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Archive for the ‘El Aprendiz de brujo’ Category

Día del Idioma

Semillas literarias

Hermes Rafael Pineda Santis

El Parque de Envigado, a pesar de la bruma y el frío que presagiaba lluvia, fue ocupándose con los usuales visitantes del municipio: El barrendero, quien con su uniforme verde inicia su repetitivo movimiento hacia adelante, arrastrando basura y polvo. Los ancianos que, reunidos alrededor de un quiosco de café y periódicos, rehuyen la muerte con fuertes risas y recuerdos de antaño. A la salida de misa, una multitud que recibió bendiciones e hizo uno que otro ruego. El novio o amante en espera de aquella, para otros desvelos más.

Hermes Pineda Santis – Grupo Literario El Aprendiz de Brujo (Foto archivo)

Allí estaba yo en el atrio de la iglesia, esperando a que se cumpliera la hora señalada para el encuentro con nacientes escritores en el Liceo “Francisco Restrepo Molina”. El maestro y yo, luego de un rápido saludo, caminamos en busca de la institución educativa que encontramos a pocas cuadras. Un edificio de cuatro pisos, de paredes rectas y cuadradas que se diferenciaba de todos alrededor. Alcanzo el timbre que se encuentra a más de dos metros de altura, quizás para que los niños no lo estropeen, mientras esperan el ingreso. Luego observé, que el vigilante desde el interior, tras la puerta, tiene un monitor que recibe imágenes de una cámara externa, que hace innecesario el timbre, ya que advierte con antelación al visitante.

Luego de explicar nuestra misión, nos hicieron ingresar y notamos la vida misma en ebullición. Un torrente de gritos y corre corres de niños y niñas en recreo. Risas, hurras y vivas por el equipo que hizo el gol, dentro del mini torneo intra clase que ocupa a los más grandes. Profesores en atención a sus alumnos, al cuidado de las actividades escolares o de camino al salón para iniciar sus clases. Fuimos orientados por Santiago, de noveno, a la biblioteca para recibir las instrucciones y cumplir con nuestra actividad. Antes de llegar, pasamos por la muestra de libros, donde nuestro compañero Freddy, pintor y aprendiz de brujo también, presentaba las publicaciones de la Fundación Arte y Ciencia.

Fuimos asignados a un aula con sillas y mesas para 25 personas. Primero recibimos a los estudiantes de primaria y luego, una hora después, a los de bachillerato. Los pequeños con grandes ojos, expectantes y curiosos, entraban buscando a los escritores que les enseñarían algo sobre libros y escrituras. Para los adolescentes, el interés por algo nuevo, los motivaría al encuentro cultural.

Celebrando el Día del Idioma con los chicos de primaria. (Foto de Hermes Pineda)

Los pequeños, inquietos, arrumados con sus amigos, sentados según su apetencia, mostraban su comodidad. Escucharon a los mayores, participaron e hicieron preguntas como: ¿cuánto se demora escribiendo un libro? ¿qué te inspira a escribir? ¿qué es lo primero para ser un escritor? ¿cómo se hacen los libros y cómo se piensan? Todas fueron respondidas y quedaron entusiasmados con las respuestas. Un mundo nuevo, de fantasía e imaginación se abrió ante ellos. Al final, surgió un cuento donde cada uno, desde la oralidad, aportó una línea. Había una vez un niño que paso por cuatro muertes y resucitaciones, fue a otro planeta, se vistió de arcoiris, recorrió el universo para finalizar con, y para el niño todo fue un sueño. Con una sonrisa en cada uno de ellos y un saludo de agradecimiento, regresaron a sus clases.

