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Archive for the ‘Ciudad’ Category

El Sur de Alejandro

Un libro que cumple su necesario deber con la memoria. Nos refresca con aquellas jornadas cívicas de comienzos del año 1978, cuando los compatriotas del Sur del país batallaban contra las tropelías e injusticias del gobierno. Un paro cívico que enaltecía al país en esas páginas de nuestra historia que no debemos olvidar.

Aquí el texto de presentación por ahora.

Prólogo

El amor patrio, en esta época de capitalismo corporativo y globalizado, podría parecernos anacrónicamente provinciano. ¿A quién le importa el humilde lugar de nuestra oriundez, cuando las imágenes de estrellas con la marca de Shakira o Barack Obama están a nuestro fácil alcance mediante casi ubicuos aparatos electrónicos? ¿Cómo comparar la atracción de vestigios históricos y locales como romerías a Las Lajas, u otras peregrinaciones, con los espectáculos de la Copa Mundial o el concurso de Miss Universo, transmitidos en todos los colores y una alta definición que excede la agudeza del ojo humano? Bueno, respondiendo a mis propias preguntas con toda literalidad y en el orden de proponerlas, el quién es Alejandro García Gómez y el cómo es a través de la palabra escrita e impresa.

Alejandro García Gómez (Foto Archivo El Pequeño Periódico)

Hay que admirar la terquedad obligatoria para insistir en mantener la tradición de un periodismo íntegro y honrado, lo que es el firme imprimatur de este escritor. Radicado con esposa e hijos en Medellín, cuando vuelve al Departamento de Nariño de su origen, no deja de reflexionar por escrito sobre sus experiencias en viajar a lugares tan diversos como el selvático Putumayo del interior y el afrodescendientemente inflexionado Barbacoas en la costa. Y lo que escribe no se limita a una descripción turística de las superficies de Plazas de Armas o volcanes activos que se le presentan. El periodismo de García Gómez siempre va cargado de puntillosa investigación histórica que descubre los antecedentes de fenómenos contemporáneos como la huelga en Túquerres de 1978 y los motines instigados por Los Clavijos de 1800, tanto así que el lector a veces está tentado a preguntarse ¿en cuál siglo se hicieron estos viajes, el de nuestros días o el de tiempos coloniales? Es más, el interés en el pasado no obedece a un deseo nostálgico por recuperar una juventud perdida, la del país o la del autor. Estas crónicas van entretejidas con consideraciones relevantes a la situación actual del país, desde las seis décadas de guerrilla, pasando por los problemas del narco-paramilitarismo, hasta el cuestionable Plan Colombia.

Con estas palabras de apreciación por la viva práctica de un oficio quizás en vías de extinción, le recomiendo, compañero lector, estos textos bajo la poética rúbrica de Sur, donde las rocas secretamente florecen (Crónicas). He quedado impresionado con el aire refrescante que se respira en torno a su narración y el espíritu reformador que la motiva. Estos textos demuestran que no todo es corrupción, egoísmo y violencia, y su mera existencia debe ser fuente de esperanza para toda persona racional y decente. Al costado del periodismo serio, el amor patrio permanece.

Jonathan Tittler

Profesor Emérito de Literatura y Cultura Colombianas
Rutgers University, U.S.A.
New Jersey, U.S.A., noviembre de 2014.

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La Alcaldía Municipal de Pasto, en la administración del doctor Pedro Vicente Obando Ordóñez, presenta la “Colección de Autores Nariñenses”, cumpliendo una de las metas del plan de desarrollo “Pasto educado constructor de Paz” y dentro del programa “Pasto territorio creativo y cultural” de la Secretaría Municipal de Cultura a cargo del maestro José Aguirre Oliva.

Diseño de portada: Rosa María Gómez Cano – Fotografía Portada: Alejandro García Gómez.

Agradecimientos especiales del autor al Archivo de la Universidad de Antioquia y al Banco de la República, seccional Pasto.

 

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b3Un adiós para Emily

Ángel Galeano Higua

La historia sin adornos es brutal. Escribo estas líneas con el corazón atribulado… Íbamos por la autopista con el cupo lleno y sonaba por lo bajo una canción de Fito, pero aquel no era un paseo sino un viaje triste. Ellas iban de blanco y yo de negro porque no supe a tiempo la indicación. Eran las diez de la mañana y una parte de mí iba baleada en el pecho desde la noche anterior. Aunque en el pasacintas del carro el argentino intentaba animarnos, Bárbara y sus compañeras llevaban también el alma baleada como yo. Pasamos por la glorieta de Bello, justo donde a Emily le fue arrancada su sonrisa la noche anterior en el sector de las comidas, por una pandilla de despiadados fleteros que imponen su ley de asesinos sin que las autoridades hagan nada por impedirlo.
Varios automóviles y un bus detrás de la carroza fúnebre. El silencio lo cubría todo y sobre nosotros el cielo incendiado de sol se veía cruzado por las líneas eléctricas de alta tensión que penden de las gigantescas torres metálicas. El silencio fúnebre fue socavado por el sordo rumor de la ciudad, al que ni siquiera la enorme cruz de cemento pudo contener. Los empleados de la funeraria pusieron el pequeño ataúd blanco sobre una base portátil al borde la sepultura. Aquel silencio primigenio batalló hasta aplacar el rugido de la autopista que resollaba como una bestia de humo. En la rama de un árbol cercano un solitario bichofué intentó su afligido trino.
La despedida de los padres de Emily desgarró el día. A ellos, tan jóvenes todavía, muchachos llenos de ilusiones, la vida se les iba. El llanto abierto, como es de todos los indefensos, y la incrédula palidez de sus rostros mostraban la honda desolación. ¡Hija mía! Dos palabras inmensas y poderosas recorrieron la montaña, treparon hasta el cielo sin nubes y nos sacudieron el alma. Era tan grande la tristeza, la perplejidad y el dolor que no hubo espacio para ritual alguno, ninguna letanía, ni una palabra distinta al grito desgarrador de la madre, del padre. Los enterradores tenían todo listo, menos el adiós desesperado. Las lágrimas brotaron en todos nosotros, nuestra primitiva forma de rechazar esta muerte absurda.
Emily, aunque no alcanzaste a vivir mil días, dos años son ya toda una eternidad. El sol taladraba esta parte del mundo. Alrededor de aquella escena imborrable, y unos pasos más allá, bajo la sombra de los árboles, muchas mujeres vestidas de blanco, hombres, niños, sentimos que somos Emily. Los brazos alargados de la madre que no quiere la partida, el abrazo de ella y de su esposo que no quieren despegarse del ataúd… Tampoco nosotros, Emily, pequeña niña que nunca se irá de nuestra memoria.
Bajan el ataúd con cuidado, como arrullándolo, muchas manos se levantan y una lluvia de margaritas blancas y agapantos morados cae sobre el pequeño féretro. Estamos pasmados. Nos preguntamos tantas cosas, pero en todo caso nos resistimos a este destino maldito. No aceptamos que una gavilla de cobardes, hombres armados, desalmados y rabiosos venga a robarnos y a disparar sin contemplación sobre seres indefensos, niños como Emily que apenas alcanzó a echar un vistazo al planeta.
La historia sin adornos es brutal. Regresamos por la autopista pero Fito ha enmudecido. Ahora es un coro de niños el que nos acompaña en el retorno a una ciudad que se debate contra la impunidad y la negligencia de las autoridades. En silencio clamamos por una justicia, algo que frene este deterioro de la sociedad, esta Colombia enferma que cada día se precipita más hacia el abismo de la perversidad. Una sociedad que mata o deja matar a sus niños, es una sociedad enferma que se desahucia a sí misma.
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Medellín, Nov. 30 de 2016

