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Archive for 28 marzo 2019

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa
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Como una rama

Ángel Galeano Higua

 

UNO

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta el amanecer. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada esperó, haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

DOS

De un tiempo para acá el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. Quizás no escuchó el llamado. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. Pero la cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Gritan su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y ven, además de Nabuco tirado junto a la puerta, a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

TRES

Un carro con cabina especial para que los obreros arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo anunciaron días atrás en el periódico. Hoy talarán ese y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La empresa constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.

CUATRO

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitiré que tumben el árbol. Si el árbol cae, caeremos con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas y se amarró a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.

CINCO

¿Cómo está vestida?… ¿A qué hora la vieron por última vez?… ¿Notaron algo raro en ella?… No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?… Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar… No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?… Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…

SEIS

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla…
¿De quién es ese perro? ¡Deténganlo!.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.

SIETE

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar la niña amarrada allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando muchos niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol ya sabido, llevando una cuerda en sus manos, dispuestos a amarrarse también como si fuesen una rama.

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Este ejercicio hace parte del libro titulado Los niños de Aquitania, de la Colección El Aprendiz de Brujo, publicado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

Puede leer el cuento completo Los niños de Aquitania en: https://angelgaleanoh.wordpress.com/2019/03/24/los-ninos-de-aquitania-2/ 

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María de Jesús Hernández Jiménez (Barranquilla), autora de “El único libro”.

El único libro

María de Jesús Hernández Jiménez

Cuento

Desde el taxi que la condujo del aeropuerto a la casa, repasó las calles y las viviendas campestres de antaño, donde el tiempo decidió reposar allí, muchos años, cansado del eterno trasegar. El panorama produjo en Sofía la confortable sensación del regreso. Volver a la tierra amada, a la vieja casona afianzada a la fortaleza de su mano, aumento la prisa por abordar el transporte hacia el lugar resguardado de sus recuerdos.
Los años borraron las huellas de la presencia materna en la mansión y el vuelo de un tiquete sin regreso la alejó para siempre de la niña cuando la infanta se acercaba a la pubertad. Las cartas del abuelo engrosaban el correo mensual traído a la casa de estudios, la última misiva olía a un receso temporal en la escritura, causado por los quebrantos de salud del anciano, ahora ella será la que infundirá ánimos, en el intento por conseguir el rápido restablecimiento del mal que llegó sin avisarle.

Primer libro de cuentos escrito por María de Jesús Hernández Jiménez, impreso en los talleres de la Fundación Negro Sobre Blanco Grupo Editorial.

Vestida con toga y birrete, Sofía recibió el doctorado en Literatura Moderna, becada por la universidad extranjera. Después aligeró los trámites consulares requeridos para validar los títulos logrados y acortar la espera para viajar. El día anhelado llegó convirtiendo su corazón en el galope de un caballo desbocado. Al respirar el aire nuevo al bajar del avión, la atmósfera calentana y el olor a tierra mojada apaciguaron un poco el inmenso desespero por llegar al hogar.
El rin-rin familiar del aparato instalado muchos años atrás le confirmó el feliz regreso a casa. Entre abrazos y besos con la nana, pudo escuchar la voz del abuelo procedente de la biblioteca, caminó con prisa hacia la puerta grande pues quería canjear la ausencia prolongada por los mimos y abrazos protectores del abuelo. Lo imaginó sentado en la poltrona escondida entre los estantes llenos de libros, como solía hacerlo desde que ella era niña. Sabía que lo encontraría en ese lugar favorito de ambos. Años atrás supo, por su madre, que a los pocos días de nacer el abuelo la tomó entre sus brazos emprendiendo el camino directo hasta la biblioteca, puso a la bebé en contacto con los libros, cuidados con esmero y con el orden ideado por él, y años después le enseñó las letras. Este fue el comienzo de la rutina diaria por más de dieciocho años.
Durante ese lapso, Sofía amó la lectura, pasión que fue decisiva al optar por especializarse en las letras modernas, después de obtener el grado preuniversitario.
El ingresar a la biblioteca quiso contarle al viejo bonachón acerca de los conocimientos adquiridos, sobre el valioso aporte de la literatura de los escritores modernos, deseos que se nublaron al tropezar la mirada con el sillón favorito del abuelo y encontrarlo vacío.

