Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 30 octubre 2018

Apuntes de Diario

Campo de práctica

Nubia Amparo Mesa Granda

El diario literario se alimenta de sueños, acontecimientos, lecturas, deducciones, anticipaciones. Nos permite darles cauce a los pensamientos y las emociones. Para un aprendiz de escritor es como un campo de entrenamiento donde ejercita su capacidad narrativa.

Son las seis de la mañana. Dejo la cama y abro la ventana de la sala. Es mi rutina, un ritual para saludar el día. Miro el cielo y trato de entender su lenguaje. Qué dicen las nubes cuando son densas, o las más frágiles, o las que se han teñido de color rosa. Hoy el cielo está limpio de nubes y cuando descorro la cortina, una gran farola suspendida en el espacio me deslumbra con su luz. Busco mi celular y obturo para capturar esa imagen y deleitarme mirándola una y otra vez.
Fue un acto reflejo estimulado por el deseo de constatar los momentos vividos. Ahora escribo sin mirar la fotografía. Hurgo en mi memoria para reconstruir el instante. Busco cada palabra, intento una secuencia, trato de encontrar el significado de la acción.
Párrafo y fotografía son un intento. Constituyen mi diario. En el caso de la fotografía solo realicé un encuadre y di un clic. Pero, cuando escribo registro datos, fechas, nombres, y plasmo mis ideas, fantasías y experiencias. Lo hago, no sólo con la intención de guardar recuerdos y dejar un testimonio de vida, sino como un ejercicio que me abre hacia la literatura, donde no sólo es importante qué decir, sino cómo decirlo. En algún momento podrá convertirse en materia prima para una obra.
El diario literario permite la dispersión de ideas y de temas. Podría decirse que cabe todo: la expresión de un pensamiento que cruzó como una ráfaga, la vivencia que más te conmovió en el día, el registro de una conversación, la descripción de una escena, el esbozo de un personaje. En ese sentido, el diario literario no se rige por los principios de la veracidad, no constituye un documento histórico en sí, aunque devela las visiones del autor y se sirve de sus experiencias para construir una imagen del mundo..

Una experiencia

Sesión especial del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. (Foto de Ángel Galeano Higua)

En el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, cada integrante lleva su diario y lo comparte en las sesiones semanales. De esta manera el autor no sólo escribe para sí. Al leerlo para otros deja de ser a la vez narrador y narratario y pasa a involucrar al lector en sus disquisiciones, aceptando sus interpretaciones.
Es un momento crucial en las sesiones que realiza el Grupo cada semana. Quien comparte algo de su diario, al hacerlo en voz alta, evalúa asuntos de ritmo, repeticiones, palabras innecesarias, y con la ayuda de los demás descubre problemas de coherencia y de precisión que no fueron percibidos en el momento de escribir, puesto que en el diario prima la espontaneidad para expresar ideas y retratar situaciones.
“Al atrevernos a llevar un diario nos convertiremos en cronistas de nuestra propia vida, lo que nos permitirá hacer un seguimiento de nosotros mismos, aprender de errores pasados, probar con nuevas metáforas, seguir el pulso de nuestra existencia”, dice Ángel Galeano Higua, coordinador del Grupo, escritor, editor y periodista, quien, como los demás, despliega toda su capacidad de escucha para “pillarse” algún obstáculo en la comprensión de la idea o la palabrería que opaca la belleza de una frase.
Mantener esa rutina de escribir en el diario se ha convertido, para los integrantes del grupo, en parte de su método para mejorar la capacidad narrativa. “Llevar un diario, ha sido, para mí, una salvación inequívoca, una manera de nombrar mi mundo, de reinventarlo”, expresa Claudia Restrepo Ruiz, quien además de libretas de apuntes ha utilizado su blog como soporte para mantener el ejercicio constante de la escritura.
Llevar el diario literario exige continuidad. De esta manera el aprendiz de escritor comprende, como lo plantea Ángel Galeano, que no hay que despreciar nada de lo que vemos, oímos o palpamos, lo que sucede a nuestro alrededor, incluidos nuestros pensamientos.
Para Marta Cecilia Cadavid Moreno, aprendiz de escritora e integrante del Grupo, el diario equivale a la libreta de bocetos de un pintor. “El ojo del escritor que lleva un diario nunca deja pasar los detalles que observa a su paso: una rosa que brota en las orillas de una quebrada o el agua que corre encarcelada debajo de una calle”. Para ella, esos retazos de ciudad, las reflexiones que plasma y las historias que le cuentan o que presencia, son materia prima de la literatura.

