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Archive for 30 marzo 2017

Innegable vigencia de El río fue testigo

Jorge Alberto Morales Agudelo (*)

Mujer remando en el río Magdalena, Sur de Bolívar. (Archivo El Pequeño Periódico)

La aparición de la última novela del escritor antioqueño Juan Diego Mejía, Soñamos que vendrían por el mar (Alfaguara 2016), nos da el pretexto para recordar otra obra cuyos protagonistas son los “descalzos”; nos referimos a El río fue testigo de Ángel Galeano Higua. Ambos autores exploran sus propias experiencias como “descalzos maoístas” de finales de la década del setenta y principio de la del ochenta del siglo pasado. Además, en el caso de Mejía la experiencia le dio para una cosecha, que a mi entender podría llamarse la trilogía involuntaria donde se encuentran también las novelas A cierto lado de la sangre (Planeta 1991) y El dedo índice de Mao (Norma 2003), explorando el mismo tema desde miradas distintas, pero que al final representa una sola novela con tiempo y espacio común, diferenciada por los enfoques de la acción. A las tres obras mencionadas nos referiremos en una próxima columna..

Brigada de salud en el Sur de Bolívar, descansando mientras un “descalzo” lee para los demás. (Foto archivo El Pequeño Periódico)

Hoy nos centraremos en El río fue testigo de Ángel Galeano Higua. Obra editada por la Universidad de Antioquia en 2003 recrea un gran sueño, el de la entrega de una generación joven, idealista, inteligente, con sentido de pertenencia y sensibilidad social por su patria. Eran amigos o “camaradas” que militaron en una izquierda diferente a la que acaba de negociar en Cuba, nacida como consecuencia del proceso de crítica al llamado Frente Nacional (1958-1974) en lo interno, y como reacción en cadena o propagación en América Latina de la Cuba revolucionaria de 1959, en lo externo. Estos jóvenes emprendieron el largo pero seguro camino de ganarse para siempre el corazón de las clases sociales humildes al compartir su suerte, mientras organizaban una estrategia que permitiera superar poco a poco las principales deficiencias estructurales, siempre con la activa participación popular. Los “descalzos”, como eran llamados, procedían de sectores intermedios de la sociedad colombiana, algunos pertenecían a la élite política y económica nacional, se identificaban por su adhesión a las ideas maoístas, como era la moda en una época muy compleja, la de la llamada “guerra fría”.

La novela centra su atención en el sur de Bolívar, serranía de San Lucas, municipio de Magangué. El personaje principal, Leonardo, cronista de la experiencia revolucionaria en la región, es otro descalzo que emigra con su esposa e hija a la zona al igual que médicos, enfermeras, antropólogos, artistas, entre otros. La estrategia era convertirse en un “pequeño estado” que eficientemente ayudara a superar el atraso de la región creando las condiciones para educar a las masas campesinas y de esta manera prepararlos para una revolución social. La utopía choca con otros intereses violentos representados por la izquierda armada, que asumen la tarea de recuperar la zona inversamente para el atraso y el subdesarrollo, iniciando de esta manera una política siniestra de muertes selectivas a los principales líderes descalzos y sobre todo a los campesinos inteligentes, que asumieron la dirección de una cooperativa agraria que permitía eliminar intermediarios y comercializar frutos y legumbres que antes se perdían. La estrategia perversa contó con el apoyo de un gobierno central permisivo, tonto, que buscaba la paz, cediendo sumisamente a las pretensiones de la izquierda violenta.

Francisco Mosquera y Ángel Galeano Higua en la población de Montecristo, estribaciones de la Serranía de San Lucas, Sur de Bolívar. 1984 (archivo particular)

