sobre la mesita de noche. Miré a través de la ventana. El viento agitaba la silueta de los árboles producida por el relampagueo de una tempestad lejana. Metido entre las cobijas sentí los pasos de la abuela que quería constatar si estaba bien cobijado, tomó el candil y salió dejándome en la oscuridad. Cerré los ojos y me enrosqué. Los adversos recuerdos irrumpieron… El Rector me ordena que pase al frente para dar un toque de trompeta. Mi padre regresa del trabajo con un inmenso camión militar verde. Me lo entrega y dice: Es el regalo que te manda el gobierno, eres el hijo de un empleado público y tienes que cumplir los deberes con la Patria. Distribuyo siete soldados para que disparen a los chusmeros que se aparezcan a lado y lado de la vía. Lo amarro a una cabuya larga y bajo un candente sol, lo arrastro por las destapadas y polvorientas calles para que todo el pueblo que vive en las casuchas, vea el regalo del Presidente General de la República. Yo no veo a nadie. Sé que la gente se queda asombrada a mi paso. Los soldados comienzan a disparar. Un fuerte viento sacude el ala de la ventana.

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León Javier Betancur Ospina, San Antonio de Prado (corregimiento de Medellín). Laboró como docente en los colegios “Marco Fidel Suárez” y de bachillerato de la Universidad Pontificia Bolivariana. El regalo del presidente es su primer libro de cuentos publicado. En el libro inédito Luto en el patio y otros revuelos, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, aparecen sus cuentos Las obras de mi Dios y Los matarifes.

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El Río Magdalena. El Gran Río. Espina dorsal de nuestro país, escenario de luchas y conquistas, un río testigo. Allí se gesta y toma cuerpo la novela de Ángel Galeano Higua, que no podía llevar otro nombre: El río fue testigo; una obra bañada por la espesa corriente de un espíritu impetuoso que recorrió caminos de la mano de otros inconformes, para llevar a los campesinos del sur de Bolívar un aliento de creatividad que les permitiera enfrentar sus carencias.

Leonardo, el protagonista, rastrea las jornadas de él y sus compañeros por ciénagas y quebradas, caños y serranías, llevando atención médica, pero también espiritual. Cargado con un arcón repleto de libros, los comparte con niños y jóvenes ansiosos de descubrir en ellos vibrantes historias.

La novela nos pone de frente con las faenas de los pescadores, el abigarrado mundo del comercio de Magangué, las jornadas de los labriegos cultivadores de maíz, arroz y sorgo, y todo bajo el ardoroso sol que refulge sobre las aguas del río. Con meticulosidad de cronista, el narrador de El río fue testigo documenta la gesta que emprendieron un grupo de jóvenes, médicos, enfermeras, sociólogos, artistas, que dejaron las comodidades de la ciudad y se aventuraron en busca de concretar un sueño: construir una sociedad más equitativa, con la participación de todos, crear condiciones para superar el atraso y generar un cambio de raíz en las estructuras sociales.

Pero esos años de trabajo y sacrificios fueron estrangulados por las fuerzas violentas de los grupos armados que incursionaron en la zona, asesinando a campesinos y líderes. Movidos por mezquinos intereses, esos hombres aniquilan no sólo vidas, sino sueños; creando un cerco que obliga a los “descalzos”, como se conoció el grupo de estos jóvenes, a retroceder. Leonardo, Manuela (su mujer) y Valentina (su hija), nombres ficticios de personajes que no existen únicamente en el papel, regresan a la ciudad. Pero ante la amenaza de muerte, al protagonista le han salido alas. Regresará con un sentimiento de desolación, pero intuimos que esa experiencia será el elemento constitutivo de su obra.

El río fue testigo es una novela fundamental para entender una parte de nuestra historia política, y es también una invocación al viaje como búsqueda del sentido de la existencia. Leonardo, Manuela, Sara, María Fernanda, Óscar Mauricio, cada uno de los personajes que Ángel Galeano sigue con ojos atentos, y de cuyas acciones toma nota en cada giro; tienen una misión, sortean dificultades, confrontan sus ideales ante una realidad que se les asoma con “la contundencia de un rayo mortífero”. Y todo esto nos lo cuenta el narrador con imágenes desbordantes, con ritmo vivo y una cadencia como de garza atravesando la sabana.

Diseño de Cubierta: Saúl Álvarez Lara (Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia)

“El libro es un homenaje a los pobladores de Magangué y la cuenca del Bajo Magdalena. También lo es para todos mis compañeros (los descalzos) que entonces éramos un solo ideal. Y es un testimonio de admiración por Francisco Mosquera, el timonel de esta empresa, el hombre que diseñó toda la estrategia de llegada y también de retirada para salvarnos la vida.” Así se refirió Ángel a su obra al presentarla en el puerto de Magangué, sur de Bolívar, el 12 de octubre de 2003. Recién había sido publicada por la Editorial Universidad de Antioquia y había sido finalista en el Concurso Nacional de Novela, convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá.

