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Archive for 29 noviembre 2017

Ser “descalzo” es una forma de vida

Ángel Galeano Higua

Algunos de los descalzos asistentes a la reunión de presentación del libro “El río fue testigo” (Bogotá, nov. 2017)

El río fue testigo es una especie de devolución de lo que tomé prestado a ese puñado de utopistas modernos conocidos como “los descalzos”. Durante 40 años les he seguido la pista a varios de ellos admirado por su entrega, por esa suerte de devoción casi religiosa con que construyeron a pedacitos un mundo nuevo en la década de los 80. Porque ellos alcanzaron a construir un mundo nuevo, aunque por poco tiempo, en algunos lugares de Colombia.

Francisco Mosquera, el estratega de los descalzos (Archivo El Pequeño Periódico, 1984)

Tuve la fortuna de enrolarme como cronista de esa odisea. De la mano del soñador mayor, Francisco Mosquera, una antorcha siempre encendida, y con mi corazón prendado de una mujer que lo dejó todo por entregarse al servicio de los más pobres de nuestro país, valiéndose no sólo de sus conocimientos y destrezas en el campo de la salud, sino echando mano de una infinita capacidad de trabajo y sacrificio: Carmen Beatriz, una auténtica descalza.
Un cronista con ínfulas de aprendiz de escritor, es decir, un hombre con su propio sueño, lo que equivale a algo inútil para la sociedad en términos económicos y prácticos. No obstante, esa aparente inutilidad puede proyectarse como una conciencia dispuesta a hablar. Está presente, vive, respira, fluye como un río y como un río es testigo, no sólo de lo que se extiende más allá de sus orillas, sino del torrentoso cauce que corre sin cesar.

Aquí funcionó el Centro Médico de Especialistas, desde donde los descalzos organizaron cientos de brigadas de salud al Sur de Bolívar (Foto archivo El Pequeño Periódico)

En ese tránsito y con la mirada cargada de curiosidad y asombro, comprendí que no podía guiarme por un solo pálpito, ni una sola voluntad, sino que existían muchos puntos de vista y que mi deber como periodista y escritor era aprender de todos ellos para poder contarlo después. Ser cronista de “los descalzos”, de sus acciones y reveses, de sus nostalgias y temores, y también de quienes en las comunidades recibían esa ofrenda como un milagro humano. Tomar atenta nota de quienes los combatían desde todos los niveles del poder, con el camuflaje de “insurrectos errantes” que combinaban “todas las formas de lucha”, o la tosca posición de la autoridad local o nacional, o parapetados en la sombra delincuencial de los narcos y otras pandillas.

Diseño de Cubierta: Saúl Álvarez Lara (Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia)

A nombre de todos los credos conspiraron contra el sueño de los descalzos y en esa medida propiciaron un abigarrado cuadro de personajes y situaciones, de los cuales un aprendiz de escritor no puede darse el lujo de despreciar a ninguno. Al contrario, con el júbilo de quien encuentra un tesoro, los he querido recoger en mi morral de viajero, a donde van a parar todas las historias que me asaltan en los caminos.

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Los primeros descalzos que conocí regaban su pregón en los barrios surorientales de Bogotá. Los vi desarrollar tareas de organización en los barrios de invasión y en una monumental refriega con la policía del Distrito cuando, luego de varios meses de meticulosa preparación, cuajó un multitudinario paro cívico exigiendo transporte público hasta Juan Rey, en la carretera a los llanos, que nos desbordó a todos. Tomé mis primeros apuntes y coleccioné recortes de prensa que aún conservo, con la idea de escribir un libro de cuentos. Recuerdo a líderes excepciones de esa zona como la liberal gaitanista, Cecilia Camacho de Orellanos. Eran los años del gobierno liberal de Alfonso López Michelsen. Entonces cursaba estudios de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional.

Los niños fueron siempre centro principal de atención de los descalzos. La foto corresponde a uno de los tantos eventos organizados alrededor de la Cooperativa campesina en Montecristo. (Foto archivo El Pequeño Periódico).