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Excelente acogida

Para nuestros libros y nuestros autores.

María Eugenia Velásquez y Marta C. Cadavid, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al inicio de la Feria.

María Eugenia Velásquez y Marta C. Cadavid, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al inicio de la jornada.

Cuando llegamos con nuestro cargamento a Carlosé, aquel corredor parecía un campo de refugiados pero sonrientes, animosos, hormiguitas moviéndose de un lado a otro, llevando, trayendo cajas, colgando emblemas, alistando estantes. Uno de los guías nos indicó el espacio donde debíamos montar nuestra mesa. Sabíamos que la literatura pesa, pero cada vez que tenemos que trastear con nuestro catálogo lo comprobamos como la primera vez. ¿Qué podrá pesar más: los cuentos, las novelas, la poesía, los ensayos y las crónicas? Nunca lo sabremos, cada uno tiene su peso específico, y juntos pues aumenta en forma geométrica.Lectores en el stand
Nos tocó en el túnel blanco, imponente y atractivo, junto al parque por el que los habitantes del Barrio Carlos E. Restrepo dieron una ardua y tesonera lucha, cuya victoria es ejemplo para las comunidades, no sólo de Medellín, sino de todo el país. Si no fuera por esa lección cívica organizada y combativa, esta Feria Popular del Libro hubiera tenido que recogerse en el bulevar de siempre. Nos esperaba una prueba interesante entre libreros de todos los estratos. Vender nuestros propios libros de la mano de nuestros autores. Qué bella jornada. Los escritores diciéndoles a los lectores compradores: mira, este libro, lo escribí yo y te lo vendo. Una bellísima simbiosis sin fronteras entre los hacedores y los lectores, sin intermediarios, con la ventaja de abaratar la oferta porque no teníamos intermediarios que encarecen los libros.

Cada autor tenía su turno. Claudia Restrepo Ruiz.

Cada autor tenía su turno. En la foto Claudia Restrepo Ruiz.

Cada autor tenía su turno. Unos más nerviosos que otros, pero allí estaban orgullosos de los títulos que cubrían nuestra mesa. A medida que transcurría la tarde el túnel iba entrando en calor. Calor de visitantes y calor del sol que se acumulaba. Todos sudábamos la feria, pero estábamos contentos de ver la respuesta del público que acudía en masa. Esto fue el viernes y la romería aumentó el sábado. Era un desfile constante y abigarrado, jóvenes de todas las edades con ese brillo de aventuras en los ojos tal cual son los lectores de verdad. Esculcando aquí y allí, buscando un título, husmeando solapas, hojeando, dudando hasta que se decidían: me llevo este. Al rato, este otro…

Stand de la Fundación 6

Nubia A. Mesa, Alvaro Jiménez G. y Ángel Galeano Higua, ofreciendo los libros de la Fundación Arte & Ciencia.

Al caer la tarde, tanto del viernes como del sábado, aquel túnel era “un sauna literario”. Para refrescar la garganta, reseca de tanto ofrecer los libros, teníamos que salir fuera del túnel para tomar un refresco. Y volvíamos con más bríos. El balance final fue positivo en todos los sentidos. No llovió, aunque el sol se hizo el odioso a ratos. La concurrencia superó lo que habíamos vivido en años anteriores. Las ventas de nuestros libros también superaron la de los años pasados y pudimos comprobar la sed, el hambre que los habitantes de Medellín tienen de leer, de que hayan más eventos culturales alrededor del libro, de la cultura, del conocimiento.
Hicimos una bonita tarea. Nuestros libros quedaron en manos de más lectores, aumentamos nuestra base de amigos a quienes les haremos información de nuestras actividades y nuevas publicaciones. El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo se lució. Nos esperan mayores retos, escribir más y mejores libros para nuestro creciente círculo de lectores. Hermoso reto que aceptamos con entusiasmo.

Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro de Mompox, firma autógrafos.

Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro de Mompox, firma autógrafos.

Nuestras estadísticas

Los más vendidos

1. Mompox, Una victoria sobre el tiempo, de Bárbara Galeano Zuluaga.
2. Los Cuadernos de Saúl, de Saúl Álvarez Lara

Bitácora del cuerpo, de Claudia Restrepo Ruiz

Abro la noche, de David Marín Hincapié

3. El fin de la enfermedad, ensayo de la Dra. Silvia Casabianca Zuleta.
4. Colección Poetas Anónimos (Paquetes de promoción):

Los pasquines del infierno, de Álvaro Julián Moncada

La última página, Selección de El Pequeño Periódico 30 Años.

