Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 13 diciembre 2017

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

Fredy Sánchez Caballero, Artista plástico y aprendiz de escritor.

 

 El Yayo

F. Sánchez Caballero

Era tímido y manso, tenía los dientes podridos y una vocecilla escasa y débil, que gastaba imitando el canto de las aves. Su apodo obedecía, a las sílabas que tartamudeaba como una llama agitada por la brisa al inicio de todo intento de respuesta, como si siempre debiera justificarse por algo. El Yayo era el hazmerreír del pueblo, a quien todos cogían como centro de sus burlas. Tan pisoteado y pateado como el forro viejo de una bola de trapo. Su escuálida figura y su presencia desprevenida molestaba a algunos, así como su sonrisa retraída y su aire de no hacerle falta nada, hasta su pelo tostado, despeinado y rebelde. Presenció los restos calcinados de Nicanor, el joven tendero, quien en vida fuera una de las pocas personas que lo trató con respeto y dignidad. El cuerpo mancilladlo de Nicanor fue hallado en un extremo “enrastrojado” del puerto, a donde su madre luego de muchas súplicas y llanto, fragmentados y mezquinos indicios, lo halló. El Yayo siguió por instinto el rastro húmedo de sus lágrimas y asistió el dolor de esa mujer, hasta impulsarla a levantar lo que quedaba de su hijo muerto. No tenía certidumbre de lo ocurrido, pero sus ojos acuosos le decían que los tiempos de la ingenuidad y la alegría habían quedado atrás. El mundo andaba al garete y lejos de su comprensión. Algo muy oscuro habitaba ahora el alma de las personas.

Pocas noches después observó a un grupo de hombres con armas y vestidos de camuflado que patrullaba las calles como tantas veces en el pasado y se aproximó hasta ellos con determinación. Jamás pisó una escuela, así que no advirtió la sigla que los identificaba.

― Muchachos, ahora sí me voy con ustedes ―les dijo todavía con voz quebrada y adolorida― quemaron vivo a mi amigo Nicanor.

Los hombres lo examinaron de arriba a abajo, luego se miraron con desconcierto y lo invitaron a su campamento a las afueras del pueblo. Con sorna y preguntas engañosas, decidieron su destino entre risas y sin aspavientos. Ponían en duda que con su frágil estampa pudiera con un fusil, pero ―eso es lo de menos ―dijeron― los locos tienen mucha fuerza. Antes de ponerle un uniforme debían saber si era capaz de cavar trincheras y le dieron una pala para que hiciera un hueco del tamaño de su cuerpo… Cavó tan profundamente como pudo entre dos árboles que junto a la luna roja serían los únicos testigos de su desgracia. Quizá solo en el último instante, en esa milimétrica fracción de tiempo en que vio venir la pala directo a su sonrisa  retraída, supo que se había equivocado de bando.

___

Fredy Sánchez Caballero ha publicado las siguientes obras: El libre albedrío – 2011 – Libro de poemas artísticos.
Cuando va a llover, llueve – 2013 – Cuentos.  La isla de las máscaras – 2015 – Novela corta ilustrada. Con el cuento Pitalúa obtuvo Segundo lugar en el concurso de Cuento breve 2017, de la Cámara de Comercio y El Túnel de Montería. Con su proyecto Un artista en tierra ajena, fue finalista en el concurso de Estímulos 2017 de la Alcaldía de Envigado, Antioquia. El Yayo es uno de los cuentos que conforman La espera compartida, el quinto volumen de la Colección El Aprendiz de Brujo de la Fundación Arte & Ciencia.

_____________

 

Anuncios

Read Full Post »

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

El primer libro de Leandro Alberto Vásquez

Leandro Alberto Vásquez Sánchez, al recibir el primer ejemplar de su primer libro. (Archivo El Pequeño Periódico, 2017)

Gambeta

1

 

Vio una luz sin ganas al final del corredor. No derramaba la sombra del umbral del patio. Caminó a su encuentro y levantó la cabeza con valentía. Al ver el cielo gris, quiso extender sus manos para diluir la maraña de nubarrones que apresaban el sol, pero ni los pájaros, a pesar de la velocidad con que volaban, podían lograrlo.

Ahora, cuando le pregunte a su madre si puede salir, ella le responderá con un no rotundo, argumentando que la lluvia enferma sus pulmones. Tendrá que regresar a su cuarto y sentarse tras la ventana a contemplar el arco norte de la cancha de microfútbol. Desde ahí imaginará a sus amigos corriendo tras la pelota, las pantalonetas y camisetas mojadas, los zapatos anegados, las lenguas serpenteando por la cara para refrescarse con la mezcla de agua y sudor.