Angustiada, sacudió los libros del estante, los abrió uno por uno para despojarlos de los come papeles que pululaban entre sus páginas carcomidas, deterioradas. Algunos caían al suelo, otros se descuadernaban.
Perpleja ante el desarme, pasó la mirada sobre la alfombra de escritos. Mientras se agachaba, alcanzó a leer fragmentos de frases superpuestas en las hojas moribundas.
Una cosa es… está vendida… Al despertar Gregorio Samsa… gritó al entrar… ¡pobre hijo m… Trágico 1922… aquel joven, sentado en su vieja buhar… mann Hesse… El principito dijo… Caperucita , Barba Azul, pequeños liliputienses… azos se metieron por los balcones… que manejaban los músic…
Los estantes de madera roída de la biblioteca del abuelo, eran una apología al caos, las hojas rotas, desprendidas. Las portadas resquebrajadas formaban un rompecabezas de letras, imposible de volver a armar. Como si los clásicos se hubieran cansado y pidieran jubilación, después de haber sido repasados por las manos del anciano desde su adolescencia. O si el tiempo les hubiera debilitado las fuerzas con que se unían a los lomos empastados, o como si se amotinaran para protestar por la próxima llegada del boom de la nueva literatura, los best sellers. Tal vez protestaban por la ausencia del fiel lector, después de transcurridos seis meses desde la última vez que lo vieron salir con su caminar lento y traspasar la puerta de la biblioteca para no volver jamás. A lo mejor no quisieran ser desgastado otra vez por manos desconocidas y carentes de la sabiduría de los descendientes que ahora ocuparían la casa. Como si se suicidaran al comprender la ausencia del gran amigo.
Al atardecer tuvo miedo de entrar al salón lleno de armarios, anexos a la poltrona, herencia de los ancestros y no encontrar la figura del viejo acomodado en el sillón leyendo un clásico por enésima vez. Después se arriesgó a tantear el salón en penumbras, donde una débil luz plateada bañaba el arrume de cartones y papeles a la entrada de la biblioteca. Era el último recuerdo tangible del abuelo, era su vida entera mezclada en ese ripio de hojas, su espíritu que se despedía para siempre junto a sus recuerdos.
Perdida en divagaciones, mirando sin mirar, la débil luz lunar se desplazó un poco para mostrar el único libro que permanecía ileso a pesar de la hecatombe de letras. Aparecía como una tabla de salvación en el mar de gotas que ya comenzaba a anegarla. Estaba intacto, ni el tiempo ni el descuido pudieron dañarlo. Abrió sus páginas y el mar se desbordó, las palabras aparecían incoherentes, las frases sin sentido, como desordenadas al azar.
El reto era descomunal, pero el abuelo se lo merecía. Copió palabra por palabra en pedazos de papel y comenzó a armar el rompecabezas. Era un libro de escasas páginas, lo que le facilitó el trabajo. Puso la última palabra sobre la mesa cuando el día comenzaba a despertar, miró su firma, leyó con cuidado el contenido y se sorprendió. Era su testamento, le heredaba la totalidad de los libros. El mar volvió a asomar. Al conocer la herencia de la biblioteca vacía, volteó la cabeza con tristeza hacia los estantes, pero, de pronto, como por un soplo mágico aparecieron llenos de los valiosos libros del abuelo, incluyendo el testamento.

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Este cuento quedó finalista en el Primer Premio Internacional Gabriel García Márquez en 2016.

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Doris Aguirre (izq) conversando con la autora de “Algo tiembla por dentro”, Nubia A. Mesa. (foto archivo)

“La delicada irrupción de la catástrofe”

Doris Elena Aguirre Grisales

Algo tiembla por dentro, de Nubia Amparo Mesa, es una novela en la que se asiste a los descubrimientos en la vida de una mujer: descubrimientos del miedo, del dolor, del amor, del placer, de la decepción, de la pérdida y del encuentro de sí.
En Algo tiembla por dentro la narración nos lleva por los senderos lineales del relato literario (pero por los vericuetos insondables de la vida) a las distintas etapas de la vida de Paloma, la protagonista, a esas estancias y momentos cruciales de la existencia que determinan su transformación.
Aparentemente, sólo en apariencia, creemos encontrarnos en medio de un leve y calmo paisaje interior, pero en ese horizonte aparecen los nubarrones, la desazón, las conmociones que moldean la vida y modifican los caracteres.
Quizás los méritos más notorios de esta novela sean la cuidadosa construcción de los personajes, perceptibles e identificables en su diferencia, aun desde la impersonal narración en tercera persona; la morosa descripción de objetos, lugares, costumbres, momentos, como si de estampas y aguafuertes se tratara, y el suspenso y la tensión, anunciados, y hábilmente sostenidos, hasta el final.

