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Archive for 26 junio 2018

Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“La literatura es mi amiga más íntima”

Entrevista con la escritora Marta Cecilia Cadavid Moreno

Por Ángel Galeano Higua

A su risa, a su voz, a su alegría hay que agregarle una virtud más: su mirada crítica. Sus ojos educados desde la niñez en los asuntos de la palabra, caen justo donde hay un error en un texto, una inconsistencia, una falta de ortografía. Como si sus ojos tuviesen plena autonomía, don propio de los lectores formados en una larga y continua búsqueda de la perfección. La primera vez que vi a Marta Cecilia Cadavid fue durante una reunión del taller literario de Yurupary hace varios años. Luego, para mi sorpresa, se inscribió en el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo que sesionaba en el segundo piso de la Biblioteca Pública Piloto. Allí fue donde constaté lo incisivo de sus ojos lectores cuando diseccionábamos los ejercicios escritos de los participantes.

La tradición literaria se enriquece cuando los lectores son capaces de detenerse y rumiar cada frase, masticarla como si tuviéramos cuatro estómagos por los cuales deben transitar las palabras para su digestión. Algo nerudiana es Marta Cecilia, cuando al decir del gran poeta chileno sobre las palabras: “Las agarro al vuelo cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… … Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo…”. Ni más ni menos.

Este olfato especial no se puede enseñar. Se aprende en una única y solitaria aventura de toda la vida. Formar lectores no es una tarea por horas que se pueda transmitir en una clase o un taller o mediante un manual. Hace parte del talento. Los cambios profundos se cuecen de dentro hacia afuera. Nacen en el mundo interior de cada uno, de allí brotan con fuerza demoledora y pueden encumbrarse hasta descubrir la gran verdad de que “leer y escribir es lo mismo”. Aprendizajes trascendentales como este, son los que enriquecen a un grupo. Y si esa lectora es alegre, ríe, canta y hasta habla sola, como Marta Cecilia, pues mucho mejor. Aquí un breve perfil de ella.

 

Marta Cecilia Cadavid Moreno (leyendo El Quijote en una sesión del Grupo): “Cuando empecé a trabajar estaba en un salón con otros compañeros y como yo hablo sola, cada rato pensaban que les hablaba a ellos y se burlaban de mí. Al cabo de un tiempo, muchos hacían lo mismo. En casa me regaño, me alabo, me cuento chistes, suelto carcajadas porque dije algo que después sonó fuera de tono, hablo con las plantas, les doy besos y por supuesto, le cuento muchas cosas a Ámbar, mi nueva cachorra shih tzú. En una de esas conversaciones, alguna voz sale por ahí y me dice que estoy rayada…”. (Foto archivo)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Mi gracia es mi sonrisa y mi alegría, que a veces se desborda y rompo en sonoras carcajadas. Desde pequeña me ha encantado el humor, y como crecí en medio de adultos, escuchaba los chistes y los repetía, aún sin entenderlos. Claro que también tengo otra gracia y es mi voz, porque canto bien, mis amigas me lo han confirmado muchas veces y me agradecen cuando las felicito en su cumpleaños cantándoles por teléfono Las mañanitas de madrugada. Y es que mi mamá cantaba zarzuelas, operetas y tangos. Inclusive me contó que cuando Carlos Gardel murió, ella con dos amigos fueron a la tumba a cantarle sus amados tangos. Entonces, en cierta ocasión al escucharme cantar, me dijo: qué desentonada estás, te voy a enseñar a cantar. Y así fue como aprendí a cantar Granada, Musmé y otras más. Ya en mi adolescencia, me encantaba la música colombiana y cantaba las canciones de Obdulio y Julián, El dueto de Antaño y muchas más. Todo tipo de música: boleros, rancheras, baladas.

En este libro de relatos del río, que mereció el Premio Vigías del Patrimonio de Medellín, se incluye Detrás de la máscara, texto escrito por Marta Cecilia Cadavid.

P. ¿Y tu desgracia?
R. Creo que mi desgracia tiene que ver con un órgano que es muy inquieto. Hablo de más y a veces en momentos inapropiados, debido tal vez a mi carácter impulsivo que se deja llevar por las emociones. Aunque adoro mi aspecto emocional y es importante la sensibilidad, en muchas ocasiones es necesario un control oportuno. Llevo algunos años intentando controlarme, algo he avanzado, pero no lo suficiente.

P. ¿Consideras que has avanzado como lectora, como escritora?
R. Definitivamente sí, en ambos casos. Leo desde muy pequeña porque viví parte de mi niñez en casa de abuelos y con una tía maestra, que tenía una extensa biblioteca y en medio de viejos, lo que llenaba mis días además del estudio, eran los libros. Pero esas lecturas lo que me dieron fue un amplio vocabulario y algunas alegrías e inquietudes. Después en el taller de la Piloto, ahondé un poco más debido a los comentarios y análisis que se realizaban allí y más tarde en el grupo Voz de Nosotras fui adquiriendo un mayor volumen de lecturas de clásicos que sumaron en el proceso. Sin embargo, la lectura emprendida a la luz de las pautas recibidas en el grupo El Aprendiz de Brujo direccionaron mi atención de manera valiosa, al tiempo que me mostraron nuevas ventanas hacia la asimilación y estudio de las obras más importantes de la literatura, rompiendo esquemas y academicismos. Por ende, al tener la bolsa más llena, la escritura alcanzó un mayor nivel.

P. ¿En qué sentido avanzas o en qué sentido retrocedes?
R. Yo creo que no se retrocede, para mí el camino es hacia adelante y las situaciones que normalmente se toman como un retroceso porque son equivocaciones, son las oportunidades para elevarnos, para crecer. El camino, como te decía, es hacia adelante y hacia arriba y tiene subidas y bajadas. Pero la última bajada está siempre más alta que la cima anterior.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras una aprendiz?
R. Pues fíjate que siempre he sido una enamorada de lo nuevo, muy inquieta, me gusta mucho preguntar y me siento como una esponja lista para absorber todo lo que pueda. Pero me sentí realmente una aprendiz, en El Aprendiz de Brujo, porque debido a su nombre, me inquieté y asumí esa posición de miembro del grupo como una verdadera aprendiz. Sentí que cada vez que escuchaba las palabras tuyas respecto a algún tema específico, eran como golosinas para mí y anotaba creo que hasta tus respiros. Mis cuadernos de notas dan cuenta de ello. Por eso digo en algún lado que me considero una aprendiz de la literatura y de la vida.

P. Hay cierta predilección en tus publicaciones por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Es cierto, tal vez es porque apenas me estoy sintiendo con la seguridad suficiente para escribir una narración de largo aliento, aunque entiendo que el cuento es valioso en literatura e incluso más difícil, ya hemos escuchado que en literatura el cuento gana por nocaut. Yo creo que todo tiene su momento y vamos caminando hacia la realización de nuestros objetivos.

Relatos de una Aprendiz, “el hermoso viaje que emprendí en el proceso de diagramar los textos que ya habían pasado por varios filtros de revisión, buscar el papel, cortarlo, hacer la carátula, revisar los colores, llevarla a imprimir, refilar, grafar, todos esos pasos que involucran la edición e impresión de un libro que muchas personas no conocen y enriquecen el arte de escribir”.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado. ¿Cuál fue? ¿Cómo brotó?
R. Mi primera publicación fue en el año 2012, en una antología con Voz de Nosotras, un grupo de siete mujeres que asistimos al taller de la Biblioteca Piloto. Allí publiqué ocho cuentos y uno de ellos El carnicero, su mujer y su amante, surgió a raíz de un ejercicio que hicimos en el taller del grupo, que consistió en escribir cada una de las talleristas un cuento con ese título específico. Y la anécdota es que, cuando uno tiene algo para escribir, rondan en la cabeza en todo momento, no importa dónde estés, los personajes, las situaciones. Pues yo necesitaba darle un toque especial al cuento que ya lo tenía más o menos armado en la mente, pero cuando iba manejando para la casa, se me ocurrió el final perfecto.
La señora creía que el carnicero tenía una amante porque se quedaba una noche cada semana en la carnicería y cuando fue a escondidas a verificar su traición, angustiada porque veía como se cambiaba su traje lleno de sangre por un smoking, servía vino, etc., ¡vio que era para sentarse a escuchar el nocturno de Borodin!

P. ¿Y del último?
R. El último texto publicado fue un libro que edité e imprimí a través de un amigo, pero no con el propósito de publicarlo, si no de dejar para mis nietos un recuerdo de varios textos que había estado recopilando a lo largo de los años, de los cuales presenté algunos en el taller para trabajarlos. Lo titulé Relatos de una Aprendiz. Entonces la emoción no fue por cómo salió ese último relato, sino por el hermoso viaje que emprendí en el proceso de diagramar los textos que ya habían pasado por varios filtros de revisión, buscar el papel, cortarlo, hacer la carátula, revisar los colores, llevarla a imprimir, refilar, grafar, todos esos pasos que involucran la edición e impresión de un libro que muchas personas no conocen y enriquecen el arte de escribir. Y ese viaje lo hice con mi amigo y compañero de letras Jaime García y con el apoyo generoso de mi compañera Nubia Amparo Mesa.

Hay un personaje que quiere que lo cuente, pero todavía no ha cuajado

P. ¿Cuál de tus textos te ha exigido más trabajo? ¿Por qué? ¿Cómo lo superaste?
R. Uno de los que más trabajé fue Planes de Vida, porque es una historia de una bruja y manejar ese tema de tal forma que el lector se crea ese miedo que siente Oliverio porque la mujer muerta lo sigue acosando por el correo electrónico, no es fácil. Pero todo es un aprendizaje y creo que mejoró mucho al leerlo muchas veces, revisar las incongruencias y buscar las palabras más adecuadas para transmitir las situaciones.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Sí, hace unos meses que estoy con un personaje en la mente que quiere que lo cuente, pero todavía no ha ‘cuajado’. Muchos escritos se basan en situaciones de la vida real, y este es uno de esos casos. Espero concretarlo en un tiempo corto. Tiene relación con Sísifo y su piedra.

P. ¿Huyes de algún tema en particular?
R. A través de lo que he aprendido y leído, me he dado cuenta de que muchas de las grandes obras o las que impactan más al lector, son las que tienen un trasfondo autobiográfico, porque como son vivencias propias, el escritor tiene contacto directo con las emociones, entorno y demás personajes. Yo ya he recorrido un buen trecho de mi vida y tengo muchas vivencias que podría reunir en un libro, pero no me atrevo porque siento que sería como desnudarme ante los demás.