Ahora, El río fue testigo entra en circulación reeditada y en coedición entre Sílaba Editores y la Fundación Arte y Ciencia. Luego de un proceso de revisión y depuración por parte de su autor, podremos revivir la experiencia de “los descalzos” allá en los años 80, en esos poblados del Sur de Bolívar. Es la literatura que nos sirve para mantener la memoria, “para no olvidar, para utilizar sabiamente el legado que nos dejan los mayores.”

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Texto tomado de https://laterales.com/rio-fluye-la-fiesta-del-libro/

Nubia Amparo Mesa Granda es periodista egresada de la Universidad de Antioquia, autora de innumerables crónicas y reportajes, y de cuentos como La muñeca de sal ,(de reciente publicación) La tía Adela, Un hombre solo, La despedida de Satulio y Una mujer en la ventana, entre otros. Su cuento La casa amarilla hace parte de la antología publicada por la Cooperativa Confiar. Es integrante del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo desde su fundación.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia

Ya está en circulación en edición impresa

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La muñeca de sal

Nubia Amparo Mesa Granda

 

Mi abuela ponía la sal en una taza que llevaba de la cocina al comedor. La usaba para reforzar el sabor de los alimentos, para estimular nuestro apetito, como conservante y, una que otra vez, como medicamento, sobre todo cuando necesitaba hidratarnos después de un mal de estómago. Otras veces le servía para brillar metales y como amuleto contra el mal de ojo.

“No se puede derramar la sal porque atrae los males. Y si eso pasa, debes tirar unos granos por detrás del hombro izquierdo para alejar cualquier desgracia”, decía, y aseguraba que las brujas podían ser esas vecinas que se presentaban en la casa pidiendo un poco de sal. Remataba contando la historia de la mujer de Lot convertida en estatua salina por desobedecer el mandato de no mirar atrás mientras la ciudad era devastada.

Qué bella era esa taza. Según ella era de porcelana china, aunque se veía gruesa y menos lustrosa, parecía más bien de pedernal. Tenía grabadas flores, azules y rosa, y un borde dorado que contrastaba con su blanco contenido. Muchas veces, desobedeciendo sus mandatos, deslicé mis dedos por la superficie granulada, arañándola para dejar mi rastro, e imaginaba que iba por uno de esos desolados paisajes de Alaska que nos mostraba la profesora en la clase de geografía. Mi abuela me explicó que son salados el mar, la sangre y las lágrimas. Entonces me preguntaba, al ver llorar a mi mamá, día tras día, después de que mi padre se fue, si toda la sal del mundo provenía del llanto. En tal caso, el mundo sería de verdad un valle de lágrimas como decía el cura en la iglesia. Pero yo me mantenía atada a la belleza cristalina de ese elemento. Hacía montoncitos de sal sobre la mesa del comedor y formaba figuras: cuadrados, triángulos y círculos que luego devolvía a la taza. Hasta que un día, cansada de esa efímera creación, decidí hacer algo compacto, de más larga vida, y le pregunté a la abuela cómo podía hacer una muñeca. Ella me acompañó en el juego. Una medida de harina por media de sal, y agua. Luego amasar y moldear.
Mi muñeca de sal tenía una apariencia de fantasma, con una blancura invernal, profundas cuencas en lugar de ojos y pequeñas depresiones en nariz y boca. Sus brazos amorfos hacían cruz con el tronco rectangular donde también hice una pequeña hondonada para señalar el ombligo. Era mi creación y me sentía orgullosa, por eso la puse sobre el tocador al lado de un cofrecito de madera y un florero de cristal. Allí nadie podría profanarla.
Un día, cuando regresé de la escuela, entré al cuarto y la busqué. Quería jugar con ella a las adivinanzas. Adivina cuánto saqué en matemáticas… nunca me había ido tan mal… Adivina a quién vi hoy… Me gustaba su imperturbable silencio y por eso aprovechaba para contarle mis secretos. Eso también lo aprendí de la abuela cuando decía que al abuelo se le podía decir de todo porque ni escuchaba y era tan frío como una estatua de sal.
Le había puesto un nombre a mi muñeca. La llamaba Fidelina. Así que cuando me acerqué y musité su nombre, bajito, para que nadie más me escuchara, encontré el único vestigio de su desintegración. Era un trozo de su cara, una luna carcomida que miraba con un solo ojo profundo y vengativo. ¡Abuela! —grité— ¿Qué le pasó a mi muñeca? ¿Quién la quebró? —volví a inquirir mientras recorría los pocos metros que separaban mi cuarto de la cocina llevando sus despojos en una mano.
Allí estaba mi abuela, preparando la comida y así siguió, sin mirarme, picando el tomate para la sopa.
—No lo sé, yo no he entrado por allá. ¿Sería tu mamá cuando entró a limpiar? O pregúntale a tu abuelo, aunque estoy segura de que ni siquiera sabía que tenías esa muñeca.
—¿Entonces se quebró sola? — dije con tono desafiante.
—O a lo mejor no la quebró nadie—replicó la abuela. Yo creo más bien que se deshizo con una gotera que cae justo ahí donde la pusiste.

