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Archive for 28 septiembre 2017

“Letras móviles y marginales, pequeño formato, ágiles historias escritas por los miembros del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín, para el disfrute de los lectores en movimiento que gustan de leer en cualquier lugar y a la hora signada por la imaginación”

Nueva Colección de cuentos de la Fundación Arte & Ciencia

Ya está en circulación en edición impresa

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La muñeca de sal

Nubia Amparo Mesa Granda

 

Mi abuela ponía la sal en una taza que llevaba de la cocina al comedor. La usaba para reforzar el sabor de los alimentos, para estimular nuestro apetito, como conservante y, una que otra vez, como medicamento, sobre todo cuando necesitaba hidratarnos después de un mal de estómago. Otras veces le servía para brillar metales y como amuleto contra el mal de ojo.

“No se puede derramar la sal porque atrae los males. Y si eso pasa, debes tirar unos granos por detrás del hombro izquierdo para alejar cualquier desgracia”, decía, y aseguraba que las brujas podían ser esas vecinas que se presentaban en la casa pidiendo un poco de sal. Remataba contando la historia de la mujer de Lot convertida en estatua salina por desobedecer el mandato de no mirar atrás mientras la ciudad era devastada.

Qué bella era esa taza. Según ella era de porcelana china, aunque se veía gruesa y menos lustrosa, parecía más bien de pedernal. Tenía grabadas flores, azules y rosa, y un borde dorado que contrastaba con su blanco contenido. Muchas veces, desobedeciendo sus mandatos, deslicé mis dedos por la superficie granulada, arañándola para dejar mi rastro, e imaginaba que iba por uno de esos desolados paisajes de Alaska que nos mostraba la profesora en la clase de geografía. Mi abuela me explicó que son salados el mar, la sangre y las lágrimas. Entonces me preguntaba, al ver llorar a mi mamá, día tras día, después de que mi padre se fue, si toda la sal del mundo provenía del llanto. En tal caso, el mundo sería de verdad un valle de lágrimas como decía el cura en la iglesia. Pero yo me mantenía atada a la belleza cristalina de ese elemento. Hacía montoncitos de sal sobre la mesa del comedor y formaba figuras: cuadrados, triángulos y círculos que luego devolvía a la taza. Hasta que un día, cansada de esa efímera creación, decidí hacer algo compacto, de más larga vida, y le pregunté a la abuela cómo podía hacer una muñeca. Ella me acompañó en el juego. Una medida de harina por media de sal, y agua. Luego amasar y moldear.
Mi muñeca de sal tenía una apariencia de fantasma, con una blancura invernal, profundas cuencas en lugar de ojos y pequeñas depresiones en nariz y boca. Sus brazos amorfos hacían cruz con el tronco rectangular donde también hice una pequeña hondonada para señalar el ombligo. Era mi creación y me sentía orgullosa, por eso la puse sobre el tocador al lado de un cofrecito de madera y un florero de cristal. Allí nadie podría profanarla.
Un día, cuando regresé de la escuela, entré al cuarto y la busqué. Quería jugar con ella a las adivinanzas. Adivina cuánto saqué en matemáticas… nunca me había ido tan mal… Adivina a quién vi hoy… Me gustaba su imperturbable silencio y por eso aprovechaba para contarle mis secretos. Eso también lo aprendí de la abuela cuando decía que al abuelo se le podía decir de todo porque ni escuchaba y era tan frío como una estatua de sal.
Le había puesto un nombre a mi muñeca. La llamaba Fidelina. Así que cuando me acerqué y musité su nombre, bajito, para que nadie más me escuchara, encontré el único vestigio de su desintegración. Era un trozo de su cara, una luna carcomida que miraba con un solo ojo profundo y vengativo. ¡Abuela! —grité— ¿Qué le pasó a mi muñeca? ¿Quién la quebró? —volví a inquirir mientras recorría los pocos metros que separaban mi cuarto de la cocina llevando sus despojos en una mano.
Allí estaba mi abuela, preparando la comida y así siguió, sin mirarme, picando el tomate para la sopa.
—No lo sé, yo no he entrado por allá. ¿Sería tu mamá cuando entró a limpiar? O pregúntale a tu abuelo, aunque estoy segura de que ni siquiera sabía que tenías esa muñeca.
—¿Entonces se quebró sola? — dije con tono desafiante.
—O a lo mejor no la quebró nadie—replicó la abuela. Yo creo más bien que se deshizo con una gotera que cae justo ahí donde la pusiste.