Des-encuentro es el título del relato que Marta Cecilia Cadavid escribió para este libro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Si tuvieras que viajar hasta La Patagonia y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? ¿Por qué?
R. Bueno, escogiste el peor lugar para mí, porque cada vez que veo la belleza de los glaciares me estremezco de terror. No me gusta el invierno y menos los hielos perpetuos. Tal vez Un encuentro casual, porque me trae recuerdos de Tolstoi y a través de él de Rusia, un país que me atrae poderosamente y de pronto podría fantasear y escribir sobre los majiares, los cosacos y tantas historias de esas taigas tan duras para la vida.

P. Para evitar que te condenen a vigilar día y noche, durante seis meses, un gigantesco árbol de mangos maduros frente a un colegio si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. Qué hipótesis tan simpática. Te responderé de igual forma. Destruiría el texto que aún no escribo, porque lo escrito, escrito está. Ya nació, y aunque destruyan el texto físico, las palabras continúan su deambular de boca en boca.

P. ¿Cómo consideras tu relación con la literatura?
R. Creo que la literatura es mi amiga más íntima, mi soporte, mi salvación. En muchas oportunidades ha sido el canal de desfogue de tristezas, angustias y también para exorcizar mis demonios internos.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Sí, más de un año estuve ausente de las sesiones y sentí el vacío al no poder compartir con los compañeros, aunque los correos que siempre me enviaste eran como la llama encendida para que no se apagara el fuego del deseo de escribir y aprender. Ahora que pude unirme al Grupo que se reúne los sábados en Otraparte, estoy muy contenta.

Durante un evento de presentación del libro de cuentos de Nubia A. Mesa, en el salón de Otraparte.

P. Te piden como pasaporte al paraíso terrenal que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. Pues, al parecer tengo un vestido con muchos botones y da mucha lidia desabotonarlos todos, pero tal vez alcance a quitarme dos o tres diciendo que suelo hablar sola todo el tiempo. Cuando empecé a trabajar en Cocacola, estaba en un salón con otros compañeros y como yo hablo sola, cada rato pensaban que les hablaba a ellos y se burlaban de mí. Al cabo de un tiempo, muchos hacían lo mismo. En casa me regaño, me alabo, me cuento chistes, suelto carcajadas porque dije algo que después sonó fuera de tono, hablo con las plantas, les doy besos y por supuesto, le cuento muchas cosas a Ámbar mi nueva cachorra shih tzú. En una de esas conversaciones, alguna voz sale por ahí y me dice que estoy rayada… ¡ja, ja, ja!

 


P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? 
R. Muy importante. Desde el momento en que en el grupo hablaste del diario literario quedé muy inquieta, pero me costó algunos meses adoptar el hábito de escribir si no todos los días, al menos dos o tres veces en la semana. Y así fui volviéndome adicta al diario, porque me convirtió en una verdadera observadora de los detalles, de los rostros, de las situaciones de las que yo participaba o era testigo, y esa disciplina me fue aflojando los dedos, y abrió la canilla de palabras que empezaron a brotar de una forma fluida y alegre. Recuerdo que alguna vez retomé mi primer libro del diario y volví a leer algunos apuntes que ya había olvidado y me demostraron el valor de la técnica. Es un verdadero tesoro, porque lo que allí se consigna no tiene pretensiones de publicación y sale sincero y emotivo. Uno de los apuntes que allí había consignado, lo tomé para publicarlo en un libro de poemas que estoy preparando.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Con mucho gusto te los transcribo a continuación.

15/03/14.
La lucha del alma es fuerte, desfallece por momentos, camina por el delgado hilo de la cordura y la locura. ¡Son tantas las voces que claman su protagonismo! Pero allí está la mujer: hecha jirones, la cara transfigurada por los surcos dejados por la vida o por las vidas, arrastrando los pies como si cargara cadenas de plomo, mutilada por una guerra eterna, los ojos como cuevas del tiempo que albergan apagados soles. Ella sigue su marcha, aunque al final del camino, solo llegue una leve llama.

5/06/|14.
El silencio me rodea para llenarme de voces internas que conversan, aunque yo no quiera. Un leve vientecillo veranero se filtra por las persianas verticales de la sala. Suave, tímido, que por momentos se acrecienta y desplaza una o dos de las persianas, como si levantara la falda del salón. Desde uno de los taburetes del comedor observo a mi alrededor, veo armonía y belleza. Percibo la vida latente en las plantas que habitan mi casa. Predomina el verde clorofílico, pero tres plantas de la misma familia que he sembrado juntas en una maceta, ostentan una mezcla de rojo sangre y verde claro. Con frecuencia al pasar por su lado, las beso y les doy las gracias por compartir su belleza conmigo. En medio de este silencio percibo aún más el zumbido de mis oídos que hace tiempo experimento y que al parecer ya me acompañará siempre. He cerrado las persianas para dar un poco de penumbra al salón y equilibrar la brillantez solar del exterior, de modo que el ventanal asemeja un muro rosa. Sería maravilloso poder lograr esas transformaciones en otros aspectos de la vida, con simplemente mover un cordel.

10/06/14.
Otra vez me acompaña el silencio, ha pasado una hora desde que el sol llegó a su cenit, pero la luminaria está enseñoreada en estos días y muy generosa esparciendo sus rayos cálidos, muy cálidos y esplendorosos. El viento impetuoso de verano se solaza en las hojas de las palmas que hacen guardia continua en la terraza. No hay ruidos estrepitosos ni música, ni voces. Un poco en la distancia, uno que otro pito de auto, o el sonido rítmico de un motor que se estremece al desplazar la carcasa de un auto ayudado por cuatro llantas, un volante y un conductor a veces apurado.
Los ojos se dirigen a un pequeño cuadro en la pared frente a mí con marco dorado. Es una pintura de un mar embravecido con dos goletas que no se amedrentan, ya están acostumbradas a navegar por los mares en tiempos difíciles, sus velas izadas enfilan orgullosas hacia el norte. El mar, ¡oh! mar de abajo y mar de arriba, gaseoso y sutil el último, ¿cuántos caminos no conocidos ocultan?
Y en el despertar, cuando en realidad veamos la luz, cuando el sueño sea la realidad y la realidad sea solo un sueño, ¿a quién soñaremos?

24/06.
Elegía en azul. Gris claro en el buche y el pecho y las alas de un azul cielo. El pico cerrado y los ojos también. Dejó el aire por la tierra, quizás en un vuelo contra un ventanal, o porque su corazón cansado latió por última vez.
A unos cuantos vuelos de distancia, una pajarita presentiría su partida y entonaría una doliente canción. Yo quiero pensar que este pajarillo era un solitario viajero que soñó con volar hacia un azul profundo y en su viaje a lo desconocido, al aquietar sus alas, encontró la paz.

 

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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Qué bueno una sociedad sin dinero”

Entrevista con el escritor Álvaro Jiménez Guzmán

Por Ángel Galeano Higua

Escribía columnas en el periódico El Mundo de Medellín y allí fue donde lo leí por primera vez. Se le notaba esa llama emprendedora encendida desde su juventud cuando coincidimos en alguna reunión y se interesó por EL PEQUEÑO PERIÓDICO. Lo invité y sin dudar se involucró. Adquirió un compromiso a fondo y no sólo escribió sesudas columnas sobre la situación económica, social y política del país, sino que comprendió que para elevar el nivel de sus artículos era menester escribirlos con finura. Los que lo conocemos somos testigos de su fe y entusiasmo inquebrantable por aportar su energía a las causas justas. Rebelde en su juventud, ha dejado esa impronta en la mayoría de sus textos.

Como le sucede a muchos que desean escribir literatura, pero su mundo académico ha estado centrado en otras profesiones “exactas”, Álvaro Jiménez ha dedicado mucho tiempo para quitarse de la mente los esquemas técnicos, sus lenguajes pre-establecidos tendientes a demostrar una ley determinada o confirmar un postulado. En literatura no funciona así. Se trata de una liberación de la mente mediante la vida y las palabras. La herramienta principal es la imaginación y no los manuales. Al cabo de los años su persistencia le ha otorgado el beneficio del atrevimiento.

Tiene en su haber varios libros y una experiencia de vida de la cual extrae recuerdos como tesoros para sus escritos. Como dice en esta entrevista, la infancia lo marcó y recibió de sus padres el legado de la generosidad, la humildad y la solidaridad. Sus cuentos se alimentan de duras faenas, sueños enfrentados, personajes poderosos que cabalgan sobre el lomo de otros seres humanos a quienes esquilman y desprecian. Su literatura es una constante lucha, tanto en su elaboración como en las tramas. Su estilo va precisándose, y el asombro y la observación le guían en las búsquedas. Su disciplina es conmovedora, tiene el privilegio de la testarudez creadora. Ahora, gozando de su estado de jubilado de ISAGEN, reparte el tiempo entre su familia y la literatura. Es un lector que escudriña y busca y vuelve a escudriñar, con el hambre insaciable del aprendiz. En este sentido, no ha dejado de ser joven, aunque los años le hacen guiños de vez en cuando, él los aprovecha como material para sus historias.

Álvaro Jiménez Guzmán

Álvaro Jiménez Guzmán. “En mis primeras andanzas juveniles, de parrandas y tragos y novias, con amigos o parientes, ocurría que me pasaba de copas, me enlagunaba y no era capaz de controlarme en la euforia del momento. Un primo, conocedor de esta debilidad, inventó un día que me había orinado en el parque de Cereté, delante de la gente cuando salía de misa, después de la fiesta en un matrimonio. Creyendo en esta versión, duré una semana sin salir a la calle, avergonzado por semejante “desliz”. Estas eran mis desabrochadas, incluyendo amanecidas bailando con bellas chicas al son de los Corraleros de Majagual en la Avenida del Río de Montería, en las ferias de la ganadería de mediados de año, y tirándonos maizena. Por fortuna “Eva no ha muerto aún”. (foto archivo)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Mis gracias son varias, y no hacen parte de los “dones sobrenaturales” concedidos por Dios para elevarme como criatura racional. Son terrenales. Me las ha concedido la lucha por la vida. Por ejemplo, el desapego por el dinero, factor por el que se originan guerras y trágicas disputas. Lo aprendí de la resignación y humildad de mi madre ante sus solitarios avatares por darnos un lugar digno en este mundo. Tal convicción me llevó a ser proclive a la utopía socialista en mi temprana juventud. Cuando me hablaron de que era posible una sociedad sin dinero, y lo verifiqué en la teoría, creí que las enfermedades sociales que trajo el capitalismo desaparecerían como por encanto. Mi generosidad se fundamenta en esta creencia, pero no soy limosnero porque con esta postura no se erradica la pobreza material. Derivado de este contexto, está la disciplina que me condujo toda la vida a ser impaciente cuando las situaciones que sorteo no me salen como deseo que salgan. He tenido que crecer en este aspecto, pero no del todo, con el riesgo de que me tilden de “cara de puño”. Como dice el viejo proverbio: “Nadie ve al viento, sino su efecto”.