Con la primera oleada juvenil que abandonó la ciudad, tuve la oportunidad de conocer el trabajo pionero en la zona cafetera, en una apartada vereda de Neira a orillas del río Cauca, a donde se había descalzado Arnulfo Cifuentes, uno de los activistas de los cerros surorientales de la capital, en compañía de Olga Lucía Giraldo. Allí los vi intentando, por primera vez, cambiar sus manos de intelectuales por los de labriego. Esfuerzos infructuosos a la postre. Cabalgué con ellos por esas empinadas cumbres llevando mi proyector manual de filminas, para proyectar en un telón improvisado de una finca las imágenes de un encuentro campesino realizado en la vereda La María. Los campesinos lanzaban exclamaciones, entre incrédulos y asustados al verse plasmados en esa sábana prestada por la esposa del mayordomo.
Después viajé a la región tabacalera del Carmen de Bolívar y Ovejas, donde me establecí durante más de un año. A pesar de las condiciones muy difíciles escribí mi primer libro relacionado con esta gesta, una especie de novela de más de 200 páginas, que recogía la vida del carmero Rufino Tamayo y su familia campesina dedicada al cultivo del tabaco, y a una mujer hermosa a la que llamaban La Turca, ataviada casi siempre con un turbante de colores vivos y que vivía en una casita de palma en las afueras de Ovejas, quien no sólo me invitaba a almorzar cuando la visitaba en compañía de Tito, otro descalzo oriundo de San Juan Nepomuceno, sino que nos contaba historias de su oficio de leer el tabaco. Entre los personajes resaltaba un maestro del colegio cuyo nombre, por desgracia he olvidado, quien me abrió varias puertas de amistad con pobladores de aquel pueblo donde había nacido el gran músico Lucho Bermúdez. Cuando terminé de escribirla la envié a Bogotá para evitar que la policía me la incautara, ya que en cualquier momento podía ser interceptado como sospechoso: no era de la región, no tenía empleo, y para completar me reunía con campesinos y líderes de la población. Varios años después, en una visita a Bogotá me dirigí a la casa frente a La Rebeca de la calle 26, buscando al secretario regional a quien había confiado mi manuscrito, pero para mi sorpresa me dijo, con todo el desparpajo, que no recordaba dónde la había dejado. Retomé mis estudios de ingeniería, pero mi pensamiento estaba ya en otro viaje.

Bus escalera en la zona cafetera (Foto archivo El Pequeño Periódico)

En mi definitivo paso por Medellín y Antioquia, pude acompañar a varias delegaciones en campaña y comisiones del periódico, a diferentes poblaciones alejadas. Tomé apuntes de cuanto podía, entrevistas y anécdotas. En Medellín, por ejemplo, fui testigo de la marejada humana que llegó huyendo de la violencia, a lo que hoy se conoce como la Comuna 13. Esas montañas se poblaron de la noche a la mañana con miles de familias que buscaban donde detenerse en la desesperada carrera que habían iniciado en Urabá y otras poblaciones del noroccidente antioqueño por salvar su vida. Vi cómo esos compañeros se esmeraban día y noche por ayudarlos en la organización comunal, trazaban calles, establecían pilas de agua comunitaria, aunaban las fuerzas de los desplazados en medio de las contradicciones propias de aquel desorden.
De la mano de los dirigentes sindicales conocí los grandes centros de producción textilera en Itagüí, Bello y Medellín, los socavones de las minas de carbón de Amagá y Titiribí y estuve en el entierro de más de cien mineros que murieron achicharrados por la explosión del grisú, en una tragedia anunciada de la cual los responsables fueron la empresa y el gobierno. Asistí a muchos sindicatos en la elaboración de sus periódicos y aprendí de su coraje y su persistencia, pero también conocí de sus carencias culturales y las limitaciones impuestas por el establecimiento para dificultarles el acceso al mundo del libro, de la literatura, del arte y de la ciencia.
Y en todos estos trances, cada año, el “Día más luminoso de la tierra”, el Primero de Mayo, que sigo celebrando aunque sea en la intimidad de los recuerdos.

La huelga – Pintura de Clemencia Lucena

A finales de los años 70, estando radicado en Medellín como maestro del INEM, conocí a la descalza con quien he vivido desde entonces. Y con ella nos fuimos para el Sur de Bolívar, llevando con nosotros a nuestra pequeña hija Bárbara de dos años. Abandoné mis estudios que había retomado en la sede de la U. Nal en Medellín. Doble revolución para mí, desde entonces no he vuelto a ser el mismo. Fue una ruptura que tanto ella como yo quisimos que fuera total, hasta que a los 10 años de estar allí, se hizo imposible continuar por el grave peligro cernido en el Sur de Bolívar y en todo el país, por parte de los grupos armados, y tuvimos que regresar a Medellín para empezar de nuevo, desde cero.
El río fue testigo corresponde a este tramo y el puerto de Magangué como base principal desde donde irradiaron su acción más de 35 descalzos provenientes de diferentes regiones del país.