La frustrada experiencia de los descalzos en el sur de Bolívar sucede en tiempos nefastos para nuestro país. Era la época de la demagogia belisarista (1982-1986), de la tragedia que borró la población de Armero del mapa nacional, de la toma del Palacio de Justicia por parte del M19 y de la muerte violenta de los líderes descalzos en varias regiones del país. La barbarie triunfó ante la solidaridad y amor por los más necesitados. Los descalzos salen de las veredas y sitios agrestes, prometiendo regresar, pero no pueden hacerlo, las condiciones para materializar un ejemplo nuevo de tanto desprendimiento no son propicias, los violentos crecen de la mano del Estado, narcotraficantes y delincuentes comunes, hasta conformar una sola cosa deforme con tentáculos en toda la nación.
Capítulo aparte merece el ideólogo de todo ese movimiento político, se trata de Francisco Mosquera Sánchez un hombre con gran carisma, estudioso, inteligente. Su mérito radica en haber convencido a toda una generación de jóvenes universitarios, estudiantes y obreros de la necesidad de abandonar la comodidad de la ciudad, para iniciar el conocimiento estratégico de los grandes aliados en el proceso revolucionario colombiano, los campesinos, y así ganar el corazón de los más desfavorecidos por medio de una vida activa, propositiva y en comunidad con ellos. El ideólogo visitó la serranía en los momentos en que se iniciaba la ofensiva violenta por la recuperación de la región. Pacho, como lo llama Leonardo, convivió por unos días con sus pupilos y saludó la nueva militancia campesina de su partido. La crónica de esta visita la conocemos por Leonardo quien no se cansó de escribir hasta los gestos del jefe de la utopía y tomar fotografías al respecto. Pero la crisis se ahondó cuando esto sucedía y Pacho no dudó en ordenar la salida de todos los descalzos, los convenció de la idea de no responder con la irracional violencia a los violentos a pesar de que tenía gran respaldo de las masas campesinas en ese propósito. Con esta decisión racional sacó a su grupo político del conjunto de organizaciones que contribuyeron a la creación del engendro paramilitar, que inició como un simple movimiento de autodefensa campesina y degeneró hasta convertirse con lujo de detalles en criminales iguales o peores que los asesinos de los descalzos.

La novela de Ángel Galeano Higua que se inscribe en el realismo, contada en primera persona, desconcierta a los lectores que vivieron parte de esa experiencia al encontrar unos nombres reales, otros con seudónimo, pero que de inmediato se sabe de quién se trata, además de algunos que son producto de la imaginación del escritor. El río fue testigo es también una novela histórica, trabaja una experiencia del tiempo presente, básica en el propósito de entender el accionar de una fuerza política de izquierda, que se negó a la utilización de las armas antes de desarrollar un proceso educativo a gran escala que sacara del oscurantismo a campesinos y obreros, se trataba de esperar el tiempo que fuera necesario antes de explorar una coyuntura revolucionaria o simplemente estar preparados para tal fin.

Un complemento a la historia de los descalzos del sur de Bolívar, tan importante como la novela es EL PEQUEÑO PERIÓDICO, órgano informativo y cultural de la comunidad de Magangué y de toda la serranía de San Lucas, en sus páginas se recrea el gran impacto positivo generado por los jóvenes intelectuales en una región abandonada por el Estado central y apetecida por los violentos. Ángel Galeano Higua, fundador y director de EL PEQUEÑO PERIÓDICO y autor de la novela en mención, como buen creador se cuida de no preferir a una más que al otro, ambos representan un gran complemento en su producción intelectual, como cronista de esa experiencia inolvidable que fue la presencia de los descalzos en el Sur del departamento de Bolívar.

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(*) Jorge Alberto Morales Agudelo es Historiador egresado de la Universidad de Antioquia, autor de diversos artículos publicados en revistas especializadas y periódicos.

Texto publicado en: http://nuevagaceta.co/inicio/el-rio-fue-testigo-otra-novela-de-los-descalzos, Sáb, 02/25/2017 – 22:07.

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Las siete muertes del lector

Por Luis Hernán Rincón Rincón

Supongo que a usted le interesa saber cuáles son esas muertes y cuál es ese lector. ¿Será usted ese lector que murió siete veces pero sigue viviendo? Le contaré aquí lo que entiendo de ambas cosas.

Luis Hernán Rincón Rincón, Director Fundador del periódico “Támesis Asciende”.