Casa de la Cultura de Cereté, Córdoba

P. ¿Cómo es que un economista decide escribir literatura?
R. Antes que pensar en la economía como profesión, por iniciativa de profesores de español en el Colegio Nacional “José María Córdova”, de Cereté, donde estudiaba bachillerato, una de las tareas era escribir en un periódico mural. Era una cartelera especial donde los estudiantes publicábamos nuestros manuscritos. Llevado por mi disciplina, escribía breves relatos, u opiniones sobre cualquier tema de interés local. Un hermano medio mayor me retó a que escribiera un artículo en su periódico Cumbre, de periodicidad mensual, que él dirigía en Montería, cuando yo apenas cursaba primero de bachillerato. Me dio miedo semejante propuesta. Varias semanas después aparecí con un tema sobre la caracterización de mi colegio, y que publicó. De aquí provino mi interés de hacer un curso de periodismo por correspondencia cuando cursaba segundo de bachillerato.

Luego fundé el periódico cívico La Nueva Bagatela, en compañía de otros estudiantes del colegio. Censurado el periódico por la diatriba confesional desde el púlpito en plena misa por el párroco de Cereté, no hubo otra alternativa que refugiarme en la frustración y los libros. Tuve que conformarme por algún tiempo con el “tedio de la parroquia”, al decir del poeta Luis Carlos López, donde “La población parece abandonada” y sin “una sola ilusión inesperada”. Buscar en un provincianismo pacato las causas de este fenómeno de prohibición de la libertad de expresión, me condujo al camino sociopolítico. Y en medio de la atmósfera revolucionaria de la época, me llamó la atención la importancia de la economía para cualquier sociedad. En Nikitin encontré los primeros elementos que cifraban en la infraestructura económica la base del desarrollo de una sociedad, a través de la planificación estatal centralizada. Base de la superestructura social en la concepción hegeliana del marxismo-leninismo. Pero cuando estudié economía con la ilusión de que como disciplina del pensamiento podrían solucionarse los complejos problemas de la sociedad, me di cuenta de que es importante como herramienta técnica pero nunca la panacea para resolverlos. El enfoque profesional es técnico, pero no para erradicar, en general, los obstáculos del desarrollo de los pueblos, que tienen su asidero en concepciones filosóficas y políticas de Estado.

Álvaro Jiménez Guzmán escribió su columna Grito en los pretiles en El Pequeño Periódico durante varios años. La Fundación Arte & Ciencia publicó un libro antológico de dichos escritos (Foto archivo)

Más tarde, al finalizar los estudios de economía, seguí con la inquietud de escribir sobre temas económicos, ya como miembro de la Sociedad Antioqueña de Economistas, o como columnista de algunos medios de comunicación. Cuando me pensioné, imbuido hasta los tuétanos por la literatura económica, busqué al director de El Pequeño periódico”, Ángel Galeano Higua, a quien había conocido en las lides políticas de izquierda, y me abrió las páginas de su periódico y me propuso vincularme a su propuesta de Taller Literario, luego de haber asistido a sus sesiones literarias en Comfama. La primera dificultad que tuve que sortear fue superar el lenguaje de mi formación de economista, que se reflejaba en mis textos literarios. Aunque era lector de literatura, no era mi frente como estudioso. Lo primero que hice fue leer solo obras literarias y descartar la literatura económica. Lo aprendí no solo por la experiencia en el taller, sino también al leer una entrevista que le hicieron a García Márquez después de que escribiera su obra maestra. Le preguntaron qué leía en el momento, y dijo que cuentos infantiles, para poder desembarazarse del lenguaje de Cien años de soledad. Si eso lo hacía él, con suprema razón debía hacerlo yo, un simple aprendiz de escritor en tiempos de madurez.

P. ¿Consideras que has avanzado o has retrocedido en ese nuevo mundo de las letras?
R. Haber tenido el atrevimiento de publicar tres libros de mi propia autoría, uno de crónicas y dos de cuentos, más cinco como coautor de libros de cuentos, me indican que he avanzado. Las dificultades en la creación literaria son grandes, mas no imposibles. Suelo acompañarme del escritor uruguayo Mario Benedetti cuando dice: “No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento. Aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento”.

Lo conforman 26 crónicas, entre los que se resalta Y ardió Raúl, una evocación del poeta Raúl Gómez Jattin también oriundo de Cereté, de quien Álvaro Jiménez fue su amigo de infancia. Diseño de portada Saúl Álvarez Lara.

P. ¿Cuándo comprendiste que podrías convertirte en un aprendiz de escritor y de lector?
R. En mi alma siempre ha flameado la llama por leer y contar historias, empezando por contar los episodios familiares y sociales que me han rodeado. No otra cosa alberga el espíritu de comunicar para expresar lo que hierve en nuestra conciencia social. En parte ya lo he explicado a propósito de mi afición como empírico periodista cívico y de mural de colegio, y después como economista. Pero luego de la tenaz lucha por la subsistencia, aparejada con la madurez, el panorama para esta comprensión se amplía y consolida. Con la disciplina de leer casi todo lo que ha caído en mis manos, también me he guiado por la divisa expresada por el escritor francés Daniel Pennac: “La lectura nos abstrae del mundo para hallarle un sentido”. En la creación literaria no solo se aprende a ver, también a observar. Bien lo advertía el escritor ruso León Tolstoi: “Hay quien cruza el bosque y solo ve leña para el fuego”.

P. Tus textos publicados hasta el momento no son de largo aliento, más bien cuentos, relatos. ¿Qué piensas de ello?
R. Me he trazado una metodología, por así decirlo, de avanzar peldaño por peldaño. La modestia en el terreno del arte así me lo ha hecho entender. Primero se construye una enramada, luego una casa y, si es posible, un edificio con varios pisos. Mis primeras intenciones se asocian a noticias, crónicas, editoriales, columnas de opinión, breves ensayos y relatos. Para dar el paso a cuentos, que me parecen difíciles, no solo al concebirlos sino de escribirlos. Aunque son creación de corto aliento en su extensión, son de largo aliento en su dimensión temporal: a veces he durado varios años trabajándolos y, sin embargo, al final quedan baches en su forma o estructura. Pero la constancia en sacar adelante una obra literaria de calidad se traduce en satisfacción personal porque el lector merece respeto. En la actualidad estoy próximo a publicar un libro de cuentos de navidad, y en una aventura mayor, de largo aliento: escribo una novela que intenté escribirla varias veces. Solo ahora le he hallado la estructura, el tono y la forma.

P. ¿Cuál fue tu primer texto publicado y cómo viviste esa experiencia?
R. Mi primer texto literario fue publicado en el periódico Raíces cuando finalizaba mi carrera de economía. Resultado de un concurso de cuentos y poesía que se realizó en el marco de un carnaval de Riosucio, Caldas. El primer puesto lo gané con el cuento Las bestias del infierno. Era la primera vez que escribía un cuento y tuve esta satisfacción.

P. ¿Y el último?
R Los tress últimos, contenidos en mi libro de cuentos publicado este año: La llegada del Chiminigagua, Colección El Aprendiz de Brujo, conformado por tres títulos: En pública subasta, En la ciudad no hay bosques y La llegada del Chiminigagua, que le da el título al libro. Este cuento, que invoca el dios de la luz de los muiscas, lo escribí el año pasado como un homenaje a ISA en sus cincuenta años, por haber construido la primera gran central hidroeléctrica del país, y la tercera en el mundo, a la sazón, donde se articula leyenda con realidad técnica, en una época en la que el desarrollo de la infraestructura tecnológica era incipiente y muchas regiones sufrían el flagelo de la oscuridad en un país en vías de desarrollo.

Este libro incluye su crónica Los dolores del río. El diseño de la portada es de Saúl Álvarez Lara

P. ¿Cuál de tus textos te ha costado más trabajo? ¿Por qué? ¿Cómo las superaste?
R. El texto literario en el que más me demoré se titula Favor tocar el timbre, que ganó el segundo premio del Primer Concurso de Cuento y Poesía convocado por la Asociación de Pensionados de la Caja Agraria, Asoagro, en septiembre del 2006. Todavía no existía el Taller Literario El Aprendiz de Brujo, donde los textos avanzan porque las críticas de sus miembros los cualifican. Me correspondió una lucha solitaria de revisión constante por varios años. La mejor prueba de que lo dejé a punto estuvo en su premiación. Lo curioso de esta incursión literaria es que Ángel Galeano, en ese momento director de “El Pequeño Periódico” y en el que yo participaba, sin que ninguno de los dos lo supiera, porque uno concursa bajo seudónimo, le correspondió como miembro del jurado del concurso premiar mi cuento. Me cercioré por la firma del acta. Este cuento se publicó en la revista Asopen a propósito de los 10 años de la Asociación de Pensionados, en el 2006. Del Acta del Jurado: “El Segundo Puesto para Favor tocar el timbre, firmado por El Comunero, por la fluidez de su historia y el deseo de recrear la ciudad desde un ángulo diferente, es una buena muestra de la narrativa urbana”.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Me persigue ahora el tema de la novela que estoy escribiendo, para el que me ha exigido leer otros libros. Crear nuevos universos en el arte literario se asimila a la inventiva de la ciencia. Por eso en la vieja sabiduría de Abisinia se afirma que “La simpleza de la ciencia es tan grande como una montaña”.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías? ¿Por qué?
R. Me llevaría Una danza contra el viento. En parte del prólogo de este libro planteo aspectos como éste:

En esta colección de cuentos, Álvaro Jiménez muestra su predilección por los Epígrafes, cuya selección armoniza con las historias narradas.

“Hemos trasegado por la selva del horror, y aun padecemos la herencia perversa de aquel destino fatal de Arturo Cova, protagonista de La vorágine, quien sentenciara: ´Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia´”. Lo tendría como un conjuro contra quienes han vagado por nuestras selvas convertidos no solo en monstruos que se alimentan de carne humana, sino también en sus depredadores, irrespetando su primitivo origen, anterior al hombre. Esta verdad incontrovertible –violencia absurda– es contraria a la razón, según un viejo proverbio chino. Si los espejos de nuestras propias convulsiones no nos conmueven estaremos condenados al eterno clamor de una paz que nunca llega.