Tertulia con los jóvenes de secundaria (Foto de Hermes Pineda)

Con los adolescentes, la cita fue algo más formal y con mayor tiempo, dos horas. Cada uno fue tomando una silla y fueron sentándose de forma aplicada y recatada. Surgieron preguntas como: el hombre alrededor de su historia busca llenar un vacío. ¿Por qué la literatura llena ese vació del alma? ¿Por qué las editoriales censuran los textos y mensajes? ¿qué pasa por la mente de un escritor cuando escribe sus relatos? ¿Cómo desarrollar una idea para que el lector sienta lo que uno quiere transmitir? ¿Cuál es el momento más difícil por el cual pasa un autor en la producción de su obra? La mayoría también resueltas, tuvieron réplicas, ya que el debate estaba dentro de sus inconformidades. ¿Qué era la felicidad? ¿qué es el alma? ¿cómo volvemos a la niñez? Preguntas que suponemos propias para la confrontación con sus realidades y visiones.

Ángel, el maestro, animado con la avidez literaria de los jóvenes, leyó Flores en la pared y los estudiantes con atención escucharon el relato. En sus comentarios, algunos opinaron que era algo triste y melancólico, quizás imagen de una época de violencia urbana. Al final, Ángel quiso promover la lectura con la rifa de dos libros de la fundación “última página” y “Flores en la pared y otros relatos”. Todos ellos se mostraron premiados y salieron al descanso del medio día.

El artista Freddy Sánchez, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, firma autógrafos de sus libros en el “stand” de la Fundación Arte & Ciencia.

Ángel y yo, otro aprendiz de brujo, llegamos a la biblioteca para donar algunos libros de la fundación. Recorrimos la zona de juegos y el estand para conocer las ventas de los libros. Luego salimos. Un sol iluminaba nuestras sonrisas, que contrastaban con el ruido de la calle y la vida comercial de Envigado. En nuestras mentes, cabía la idea de un huerto sembrado de semillas literarias.

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El autor es miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo y ha publicado varios cuentos, entre los que se destaca La vida es una amanecer y Pablo (Cuento de Navidad). Abril 24 de 2017. Ejerce como docente en el Politécnico Colombiano “Jaime Isaza Cadavid” de Medellín.

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El bocetero

Ángel Galeano Higua

Sabe que con el río a sus pies la imaginación corre más de prisa, las escenas se desbocan, se afanan sus manos. El puente de piedra fue escenario de un encarnizado combate del cual muy pocos se acuerdan. Lo escuchó de niño y esas escenas palabreadas en el aire nunca lo abandonaron. Oye los gritos, el choque metálico de las armas, el cascoteo de los caballos. Quiere librarse de aquella carga y para ello no cuenta más que con la afilada punta de su grafito.
Se sienta en la baranda. El morral a la espalda, las hojas enganchadas a la tabla y sobre su cabeza el sombrero aguadeño que sólo se quita para dormir. Desde allí puede ver los achocolatados guiños del agua que le alebrestan el pensamiento. Parece un chiquillo con las piernas colgando. Cree que aquellos muertos dejaron algo por decir y quiere revivirlos. Ha recorrido la ciudad recogiendo historias bajo los aleros, husmeando en las casonas, esculcando los parques y los ventorrillos. Y no era que le contaran las historias, sino que él las veía en la mirada. Procuraba deslizar sus ojos hacia el paisaje para no sentirse abrumado. Ante los primeros zarpazos de la pulsión, muchos empezaron a recelar de sus ojos que los transparentaba y huían como si estuviese infectado por un bicho que todo lo cristalizaba.

Ahora está allí, listo para bocetear la batalla. Sabe que desde lo alto puede ver mejor. El escenario para la lucha incluye los tres arcos del puente con su tangente de paso. Quiere imaginar los bandos, pero necesita el aliciente de unos ojos detonadores. Supone a los contingentes a lado y lado del río, mostrándose la furia. No son tiempos de armas automáticas. La única forma de ir a la contienda es atravesando el puente a pie o a caballo, armados de fusiles, machetes o palos. O cruzando el río a nado con el cuchillo entre los dientes. Quien controle el puente se pondrá en ventaja.