Más allá de lo íntimo

Muchos escritores, que lograron categoría de grandes, llevaron un diario durante toda su vida y admitieron que este tuvo una influencia fundamental sobre su creatividad. Para algunos como Guidé, quien mantuvo el hábito durante sesenta años, tenía una connotación de intimidad. Hablaba en él de sus evoluciones espirituales, del despertar de los sentidos y de los momentos de dolor. En cambio, Anaís Nin expresaba que de él podía “extraer ciertos descubrimientos que pueden ser fácilmente incorporados a otros tipos de escritura”.
En todo caso, el diario permite la expresión individual sobre el mundo por medio del lenguaje. Quien lleva un diario logra transponer su pensamiento y llevarlo a una nueva categoría en la cual pueden entrar otros con la capacidad de leer y entender su código. Y entonces, esa vida narrada se convierte en un tributo a lo efímero de la vida vivida.

nubiamesa456@gmail.com

____

Publicado en la edición impresa de El Pequeño Periódico No. 102.

Anuncios

Read Full Post »

Invitado Especial

El guitarrista que quiso ser invisible

Leandro Vásquez Sánchez

Miguel Ángel Sanz sólo pudo ser guitarrista. No se imagina desempeñando otro oficio. Sin la música su vida sería insoportable. Cree que también es indispensable para los otros seres humanos. Como el agua, el oxígeno y los nutrientes. La belleza, la música, la poesía salvan vidas, dice. Ese ideario lo practica con un entusiasmo casi religioso. Por eso se propuso cruzar el Atlántico para presentar en Colombia un recital con poemas colombianos.

Maestro Miguel Ángel Sánz. En la parte trasera del Instituto donde estudió, vivía un lutier de guitarras clásicas que cuando las terminaba le pedía el favor de probarlas. Era tal la fascinación por esos instrumentos recién construidos, que escapaba de las clases para ir a visitarlo. (Fotografía de Ángel Galeano Higua)

 

Una vocación inquebrantable

Taller de lutier en Barcelona que fabrica las guitarras que Miguel Angel Sánz prefiere. (Foto Angel Galeano Higua)

Su primera guitarra la heredó de su abuelo. Como no sabía tocar, sólo pasaba el pulgar por sus cuerdas. Estaba desafinada de tal manera que producía un acorde perfecto mayor. No tenía que hacer ningún esfuerzo para lograrlo. Pero la guitarra siguió destemplándose. El primer ejercicio fue buscar, otra vez, ese sonido. Así comenzó a explorar los rudimentos del instrumento.

Obtuvo a lidias el título de bachiller y maestro de guitarra. En la parte trasera del Instituto donde estudió, vivía un lutier de guitarras clásicas que cuando las terminaba le pedía el favor de probarlas. Era tal la fascinación por esos instrumentos recién construidos, que escapaba de las clases para ir a visitarlo.

Durante el servicio militar obligatorio, dirigió la banda de guerra porque sabía más de música que su superior. Cuando formaban las unidades, Miguel Ángel decía: a la orden mi coronel, sin novedad en la banda. Para hacer ese reporte necesitó tres meses. Cada capitán hacía lo mismo con su compañía, pero ellos necesitaron quince años de carrera para ganar ese privilegio. Miguel Ángel también fue cornetín de órdenes. Era una satisfacción tocar ese instrumento y ver al coronel ponerse firmes, cuenta.

Gastó mucho dinero en el cuartel, sobre todo en comida. Sus padres se lo mandaban. Buscó un trabajo para devolvérselo. Cuando en una empresa de transporte, dijo que quería el empleo para comprar un piano, lo descartaron. Pero su historia llegó a oídos del gerente de la compañía, quien, para sorpresa de todos, lo contrató. Lo hizo porque el gerente siempre quiso ser músico. Al terminar el contrato, le insistió para que se quedara y se convirtiera en su secretario. Te triplico el sueldo, lo retó. Señor Álvarez, no puedo seguir, yo soy músico, ya trabajé lo suficiente para comprar el piano. Cuatro años después, Álvarez entraba con su esposa a la ópera y lo reconoció en un pasillo: ¡Miguel, qué tal! Bien, gracias, ahora soy profesor en el Conservatorio Superior de Música. Se despidieron con un apretón de manos.

 

La última página

Los poemas de La última página lo impulsaron a entablar un diálogo. El lenguaje que Miguel Ángel eligió para comunicarse fue la música. La guitarra era la intérprete de las sensaciones que le despertó esa relación. Durante varios días sintió cómo emergía en él una tonada. A veces creía que era una pieza de algún otro compositor. Pero no, era la obra que cobraba vida. Por eso, al principio sólo escribió las partituras para cinco poemas. No los eligió guiado por un método. Fue sólo enamoramiento. Había otras poesías que merecían vestirse con la seda de la música, pero debían madurar, reclamar ellas mismas un lugar en su pensamiento.

