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Archive for 30 diciembre 2016

FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA

Ya nadie recuerda la guerra

Jaime Hernando García Henao

A María Luisa y Juan Esteban
por su paciencia y comprensión.

I

Esta noche todo es ruido. Ha llegado navidad. Las aguas del río corren lentas y brillantes reflejando los colores de las miles de bombillas que le han colgado. Una avalancha de gente se tropieza y apretuja caminando de un lado para otro. Todos se miran entre sí como si estuvieran perdidos, como si quisieran encontrarse en los demás. Las miradas se levantan y en algún momento coinciden en un punto en común.

Un José, una María y un burrito gigantes se iluminan de repente de forma graciosa y ágil; el viento los bate, trémulos, como si quisieran revivir, y un leve temor me invade, quizás un soplo fuerte los pueda desplomar.

La pólvora explota a cada segundo y martilla en mis oídos como si estuviera en un campo de…

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FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA

Mugre roto

Ángela María Salazar Álvarez.

Era un hombre alto, delgado, su nariz larga y puntiaguda semejante a la de un oso hormiguero. Vivía triste, como suspendido en el aire, y sus ojos, marcados por la oscuridad en que habitaba, tenían la profundidad de un abismo. Las canas marcaban, no sólo el paso de los años, sino el febril ajetreo de una vida azarosa. Tenía manos grandes y aún guardaban vestigios de quien había amasado una gran fortuna. Mugre roto pasaba los días y las noches recorriendo el sendero, acompañado por el cauce largo, gris y fétido del río.

En Navidad, cuando se encienden las luces para inaugurar los alumbrados en la ciudad, los vendedores ambulantes anuncian en medio de las calles: ¡gaseosa!, ¡gaseosa!, ¡cerveza!, ¡cerveza! Toman rumbos diversos, las casetas armadas para la ocasión ofrecen carnes, chuzos, chunchurria, envueltos en las nubes que producen las brasas del carbón. A…

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FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA

El camino de la furia

Álvaro Julián Moncada Gómez

La tiza blanca rayaba en caos la superficie verdosa y corroída de los tableros del “Tomás Villarraga”, el colegio madriguera que albergaba a cientos de jóvenes poseídos por los fantasmas y los complejos de la marginación y la droga.

Aquella mañana la estridencia de los alumnos que gritaban ¡Se canceló el paseo!, sonó certera y sórdida como disparo de fusil.

Las paredes separaban los salones como celdas para aquellos jóvenes de futuros inciertos y obnubilados por el denso y espeso humo de las drogas, única salida hacia otros mundos que jamás alcanzarían con sus escasas monedas guardadas en los bolsillos de sus pantalones desgastados.

Eduardo, El propio, como lo llamaban sus compañeros, era el cacique estudiantil, tenía la voz de mando ante todos los alumnos y era quien definía las más importantes decisiones que se tomaban en el colegio. En…

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FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA

Una noche más

Marisol Gómez Gil

Ha transcurrido otra tarde de paseo por las tiendas de antigüedades. Me siento en la sala de mi casa en el gastado sofá que era de la abuela. Retiro mis sandalias, me han sacado ampollas. Recorrí lugares llenos de tiestos viejos. Hasta en las aceras la gente cree que exhibe cosas de gran valor, sólo por ser arcaicas. “Verdaderas reliquias”, me dijo un hombre con pinta de ladrón.

Cada día que salgo a recorrer las calles en busca del cuadro de mi infancia, me detengo a pensar si será que la ansiedad que me asalta por encontrarlo es la misma que impulsa a los coleccionistas de antigüedades a pagar millonarias sumas por trastos pasados de moda.

He puesto agua en el fogón, necesito sumergir mis pies, los siento hinchados y las plantas me queman como brasas. La penumbra se adueña de este cuarto pero…

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FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA

Chamizo del camino

Darío Alfonso Narváez Rojas

Chamizos¿Qué motivará a Carlitos para entrar al bosque y caminar durante horas sin una ración de comida que le acompañe?

A pesar del sobrepeso por el cúmulo de lodo en sus zapatos y el agua perneada en la ropa, al ir por debajo de las ramas, aún discurriendo la borrasca de la madrugada, Carlitos sigue en ese advenimiento que le regocija el alma, sin notar el esfuerzo que le fatiga.