Canción para una despedida, de Antonio Botero Palacio.

A la Tierra vuelvo y sigo, de Luis Hernán Rincón.

5. Perfil de Mujer, selección de crónicas de El Pequeño Periódico 30 Años.
6. El traído – Cuentos de Navidad, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.
7. La palabra se baña en el río, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo
8. Una danza contra el viento, cuentos de Álvaro Jiménez Guzmán
9. Las voces que trae la brisa, cuentos de Nubia. A. Mesa G.
10. Flores en la pared y otros cuentos, Grupo literario El Aprendiz de Brujo
11. Las siete muertes del lector, ensayos de Ángel Galeano Higua.

12. Aoketekete y otros relatos del río, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

Avalancha de lectores.

Avalancha de lectores.

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Nuestros libros, nuestros autores

Hoy, sábado 14, también estamos con nuestro stand en la Feria Popular del Libro que se organiza cada año en el corredor de Carlosé en Medellín.Estamos en la Feria Popular del Libro

El lector

 

¿Quién conoce, a éste que bajó

su rostro, desde un ser hacia un segundo ser,

a quien sólo el veloz pasar páginas plenas

a veces interrumpe con violencia?

 

Ni siquiera su madre estaría segura

de si él es el que allí lee algo, empapado

de su sombra. Y nosotros, que teníamos horas,

¿qué sabemos de cuánto se le desvaneció

 

hasta que, con esfuerzo, alzó la vista?

cargando sobre sí lo que, abajo, en el libro,

sucedía, y con ojos dadivosos, que en vez

de tomar, se topaban a un mundo pleno y listo:

 

como niños callados que jugaban a solas

y, de pronto, vivencian lo existente;

mas sus rasgos, que estaban ordenados,

quedaron alterados para siempre.

 

 Reiner María Rilke

 

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Wer kennt ihn, diesen, welcher sein Gesigcht / wegsenkte aus dem Sein zu einem zweiten, / das nur das schnelle Wenden voller Seiten / manchmal gewaltsam unterbricht? / Selbst seine Mutter wäre nicht gewiB, / ob er es ist, der da mit sienem Schatten / Getränktes liest. Und wir, die Stunden hatten, / was wissen wir, wieviel ihm hinschwand, bis / er mühsam aufsah: alles auf sich hebend, /  was unten in dem Buche sich verhielt, / mit Augen, welche, statt zu nehmen, gebend / anstieBen an die fertig-volle Welt: / wie stille Kinder, die allein gespielt, / auf einmal das Vorhandene erfahren; / doch seine Züge, die geordnet waren, / blieben für immer umgestellt.  Traducción F- Bermúdez-Cañete en Nuevos Poemas II, Madrid, Hiperión, 1994. p.229. Citado por Jorge Larrosa, La experiencia de la lectura, pág. 163. Fondo de Cultura Económica. 2003

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Un niño es lo más parecido al agua

Ángel Galeano Higua

Una manera de conocer la ciudad en que vivimos consiste en desentrañar los arroyos que conforman el río que la atraviesa.

Es como comprender a otro ser humano en todas sus ramificaciones que lo constituyen.83

Para emprender esa exploración lo más aconsejable es despojarnos de los prejuicios y dejarnos llevar con toda naturalidad por la corriente. Como un niño que juega y se asombra frente a la corriente cristalina que salpica de magia su mirada.

Un niño es lo más parecido al agua. Los demás hacen de él lo que creen que es mejor. Lo mismo pasa con el agua.

Esta relación entre niñez y agua es posible porque el hilo que los comunica es la vida antes de la contaminación.

El sábado pasado pudimos comprobarlo. El natural entusiasmo de los niños contagió a los adultos y no demoró mucho para ver a grandes y chicos deleitarse con la corriente cada vez más diáfana a media que subíamos al Alto de San Miguel.100

¿A quién se le podría ocurrir jugar así, aquí abajo, con el río que pasa bajo los puentes de hierro y cemento arrastrando las porquerías propias de una alcantarilla multitudinaria?

Por eso esta excursión del sábado (1) será muy difícil que se borre de los recuerdos de aquellos niños. Los vimos en su impulso natural de sumergir los pies en el agua, de hundir las manos y sentir la corriente fría y cantarina proveniente de las cumbres.

Hemos sido educados de espaldas al río. Pasamos sobre él sin mirarlo. Quizás porque este río arrastra tal cansancio que ni siquiera muge ni se lamenta y si lo hace no se le oye debido a la ruidosa movilidad de los ciudadanos en sus carros y motocicletas. Ni siquiera con los alumbrados decembrinos se puede ver el río, al contrario, tanta parafernalia lo oculta. Nos han inculcado desde niños que debemos cuidarnos del agua. Si llueve es mejor quedarse quietos. Nos enfermaremos, se dice. Y si a ese prejuicio, que también se le puede achacar al sol, a la noche, al viento, a la luna, a todo lo que el ser humano sigue sin comprender, si a todo eso, digo, se le añade que el río que cruza la ciudad tiene un color indefinido, alejado de la claridad, nuestras taras se afincan más y terminamos creyendo que lo mejor es el cemento, el plástico, las fibras artificiales, el humo y la distancia cada vez más grande de la naturaleza.

Nos pasa como en el cuento de José Luis Sampedro: Por un puñado de tierra, con cada día que pasa nos alejan más del color natural del pasto, de los árboles, del agua. Los centros comerciales son jaulas-vitrinas desde donde nos venden el espejismo de una modernidad aséptica pero insípida, alejada de cualquier vestigio de tierra o chorro de agua.De cabeza

A esa milenaria corriente que nuestros antepasados llamaron Aburrá, nosotros, los del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, le hemos sumado algo que no es natural pero que no lo perjudica, una creación nuestra, un mundo nuevo que antes no existía: un libro.