Los Aprendices de Brujo, acompañando a la autora. (foto archivo)

No menor, y particularmente bien manejado, es un elemento ya empleado por Nubia Amparo en Las voces que trae la brisa, su libro de cuentos: la delicada irrupción de la catástrofe que, aun así, sin aspavientos, modifica el paisaje de los personajes y los entrega, otros, pero más vivos que nunca, al final.
Algo tiembla por dentro cuenta, en últimas, la historia de amor (y, por ende, e desamor) de la protagonista, el desovillar de sus ilusiones y el enigmático sentido de las pérdidas.
Es también una verdad, en últimas, que en esta novela se concreta una voz narradora, se identifican un tono y un ámbito literario conquistados, los de Nubia Amparo Mesa. Los lectores quedamos a la espera.

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Texto de presentación de la novela leído por Doris Elena Aguirre Grisales, Periodista, Editora y Docente de la Universidad de Antioquia.

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Algo tiembla por dentro, este miércoles 13 de marzo en la librería Grammata. 6:30PM. Por tal motivo, y con la venia de su autora, compartimos con nuestros lectores el primer capítulo de ésta, la primera novela de Nubia Amparo Mesa Granda, publicada con el sello editorial de la Fundación Arte & Ciencia.

Nubia Amparo Mesa Granda, “Algo tiembla por dentro”. (archivo)

Algo tiembla por dentro

Nubia Amparo Mesa Granda

Capítulo uno

En segundos eliminó, una a una, esas imágenes que aún conservaba como testimonio de un pasado que llegó a pesarle como un fardo. Solo dudó cuando se vio con el cabello negro explayado sobre la almohada, un brazo bajo la cabeza, los labios entreabiertos y una mirada seductora, que él captó con sus ojos de artista. Ese era el registro de un momento que solo ellos compartieron, y borrar ese vestigio era un intento por diluir los recuerdos. ¿Existió? Si no hay huellas impresas queda la duda. Al deshacerse de la fotografía esperaba iniciar un nuevo viaje, menos ligado a los sucesos y más cercano a la imaginación. En adelante el álbum de su vida estaría constituido por nuevos parajes, podría verse y ver el mundo desde su perspectiva única.
Necesitaba dar ese pequeño paso antes del encuentro de esa tarde. Era sábado y acudir a la cita podría ser como un exorcismo, el momento esperado para desterrar la melancolía. En el espejo detalló sus dientes parejos, un tanto separados, que le daban un aire infantil a pesar de las arrugas alrededor de sus ojos. Estoy vieja— pensó— la belleza se aleja como en una maratón.
Pero ese día quería verse espléndida, no podía permitir que él la viera deslucida. Inició su ritual de belleza. Un baño largo, un masaje corporal con crema humectante, mascarilla para descansar los ojos y un enjuague especial para el cabello—. ¿Qué vestido me pongo? Tenía que escoger uno que no acentuara la grasa de su abdomen, destacara sus piernas sin dejar ver las venitas que se asomaban como arañas por detrás — y que se me vean los hombros—. La memoria de su piel le recordó cómo los besaba él. El ritual comenzaba ahí y luego continuaba en el cuello, en los oídos, en los ojos, en la boca, y después…— Cómo perdía la conciencia y me abandonaba a su decisión.
Ese día Paloma debía cumplir otros compromisos antes del encuentro pactado con Jorge en una cafetería del centro de la ciudad. Debía visitar a su madre que la esperaba siempre para almorzar, conversar un poco y encomendarle algunas diligencias. También debía cancelar cuentas y llevar unos zapatos a reparar. Se sentía agobiada. Apenas aceptaba su condición de mujer separada y quería dar un giro hacia nuevos horizontes. Después de que Consuelo cerró el almacén ese era su principal reto.
Empezó a trabajar en la tienda desde muy joven. La contrataron como vendedora y promotora. Su excelente figura y los finos modales eran su mejor carta de recomendación. Esas cualidades la convirtieron en la mejor vendedora, pues las mujeres sentían que al aceptar su sugerencia también podrían parecerse un poco a ella. Con tesón y disciplina logró el cargo de administradora, y quizás si las circunstancias no la hubiesen obligado a dejarlo, seguiría allí, sujeta a ese mundo como si fuese el único en el cual podía andar sobre seguro.
Eligió el vestido azul que le dejaba la espalda al descubierto y la hacía ver delgada. —Todavía recuerdo cuando Jorge entró con esa cara de distraído que siempre me enternecía… El maquillaje es muy importante, leí en una revista que una mujer adulta no debe usar mucho, solo el justo para ocultar imperfecciones y destacar algún rasgo—. Puso un poco de rubor en las mejillas y brillo en los labios. —¿Cómo estará él? En la foto vi que tiene barriga, pero su sonrisa sigue siendo cautivadora—. Abrió la cortina y frente a la ventana se dio la última mirada en un espejo de mano. —La luz directa es implacable, tengo que asegurarme de que me veo bien—. Un rayo de sol cayó perpendicular sobre su perfil. Recorrió cada parte de su rostro, los ojos color miel, la nariz recta — él decía que se parecía a la de Nefertiti —. Los labios carnosos, los pómulos altos — estas arrugas de las comisuras son las que más vieja me hacen ver—. El paso de los años estaba impreso ahí, pero algo hacía que se mantuviera bella, tal vez su mirada serena y esa sonrisa que al desplegarse lo entibiaba todo.
Una vez reconfirmada su condición de mujer seductora se aprestó a salir. Quería que las horas pasaran veloces.

