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Archive for 11/06/18

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Las palabras son un estorbo”

Entrevista con la escritor Leandro Alberto Vásquez Sánchez

Por Ángel Galeano Higua

Conocí a Leandro cuando terminaba su secundaria. Muchacho callado y atento. Su padre me lo presentó en alguno de esos eventos literarios que hacíamos en los colegios, porque sospechaba que su hijo tenía cierta inclinación por la lectura y la escritura. No se equivocó. Desde entonces, hace más de 13 años, Leandro no ha dejado de sorprenderme por su capacidad creadora, esa silenciosa y profunda escucha que lo caracteriza y, sobre todo, la delicada filigrana con que teje sus escritos. Soy testigo de su crecimiento descomunal con el ejercicio de las palabras. Estudió periodismo en la Universidad de Antioquia y como tal fue uno de los líderes de los Encuentros nacionales de TOMA LA PALABRA, experiencia única y maravillosa de una generación que se propuso reunir a jóvenes de todo el país a quienes les gustara leer y escribir. Lo hicieron durante 8 años y sembraron una semilla que algún día el país podrá conocer en su plenitud.

La estoica disciplina que ha construido para leer con lupa de mil aumentos las grandes obras, la devoción con que persigue las palabras y la meticulosidad con que las trata, así como esa vibración de la vida del barrio que lo jala y lo alimenta y lo embriaga, como el balón de fútbol con el cual gambeteó muchas veces, le han llenado su morral de sueños, única propiedad de la que se enorgullece. Su paciencia raya con la quietud, aparente sin duda, porque, como un cazador, es capaz de permanecer a la expectativa mucho tiempo hasta que suelta su zarpazo con un título, un personaje, un cuento, una crónica que nos electriza. Esta virtud, aunada a sus sorprendentes puntos de vista, lo delatan como un creador nato y demoledor. Es capaz de agazaparse en un cuento durante 13 años, para meterle los dientes cuando la historia ya no tiene escapatoria.

En esta entrevista hace gala de su versatilidad en el aprendizaje. Gambetea con las palabras no para lanzarlas fuera del campo de juego, sino para organizarlas en historias de personajes rudos e indómitos, que sufren y les duele la existencia. Que se buscan y se descubren en la fuerza telúrica de las montañas, en el fluir de los ríos y en los silenciosos y profundos bosques. Encuentros y desencuentros, desafíos, enfrentamientos pueriles y violentos. Y para ello las tiene que usar, las palabras, esas que a veces dicen lo que no quería decir. Leandro sabe que para las grandes verdades del corazón las palabras son estorbosas, y que al usarlas se corren muchos riesgos. En ese reto está el encanto, y eso él también lo sabe.

 

Leandro Alberto Vásquez Sánchez. “Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso”.

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Tengo varias: por ejemplo escribir o vivir sin dinero en los bolsillos. Pero sólo hablaré de la más útil: patear el balón con potencia. Mientras otros tienen que llegar al borde del área para chutar, yo puedo marcar un gol desde la mitad de la cancha de microfútbol. Lo que más disfruto es cuando voy a disparar y los jugadores saltan y los arqueros se agazapan de miedo para no ser golpeados por el balón. Infunden más respeto mis cañonazos que mi título de periodista. Me siento más poderoso cuando veo a alguien sobarse un muslo o la cara después de recibir un chute, que escribiendo una noticia. Soy un pésimo jugador y me enfrento con adversarios tan malos yo, así puedo disimular la falta de talento. Cuando era más joven, me preciaba de ser gambeteador, pero con el tiempo me hice pesado. Ahora son escasos los dribles, pero gané en efectividad. Pienso que algo parecido pasa con las historias que escribo: las florituras disminuyen, pero la contundencia es mayor, aunque no es porque con el tiempo el talento escasee, la verdad no sé si alguna vez existió. Tiene que ver más con la tendencia a adquirir un estilo menos pesado, más sencillo.

P. ¿Avanzas o retrocedes?
R. Camino hacía el pasado y recuerdo el futuro.

La condesa de Porroliso fue uno de los primeros escritos de Leandro publicados en EL PEQUEÑO PERIÓDICO y que apareció luego en el libro Perfil de Mujer, antología con motivo de los 30 años del periódico.

