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Archive for 28 febrero 2019

A propósito de la sesión especial, abierta al público, que el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, tendrá este sábado 2 de marzo, a las 10AM en Otraparte (Envigado), publicamos este cuento de Leonardo Muñoz Urueta, el escritor invitado.

Acuérdate del tahine

Leonardo Jesús Muñoz Urueta

Acuérdate del día en que llegaste al puerto. Todavía en mis recuerdos puedo verte, Norja, descendiendo las escaleras del barco que cruzó distancias para traerte a este lugar. Te sujetas la falda, la brisa de agosto parece venir contigo desde Siria. Acuérdate, Norja, yo te espero en la orilla con un ramo de jazmines ajados por el calor. Mi mamá me dijo que a ti, desde niña, te gustaban estas flores. El médico Blanco me ha aconsejado que te hable de los momentos pasados, que te diga cerca al oído, tu nombre. Parece como si fuera ayer cuando entraste a esta casa. Pasabas horas en hondos silencios. Acuérdate, Norja, que tú no sabías hablar español. Con esos ojos grises tuyos, parecías una paloma asustada que ha perdido su cielo. Tenías miedo. Yo también estaba asustado. Mis padres me dijeron desde niño que cuando mayor me casaría con mi prima. Tú vivías en Siria. Acuérdate cuando nos casamos, estabas callada, como ahora, que parecemos dos desconocidos.

Un día, sin decirme una palabra, me diste a probar de este tahine que ahora he preparado para ti. El médico Blanco me dijo que te hará bien probarlo. Tal vez con el sabor a limón y ajo vuelvan a tu memoria los días del ayer.

Acuérdate, Norja, que con el paso de los meses aprendiste a decir “buenos días” en español. La casa se llenó de ti, del sonido de tus alhajas, del olor del agua con hojas de hierbabuena que te preparabas en las madrugadas. Hubo días en que te sorprendía hablándole en árabe a las cosas de la casa, como si ellas tuvieran alma. Y le pedías permiso al limonero, en el patio, cuando le arrancabas un limón. Perfumabas la casa entera con sus flores. Acuérdate, Norja, que una mañana, mucho tiempo después de que hubieras llegado, me dijiste con tu profunda voz, cerca al oído, an bajecbik, sí, te quiero, en árabe.

Mamá, ¿Te acuerdas cuando yo era niña y tú preparabas la salsa de tahine? Me pedías que fuera al patio y que arrancara limones, pero antes me decías: Se le debe pedir permiso, si no lo haces a él le dolerá cuando le arranques sus limones, y entonces su jugo dará un sabor amargo como de vinagre.

Leonardo Muñoz Urueta, durante la sesión del Grupo el pasado martes 26 de febrero en la Biblioteca Piloto (Foto archivo)

Me enseñaste a hablarle al limonero como si él tuviera alma. ¿Te acuerdas? Esta mañana le hablé de ti. Si supieras que en el leve estremecimiento de sus hojas verdes, creo escuchar que me pregunta por ti. Esta mañana vi a papá al lado del limonero. Ahí se estuvo un buen rato, parecían dos buenos amigos que conversaban, después de mucho tiempo sin verse. Luego papá, con unos limones en sus manos, me llamó para decirme que le ayudara a preparar la salsa de tahine. Recordé, uno a uno, los pasos de la preparación y en esos recuerdos te veía a ti, mamá. Ponías a cocinar los garbanzos en abundante agua, luego los escurrías y hacías un puré, le echabas crema de ajonjolí, exprimías unos siete limones. Le echabas el jugo y el ajo machacado, lo revolvías con una cuchara de palo. Esa era la salsa de tahine. La untabas en un pedazo de pan árabe y nos dabas a probarla. Ahora papá me ha pedido que le ayude a prepararla para ti. Él quiere que a tu memoria vuelvan los días del ayer. Yo también anhelo que te acuerdes de mi nombre.

