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Archive for 25 abril 2018

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia

Ya está en circulación en edición impresa

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La llegada del Chiminigagua

Álvaro Jiménez Guzmán

Álvaro Jiménez Guzmán, autor del libro “La llegada del Chiminigagua”.

Navegaron con furia contra la corriente del río Grande de la Magdalena. La lancha tocó los primeros estrechos ascendentes. Alcibíades y sus hombres desembarcaron en el último puerto y se montaron en una recua de mulas para continuar, guiados por un campesino de los Andes. Alcibíades le preguntó si sabía llevarlos a la montaña que guardaba al Chiminigagua. El hombre les contestó que sí, que los llevaría al Valle de Tenza donde había un permanente cataclismo. “Muchos hombres hacen llover piedras de fuego con máquinas raras…”, les dijo. Describió que la tierra se estremecía por atronadores relámpagos rompientes de montañas, sin que las aguas del río Batá se salieran de su cauce. Les indicó luego que se hospedarían en la población de Santa María de La Vega, enclavada en las estribaciones de la Cordillera Oriental, epicentro de aquellos ajetreos.
Alcibíades, viejo cultivador de algodón, se entusiasmó con este relato e imaginó a su vieja y pintoresca población de Mugambia, escondida en una de las sabanas próximas al Golfo de Morrosquillo. Sus noches ya no serían sólo alumbradas por la luna, o por gotas de luz con las que los cocuyos salpicaban la negrura reinante. Sintiendo el agobio del pueblo por la oscuridad prolongada, convocó a los cincuenta campesinos más valientes para realizar una expedición a las montañas del centro del país. Había oído decir a sus antepasados que un resplandor permanecía oculto en uno de esos cerros. Ellos ya habían protestado ante las autoridades contra el destello intermitente de los coleópteros, o los faroles de mechas de lienzo alimentadas con sebo de res y gordana, o las lámparas de aceite. Ahora querían aquel fulgor que se ocultaba en las profundidades de las montañas.
Por senderos escabrosos remontaron la tupida cordillera, bajo el cuchicheo de los pájaros, la bullaranga de los micos y el zumbido de los grillos. Más adelante el sol no volvió a resplandecer, y en su lugar el cielo estuvo ceniciento. De pronto, los cubrió la rigidez grísea de la cordillera andina. Surgían los peñascos en medio de gruesas nubes. A medida que ascendían el suelo se mostraba atravesado por impetuosos riachuelos. En medio de truenos de agua, entre los desfiladeros, se elevaban densos vapores producidos por las cascadas que ellos confundían con columnas de humo. Se veían pequeños ante las imponentes rocas, y, cuando llegaba el viento, potente y bronco, bramando contra las ramas, se sentían levantados hacia adelante. En los ojos de las bestias que montaban, se reflejaba el terror con cada estruendo que precedía a los aguaceros, para luego resbalar en la jabonosa arcilla mojada. Estaban tan sorprendidos con tal avalancha de lluvias, piedras y arena, que temían ser devorados. Además del frío abrumador que los envolvía, sentían una profunda desolación cuando pasaban cerca de las malocas silenciosas de los indígenas y de las casitas campesinas pintadas con cal. Varias semanas después, en la frontera del altiplano cundiboyacense, a cielo abierto, cuando la tarde caía entre brumas violáceas y azules, observaron un infinito paisaje de frailejones.
Al llegar a las riberas del río Batá, en un valle cruzado por los ríos Lengupá, Somondoco y Garagoa, Alcibíades y sus seguidores divisaron desde una colina, estupefactos e inclinados sobre sus bestias, el arrebato de miles de personas moviéndose como hormigas, a pie y en extrañas máquinas, taladrando rocas y escarbando las profundidades de la cordillera. “¡Ahí debe estar el Chiminigagua!”, gritó Alcibíades con alegría, señalando el monumental cerro que cortaban hacia un gran lecho todavía seco.
Descendieron hasta el campamento. Alcibíades preguntó a un hombre de ropa caqui y casco blanco si esa era la montaña que guardaba el Chiminigagua. “¿Qué es eso?”, preguntó confundido el ingeniero, ante aquella exótica comitiva. Y Alcibíades le aclaró: “Es un Ser Omnipotente, luminoso, que cuando es de noche amanece y muestra la luz que en sí guarda”. El hombre le dijo que sí, pero, para que aterrizara su leyenda, los invitó a dar un paseo por el complejo panorama de las faenas que realizaban sus trabajadores. Les explicaba los aspectos sobresalientes de la obra: la construcción de túneles, la remoción de millones de toneladas de roca y arcilla, la desviación de las aguas del río Batá, la excavación de su lecho, la fundación de la presa, la almenara y el rebosadero, y el transporte, desde el Japón e Italia, de turbinas y generadores. Pero lo que más les asombró fue la escabrosa perforación de la tierra para construir la casa de máquinas de la central hidroeléctrica. “¡No joda! ¡Cipote socavón!”, gritó Alcibíades cuando vio un inmenso agujero en la falda de una montaña, sombrío y lloviendo desde su techo de piedra. “Parece que estuvieran rompiendo la tierra para que brote el Chiminigagua de sus entrañas”, pensó el campesino.