Entendió que la belleza ya estaba en el poema. Un exceso de protagonismo de la música traicionaría la relación que pretendía establecer. Se corría el riesgo de mancillar los versos. La guitarra sólo debía servir para acompañarlos. Pero con la música, el poema cobró una nueva dimensión. Fue el encuentro de dos niños que desvestían El trompo de Rubén Darío Lotero, trepaban al árbol y espantaban los pájaros de Miguel Méndez Camacho o jugaban a que uno era la Eurídice de Lucía Estrada y el otro la muerte acechando. Al recital se sumaron otros poemas del mismo libro. Los de Pedro Arturo Estrada, Tatiana Guardiola, Jorge Debravo, Luis Hernán Rincón, Álvaro Julián Moncada y Héctor Rojas Herazo. Acompañados por los versos de los catalanes Álex Martínez, Joan Margarit y Miquel Martí i Pol.

 

Medellín, vedetes y poesía

(Izq. a der.) Los poetas Rubén Darío Lotero y Eladio Ospina. El guitarrista Miguel Ángel Sánz y el poeta Álvaro Julián Moncada (de sombrero) y el niño Miguel Alfonso Sánz Contreras. Biblioteca del Jardín Botánico de Medellín (Foto archivo)

El guitarrista me confesó que todavía no termina de leer La última página. Quiere volver a su casa en Cerdanyola del Vallés para hacerlo. Inició la lectura, pero le reclamaba abandonar los afanes. Exigía degustar todos los matices. No intentó finalizarla. Su cansancio físico y mental se lo impedían. El trabajo con La última página no sólo exigía leer o componer las partituras de guitarra. Implicó planear los recitales en Barcelona y en Colombia. Lo obligó a emprender un agotador trabajo administrativo y de gestión junto a las instituciones que lo apoyaron. Pero desde el principio supo que valdría la pena.

En Cartagena y Barranquilla el recital superó las expectativas. Lo mismo que en Medellín, realizado en el auditorio del edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. Poco antes de iniciarse, Ángel Galeano me presentó a Miguel Ángel Sanz, a su esposa, a su hijo y al poeta Pedro Arturo Estrada, quien llevaba una gorra campera negra. A este último le preguntamos cómo iba el Festival Internacional de Poesía de Medellín, uno de los eventos más sonados en la ciudad y que acontecía esa misma semana. Nos contó que este año lo “mejor” eran las poetisas invitadas. Parecían elegidas en un casting. Y nos mostró una revista que lo confirmaba, casi un catálogo de modelaje.

 

Las estrellas cautelosas

El compositor Miguel Ángel Sánz en la Universidad de Antioquia, 2018 (Foto Ángel Galeano Higua)

Miguel Ángel esperaba la llegada de los poetas. Estaba vestido de negro. Su esposa, de blanco. Cuando le tendí la mano a Miguel Alfonso, su hijo, miró al suelo. Dudó en extendérmela, no muy seguro de presentársele a un adulto con un apretón. Olvidó decirme su nombre.

Llevaba gafas, vestía un short, un morral del Fútbol Club Barcelona y un reloj de bolsillo que compró en Medellín porque, a su abuelo, le gustan esas cosas. Participó en el recital desde el comienzo. Una vez su padre escribía la música, podían abordarlo en casa y pedirle que declamara cualquier poema. Gracias a su memoria prodigiosa, no tenía que leer. ¿Sabes qué hacía yo a tu edad? Jugar fútbol en la calle, le dijo Ángel Galeano.

El encuentro con los poetas fue delirante. Padre e hijo presenciaron cómo las voces recogidas en unas cuantas letras, leídas, declamadas y soñadas, vestidas y desvestidas con la música, se hacían personas. Los culpables de su enamoramiento de la poesía colombiana y su periplo por el país, estaban ahora frente a ellos. No imaginaron que la voz de Julián Moncada fuera tan frágil como sus versos, ni que la paciencia de Luis Hernán Rincón igualara a la de los asteroides de El río sin agua. Después de enseñar música, componer, realizar giras por Europa y África, tocar con orquestas, bandas sinfónicas y músicos destacados, Miguel Ángel sintió que estaba delante de unas verdaderas estrellas, no del rock, sino de la poesía. Cuando Miguel Alfonso los saludó, las manos le sudaban.