P. Para evitar que te condenen a limpiar durante 10 años el túnel de La Quiebra si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías? ¿Por qué?
R. No destruiría ningún texto porque todos ellos, así sea el de menor calidad, han forjado lo que hoy representa mi modesta literatura. Sería como condenar a un hijo a la muerte porque nació enfermo. Limpiaría el túnel de La Quiebra diez años o más, incluso bajo la consideración de que esos diez años de condena me reportarían otro rico expediente para convertirlo en novela. La literatura nace de la aventura de la vida. Gran parte de mis cuentos son construcción con base en aventuras. Por ejemplo, el cuento Los escrúpulos no dan de comer, de la colección Una danza contra el viento, comienza así: “En un barranco protegido por un árbol de ramas precarias y conchas muertas, a orillas de un río maloliente, Tiberio descansa por momentos. Llegó de San Clemente, una región que ha vivido de la minería informal. Sus padres, muy ancianos, dependían de su bateo o “lavadero de pobres”. Un grupo armado indeterminado se asentó en los alrededores de aquel lugar. Y se fue apropiando, con amenazas soterradas, de la explotación minera. Cuando los más jóvenes se percataron que se trataba de guerrilleros que también reclutaban, huyeron despavoridos. Tiberio casi cae en sus garras. Como no quiso engrosar su máquina de guerra, se escabulló una noche en medio de un aguacero hacia donde vivían unos parientes, cerca del río Porce. Allí también raspan la superficie de su cauce: lavan la tierra para extraer ´la puta común de todo el género humano´”. Este cuento, como en la vida de cualquier colombiano sin fortuna, es una aventura. Lo encabeza un viejo proverbio de Brasil: “Quien es un verdadero hombre, saca el pan hasta de la misma piedra”.

Durante el conversatorio en la Fiesta del Libro, a propósito de haber obtenido la Beca de Vigías del Patrimonio por el trabajo del Grupo Literario sobre el tema del río Aburrá.

P. Como economista cómo consideras la relación con la literatura.
R. Mi formación como economista no ha sido óbice para relacionarme con el universo literario. La ha facilitado porque la disciplina por la lectura ha cumplido su papel. La economía es una ciencia. El arte literario, también lo es. Se complementan. La diferencia está en su lenguaje. Y esta visión permite bucear los fenómenos económicos subyacentes en las obras literarias. Lo podemos observar en La vorágine, en la que José Eustasio Rivera denuncia la explotación de los caucheros colombianos por el monopolio de la casa Arana, por ejemplo. Tanto aborígenes como campesinos esclavizados no tienen derecho siquiera a morirse porque siempre están hipotecados por sus deudas. Es un fenómeno económico para analizar en esta portentosa obra.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

Álvaro Jiménez ha participado como miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, en diversas actividades realizadas en colegios urbanos y rurales. Aquí en la celebración del Día del Idioma. (Foto archivo)

R.  Asisto al Taller El Aprendiz de Brujo porque, al haber participado en su creación, he avanzado. Se destaca la producción literaria de sus miembros y se nos critica con altura y respeto. Constituye una satisfacción no ser objetodel tufillo de la burla propio de espíritus mediocres, pero que se creen superiores en materia de arte. En esta experiencia podemos decir que cuando se seduce el corazón con tacto, el cuerpo queda esclavo.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. En mis primeras andanzas juveniles, de parrandas y tragos y novias, con amigos o parientes, ocurría que me pasaba de copas, me enlagunaba y no era capaz de controlarme en la euforia del momento. Un primo, conocedor de esta debilidad, inventó un día que me había orinado en el parque de Cereté, delante de la gente cuando salía de misa, después de la fiesta en un matrimonio. Creyendo en esta versión, duré una semana sin salir a la calle, avergonzado por semejante “desliz”. Estas eran mis desabrochadas, incluyendo amanecidas bailando con bellas chicas al son de los Corraleros de Majagual en la Avenida del Río de Montería, en las ferias de la ganadería de mediados de año, y tirándonos maizena. Por fortuna “Eva no ha muerto aún”.


P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? (algo de historia de tu experiencia)
R. Nunca tuve la costumbre de llevar un diario. Esta práctica de hoy es obra del Taller Literario. Qué tan importante hubiera sido llevar un diario desde la juventud para luego saquearlo y ayudar a construir nuestra obra literaria. La memoria es incapaz de albergar todo lo que ocurre en nuestra existencia. Grandes obras de la literatura universal han surgido de diarios meticulosos. Por ejemplo, El Diario de Ana Frank, donde cuenta, de manera muy personal e íntima, los más de dos años que ella, su familia y otros judíos, estuvieron en un pequeño anexo de Ámsterdam para evitar caer en manos del ejército nazi. Confieso que no soy disciplinado para esta tarea, pero hago el esfuerzo.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario? (Envíame unas 2 o 3 fotografías de las páginas de tu diario)
R.  Sí, por supuesto.

Febrero 3 del 2010
“Después de que descendiera del piso 12 de la Gobernación de Antioquia, donde funcionarios de los sectores público y privado hablaran de las Pymes de Urabá, me sorprendió la manera original en que un indigente pedía limosna: mientras estaba sentado en el piso rascándose su barba hirsuta, recostado contra un muro que limitaba el sendero por donde transita el público que viene de la Alpujarra hacia la calle Carabobo, al lado de un abultado y mugriento saco de fique, su equipaje de calle, un perro grande, negro y de manchas anaranjadas en la cabeza, le pedía limosna en un baldecito de plástico que le colgaba del cuello. El perro conocía su labor: alzaba humilde su testa, pero diligente, hacia los transeúntes, bamboleando el recipiente para que lo vieran y le echaran las monedas pertinentes. Alguno que otro peatón se detenía con curiosidad a observar la labor del perro pordiosero. No es un animal chandoso. Tiene el glamour imposible de ver en el sucio indigente que lo utiliza”.

Marzo 22 del 2010
“A la vera del sendero peatonal del complejo de cabañas Los Almendros, ´María Mulata´ se encarama en el borde de una cesta de basura. Picotea, saca papeles sucios, los tira al suelo, donde se derraman los desperdicios de alimentos, traga vigilando con sus ojos de perla, y cuando alguien se acerca desprevenido por el sendero de cemento, vuela a los palmares de la playa chillando frenéticamente. Y cuando está tranquila combina su chillido con un gorjeo grave, de bajo musical, al vaivén del viento y el rítmico rumor de las olas del mar”.

Marzo 6 del 2010
“Allí está otra vez sentado en la banca. Parece una estatua. No saluda ni modula palabra alguna. Tiene cara de amargado. Es un anciano triste. Solo se mueve cuando cambia de posición su bastón. ¿Cómo hará para estar allí mirando de largo, solo viendo pasar los carros, la gente y las horas del día? Cuando no lo volvamos a ver es porque, tal vez, ya se haya muerto”.


 

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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Las palabras son un estorbo”

Entrevista con la escritor Leandro Alberto Vásquez Sánchez

Por Ángel Galeano Higua

Conocí a Leandro cuando terminaba su secundaria. Muchacho callado y atento. Su padre me lo presentó en alguno de esos eventos literarios que hacíamos en los colegios, porque sospechaba que su hijo tenía cierta inclinación por la lectura y la escritura. No se equivocó. Desde entonces, hace más de 13 años, Leandro no ha dejado de sorprenderme por su capacidad creadora, esa silenciosa y profunda escucha que lo caracteriza y, sobre todo, la delicada filigrana con que teje sus escritos. Soy testigo de su crecimiento descomunal con el ejercicio de las palabras. Estudió periodismo en la Universidad de Antioquia y como tal fue uno de los líderes de los Encuentros nacionales de TOMA LA PALABRA, experiencia única y maravillosa de una generación que se propuso reunir a jóvenes de todo el país a quienes les gustara leer y escribir. Lo hicieron durante 8 años y sembraron una semilla que algún día el país podrá conocer en su plenitud.

La estoica disciplina que ha construido para leer con lupa de mil aumentos las grandes obras, la devoción con que persigue las palabras y la meticulosidad con que las trata, así como esa vibración de la vida del barrio que lo jala y lo alimenta y lo embriaga, como el balón de fútbol con el cual gambeteó muchas veces, le han llenado su morral de sueños, única propiedad de la que se enorgullece. Su paciencia raya con la quietud, aparente sin duda, porque, como un cazador, es capaz de permanecer a la expectativa mucho tiempo hasta que suelta su zarpazo con un título, un personaje, un cuento, una crónica que nos electriza. Esta virtud, aunada a sus sorprendentes puntos de vista, lo delatan como un creador nato y demoledor. Es capaz de agazaparse en un cuento durante 13 años, para meterle los dientes cuando la historia ya no tiene escapatoria.

En esta entrevista hace gala de su versatilidad en el aprendizaje. Gambetea con las palabras no para lanzarlas fuera del campo de juego, sino para organizarlas en historias de personajes rudos e indómitos, que sufren y les duele la existencia. Que se buscan y se descubren en la fuerza telúrica de las montañas, en el fluir de los ríos y en los silenciosos y profundos bosques. Encuentros y desencuentros, desafíos, enfrentamientos pueriles y violentos. Y para ello las tiene que usar, las palabras, esas que a veces dicen lo que no quería decir. Leandro sabe que para las grandes verdades del corazón las palabras son estorbosas, y que al usarlas se corren muchos riesgos. En ese reto está el encanto, y eso él también lo sabe.

 

Leandro Alberto Vásquez Sánchez. “Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso”.

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Tengo varias: por ejemplo escribir o vivir sin dinero en los bolsillos. Pero sólo hablaré de la más útil: patear el balón con potencia. Mientras otros tienen que llegar al borde del área para chutar, yo puedo marcar un gol desde la mitad de la cancha de microfútbol. Lo que más disfruto es cuando voy a disparar y los jugadores saltan y los arqueros se agazapan de miedo para no ser golpeados por el balón. Infunden más respeto mis cañonazos que mi título de periodista. Me siento más poderoso cuando veo a alguien sobarse un muslo o la cara después de recibir un chute, que escribiendo una noticia. Soy un pésimo jugador y me enfrento con adversarios tan malos yo, así puedo disimular la falta de talento. Cuando era más joven, me preciaba de ser gambeteador, pero con el tiempo me hice pesado. Ahora son escasos los dribles, pero gané en efectividad. Pienso que algo parecido pasa con las historias que escribo: las florituras disminuyen, pero la contundencia es mayor, aunque no es porque con el tiempo el talento escasee, la verdad no sé si alguna vez existió. Tiene que ver más con la tendencia a adquirir un estilo menos pesado, más sencillo.