Nunca sabré quién o qué causó la desintegración de Fidelina, pero creo que ese día empecé a entender la fragilidad de las cosas y de la vida, y cómo todo puede perderse en un instante.
Aún conservo la taza de sal de la abuela. Es como un antídoto contra el olvido. Cuando la miro la veo a ella en la cocina. Restriega sus manos nudosas en el delantal, canta boleros mientras bate el chocolate y me advierte que no debo tragarme las pepas de la naranja porque me crecerá un árbol en la barriga, y menos comer mango biche con sal porque me diluirá la sangre.
La sal sigue siendo mi elemento. Me gusta incluirla en mi baño. Y siento que renazco. Una vez a la semana derramo agua salina desde mi cabeza y dejo que se seque en mi cuerpo para sentir cómo el mar se adhiere a mi piel. Sentir que soy la sal reposada que brilla bajo el sol, limpia, como la luz intensa del día. Esos granos blancos son también el germen de mi creación. He decidido hacer esculturas de sal a escala humana. Algunas veces las derramo en fragmentos sobre el piso ante los ojos de los espectadores como invitándolos a una liberación, para que esa sal compactada, aprisionada, retorne a su estado natural
Es una manera de rendirle homenaje a la abuela que murió una noche de diciembre cuando intentaba engalanar el balcón con luces de colores. Había subido a una improvisada escalera y cayó desde su altura fracturándose el fémur y la pelvis. Se partió, se astilló, pequeños fragmentos de hueso entraron en su torrente sanguíneo y le obstruyeron la circulación. La encontré tirada en el suelo, fría, los ojos secos y fijos en un lugar incierto. Quise levantarla, pero se había endurecido, pesaba como una estatua de mármol. Pasé mi mano por sus cabellos canos con el leve rizo extendido sobre las baldosas, y no sentí su energía. Ya mi abuela no iría más de un lado a otro de la casa, regando las plantas, limpiando las ventanas, cambiando las sábanas, con la taza de sal en sus manos junto a la mesa del comedor. Y yo tenía que aceptarlo. Aceptar que su quietud era plácida, que yo habría de perpetuar su legado y procuraría darle nuevo valor a cada uno de esos objetos a los cuales dotó de anhelos y vigor.
Hoy, las luces de colores titilan en nuestro balcón y en la mesa del comedor está la taza de sal. De ella seguimos tomando pizcas para alimentar nuestra vida.

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Nubia Amparo Mesa Granda ha publicado, entre otras, las siguientes obras:  Las voces que trae la brisa, Libro de cuentos Editado por Fundación Arte & Ciencia (2014). Un hombre solo, Actos de palabra Funlam (2010). La tía Adela, Primer Conjuro, Fundación Arte & Ciencia (2008). Sombras sobre el puente, La palabra se baña en el río, Fundación Arte & Ciencia (2011). Pasajeros del mismo río, Cuando el río suena, Fundación Arte & Ciencia (2012). La despedida de Satulio, El traído y otros cuentos de Navidad, Fundación Arte & Ciencia (2013). La casa amarilla, La casa contada y cantada, Antología Coop. Confiar 2015).

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Aprovechamos que por estos días se celebra en Mompox el VI Festival de Jazz, para compartir con nuestros lectores este artículo de Álvaro Jiménez Guzmán, sobre el libro escrito por Bárbara Galeano Zuluaga, referente a ese bello e histórico puerto sobre el río Magdalena, Patrimonio de la Humanidad.

(Archivo Fundación Arte & Ciencia)

Mompox sí existe

Álvaro Jiménez Guzmán (*)