P. ¿En qué sentido?
R. La técnica narrativa es el patrimonio de los aprendices. Es imposible contar algo que represente un aporte a la literatura, así sea mínimo, sin conocer la tradición. En ese sentido la lectura es una vuelta al pasado, una forma de saquear a los creadores que nos antecedieron para rastrear los elementos con que se pueden contar nuestras historias. Sin el aporte de ellos no hay futuro, nada puede ser nuevo, aunque la novedad apenas sea recrear en una narración unos procedimientos, un lenguaje o una cadencia poética que ya otros utilizaron. Sin la lectura crítica es fácil caer en las fórmulas. Es decir, resignarnos a aprender dos o tres técnicas de la academia y utilizarlas para contar muchas historias que terminan siendo esquemáticas. Desarrollamos una especie de producción en cadena en la que nos copiamos a nosotros mismos. Así la aventura de escribir se convierte en un trabajo.
En mi caso, creo que la construcción de los personajes también es una vuelta al pasado para crear el futuro. Los personajes son los espejos de lo que fui, seré, pude o quise ser, así no se construyan basándome en una experiencia intima, así esté contando a mi peor enemigo. Ningún personaje es un retrato acabado de mí mismo, pero sí recojo pistas de quién soy y eso me permite descubrir, en mis apuntes de diario o recuerdos, filones en los que se pueda profundizar ese aprendizaje, el del conocimiento de la condición humana desde mi experiencia vital. Es muy difícil entender el pasado expresado en una imagen mental o un apunte, por eso es necesario arrojar la luz del presente sobre estas vetas a partir de los cuales se puede forjar algo que no existía, esos yo inéditos que se llaman personajes. Por todo esto digo que camino hacia el pasado y recuerdo el futuro cuando leo o escribo.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Una noche mientras regresaba de comprar una botella de ron, una patrulla de soldados nos requisó y como el amigo que me acompañaba intentó burlarse de ellos, lo insultaron. Yo reaccioné y les exigí respetó con más insultos, a lo que los soldados respondieron con una paliza a la que me intenté resistir. Aunque no hubo lesiones graves, si me pregunté durante mucho tiempo qué había pasado esa noche. Tanta fue la consternación que me encerré voluntariamente durante seis meses a meditarlo. Sentí que debía contar esa experiencia y otras cosas que me habían ocurrido, pero sólo descubrí que era posible cuando leí Sexus de Henry Miller. Esa voz tan personal, que padecía la sexualidad, su ciudad y el ejercicio creativo con el trasfondo de la guerra, se parecía a eso que bullía dentro de mí. La única diferencia era que yo ni siquiera sabía cómo empezar a contar esas historias que me atormentaban. Fue cuando me vinculé al taller literario de Ángel Galeano Higua y a El Pequeño Periódico. Después de eso han venido muchos maestros, cada libro es uno, los árboles, las piedras y los mayores son otros. Reconozco a los maestros porque ninguno quiere imponerme su manera de ver el mundo, sólo son puentes que me ayudan a guiar hacia afuera esas historias que me cuenta mi maestro interior.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

En este libro aparece Una mujer de aguas tomar, deliciosa crónica que Leandro Vásquez escribió sobre las valerosas batallas que su madre ha adelantado por el derecho al agua.

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Pienso que las palabras son un estorbo. Un símbolo apenas, la pobre representación del sentimiento, la imagen o el pensamiento. Por eso creo que es una tarea casi imposible tratar de expresar algo con palabras. Es un trabajo siempre a medias, imperfecto. ¿Entre más hablamos o escribimos estamos más cerca de la perfección? Yo no lo creo. Entre más palabras tenemos que usar para contar algo, más nos alejamos de la pureza del modelo. Las palabras deben ser las necesarias y las precisas. Nos empecinamos en producir y producir palabras por compromiso. Nos las piden en la redacción, en la editorial o porque nos negamos al anonimato. Entonces viene el síndrome de la hoja en blanco y nos angustiamos y hasta enfermamos porque no podemos escribir. Pero qué hay más perfecto que esa hoja en blanco, que ese silencio. Es la oportunidad para pararnos del computador y escapar a la montaña y compartir nuestro silencio con un amigo, las piedras o los árboles. Pero seguro que a la primera oportunidad, nos tomaremos una foto junto a una cascada y las postearemos en Facebook y cuándo regresemos a casa la hoja seguirá en blanco porque no escuchamos nada y nada tendremos para decir. ¿Por qué le tememos al silencio? Quizás por su inmensidad, no resistimos un precipicio tan profundo y tratamos de llenarlo de palabras. Yo creo que la clave está en explorar ese precipicio. Quizás algún día encontremos ahí algo que valga la pena decir.