P. ¿Avanzas o retrocedes?
R. Camino hacía el pasado y recuerdo el futuro.

La condesa de Porroliso fue uno de los primeros escritos de Leandro publicados en EL PEQUEÑO PERIÓDICO y que apareció luego en el libro Perfil de Mujer, antología con motivo de los 30 años del periódico.

P. ¿En qué sentido?
R. La técnica narrativa es el patrimonio de los aprendices. Es imposible contar algo que represente un aporte a la literatura, así sea mínimo, sin conocer la tradición. En ese sentido la lectura es una vuelta al pasado, una forma de saquear a los creadores que nos antecedieron para rastrear los elementos con que se pueden contar nuestras historias. Sin el aporte de ellos no hay futuro, nada puede ser nuevo, aunque la novedad apenas sea recrear en una narración unos procedimientos, un lenguaje o una cadencia poética que ya otros utilizaron. Sin la lectura crítica es fácil caer en las fórmulas. Es decir, resignarnos a aprender dos o tres técnicas de la academia y utilizarlas para contar muchas historias que terminan siendo esquemáticas. Desarrollamos una especie de producción en cadena en la que nos copiamos a nosotros mismos. Así la aventura de escribir se convierte en un trabajo.
En mi caso, creo que la construcción de los personajes también es una vuelta al pasado para crear el futuro. Los personajes son los espejos de lo que fui, seré, pude o quise ser, así no se construyan basándome en una experiencia intima, así esté contando a mi peor enemigo. Ningún personaje es un retrato acabado de mí mismo, pero sí recojo pistas de quién soy y eso me permite descubrir, en mis apuntes de diario o recuerdos, filones en los que se pueda profundizar ese aprendizaje, el del conocimiento de la condición humana desde mi experiencia vital. Es muy difícil entender el pasado expresado en una imagen mental o un apunte, por eso es necesario arrojar la luz del presente sobre estas vetas a partir de los cuales se puede forjar algo que no existía, esos yo inéditos que se llaman personajes. Por todo esto digo que camino hacia el pasado y recuerdo el futuro cuando leo o escribo.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Una noche mientras regresaba de comprar una botella de ron, una patrulla de soldados nos requisó y como el amigo que me acompañaba intentó burlarse de ellos, lo insultaron. Yo reaccioné y les exigí respetó con más insultos, a lo que los soldados respondieron con una paliza a la que me intenté resistir. Aunque no hubo lesiones graves, si me pregunté durante mucho tiempo qué había pasado esa noche. Tanta fue la consternación que me encerré voluntariamente durante seis meses a meditarlo. Sentí que debía contar esa experiencia y otras cosas que me habían ocurrido, pero sólo descubrí que era posible cuando leí Sexus de Henry Miller. Esa voz tan personal, que padecía la sexualidad, su ciudad y el ejercicio creativo con el trasfondo de la guerra, se parecía a eso que bullía dentro de mí. La única diferencia era que yo ni siquiera sabía cómo empezar a contar esas historias que me atormentaban. Fue cuando me vinculé al taller literario de Ángel Galeano Higua y a El Pequeño Periódico. Después de eso han venido muchos maestros, cada libro es uno, los árboles, las piedras y los mayores son otros. Reconozco a los maestros porque ninguno quiere imponerme su manera de ver el mundo, sólo son puentes que me ayudan a guiar hacia afuera esas historias que me cuenta mi maestro interior.

Perfil de Mujer, crónicas y reportajes 30 Años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

En este libro aparece Una mujer de aguas tomar, deliciosa crónica que Leandro Vásquez escribió sobre las valerosas batallas que su madre ha adelantado por el derecho al agua.

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los textos cortos. ¿Qué piensas de ello?
R. Pienso que las palabras son un estorbo. Un símbolo apenas, la pobre representación del sentimiento, la imagen o el pensamiento. Por eso creo que es una tarea casi imposible tratar de expresar algo con palabras. Es un trabajo siempre a medias, imperfecto. ¿Entre más hablamos o escribimos estamos más cerca de la perfección? Yo no lo creo. Entre más palabras tenemos que usar para contar algo, más nos alejamos de la pureza del modelo. Las palabras deben ser las necesarias y las precisas. Nos empecinamos en producir y producir palabras por compromiso. Nos las piden en la redacción, en la editorial o porque nos negamos al anonimato. Entonces viene el síndrome de la hoja en blanco y nos angustiamos y hasta enfermamos porque no podemos escribir. Pero qué hay más perfecto que esa hoja en blanco, que ese silencio. Es la oportunidad para pararnos del computador y escapar a la montaña y compartir nuestro silencio con un amigo, las piedras o los árboles. Pero seguro que a la primera oportunidad, nos tomaremos una foto junto a una cascada y las postearemos en Facebook y cuándo regresemos a casa la hoja seguirá en blanco porque no escuchamos nada y nada tendremos para decir. ¿Por qué le tememos al silencio? Quizás por su inmensidad, no resistimos un precipicio tan profundo y tratamos de llenarlo de palabras. Yo creo que la clave está en explorar ese precipicio. Quizás algún día encontremos ahí algo que valga la pena decir.

El archivo general completo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, desde 1982 hasta 2015, reposa hoy en la Sala Antioquia, de la Biblioteca Pública Piloto. Tanto impreso como virtual, ha sido una gran escuela para cientos de jóvenes como Leandro Vásquez.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado.
R. Se llamó Hay oro en Altamira, fue publicado en El Pequeño Periódico en el año 2006. Cursaba el primer semestre de periodismo en la universidad. Conté la historia de un niño que juega con sus amigos en una de las plazoletas de la Unidad Residencial Altamira. Ellos escarbaban en la tierra y cualquier piedra que descubrían constituía un gran hallazgo, pero el verdadero tesoro era que todavía existieran en la ciudad lugares donde los pequeños podían jugar tranquilos y al aire libre. Aunque ya empezaba a decantar en ese trabajo el estilo de lo que quería contar, historias cotidianas, construidas a partir de personajes, tocando temas como el de la infancia, cada vez que leo esa crónica me parece intrascendente. Recuerdo que en esa oportunidad también entrevisté a Juan Ignacio Bustamante, un ingeniero agrónomo que era administrador de la unidad. Me manifestó que la importancia del lugar residía en unas zonas verdes cuyo mantenimiento era dispendioso, pero yo pasé por alto sus palabras. Ahora pienso que lo determinante era hablar de esos árboles nativos que corrían el riesgo de desaparecer, en una unidad residencial muy cercana al centro de Medellín, una ciudad cuyo principal problema ambiental es la calidad del aire, aunque en ese momento eso no era tan claro, el deterioro ambiental era menor que ahora. Me decidí por contar a los niños porque fue una historia que me conmovió muy fácil, pero ni siquiera a ellos los trabajé a fondo, me quedé en unas apreciaciones muy superficiales sobre su cotidianidad y sus relaciones. No entendí lo que tenía en frente porque conocía muy poco la ciudad y sus problemas. Tampoco supe ordenar y disponer la información que levanté. En las entrevistas me acerqué poco a los personajes, demasiado confiado en que la grabadora se encargaría de registrarlos por mí. Pero el principal problema es que este era un tema que me era ajeno, ese no era mi barrio, ni mi urbanización. Es difícil entender las comunidades desde afuera, hay que darse en el tiempo de escucharlas, de caminar los territorios. Es mucho mejor que los habitantes cuenten sus propios conflictos, ellos sí los conocen.

P. Y del último.
R. El último fue Gambeta. Es la historia de un niño que quiere jugar fútbol y su mamá se lo impide porque puede dañar sus zapatos ortopédicos, los únicos que tiene, porque además el niño es patizambo. Gambeta es un driblador endiablado y escapa del control de su mamá en medio de una emergencia de inundación que amenaza con destruir su barrio. El primer personaje que surgió en esa historia fue Gambeta. Cuando leí un pasaje de Respirando el verano, de Héctor Rojas Herazo, en el que Anselmo enferma después de un paseo al mar, pensé en que era necesario contar algo propio, algo de mi niñez, contagiado por esa cadencia poética del poeta de Tolú. Así despertó Gambeta y se echó a andar y cuándo menos imaginé jugaba fútbol y sufría. Ya no era mi niñez la que contaba, Gambeta tenía su propia fuerza. Eso ocurrió hace trece años, antes de estudiar periodismo. En todo ese tiempo también descubrí que la madre parecía una villana, pero eso sucedía porque no le había dado el espacio para expresarse. Quise ahondar en su historia y su carácter para que ella misma se mostrara. Era la primera vez que trabajaba un personaje femenino, así que fue un maravilloso descubrimiento de ese universo y la relación de sobreprotección que esa mujer sostenía con su hijo. En todo ese tiempo también entendí que el barrio era un personaje y lo quise retratar por medio de una falsa alarma de inundación, un hecho que revela ese tejido de relaciones que todavía existe entre los habitantes de estos lugares, en los cuales un chisme puede desatar tragedias. Las personas se sorprenden cuando les digo que ese cuento fue escrito hace trece años, me dicen que es muy corto, afirman que en todo ese tiempo es posible escribir hasta unas cinco novelas. Pero no es que escribiera el cuento todos los días, sólo lo hacía en las épocas que me quedaban libres entre la universidad, el trabajo, las fiestas, los amigos y las novias. Había que vivir. Ese cuento lo quiero mucho no porque sea una genialidad, sino porque fue mi escuela y me parece increíble que haya sobrevivido a trece años, cinco computadores, tres discos duros dañados, seis formateados, a los virus, a mi descuido y mi torpeza. A pesar de que está publicado, estoy seguro de que todavía no lo termino.