Nunca sabré quién o qué causó la desintegración de Fidelina, pero creo que ese día empecé a entender la fragilidad de las cosas y de la vida, y cómo todo puede perderse en un instante.
Aún conservo la taza de sal de la abuela. Es como un antídoto contra el olvido. Cuando la miro la veo a ella en la cocina. Restriega sus manos nudosas en el delantal, canta boleros mientras bate el chocolate y me advierte que no debo tragarme las pepas de la naranja porque me crecerá un árbol en la barriga, y menos comer mango biche con sal porque me diluirá la sangre.
La sal sigue siendo mi elemento. Me gusta incluirla en mi baño. Y siento que renazco. Una vez a la semana derramo agua salina desde mi cabeza y dejo que se seque en mi cuerpo para sentir cómo el mar se adhiere a mi piel. Sentir que soy la sal reposada que brilla bajo el sol, limpia, como la luz intensa del día. Esos granos blancos son también el germen de mi creación. He decidido hacer esculturas de sal a escala humana. Algunas veces las derramo en fragmentos sobre el piso ante los ojos de los espectadores como invitándolos a una liberación, para que esa sal compactada, aprisionada, retorne a su estado natural
Es una manera de rendirle homenaje a la abuela que murió una noche de diciembre cuando intentaba engalanar el balcón con luces de colores. Había subido a una improvisada escalera y cayó desde su altura fracturándose el fémur y la pelvis. Se partió, se astilló, pequeños fragmentos de hueso entraron en su torrente sanguíneo y le obstruyeron la circulación. La encontré tirada en el suelo, fría, los ojos secos y fijos en un lugar incierto. Quise levantarla, pero se había endurecido, pesaba como una estatua de mármol. Pasé mi mano por sus cabellos canos con el leve rizo extendido sobre las baldosas, y no sentí su energía. Ya mi abuela no iría más de un lado a otro de la casa, regando las plantas, limpiando las ventanas, cambiando las sábanas, con la taza de sal en sus manos junto a la mesa del comedor. Y yo tenía que aceptarlo. Aceptar que su quietud era plácida, que yo habría de perpetuar su legado y procuraría darle nuevo valor a cada uno de esos objetos a los cuales dotó de anhelos y vigor.
Hoy, las luces de colores titilan en nuestro balcón y en la mesa del comedor está la taza de sal. De ella seguimos tomando pizcas para alimentar nuestra vida.

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Nubia Amparo Mesa Granda ha publicado, entre otras, las siguientes obras:  Las voces que trae la brisa, Libro de cuentos Editado por Fundación Arte & Ciencia (2014). Un hombre solo, Actos de palabra Funlam (2010). La tía Adela, Primer Conjuro, Fundación Arte & Ciencia (2008). Sombras sobre el puente, La palabra se baña en el río, Fundación Arte & Ciencia (2011). Pasajeros del mismo río, Cuando el río suena, Fundación Arte & Ciencia (2012). La despedida de Satulio, El traído y otros cuentos de Navidad, Fundación Arte & Ciencia (2013). La casa amarilla, La casa contada y cantada, Antología Coop. Confiar 2015).

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Aprovechamos que por estos días se celebra en Mompox el VI Festival de Jazz, para compartir con nuestros lectores este artículo de Álvaro Jiménez Guzmán, sobre el libro escrito por Bárbara Galeano Zuluaga, referente a ese bello e histórico puerto sobre el río Magdalena, Patrimonio de la Humanidad.

(Archivo Fundación Arte & Ciencia)

Mompox sí existe

Álvaro Jiménez Guzmán (*)