 

El trompo y el niño

Al comienzo el público esperaba el recital en silencio. Miguel Ángel se sentó con la espalda recta y la guitarra entre las manos, apenas apoyada en el muslo de su pierna izquierda. Ángel Galeano era uno de los rapsodas. Su voz fue recia, profunda y calma, como el rumor de un mar lejano. La de María Cecilia Estrada, invitada a leer los poemas de Lucía Estrada y Tatiana Guardiola, en cambio, era una huida tensa.

Padre e hijo en pleno recital en el Auditorio principal del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. (Foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

La guitarra serpenteaba tras sus pasos. Antes de recitar, Pedro Arturo Estrada contó la historia del maestro José Manuel Arango, a quien alguien le pidió que le permitiera ponerle música a sus poemas a lo cual él respondió: Yo creí que ya tenían.
Me sorprendió cuando Ángel Galeano llamó al escenario a Miguel Alfonso. Es mi hijo, le contó el guitarrista al público mientras ambos sonreían. Lo invitó a participar del recital porque no tenía otra forma de agradecerle su colaboración en los ensayos. Además, su presencia daba un mensaje: la poesía es para compartir, no hay que ser adulto o especialista. El niño de diez años se paró a un lado del atril. Con una mano sostuvo el micrófono y la otra la guardó en el bolsillo. Miguel Ángel introdujo El trompo con un vals, un giro, como el del juguete. Luego Miguel Alfonso declamó, con su voz tersa: Vestir el trompo con delgado hilo/ y en un envión/ desvestirlo… Sacó su mano del bolsillo y lanzó el trompo invisible. La música produjo un golpe, como el de la cuerda al liberar la peonza. Esbelta bailarina de lisas caderas/ danzando libre/ sobre un tacón. Terminó. La música decayó. El juguete también se detuvo, poco a poco, en nuestro pensamiento. Ambos sonríen. Arremetieron los aplausos enternecidos y los ¡bravo, bravo, bravo! emocionados por la presencia angelical de Miguel Alfonso. El niño tendió la mano para que le agradecieran a su padre. Miguel Ángel sabía que él no era importante, pudo hacer su trabajo tras bastidores y nada cambiaría. Quiso ser invisible, como la música. Señaló a Rubén Darío Lotero, el autor, a quien de verdad le debíamos ese estremecimiento. Fue un privilegio redirigirle esa ovación. El niño balanceó su cuerpo, nervioso, hizo una venia y se sentó de nuevo entre el público.

lavasquez1188@gmail.com

_________

Publicado en la edición impresa de El Pequeño Periódico No. 102.

Read Full Post »

Cuando conocimos Lo amador, su primer libro, estábamos ocupados en el Sur de Bolívar persiguiendo un sueño. En las soledades tumultuosas frente al río, sus cuentos se convirtieron en alimento imprescindible. Ahora que él ha iniciado su inesperado vuelo sideral, hemos vuelto a leer estos cuentos y de nuevo hemos sentido esa frescura narrativa que tanto nos alentó.

 

“El cuento es un encuentro repentino con la poesía”

“Lo único que le devuelve la libertad a la prosa es la poesía”

Estas frases de amor que se repiten tanto

Roberto Burgos Cantor

Roberto Burgos Cantor, aprendiendo a escribir.

I
Sucedía ese amanecer húmedo. El salitre venía con el aire y se quedaba enredado en los cabellos, en la piel cada vez que se escurría la sábana. También estaba en la silla al lado de la cama con la lámpara, unos libros y un paquete comenzado de cigarrillos Era uno de los amaneceres más húmedos del mundo. Y el salitre. Lo sentíamos en el piso de baldosas contra los pies descalzos cuando nos levantamos en la oscuridad para buscar el baño del patio. Primero me levanté yo y susurraste que a dónde iba. Después tú, y sucedió lo mismo para darnos cuenta que estábamos despiertos, sin podernos dormir. Parecía la misma sensación de las veces que veníamos del mar y sin sacarnos el agua salada y la arena nos acostábamos desde la tarde.
Toda la noche sentimos los camiones y los perros, los grupos de soldados dando alto y haciendo requisas, los detectives escondidos en la oscuridad silbando para avisar algo, con carreritas de un lado a otro.
Ese amanecer húmedo lo encontraron. Debían ser las seis de la mañana cuando encendiste el radio, aceptando que ya no volveríamos a dormirnos y veíamos la luz por entre las rendijas de la pared de madera. Yo, de espaldas a ti, acostado sobre el lado del corazón, mantenía los ojos cerrados, sin querer abrirlos, sin darme vuelta para abrazarte y saberte allí, preservada. Hacía memoria de los días en que jugando a elegir habíamos venido a vivir en este barrio y cómo escogiste el sitio, una accesoria, así dicen aquí, casa de muchos cuartos pintada de rosado en la pared del frente y con una escalera de piedra para llegar de la calle a la puerta de entrada. En esa altura un aviso con pintura azul: “ARACELY 1era REINA DEL UNIVERSO”, que aún, descolorido, permanece. Lo demás era previsible: el cuarto que da al patio, cincuenta pesos la mensualidad, nada de ruido jovencitos.