P. ¿Cuál de tus textos te ha ocasionado más dificultades?
R. Para mí escribir es muy difícil. Hace no mucho, quise escribir una novela sobre lo difícil que fue contar la historia de un acueducto comunitario de agua. Llegué a enfermar de gravedad y estuve veinte días internado en el hospital. Cuando quise contar esa historia, no fui capaz, la escritura no fluía a pesar de que me forzaba todos los días. Acudí hasta a una terapeuta para desbloquearme, pero no resultó. Un episodio angustiante de verdad. Creo que fue porque no entendía lo que había pasado y en el fondo no quería hacerlo, era más fácil ignorarlo. Tiempo después volví a escribir un diario, a mano en una libreta, y me queda el consuelo de que eso permitió que la escritura fluyera. Sólo solté lo que me pesaba con libertad, sin cortapisas, sin compasión por mí ni por nadie, sin importar si iba a ser publicado o siquiera vuelto a leer algún día. Logré narrar algunas partes de ese libro que todavía sueño. Espero terminarlo algún día. Si las palabras son algo antinatural, forzarse a escribir o a hablar lo es aún más y lo único que puede resultar de eso son problemas.

Mi barrio de noche (Foto de Leandro)

P. ¿Te persigue algún tema en especial?

R. Mi barrio. Es lo único que conozco más o menos a fondo. Vivo en el mismo lugar hace treintaicuatro años. Pero cuando me reencuentro con esos personajes que quiero contar, descubro que ya son otros: adultos, preocupados por trabajar, producir dinero y obtener placer. Desprecian cualquier cosa que se aparte de ese esquema. Si les cuento que quiero contarlos, poco o nada les interesa, prefieren el anonimato. El espacio físico ya es otro también. Dejo de pasar un mes por una calle y cuando regreso, ya hay un edificio empinado en una cuadra de casitas de dos pisos. Hasta hace poco no sabía que ya había semáforos y por las avenidas que cruzaba desprevenido, pasaban las motos raudas a punto de atropellarme y yo no entendía qué pasaba. Terminé por pensar que ese que yo pensaba que era

Mi barrio al atardecer (Foto de Leandro)

mi barrio, me lo había imaginado. Ya no existe, si acaso algún día existió. Los cambios sucedieron tan de prisa que, a pesar de vivir ahí siempre, no nos dimos cuenta. En cambio, me reencontré con la montaña que tutela mi barrio, un lugar que guarda una memoria mucho más antigua que las calles, las casas y los hombres. Cuando era niño, la caminé con mi familia para elevar cometas, cocinar sancochos o bañarme en los charcos, pero hasta ahora descubro que cada animal, quebrada, árbol o roca puede ser también un personaje. Ese es un tema que me inquieta.

P. Si tuvieras que viajar a la selva y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. Llevaría Alucinaje, una historia sobre un muchacho que come hongos alucinógenos. Su viaje psicotrópico es una rebelión contra una realidad que lo mantiene adormecido. Pero esa aventura no es una fiesta de luces y placeres. Como en cualquier viaje que valga la pena, el muchacho se encuentra con sí mismo y no le gusta lo que descubre. Su interior se revela a partir de la relación con el afuera: alucina con que las montañas tratan de aplastarlo, los humanos son fantasmas, su cuerpo se vuelve tan liviano que es incapaz de mantenerse en el suelo. Una aventura en la selva es un viaje alucinante en el que no son necesarios hongos o brebajes. Para delirar es suficiente escuchar el río, sentir los arboles descomunales, oler las flores, sumergirse en la vorágine de animales y plantas. No conozco psicotrópicos más poderosos. Alucinaje me ayudaría a no asustarme, a recordar que sólo soy yo el que se rebela en la naturaleza, a no escapar cuando me descubra en el espejo de la selva.

P. Para evitar que te condenen a barrer todas las calles de Medellín si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?
R. ¿Todas las calles? De verdad destruiría cualquiera. No imagino un castigo peor. Pero si me permiten elegir, optaría por los textos que también fueron una condena. Hace unos años, trabajé en un periódico comunitario. Se producía una publicación mensual, pero cuando yo empecé fue necesario hacer la del mes anterior que estaba atrasada, la del mes actual y cuatro ediciones especiales. Todo en cuatro semanas. El equipo sólo éramos el director, un diseñador externo y yo.

Además el director estaba ocupado todo el día desarrollando un trabajo comunitario con el que se sostenía la corporación. Escribir se volvió tan repetitivo como cavar un agujero con una pala. Las salidas de campo eran pocas, me la pasaba ocho horas o más en una oficina pequeña, frente al computador, corrigiendo o escribiendo textos. El escaso dinero que ganaba, lo gastaba en el bar.

Leandro Vásquez (der) cuando ganó el Premio Nacional de cuento convocado por el periódico “Qué hubo”, 2017, con su cuento Calle sol.

Gracias a los aportes de los habitantes de la comuna pudimos salir más o menos a salvo de esa coyuntura. Aprendí poco porque no había un editor que me enseñara. Yo era el redactor, el editor y el fotógrafo. El director ayudaba en lo que podía, sobre todo con las páginas editoriales y consiguiendo colaboraciones. Me equivoqué mucho, mucho. Y el rodaje era de mil ejemplares que, en ocasiones, también ayudé a distribuir. Sin embargo agradezco la oportunidad de conocer la ciudad y el trabajo de tantos líderes. Para evitar barrer toda la ciudad, entregaría uno de los textos que más me gusta de esa época: Barrio Cementerio Ciudad Central, la historia de una comunidad que se levantó sobre un terreno que perteneció a un cementerio. En la entrada, había tres lapidas. Cuando se construyeron las casas era común encontrar huesos y partes de cuerpos. Los habitantes contaban que había personas que escuchaban quejidos todas las noches u otras que tenían espantos propios, llegaban a las casas y los saludaban como a otro miembro de sus familias. A los habitantes del barrio no les gustó el artículo porque les pareció que podía devaluar sus propiedades. Yo sólo comuniqué lo que ellos me contaron, menos mal tenía grabados todos los testimonios.

P. Como periodista, cómo consideras esa relación con la literatura.
R. Yo utilizó todos los métodos de investigación que aprendí del periodismo. Aunque no use un cuestionario estructurado para entrevistar, muchas veces hablo con los modelos de los personajes. Hago trabajo de observación. Recojo apuntes. Tomo fotografías.

Leandro lee uno de sus textos durante la clausura del Encuentro Nacional de TOMA LA PALABRA, 2006 (foto archivo)

Cuando no conozco bien los temas, hago rastreo documental y leo todo lo que puedo. Creo que lo que escribo está profundamente afincado en la realidad. Pero en el momento de escribir, me gusta dejarme guiar también por un pálpito, un sentimiento, un sueño o una imagen mental que me persigue. No me preocupa si los datos son comprobables o si lo que escribo es periodismo o ficción. Si algún académico lo desea, que le ponga la etiqueta que quiera. Tampoco me mido para sumergirme en el interior de los personajes. Ni siquiera me preocupa ponerlos en situaciones inverosímiles como volar, en caso de que el mismo personaje así lo requiera. Cuando lo que se pretende contar son lo que Faulkner llamó las antiguas verdades del corazón: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio, la realidad se convierte una camisa de fuerza que no permite expresar con libertad asuntos tan complejos. Entiendo que en regiones de nuestro país, ocurren sucesos como el atropello de comunidades y la destrucción de territorios para construir megaproyectos, la explotación desaforada de la naturaleza por el afán de enriquecimiento de unos pocos, el abandono y descuido sistemático de comunidades enteras por parte del estado, el asesinato de líderes sociales y la muerte de niños indefensos entre muchas otras cosas. Sé que esas historias no pueden esperar trece años para ser escritas como mi cuento de Gambeta. Es urgente contar esas verdades y se necesita valentía para hacerlo.

Sesión campestre del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?

R. Mi verdadera escuela son los talleres. Me hubiera gustado tener en la universidad lo que ofrecían. Cosas como profundizar por meses en las lecturas o hacer un trabajo crítico sobre nuestras propias producciones. Asisto a El Aprendiz de Brujo porque yo apenas comienzo y la mayoría de compañeros son mayores, ya publicaron varios libros y tienen una experiencia y conocimiento más bastos. Creo que me pueden guiar. Me atrae, sobre todo, el espíritu crítico con que se lee lo que cada uno produce. Si alguna vez las correcciones de uno de los lectores no son en mi opinión acertadas, luego descubro que rebelan cosas del texto que pueden enriquecerlo. A mí me gusta que sean despiadados con las opiniones sobre lo que escribo. Aunque pueden herir el ego en ocasiones, es la manera más fácil de aprender. La edición también me apasiona y a veces aporto en ese sentido. Me gusta corregir los escritos ajenos, es mucho más fácil, no tiene uno ataduras emocionales con los personajes ni se encapricha con las figuras poéticas creyendo que son geniales. También asisto al grupo porque no entiendo bien lo que escribo. Así suene un poco raro, el texto es un acto de inconciencia que nunca alcanzo a dilucidar del todo y los lectores experimentados ayudan a comprenderlo un poco más.

P. Te piden como pasaporte al paraíso que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. No creo que después de encontrar la perfección, a quienes viven en el paraíso les gusten mucho los desabrochados. Sin embargo ahí va:
Nadie me invitó a la fiesta. Bebí, fumé y bailé. Fue una locura, no sé cuánto duró. Al final se llevaron las cosas de la casa y se marcharon. El último partió después de fumarse el cigarrillo final, lo único que quedaba. Me dijo que se iba para una fiesta mejor. Después de esperar durante años, llegó ella y me preguntó si aquí era la fiesta. Sí, siéntate y sírvete un trago, le dije. Luego de una hora en silencio, me preguntó: ¿a qué horas llegan los otros invitados? Ya se fueron, le contesté. Estás loco y esto es no es licor sino agua, se burló. Ya estoy muy embriagado para discutir, a tu trago lo único que le falta son unas gotas de imaginación, le respondí y ella se sirvió otro vaso.


 

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un Diario literario?
R. En momentos en los que no quería o no podía hablar con alguien, épocas de aislamiento o introspección, el Diario fue el único a quien confié mis palabras. No imagino qué pudo pasar de no tener esa válvula de escape. En ocasiones en las que me forcé a escribir, pero las palabras no fluían y la angustia me desbordaba, el Diario apareció otra vez y me devolvió la confianza. Es increíble lo liberador que puede ser dejar correr un bolígrafo por unas páginas. No pensé nunca en que lo que escribía se fuera a publicar, hay apuntes que ni siquiera se pueden entender por la premura con que se consignaron. En cambio, otros me rebelan el que fui, un personaje que ahora parece de ficción, pero que en su momento era un muchacho que padecía su barrio, el amor, la muerte, la soledad. Una de las fortunas más grandes que me regala la vida es recoger esos apuntes y descubrir chispazos a partir de los cuales se puede crear una historia.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Sí, claro…

2010
*Sus ojos ambarinos me enloquecieron. Apunté con el cigarrillo a mi boca porque no me amaba, como si fuera un cañón. Jalo y jalo el gatillo, sale humo pero no dispara. Lo médicos me dicen: si sigues fumando, espera la bala en unos treinta años.
*Estoy al borde de una escopeta mientras cruzo la cuerda floja. Tranquilo, me dicen mis amigos. Sólo los dos cañones con que la muerte me mira, tiemplan mi marcha.