Creemos en el río, es decir en su corriente, en su cauce, en su fluir líquido. Lo anhelamos indomable, brioso, cantarín, alejado del cemento y las pasarelas mercantilistas.

Por fortuna, estas sublimes aventuras siempre cuentan con cómplices. Viajar a su cauce, olerlo, mirarlo y descubrir a varios de sus habitantes humanos, conversar con ellos en diversas jornadas para escribirlo durante largas sesiones de días, semanas y meses, y el sábado llevarlo a nuestras espaldas para entregarlo allá, en el Alto de San Miguel, a nuestros mejores lectores: los niños.

150Recibir (y entregar) un libro en la cuna del río Aburrá tiene doble significación, entre otras cosas porque expresa la tarea que nos propusimos en el Grupo Literario de acompañar al río en sus desventuras con palabras de nuestra propia cosecha, y cultivar nuestros propios lectores infantiles, los niños que semejan cazadores agazapados esperando el asombro, la sorpresa, la revelación.

Y entre los niños pequeños iban los grandes, los mismos que escribieron este libro. También sonrientes e infantiles, dejándose asombrar por el maravilloso color de las flores del sietecueros, de las orquídeas silvestres, de las alas de las mariposas, del canto de los pájaros y el rumoreo de las quebradas que arriba se alían para conformar el río con toda su música y vibración que cruza el Valle de Aburrá.

Y la maestra con su infinita devoción pedagógica que la inspira. Y los papás, quizás recordando cuando eran niños…

154Somos unos privilegiados, no cabe duda. Mientras existan estos brotes de asombro el mundo no está del todo perdido. A este paso y con miles de dolientes del río, la ciudad puede enderezar su camino hacia la armonía y la convivencia. Y hasta el río nos sonreirá un día de estos y a nosotros, eternos niños, ya no nos parecerá un milagro.

 

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Nota (1) Se refiere a la excursión al Alto de San Miguel dirigida por el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo el 25 de octubre de 2014, en la cual participaron más de 70 niños y cuyo objetivo era entregar el nuevo libro de crónicas sobre el río Aburrá.

El texto corresponde al saludo de presentación del libro Aoketekete y otros relatos del río, Editado por la Fundación Arte & Ciencia. Torre de La Memoria, Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Martes 28 de octubre de 2014

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Pequeños apuntes de la excursión

Los niños en la cumbre

(Donde nace el río Aburrá)

Pasamos un puente que se mueve. Vimos una mariposa que se llama Cristal que cuando se coloca en la ropa no se ve. Ya conozco a dónde nace el río Aburrá. (Priscila Osorio)

Lo que más me gustó fue todo: los animales, todas las plantas, todos los árboles, el agua. Todo me gustó del paseo al Alto de San Miguel. (Miguel Ángel Upegui Restrepo)

Lo que me llevo como el recuerdo más bonito es cuando pasamos el río y entramos en la reserva de animarles. Me parece muy chévere, en realidad me gustó todo. (Wilad Vanegas Sepúlveda)

A mí me gustó la adrenalina de los ríos donde jugamos. Los pájaros, las plantas y la forma como nos explicaron las cosas del río. (Isabela Asprilla)

Mi gran y lindo recuerdo ha sido la hermosura de la naturaleza que hemos palpado en todo el trayecto, desde los árboles, el río, las quebradas y los animales. Mil gracias. (Claudia E. Restrepo)

Lo mejor fue sentirnos más cerca de la naturaleza. (Allena Lecompte)

El recuerdo que me quedó son las hermosas aguas cristalinas y haber tenido la oportunidad de hacer conciencia de cómo cuidarlas. (Stefanía Sierra Hidalgo)

Lo mejor, cuando me mojé, el lodo, los animales… (Ma. Fernanda)

Mi mejor recuerdo cuando vi una mariposa que era transparente y era venenosa. (Ma. Camila Loaiza)

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Palabras en el agua

Álvaro Julián Moncada Gómez

Álvaro Julián Moncada Gómez

Álvaro Julián Moncada Gómez

 

Escribo palabras en el agua
Palabras que descienden sobre el río de la vida
como una lluvia oscura
que se desgaja del misterioso cielo.
Palabras líquidas que empapan
y humedecen la aridez de mi silencio.
Palabras que navegan
en el cauce de lo impronunciable.
Palabras como náufragos a la deriva
hacia el confín de la incertidumbre
por el torrente de los sueños.

 

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Palabras en el aguaTomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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Aoketekete y otros relatos del río – 8

Aoketekete y el Reino de las aguas

María Eugenia Velásquez Toro

María Eugenia Velásquez Toro

María Eugenia Velásquez Toro

Al río Aburrá

Era la hora de dormir y esa noche el abuelo se dispuso a cumplir su promesa de viajar por el mundo de los sueños de la mano de esas dos pequeñas almas que se disponían a descansar y que le esperaban ansiosas. Entró a su cuarto, tomó las cobijas que abrigaban a sus nietos, Nico y Teo, y las dispuso mejor sentándose luego a su lado para comenzar la historia.

“Erase una vez un reino, el Reino de las Aguas Transparentes, formado por una enorme montaña, bellas praderas, un valle extenso y un río cristalino, que nació cerca del firmamento allá donde los verdes confundían sus tonos con los azules del cielo, al que llamaron Aoketekete.

En lo alto de la Montaña se formó un caserío, el Pueblo de las Plantas, donde vivían cientos de Árboles y Flores que adornaban y cuidaban el cauce del río. Allí, las familias eran reconocidas por su labor en el campo como los variados Helechos, las coloridas Orquídeas y las tropicales Bromelias, todos grandes amigos que crecían y se multiplicaban con el apoyo de unos y otros, ocupados siempre que este fuera el lugar más bello de la montaña.