De pronto, como si la vida obedeciera a sus requerimientos, el bocetero ve que una mujer se dirige hacia el puente por el otro extremo. Falda larga y roja, blusa blanca de mangas cortas. El cabello luminoso se agita con el viento. La mujer se detiene. Duda. Hace mucho tiempo nadie cruza el puente y ahora están los dos: él, queriendo dar vida a una batalla que lo atormenta, y ella, engalanada como para una fiesta. Lleva unas sandalias tan delgadas que parece descalza. Avanza por el adoquinado. Sé quién eres, le dice de pronto. El bocetero se sorprende, pero logra permanecer en silencio mirándola de soslayo, ocultos los ojos bajo el ala de su sombrero.

¿Sabes quién soy? Le gustaría que se lo dijera. Y ella, como si le hubiera leído el pensamiento: Eres alguien de quien todos huyen. Él continúa callado, centrado en su cabello que se agita como un racimo de cometas. Vengo a que dibujes lo que ves en mis ojos. Su voz decidida es ajena a toda súplica. No dibujo lo que veo en los ojos, sino en la mirada. ¿Acaso no es lo mismo? Para nada, responde él, moviendo la cabeza. La mira pero sin fijar sus ojos en los de ella, eludiéndolos, más bien observándole el cabello que sigue aleteando, y los aretes plateados, y los labios carmesí que se le antojan como una carnosa herida. Mírame, no le tengo miedo a tu mirada, dice ella, desafiante. He venido para que mires mi vida y mi futuro y lo dibujes de una vez por todas.

El bocetero percibe una contenida furia en su voz y pretende tranquilizarla. No con palabras, él casi no habla, traza. Entonces mira, ahora sí, sus ojos desde una distancia que ha aprendido a controlar. Los dibuja como los ve, pero no dibuja la mirada. Cuando le enseña el dibujo la mujer sonríe. Está bien, pero falta, ¿no es cierto?, dibuje de mis ojos lo que quiera, le dice animándolo. Pero el bocetero le advierte que no dibuja lo que quiere sino lo que ve en la mirada. Bueno, está bien, lo que sea, contesta ella, dibuje lo que sea. La punta del lápiz empieza a corretear sobre la hoja, danza febril, dedos alucinados. Ojos fijos en los ojos, se deja embeber de aquellas dos lunas azulinas que lo miran. Ella se siente atravesada por los ojos negros que la navegan, hasta que sus recuerdos comienzan a fluir como una película. El bocetero aguarda a que aquel flujo se detenga, pero las escenas corren sin cesar. La mira como cuchicheándole que no se deje embaucar por los sinsabores de esa carrera memoriosa que la confunde y la desgasta. Al fin, el desfile de sucesos se hace más lento hasta detenerse en el borde del río. Alzándose la falda, se encarama de pronto sobre la baranda, como una equilibrista. El bocetero se asusta, ¡cuidado, puede caerse! Su cabello quiere irse detrás del viento y ella quiere irse detrás de su cabello. La mujer no sabe que él puede ver su destino y todavía guarda la ilusión de poseer su secreto. El bocetero vacila. Ella percibe la duda y lo desafía a que pinte lo que ve. Él se resiste, forcejea, hasta que aquella poderosa energía lo impele de nuevo a tomar el lápiz, y con trazos rápidos y precisos la dibuja. Un gran salto. Mujer pájaro sobre los arcos del puente. Él se admira de lo que ha logrado, sostiene una lucha dolorosa, aparece en su dibujo una belleza terrible que no conviene dejar ver de la mujer. Inventa una excusa, el dibujo no ha quedado bien, debo repetirlo. Piensa en cambiarlo, en engañarla para salvarla. Déjamelo ver, le exige la mujer, intrigada. Pero él se niega, se siente violentado por lo que sus manos han plasmado. Intenta borrar una parte, alterarlo, tachar, enmendar, pero la mujer le arrebata la hoja. Al ver el dibujo, el semblante de la mujer se avejenta, como si todos los cansancios acudiesen a engrosar las líneas de su rostro, como si hubiese sido sorprendida in fraganti con el gran secreto de su vida. Y sin que él pueda detenerla, se arroja de cabeza al vacío.