____

Reproducido por Ángel Galeano Higua
Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

Tomado de: Lo amador, pg. 53 Instituto Colombiano de Cultura – Universidad de Cartagena. 1980

Read Full Post »

Editorial escrito por Mario Escobar Velásquez con motivo de la creación de la Fundación Arte & Ciencia.

 

De nuestros propósitos

Al consolidarse, mediante la aprobación de sus estatutos por la autoridad competente, nuestra Fundación Arte & Ciencia quiere establecer para la comunidad su razón de ser y delinear los propósitos que la animan.

Integrada por un grupo de ciudadanos ajenos a la política, y dedicados sí a menesteres artísticos o científicos. La Fundación venía gestándose de tiempo atrás. Cada uno de sus integrantes, y todos a una, venían entendiendo lo que suele ser usual en sociedades como la nuestra, cuyo desarrollo armónico es todavía una aspiración, esto es:

Portada de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 40, cuyo Editorial corresponde al texto fundacional de la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA.

A) Que el artista meritorio que cumple una función de belleza en cualquier campo no es algo que la sociedad tolera como un añadido, una superfluidad, sino una parte esencial. Porque la belleza ha sido siempre lo equivalente de una civilización. La una no puede ser sin la otra. Entonces La Fundación quiere estimular, apoyar, y poner de manifiesto ante la sociedad, a sus artistas: de todas maneras, y sea cual fuere el modo que tengan de manifestarse.

B) Igualmente en lo que toca a quienes dedican su vida a la ciencia. Tampoco sin ella hay civilización. Y tanto como el artista, el científico suele ser ignorado, inédito, menosvalorado. La Fundación pretende igualmente estimular, apoyar y poner de manifiesto ante la sociedad, a sus científicos: de todas maneras, y sea cual fuere el modo que tenga de manifestarse.

Lo que nos proponemos como entidad hace una tarea ingente. Los integrantes de la Fundación estamos llenos de voluntariosos ideales, que pretendemos cumplir.

Así lo prometemos.

(Texto escrito por Mario Escobar Velásquez por encomienda de los miembros fundadores de la Fundación Arte & Ciencia, octubre 12 de 1993 y publicado a manera de Editorial en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 40) Archivo general Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

 


Con este libro nació la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA en 1993. Después de esta obra el catálogo cuenta en la fecha con 80 títulos publicados.

 

Read Full Post »

Perfil de Mujer

Habitante de una casa sin paredes

Leandro Vásquez Sánchez (*)

Al conversar con Luz Elena Ibarra me pareció estar bajo un torrente. Sus historias sobre las violencias del país, los desarraigados, los movimientos sociales y comunitarios fluían con una fuerza que amenazó derribarme.

Luz Elena hoy vive en La Cruz, un barrio hermano de La Honda, en Medellín. (Fotografías de Leandro Vásquez)

La Violencia

Nació en 1949 en Liborina, Occidente de Antioquia. Un año después de El Bogotazo. Su papá era liberal y su mamá, conservadora. Cuando las hordas de asesinos arremetían, las mujeres se resguardaban en su casa. Por temor, el papá se llevaba a Luz Elena para el bosque. Allá no se atrevían a preparar ni siquiera alimentos por miedo a que el humo o el fuego los delatara.

Le contaron que su mamá preparaba tapetusa. Como ella sabía oraciones, cuando los militares inspeccionaban, no veían las plantas de caña de azúcar con que hacían el aguardiente, sino pencas de sábila. Su primer esposo le había enseñado los sortilegios. Cuando él no tenía dinero, se convertía en caballo y le pedía a un amigo que lo vendiera. Por desgracia, un día atraparon a la mamá de Luz Elena. Por eso, ella nació en la cárcel.

De su cuello, cuelga una camándula de cuentas traslúcidas. En el velorio de mi abuelo recitó de memoria los “Misterios gloriosos” cuando guardábamos un silencio tenso. Aprendió el rosario de su mamá. Recuerda que el día que la Junta Militar derrocó al dictador Rojas Pinilla, obligó a la familia a levantarse a las once de la noche para rezar por el general. La personalidad de su mamá era compleja. También los juntaba en el patio, todos los días, a las dos de la tarde, y les hablaba de Marx, Mao, María Cano y las luchas por el voto femenino.