El Jardín de las Mariposas, la Comarca de los Peces y el Animalario eran aldeas dispersas por el reino, donde el aire, los árboles, el agua y los pastos eran el hogar de sus moradores. Con su paciente y alegre trabajo ayudaban para que el río Aoketekete diera aguas puras y cristalinas a los habitantes de sus orillas y de sus suelos profundos. Por ser fuertes y sabios, los Bosques Nativos y los Bosques Nublados fueron escogidos para cuidar del reino. Gustaban de jugar con su amiga la Neblina a cualquier hora del día y esta, a su vez, correteaba entre helechos sirviéndose de ellos como escondite en sus travesuras y juegos. No era extraño verlos, a Bosques y Neblina, mostrando que juntos podían prolongar la vida.

Aoketekete y el Reino de las aguasUna noche, la tranquilidad del reino fue interrumpida cuando a las laderas de la Montaña descendieron los ejércitos del Reino de las Nubes Oscuras. Necesitaban las aguas del río Aoketekete para que sus nubes no murieran. Habían recorrido varios imperios y eran estas las que ambicionaba su emperador Huracán. Sabían que eran aguas abundantes y limpias, nada mejor para tomarlas y que sus nacientes nubes viajaran por los cielos con la fuerza necesaria para destruir lo que se atravesara a su paso.

De uno en uno, los habitantes del reino fueron alertados y corrió la alarma para que cada comarca se preparara a defender su río ¿Qué hacer? se preguntaban mientras corrían presurosos en busca de sus amigos para discutir el asunto.

En el Pueblo de las Plantas, los Árboles y sus ramas apagaron su verdor, se mostraban tristes. ¿Cómo vivir sin el río? ¡Dejar el reino en busca de otras tierras era imposible! Este era su hogar, allí habían nacido y crecido. ¿Y si el enemigo decide destruirnos para llevarse las aguas? ¡Cuántos de nosotros caerán hasta dejar desolada la Montaña! Las respuestas no las tenían ni los Árboles ni las Flores, así que decidieron ir en busca de los otros pobladores para intentar evitar el atropello. Encontraron que en el Jardín de las Mariposas, bandadas de miles de ellas se hallaban dispuestas a responder, antes que permitir desaparecer el reino.

¡Vamos a defender los aires que volamos! ¡Nos pertenecen al igual que a los pájaros que hicieron sus nidos en los árboles y que enseñaron a volar aquí a sus polluelos!
Tanto valor contagió a todas las plantas y sin temores se sumaron a la marcha que los llevaría hasta el lugar en donde los pobladores de la Comarca de los Peces y del Animalario platicaban con los Bosques Nublados y los Bosques Nativos sobre los pasos para impedir el avance del enemigo.

Por su parte, la Montaña sabía que algo ocurría desde la noche anterior cuando sintió que el viento gemía y que las ramas de los árboles se doblegaban tristes. Verlos ahora a todos reunidos le animaba para poner su fuerza de tierra firme al servicio del reino.

Nunca olviden, dijeron los Bosques Nublados, que al llevarse las aguas, nuestras vidas no serán las mismas. Se secará la tierra de la Montaña, los Arboles y demás plantas morirán y se acabará el regalo de su sombra. Sin ellos, los Pájaros no tendrán dónde hacer sus nidos y volarán a otros lugares. Las Mariposas viajarán a mundos lejanos, y sin sus colores y aleteos, la nostalgia en el reino será mayor. ¿Y a dónde irán las Flores? No tendrán que ir a ningún lugar porque perderán su brillo, su fragancia y sus colores para después morir de tristeza. Los demás animales no tendrán qué comer ni qué beber. ¡Ah! y los Peces del río saltarán de dolor al no encontrar sus aguas y quedarán dormidos para siempre.

Con voz serena y llenos de la sabiduría ganada durante años como guardianes, los Bosque Nativos dijeron: ¡Nadie se irá del reino! ¡Este es nuestro hogar! Si los ejércitos de las Nubes Oscuras atacan la montaña para llevarse las aguas, tendrán que vencer primero la muralla que formaremos. Peces, aves, plantas y demás animales, al igual que la montaña y sus aguas, nos fundiremos, y no lograrán llegar jamás al nacimiento de nuestro río. ¡Y los Vientos rugirán hacia el lado donde ataque el enemigo! ¡Tendrán que regresar sin cumplir su cometido!

A la mañana siguiente todos estuvieron preparados esperando la señal del Viento que silbaría fuerte anunciando la hora cero. Ya no había temores, sólo decisión y valor para defender su reino.

Paso a paso se acercaron unos a otros y a la señal acordada cerraron filas, formaron una fuerte muralla y los vientos silbaron con furia sentenciando al ejército de las Nubes Oscuras que nunca cruzarían las barreras del reino.

El enemigo invasor no esperaba aquello y el solo rugir de los vientos los llenó de temor. Buscaron salidas y distintos caminos por dónde atacar, pero era inútil. Una fuerza extraña y poderosa se había tomado el campo de batalla. No había armas, sólo sentían esa fuerza que los hacía retroceder sin saber por qué. Fueron instantes de desconcierto que se transformaron en pánico y en un deseo extraño de salir huyendo. Habían fracasado y sin más anunciaron su retirada.

Aquella muralla sólida y poderosa se convirtió, poco a poco, en miles de seres que regresaban sin prisa a sus poblados, luego de que escucharon silbar al Viento de alegría. Esa era la señal de triunfo y el reino debía volver a ser el mismo!

La Montaña respiró de nuevo con alivio; los Pájaros y las Mariposas revolotearon por los aires, Árboles y Animales saltaron, bailaron y nadaron en su tierra y sus aguas.

Cerca de allí, donde alguna vez se formó por primera vez aquel caudal, un bello Arco Iris enmarcaba con sus colores el júbilo de aquellos pobladores que volvían con sus sueños a seguir cuidando del Reino de las Aguas y de su río Aoketekete.”