Aterrado, el bocetero comprende que su dibujo ha adquirido vida. Nunca había sido invadido por una confusión semejante. No puede dejar de mirar los círculos concéntricos en el río, insaciables gargantas que acaban de tragarse a la mujer. ¡No he debido dibujarla! ¿Qué hacer para no continuar esclavo de sus manos? Pero más que de sus manos, es aquella fuerza interior que lo avasalla por lo que ve. Algo debe hacer para liberarse. Lo que al comienzo fue virtud y talento, ahora es tormento.

Cuando los socorristas rescatan el cuerpo río abajo, frente a la Plaza de Toros, descubren en el bolsillo de su falda una desteñida carta en la que se despide de su familia y anuncia que nadie es culpable de su muerte, que la soledad la asfixiaba como un gas letal. Pero el bocetero no se siente liberado de culpa, su desazón aumenta, le parece que ella escribió esa carta para condenarlo en secreto y amarrarlo a su final. A partir de aquel día, muchos, al verlo, para ocultar su miedo lo insultan. Otros lo observan de lejos, temerosos, pero nadie lo mira de frente. Las mujeres les tapan los ojos a sus hijos y cambian de acera como si fuera un apestado.

Con la cabeza gacha, el sombrero más ladeado y los ojos cubiertos por unos lentes de vidrio ahumado, el bocetero se retira hacia los cerros de Santa Elena con la esperanza de no toparse con nadie. Lo alimenta la ilusión de que, desde allí, podrá observar el puente a sus anchas y dibujar la batalla que, según cree, se le revelará en cualquier momento. No ha terminado de acomodarse sobre una piedra, cuando ve que un ejército baja del cerro Nutibara y otro avanza por San Diego. Ambos se dirigen hacia el puente. Se quita los lentes, siente que lo envuelve una premura. A medida que los dos ejércitos acuden a su cita fatal, los ojos se le humedecen por la emoción. Cuando los dos bandos están a punto de chocar en mitad del puente, brota de entre las aguas del río un tercer ejército. La mano del bocetero tiembla, se le seca la garganta y penetra en su propio campo de batalla donde galopa sin control, hasta el instante en que dibuja lo que se le revela como la bandera flameante de quienes emergen del agua. Es la falda larga y roja de la mujer que cruza el puente, el cabello agitado por el viento, que le hace señas con los brazos en alto, solitaria e invicta.

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Cuento finalista en el Primer Concurso Nacional e Internacional “Gabriel García Márquez”, convocado por la Fundación Pro-Aracataca. 2017

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Breve bio-bibliografía del Autor
(Bogotá). Autor de los libros de crónicas y reportajes Rumor de río, Navegantes de la utopía y Perfil de Mujer. De la novela El río fue testigo, finalista en el Concurso Nacional convocado por el Instituto de Cultura y Turismo de Bogotá y publicada por la Editorial de la Universidad de Antioquia. En su paso por Magangué, donde vivió cerca de diez años, fundó EL PEQUEÑO PERIÓDICO, una publicación cultural que cumplió 32 años. En 1993 dio vida a la Fundación Arte & Ciencia, un fondo editorial con más de 60 títulos publicados hasta el día de hoy. Su libro Palabras al viento y otros cuentos, mereció el Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín y reciente fue publicada por la Fundación Arte & Ciencia una segunda edición. Antes había publicado En la boca del cura y otros cuentos. Escribió la biografía de Débora Arango: El Arte, venganza sublime. Autor del libro de ensayos Las siete muertes del lector. Escribió el retrato del científico de Buenaventura, Raúl Gonzalo Cuero Rengifo: Inventar es algo tan serio como un juego de niños.
Fundó en 2008 el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo” con el cual ha editado y publicado media docena de libros de cuentos de sus miembros. Ha sido columnista de varias publicaciones, conferencista y tallerista literario de instituciones como Comfama, Comfenalco, Universidad de Antioquia (Departamento de Extensión), Metro de Medellín y Museo de Arte Moderno de Medellín. Invitado a la mesa de expertos en literatura del Instituto de Cultura de Antioquia para el Plan de Desarrollo 2014-2020. Conferencista invitado en varias Ferias del libro de Medellín y otros municipios de Antioquia, Bogotá, Bucaramanga y Manizales. En la actualidad dedica gran parte de su tiempo a la labor de Editor y a dirigir el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo”.