 

El desarraigo

Una de tantas reuniones de capacitación de líderes comunitarias en Medellín.

Vivió en Aparatadó, Belén de Bajirá, La Dorada Caldas, Barranquilla, Puerto Berrío, Currulao, Chigorodó, Bucaramanga y otros lugares. Paseó por las ferias de todo el país, junto a su compañero, haciendo fotografías. En el Cauca estuvo con los Liberadores de la Madre Tierra. En La Rochela, Santander, reclamó por el paradero de doce jueces ejecutados. En Popayán, con la Ruta Pacífica de las Mujeres, defendió los acuerdos de paz. En Segovia, participó en la conmemoración de la masacre de 1988. Su casa no tiene fronteras, es un camino que recorre impulsada por el destino y las luchas por la dignidad de los seres humanos.

En el año 2.000, llegó a Medellín acosada por la violencia, después de vivir en Urabá. No conoció suelo más fértil que ese. En su patio cosechaba los mejores alimentos. La riqueza estaba tirada por ahí, los bananitos pequeños no nos los comíamos, afirmó. La exuberancia de la tierra, también fue su desgracia. Una tarde los paramilitares llegaron con notarios a bordo y los obligaron a entregar sus parcelas a precios insignificantes. Luz Elena asistió a una reunión en la que Carlos Castaño les dijo que mañana le entregaban el dinero a las viudas, es decir, asesinarían a los hombres. Y si ellas no querían vender, también las desaparecerían.

Arribó a La Honda, Comuna tres, un barrio que hace pocos días celebró sus veinte años de existencia. Allá estaban entregando solares a quienes participaran en los convites para construir las viviendas. Un día hacíamos la casa de un amigo y al otro, la mía, dijo. Fue terrible vivir la persecución de la fuerza pública a sus hijos. Imaginaban que pertenecían a grupos armados, sólo porque eran desplazados. Además, las bandas querían reclutarlos. A veces me pedían un trapito y sacaban los revólveres para limpiarlos. Me les planté y les dije que no volvieran. Mis hijos no empuñarán un arma, concluyó con bravura.

No fue difícil organizarse. En Urabá ya habían construido tejido. En Medellín, fundaron Latepaz (Líderes hacia adelante por un tejido humano de paz). Ahí conoció a Ana Fabricia Córdoba, la líder asesinada dentro de un vehículo de servicio público. Las dos venían desplazadas de Urabá, eran vecinas y se hicieron amigas de andanzas y compañeras de luchas. En la organización ayudaban a quienes llegaban desplazados. Les conseguían comida, albergues temporales y brindaba capacitación sobre las rutas de atención, que ya conocían por haber arribado antes a la ciudad. Ahora, Luz Elena participa en la creación de un documental sobre Ana Fabricia, un testimonio de una vida atribulada por todas las violencias del país, un grito que desde el infinito nos advierte que la muerte no es posible.

La Cruz

Encuentros semanales de las madres de los desaparecidos en el Parque de Berrío de Medellín, actividades lúdicas simbolizando la búsqueda y la espera de sus seres queridos.

Luz Elena vive en La Cruz, un barrio hermano de La Honda. Una vez subí por una carretera empinada, en un bus cargado de bultos de mercado y pasajeros taciturnos. Mientras yo rogaba en silencio para no despeñarnos, ellos miraban por la ventana, impávidos ante el esfuerzo del vehículo para trepar la loma. Los ranchos de madera y las casas de ladrillos estaban aferrados al cerro, desperdigados entre árboles, plantas y pasto. Después de abandonar la parte más poblada, subimos una montaña pelada, escarpada y silenciosa, poblada de viviendas que parecían ocupadas por fantasmas que eran dueños de los perros famélicos que nos recibieron. Lo más alto estaba coronado por una cruz. Fue hace tanto que no sé si la última parte es un recuerdo o así es como imagino la Comala de Juan Rulfo.

A pesar de que en el barrio viven más de diez mil personas, la administración municipal de Medellín todavía lo cataloga como un asentamiento subnormal y zona de alto riesgo. Las políticas públicas hacen más difícil la vida de sus pobladores. Luz Elena pertenece al Comité por la Defensa y Transformación del Territorio. Ellos no hablan de zonas de alto riesgo, sino de alto costo. Creen que es urgente invertir en el fortalecimiento de los cimientos y el mejoramiento de las viviendas en estos territorios. Las comunidades están dispuestas a ofrecer su trabajo para respaldar este tipo de propósitos. No quieren reubicaciones, sino reasentamientos en sitio. El barrio es una gran familia. El vecino me presta el pasaje, en la tienda me largan una libra de panela. Puedo hacer empanadas y tengo clientela, dijo Luz Elena. Cuando son desarraigados, se quedan solos, tienen que empezar de nuevo.