A casi doscientos cincuenta kilómetros de Cartagena, sobre la margen izquierda del brazo de Mompox del Río Grande de la Magdalena, se levanta una reliquia colonial, Santa Cruz de Mompox, ennoblecida con el título de “Ciudad Valerosa, Ilustre y Señorial”, con una gran riqueza arquitectónica, muchos de cuyos hijos han honrado la historia de Colombia, que habla de la calidad humana de sus habitantes, que han hecho de esta villa un centro cultural y artístico incomparable, entre ellos Candelario Obeso, el creador de la llamada poesía negra por su libro “Cantos populares de mi tierra”, donde recoge, con especial sentimiento de protesta y de nostalgia, el lenguaje peculiar de los bogas del Magdalena y de las gentes de raza negra de la región.
Sobre la base de este hecho, que configura lo que se conoce como patrimonio cultural, herencia propia del pasado de una comunidad con la que esta vive en la actualidad y que transmite a las generaciones presentes y futuras, fue que la antropóloga Bárbara Galeano Zuluaga realizó su tesis de grado que luego de diez años convirtió en el libro MOMPOX, una victoria sobre el tiempo, publicado por la Fundación Arte & Ciencia. Aída Gálvez Abadía, Profesora Titulada Jubilada del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia, quien escribió el prólogo de la obra, consigna que Bárbara Galeano logra cohesionar, de manera acertada, los registros de viaje y trabajo de campo antropológico, por “la memoria de su primera infancia”, que le facilitó incubar el conocimiento primigenio de aquel patrimonio vivo del mundo de la cultura. Esta feliz circunstancia le abre el camino justo: “Viajar al pasado es vital para la configuración del presente y del futuro, porque sin memoria no hay creación”.
Aquí se contempla la “necesidad de identificar la otredad, la diferencia”. Está en consonancia con lo que plantea Eduardo Gonzáles Muñiz en el sentido de que la investigación científica, como una ineludible actividad social, está en constante transformación y determinada por múltiples factores. Tal concepción del análisis histórico de las ciencias abre un interesante ámbito de reflexión “en torno a la conformación del dominio de la investigación antropológica, y, en especial, al papel desempeñado por diversos valores en la constitución de la otredad cultural como su objeto de conocimiento”.
La tesis antropológica se estructura desde el “Prólogo”, “Presentación”,” Introducción”, y, al entrar en la almendra de su contenido, con “Un viaje hacia otras culturas”, se arma la historia de las instituciones “Hostal Doña Manuela”, “La casa del Artesano” y la “Ciudad como Escuela Taller”, para desembocar en “Derechos y Deberes de los momposinos”, en relación con el “Centro Histórico”, “Un caso de protesta Ante el incumplimiento de las normas”, “Reflexión final”, hasta “El calor del recuerdo”, como “Epilogo”, que asociados a las fotografías de sus antiguas casas coloniales, calles, plazas, hostal, vendedores, escuelas, ferry, centenario árbol de caucho, actividades artesanales, fiestas y otras reliquias de su pasado histórico, hacen de esta obra un hermoso libro, editado por la “Fundación Arte y Ciencia”, y que se constituye en otra reliquia cultural por recoger con fidelidad el transcurso centenario de un pueblo.
En el acápite del viaje hacia otras culturas, la Tesis trae a colación una sentencia desafortunada de Gabriel García Márquez, en su novela “El general en su laberinto”: “Mompox no existe, a veces soñamos con ella, pero no existe”. Ante lo que responde Martínez Manjarrez, de su patria: “Qué pena contradecirle a Gabo pero Mompox sí existe y en muchas ocasiones soñamos con ella, pero sigue existiendo y existirá por siempre en nuestras mentes y corazones”. Y en toda la obra destaca Bárbara Galeano el sentido de pertenencia de la comunidad con sus instituciones, el despliegue de la actividad cultural en aquel ámbito de Santa Cruz de Mompox, “casa grande de la depresión momposina, Ciudad hermosa de América Latina”, parafraseando al poeta momposino Alfredo Zambrano. Asociaciones, cooperativas, la ciudad como escuela, fueron el reto del pueblo luego de la “Declaratoria de Mompox como Patrimonio de la Humanidad”, en 1995, para ser consecuentes con la preservación de la memoria patrimonial. Diversas dificultades se han atravesado en este camino, pero la riqueza en la experiencia adquirida los ha hecho crecer como comunidad, con su tradición de vocación artística y grandeza en la actitud espiritual que les ha correspondido asumir.
En relación con los “derechos y deberes de los momposinos”, para proteger y preservar el “Centro Histórico”, el Programa Nacional “Vigías del Patrimonio”, se alza como una estrategia de grandes horizontes porque convoca a la participación para reconocer, valorar, proteger y divulgar el patrimonio cultural con brigadas voluntarias que, en el caso de Mompox, tendrá benéficos efectos por la apropiación colectiva que ha tenido la comunidad de este valor cultural declarado por la UNESCO en Berlín. Dentro de las reflexiones que suscitan esta declaratoria, de acuerdo con el libro de Bárbara Galeano, es que “La sociedad contemporánea tiene los ojos puestos en el turismo, convertido hoy en una necesidad que la reafirma como ‘sociedad moderna’.