El archivo general completo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, desde 1982 hasta 2015, reposa hoy en la Sala Antioquia, de la Biblioteca Pública Piloto. Tanto impreso como virtual, ha sido una gran escuela para cientos de jóvenes como Leandro Vásquez.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado.
R. Se llamó Hay oro en Altamira, fue publicado en El Pequeño Periódico en el año 2006. Cursaba el primer semestre de periodismo en la universidad. Conté la historia de un niño que juega con sus amigos en una de las plazoletas de la Unidad Residencial Altamira. Ellos escarbaban en la tierra y cualquier piedra que descubrían constituía un gran hallazgo, pero el verdadero tesoro era que todavía existieran en la ciudad lugares donde los pequeños podían jugar tranquilos y al aire libre. Aunque ya empezaba a decantar en ese trabajo el estilo de lo que quería contar, historias cotidianas, construidas a partir de personajes, tocando temas como el de la infancia, cada vez que leo esa crónica me parece intrascendente. Recuerdo que en esa oportunidad también entrevisté a Juan Ignacio Bustamante, un ingeniero agrónomo que era administrador de la unidad. Me manifestó que la importancia del lugar residía en unas zonas verdes cuyo mantenimiento era dispendioso, pero yo pasé por alto sus palabras. Ahora pienso que lo determinante era hablar de esos árboles nativos que corrían el riesgo de desaparecer, en una unidad residencial muy cercana al centro de Medellín, una ciudad cuyo principal problema ambiental es la calidad del aire, aunque en ese momento eso no era tan claro, el deterioro ambiental era menor que ahora. Me decidí por contar a los niños porque fue una historia que me conmovió muy fácil, pero ni siquiera a ellos los trabajé a fondo, me quedé en unas apreciaciones muy superficiales sobre su cotidianidad y sus relaciones. No entendí lo que tenía en frente porque conocía muy poco la ciudad y sus problemas. Tampoco supe ordenar y disponer la información que levanté. En las entrevistas me acerqué poco a los personajes, demasiado confiado en que la grabadora se encargaría de registrarlos por mí. Pero el principal problema es que este era un tema que me era ajeno, ese no era mi barrio, ni mi urbanización. Es difícil entender las comunidades desde afuera, hay que darse en el tiempo de escucharlas, de caminar los territorios. Es mucho mejor que los habitantes cuenten sus propios conflictos, ellos sí los conocen.

P. Y del último.
R. El último fue Gambeta. Es la historia de un niño que quiere jugar fútbol y su mamá se lo impide porque puede dañar sus zapatos ortopédicos, los únicos que tiene, porque además el niño es patizambo. Gambeta es un driblador endiablado y escapa del control de su mamá en medio de una emergencia de inundación que amenaza con destruir su barrio. El primer personaje que surgió en esa historia fue Gambeta. Cuando leí un pasaje de Respirando el verano, de Héctor Rojas Herazo, en el que Anselmo enferma después de un paseo al mar, pensé en que era necesario contar algo propio, algo de mi niñez, contagiado por esa cadencia poética del poeta de Tolú. Así despertó Gambeta y se echó a andar y cuándo menos imaginé jugaba fútbol y sufría. Ya no era mi niñez la que contaba, Gambeta tenía su propia fuerza. Eso ocurrió hace trece años, antes de estudiar periodismo. En todo ese tiempo también descubrí que la madre parecía una villana, pero eso sucedía porque no le había dado el espacio para expresarse. Quise ahondar en su historia y su carácter para que ella misma se mostrara. Era la primera vez que trabajaba un personaje femenino, así que fue un maravilloso descubrimiento de ese universo y la relación de sobreprotección que esa mujer sostenía con su hijo. En todo ese tiempo también entendí que el barrio era un personaje y lo quise retratar por medio de una falsa alarma de inundación, un hecho que revela ese tejido de relaciones que todavía existe entre los habitantes de estos lugares, en los cuales un chisme puede desatar tragedias. Las personas se sorprenden cuando les digo que ese cuento fue escrito hace trece años, me dicen que es muy corto, afirman que en todo ese tiempo es posible escribir hasta unas cinco novelas. Pero no es que escribiera el cuento todos los días, sólo lo hacía en las épocas que me quedaban libres entre la universidad, el trabajo, las fiestas, los amigos y las novias. Había que vivir. Ese cuento lo quiero mucho no porque sea una genialidad, sino porque fue mi escuela y me parece increíble que haya sobrevivido a trece años, cinco computadores, tres discos duros dañados, seis formateados, a los virus, a mi descuido y mi torpeza. A pesar de que está publicado, estoy seguro de que todavía no lo termino.