2011
*La carne truena y los huesos gimen. Qué importa si los otros también los escuchan. Aunque les enseñe a callar, el silencio de mis entrañas seguirá cavando la fosa donde morirán las estrellas. Mejor déjenme iluminar la calle vieja para que las palabras tuertas y cojas encuentren un rincón donde dormir.

2016
* La muerte del cóndor
Más grandes alas que las mías, las alas del placer, no se elevaron sobre este planeta. Hoy es mí último vuelo. Desplegaré mis rescoldos de energía y volaré a lo más alto, hasta la cumbre del éxtasis. Luego me entregaré, en un abrazo último y definitivo, a la tierra.

2018
* Su primer y único regalo fue una cabeza de ajos. Pensó que me ayudarían a curar mi tristeza. Yo creí que me lo había regalado porque me quería. Quise demostrarle que también ella me gustaba. Dejé la pena a un lado y le regalé una sonrisa, me devolvió una mueca fría. Sentí después que necesitaba de una piel tibia y la acaricie, ella se apartó. Una noche de insomnio le escribí mi primer poema, guardó silencio. Sembré, cuidé una rosa y se la regalé, dejó que se marchitara. Aprendí a reír, acariciar, escribir y sembrar. Ahora también cocino: los ajos terminaron como ingredientes de una salsa. Me pregunto a dónde se fue el amor que me sanó. Quizás hiede y se pudre en el corazón de ella, como en un cuarto oscuro donde acumula las montañas de regalos de los hombres que despreció.


Gambeta es su primer libro publicado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con el sello Colección El Aprendiz de Brujo.

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Abrimos esta ventana para que nuevos autores se asomen y cuenten los avatares que han vivido en la construcción de su obra, los sucesos que los inspiran, la forma en que han asumido el reto de la lectura y la escritura creativa, y cómo han sorteado los problemas para dar vida a sus historias y echar a andar los personajes. El común denominador de los entrevistados será su hilo conector con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, que este año cumple sus primeros 10 años de vida.
Una bella forma de celebrarlo a través de la voz de los creadores.

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Carné de Aprendiz

“Elegiría el destierro”

Entrevista con la escritora Claudia Restrepo Ruiz

Por Ángel Galeano Higua

Irrumpió con ímpetu en el mundo literario de Medellín a raíz de la beca de creación para su primera novela, Ciento uno (Edit. Fundación Arte & Ciencia). Una experiencia que la sorprendió por el contrasentido que tiene para un escritor justificar su obra y aprisionarla en un cronograma, como si fuera un producto de supermercado. Con el ingrediente de tener que calcular un presupuesto y medir el impacto de su pluma. Para un autor estas condiciones suponen un exabrupto. Una beca es un premio por adelantado de un libro que no existe aún. Un juego de doble filo. Esto significó para Claudia un desafío al cual no estaba dispuesta a rendirse. Tenía que luchar por cumplir con una fecha, nada más tenebroso para un autor. Pero ella aceptó el reto y salió airosa. Hoy, esa novela ha sido publicada en segunda edición por Planeta, en su colección PlanetaLector.

Desde sus años de estudiante disfrutaba escribiendo versos que recogía en sus cuadernos. Así se impregnó de una entusiasta disciplina con el Diario literario, aventura constante en la cual se indaga, se asombra y se pule. Pero contar historias es otra cosa, ante lo cual no se ha amilanado. Con Ciento uno, arrancó.

Magister en Literatura, Claudia cuenta hoy en su haber con tres libros más, en los que destila una perseverante búsqueda de su voz como narradora: Bitácora del cuerpo (Edit. Fundación Arte & Ciencia), chispeante juego entre el erotismo y el humor. Escritos que recopiló durante varios años en su blog, los seleccionó y pulió para hermanarlos en ese delicioso diario de a bordo. Los umbrales del delirio, una farragosa aventura intimista dirigida a un narratario en segunda persona a quien cuenta secretos y anhelos. Aunque no ha sido publicado en impreso, ya vio la luz en el ciberespacio, gracias a eLibros Editorial, que lo incluyó en su Colección Sur. Y, Cinco mujeres, en la que arriesga una polifonía femenina, cuidándose de no caer en la trampa del feminismo.

En la Colección El Aprendiz de Brujo fue incluido Papá, libro de relatos cortos, homenaje póstumo a su padre, figura crucial en su vida, con títulos como Banco de alcobas, De pies a cabeza, Papá, Uno de tus días y La mujer de piedra, entre otros.

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Claudia Restrepo Ruiz. “Diría que soy irreverente. Que amo la hora gris, que allí converso con mis fantasmas. Que me hubiera gustado ser zurda y que no pateo bien el balón. Que amo los champiñones y las aceitunas y leer a los amigos y descubrir en otras lecturas otros amigos. Que adoro la poesía y mirar a los ojos. Que he escrito unos cuantos libros que parece que me hubieran escrito a mí primero. Que sueño en colores y tengo creencias diversas. Que la palabra que me seduce es libertad y la que más me define es decisión”. (foto archivo)

Una novela que recrea episodios del trastorno bipolar (Diseño cubierta Saúl Álvarez Lara)

P. ¿Cuál es tu gracia?
R. La ternura… Sí, la ternura expresada en la voz, en las palabras, en mis maneras de nombrar el cielo. La ternura en el abrazo, en el de mamá sobre los demás abrazos. La ternura al concebir un sueño, al darle aristas, al concebir un verso. La ternura para los poetas, los amigos, y los poetas amigos. La ternura de mi piel, de mi cuerpo, de mis sueños.

P. ¿Avanzas o retrocedes?
R. Ambas

P. ¿En qué sentido?
R. Retrocedo en búsqueda de los parajes de la memoria donde han quedado incrustados pedacitos míos, de mi infancia, de mi abuela, de mi padre. Avanzo a medida que el teclado dibuja caracteres que antes no habían sido soldados ni nombrados por fuerza alguna.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras una aprendiz?
R. Cuando fui a presentar al grupo mi libro Bitácora del cuerpo en mayo del 2014. Me conmovió tanta lucidez y dulzura al mismo tiempo. La manera de leer, de interpretar, de compartir la palabra escrita. Supe entonces que debía unirme inexorablemente.

Juego entre el erotismo y el humor. (Diseño de cubierta Saúl Álvarez Lara)

P. De tus textos publicados se nota una predilección por los textos cortos. ¿A qué crees que se deba esa tendencia?
R. Es difícil responder esta pregunta. Siento en mí, un hálito de poeta. Esa que escribió durante años poesías al reverso de cuadernos. La brevedad permite proponer ritmos diversos y condensados. Casi como un disparo de palabras. Me gusta sucumbir a ese efecto.

P. Háblanos de la experiencia de tu primer texto publicado.
R. El primer texto publicado, fue un poema Escucho tu silencio, en el periódico estudiantil La Huella, del colegio Marymount, cuando cursaba grado décimo. El poema lo escribí pensando en el despecho de una amiga. Mis padres no salían de su asombro y yo, con el esfero aún caliente, continué narrando. De alguna manera, siento que todas son mis primeras publicaciones a medida que van saliendo. El gozo y la sorpresa son indescriptibles.

P. Y del último.
R. El último fue una novela, Cinco mujeres, que buscó pista en muchos medios. Una novela editada como libro digital que nos aproxima a otras latitudes y frecuencias. Sentí gozo y curiosidad, una curiosidad enorme de ver cómo la historia se defendía ante los lectores.

P. ¿Cuál te ha reportado más aprendizaje, la publicación impresa o la virtual?
R. Ambas me han ayudado, la virtual lucha por sostenerse y el libro impreso me ha demostrado que toma fuerza con el paso del tiempo.

La autora de Bitácora del cuerpo, con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, durante el evento de presentación del libro en la librería El Acontista, Medellín, 2016. (Foto archivo)

P. ¿Cuál de tus textos te ha ocasionado más dificultades?
R. Los textos que más dificultad me cuestan son los cuentos. No tengo la paciencia para escribir un mismo cuento en diversos momentos. Me cuesta darles tiempo. Puedo corregir, pero sobre un texto completo. Siento que están inacabados, que siempre pueden mejorarse, pulirse. No he superado esas dificultades.

P. ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Varios, me persiguen el erotismo, la mente, la muerte y el cuerpo.

Farragosa aventura intimista.

P. ¿Pero cuál de esos te jala más?
R. La mente, porque está toda por explorar. Porque desde Freud venimos construyendo personajes cada vez más psicológicos, porque siento que ahí está la gracia de los personajes. No solo en sus acciones sino en sus pensamientos.

P. Si tuvieras que viajar a la luna y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. Ciento uno, sin duda. Porque constituye una radiografía del hombre moderno. Del hombre que me tocó vivir.

P. Para evitar que te condenaran al destierro en el desierto si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?
R. Elegiría el destierro. No puedo renunciar a ninguno de mis textos. Ellos, en conjunto, me salvarían del desierto.

P. Hace poco terminaste una novela. ¿Qué tal esa experiencia en relación con la primera que escribiste?
R. La primera, Ciento uno, tenía guion, era premeditada de comienzo a fin, era como un gran cuento. La última, El bróder, no tenía derrotero, la fui descubriendo a medida que la fui escribiendo. Siento que son dos maneras de narrar muy diferentes. Existe mucha más sorpresa en la última.

P. ¿Qué significado tiene “El bróder”? ¿De dónde salió?
R. “El bróder” es la manera coloquial de decir hermano en inglés. Salió de un personaje de la novela, que es por supuesto creación mental de Antonio, el personaje central.

P. ¿O sea que el personaje crea otro personaje dentro de la obra?
R. Exacto, así es.

P. Desde hace varios años asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. Porque me seduce la literatura del grupo, los diarios literarios leídos en voz alta, los cuentos, los descubrimientos y sobre todo la lectura en conjunto de autores universales y contemporáneos.