A Luz Elena hace tres meses la sacaron de la casa que arrendaba. Se fue a vivir a un lote suyo, pero la vivienda se había desplomado. La Corporación Convivamos le prestó una carpa. Las compañeras de la Red de Mujeres Populares la ayudaron a levantar una casa de madera, en la que puede escuchar la lluvia sin que la moje. Tiene una vivienda en Liborina que heredó de su hermana, pero se niega a dejar de lado los afectos, los sueños y las esperanzas forjadas durante dieciocho años de trabajo comunitario. Prefiere vivir donde está. Por lo menos en su jardín puede sembrar cebolla, pimentón, orégano y cúrcuma. Además, habita la ciudad: hogar con techo de nubes, estrellas, soles y lunas.
No es la primera vez que tiene dificultades, ni son las más difíciles que enfrentó. Le duele ver a su familia desperdigada. Cuando habla de ellos, se le nota en los ojos tristes y los labios contraídos, pero confía en que todos tienen la templanza para librar sus propias batallas.

Sara Isabel cuenta con la fortuna de que la habita la fuerza de varias generaciones de mujeres sobrevivientes de la guerra.

Su hijo vive en una habitación del centro de la ciudad. El otro, en Liborina. Luz Elena sólo está con su hija Chavela. Como habitaban una carpa, a Sara Isabel, su nieta, la internaron para protegerla. Cuando Chavela estaba embarazada de ella, caminaban desde La Cruz hasta la Universidad de Antioquia para asistir a un diplomado de servicios públicos y pobreza.

Al nacer, la acostaban sobre el pupitre. Cuando apenas caminaba, marchaba el Día Internacional por los Derechos de las Mujeres de la mano de su mamá y su abuela. Era tal su tenacidad que en el movimiento la apodaron Resistencia. Ahora tiene diez años. Exige sus derechos en el salón de clase. Ya es una activista, dijo Luz Elena con orgullo. Sara Isabel cuenta con la fortuna de que la habita la fuerza de varias generaciones de mujeres sobrevivientes de la guerra. Que no le falte el valor para liberarse de cualquier lastre y caminar por la casa sin paredes que le dejará su abuela.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO, Edición 102, pág. 4 y 5. Septiembre de 2018

_____

(*) Leandro Vásquez Sánchez es periodista egresado de la Universidad de Antioquia, miembro del Comité Editorial de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, autor de innumerables crónicas y reportajes algunos de los cuales hacen parte del libro Perfil de Mujer, publicado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA. Obtuvo el Premio Nacional de cuento convocado por el periódico Qué Hubo en 2017 con el cuento Calle sol. Autor del libro Gambeta, de la Colección El Aprendiz de Brujo.

 

Read Full Post »

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

____

Carné de Aprendiz

“No existo sin el Arte”

Entrevista con Diana Patricia Álvarez

Ángel Galeano Higua

Desde hace muchos años acostumbro conservar ciertos textos de los participantes en las sesiones literarias, tal vez por un prurito de editor que sin darme cuenta he cultivado. De Diana tengo varios, entre los que destaco uno fechado en octubre de 2002, en el cual ella se aventura en la exploración de un cuento leído en el grupo (¿Aló?, ¿Aló?) que recrea la intrincada atmósfera de violencia que cayó sobre Medellín en las décadas de los 80 y 90. Lo que atrajo mi atención fue el enfoque que ella hizo, no del aspavientoso retumbar de las bombas de los narcos, ni el espectacular traqueteo en las noches malditas, sino del silencio, que “tiene voz propia y juega un papel importante en este texto, es un personaje… Para mí, dice Diana, el silencio es un refugio, es el artífice de lo que nunca queremos escuchar…”.

En estos tres lustros Diana ha consolidado su búsqueda en el Arte, que marca su horizonte. En especial la música, hermanada con la palabra a través de la literatura. Por eso halla música en los silencios de ese cuento y la sigue hallando en las lecturas que hacemos de los grandes maestros. Por ese sendero, nada angosto, ha venido soltando sus escritos y alimentándose con lecturas sobre grandes compositores. La pintura, el cine, la fotografía son fundamentales en su diario vivir y los cultiva con la misma devoción.