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primera-sesion

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El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

Visita a Venecia

taller-en-venecia-oct-2016-019El pasado 13 de Octubre de 2016, en el Parque Educativo del Municipio de Venecia, tres aprendices de brujo compartieron un espacio literario con dos grupos de personas.
Yo estuve dos horas con 17 niños. Según lo expresaron, la convocatoria se hizo mediante carteles, emisora y voz a voz entre amigos. Mis compañeros, Álvaro Jiménez Guzmán y Freddy Sánchez Caballero compartieron con unos pocos adultos en otro salón del recinto que nos acogió.
Luego de una corta presentación de los niños y mía, les conté cada cuánto nos reuníamos, cuántas horas, qué hacíamos. Les conté que el nombre de nuestro grupo provenía de una leyenda antigua sobre un aprendiz de brujo. Una vez finalizado el relato les propuse hacer un escrito en el cual ellos crearían las palabras mágicas capaces de detener las escobas y traperas que limpiaban solas el lugar donde vivía el mago.
taller-en-venecia-oct-2016-002Mientras escribían, preguntaban la ortografía de algunas palabras, si primero se escribía el título del cuento o mejor al final, si lo podían escribir despacio o rápido si podían “meter” varios personajes, si podían escribir más de una hoja. Si lo podían hacer entre dos, puesto que uno de ellos tenía una mano partida y no podían escribir. Todo es posible. Cada escritor define su estilo, les dije.
Cuando los niños terminaron su ejercicio, cada uno lo leyó en voz alta y los demás escucharon con atención porque cada uno daría su voto por el que mereciera obtener libros de nuestro grupo literario. Luego, los niños decidieron que les parecía mejor, que la estudiante que nos acompañaba y yo fuéramos el jurado.
Antes de entregar los libros, agradecí su excelente participación. Hice mucho énfasis en la importancia de la escucha al otro. Los otros, con sus ideas propias nos muestran diferentes formas de presentar una misma propuesta. Fue así como surgieron varios títulos para el ejercicio: El aprendiz de mago, Las palabras claves, El aprendiz de brujo y sus frases mágicas, Las ninfas del lago, La limpieza embrujada, Las palabras para deshacer el hechizo de las escobas y las traperas, El aprendiz cascarrabias, El brujo no me dijo las palabras, La bruja y el aprendiz, La bruja enamorada de un príncipe, El brujo.
taller-en-venecia-oct-2016-022A continuación les presento el cuento de María Granados, una de las chicas elegidas para llevar un libro del grupo a su casa. “El brujo no me dijo las palabras”
“Yo soy María, una niña muy curiosa. Un día paseaba por el bosque y vi una pequeña casa color violeta. Decidí tocar la puerta. Me abrió un viejo y barbado brujo y me dijo: Hola, soy el brujo Ramón. ¿Quieres pasar? Le dije que sí y entré. Él me dejó ver cómo hacía sus conjuros. Yo me aprendí las palabras de inicio del conjuro, pero no las del final. Se las pregunté al brujo Ramón y él me dijo: Yo nunca comparto mis secretos. Al rato él me pidió que me quedara en su casa cuidándola y yo acepté. Se fue y me quedé intentando el conjuro de hacer crecer a un sapo y cuando lo logré me puse feliz. Pero el sapo crecía más y más y yo no sabía qué hacer. Salí de la casa y fui a buscar al brujo y le conté lo que me había sucedido y él me dijo: María, tranquila, esto le pasa a cualquiera. Arregló el desastre y me enseñó a ser buena aprendiz. Al pasar el tiempo me reveló sus secretos y ahora soy la mejor aprendiz que ha tenido el brujo Ramón. Ahora sé que las palabras eran: CHISPUS PARUS ALTUSIS.”taller-en-venecia-oct-2016-023
Voy a mencionar algunas de las palabras mágicas que los chicos ingeniaron para deshacer hechizos en sus historias: Chispus parus altusis/ Patitas cerradas/ es como retumba un rayo como todo se organiza/ los rayos no quiero tener más, haced que se vayan ya/ Lepad exip/ de la luz y la oscuridad por las manos de Dios quiero que todo vuelva a su lugar/ buchisplus/ paren ya escobas y traperas por favor/ initis pervitic hachituz mizis/ por favor y gracias.
Una de las gemelas, la que escribió poco y leyó mucho, mereció un libro. La más pequeña de pestañas larguísimas fue acreedora de otro libro por su historia de La bruja y el príncipe. Los que juntaron sus ideas y escribieron un cuento, por solidarios llevaron libros que Álvaro donó para esta actividad. Las hermanas Charlotte y Helliwen, con sus nombres y escritos encajaron perfecto en esta sesión. Ellas, la estudiante que nos acompañó y el encargado de la biblioteca también recibieron libros nuestros.
Para finalizar, pusimos nuestra mano derecha en nuestro hombro izquierdo y nuestra mano izquierda en nuestro hombro derecho y nos abrazamos por nuestra buena disposición para la realización de este espacio literario. Nos despedimos con amabilidad y luego posamos para una foto.
taller-en-venecia-oct-2016-012Álvaro y yo regresamos a Medellín ese mismo día. Nos perdimos la velada de las siete de la noche. A pesar de que me enteré luego que Lina había logrado la estadía de los aprendices de brujo, el taco que nos encontramos en el camino era tan descomunal, que ni con palabras mágicas hubiésemos podido volver a Venecia.
Días después, Sánchez Caballero nos contó que la velada se extendió hasta las diez y media de la noche. Poetas costumbristas, un grupo intérprete de música andina y un rico chocolate para los presentes engalanaron la ceremonia. Una de las asistentes al grupo de adultos recibió trofeo por sus poesías. El Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo” también obtuvo una estatuilla por su participación en esta jornada cultural. Agradecemos la invitación de Lina Marcela Velásquez quien coordinó las actividades de esta Semana Cultural de paz, del 9 al 16 de octubre en Venecia. Va también un agradecimiento para los estudiantes y demás personas que acompañaron y guiaron nuestra estadía. Esperamos que la literatura, el arte en todas sus formas, alegren la vida de los habitantes de esa región y de otros municipios antioqueños.