A casi doscientos cincuenta kilómetros de Cartagena, sobre la margen izquierda del brazo de Mompox del Río Grande de la Magdalena, se levanta una reliquia colonial, Santa Cruz de Mompox, ennoblecida con el título de “Ciudad Valerosa, Ilustre y Señorial”, con una gran riqueza arquitectónica, muchos de cuyos hijos han honrado la historia de Colombia, que habla de la calidad humana de sus habitantes, que han hecho de esta villa un centro cultural y artístico incomparable, entre ellos Candelario Obeso, el creador de la llamada poesía negra por su libro “Cantos populares de mi tierra”, donde recoge, con especial sentimiento de protesta y de nostalgia, el lenguaje peculiar de los bogas del Magdalena y de las gentes de raza negra de la región.
Sobre la base de este hecho, que configura lo que se conoce como patrimonio cultural, herencia propia del pasado de una comunidad con la que esta vive en la actualidad y que transmite a las generaciones presentes y futuras, fue que la antropóloga Bárbara Galeano Zuluaga realizó su tesis de grado que luego de diez años convirtió en el libro MOMPOX, una victoria sobre el tiempo, publicado por la Fundación Arte & Ciencia. Aída Gálvez Abadía, Profesora Titulada Jubilada del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia, quien escribió el prólogo de la obra, consigna que Bárbara Galeano logra cohesionar, de manera acertada, los registros de viaje y trabajo de campo antropológico, por “la memoria de su primera infancia”, que le facilitó incubar el conocimiento primigenio de aquel patrimonio vivo del mundo de la cultura. Esta feliz circunstancia le abre el camino justo: “Viajar al pasado es vital para la configuración del presente y del futuro, porque sin memoria no hay creación”.
Aquí se contempla la “necesidad de identificar la otredad, la diferencia”. Está en consonancia con lo que plantea Eduardo Gonzáles Muñiz en el sentido de que la investigación científica, como una ineludible actividad social, está en constante transformación y determinada por múltiples factores. Tal concepción del análisis histórico de las ciencias abre un interesante ámbito de reflexión “en torno a la conformación del dominio de la investigación antropológica, y, en especial, al papel desempeñado por diversos valores en la constitución de la otredad cultural como su objeto de conocimiento”.
La tesis antropológica se estructura desde el “Prólogo”, “Presentación”,” Introducción”, y, al entrar en la almendra de su contenido, con “Un viaje hacia otras culturas”, se arma la historia de las instituciones “Hostal Doña Manuela”, “La casa del Artesano” y la “Ciudad como Escuela Taller”, para desembocar en “Derechos y Deberes de los momposinos”, en relación con el “Centro Histórico”, “Un caso de protesta Ante el incumplimiento de las normas”, “Reflexión final”, hasta “El calor del recuerdo”, como “Epilogo”, que asociados a las fotografías de sus antiguas casas coloniales, calles, plazas, hostal, vendedores, escuelas, ferry, centenario árbol de caucho, actividades artesanales, fiestas y otras reliquias de su pasado histórico, hacen de esta obra un hermoso libro, editado por la “Fundación Arte y Ciencia”, y que se constituye en otra reliquia cultural por recoger con fidelidad el transcurso centenario de un pueblo.
En el acápite del viaje hacia otras culturas, la Tesis trae a colación una sentencia desafortunada de Gabriel García Márquez, en su novela “El general en su laberinto”: “Mompox no existe, a veces soñamos con ella, pero no existe”. Ante lo que responde Martínez Manjarrez, de su patria: “Qué pena contradecirle a Gabo pero Mompox sí existe y en muchas ocasiones soñamos con ella, pero sigue existiendo y existirá por siempre en nuestras mentes y corazones”. Y en toda la obra destaca Bárbara Galeano el sentido de pertenencia de la comunidad con sus instituciones, el despliegue de la actividad cultural en aquel ámbito de Santa Cruz de Mompox, “casa grande de la depresión momposina, Ciudad hermosa de América Latina”, parafraseando al poeta momposino Alfredo Zambrano. Asociaciones, cooperativas, la ciudad como escuela, fueron el reto del pueblo luego de la “Declaratoria de Mompox como Patrimonio de la Humanidad”, en 1995, para ser consecuentes con la preservación de la memoria patrimonial. Diversas dificultades se han atravesado en este camino, pero la riqueza en la experiencia adquirida los ha hecho crecer como comunidad, con su tradición de vocación artística y grandeza en la actitud espiritual que les ha correspondido asumir.
En relación con los “derechos y deberes de los momposinos”, para proteger y preservar el “Centro Histórico”, el Programa Nacional “Vigías del Patrimonio”, se alza como una estrategia de grandes horizontes porque convoca a la participación para reconocer, valorar, proteger y divulgar el patrimonio cultural con brigadas voluntarias que, en el caso de Mompox, tendrá benéficos efectos por la apropiación colectiva que ha tenido la comunidad de este valor cultural declarado por la UNESCO en Berlín. Dentro de las reflexiones que suscitan esta declaratoria, de acuerdo con el libro de Bárbara Galeano, es que “La sociedad contemporánea tiene los ojos puestos en el turismo, convertido hoy en una necesidad que la reafirma como ‘sociedad moderna’.