Calle de La Albarrada (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Latinoamérica se ha caracterizado por un turismo, cuyo atractivo son las playas y el sol, y se ha dejado a un lado la posibilidad de reactivar elementos que parecen reservados a otros lugares del mundo. Para lograr ese salto a lo “cultural”, es necesario superar los modelos convencionales, muchas veces impuestos y no escogidos, recuperar el orgullo y la fuerza de la propia historia y de las tradiciones, para proponerlas en el mercado internacional, dar paso a sistemas integrados en los que sus elementos sean propuestos en conjunto y no de manera aislada”.
En el bello “Epilogo”, que se da “Al calor del recuerdo”, narra Bárbara: “Si los viejos se levantaran de las tumbas al menos encontrarían las casas, comenta Germancito, mientras yo escribo en mi cuaderno. Él es uno de los tantos personajes que se encontraron conmigo en este viaje hacia la memoria, hacia el olvido. Cuando uno deja la ciudad en la que vive y retorna la de la infancia cualquier cosa puede suceder…” Y de pronto se abrió ante los ojos de Bárbara “un pueblo cuyas edificaciones se detuvieron en la memoria de la historia pues como comentan los momposinos con orgullo, Mompox fue el primer pueblo que se declaró libre ante el yugo de los conquistadores”.
Y en efecto, así como Cartagena es llamada la “Ciudad Heroica” por su épica resistencia al asedio del ejército reconquistador en 1815, Mompox fue denominada la “Ciudad Valerosa” por tan esforzada acción, tres años antes, contra los ejércitos españoles, a los que derrotó y puso en fuga. Fue la primera ciudad en Colombia que declaró su independencia absoluta del dominio español. Desde mucho antes, Mompox sí existe.

NOTA: Información sobre el VI Festival de Jazz en Mompox:
 http://mompoxcolombia.blogspot.com.co/p/blog-page_9.html
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(*)  Álvaro Jiménez Guzmán es autor de varios libros de relatos (Grito en los pretiles, Una danza contra el viento) columnista y hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

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Visita a la exposición con la guía del autor

TEXTO TEXTURA

 

No hay ni ha habido, según parece, antecedentes en la ciudad de la presentación de un libro como lo hace el artista Saúl Álvarez Lara por estos días. Un libro abierto, página por página, texto a texto, ilustración a ilustración para que el curioso, aquel que busca algo mágico en esta ciudad tan predeterminada, lo pueda leer y preguntarse muchas cosas. Por ejemplo, el dibujo de este texto ¿por qué no me concuerda? Saúl nos reta a viajar más allá de la llamada realidad: “Todo es ficción”, sostiene desde el inicio de la visita que el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo hizo el martes pasado. Para él su búsqueda es un ejercicio en el que se amalgaman el trazo, el vacío, la palabra, el suceso en la calle, en el metro, en una cafetería, conformando la ficción. La realidad no existe, todo es ficción…

Como muestra del libro que Saúl Álvarez Lara expone estos días, en el 2° piso del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia, y con la venía del autor, copiamos este texto aparecido en su libro bajo el número 14:

Un espejo es delirante. Es cierto. No conozco espejos reposados, tranquilos, que permitan el solaz. Un espejo está al acecho; mira lo que no se ve y muestra lo que nadie muestra. El hecho, en apariencia sencillo, de reproducir lo que tiene en frente es suficiente para evitarlos, sin embargo nadie los evita, son imanes que atrapan. El espejo lleva en su interior una segunda instancia: enmascara la posibilidad de otra presencia que vigila, se esconde o espía. Un espejo es sin piedad. Es solo ojos que no perdonan… (*)

 

Saúl Álvarez Lara y el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al inicio de la Exposición TEXTO TEXTURA.

Saúl Álvarez Lara (fotografía Teresita Rivera Ceballos)

Al comienzo de la visita guiada. (foto de Teresita Rivera Ceballos)

 

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(*) (Tomado de TEXTO TEXTURA, Saúl Álvarez Lara, Ficción la Editorial, Medellín. Pág.45)

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Día del Idioma

Semillas literarias

Hermes Rafael Pineda Santis

El Parque de Envigado, a pesar de la bruma y el frío que presagiaba lluvia, fue ocupándose con los usuales visitantes del municipio: El barrendero, quien con su uniforme verde inicia su repetitivo movimiento hacia adelante, arrastrando basura y polvo. Los ancianos que, reunidos alrededor de un quiosco de café y periódicos, rehuyen la muerte con fuertes risas y recuerdos de antaño. A la salida de misa, una multitud que recibió bendiciones e hizo uno que otro ruego. El novio o amante en espera de aquella, para otros desvelos más.

Hermes Pineda Santis – Grupo Literario El Aprendiz de Brujo (Foto archivo)

Allí estaba yo en el atrio de la iglesia, esperando a que se cumpliera la hora señalada para el encuentro con nacientes escritores en el Liceo “Francisco Restrepo Molina”. El maestro y yo, luego de un rápido saludo, caminamos en busca de la institución educativa que encontramos a pocas cuadras. Un edificio de cuatro pisos, de paredes rectas y cuadradas que se diferenciaba de todos alrededor. Alcanzo el timbre que se encuentra a más de dos metros de altura, quizás para que los niños no lo estropeen, mientras esperan el ingreso. Luego observé, que el vigilante desde el interior, tras la puerta, tiene un monitor que recibe imágenes de una cámara externa, que hace innecesario el timbre, ya que advierte con antelación al visitante.