Helena García Martínez.
Integrante del Grupo Literario
“El Aprendiz de Brujo”
Octubre 17 de 2016

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Cuentos para digerir el postconflicto en Colombia

Lucho Ávila

Ángel Galeano Higua
(Fragmento)

Pasan de uno en uno para la última conversación… Colonos y barequeros, mineros y aserradores, pescadores que vienen desde El Dorado y El Tagual, Tiquisio y Arenal, La Garita y Villa Uribe, Micumao y La Ventura, se aglomeran en susurros alrededor de la casa de la cooperativa donde yace el cuerpo inerte de Lucho.
Clemente ya regresó a las encumbradas entrañas de la serranía, donde la tierra se hermana con el cielo. Muchos de quienes en la tarde acompañaron al padre hasta su comunión final con los ancestros, ahora están allí, en Montecristo, para su última conversación con el hijo. Ni María Fernanda, ni Aura Elena, quieren desprenderse del féretro color caoba, salpicado por sus lágrimas, el mismo que Estefanía conservaba bajo su cama desde cuando cumplió cuarenta años, siguiendo una antigua costumbre de familia y que ahora cedió para guarecer a Lucho. Fabricado sobre medidas hace seis años por el carpintero de Montecristo, ha sido ataviado con la misma bandera de Colombia que cada mes izan los mejores alumnos de la escuela primaria y del colegio de bachillerato.
Solano y su grupo, mientras tanto, se han parapetado en las afueras del pueblo, junto a una marranera. Ya no se atreven a pavonearse por la calle del Medio con sus enlodados driles de campaña, como al mediodía, ni por las calles aledañas. Se esconden con la zozobra de que Lucho puede que no esté del todo muerto. Solano, con sus ojos que parecen dos cuchilladas y su nariz de pájaro carroñero, quiere conversar e intenta poner tema, pero el silencio de sus compinches lo obliga a cerrar el pico. El obscuro transcurrir de las horas crea en varios de ellos la idea de que Lucho se levantará del ataúd y llegará hasta donde están agazapados. La noche se convierte en un largo tormento y Solano siente cómo sus hombres se mueven nerviosos, como si temblaran, sobre todo el más joven, recién reclutado e iniciado con esta tarea macabra del doble crimen. Su nombre de pila, aquel con el que su madre y su padre lo llamaban de niño, es Olegario, pero Solano se lo cambió por el alias de Camilo.
— Tan ingenuo este güevón —dijo Solano una noche cuando en un intermedio de su conspiración, hablaron de lo que él, Olegario, esperaba de la guerra.
— De la guerra no, de la revolución —le respondió Olegario, y luego habló de volver a su tierra para cultivarla, de tener buenos caminos para todos y de casarse con la muchacha de la finca de al lado, con quien siempre había soñado tener varios hijos—. Lo que más quiero de la revolución es la paz, la alegría.
— Lo que digo, tan ingenuo este güevón, se parece al curita de hace veinte años, sólo le falta la boina.
Solano soltó una carcajada, que más parecía una hilera de resuellos, y entre estertores lo motejó así: Camilo. Luego le advirtió: el mundo nunca cambiará y nosotros vinimos fue a lo que vinimos, no a dar misa ni sermones, así que aterrice, bájese de esa nube, “su reverencia”, no sea tan marica.
La noche es empujada por el murmullo de los rezos. Las linternas y mecheros sobran afuera porque la luna ha venido también, redonda de luz, a mirarlo todo, a alumbrar los andurriales por donde siguen llegando los sudorosos deudos.