Al oír esta palabra, los niños se miraron y con una sonrisa cómplice enredada en la cobija, uno de ellos dijo: ¡Juntos fueron capaces, salvaron su río! A lo que el abuelo respondió con otra sonrisa, apagó la luz y acompañado de un leve silbido que buscaba entonar un canto de diana le respondió:” Haremos como ellos, cuidaremos el nuestro. Y ahora, a dormir, que esta historia apenas comienza y nos esperan muchas noches para contarla”.

 

Perfil

Nombre: Río Aburrá y en el Reino de las Aguas, Río Aoketekete.
Edad: Joven, cuando habito en la Montaña… Viejo y enfermo, después de atravesar el Valle.
Padres: La Madre Tierra y las Aguas Lluvias
Domicilio: Desde tiempos ancestrales habito las tierras del Reino de las Aguas, desde la gran Montaña donde nací hasta las tierras lejanas del Norte. Cada tramo que recorro arraiga mi alma a sus lugareños pero siento que voy perdiendo mi vida cuando éstos contaminan mis aguas.
Familiares: Quebradas La Amoladora, El Tesoro, Santa Isabel y La Vieja.
Señales particulares: Bosques, Aves y Silencios mágicos por los caminos que atraviesan la Montaña del Reino. A medida que avanzo por el Valle, mis aguas se vuelven turbias, mis peces mueren, mis riberas se transforman en cemento y la vida de mis aguas desaparece.
Proyecto de vida: Ser un río de aguas transparentes habitado por peces y plantas. Tener un caudal que recorra todo el Valle cantándole a la vida y que acoja en sus orillas los juegos traviesos de los niños.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

 

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Aoketekete y otros relatos del río – 7

La Negri

Hermes Rafael Pineda Santis

Hermes Rafael Pineda Santis

Hermes Rafael Pineda Santis

Los lánguidos rayos del sol se filtran por entre la bruma e iluminan la cara tiznada de La Negri. Agarrotada por el frío de la mañana, con los ojos húmedos y la mirada puesta en el firmamento, parece implorar la justicia divina, porque la terrenal la ejercen los verdugos. Sus lágrimas confluyen con las aguas del río, donde al parecer corren también aquellas derramadas por los seres queridos de los muertos, cuyos cuerpos fueron arrojados a las orillas de la tormentosa corriente. La Negri mantiene un recuerdo aciago de la tragedia que vivió en su pequeño pueblo.
Camina recostada a los muros del puente, calzando unas sandalias roídas por el asfalto de la ciudad. Baja por un costado de la escarpada ladera en busca del cambuche que le ha servido para asilarse durante meses. Se agacha, descorre el plástico negro de su puerta, e ingresa con el sigilo de un gato, sobre una capa de periódicos que sirven para amortiguar las puntudas rocas puestas ahí por las autoridades para que los desarrapados no invadan el lugar.
Recoge las piernas, recuesta el cuerpo contra la pared y en la penumbra alcanza un resto de carbón que tiene arrumado a un lado para tiznarse el rostro. Así trata de ocultar su identidad como reconocida líder en el corregimiento El Olvido. Impulsó entre su comunidad la búsqueda de sus tres hijos desaparecidos y de muchos otros que reclutaron para sus centros de adiestramiento, los dos grupos que se disputaban allí el territorio por ser paso para el contrabando de borona.
Cierta noche, en que la muerte conspiró en las mentes de los asesinos envalentonados por el licor, los Catorros y los Macos prendieron fuego a la vivienda de madera donde vivía La Negri, pero no previeron las consecuencias, el incendio se extendió a las casas aledañas construidas del mismo material. La treintena de hogares que conformaban el barrio, forjado con los mínimos recursos y sin normas técnicas, quedaron reducidos a cenizas.
El asentamiento, construido al lado de un ancho afluente, era tierra fértil para el cultivo, pero desapareció y los labradores quedaron bajo el dominio de los delincuentes. El río fue la salvación de muchos, quienes en un arrebato de desesperación se tiraron a sus aguas para huir del fuego y de las balas. Nada volvería a ser igual, todo quedó devastado, las familias desintegradas.La Negri
La Negri fue una de las que prefirió irse a donde la desventura no la alcanzara y encalló en un recodo del río, bajo el Puente de La Caridad, donde uno de los pilotes le sirvió de protección temporal. Extenuada, no percibió la dureza de dicha superficie y permaneció algunas horas allí, hasta que recuperó el aliento. Sintió el agua fría lamiéndole los pies como un alivio y lavando la sangre de sus heridas. Creyó que no sobreviviría y por eso agradeció al Todopoderoso.
Instaló su cambuche y tiznó de nuevo su rostro para salir a buscar alimento. Recordó las palabras de su madre, quien en momentos de escasez, le decía: “Mija, viva hoy, que mañana Dios proveerá”. Caminaría por las calles de la ciudad como lo hacen las gentes perdidas en su inmediatez, donde a diario se truncan los sueños de los menos villanos.
Se viste con una blusa oscura y una falda de flores amplia que le cubre las piernas hasta el tobillo intentando ocultar el color de su piel. El enredado pelo a la altura de los hombros lo amarra con una cinta roja. Deja ver, no sólo su boca de escasos dientes, sino también su mirada escrutadora.
Algunos días, sus andanzas por los alrededores del río son promisorias y logra conseguir algo, pero otros son tristes y acaban con sus deseos de una festiva alborada. Por momentos cree que todo será mejor, pero la realidad le corta el anhelo de un trabajo o un sitio para vivir. No es nadie en la capital, luego de una fugaz noticia en la mañana sería olvido en la tarde.
Pocos saben de sus largas caminatas por los mismos lugares. Desconfía de todo lo humano, no tiene en qué creer, ha perdido toda esperanza. La justicia que busca no está en la tierra. ¿Cómo pasar el resto de sus días? ¿Dónde empezar?
Transcurrida la mañana, cerca del mediodía, con la amenaza de lluvia, y el estómago agobiado por el hambre, La Negri decide pedir ayuda. Mientras llega a un centro de acopio de alimentos donde disponen restos de comida para los indigentes, sobre la misma acera, se encuentra con un transeúnte que viene en dirección opuesta. Parece un profesional por su camisa de manga larga y corbata, tal vez en apuros también, pues no es del tipo con que suele encontrarse, se aproximó a él, pero a pesar de ser rodillijunto se aparta con agilidad quizás para evitar un ataque imaginado. Ella lo mira con perplejidad, respira hondo y piensa en un desaire más. ¡Qué importa!, se dijo a sí misma, y sigue hacia la central de abasto.
A pesar del desconsuelo que la invade, toma una decisión: no seguirá bajo el puente, esperando que los amaneceres la reconozcan como parte del paisaje matutino. Se renovará ayudando a otros necesitados, como lo hizo una vez con un niño que arribó a las mismas piedras de su escondite. No se comportará como aquel hombre que la eludió como si fuera una apestada. Al recordarlo exclama: “¡puto patitorcido!”.
Pero su decisión dura poco aquel mediodía, dos jóvenes consumidores de borona le disparan, dejándola tirada allí con una mirada de asombro ante el inesperado encuentro fatal. Otros tantos disparos espantan las aves, y el transeúnte, un guardaespaldas vestido de civil, apunta a las ruedas de la motocicleta donde van los agresores, quienes pierden el control y caen al río. No se encontraron sus cuerpos, las aguas ejercieron justicia.