Sus escritos suscitan asombro por su condensada fuerza, no es amiga de despilfarrar las palabras. Lo que tiene que decir procura hacerlo con el máximo de síntesis, incrementando la tensión. Los silencios deben estar ahí, jugando su prodigioso papel. “Significar sin palabras”. Sin pausas no hay voz, no hay sonido, no hay Arte. Si no tiene algo nuevo que decir, prefiere callar. Por eso en algunas preguntas de este entrevista no debe extrañarnos su silencio. (Cuando le pedí que reconsiderara dar alguna respuesta, me dijo: “Esas preguntas no las respondo porque apenas estoy empezando el proceso, aún no he enfrentado esos dilemas”). De esta afirmación se desprende también su convencimiento de que se halla en constante proceso de aprendizaje. Esa actitud la aparta de todo engreimiento y la impele por el silencioso camino de la curiosidad. Una voz así, suave y tierna, pero profunda y musical, enriquece el proceso de aprendizaje del Grupo.

 

Diana Patricia Álvarez. “El Arte ahhh… la vida. No me pienso, ni existo, sin el Arte. He sido y seré una rebelde”. (Foto archivo)

 

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Vivir mis experiencias con la mirada curiosa y espontanea del niño, con la pasión, el ímpetu y la rebeldía de la juventud. Tener la fortuna de estar siempre rodeada de maestros, que comparten sus saberes, me dejan ser y potencian mi individualidad.

P. ¿Y tu desgracia?
R. Vivir en resistencia entre lo sensible y lo racional con proyectos ambiciosos en el universo del arte, entre el deseo de conocer y experienciar las diversas manifestaciones y no contar con el tiempo para realizarlos, porque el campo laboral me consume.

P. ¿Consideras que has avanzado como lectora, como escritora?
R. He avanzado, porque cada proceso trae consigo mejoras, puedo darme cuenta del avance en mis ejercicios de escritura porque se han convertido en un acto más consiente, más responsable.

Conversando sobre un escrito de Diana en una sesión sabatina: “tengo facilidad para producir asociaciones sonoras cuando leo”.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras una aprendiz?
R. Cuando descubro que el que me enseña es un maestro, en ese momento asumo otra postura, la de la esponja.

P. Hay cierta predilección en tus publicaciones por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?

R.

P. ¿Has publicado ya algún texto?
R. No he publicado.

P. ¿Te gustaría publicar uno de tus escritos?
R. Apenas estoy en proceso de aprendizaje. En estado de absorción.

P. ¿Cuál de tus textos te ha exigido más trabajo? 

R. … (no responde)

Los ensayos que realicé en el semestre (“Literatura y artes visuales”), fueron planteados bajo una óptica musical.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Sí, el mundo sonoro.

P. Como estudiosa de la música, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. La relación es muy pertinente porque ese componente musical me acerca más a la obra escrita, subraya compresiones, hay un período de la música que representa donde se codificaba el sonido para producir emociones, es un significar “sin palabras“, como decía Mendelssohn. Recuerdo que uno de los seminarios que tomé de mi licenciatura se llamaba “Literatura y artes visuales”, los ensayos que realicé en el semestre fueron planteados bajo una óptica musical, tengo facilidad para producir asociaciones sonoras cuando leo, por ejemplo reflexioné a Alicia en el país de las maravillas en relación a la música contemporánea, Alicia en el umbral al nivel de la sensibilidad, que cambia o desaparece para eventualmente volverse perceptible desde otro ámbito con elementos que son comunes que se pueden reconocer pero que están dispuestos de manera diferente, que pueden hacer por tanto que signifiquen o no, que operaran una apertura para la lectura y la experimentación.

P. Si tuvieras que aguardar en un bote sobre aguas tranquilas y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?

R.

P. Para evitar que te condenen a conducir sin salario un bus urbano en Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?

R.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Porque hay resonancias en mí que se conjugan con los intereses de los miembros del grupo. Tienen activo el deseo de escribir.

P. Te piden como pasaporte al paraíso terrenal que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. El Arte ahhh… la vida. No me pienso, ni existo, sin el Arte. He sido y seré una rebelde.

 


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? 
R. Me ha permitido hacer pescas milagrosas. Antes dejaba escapar pensamientos, ahora tengo dónde resguardarlos.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R.Sus recuerdos enceguecen por un instante la pregunta por el código.
– El río pasa en calma, la corriente se lleva su mirada.

– Unos cuantos fragmentos y vestigios de sí mismo lo hacen desdibujar sus huellas.

– No ha retirado su mirada de la inscripción que está abierta, el sonido emerge de allí, rompe con lo codificado, extrae y pulveriza toda relación mental. Hay una cierta grafía sonora que no consigue plasmar en una partitura.

Read Full Post »

Última página de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, No. 102. Ya está en circulación la edición impresa.

Read Full Post »