Lectura del nuevo libro en la sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, martes 24 de abril 2018

Aquella conciencia y determinación colectivas rompiendo, removiendo y trasladando a su antojo toda la naturaleza que los rodeaba para capturar al Chiminigagua, les pareció a Alcibíades y sus hombres un atrevimiento comparable a la sabiduría de Dios por rehacer el mundo. El ingeniero acotó que aquella obra se erigiría como una de las presas más grandes del planeta y la primera del país, y tendría capacidad de generar un millón de kilovatios para alumbrar toda la nación. “Y, ¿cuánto demora cipote operación?”, preguntó Alcibíades ante la extraordinaria audacia. “Varios años”, respondió impasible. Y los convocó entusiasta: “¿Quieren trabajar?… Necesitamos bastantes brazos, como los de ustedes, para ejecutar esta grandiosa obra”. Pero Alcibíades siguió preguntando: “Y luego, ¿cómo llegará el Chiminigagua a Mugambia, mi tierra, en el lejano Caribe? ¿Cómo desterraremos la oscuridad?”. El técnico les dijo que el camino era enviar el dios de la luz por miles de kilómetros de cables sostenidos por cientos de postes de transmisión eléctrica. “Es la única forma para que el Chiminigagua derrame su aliento luminoso sobre Mugambia y el país”, concluyó el ingeniero.
Mucho tiempo después del regreso de los campesinos, pletóricos de optimismo, la luminosa realidad de la Central Hidroeléctrica de Chivor llegó, con sus “calabacitos alumbradores” guindados en “bejucos secos”, a la entrañable tierra de Alcibíades y sus hombres.

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Tomado del libro La llegada del Chiminigagua, Álvaro Jiménez Guzmán, Colección El Aprendiz de Brujo, Edit. Fundación Arte & Ciencia. 2018.

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Pabellón 17 – Stand 1513

Feria Internacional del Libro de Bogotá

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Gaitán y la masacre del 9 de Abril

Ángel Galeano Higua

Masacre del 9 de abril – Débora Arango – acuarela

Débora está sentada en mitad de la calle junto al Parque de Berrío, con su caballete, entre ingenua y avispada, tomando apuntes para una pintura de la manifestación. Gaitán es un potente imán que atrae a la multitud. Su llegada ha sido apoteósica. Medellín se ha volcado detrás de él en un río de fiesta. Todos quieren verlo, saludarlo, tocarlo. Para la iglesia y los sectores más conservadores, él es el anticristo, el demonio liberal, el revolucionario. Para los liberales y el pueblo, Gaitán representa la esperanza, la dignidad, la oportunidad de una sociedad más justa y respetuosa. La multitud se agita y ondea las banderas multicolores. Al comienzo Débora puede recoger algunos trazos, pero la gente pasa, empuja, los trazos se desvían. Alguien tropieza con el caballete, otro tumba los frascos… la avalancha circula detrás del caudillo y a duras penas Débora logra salvar algunas cosas. Entre empellones traza unas cuantas líneas más y luego se marcha a su estudio. Así le ha tocado muchas veces, correr a su paleta con la imagen que acaba de recoger en la memoria. Ese ejercicio repetido a fuerza de circunstancias para retener en su mente los colores llenos de vida, los gestos, las actitudes y ademanes, la atmósfera palpitante de humanidad.