Recuerdas que cuando terminabas de preparar el tahine, la casa se llenaba del olor del ajo y de los limones recién exprimidos. Y decías que te recordaban los olores de la casa de tu infancia, en Damasco. Hablabas del cielo azul de tu país, que se abría en el mes de julio. Decías que las nubes parecían sábanas blancas extendidas al sol. Aunque no he conocido Siria siento haberla visto con tus ojos y que anduve sus soleadas calles con tus recuerdos. Me enseñaste palabras árabes y la que no he olvidado era la que me decías en las madrugadas cerca de mi oído, An bajecbik
¿Te acuerdas, mamá, que me dijiste que cuando te casaste con papá, estabas asustada porque te ibas a casar con un desconocido, aunque dijeran que era tu primo? Mis abuelos te habían dicho que tenías que cruzar distancias, cielos y mares para ir al encuentro de tu futuro esposo.

“La vez primera que vi a tu padre fue desde el barco, mientras bajaba las escalas. Me sujeté la falda, era agosto, y agosto en esta tierra es el mes de la brisa de las cometas. Y en medio de la multitud que esperaba en la orilla vi a tu padre tan asustado como yo, en sus manos llevaba un ramo de jazmines. A mí siempre me han gustado los jazmines”.

Me dijiste que aprendiste a amar la presencia y el sonido del nombre de ese desconocido que con manos amables te señalaba las cosas y te las decía en español.

He traído tu traje de novia. A pesar del tiempo que ha estado guardado en el baúl de cedro de tu cuarto, todavía conserva el color blanco de damasco en su seda. Mira cómo brillan estos pétalos brocados bordeados, en hilos de plata. Mamá toca el vestido, qué recuerdos vienen al tacto. Me dijiste que la vez primera que te miraste al espejo, envuelta en tu vestido nupcial, te sentías como una desconocida. Mi abuela estaba a tu lado, te cubría con el velo salpicado de perlas y te decía, Norja, ya tendrás tiempo de conocer a tu primo. Parecías no escuchar, sólo te mirabas al espejo.

— Una novia triste es de mal agüero, Norja —te decía la abuela. Pero tú, permanecías en silencio.
Dirías, más tarde, que lo único familiar de tu tierra era el olor de la salsa de tahine que se había preparado para agasajar a los invitados. Recordarías el olor del ajo y del limón en el preciso momento en que tu novio te apretó las manos en el altar. Un apretón cálido y seguro que te hizo intuir que tenías al lado a un hombre sincero que podrías mirar a los ojos y decirle, An bajecbik. Para sobrellevar la nostalgia por la distancia de tu país, empezaste a hablarle en árabe a las cosas de la casa.

Dos años después nací yo. Me bautizaron Mariana por el nombre de una sobrina de papá que, a los 14 meses de nacida, se ahogó en la orilla de un riachuelo mientras gateaba sola hacia sus aguas. Ayer en la madrugada te despertaste asustada, gritando Ana ma bade tzavey, Yo no me quiero casar. Yo me acerqué a ti y te sequé el sudor de tu frente. Quise abrazarte, pero no me dejaste, parecías no reconocerme. Te calmaste y al ver que te había preparado un pocillo con agua de hierbabuena, me preguntaste mi nombre, yo te dije, soy Mariana, tu hija. Parecías no oírme y mirándome a los ojos, dijiste, es bonito, tienes el mismo nombre de una hija que tuve.

Norja, te traje una foto, mírala, está amarilleada por el tiempo. Fue tomada en el patio, en esta banca, ésta eres tú, tienes puesto el vestido de tul negro con encajes blancos en el cuello, a tu lado está Mariana, recuerda que tenía siete años. Su cabecita está apoyada en tu pecho, tu mano derecha acaricia sus cabellos, éste soy yo, tengo la misma barba de siempre. Al fondo está el limonero. Ha pasado el tiempo y todavía conservas esa mirada de paloma que ha perdido su cielo.

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Tomado del libro del mismo nombre, Editado por FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, Medellín, 2016

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Sábado 2 de Marzo – 10AM

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OTRAPARTE

Sesión abierta al público, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

Con Leonardo Muñoz Urueta


A mi Abuela Micaela

Ingredientes
7 Plátanos maduros de concha oscura
1 taza de agua
3 Clavos de olor
1 Panela

Preparación:
Cada vez que Micaela Rico sentía ganas de probar el dulce de plátano maduro, madrugaba a la plaza de mercado para escoger los plátanos ideales. Con su mandato matriarcal los cogía en la palma de su mano, con las yemas de sus dedos los apretaba, se los acercaba a la nariz y luego iba echando en el canasto los elegidos.