En este libro aparecen los hechos históricos tal como sucedieron y se constituye en mi alegato fundamentado y mi denuncia del asesinato de nuestros compañeros por parte de los grupos armados. Lo terminé de escribir por primera vez en el año 2000, fue publicado en el 2003, sin editar y ahora, con el concienzudo trabajo de relectura, corrección y edición que me llevó más de tres años, y el acompañamiento de mi mujer y mi hija, de algunos amigos y la mirada incisiva y crítica de Conrado Zuluaga, recorro el país entregándolo no solo a aquellos valientes e inolvidables descalzos donde quiera que estén, sino, y sobre todo, a las nuevas generaciones para que conozcan esta trascendental estrategia revolucionaria concebida y dirigida por Francisco Mosquera, única en el país y quizás en Latinoamérica.

Panorámica del puerto de Magangué en 1982, cuna de El Pequeño Periódico

Al contrario de lo que algunos puedan pensar, ésta no se ha agotado, sino que se proyecta como una necesidad para que Colombia ingrese, al fin, en el camino de la autonomía, la dignidad, la modernización y el auténtico desarrollo armónico fruto de la diversidad y las contradicciones. Ser descalzo es una forma de vida, una concepción y una ruta, sin importar dónde nos hallemos ni con quién. Los descalzos siempre dirigen su mirada hacia un horizonte en el que todos los colombianos disfrutaremos algún día con dignidad y en armonía, sin discriminaciones de ningún tipo, del gran misterio de la vida. ¿Cómo no escribir sobre esta generación y sus atrevimientos vigentes?

La peor desgracia que le puede pasar a una nación es que suceda una dislocación entre generaciones, una ruptura en esa cadena de la memoria. Por ello no debemos ahorrar ningún esfuerzo para contarles a los niños y a los jóvenes esta historia que sucedió, que es real, y que El río fue testigo recrea con la fuerza y la pasión propias de quienes la inspiraron. He venido a devolver lo que tomé de ustedes, los descalzos, con la vergüenza de no haber alcanzado la altura sublime que esta saga merece, pero con la alegría de haberlo intentado.

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Palabras de Ángel Galeano Higua durante la presentación del libro El río fue testigo, ante un grupo de descalzos y amigos reunidos en Bogotá el 16 de noviembre de 2017.

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“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia
Ya está en circulación la edición impresa

 

Papá

Claudia Restrepo Ruiz

 

Extrañaba pronunciar esas dos sílabas. Estoy sola, te llamo varias veces. ¡Te extraño tanto papá! La muerte es atractiva cuando pienso que te veré. A veces creo que será como cuando llegué de Europa embarazada. Aún conservo tu imagen en chaqueta café con los brazos cruzados esperándome mientras descendía por las escaleras eléctricas. No podía haberte decepcionado más y tú no podías haberme amado menos.

Claudia Restrepo Ruiz, en la sesión del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, martes 7 de noviembre, al recibir su nuevo libro.

Te dolí papá. Te dolí tantas veces bajo mis cielos grises, ante mis auroras tristes. Y me amaste, con furia, me amaste siempre. Solo una vez me hiciste un reclamo. Ahora te imagino de carrizo y chaleco en la sala. Dices que odias los festivos porque te alejan del trabajo. Tienes reuniones el martes en Bogotá y me pides que te acompañe por la talega al club. Nos reciben los muchachos de Fupac, fundación que ayudaste a crear para dar estudio a los caddies. Y te veo de polo amarilla y gorra. Los taches de los zapatos suenan sobre el asfalto. Observas jugar a Tomás en el arenero. El socio, tu socio, crece rápido y se parece a ti. Me hablas de los búhos en el campo y de lo incómodas que resultan las garzas cuando defienden su nido al paso. Una vez hiciste hoyo en uno y celebraron durante varios sábados. Amas bailar y durante los remates de corrida te luces en la pista. Una sola vez me llevaste a toros y me prometiste que sería la última. Te gusta como te preparo el roncito, el hielo es la clave. Pensativo eres atractivo. Planeas las vacaciones con mucha antelación. Hablas con la abuela y Margot, muy temprano. Ya la abuela te dijo que estoy construyendo la alcoba del no dolor. La sala en realidad y pronto iré al Banco para conversar contigo. Mientras tanto, todavía muero cuando alguien enciende un cigarrillo o pruebo un sorbo de cerveza. Estás en los confines de mi historia, en el marcador del Santafé y en la brisa de Barranquilla. Tu acento neutro no delata tus raíces. De la imaginación, sacas una espada y me preguntas dónde está el dragón. El dragón soy yo papá, es a mí a quien temo, no he logrado ser mi amiga después de tantos años, me flagelo. Sin tu risa el mundo está medio vacío. Sin tus ojos, el mar perdió uno de sus tonos. Y continúo llegando a ti, hecha, deshecha, maltrecha. Y te sigo hablando sobre la vida y sus exposiciones. Sobre mis personajes y mis lecturas. Sobre la página del duelo que dejaste marcada en el libro de Santiago Rojas. Y no te sé morir, cada noche te bendigo. No pude tener un mejor padre, un mejor amigo… que tú. Tu presencia me acompaña. Papá, papá, papá.