Al dejar la espesura, después de trasegar por un vasto terreno quebradizo y abonado de maleza que cubre el tronco de sendos árboles que no son de su interés, el joven sale del bosque más empapado, el cabello alborotado y el rostro salpicado de virutas. Sus ojos adolescentes de largas pestañas pueden apreciar lo celeste apropiándose de lo alto, resbalar por la ladera y ante él deslumbrarse, lo que le trae a estas…

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En próximos días la Fundación Arte & Ciencia pondrá en circulación el libro De las mujeres ausentesdel poeta momposino Dagoberto Rodríguez Alemán. El siguiente es el prólogo escrito por su Editor, Ángel Galeano Higua.

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Nuevos poemas desde Mompox

Ángel Galeano Higua

 

En uno de sus poemas, Dagoberto Rodríguez Alemán se pregunta:

¿Cuándo podré alcanzarla
hacer mía esa otra luz de agua
forjada de sueños?

En este tramo de su búsqueda queda plasmada la angustia que alimenta su asombro. La impotencia ante algo que ciñe sus sueños, sus anhelos, su natural armonía con el agua. Hombre afortunado sabe que el río lo acompaña y rige, juega con él desde siempre, conversa con su incesante flujo mientras quiere acariciarlo lanzándole piedritas. Pero el agua es más que el río, es un sueño perenne, inalcanzable por la luz que irradia, una luz húmeda, una luz líquida que moja, impregna e ilumina. Es, como dice en otro poema, “palabra clara como la lluvia”.portada-de-las-mujeres-ausentes

En varios de los poemas que conforman De las mujeres ausentes, laten preguntas que nos conmueven porque hurgan también nuestras incertidumbres.

Alguien se esconde en su poesía, alguien que tiene nombre de mujer, pero que él no puede ver. La llama, con la misma súplica que a la luz del agua.

Aliada del agua está la noche, con toda su carga de misteriosos gritos. Y son las sombras las que ahora reinan…

Y la noche hinchada de terror
hace estragos
en la ceremonia del sueño.

En ese peregrinaje de estaciones elementales, aparece el viento, “racimo de voces que se anuncia a sí mismo”. Y así como en el agua, sea río o lluvia, también en la noche busca, lo mismo que en el viento, las palabras. No las nombra cuando habla del libro, pero las sugiere porque el libro es un “viaje indecible”. No todo se puede decir con palabras. Justo el libro, materia inflamable de palabras, para Dagoberto Rodríguez Alemán es poderosa luz casi hermanada con el fuego, que en todo caso “me purifica como una hoguera”… “El libro es milagro que convoca”.

La fuerza en De las mujeres ausentes se percibe en la honradez de su autor, su esfuerzo sin límite de tiempo, su inocente búsqueda y a veces ingenua mirada. Como un niño que se asombra ante las revelaciones que cada día le prodiga la vida, con todo lo que la rodea de necesidades y sueños.

Pero no se crea, en esa ingenuidad palpita un reconocimiento de su historia, de las marcas que han tatuado su alma. Por eso testimonia sus admiraciones. Bardos que lo maravillaron, como Candelario Obeso y Gómez Jattin. La música de su legado lo imbrica con la sorpresa que le produce el mensaje telúrico del contrabajo, del clarinete, del saxofón. Y en esa, su epifanía, se desliza con natural donaire esa vibración de una garganta inmarcesible: Totó La Momposina. Pero ella no es sólo voz que electriza e invita, también es ritual, movimiento, danza,  elevamiento como decía Héctor Rojas Herazo.

Y detrás del homenaje a la reina del chandé y la cumbia, ingresan en el libro con su esplendor propio, Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Silvia Plath, Emily Brontë, Camille Claudel, Marvel Moreno, Gabriela Mistral, Clarice Lispector… Es un homenaje que el poeta de Mompox no puede esquivar. Es el corazón del libro, en ellas se concentra su irresistible entrega. Ellas están, y nada ausentes, oímos en la tremulación su arpa delirante. Podría decirse que el título del libro expresa lo contrario: las hace presentes.