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Nubia Amparo Mesa Granda hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Autora de cuentos, crónicas y reportajes. Hace parte del Comité Editorial de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

 

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación en edición impresa
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Andrés Osuna Solar, La ninfa del aguá es su primer libro.

La ninfa del aguá

Andrés Osuna Solar

El hambre lo acosa. Sabe que hay un pez en el Pozo del Aguá. El misterioso manantial está cerca del pueblo, rodeado de gigantescos árboles de caracolí. En sus aguas cristalinas se encuentran sardinas, mojarras, moncholos y un enigmático pez que nadie molesta. Es la ninfa de la oquedad. Cuando alguien intenta atraparla, se hace muy pequeño o adquiere tal tamaño que engulle al pescador.

Busca la caña de pescar, un cebo, un costal y toma el camino del pozo. No hay una sola nube. El calor es abrasador. En silencio, los pájaros se protegen en la copa de los árboles con el pico abierto para regular su temperatura. El viento cálido de noviembre agita las hojas veraniegas y silba en sus oídos.

Ilustración de Lina Ceballos

Atraviesa la calle y vira por el camino que conduce a la fuente, una galería del follaje de grandes árboles de bonga, algarrobos y matarratones que al dejar caer sus hojas, forman una tupida alfombra en el sendero. El sonido de las hojas secas movidas por el viento le da la impresión de que alguien lo sigue.

Al llegar todo está en silencio. Constata una solemne desolación. Enciende un tabaco y después de tres aspiraciones profundas, comienza a rezar. Cuando termina la oración, arroja el anzuelo al agua. Permanece quieto, expectante, con la mirada sobre la superficie. Siente temor al recordar las historias, la piel se le eriza y las piernas le tiemblan. Al ver las sombras de los árboles moviéndose en el agua, imagina que el monstruo salta y lo engulle. Es tal la impresión que su respiración se torna agónica, como si se diluyera en los jugos gástricos del pez. De pronto, un fuerte tirón y luego otro y uno más. Impulsa la vara hacia atrás, pero aquello es tan pesado que no lo puede sacar. El animal hace giros, formando un remolino en el agua que le atemoriza.

En su agotamiento, hace una nueva pausa y reza. Luego toma aire. Lleno de arrestos, hala con fuerza y lo saca. El pez comienza a saltar y a emitir sonidos extraños. No sabe si correr o luchar con él, lo golpea con el machete y lo inmoviliza. Extrae el garfio de la boca del pescado, lo observa, es muy distinto de los que conoce. Lo echa en el fardo, lo carga al hombro, agarra la vara y de prisa se dirige a casa y lo deposita en la nevera.

En ese momento llega Adelaida, una vecina: Juan, necesito que me haga este mandado… Le entrega cinco mil pesos y una lista. Al regreso le paga con una libra de arroz. Tengo un pescado grande para arreglar, dice él, ahora que lo escame le traigo una porción.