Parado todavía en el umbral del patio, sintió una caricia tibia. Amagó levantar la cabeza, pero la dejó caer de nuevo. Apenas lo hizo y como si hubiera reconocido a alguien, la irguió. El sol encendió su mirada, como un relámpago que ilumina un cuarto en tinieblas.

Entró a su habitación, buscó los zapatos y se los calzó, pero no los anudó. Cruzó el corredor, llegó a la sala y bajó las escalas. No vio a su mamá bajo la bóveda de estrellas verdes que entretejían las hojas del brevo.

La madre surgió del antejardín. Dos rosas rojas temblaron a su paso. Puso la regadera en tierra y sacudió unas gotas de agua helada prendidas de sus dedos que cayeron en las piernas de Gambeta.

— Má, me voy a jugar —dijo el niño, quien se repuso del frío y corrió. Aunque sólo fueron posibles algunas zancadas, porque apenas partió, ella gritó:

— ¡Santiago Marín! Venga —paró y, cabizbajo, retrocedió despacio.

— ¿Esos son los zapatos buenos? —le preguntó la madre.

A Santiago le decían Gambeta por patizambo. Al caminar arrastraba su pierna izquierda que era seis centímetros más corta y estaba flexionada hacia fuera. El concreto de la cancha de microfútbol roía las suelas de sus zapatos, luego las medias y después la planta de ese pie con sus picotazos como de buitre. A menudo tenía que abandonar el juego porque pateaba el suelo con los dedos desprotegidos y perdía las uñas y trozos de piel. Ahora los únicos zapatos con los que contaba eran unas botas de cuero a las que sus amigos llamaban tumbamuros. Su ortopedista, quien le decía Garrincha, como al más querido de los punteros derechos brasileños, se los diseñó para enderezar su pierna.

— No hay zapato que le aguante esa pata y ahora quiere jugar fútbol con los ortopédicos. ¿Usted cree que su padre tiene dinero para comprarle un par cada mes?

— Pero mami…

— Se los quita ¡ya!

El niño volvió a su casa.

 

2

El sol regresó a su cárcel de nubes. El viento alborotó las hojas del brevo. Luz prefirió entrar a su casa antes de que se desatara el aguacero. Cuando se arrellanó en el sofá de la sala, los cojines suspiraron bajo su peso. En el noticiero pasaban las imágenes de New Orleans devastada por el huracán Catrina. Pobres gentes, pensaba. El agua invadía todo, en pie ni los árboles, apenas les quedó el mundo roto.

Luz miró el altar sobre la mesa de vidrio para pedirle a Cristo por esos hombres, pero descubrió que las hojas de penca de sábila amarradas a la cruz de madera estaban secas. Para olvidar el mal presagio, cerró los ojos. Quiso descansar cinco minutos. Se hundió en la oscuridad. La imagen de unas botas negras, el tac de una gota de agua y el ladrido de un perro, trajeron a Gambeta hasta su sueño. Estaban en el patio y ella lo abrazó con fuerza, pero él no paraba de llorar. Las lágrimas resbalaban por el tobogán de su nariz y sus mejillas, y desde ahí se hundían en el vacío para pintar una mancha húmeda en el piso de cemento. Cayeron una junto a la otra hasta que creció un charco bajo sus pies.

Cuando despertó se sentó en la poltrona, se calzó las sandalias y se puso en marcha. Arrastraba sus pasos, pues la sangre parecía termitas circulando por sus piernas aletargadas. En voz baja, casi como de pensamiento, se reprochaba su severidad con el niño. Lo buscó para consolarlo, entre las cobijas, detrás de las puertas, debajo de las camas y las mesas. Suspiró cuando el trino de un cucarachero perturbó el silencio.

La ventana del patio estaba abierta. La cortina eran dos alas blancas que querían escapar con el ventarrón.  Cerró para que no se colara la lluvia. Las botas ortopédicas de Gambeta estaban en el piso. Cuando se asomó a la calle, no vio al niño. Había escapado por la ventana.

¿Dónde estaba su hijo? Ojala resguardado en la casa de algún amigo mientras pasaba el aguacero. Luz se rascaba los brazos, a pesar de que el tamborileo de las gotas en el techo  la picaba en un lugar del cuerpo que no lograba definir y mucho menos alcanzar con sus uñas. En la cocina espantó de un manotazo un mosco que comía las sobras del almuerzo de Gambeta. Lo persiguió con sevicia, pero sólo derribó, por accidente, un edificio de ollas que sepultó su poca tranquilidad bajo el trepidar metálico.