El libro Las siete muertes del lector es una obra de mi maestro y amigo, excelente cuentista colombiano, Ángel Galeano Higua. El artículo escrito por él, con el mismo título del libro, es muy breve, tres páginas, y ha sido publicado en Medellín y en otros lugares como Bogotá y Naples (Florida, EE. UU). En Támesis lo han difundido la Tertulia Fundadores y Támesis Asciende. El libro contiene también relatos diferentes de su autor.
Hay mucha personas que caminan y tropiezan pero no le sacan buen provecho a caminar ni a tropezar. Del mismo modo, hay personas que leen pero no le sacan buen provecho a leer. En general, lo que hacen esas personas, cuando creen que leen, es recorrer páginas “en una insensata carrera de obstáculos” que les apabulla, y de ñapa o adehala – los adultos – le echan culpas al joven acusándolo de perezoso y repitiéndole la obsoleta cantinela de que “la juventud de hoy no lee”.
El artículo de Galeano Higua hay que leerlo sin prisa y pensar en lo leído para asimilar el significado de cada una de las siete muertes en él narradas, y que en la vida son obstáculos que, sin mala intención, los adultos ponemos a los aprendices de lector. Veamos las siete “muertes”, que Galeano Higua también llama lápidas.
Entremos en materia. ¿Qué son y cuáles son esas siete muertes del lector? Esas “muertes” son “obstáculos” que los adultos les ponen a los jóvenes y que les van llevando a crecer odiando o evitando o haciendo aborrecible la lectura.
1. Primera muerte. Los adultos – profesor, maestro, promotor o adulto familiar – “enseñan a leer” lo que creen que los niños o jóvenes “deben leer”. Los adultos imponen a su gusto y los niños o jóvenes ven esos libros que no les seducen, no les “gustan”. No los leen. Esa es la primera lápida.
2. Segunda muerte. Viene cuando en la escuela, el colegio o la universidad, los adultos fijan una fecha límite para leer un libro asignado. Quien no cumpla ese plazo “está perdido”.
3. Tercera muerte. Hay que leer un número de páginas en el tiempo fijado. Quien avance menos está perdido. Cada joven tiene muchas cosas qué hacer, tiene su propia velocidad de lectura y no podrá leer con provecho a la velocidad demandada. Decide no leer y dedicarse a sus intereses.
4. Las tres muertes anteriores son más bien tres lápidas ya listas para un lector que pudo ser lector a lo bien. Pero si ha sobrevivido, hay un nuevo obstáculo refinado: la cuarta muerte, que es presentar un resumen escrito. Debe leer, y resumir por escrito, sin copiar de otros pero con las cortapisas y las reglas de otros.
5. Quinta muerte. La quinta muerte o lápida (para el futuro difunto de la lectura) queda labrada cuando se anuncia un examen sobre la obra leída. “No basta el libro impuesto, ni los límites de tiempo, ni el resumen escrito, ahora debe someterse a un interrogatorio, con el agravante de una calificación”.
6. La Sexta muerte es: responda “bien” y sepa que en el examen no puede “inventar”, debe responder lo que el adulto espera que responda. Con este obstáculo, a quien iba a ser buen lector “los libros empiezan a parecerles definitivamente odiosos”, afirma Galeano Higua.
7. Séptima muerte: demeritar las lecturas sobre idioma español. Se le dice a quien a ser lector a lo bien, que el español (es decir, la lectura sobre el idioma español) es menos importante que la lectura sobre las matemáticas, la química, etc. Y se le agrava la situación diciéndoles que no pierda tiempo leyendo literatura, poesía, y que se dedique a la “verdadera lectura”, como si hubiera falsa lectura. Queda, muy posiblemente, una persona que muere para la lectura.

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Tomado de Támesis Asciende No. 292. 12 de marzo de 2017

Las siete muertes del lector, Edit. Fundación Arte y Ciencia, Medellín, 2006

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El bocetero

Ángel Galeano Higua

Sabe que con el río a sus pies la imaginación corre más de prisa, las escenas se desbocan, se afanan sus manos. El puente de piedra fue escenario de un encarnizado combate del cual muy pocos se acuerdan. Lo escuchó de niño y esas escenas palabreadas en el aire nunca lo abandonaron. Oye los gritos, el choque metálico de las armas, el cascoteo de los caballos. Quiere librarse de aquella carga y para ello no cuenta más que con la afilada punta de su grafito.
Se sienta en la baranda. El morral a la espalda, las hojas enganchadas a la tabla y sobre su cabeza el sombrero aguadeño que sólo se quita para dormir. Desde allí puede ver los achocolatados guiños del agua que le alebrestan el pensamiento. Parece un chiquillo con las piernas colgando. Cree que aquellos muertos dejaron algo por decir y quiere revivirlos. Ha recorrido la ciudad recogiendo historias bajo los aleros, husmeando en las casonas, esculcando los parques y los ventorrillos. Y no era que le contaran las historias, sino que él las veía en la mirada. Procuraba deslizar sus ojos hacia el paisaje para no sentirse abrumado. Ante los primeros zarpazos de la pulsión, muchos empezaron a recelar de sus ojos que los transparentaba y huían como si estuviese infectado por un bicho que todo lo cristalizaba.