Calle de La Albarrada (Fotografía de Bárbara Galeano Zuluaga)

Latinoamérica se ha caracterizado por un turismo, cuyo atractivo son las playas y el sol, y se ha dejado a un lado la posibilidad de reactivar elementos que parecen reservados a otros lugares del mundo. Para lograr ese salto a lo “cultural”, es necesario superar los modelos convencionales, muchas veces impuestos y no escogidos, recuperar el orgullo y la fuerza de la propia historia y de las tradiciones, para proponerlas en el mercado internacional, dar paso a sistemas integrados en los que sus elementos sean propuestos en conjunto y no de manera aislada”.
En el bello “Epilogo”, que se da “Al calor del recuerdo”, narra Bárbara: “Si los viejos se levantaran de las tumbas al menos encontrarían las casas, comenta Germancito, mientras yo escribo en mi cuaderno. Él es uno de los tantos personajes que se encontraron conmigo en este viaje hacia la memoria, hacia el olvido. Cuando uno deja la ciudad en la que vive y retorna la de la infancia cualquier cosa puede suceder…” Y de pronto se abrió ante los ojos de Bárbara “un pueblo cuyas edificaciones se detuvieron en la memoria de la historia pues como comentan los momposinos con orgullo, Mompox fue el primer pueblo que se declaró libre ante el yugo de los conquistadores”.
Y en efecto, así como Cartagena es llamada la “Ciudad Heroica” por su épica resistencia al asedio del ejército reconquistador en 1815, Mompox fue denominada la “Ciudad Valerosa” por tan esforzada acción, tres años antes, contra los ejércitos españoles, a los que derrotó y puso en fuga. Fue la primera ciudad en Colombia que declaró su independencia absoluta del dominio español. Desde mucho antes, Mompox sí existe.

NOTA: Información sobre el VI Festival de Jazz en Mompox:
 http://mompoxcolombia.blogspot.com.co/p/blog-page_9.html
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(*)  Álvaro Jiménez Guzmán es autor de varios libros de relatos (Grito en los pretiles, Una danza contra el viento) columnista y hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

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POESÍA Y FILOSOFÍA

Jueves 14 6:30PM
Auditorio Aurita López – Jardín Botánico

Presentación Libros – Ficha Técnica

Estamos en la fiesta del libro 2017

Sus autores:

DAGOBERTO RODRÍGUEZ ALEMÁN Y DIEGO VELASQUEZ GONZÁLEZ

Conversarán con su Editor

ÁNGEL GALEANO HIGUA

INVITA

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El río fue testigo

De Ángel Galeano Higua
 
La historia que aquí se cuenta es real, los nombres de los personajes son ficticios. Esa frase, o una similar con alguna variante, acompaña muchos libros. Se podría decir que es una muletilla a la cual recurren con frecuencia el cine y la literatura. A veces como advertencia, en otras como anzuelo para el desprevenido lector.

Aquí se trata de una verdad, de una tremenda historia real, que merece ser contada y leída, en la cual participaron muchos hombres y mujeres. La mayoría de los que aquí aparecen eran oriundos de la región, otros –conocidos como los descalzos– llegaron allí, desde diversos lugares, con un patrimonio compuesto por la buena voluntad, sus ideales y sueños, sus deseos de servir y, a veces, con una profesión que hizo mucho bien en esas tierras.

Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta.

El narrador, uno de los descalzos, ha guardado con celo, todos esos avatares: los triunfos parciales que alcanzaron, los abrazos de solidaridad, las sonrisas de los niños, la fe y la entereza de unos hombres y mujeres, del campo y la ciudad, que creyeron en sus propias fuerzas. Nada ha quedado por fuera de este texto y eso es tan valioso como la historia que cuenta.

Conrado Zuluaga

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PRESENTACIÓN VIERNES 15 DE SEPTIEMBRE  8PM

Salón Restrepo – Jardín Botánico

Acompáñanos

Presenta Esteban Carlos Mejía

Invitan: Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia

FIESTA DEL LIBRO Y LA CULTURA DE MEDELLÍN – 2017

 


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