En su soledad sabía que ésa era su manera de consolarse, de recordar a Justiniano Muñoz en las tardes de estío ya sin él.

Los despojaba de su antigua concha en el silencio de la cocina, inhalaba el aroma del plátano maduro que se abría como la flor ambarina de un sexo dormido por siglos a la espera de ser despertado por los dedos desnudos de Micaela y, desde la niebla de su memoria, recordaba el día en que vio por ultima vez con vida a Justiniano Muñoz. Llegó a la casa con su sombrero vueltiao.

Lo vio a través del humo ceniciento de los recuerdos, de pie en el umbral, con su camisa de líneas azules, el pantalón de lino color de arena mojada arremangado y sus milenarias abarcas.

–– Buenos días, Micaela.
–– Buenos días, Justo.
En una taza de totumo ella le ofrecía café sin preguntarle.
–– Micaela, hoy no me esperes para almorzar, voy a comer mote de bagre donde Rosa.
–– Ah… bueno -–contestaba Micaela, reprimiendo en un hilo de voz el incipiente enojo y decía ––aquí vamos almorzar sopa de coroncoro–– Sabía que ésa era la sopa predilecta de Justiniano y luego como para tener la certeza de su triunfo, decía con voz clara y alta: ––… y dulce de plátano maduro.

Leonardo Muñoz (a la derecha) durante la Fiesta del Libro de Medellín 2018. Lo acompañan Bárbara Galeano Zuluaga, Leandro Vásquez y Yeison Henao. (Foto archivo)

Micaela había conocido a Justiniano con otras dos mujeres, Inés y Rosa, la ultima esposa por la iglesia, cada una vivía en casas distintas, se insultaban en sus encuentros diarios, en las compras dominicales en la plaza de mercado, en el parque, en la albarrada, en la misa de seis de la mañana, no obstante compartían sin recelos el mismo hombre.

Micaela siempre ganaba, Justiniano almorzaba dos veces en el día solo para probar el dulce de plátano maduro; ese día aciago no le dio tiempo para almorzar donde Micaela, ni probar el dulce.

En una olla de cobre sobre un fogón de carbón se pone a diluir la panela con una taza de agua, a fuego lento. Aparte, los plátanos se empiezan a moler, que salga una masa ni tan blanda, ni tan dura, decía Micaela en voz alta cuando alguien le preguntaba sobre el secreto del dulce.

A mediodía, la casa olía a dulce de plátano maduro cocinándose, la radio estaba en alto volumen, sonaba un vallenato añejo que contaba la historia de un toro enamorado de la luna, cuando el compadre José Emiliano llegó sudando a la puerta de la casa. “Comadre… bájele a la radio, Justo se nos está muriendo…”.

Cuando se tiene la masa de plátano maduro se echa en la olla, se le espolvorea al azar los tres clavos de olor, con una cuchara de palo se revuelve hasta que el dulce tome el punto.

¿Qué iba a ser de mis hijos sin un padre? ¿Que iba a ser de la criatura que llevaba desde hacia tres meses en mis entrañas? Me dijeron después que, a las doce en punto del día, en la orilla del río, Justo estaba supervisando la descarga de bultos de arroz desde la chalupa y para apresurar la carga se echó un bulto en sus espaldas, dicen que tuvo un derrame interno o un paro cardiaco. El medico Blanco le había recomendado reposo, pero Justo solía responder con gracia “Que la muerte me coja trabajando”. Así fue, Justiniano bajo el sol de medio día en la albarrada, se puso pálido, se orinó en los pantalones y se desplomó. En la albarrada le prendieron los abanicos y le desabotonaron la camisa.

Se sirve el dulce caliente, si se quiere, en hojas de plátano cortadas en forma de cuadros.

Al día siguiente de su muerte me despojé de todo orgullo y fui a la casa de Rosa, la esposa, en donde lo velaban. Ahí estaba en su ataúd de caoba en el centro de la sala, con un cirio encendido en cada esquina del féretro, alrededor estaban sentados los empleados del sindicato de braceros. Cuando entré a esa casa, sentía que me reprochaban mi presencia, todavía hoy ignoro si fue por respeto al difunto o porque esa mujer Rosa también lo amaba y comprendía mi dolor, que me dejó pasar con mis hijos para que se despidieran de él.