Luego de explicar nuestra misión, nos hicieron ingresar y notamos la vida misma en ebullición. Un torrente de gritos y corre corres de niños y niñas en recreo. Risas, hurras y vivas por el equipo que hizo el gol, dentro del mini torneo intra clase que ocupa a los más grandes. Profesores en atención a sus alumnos, al cuidado de las actividades escolares o de camino al salón para iniciar sus clases. Fuimos orientados por Santiago, de noveno, a la biblioteca para recibir las instrucciones y cumplir con nuestra actividad. Antes de llegar, pasamos por la muestra de libros, donde nuestro compañero Freddy, pintor y aprendiz de brujo también, presentaba las publicaciones de la Fundación Arte y Ciencia.

Fuimos asignados a un aula con sillas y mesas para 25 personas. Primero recibimos a los estudiantes de primaria y luego, una hora después, a los de bachillerato. Los pequeños con grandes ojos, expectantes y curiosos, entraban buscando a los escritores que les enseñarían algo sobre libros y escrituras. Para los adolescentes, el interés por algo nuevo, los motivaría al encuentro cultural.

Celebrando el Día del Idioma con los chicos de primaria. (Foto de Hermes Pineda)

Los pequeños, inquietos, arrumados con sus amigos, sentados según su apetencia, mostraban su comodidad. Escucharon a los mayores, participaron e hicieron preguntas como: ¿cuánto se demora escribiendo un libro? ¿qué te inspira a escribir? ¿qué es lo primero para ser un escritor? ¿cómo se hacen los libros y cómo se piensan? Todas fueron respondidas y quedaron entusiasmados con las respuestas. Un mundo nuevo, de fantasía e imaginación se abrió ante ellos. Al final, surgió un cuento donde cada uno, desde la oralidad, aportó una línea. Había una vez un niño que paso por cuatro muertes y resucitaciones, fue a otro planeta, se vistió de arcoiris, recorrió el universo para finalizar con, y para el niño todo fue un sueño. Con una sonrisa en cada uno de ellos y un saludo de agradecimiento, regresaron a sus clases.

Tertulia con los jóvenes de secundaria (Foto de Hermes Pineda)

Con los adolescentes, la cita fue algo más formal y con mayor tiempo, dos horas. Cada uno fue tomando una silla y fueron sentándose de forma aplicada y recatada. Surgieron preguntas como: el hombre alrededor de su historia busca llenar un vacío. ¿Por qué la literatura llena ese vació del alma? ¿Por qué las editoriales censuran los textos y mensajes? ¿qué pasa por la mente de un escritor cuando escribe sus relatos? ¿Cómo desarrollar una idea para que el lector sienta lo que uno quiere transmitir? ¿Cuál es el momento más difícil por el cual pasa un autor en la producción de su obra? La mayoría también resueltas, tuvieron réplicas, ya que el debate estaba dentro de sus inconformidades. ¿Qué era la felicidad? ¿qué es el alma? ¿cómo volvemos a la niñez? Preguntas que suponemos propias para la confrontación con sus realidades y visiones.

Ángel, el maestro, animado con la avidez literaria de los jóvenes, leyó Flores en la pared y los estudiantes con atención escucharon el relato. En sus comentarios, algunos opinaron que era algo triste y melancólico, quizás imagen de una época de violencia urbana. Al final, Ángel quiso promover la lectura con la rifa de dos libros de la fundación “última página” y “Flores en la pared y otros relatos”. Todos ellos se mostraron premiados y salieron al descanso del medio día.

El artista Freddy Sánchez, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, firma autógrafos de sus libros en el “stand” de la Fundación Arte & Ciencia.

Ángel y yo, otro aprendiz de brujo, llegamos a la biblioteca para donar algunos libros de la fundación. Recorrimos la zona de juegos y el estand para conocer las ventas de los libros. Luego salimos. Un sol iluminaba nuestras sonrisas, que contrastaban con el ruido de la calle y la vida comercial de Envigado. En nuestras mentes, cabía la idea de un huerto sembrado de semillas literarias.

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El autor es miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo y ha publicado varios cuentos, entre los que se destaca La vida es una amanecer y Pablo (Cuento de Navidad). Abril 24 de 2017. Ejerce como docente en el Politécnico Colombiano “Jaime Isaza Cadavid” de Medellín.