De aquella vivencia surge Gaitán, una abigarrada acuarela en la que se puede observar la gigantesca figura del caudillo que avanza sobre el lomo de la multitud. El colorido es una cita de seres humanos entusiasmados rodeados por banderas de diversos países. El cuadro parece haber sido creado como los murales, por secciones. Gaitán es el homenaje de Débora a aquel hombre que una vez la acogió con fraternidad y respeto.

Ahora Gaitán ya no ocupa ningún cargo en el gobierno, pues el conservador antioqueño Mariano Ospina Pérez ha ganado la presidencia en las elecciones de 1946. Es un período difícil para el país. A pesar de haber logrado la presidencia, los conservadores no controlan el congreso, ni los consejos municipales, ni las asambleas departamentales. Se desata una ola de violencia en las zonas rurales de Santander y Boyacá contra los liberales. Pronto el país entra en una zozobra dolorosa. En ese ambiente Gaitán consolida su liderazgo y es elegido jefe único del liberalismo. La violencia se acrecienta, las autoridades de policía toman partido quebrando su imparcialidad constitucional, los periódicos también se alinean en uno u otro bando dedicando sus páginas a exaltar a sus favoritos y a denigrar del contrario. A estos gravísimos hechos se le suma que la iglesia acrecienta su protagonismo político hasta llegar a puntos extremos como el de Monseñor Builes cuando declara desde el púlpito que los liberales no pueden ser considerados católicos. En medio de esta atmósfera de exacerbada violencia la población vive injustas condiciones de vida: salarios de hambre, carencia de servicios de salud, educación y vivienda. La mujer continúa marginada sin derechos civiles.

Al acercarse la fecha de la celebración de la IX Conferencia Panamericana, que se realizará en Bogotá, cierta paridad que tenía el gobierno de Ospina Pérez se rompe, los pocos liberales que hacían parte del gabinete renuncian y Ospina Pérez conforma un gobierno enteramente conservador. Es entonces cuando en plena celebración de la IX Conferencia, el 9 de abril de 1948, cae asesinado Jorge Eliécer Gaitán en pleno corazón de Bogotá. El criminal es detenido, linchado por la turba y su cuerpo arrastrado por las céntricas calles de la capital.

A partir de ese instante Bogotá entra en una catarsis monstruosa. La ira de la población se desborda y se suceden los saqueos, crímenes, incendios. La ciudad se parece a las de Europa bombardeada durante la segunda guerra mundial. La violencia se riega por todo el país, campos y ciudades chorrean la sangre fratricida de los colombianos.

Débora plasma con sus pinceles el dolor que la embarga. Su obra adquiere otro vuelo y recoge las imágenes desgarradoras que en compañía de su padre y hermanos escuchan por la radio en su casa finca de Envigado. La acuarela Masacre del 9 de abril, es una magnífica condena a los violentos hechos que generaron la sangrienta racha. La pintura es una composición de cinco movimientos unidos alrededor de una edificación que simboliza la república. En primer instancia aparece Gaitán en una camilla que sus seguidores suben, algunos de ellos con improvisadas armas rústicas. Al lado derecho el asesino es arrastrado por las calles. En el mismo costado en la parte superior, aparecen entre incendios, los uniformados matando a varias personas. Al lado izquierdo, varios curas escapan por una escalera, ayudados en la parte superior por otros religiosos. Y en la parte central superior, una mujer de la bohemia toca las campanas sostenida por las piernas por un monje. Y en mitad exactamente de toda la acuarela las palabras “Viva Gaitán”.

La salida de Laureano (óleo de Débora Arango)

Se suceden hechos inauditos en todo el país. Setecientos liberales de Puerto Berrío son apresados en sus casas para sofocar una posible revuelta a raíz del asesinato de Gaitán y enviados en trenes a Medellín, los encierran en la plaza de toros durante tres días, a la intemperie, en condiciones humillantes y sin alimento. Débora pinta El tren de la muerte, una acuarela dramática en la que se ve el tren rodando por la carrilera y en uno de los vagones se muestran cabezas y cuerpos mutilados que llevan como macabra mercancía. En las puertas resaltan las huellas de unas manos ensangrentadas. El humo blancuzco sobre el tren es una avalancha de espirales. Débora ha complementado esta escena con un viaje al puerto sobre el Gran Río.