Luz colocó una olla de aluminio sobre el televisor para que no le callera una gotera del techo. El ruido, como de campana ronca, llenaba la casa. Miraba el aguacero desde la ventana, mientras bebía café en un pocillo desorejado. La lluvia, que velaba las montañas que abrazaban el Valle de Aburrá, azotaba las casas, estallaba en el pavimento, resbalaba en goteras por el vidrio de la ventana. Los árboles se mecían con el ventarrón que les quitaba la paciencia. Por las calles desfilaban arroyos turbios. El paso incontenible del agua arrastraba piedras y palos, envolturas de papitas y confites, vasos de plástico que se colaban bajo las puertas en su afán por encontrar un lugar donde descansar de su carrera. De los desagües de las terrazas caían chorros que se estrellaban en el pavimento con furia de cascada.

Un relámpago inundó la calle. Ella pensó en llamar a su esposo para quejarse de su soledad, de su miedo, pero qué le iba a decir cuando le preguntara dónde estaba su hijo. Encendió una veladora junto a la cruz de madera. La llama hacía bailar las sombras de los muebles. De rodillas rezó: Jesucristo aplaca tu ira, tu justicia y tu rigor, dulce Jesús de mi vida, misericordia señor.

Repitió la oración tres veces. La lluvia amainó. A la cuarta, escuchó el alboroto en la calle. Por donde antes bajaba el agua, subían familias con sus maletas a cuestas. ¿Qué pasaba? Ahora no importaba. Tenía que encontrar a su hijo. Salió sin saber dónde buscarlo. Don Evelio, un vecino que vestía apenas calzoncillos y camisilla, descalzo, con su hija cargada, le explicó:

— Corra doña Luz, se reventó la represa de Fabricato y esto se va a inundar en cualquier momento.

— Don Evelio, ¿ha visto a mi niño? — le preguntó, pero el señor ya corría calle arriba.

Luz recordó que desde que construyeron la represa la gente lo había advertido: un día se iba a reventar y todo el municipio de Bello terminaría inundado. Quienes la construyeron decían que eso no era posible, y miren lo que pasaba ahora. En la radio confirmaron la tragedia. Luz se calzó unas chanclas, tomó la cruz de madera y regresó a la calle. Cuando vio el gajo de penca de sábila seco anudado a la cruz, pensó que no había atendido la señal que Cristo le había enviado. Era tan incrédula que prefirió cerrar los ojos y obviar el mal presagio. Con rabia, arrojó las hojas al suelo.

Parecía que la lluvia brotara de las lámparas. Los automóviles, atestados de pasajeros, rompían los charcos áureos en su afán por huir del barrio. Luz chocó con un hombre que llevaba un televisor a cuestas. La carga tambaleó y por poco le cae encima. Una carreta tirada por un caballo que llevaba cerca de quince personas a toda marcha casi la embiste. Apretó la cruz en su puño.

 

3

Gambeta corría por el extremo izquierdo de la cancha cuando El burro le cortó el paso. Amagó a la izquierda y después a la derecha. Del suelo volaron gotas de agua a la cara de El burro, quien pensaba que Gambeta tambaleaba, que sus piernas arqueadas como una sonrisa terminarían enredadas, que caería de narices sobre el charco. Pero salió disparado por la derecha, El burro lo alcanzó y entonces Gambeta frenó y de taquito le pasó el balón entre las piernas. Cuando iba a patear al arco, sintió que alguien lo tomaba de la oreja. Era su mamá que lo amenazaba con una cruz de madera.

Luz arrastró a su hijo hasta el paradero de los buses, pero allí se peleaban por subir. Sólo lo lograban quienes imponían su fuerza. Una mujer que llevaba dos niños cargados, gritaba desesperada y forcejeaba para ingresar, pero era imposible. Impotente, lo único que se le ocurrió a la mamá de Gambeta fue escapar al cerro Quitasol.

Se detuvieron en La abundancia, una tienda donde había muchas personas reunidas en silencio con sus maletas y algunos electrodomésticos. Cuando preguntó qué pasaba, le contaron que en la radio estaban informando que en la vereda El Salado ya habían muerto cuarenta y seis personas. La gente se miraba confundida, auscultando en los rostros ajenos alguna respuesta. La noticia impulsó a Luz a seguir su camino hacia la parte más alta del barrio.