Ahora está allí, listo para bocetear la batalla. Sabe que desde lo alto puede ver mejor. El escenario para la lucha incluye los tres arcos del puente con su tangente de paso. Quiere imaginar los bandos, pero necesita el aliciente de unos ojos detonadores. Supone a los contingentes a lado y lado del río, mostrándose la furia. No son tiempos de armas automáticas. La única forma de ir a la contienda es atravesando el puente a pie o a caballo, armados de fusiles, machetes o palos. O cruzando el río a nado con el cuchillo entre los dientes. Quien controle el puente se pondrá en ventaja.

De pronto, como si la vida obedeciera a sus requerimientos, el bocetero ve que una mujer se dirige hacia el puente por el otro extremo. Falda larga y roja, blusa blanca de mangas cortas. El cabello luminoso se agita con el viento. La mujer se detiene. Duda. Hace mucho tiempo nadie cruza el puente y ahora están los dos: él, queriendo dar vida a una batalla que lo atormenta, y ella, engalanada como para una fiesta. Lleva unas sandalias tan delgadas que parece descalza. Avanza por el adoquinado. Sé quién eres, le dice de pronto. El bocetero se sorprende, pero logra permanecer en silencio mirándola de soslayo, ocultos los ojos bajo el ala de su sombrero.

¿Sabes quién soy? Le gustaría que se lo dijera. Y ella, como si le hubiera leído el pensamiento: Eres alguien de quien todos huyen. Él continúa callado, centrado en su cabello que se agita como un racimo de cometas. Vengo a que dibujes lo que ves en mis ojos. Su voz decidida es ajena a toda súplica. No dibujo lo que veo en los ojos, sino en la mirada. ¿Acaso no es lo mismo? Para nada, responde él, moviendo la cabeza. La mira pero sin fijar sus ojos en los de ella, eludiéndolos, más bien observándole el cabello que sigue aleteando, y los aretes plateados, y los labios carmesí que se le antojan como una carnosa herida. Mírame, no le tengo miedo a tu mirada, dice ella, desafiante. He venido para que mires mi vida y mi futuro y lo dibujes de una vez por todas.

El bocetero percibe una contenida furia en su voz y pretende tranquilizarla. No con palabras, él casi no habla, traza. Entonces mira, ahora sí, sus ojos desde una distancia que ha aprendido a controlar. Los dibuja como los ve, pero no dibuja la mirada. Cuando le enseña el dibujo la mujer sonríe. Está bien, pero falta, ¿no es cierto?, dibuje de mis ojos lo que quiera, le dice animándolo. Pero el bocetero le advierte que no dibuja lo que quiere sino lo que ve en la mirada. Bueno, está bien, lo que sea, contesta ella, dibuje lo que sea. La punta del lápiz empieza a corretear sobre la hoja, danza febril, dedos alucinados. Ojos fijos en los ojos, se deja embeber de aquellas dos lunas azulinas que lo miran. Ella se siente atravesada por los ojos negros que la navegan, hasta que sus recuerdos comienzan a fluir como una película. El bocetero aguarda a que aquel flujo se detenga, pero las escenas corren sin cesar. La mira como cuchicheándole que no se deje embaucar por los sinsabores de esa carrera memoriosa que la confunde y la desgasta. Al fin, el desfile de sucesos se hace más lento hasta detenerse en el borde del río. Alzándose la falda, se encarama de pronto sobre la baranda, como una equilibrista. El bocetero se asusta, ¡cuidado, puede caerse! Su cabello quiere irse detrás del viento y ella quiere irse detrás de su cabello. La mujer no sabe que él puede ver su destino y todavía guarda la ilusión de poseer su secreto. El bocetero vacila. Ella percibe la duda y lo desafía a que pinte lo que ve. Él se resiste, forcejea, hasta que aquella poderosa energía lo impele de nuevo a tomar el lápiz, y con trazos rápidos y precisos la dibuja. Un gran salto. Mujer pájaro sobre los arcos del puente. Él se admira de lo que ha logrado, sostiene una lucha dolorosa, aparece en su dibujo una belleza terrible que no conviene dejar ver de la mujer. Inventa una excusa, el dibujo no ha quedado bien, debo repetirlo. Piensa en cambiarlo, en engañarla para salvarla. Déjamelo ver, le exige la mujer, intrigada. Pero él se niega, se siente violentado por lo que sus manos han plasmado. Intenta borrar una parte, alterarlo, tachar, enmendar, pero la mujer le arrebata la hoja. Al ver el dibujo, el semblante de la mujer se avejenta, como si todos los cansancios acudiesen a engrosar las líneas de su rostro, como si hubiese sido sorprendida in fraganti con el gran secreto de su vida. Y sin que él pueda detenerla, se arroja de cabeza al vacío.