 

Perfil
La Negri (mujer blanca que se cubre la cara de carbón para no ser reconocida).
Teresa Revollo – Ama de casa – Padres y abuelos campesinos.
Con ideología rural que busca la justicia humana para los asesinos de sus tres hijos.
El río como un elemento de protección que le ayuda a su sobrevivencia.
Ve en el transeúnte un reflejo de la humanidad indolente, pero es quien le ofrece la justicia divina por abatir a sus asesinos.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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Aoketekete y otros relatos del río – 6

Lucrecia

Luz Helena García Martínez

Luz Helena García Martínez

Luz Helena García Martínez

Cambios bruscos se avecinan parece anunciarle el follaje a Lucrecia, mientras ella le bate su cola a manera de saludo cuando pasea lenta cerca de la Quebrada La Picacha. Su cuerpo pardo grisáceo se mueve sigiloso como esquivando algún peligro. Algunos niños, la miran en silencio trepados en un gran árbol. Los chicos saben que irá a reposar en el mismo laurel luego de su caminata diaria. No obstante, a ellos les parece que se comporta como si estuviera en tierra extraña. Debe ser porque hace unos días la presencia de hombres con mapas y metros en las cercanías de la Estación Suramericana del Metro de Medellín, la inquietaron. No le quedó más remedio que esconderse detrás de unas piedras, luego se metió en el agua y no salió de la quebrada hasta que los visitantes se fueron.

Pero una calurosa mañana, uno de los visitantes se percató de su presencia. La vio inmóvil con los ojos cerrados, adormecida por los tibios rayos del sol. Entonces sacó la cámara de su morral y le tomó una foto pensando en ubicarla en la cartelera de hallazgos en su oficina. Allí dejaban todo lo que les pareciera curioso o importante o digno de tener en cuenta en su exploración por la zona.

Sus compañeros al ver la foto se asombraron. Es grandísima, exclamó uno de ellos. ¿Y has visto a más de su especie? dijo otro. Alguien propuso que le pusieran un nombre. Se llamará Lucrecia concluyó el fotógrafo.

Desde que saben de su existencia, las siguientes visitas del grupo al lugar donde vive Lucrecia adquieren otro tinte. Los exploradores descubren los líquenes que alfombran en verde claro extensas zonas y las pequeñas catleyas que se adhieren a los troncos de los árboles nativos. En algunos de vez en cuando aparecen ardillas juguetonas que cruzan como ráfagas rojizas ante sus ojos. Invasión, destrucción, desplazamiento no son precisamente las palabras ni las intenciones que pasan por sus mentes cuando se emocionan con los mejores espectáculos que la naturaleza les ofrece en el entorno de estudio.

A pesar de los descubrimientos diarios, los encargados del proyecto de construcción de parques a lo largo del Río Aburrá no pueden evadir el mandato que les fue asignado por los que planifican el futuro de la ciudad. No hay remedio. La reverencia por el mundo natural desaparece cuando se trazan planes a costa de la desaparición de habitantes cercanos a las fuentes de agua: hombres, animales, plantas.

LucreciaTodo parece indicar que en la pretensión de un futuro urbanístico de la ciudad se escribirán nuevas historias de olvido. Atrás quedaron las de algunas quebradas que fueron asfixiadas por el cemento que cayó inclemente sobre ellas y las de ríos que fueron obligados por canalizaciones a desviar su cauce. Es posible que esta vez también sean sepultados los intentos que se forjan en casas de la memoria para que no se repitan hechos como éstos. En su carrera continua de transformación, de contribución a la sostenibilidad del ambiente urbano parece que los hombres han olvidado que no pueden hacer tierra, ni agua, ni animales, ni sol.

¿Será que los encargados de la realización del proyecto de renovación urbana no se han puesto a pensar en la coexistencia digna de la especie “más inteligente” del planeta con otras especies?

A Lucrecia de nada le servirá su cola látigo para defenderse de sus enemigos. Una tarde la encontrarán rígida con el color del cemento su piel si ella no logra entender pronto el por qué se siente extraña en paseos desprevenidos por su nicho, si no le dan tiempo de emigrar del lugar por donde incursionan nuevas intenciones de modernidad, si a personas o entidades de protección de la flora y la fauna no se les ocurre llevarla a un espacio donde pueda continuar viviendo serena cerca de otras iguanas.