P. ¿Cuál de tus textos te ha ocasionado más dificultades?
R. Para mí escribir es muy difícil. Hace no mucho, quise escribir una novela sobre lo difícil que fue contar la historia de un acueducto comunitario de agua. Llegué a enfermar de gravedad y estuve veinte días internado en el hospital. Cuando quise contar esa historia, no fui capaz, la escritura no fluía a pesar de que me forzaba todos los días. Acudí hasta a una terapeuta para desbloquearme, pero no resultó. Un episodio angustiante de verdad. Creo que fue porque no entendía lo que había pasado y en el fondo no quería hacerlo, era más fácil ignorarlo. Tiempo después volví a escribir un diario, a mano en una libreta, y me queda el consuelo de que eso permitió que la escritura fluyera. Sólo solté lo que me pesaba con libertad, sin cortapisas, sin compasión por mí ni por nadie, sin importar si iba a ser publicado o siquiera vuelto a leer algún día. Logré narrar algunas partes de ese libro que todavía sueño. Espero terminarlo algún día. Si las palabras son algo antinatural, forzarse a escribir o a hablar lo es aún más y lo único que puede resultar de eso son problemas.

Mi barrio de noche (Foto de Leandro)

P. ¿Te persigue algún tema en especial?

R. Mi barrio. Es lo único que conozco más o menos a fondo. Vivo en el mismo lugar hace treintaicuatro años. Pero cuando me reencuentro con esos personajes que quiero contar, descubro que ya son otros: adultos, preocupados por trabajar, producir dinero y obtener placer. Desprecian cualquier cosa que se aparte de ese esquema. Si les cuento que quiero contarlos, poco o nada les interesa, prefieren el anonimato. El espacio físico ya es otro también. Dejo de pasar un mes por una calle y cuando regreso, ya hay un edificio empinado en una cuadra de casitas de dos pisos. Hasta hace poco no sabía que ya había semáforos y por las avenidas que cruzaba desprevenido, pasaban las motos raudas a punto de atropellarme y yo no entendía qué pasaba. Terminé por pensar que ese que yo pensaba que era

Mi barrio al atardecer (Foto de Leandro)

mi barrio, me lo había imaginado. Ya no existe, si acaso algún día existió. Los cambios sucedieron tan de prisa que, a pesar de vivir ahí siempre, no nos dimos cuenta. En cambio, me reencontré con la montaña que tutela mi barrio, un lugar que guarda una memoria mucho más antigua que las calles, las casas y los hombres. Cuando era niño, la caminé con mi familia para elevar cometas, cocinar sancochos o bañarme en los charcos, pero hasta ahora descubro que cada animal, quebrada, árbol o roca puede ser también un personaje. Ese es un tema que me inquieta.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. Llevaría Alucinaje, una historia sobre un muchacho que come hongos alucinógenos. Su viaje psicotrópico es una rebelión contra una realidad que lo mantiene adormecido. Pero esa aventura no es una fiesta de luces y placeres. Como en cualquier viaje que valga la pena, el muchacho se encuentra con sí mismo y no le gusta lo que descubre. Su interior se revela a partir de la relación con el afuera: alucina con que las montañas tratan de aplastarlo, los humanos son fantasmas, su cuerpo se vuelve tan liviano que es incapaz de mantenerse en el suelo. Una aventura en la selva es un viaje alucinante en el que no son necesarios hongos o brebajes. Para delirar es suficiente escuchar el río, sentir los arboles descomunales, oler las flores, sumergirse en la vorágine de animales y plantas. No conozco psicotrópicos más poderosos. Alucinaje me ayudaría a no asustarme, a recordar que sólo soy yo el que se rebela en la naturaleza, a no escapar cuando me descubra en el espejo de la selva.