P. Una experiencia en el Grupo que te haya marcado.
R. Todas las lecturas de las grandes obras en el grupo son maravillosas, esa forma de nadar en la literatura universal con los ojos muy atentos, como hicimos con las novelas de Conrad: El corazón de las tinieblas y luego con Lord Jim. También con Rojo y negro, de Stendhal… Y no sólo la lectura en grupo. La individual es esencial. No habría podido escribir El bróder, sin Iván Ilich, sin Estanislao, sin Hesse, sin Saki.

P. ¿Qué tal tu experiencia como autora? Quiero decir como mujer. ¿Has sufrido discriminación o sobrevaloración?
R. Siento que la obra es lo importante. Si me han dicho que no, o me han discriminado, no ha sido por ser mujer, ha sido porque mis obras no entran en los parámetros comerciales de muchas editoriales. Son las obras las que encuentran un nicho. Construir nombre como mujer quizás sea más difícil en nuestra cultura literaria, pero no me siento sujeto de discriminación alguna… Quizás la discriminación parta de uno mismo.

P. Te piden como pasaporte al paraíso, que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. ¿Qué es el paraíso? Una biografía para entrar ¿y si… quiero salir? Diría que soy irreverente. Que amo la hora gris, que allí converso con mis fantasmas. Que me hubiera gustado ser zurda y que no pateo bien el balón. Que amo los champiñones y las aceitunas y leer a los amigos y descubrir en otras lecturas otros amigos. Que adoro la poesía y mirar a los ojos. Que he escrito unos cuantos libros que parece que me hubieran escrito a mí primero. Que sueño en colores y tengo creencias diversas. Que la palabra que me seduce es libertad y la que más me define es decisión.


Del Diario Literario

P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario?

El diario me ha hecho escritora. Desde los trece años comencé a tener ese hábito de escribir a escondidas a altas horas de la noche, por el revés de mis cuadernos académicos. Cuando se hizo necesario, comencé a comprar agendas bellas. Agendas que escogía por la portada y no el papel. Después se hizo necesario que tuvieran separador y luego fueron tantas las palabras que fue necesario abrir un blog. El blog para mí fue una continuación del diario. Durante 10 años lo nutrí, lo consentí, me desnudé en él. Un blog en el ciberespacio con un par de visitas frecuentes y la lectura obligada de mi mamá. Desde que llevo diario he contado con su lectura. Primero secreta, luego revelada.

Llevar un diario para mí, ha sido una salvación inequívoca, una manera de nombrar mi mundo, de reinventarlo.

P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?

R. Con gusto.

Llevar un diario para mí, ha sido una salvación inequívoca.

Picasso en sala

Tus caricias son como el rocío. No puedo amanecer sin ellas. Despertar es correr el riesgo de seguir soñando, de flotar entre el espacio y tú. Ingrávida y coqueta no soporto perderte entre las seis y el frío, en un amague del tiempo, en una ola vacía. Necesito de tu arte alentando la mía, de tu Picasso en sala escuchando a un español. Del abanico abierto, del azul cobalto, de las moras grises. Otra Navidad llega pretendiendo quedarse y ya la instalé en casa como si fuera una visita. No hay corona, solo un follaje iluminado y ositos agarrados al árbol. Una lista de deseos que empieza con una tarde entre tus brazos. Sin más pesebre que dos figuras de madera y con una nostalgia Piscis que habita la casa. Estoy sin ti. Estoy sin él. ¿Cómo purificar un recuerdo contaminado? ¿Cómo no gastar sus ojos? ¿Cómo no imaginarte en un abrazo? Tchaikovsky me ha dado órdenes sobre la forma de habitar el espacio. He hecho un collage con pétalos de rosa y he ido a hurtadillas a la cocina por algo dulce. He vuelto al Reina Sofía y me he parado frente al Guernica. La guerra es un pretexto para morir jóvenes. Un pretexto para la gloria, un quehacer vacío. Una discordancia discordante. ¿Y cómo llegué a la guerra hablando de ti y tu arte? Tal vez por tus pasajes agrestes, por la ciudad en vela, por aquella lectura del graffiti de Cortázar. Podría pararme entre el cielo y tú sólo para convencerte de que la paz existe. Ser yo, tu paz. Y evitar así el cuerpo a cuerpo. No, mejor te doy guerra, así tenga que amanecer sin tus caricias, ingrávida y coqueta.

La monarquía del autor

No existe. Creemos saber adónde llevar nuestros personajes cuando es al revés, nuestros personajes nos llevan. A ratos incluso se resisten a estar circunscritos en una obra o un pasaje. Quieren continuar protagonizando una historia. No somos más que médiums cuyas almas se ven arrinconadas en una de las esquinas del cuarto donde afanosamente tejemos un porvenir. ¿Autor? Me moldea el personaje que descubro. Soy presa de sus hábitos, cómplice de sus pasiones. ¿Nombrar? ¿Cómo llega el nombre de un personaje? Adriana Pino. El que alcancé a leer en la consignación firmada por mi vecino en la fila de una sucursal de banco. Ella, se vino conmigo. No pude desprenderme más de su nombre. Tuve que anclarla a una historia, decir que era odontóloga, imaginar su consultorio, escribir penosamente su rutina… ¿Metida? Lo soy. No puedo evitar escuchar lo que se dice en las mesas aledañas del restaurante o lo que cuchichean otras parejas en el cine. Soy incapaz de subirme al metro sin imaginar personajes en los rostros que veo. Miro las manos de la gente. Leo gestos. Me descalzo en los lugares donde la etiqueta exige tacón. Las multitudes me asustan porque hay mucho de dónde escoger. Me dan palpitaciones, siento vértigo. Sostengo conversaciones en monólogo. A veces me obligo a no escribir. Cuando la idea llega tarde en la noche, la repito hasta memorizarla y procuro trabajarla al día siguiente pero no siempre funciona, a veces la idea se pierde. Y tengo problemas para socializar en las reuniones. Mitad de mí está presente, la otra mitad, en cavilaciones. Si estuviera cerca del patíbulo no estaría confesando esto. Sé que al final, es irrelevante. El llamado de las letras nos hace una jauría extraña. Nos inventa una monarquía sin reino.

Resucitó la noche

“Ni siquiera en tu Zen volveré a verte”, Sylvia Plath

Resucitó la noche sin vos adentro. Me dijo hola y hasta pronto. Quise que me dijera adiós, que me despidiera tarde, que me propiciara un encuentro sin términos de validación ni fechas de caducidad. Quise que me propiciara un encuentro con vos adherido a todos mis rincones. Quise encontrarte en los pliegues de mi piel, en lo áspero de mis codos, en el revés de una rodilla. Quise verte sin los ojos, con el cuerpo, con ese presentir de vos minando mis afectos. Y es que resucitó la noche sin vos adentro. No te imaginas cómo luce, cómo llora, cómo languidece el recuerdo. Ya no estás para contarme cuentos ni para venderme un dulce o pedirme plata para un mercadito. Tu pensión vacía es solo una cama con un ventilador de techo. Vendiste los libros como aquel personaje de Auster, el nieto de Effing, cuando tú ya no eras nieto de nadie más. Nadie más vivo, quiero decir. Y quizás fue tu abuelo, lejos de esta noche quien se arrimó a tu lecho. Es una pena que no me queden lágrimas porque te habría llorado como exnovia triste aunque nunca fui tu novia y nunca me viste triste. Fui tu amiga o al menos, eso quise. Los tatuajes de tus brazos ya no empuñan las varitas de la batería. Ya no suena ningún rock remilgado o valiente, tan solo quedas vos en el recuerdo con tu Zen agitando mi consciencia. Y siento que me preguntas ¿qué queda? Todo Juan. Cada letra.

Verde Toscana

El vendedor de biblias, que aparece en el libro Flores en la pared y otros relatos, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. (Diseño cubierta Saúl Álvarez Lara)

Se escurría en mi ventana.  Los verdes eran tantos como los viñedos y los rollos de heno. Intentaba dormir pero el paisaje no me lo permitía. Sentía que me perdería un fragmento de universo si cerraba los ojos. Quería devorar el paisaje, nombrarlo, regalarlo. Ya no sería la luna el desértico e inamovible paisaje que añorara, sería Liguria, sería la Toscana. Te diría al verte que encontré un rincón dónde ser felices. ¿Para qué un rincón si podemos ser felices sin posesión alguna? Pero yo quiero un rincón italiano, quiero un pedacito de bota, quiero mi propio árbol de uvas… No será contigo aunque quieras un lunar de los míos ¿Un lunar en mi piel?  Me detuve a esculcar mis brazos por el mencionado lunar y supe que esos no eran los que querías. El lunar de mi rostro te apetecía. Esa era mi Toscana. No podía dártelo, no podrías sembrar un viñedo en él. ¿Para qué un lunar? ¿Para qué un pedacito de bota? Para admirar. Para decir que anochece y es de día porque es verano y los autos corren por la autopista con las ventanas abiertas para sentir la brisa.  Árboles inclinados por el viento dibujaban senderos que mi mirada seguía hasta el final. Salidas de casas carmesí con enredaderas entre sus pisos, tejiendo nidos de colibrí. Campanas. Cerca hay una plaza, sí, con torre y balcón, sin dama ni blanca flor. ¿O soy la dama y mi diario la flor? Para qué invitar a Machado a mi Toscana, por qué no esperar verlo en Toledo o en Madrid. La poesía es caprichosa, va dónde no la invitan. Se presenta. Araña arrugas de un tiempo pasado que  no siempre fue mejor. Dice que quiere morar conmigo en el rincón que elija y es tan generosa su propuesta que no puedo elegir. No puedo llevarme un pedacito de bota porque sí. Aunque puedo escribirlo y sentirlo cada vez que lo leo. Imaginarme de nuevo en la ventanilla del bus contando viñedos y rollos de heno. Pasar por Verona e imaginar la pluma de Shakespeare cargada de tinta flagelando el papel. Escuchar las risas adentro. Las conversaciones en tonos bajos. El guía, Antonio, anunciando la siguiente parada con un Ding Dong que despertaba de sueños pero no de ensoñaciones. Jamás despertaría de ese verdor, de este verano

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Obras publicadas:

  • Ciento Uno (novela, Beca de Creación Alcaldía de Medellín 2009, Edit. Fundación Arte & Ciencia)
  • Bitácora del cuerpo (Fundación Arte & Ciencia, 2014),
  • Los umbrales del delirio (eLibros Editorial, 2016),
  • Papá (Fundación Arte & Ciencia, Colección El Aprendiz de Brujo, 2017),
  • Cinco mujeres (eLibros Editorial, 2018).
  • Ha participado con cuentos en varias antologías de Yurupary y el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

 

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