 

Perfil

Soy una iguana de hábito diurno, sedentario y sociable. Soy reverente: no le hago daño a nada ni a nadie.
Al contrario del hombre, para sobrevivir no me enfrento con otros. Alimento mi cuerpo pardo grisáceo con frutas, insectos y plantas que puedo encontrar fácil sin bajar de los árboles.
No sé lo que es el futuro, no entiendo por qué el hombre arrasa, destruye, desplaza a los de mi especie y nos obliga a tomar rumbos insospechados.
No busco trabajo. En mi desarraigo, el trabajo me lo imponen quienes me obligan a desplazarme hacia árboles en zonas urbanas.
Mi especie y yo por lo general no tomamos decisiones ante la devastación pero una fuerza extraña nos dice que ha llegado la hora de denunciar al hombre y a toda obra arquitectónica que nos obligue a desplazamientos forzados. Ha llegado la hora de tomar café a la hora del té.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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Aoketekete y otros relatos del río – 4

La Zenaida

Ángela María Salazar Álvarez

Ángela María Salazar

Ángela María Salazar

 

Pocos saben que la torcaza lleva el nombre de una princesa de la alta alcurnia europea: Zenaida. Nombre de reminiscencias mitológicas clásicas. Zenaida, la hija de Zeus, el dios supremo del Olimpo.

La Zenaida llega en bandadas a las orillas de la quebrada El Ahorcado, ubicada en la zona Nororiental del valle. Desciende desde lo alto de la quebrada hacia la desembocadura del río Aburrá. Juntas parecen nubes espesas que cubren de un color grisáceo toda la orilla, ocultando la tierra.

Quedé estupefacta ante el alboroto de esos millares de aves al levantar vuelo. Era un ruido semejante al del trueno. Descubrí que sólo quedaba una en el piso. ¡Qué hermoso animal!, siete u ocho plumitas escamadas del mismo color formaban un pincel en sus oídos. Las patas eran fuertes y rojizas, su cola larga de plumaje blanco pendía hasta tocar el suelo, su cabeza pequeña de tono celeste y su ligera tonalidad dorada en el pecho. Lo identifiqué como un macho pues las hembras son de un solo color y más pequeñas. Observé que le faltaba un ojo. Al momento desapareció de mi vista alzando vuelo hacia el nacimiento de la quebrada. El viento silbaba entre sus alas y la vi perderse en el ocaso.

Decidí seguirla, al llegar al nacimiento la encontré. Estaba en una rama de la acacia cuyas flores caían en cascada, era inconfundible. Intenté acercarme a la Zenaida, fueron casi seis meses para lograr mantenerme a su lado sin que ella se alejara. Un día trepé al tronco de la acacia y era tanto el cansancio que me quedé dormida. Su voz tenue susurró en mis oídos y como un torrente, inició su historia:La Zenaida

“El diluvio duró cuarenta días sobre la tierra. Crecieron las aguas y levantaron el arca que navegó junto con aves, ganado, animales y todo ser viviente inclusive el hombre. Todo cuanto respiraba, todo cuanto existía en tierra firme, murió.

Es lo que nos espera, hace más de 40 años era un sitio lleno de naturaleza, rodeado de bosques nativos compuestos por ceibas, laureles, búcaros y tulipanes que entre sus ramas albergaban aves y animales como iguanas, serpientes, zorros, nutrias y babillas. Vivíamos felices, la quebrada arrastraba en sus aguas enormes sabaletas, bocachicos y doncellas que al llegar a la desembocadura y encontrarse con el río Aburrá eran atrapadas por muchos pescadores.

Ahora un gran peligro nos acecha, el aumento de los pobladores. Las quebradas empezaron a estorbarles, había que canalizar y tapar la quebrada. En 1970 decidieron encauzarla desde el sector de Palos Verdes en el barrio Manrique hasta la Universidad de Antioquia. Trajeron maquinaria, personas expertas para construir un túnel, semejante a un ataúd, una bóveda reforzada con barras de acero y marcos metálicos. El olor a muerte se apoderó de todo, el desastre fue total, miles de peces murieron, los cedros caían y de sus ramas brotaba la savia, sustancia pegajosa a la cual se adherían las aves sin poder escapar de una muerte lenta. Y de la nutria, ni hablar, buscó salida a otro río.

Mis ancestros lo intentaron todo, atestaban las orillas de la quebrada protestando con sus Kghu…ghuu…ghuuuh. Pero la dura indiferencia del hombre empeñado en usar cada vez más cemento hizo que el llamado fuera inútil. Muchos de los nuestros murieron, otros tantos emigraron, hoy solo contamos con algunas especies de aves alrededor del río, que día a día luchan por sobrevivir, y yo me uno a ellas“.

Anochecía. Sobresaltada abrí los ojos. Mis brazos habían sido víctima de los zancudos. Las imágenes pasaban y no entendía qué había sucedido. La Zenaida no estaba a mi lado, me bajé de la rama, corrí, y a unos metros la encontré tendida en el piso con un perdigón en el pecho. Dos chicos corrían por entre los matorrales, huían al percatarse de mi presencia. La tomé entre   mis manos, su cuerpo aún estaba tibio pero intuía que había muerto. Lloré y lloré como si fuera parte mía, como el día en que cargué a mi madre antes de entregarla al horno crematorio.

 

Perfil

Mi nombre completo es Zenaida Auriculata y algunos me llaman Orejuda. Ese apodo no me gusta porque en realidad mis orejas son casi invisibles, aunque escucho muy bien. Vivo en Medellín pero no tengo residencia permanente. Me ha tocado construir mi hogar hasta en un poste de energía eléctrica porque cada vez hay menos árboles. Todos los días viajo por la ciudad buscando alimento, y eso sí, he aprendido a “pillarme” las migajas que dejan caer al suelo los demás habitantes de esta villa. He sido víctima de persecuciones y acoso y tal vez por eso he logrado una gran capacidad de adaptación, aunque temo que un día eso será insuficiente para sobrevivir. Tuve a mis dos pichones a quienes cuidé hasta que tuvieron edad para independizarse. Y sí que me costó, porque no querían abandonar el nido, pero a punta de picotazos los obligué a hacerse cargo de su destino. He volado mucho y creo que me veo algo deslucida, pero eso sí, aún muestro orgullosa el collar de plumas iridiscentes que me regaló la naturaleza. Hoy puedo continuar mi vuelo hasta el rincón más lejano del orbe, hasta el ocaso de la mar.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

 

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