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Claudia Restrepo Ruiz, ha publicado:  Ciento uno, novela Beca Alcaldía de Medellín, Fundación Arte & Ciencia, 2010.  De roca y Sal, cuento Ganador concurso Binarius, Universidad Eafit 2010.  Bitácora del cuerpo, relatos Fundación Arte & Ciencia, 2014. Los umbrales del delirio, relatos, 2016. El vendedor de Biblias, cuento incluido en el libro Flores en la pared y otros relatos, Fundación Arte & Ciencia, 2015. Algunos de sus escritos han sido incluidos en Antologías de Yurupary Ediciones, Tragaluz y Binarius.

 

Hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

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Poemas sin prisa

Para leer en el semáforo

 

Este es un poemario contra el vértigo. Un llamado a detenerse, a explorar, a pensar, a vivir.
El ajetreo cotidiano obnubila y el trabajo absorbe todo, congela las sonrisas, enceguece el pensamiento. Somos esclavos del “ahora”, que Jonh Harold Giraldo Herrera denomina el “azote”. De repente, aparece ahí, frente a nosotros, el semáforo con sus luces demarcadoras para los vehículos. Pero la disposición de los transeúntes no se detiene, sigue girando en el carrusel impuesto por el consumismo y la frivolidad. El poeta lee las señales de otra manera y las riega en este libro fácil de llevar, justo para leer ante el peligro del rojo, en la espera del naranja y el paso libre del verde.
Este libro enriquece la colección que la Fundación Arte & Ciencia impulsa, para que los amantes de la poesía conozcan las nuevas voces que se abren camino.
Ángel Galeano Higua
Editor

El Autor

John Harold Giraldo Herrera. Nació en la ciudad de Pereira en Colombia en 1979. Es periodista y documentalista independiente, publica en varios medios locales y nacionales como: El Espectador, la Revista Semana, La Patria, El Meridiano, La Opinión, Sucesos y Opiniones, La Tarde,  Cronopios, El Diario del Otún, Miratón, igual en medios internacionales como Letralia de Venezuela, La revista Ñ de Argentina, entre otros. Se interesa por escribir sobre las comunidades originarias de su país, la política y temas relacionados con la cultura y en especial del séptimo arte. Dirige un grupo de periodismo llamado Enfokados, con quienes realiza periodismo radial, televisivo y digital. Es Licenciado en Español y Comunicación audiovisual, especializado en Periodismo Público y Magíster en Literatura de la universidad Tecnológica de Pereira. Doctorando en educación. Es también docente en la Universidad Tecnológica de Pereira, en las áreas de los Medios, la Pedagogía, la Literatura y el Periodismo.

En el 2011 ganó dos premios de Periodismo. El Hernán Castaño Hincapié, premio regional entregado en la ciudad de Pereira, por la crónica Camina cuatro días para estudiar dos (narra la vida de un indígena universitario que debe caminar por las montañas de Mistrató para llegar a su salón de clases) publicado en el portal semana.com, el periódico La Tarde y La Patria. Ganó la Beca de creación en Periodismo Cultural, otorgada por el Ministerio de Cultura, con La vida de tres gobernadores indígenas, texto publicado en el periódico El Espectador con el título Los guardianes de la tierra. Ha escrito: “Un doble en las rocas”, en coautoría. País al andar (crónicas con el Minsiterio de Cultura). Marginalia II con la Universidad del Quindío (2011).

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Rojo

En el momento de relativa

Quietud del pensamiento

Puede dar lugar

A la epifanía.

 

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Somos tan frágiles

como una mariposa entre los dedos

o un aletear truncado de colibríes

como el pájaro amenazado por el cazador

Pero somos tan fueres

cuando estamos los dos

que no hay dedos riesgosos

ni colibríes en peligro.

Ni pájaros perseguidos por cazadores.

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Mis habilidades de movilidad

Se limitan a desplazarme

Hacia las rutas de tus caminos ancestrales

En los que viajamos

Hacia las raíces.

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