P. Para evitar que te condenen a barrer todas las calles de Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?
R. ¿Todas las calles? De verdad destruiría cualquiera. No imagino un castigo peor. Pero si me permiten elegir, optaría por los textos que también fueron una condena. Hace unos años, trabajé en un periódico comunitario. Se producía una publicación mensual, pero cuando yo empecé fue necesario hacer la del mes anterior que estaba atrasada, la del mes actual y cuatro ediciones especiales. Todo en cuatro semanas. El equipo sólo éramos el director, un diseñador externo y yo.

Además el director estaba ocupado todo el día desarrollando un trabajo comunitario con el que se sostenía la corporación. Escribir se volvió tan repetitivo como cavar un agujero con una pala. Las salidas de campo eran pocas, me la pasaba ocho horas o más en una oficina pequeña, frente al computador, corrigiendo o escribiendo textos. El escaso dinero que ganaba, lo gastaba en el bar.

Leandro Vásquez (der) cuando ganó el Premio Nacional de cuento convocado por el periódico “Qué hubo”, 2017, con su cuento Calle sol.

Gracias a los aportes de los habitantes de la comuna pudimos salir más o menos a salvo de esa coyuntura. Aprendí poco porque no había un editor que me enseñara. Yo era el redactor, el editor y el fotógrafo. El director ayudaba en lo que podía, sobre todo con las páginas editoriales y consiguiendo colaboraciones. Me equivoqué mucho, mucho. Y el rodaje era de mil ejemplares que, en ocasiones, también ayudé a distribuir. Sin embargo agradezco la oportunidad de conocer la ciudad y el trabajo de tantos líderes. Para evitar barrer toda la ciudad, entregaría uno de los textos que más me gusta de esa época: Barrio Cementerio Ciudad Central, la historia de una comunidad que se levantó sobre un terreno que perteneció a un cementerio. En la entrada, había tres lapidas. Cuando se construyeron las casas era común encontrar huesos y partes de cuerpos. Los habitantes contaban que había personas que escuchaban quejidos todas las noches u otras que tenían espantos propios, llegaban a las casas y los saludaban como a otro miembro de sus familias. A los habitantes del barrio no les gustó el artículo porque les pareció que podía devaluar sus propiedades. Yo sólo comuniqué lo que ellos me contaron, menos mal tenía grabados todos los testimonios.

P. Como periodista, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. Yo utilizó todos los métodos de investigación que aprendí del periodismo. Aunque no use un cuestionario estructurado para entrevistar, muchas veces hablo con los modelos de los personajes. Hago trabajo de observación. Recojo apuntes. Tomo fotografías.

Leandro lee uno de sus textos durante la clausura del Encuentro Nacional de TOMA LA PALABRA, 2006 (foto archivo)

Cuando no conozco bien los temas, hago rastreo documental y leo todo lo que puedo. Creo que lo que escribo está profundamente afincado en la realidad. Pero en el momento de escribir, me gusta dejarme guiar también por un pálpito, un sentimiento, un sueño o una imagen mental que me persigue. No me preocupa si los datos son comprobables o si lo que escribo es periodismo o ficción. Si algún académico lo desea, que le ponga la etiqueta que quiera. Tampoco me mido para sumergirme en el interior de los personajes. Ni siquiera me preocupa ponerlos en situaciones inverosímiles como volar, en caso de que el mismo personaje así lo requiera. Cuando lo que se pretende contar son lo que Faulkner llamó las antiguas verdades del corazón: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio, la realidad se convierte una camisa de fuerza que no permite expresar con libertad asuntos tan complejos. Entiendo que en regiones de nuestro país, ocurren sucesos como el atropello de comunidades y la destrucción de territorios para construir megaproyectos, la explotación desaforada de la naturaleza por el afán de enriquecimiento de unos pocos, el abandono y descuido sistemático de comunidades enteras por parte del estado, el asesinato de líderes sociales y la muerte de niños indefensos entre muchas otras cosas. Sé que esas historias no pueden esperar trece años para ser escritas como mi cuento de Gambeta. Es urgente contar esas verdades y se necesita valentía para hacerlo.