Corría con su hijo de la mano por unas calles que estaban vacías, abarrotadas de casas en silencio. Llegaron a una finquita apenas iluminada, donde despertaron a las gallinas que no se habían enterado de la inundación. Después de agacharse para pasar un alambrado que Gambeta se negaba a cruzar, cayeron en la oscuridad. A él las piedras y las espinas le laceraban las plantas de los pies. Aunque se quejaba, su madre no le prestaba atención. El niño quería escapar, regresar a su casa, no le encontraba sentido a esta huida desesperada. Lo empujaba de la mano entre matorrales por un camino que no conocían, que iban abriendo a medida que andaban, y aunque se resistía, la desesperación y la fuerza de su mamá eran mayores. Cuando ya llevaban veinte minutos de marcha, miraron atrás. Gambeta aprovechó el cansancio de su mamá para soltársele. Luz imaginaba las casas sepultadas por el agua. Su marido, Libardo, que a pesar de esta tragedia ni siquiera la había llamado, tal vez estuviera ya en su hogar y corriera peligro. No importaba. De todas maneras se dedicaba a tomar cerveza y salir con otras mujeres, éste iba a ser un nuevo comienzo con su hijo. Cuando lo miró, Gambeta ya huía montaña abajo. Le gritó para que regresara, pero fue inútil. Corrió detrás para alcanzarlo.

 

4

La puerta estaba abierta. Encendió la luz y con los dedos sofocó la llama del velón que iluminaba la sala. Su esposa siempre dormía con el televisor encendido, por eso le extrañó no ver en las paredes de los cuartos del fondo el fulgor de la pantalla. Sintió temor al sospechar que estaba solo con la voz gangosa de la radio, que anunciaba que la ruptura de la represa de Fabricato era una falsa alarma, que la ola de pánico que se desató por una inundación en Bello era infundada. No entendía. Lo que sí había pasado era que la creciente de la quebrada El Barro había arrasado varias casas y matado cuarentaiuna personas en la vereda El Salado, agregaban. La tragedia era muy lejos de su barrio, El Mirador, donde todo estaba en calma. Sin embargo le pareció que la ola de pánico tenía que ver con la ausencia de su esposa y su hijo. Llamó a Luz al teléfono móvil, no tenía señal. Marcó a su suegra y a dos nueras que vivían en municipios vecinos, pero no le dieron razón de su paradero. Salió a buscarlos.

No despertó a ningún vecino para preguntar por su familia. Le daba vergüenza, además ellos quizás no lo podrían ayudar ¿Dónde comenzar a buscarlos? Echó a andar sin importar el rumbo. Recordó que esta semana no había hablado con Luz, quien lo evitaba por sus continuas llegadas tarde. Para él todo pasaba porque ya no lo trataba con cariño. Hasta el amor era un procedimiento aprendido y repetido sin entusiasmo ni consecuencias. Las salidas en la noche a tomar cerveza, después del trabajo, le ayudaban a lidiar con esa rutina. Era imposible que por tan poco ella lo abandonara, llevándose a su hijo, sabiendo cuánto lo amaba. Sumido en sus cavilaciones, vio aparecer a Gambeta. Detrás venía Luz, que lo perseguía, jadeante.  Cuando los tres se reunieron, Libardo les preguntó de dónde venían, pero estaban demasiado agitados para responderle. Luz sólo intentó tomar a Gambeta de la camiseta, había arrojado en cualquier parte la cruz de madera y olvidado lo de la inundación, ahora sólo le interesaba imponerle su voluntad al niño, atraparlo al fin, pero él se le escapó con un drible y se escondió detrás de su papá. Ella arremetió, pero mientras rodeaba a su esposo para darle alcance, su hijo se puso por delante. Lo persiguió en círculos alrededor del hombre que los miraba impávidos hasta que Luz tropezó y cayó en la calle, donde sintió su respiración acezante, extendió los brazos en cruz y miró al cielo. No había nubes y las estrellas que centelleaban, le revelaron que nada le pertenecía.

___

Leandro Alberto Vásquez Sánchez ha publicado, Saeta, Primer Conjuro (Edit. Fundación Arte & Ciencia). La condesa de Porroliso y Una mujer de aguas tomar, Perfil de Mujer (Crónicas y reportajes. Edit. Fundación Arte & Ciencia). En septiembre de 2017 obtuvo el Premio nacional de cuento “Échame un cuento”, convocado por el periódico QHUBO, con Calle sol, que hace parte de este libro de la Colección El Aprendiz de Brujo.

Read Full Post »