Aterrado, el bocetero comprende que su dibujo ha adquirido vida. Nunca había sido invadido por una confusión semejante. No puede dejar de mirar los círculos concéntricos en el río, insaciables gargantas que acaban de tragarse a la mujer. ¡No he debido dibujarla! ¿Qué hacer para no continuar esclavo de sus manos? Pero más que de sus manos, es aquella fuerza interior que lo avasalla por lo que ve. Algo debe hacer para liberarse. Lo que al comienzo fue virtud y talento, ahora es tormento.

Cuando los socorristas rescatan el cuerpo río abajo, frente a la Plaza de Toros, descubren en el bolsillo de su falda una desteñida carta en la que se despide de su familia y anuncia que nadie es culpable de su muerte, que la soledad la asfixiaba como un gas letal. Pero el bocetero no se siente liberado de culpa, su desazón aumenta, le parece que ella escribió esa carta para condenarlo en secreto y amarrarlo a su final. A partir de aquel día, muchos, al verlo, para ocultar su miedo lo insultan. Otros lo observan de lejos, temerosos, pero nadie lo mira de frente. Las mujeres les tapan los ojos a sus hijos y cambian de acera como si fuera un apestado.

Con la cabeza gacha, el sombrero más ladeado y los ojos cubiertos por unos lentes de vidrio ahumado, el bocetero se retira hacia los cerros de Santa Elena con la esperanza de no toparse con nadie. Lo alimenta la ilusión de que, desde allí, podrá observar el puente a sus anchas y dibujar la batalla que, según cree, se le revelará en cualquier momento. No ha terminado de acomodarse sobre una piedra, cuando ve que un ejército baja del cerro Nutibara y otro avanza por San Diego. Ambos se dirigen hacia el puente. Se quita los lentes, siente que lo envuelve una premura. A medida que los dos ejércitos acuden a su cita fatal, los ojos se le humedecen por la emoción. Cuando los dos bandos están a punto de chocar en mitad del puente, brota de entre las aguas del río un tercer ejército. La mano del bocetero tiembla, se le seca la garganta y penetra en su propio campo de batalla donde galopa sin control, hasta el instante en que dibuja lo que se le revela como la bandera flameante de quienes emergen del agua. Es la falda larga y roja de la mujer que cruza el puente, el cabello agitado por el viento, que le hace señas con los brazos en alto, solitaria e invicta.

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Cuento finalista en el Primer Concurso Nacional e Internacional “Gabriel García Márquez”, convocado por la Fundación Pro-Aracataca. 2017

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Breve bio-bibliografía del Autor
(Bogotá). Autor de los libros de crónicas y reportajes Rumor de río, Navegantes de la utopía y Perfil de Mujer. De la novela El río fue testigo, finalista en el Concurso Nacional convocado por el Instituto de Cultura y Turismo de Bogotá y publicada por la Editorial de la Universidad de Antioquia. En su paso por Magangué, donde vivió cerca de diez años, fundó EL PEQUEÑO PERIÓDICO, una publicación cultural que cumplió 32 años. En 1993 dio vida a la Fundación Arte & Ciencia, un fondo editorial con más de 60 títulos publicados hasta el día de hoy. Su libro Palabras al viento y otros cuentos, mereció el Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín y reciente fue publicada por la Fundación Arte & Ciencia una segunda edición. Antes había publicado En la boca del cura y otros cuentos. Escribió la biografía de Débora Arango: El Arte, venganza sublime. Autor del libro de ensayos Las siete muertes del lector. Escribió el retrato del científico de Buenaventura, Raúl Gonzalo Cuero Rengifo: Inventar es algo tan serio como un juego de niños.
Fundó en 2008 el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo” con el cual ha editado y publicado media docena de libros de cuentos de sus miembros. Ha sido columnista de varias publicaciones, conferencista y tallerista literario de instituciones como Comfama, Comfenalco, Universidad de Antioquia (Departamento de Extensión), Metro de Medellín y Museo de Arte Moderno de Medellín. Invitado a la mesa de expertos en literatura del Instituto de Cultura de Antioquia para el Plan de Desarrollo 2014-2020. Conferencista invitado en varias Ferias del libro de Medellín y otros municipios de Antioquia, Bogotá, Bucaramanga y Manizales. En la actualidad dedica gran parte de su tiempo a la labor de Editor y a dirigir el Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo”.

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