Completa, en páginas diversas, la conversación con sus padres, sus maestros, su familia, sus recuerdos. Los viajes a Macondo, a Medellín y cierra con un domingo melancólico, una atmósfera algo desolada como una página en blanco en la que el lápiz casi se mueve solo, como si siguiera un “ciego itinerario”.

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Prólogo al libro De las mujeres ausentes, Edit. Fundación Arte & Ciencia, Medellín, Dic. 2016.

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b3Un adiós para Emily

Ángel Galeano Higua

La historia sin adornos es brutal. Escribo estas líneas con el corazón atribulado… Íbamos por la autopista con el cupo lleno y sonaba por lo bajo una canción de Fito, pero aquel no era un paseo sino un viaje triste. Ellas iban de blanco y yo de negro porque no supe a tiempo la indicación. Eran las diez de la mañana y una parte de mí iba baleada en el pecho desde la noche anterior. Aunque en el pasacintas del carro el argentino intentaba animarnos, Bárbara y sus compañeras llevaban también el alma baleada como yo. Pasamos por la glorieta de Bello, justo donde a Emily le fue arrancada su sonrisa la noche anterior en el sector de las comidas, por una pandilla de despiadados fleteros que imponen su ley de asesinos sin que las autoridades hagan nada por impedirlo.
Varios automóviles y un bus detrás de la carroza fúnebre. El silencio lo cubría todo y sobre nosotros el cielo incendiado de sol se veía cruzado por las líneas eléctricas de alta tensión que penden de las gigantescas torres metálicas. El silencio fúnebre fue socavado por el sordo rumor de la ciudad, al que ni siquiera la enorme cruz de cemento pudo contener. Los empleados de la funeraria pusieron el pequeño ataúd blanco sobre una base portátil al borde la sepultura. Aquel silencio primigenio batalló hasta aplacar el rugido de la autopista que resollaba como una bestia de humo. En la rama de un árbol cercano un solitario bichofué intentó su afligido trino.
La despedida de los padres de Emily desgarró el día. A ellos, tan jóvenes todavía, muchachos llenos de ilusiones, la vida se les iba. El llanto abierto, como es de todos los indefensos, y la incrédula palidez de sus rostros mostraban la honda desolación. ¡Hija mía! Dos palabras inmensas y poderosas recorrieron la montaña, treparon hasta el cielo sin nubes y nos sacudieron el alma. Era tan grande la tristeza, la perplejidad y el dolor que no hubo espacio para ritual alguno, ninguna letanía, ni una palabra distinta al grito desgarrador de la madre, del padre. Los enterradores tenían todo listo, menos el adiós desesperado. Las lágrimas brotaron en todos nosotros, nuestra primitiva forma de rechazar esta muerte absurda.
Emily, aunque no alcanzaste a vivir mil días, dos años son ya toda una eternidad. El sol taladraba esta parte del mundo. Alrededor de aquella escena imborrable, y unos pasos más allá, bajo la sombra de los árboles, muchas mujeres vestidas de blanco, hombres, niños, sentimos que somos Emily. Los brazos alargados de la madre que no quiere la partida, el abrazo de ella y de su esposo que no quieren despegarse del ataúd… Tampoco nosotros, Emily, pequeña niña que nunca se irá de nuestra memoria.
Bajan el ataúd con cuidado, como arrullándolo, muchas manos se levantan y una lluvia de margaritas blancas y agapantos morados cae sobre el pequeño féretro. Estamos pasmados. Nos preguntamos tantas cosas, pero en todo caso nos resistimos a este destino maldito. No aceptamos que una gavilla de cobardes, hombres armados, desalmados y rabiosos venga a robarnos y a disparar sin contemplación sobre seres indefensos, niños como Emily que apenas alcanzó a echar un vistazo al planeta.
La historia sin adornos es brutal. Regresamos por la autopista pero Fito ha enmudecido. Ahora es un coro de niños el que nos acompaña en el retorno a una ciudad que se debate contra la impunidad y la negligencia de las autoridades. En silencio clamamos por una justicia, algo que frene este deterioro de la sociedad, esta Colombia enferma que cada día se precipita más hacia el abismo de la perversidad. Una sociedad que mata o deja matar a sus niños, es una sociedad enferma que se desahucia a sí misma.
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Medellín, Nov. 30 de 2016

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