Afila su cuchillo y dispone una ponchera con agua sobre la mesa del patio para escamarlo. Abre la nevera para sacar el pescado, pero descubre que el interior de la misma se ha convertido en un túnel de infinita espiral. El escualo, que nada en su interior, lo muerde y lo arrastra. Aterrorizado, Juan grita pidiendo auxilio.

Algunas personas acuden y ayudan a buscarlo, pero no lo encuentran. A Adelaida le parece que los gritos provienen de la cocina y se dirige hacia allí con mucho temor. La puerta de la nevera está abierta, se acerca y descubre el túnel, y dentro de él ve a Juan que bracea angustiado, pidiendo ayuda, mientras el pez lo arrastra hacia el fondo de la oscura garganta. Horrorizada, grita. Al instante el túnel desaparece y Juan es expulsado. Tembloroso, con la vista perdida, balbucea una sarta de palabras en un lenguaje extraño, y todos comprenden que ya no volverá a ser el mismo.

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Este relato hace parte del libro del mismo nombre, en el cual se incluyen Señales del cielo, El desafío y Encuentro en el Metro. Es el primer libro escrito por el autor y hace parte de la Colección El Aprendiz de Brujo, Editado por FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, Agosto de 2018.

 

 

 

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Las delicias de una buena conversación

Con Leonardo Muñoz, celebramos nuestra primera década como Grupo literario. (archivo)

Con gran entusiasmo, los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo iniciaron los eventos de celebración de los primeros 10 años del Grupo programados para el 2019. Para empezar, el invitado fue Leonardo Muñoz Urueta, oriundo de Magangué (Bolívar), autor de dos libros de cuentos: Bajo el naranjo y Acuérdate del tahine, ambos editados por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA.

Con su novela Dulce de caballito, obtuvo el primer lugar en el XI Premio de Literatura Infantil y Juvenil “Barco de vapor”, que será publicado en Mayo durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Los eventos tuvieron lugar el martes 26 de febrero en la Sala Abierta de la Biblioteca Pública Piloto y en Otraparte el sábado 2 de marzo. La conversación con Leonardo la condujo el escritor y periodista Leandro Vásquez Sánchez, miembro del Grupo Literario.

Leandro Vásquez conversa con el escritor invitado, Leonardo Muñoz, en la Biblioteca Pública Piloto (foto archivo)

El encuentro en Otraparte, las delicias de la conversación literaria. (archivo)

Historias de amor y duelo cogen vuelo en el contrapunteo de una atmósfera típica de la Costa Caribe, donde el ritual preparatorio de un acanelado dulce de plátano maduro va de la mano con el aroma de un amor compartido, poniéndonos sobre aviso de que un nuevo talento asoma su pluma en el paisaje de la literatura colombiana.

La mejor forma de empezar a celebrar los primeros 10 años del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ha sido leyendo con anticipación la obra de Leonardo y luego conversar con él sobre los intríngulis que lo impulsaron a escribirla. Es la comunicación del escritor-lector, ambos creadores alrededor de las historias. Uno de los hitos del Grupo es descubrir que leer y escribir hacen parte del mismo fenómeno creativo.

Leonardo nos regala su risa caribeña, pero en ella se atisba el drama de una tragedia nacional. Barrer las hojas secas de un naranjo plantado en mitad de un patio polvoriento, se convierte en solitario escenario para plasmar el monólogo de una madre que sufre lo indecible por la muerte de su hijo a manos de una gavilla de asesinos que asola los pueblos. Un manjar de comidas hecho de palabras, con sabor a Caribe. Historias con el menú de recuerdos que se debaten entre el dolor y el aroma, la angustia y las recetas. Una pizca de dulce para la herida abierta, la búsqueda de un conjuro que se cuece en la imaginación.

El poeta y escritor de San Antonio de Prado, Alejandro Esteban Marín, interpretó varias de sus composiciones para flauta. (foto archivo)

El cuento, Acuérdate del tahine hace alusión a la influencia árabe en la comida del Caribe colombiano y es metáfora de la relación entre las costumbres gastronómicas autóctonas y la memoria.

En próxima publicación compartiremos la conversación desarrollada, marcada por el asombro de un niño que descubre el mundo en las palabras de la abuela, Micaela Rico, y que luego, adolescente, lucha por aprender a expresarse gracias a la amistad crítica con un hombre de 92 años que vive a orillas del río Magdalena, en la Albarrada de Magangué: don Antonio Botero Palacio. ¿Cómo escribió Dulce de caballito?

 

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