La obra pictórica de Débora se hunde en los momentos históricos que vive el país. Es el testimonio de una artista que no puede callar su grito de horror ante tanta barbarie.

En medio de ese baño de sangre, vienen unas elecciones presidenciales a las cuales no concurre el liberalismo por razones obvias. Laureano Gómez resulta presidente y de inmediato constituye un gabinete conservador con el cual se propone instaurar una hegemonía absoluta. Un ataque al corazón lo obliga a retirarse del poder por un tiempo, pero cuando quiere retornar sucede un golpe militar encabezado por el general Gustavo Rojas Pinilla y Colombia entra en otra etapa tenebrosa de su historia. Débora, muy atenta desde Casablanca, plasma este episodio con una nueva fuerza satírica. Salida de Laureano es una acuarela con nuevos elementos simbólicos que inaugura en la obra de Débora una nueva etapa. La representación de personajes con figuras animales se perfila en este cuadro que muestra a Laureano como enorme y horrible sapo que va en una camilla cargada por cuatro chulos. La marcha va encabezada por un esqueleto cuya bandera lleva impresa la calavera cruzada por dos fémures. El cuadro está pintado en diagonal y en la parte superior izquierda, oscura, se ven varios curas de camándula al cuello con los brazos en alto saludando a Laureano. Una hilera de cañones los custodia. En el extremo opuesto de la diagonal están los militares enfilados. Cierra el desfile un militar con gorra y un fusil en la mano en ademán de aplastar con la culata algunos bichos que hay en el piso. Esta pintura la repitió Débora al óleo.

En esta nueva metáfora zoomorfa de la obra de Débora están las pinturas La danza, La justicia, La República, Junta Militar, Doña Berta y Plebiscito, que son un inventario de nuestra historia durante esos aciagos tiempos.

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Tomado de Débora Arango: El arte, venganza sublime. 100 Personajes, 100 Autores. Edit. Panamericana.

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El negro

Ángel Galeano Higua

 

El negro está allí, tirado entre los árboles. No muerto. Tirado. Recargado. El cuello en ángulo recto. Como si quisiera mirarse el pecho. Estirados los pies, sin tensión. Descansando. Los ojos cerrados. Al primer vistazo parecía dormido. Pero luego daba la impresión de tener la mirada perdida. Viajera. Una mano sobre el pecho. Desgonzada. La otra sobre las hojas secas en el suelo. Los dedos hundidos, leves, como raíces.