En el patio, sobre la leña hecha brasa, en la ollaza de barro, se mantiene el café caliente endulzado con panela, que los dolientes se sirven con la totuma. Maryú y Selene se turnan cuando la bebida se acaba, y preparan más. En un rincón, las gargantas sedientas calman su deseo con el agua fresca de la múcura, cuya base redonda está acuñada con centenarias piedras bruñidas por la corriente de la quebrada.
De la boca de las mujeres brotan incesantes las letanías, sólo interrumpidas de vez en cuando por un lamento gritado que desgarra la noche y va a estrellarse junto a la marranera, donde Olegario cree ver a Lucho que llega sonriente con los dos agujeros en el cráneo, en los cuales Clemente, con la cabeza vendada y el sombrero puesto, le coloca flores rojas y amarillas.
Para los asesinos la noche es larga. En cambio, para el gentío es muy corta porque ninguno alcanza a conversar todo lo que quedó pendiente del sueño de arrozales y maizales, del mantenimiento del molino, del segundo Festival de la Cosecha, del cuidado de la recua de mulas recién adquirida, del concurso de lectura para niños, de la carrera de caballos proyectada en la cancha de fútbol no hace mucho arrancada a la manigua, del nuevo camino y el abastecimiento de víveres para los mineros de La Amargura, y tantas cosas más, como la próxima brigada de salud.
De pronto, en mitad de la conversa, la luna se vuelve sol y la pesadilla parece una fantasía y el gentío se siente liviano y compacto, como si todos fuesen Clementes y todos fuesen Luchos. El café de la ollaza es reemplazado por el sancocho de pescado para el desayuno. Varias mujeres y hombres deshollejan papas, yucas, ñame y pelan plátanos, mientras otros tiran el chinchorro en la quebrada para atrapar los peces. Aún la ollaza no ha soltado el primer hervor, cuando varios niños llegan corriendo y gritando:
— ¡Algo sucede! ¡Vengan a verlo!
— Niños, por favor, dejen la bulla, respeten —les dice Estefanía, con el índice en los labios.
— ¡Pero es que algo sucede allí, en las afueras! —insiste uno de los chicos.
— Profesor, ¿podría ir a ver de qué se trata? —le pide Estefanía a Alí, cuyo puesto en la cadena de vigilancia es cubierto de inmediato por un parroquiano..
Alí, con sus casi dos metros de estatura y sus grandes zancadas, al lado de varios montecristianos más, sigue a los chicos, que apresuran sus pasos hacia la marranera, sobre la cual ven, como sostenida por hilos invisibles, una densa nube negra que pende sobre la pocilga. Un pedazo circular de la noche se niega a abandonar la tierra. Al comienzo no se atreven a acercarse, aquello parece brujería, pero cuando Alí da un primer paso y lo siguen los demás, descubren en su interior el cuerpo de Olegario, alias Camilo, indefenso como un niño, que, con una cuerda al cuello, cuelga de un travesaño del techo. De Solano y los demás no hay otro rastro.
— Lo mató el remordimiento —dice Carlos Reyes al enterarse, y aplasta el aire en la palma de la mano izquierda con el puño de la otra.
— Era muy tierno para el remordimiento —opina Estefanía—, más bien lo mató la frustración y las órdenes de Solano —Estefanía mueve la cabeza como un péndulo, con un no reiterativo que, además de acusación, es dolor, perplejidad.
— Hay que ir a avisarle al inspector —dice con resignación—. Es para lo único que sirve.