En la casa también le hice su altar con sábanas blancas y una mesa cubierta con un mantel blanco crema, encima le puse un florero de porcelana con flores de siemprevivas, un vaso de agua, un velón y, por supuesto, un poco de dulce de plátano maduro en una hoja de bijao.

Todavía hoy, treinta y nueve años después, ­la misma edad de mi hija Lisbeth­­, sigo soñando con Justo. En los sueños él sigue igual como la última vez que lo vi, yo estoy encinta, él llega a la puerta de la casa y yo ni siquiera lo saludo, le extiendo la mano y le digo “Justo, no tengo dinero para comprar los plátanos maduros”, él saca unos billetes del bolsillo de su pantalón, me toma la mano derecha, me pone los billetes en la palma y me la cierra. En la madrugada despierto con la sensación de que Justo me ha dado dinero, pero me encuentro con mis manos vacías.

Ahora en las tardes otoñales, después de que los años nos enseñan a perdonar y recuperar el tiempo perdido, Inés y Rosa, las otras dos mujeres de Justo vienen a mi casa, comemos dulce de plátano maduro en los veranos ardientes bajo la mansedumbre sombreada de las hojas de los almendros en el zaguán. Sentadas en mecedoras de mimbre nos acompañamos en los achaques de una vejez inevitable, ya sin él.

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Tomado del libro Acuérdate del tahine.
Editado por FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA de Medellín

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De la memoria

Dagoberto Rodríguez Alemán

 

Origen y pasado borbotean recuerdos
ellos nos nombran, enigma,
espacio imaginario, instantes congelados.

El tiempo inacabado, liberando la evocación de los días,
el ser como sombra a la deriva,
es imagen de la memoria.

Preguntas y respuestas de un ayer
escudriñan en el olvido,
la edad en la rememoración del hombre.


Este poema apareció publicado en la edición impresa de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 102. El autor reside en Mompox. De la mujeres ausentes es su último libro de poemas editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Un segundo

María Isabel García

¿Qué es un segundo? No te lo diré, te lo mostraré. Es cuando te sientas, te acuestas, te levantas, caminas un paso hacia adelante y otro hacia atrás, te caes, te paras. Abrazas, te besan. Pones a hervir la leche y se derrama. Saludas, agradeces y te despides. La llanta se pincha en medio de la carretera. Sientes caer una gota de agua. Una nota musical te llega. Recuerdas un nombre. Dices te amo. Escribes una palabra, pronuncias otra. Cuentas uno, respiras, sonríes, abres los ojos, apagas la luz, te mueres. Cada cosa sucede en un segundo.


Publicado en El Pequeño Periódico 102, edición impresa. María Isabel García pertenece al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo que se reúne los sábados en OTRAPARTE. El texto corresponde a sus ejercicios de Diario literario.

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Al pie de un almendro

Giovany Arana Loaiza

Caminó hasta la esquina. Convirtiéndose en uno solo con la sombra del árbol se agachó soportando el dolor en las rodillas, aun sabiendo que dolerían mucho más al ponerse de pie. Como si el sonido del plástico fuera un delator ineludible de su condición médica, luchó contra el dolor en sus articulaciones para destapar la primera bolsa con el menor ruido posible. Vació el contenido intentando no esparcirlo con el temblor de sus manos para dejar un solo montón uniforme. De la segunda bolsa sacó una botella de agua y un recipiente de peltre que ya tenía más negro que blanco. Lo llenó con el líquido casi sin derramar ni una gota, y sonrió por eso. Volvió a guardar la botella haciendo un solo paquete con ambas bolsas. Abrazando el tronco del árbol, y en mucho más tiempo del que le tomó agacharse, logró al fin ponerse de pie. Con pasos cortos e inestables cruzó la calle y se sentó en la silla del paradero de bus. Pasaron todas las rutas y no subió a ninguna porque lo que esperaba era al amigo de cuatro patas que todos los días, sin falta, llegaba a las tres de la tarde a comer el alimento que encontraba al pie de un almendro.

garanal78@gmail

Instagram: @garanal78

 


Publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 102, Edición impresa. El autor pertenece al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo que se reúne los sábados en OTRAPARTE.

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