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El bocetero

Ángel Galeano Higua

Sabe que con el río a sus pies la imaginación corre más de prisa, las escenas se desbocan, se afanan sus manos. El puente de piedra fue escenario de un encarnizado combate del cual muy pocos se acuerdan. Lo escuchó de niño y esas escenas palabreadas en el aire nunca lo abandonaron. Oye los gritos, el choque metálico de las armas, el cascoteo de los caballos. Quiere librarse de aquella carga y para ello no cuenta más que con la afilada punta de su grafito.
Se sienta en la baranda. El morral a la espalda, las hojas enganchadas a la tabla y sobre su cabeza el sombrero aguadeño que sólo se quita para dormir. Desde allí puede ver los achocolatados guiños del agua que le alebrestan el pensamiento. Parece un chiquillo con las piernas colgando. Cree que aquellos muertos dejaron algo por decir y quiere revivirlos. Ha recorrido la ciudad recogiendo historias bajo los aleros, husmeando en las casonas, esculcando los parques y los ventorrillos. Y no era que le contaran las historias, sino que él las veía en la mirada. Procuraba deslizar sus ojos hacia el paisaje para no sentirse abrumado. Ante los primeros zarpazos de la pulsión, muchos empezaron a recelar de sus ojos que los transparentaba y huían como si estuviese infectado por un bicho que todo lo cristalizaba.

Ahora está allí, listo para bocetear la batalla. Sabe que desde lo alto puede ver mejor. El escenario para la lucha incluye los tres arcos del puente con su tangente de paso. Quiere imaginar los bandos, pero necesita el aliciente de unos ojos detonadores. Supone a los contingentes a lado y lado del río, mostrándose la furia. No son tiempos de armas automáticas. La única forma de ir a la contienda es atravesando el puente a pie o a caballo, armados de fusiles, machetes o palos. O cruzando el río a nado con el cuchillo entre los dientes. Quien controle el puente se pondrá en ventaja.

De pronto, como si la vida obedeciera a sus requerimientos, el bocetero ve que una mujer se dirige hacia el puente por el otro extremo. Falda larga y roja, blusa blanca de mangas cortas. El cabello luminoso se agita con el viento. La mujer se detiene. Duda. Hace mucho tiempo nadie cruza el puente y ahora están los dos: él, queriendo dar vida a una batalla que lo atormenta, y ella, engalanada como para una fiesta. Lleva unas sandalias tan delgadas que parece descalza. Avanza por el adoquinado. Sé quién eres, le dice de pronto. El bocetero se sorprende, pero logra permanecer en silencio mirándola de soslayo, ocultos los ojos bajo el ala de su sombrero.

¿Sabes quién soy? Le gustaría que se lo dijera. Y ella, como si le hubiera leído el pensamiento: Eres alguien de quien todos huyen. Él continúa callado, centrado en su cabello que se agita como un racimo de cometas. Vengo a que dibujes lo que ves en mis ojos. Su voz decidida es ajena a toda súplica. No dibujo lo que veo en los ojos, sino en la mirada. ¿Acaso no es lo mismo? Para nada, responde él, moviendo la cabeza. La mira pero sin fijar sus ojos en los de ella, eludiéndolos, más bien observándole el cabello que sigue aleteando, y los aretes plateados, y los labios carmesí que se le antojan como una carnosa herida. Mírame, no le tengo miedo a tu mirada, dice ella, desafiante. He venido para que mires mi vida y mi futuro y lo dibujes de una vez por todas.

El bocetero percibe una contenida furia en su voz y pretende tranquilizarla. No con palabras, él casi no habla, traza. Entonces mira, ahora sí, sus ojos desde una distancia que ha aprendido a controlar. Los dibuja como los ve, pero no dibuja la mirada. Cuando le enseña el dibujo la mujer sonríe. Está bien, pero falta, ¿no es cierto?, dibuje de mis ojos lo que quiera, le dice animándolo. Pero el bocetero le advierte que no dibuja lo que quiere sino lo que ve en la mirada. Bueno, está bien, lo que sea, contesta ella, dibuje lo que sea. La punta del lápiz empieza a corretear sobre la hoja, danza febril, dedos alucinados. Ojos fijos en los ojos, se deja embeber de aquellas dos lunas azulinas que lo miran. Ella se siente atravesada por los ojos negros que la navegan, hasta que sus recuerdos comienzan a fluir como una película. El bocetero aguarda a que aquel flujo se detenga, pero las escenas corren sin cesar. La mira como cuchicheándole que no se deje embaucar por los sinsabores de esa carrera memoriosa que la confunde y la desgasta. Al fin, el desfile de sucesos se hace más lento hasta detenerse en el borde del río. Alzándose la falda, se encarama de pronto sobre la baranda, como una equilibrista. El bocetero se asusta, ¡cuidado, puede caerse! Su cabello quiere irse detrás del viento y ella quiere irse detrás de su cabello. La mujer no sabe que él puede ver su destino y todavía guarda la ilusión de poseer su secreto. El bocetero vacila. Ella percibe la duda y lo desafía a que pinte lo que ve. Él se resiste, forcejea, hasta que aquella poderosa energía lo impele de nuevo a tomar el lápiz, y con trazos rápidos y precisos la dibuja. Un gran salto. Mujer pájaro sobre los arcos del puente. Él se admira de lo que ha logrado, sostiene una lucha dolorosa, aparece en su dibujo una belleza terrible que no conviene dejar ver de la mujer. Inventa una excusa, el dibujo no ha quedado bien, debo repetirlo. Piensa en cambiarlo, en engañarla para salvarla. Déjamelo ver, le exige la mujer, intrigada. Pero él se niega, se siente violentado por lo que sus manos han plasmado. Intenta borrar una parte, alterarlo, tachar, enmendar, pero la mujer le arrebata la hoja. Al ver el dibujo, el semblante de la mujer se avejenta, como si todos los cansancios acudiesen a engrosar las líneas de su rostro, como si hubiese sido sorprendida in fraganti con el gran secreto de su vida. Y sin que él pueda detenerla, se arroja de cabeza al vacío.