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Tomado de El río fue testigo.

 

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este-viernes

Desde hace algún tiempo, en Colombia se ha vuelto una especie de lugar común decir que el cuento es un género de aprendizaje, menos difícil que la novela. También que, dada su brevedad, alcanzar la maestría en su ejecución puede lograrse con cierta facilidad si se es un escritor virtuoso. Nada más engañoso que la aparente facilidad de este género, tan antiguo como la poesía y tan emparentado con ella. En tiempos modernos, Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Anton Chejov y James Joyce —entre otros muchos escritores— lo reinventaron, lo acercaron a la vida y a los lectores de nuestros tiempos.

En nuestro país han hecho lo mismo grandes escritores como Tomás Carrasquilla, José Félix Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Manuel Mejía Vallejo, Gabriel García Márquez… En esa tradición se inscriben los cuentos de “Palabras al viento”, de Ángel Galeano Higua. Ángel no es un escritor principiante. Los cuentos de su libro son el resultado de un largo oficio. Los lectores se deslizarán sin dificultades por sus páginas, como llevados por las aguas tranquilas de un río de aguas mansas. Pero al llegar a puerto descubrirán el motivo de sus sobresaltos, después de acompañar en sus cambiantes suertes a los personajes de Los aretes de mi hermana, El negro, Palabras al viento, Las hojas de Noelia, Morir más y otros cuentos inolvidables.

Bienvenida la reedición de este libro que en el año 2003 recibió el Premio del Concurso Nacional de Cuentos de la Cámara de Comercio de Medellín.

Juan José Hoyos

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Estamos

En la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín

Logo Fundación Arte & Ciencia

 

Viernes 9

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6 y 30 PM Auditorio Aurita López

Jardín Botánico
Palabras al viento y otros cuentos cuentos

De Ángel Galeano Higua

Presenta: Juan José Hoyos

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Domingo 11
William - Angel .. El patio

6 y 30PM Auditorio El Colombiano
Orquideorama Jardín Botánico

El patio como universo poético

Conversan William Rouge y Ángel Galeano Higua

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Sábado 17Portada tahine
5:00 PM Auditorio Salón Restrepo
Jardín Botánico
Acuérdate del tahine y otros cuentos
De Leonardo Jesús Muñoz Urueta
Presenta: Ángel Galeano Higua

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Domingo 18

Portada Una danza contra el viento
5:00 PM Auditorio Salón Restrepo
Jardín Botánico
Una danza contra el viento y otros cuentos
De Álvaro Jiménez Guzmán
Presenta: Ángel Galeano Higua

Te esperamos

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