Sesión campestre del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

R. Mi verdadera escuela son los talleres. Me hubiera gustado tener en la universidad lo que ofrecían. Cosas como profundizar por meses en las lecturas o hacer un trabajo crítico sobre nuestras propias producciones. Asisto a El Aprendiz de Brujo porque yo apenas comienzo y la mayoría de compañeros son mayores, ya publicaron varios libros y tienen una experiencia y conocimiento más bastos. Creo que me pueden guiar. Me atrae, sobre todo, el espíritu crítico con que se lee lo que cada uno produce. Si alguna vez las correcciones de uno de los lectores no son en mi opinión acertadas, luego descubro que rebelan cosas del texto que pueden enriquecerlo. A mí me gusta que sean despiadados con las opiniones sobre lo que escribo. Aunque pueden herir el ego en ocasiones, es la manera más fácil de aprender. La edición también me apasiona y a veces aporto en ese sentido. Me gusta corregir los escritos ajenos, es mucho más fácil, no tiene uno ataduras emocionales con los personajes ni se encapricha con las figuras poéticas creyendo que son geniales. También asisto al grupo porque no entiendo bien lo que escribo. Así suene un poco raro, el texto es un acto de inconciencia que nunca alcanzo a dilucidar del todo y los lectores experimentados ayudan a comprenderlo un poco más.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. No creo que después de encontrar la perfección, a quienes viven en el paraíso les gusten mucho los desabrochados. Sin embargo ahí va:
Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso.


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un Diario literario?
R. En momentos en los que no quería o no podía hablar con alguien, épocas de aislamiento o introspección, el Diario fue el único a quien confié mis palabras. No imagino qué pudo pasar de no tener esa válvula de escape. En ocasiones en las que me forcé a escribir, pero las palabras no fluían y la angustia me desbordaba, el Diario apareció otra vez y me devolvió la confianza. Es increíble lo liberador que puede ser dejar correr un bolígrafo por unas páginas. No pensé nunca en que lo que escribía se fuera a publicar, hay apuntes que ni siquiera se pueden entender por la premura con que se consignaron. En cambio, otros me rebelan el que fui, un personaje que ahora parece de ficción, pero que en su momento era un muchacho que padecía su barrio, el amor, la muerte, la soledad. Una de las fortunas más grandes que me regala la vida es recoger esos apuntes y descubrir chispazos a partir de los cuales se puede crear una historia.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Sí, claro…

2010
*Sus ojos ambarinos me enloquecieron. Apunté con el cigarrillo a mi boca porque no me amaba, como si fuera un cañón. Jalo y jalo el gatillo, sale humo pero no dispara. Lo médicos me dicen: si sigues fumando, espera la bala en unos treinta años.
*Estoy al borde de una escopeta mientras cruzo la cuerda floja. Tranquilo, me dicen mis amigos. Sólo los dos cañones con que la muerte me mira, tiemplan mi marcha.

2011
*La carne truena y los huesos gimen. Qué importa si los otros también los escuchan. Aunque les enseñe a callar, el silencio de mis entrañas seguirá cavando la fosa donde morirán las estrellas. Mejor déjenme iluminar la calle vieja para que las palabras tuertas y cojas encuentren un rincón donde dormir.

2016
* La muerte del cóndor
Más grandes alas que las mías, las alas del placer, no se elevaron sobre este planeta. Hoy es mí último vuelo. Desplegaré mis rescoldos de energía y volaré a lo más alto, hasta la cumbre del éxtasis. Luego me entregaré, en un abrazo último y definitivo, a la tierra.

2018
* Su primer y único regalo fue una cabeza de ajos. Pensó que me ayudarían a curar mi tristeza. Yo creí que me lo había regalado porque me quería. Quise demostrarle que también ella me gustaba. Dejé la pena a un lado y le regalé una sonrisa, me devolvió una mueca fría. Sentí después que necesitaba de una piel tibia y la acaricie, ella se apartó. Una noche de insomnio le escribí mi primer poema, guardó silencio. Sembré, cuidé una rosa y se la regalé, dejó que se marchitara. Aprendí a reír, acariciar, escribir y sembrar. Ahora también cocino: los ajos terminaron como ingredientes de una salsa. Me pregunto a dónde se fue el amor que me sanó. Quizás hiede y se pudre en el corazón de ella, como en un cuarto oscuro donde acumula las montañas de regalos de los hombres que despreció.


Gambeta es su primer libro publicado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con el sello Colección El Aprendiz de Brujo.

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