Cuando lo vi, lo envidié. Por su despreocupación. Pero luego sentí compasión. Llegué a pensar que estaba allí por desconsuelo. Apartado. Pensándose a sí mismo. O que era un desplazado de Bojayá. Pero al mirarle el traje apareció en mi mente un recuerdo de jazz. De una banda de jazz. De un saxofonista. Lo digo por el traje y por el semblante de negro respetable, con pinceladas de plata en las sienes. Le calculé 60 años. No sé porqué. No tengo argumentos. Sólo le vi 60 años. Ni un año más, ni un año menos. Nunca he ido a los barrios de los negros. No sé si haya barrios sólo para negros. Como en norteamérica. O en sudáfrica. A lo mejor me trabaja la carátula de un disco de Ellington o de Gillespie. O alguna novela de Faulkner. No tengo forma de asegurarlo. Podría ser también Toni Morrison… O todos ellos juntos. No lo sé. O el afiche de aquel baterista en la cafetería de Izmenia. Le gustan tanto los blues a ella. Algo tengo que me hermana con este negro que está tirado entre los árboles. Algo de negro. Es respetable. Sí, el negro tiene aire respetable. Allí, tirado entre los árboles, y se ve tan digno. Quisiera hablarle. Oírlo. Su voz debe ser algo ronca. Gangosa. Lenta. Sosegada. Reveladora como la de todos los viejos. Los viejos negros. Pero, ¿cómo vino a parar aquí? Ya estaba cuando yo llegué. Eso le da derecho a guardar silencio. O a preguntar primero. Y yo, ¿cómo llegué aquí? ¿Por qué estoy aquí esperando al negro? Nadie más vino conmigo. De repente siento que siempre he estado aquí. Que no soy de otro lugar, sino de aquí. Esperando a que el negro despierte. A que se mueva. A que dé alguna muestra de vida. De que respira. No es que parezca muerto. No me lo parece. No. Pero qué alivio sería verlo moverse. O suspirar. Yo también suspiraría. Está vivo. Tiene que estar vivo. Si estuviera muerto se notaría en algo. En la atmósfera. En algo. En los mismos árboles. En él mismo. En mí. Sus dedos como raíces no son para un muerto. Creo verle la música en las yemas. Piano o saxofón. O trompeta. O batería… Algo mucho de tambor. Su semblante es de pura vida en reposo. Pienso en el alivio posterior a la danza. O en la paz de un sabio que espera. Es un negro inmenso. Total. La arboleda se vería desolada sin él. Es como si los árboles hubieran crecido para él. Para que se recargara en ellos. Debió llegar hace mucho tiempo. Lo digo porque parece integrado a la corteza. Pero también me sugiere que está recién recargado. O como si todavía estuviese acomodándose. Disfrutando las dificultades del acomodamiento. Como si se sintiese cómodo en la mera disposición.

El negro sigue allí. Tirado entre los árboles. Espero alguna pista de él. Relacionada con él. Procedente de él. Que llegue a él. Que me remita a él. Acostado me parece que es alto. Me hace pensar en casi dos metros de estatura. O más. Alto. Muy alto. Como si se hubiese tirado allí para no verse más alto que los demás. O para presentarse más bajo sin parecerlo. Entre los árboles, un árbol más. No me puedo cansar en esta espera. Ya no estoy al comienzo. Han pasado jornadas. Sigo aquí. Observando al negro. Aguardando. No aguardándolo, sino aguardando a que mueva un dedo. O un párpado. Creo que el mundo va a temblar cuando el negro se mueva. Cuando despierte. Cuando parpadee. La tierra se sacudirá cuando el negro suspire. Será un suspiro salido de bien adentro. De los entresijos de su alma. En voz alta. Eso pienso. Eso espero. Aquí… Una hoja cae. Lenta. Muy lenta. Testimonio de los lametazos del viento en las copas. Cae muy pero muy lenta. Como haciendo malabares en cuerdas invisibles. Trapecista que se regodea antes de caer en el pecho del negro. Cae. Cae… Sigue cayendo. Rebota. Como si se hubiera estrellado contra el nido de un pájaro. Rueda, pero alcanza a detenerse sobre el inmenso pecho del negro. Esa hoja delicada y silenciosa parece un grito que va a despertar de manera abrupta al negro. Pero se aquieta. Reposa en el reposo. Hace ver al negro más fuerte y más paciente. Pero también más tierno. Hoja tierna sobre su corazón. Un saludo susurrante. Entre sueños. Otra hoja cae. A un lado, cae. Sobre las otras hojas del suelo. Sobre el colchón amortigüante. El viento vuelve a lamer las alturas. Es la música que arrulla al negro. Otras hojas caen. Revolotean en la caída libre. Libres. Lentas. Muy lentas, perezosas de caer. En el silencio rumoroso el viento aumenta la sensación de sosiego. Es un silencio que parece gritar. Como si fuera a despertar al negro. Una de las hojas va directa a su rostro. La veo caer escondiéndose entre las demás. Debo detenerla. Sí, debo evitar que golpee al negro en el rostro. Interrumpiría con brusquedad su reflexión ensimismada… Pero no puedo moverme. Ni extender mis brazos. Si los muevo caerán más hojas y nidos con polluelos… Y el negro despertaría sobresaltado. Y podría morir. Y no tengo ningún derecho. Tampoco puedo caminar. Mis pies han echado raíces. Y la hoja cae… Sigue cayendo…
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Tomado de Palabras al viento, Edit Fundación Arte & Ciencia. Colección El Aprendiz de Brujo.

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