Aterrado, el bocetero comprende que su dibujo ha adquirido vida. Nunca había sido invadido por una confusión semejante. No puede dejar de mirar los círculos concéntricos en el río, insaciables gargantas que acaban de tragarse a la mujer. ¡No he debido dibujarla! ¿Qué hacer para no continuar esclavo de sus manos? Pero más que de sus manos, es aquella fuerza interior que lo avasalla por lo que ve. Algo debe hacer para liberarse. Lo que al comienzo fue virtud y talento, ahora es tormento.

Cuando los socorristas rescatan el cuerpo río abajo, frente a la Plaza de Toros, descubren en el bolsillo de su falda una desteñida carta en la que se despide de su familia y anuncia que nadie es culpable de su muerte, que la soledad la asfixiaba como un gas letal. Pero el bocetero no se siente liberado de culpa, su desazón aumenta, le parece que ella escribió esa carta para condenarlo en secreto y amarrarlo a su final. A partir de aquel día, muchos, al verlo, para ocultar su miedo lo insultan. Otros lo observan de lejos, temerosos, pero nadie lo mira de frente. Las mujeres les tapan los ojos a sus hijos y cambian de acera como si fuera un apestado.

Con la cabeza gacha, el sombrero más ladeado y los ojos cubiertos por unos lentes de vidrio ahumado, el bocetero se retira hacia los cerros de Santa Elena con la esperanza de no toparse con nadie. Lo alimenta la ilusión de que, desde allí, podrá observar el puente a sus anchas y dibujar la batalla que, según cree, se le revelará en cualquier momento. No ha terminado de acomodarse sobre una piedra, cuando ve que un ejército baja del cerro Nutibara y otro avanza por San Diego. Ambos se dirigen hacia el puente. Se quita los lentes, siente que lo envuelve una premura. A medida que los dos ejércitos acuden a su cita fatal, los ojos se le humedecen por la emoción. Cuando los dos bandos están a punto de chocar en mitad del puente, brota de entre las aguas del río un tercer ejército. La mano del bocetero tiembla, se le seca la garganta y penetra en su propio campo de batalla donde galopa sin control, hasta el instante en que dibuja lo que se le revela como la bandera flameante de quienes emergen del agua. Es la falda larga y roja de la mujer que cruza el puente, el cabello agitado por el viento, que le hace señas con los brazos en alto, solitaria e invicta.

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Cuento finalista en el Primer Concurso Nacional e Internacional “Gabriel García Márquez”, convocado por la Fundación Pro-Aracataca. 2017

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Breve bio-bibliografía del Autor
(Bogotá). Autor de los libros de crónicas y reportajes Rumor de río, Navegantes de la utopía y Perfil de Mujer. De la novela El río fue testigo, finalista en el Concurso Nacional convocado por el Instituto de Cultura y Turismo de Bogotá y publicada por la Editorial de la Universidad de Antioquia. En su paso por Magangué, donde vivió cerca de diez años, fundó EL PEQUEÑO PERIÓDICO, una publicación cultural que cumplió 32 años. En 1993 dio vida a la Fundación Arte & Ciencia, un fondo editorial con más de 60 títulos publicados hasta el día de hoy. Su libro Palabras al viento y otros cuentos, mereció el Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín y reciente fue publicada por la Fundación Arte & Ciencia una segunda edición. Antes había publicado En la boca del cura y otros cuentos. Escribió la biografía de Débora Arango: El Arte, venganza sublime. Autor del libro de ensayos Las siete muertes del lector. Escribió el retrato del científico de Buenaventura, Raúl Gonzalo Cuero Rengifo: Inventar es algo tan serio como un juego de niños.
Fundó en 2008 el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo” con el cual ha editado y publicado media docena de libros de cuentos de sus miembros. Ha sido columnista de varias publicaciones, conferencista y tallerista literario de instituciones como Comfama, Comfenalco, Universidad de Antioquia (Departamento de Extensión), Metro de Medellín y Museo de Arte Moderno de Medellín. Invitado a la mesa de expertos en literatura del Instituto de Cultura de Antioquia para el Plan de Desarrollo 2014-2020. Conferencista invitado en varias Ferias del libro de Medellín y otros municipios de Antioquia, Bogotá, Bucaramanga y Manizales. En la actualidad dedica gran parte de su tiempo a la labor de Editor y a dirigir el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo”.

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