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Archive for 22 agosto 2016

Ráfaga

Marta Cecilia Cadavid

Muchacha en la playa con sombreroAmielado, con un listón negro en mi base y una apariencia coqueta, podría decirse que mi ala es flexible y se adapta a todos los gustos.
Mis orígenes no son claros, pero conocí tierras lejanas, muchas mujeres bellas me amaron, y eso me llena de orgullo. En mis períodos de reposo, por lo general en la oscuridad, aprovecho para afinar mis formas y fortalecer mi cavidad circular que es la clave de mis conquistas.
Hace algunos meses tengo una estrecha relación con una mujer rubia de rostro ovalado y sonrisa fresca como la mañana. Aunque otros la cortejan, hace poco le escuché decir: “Él es mi preferido”. Ella me exhibe orgullosa en la playa o en aquellos lugares donde el sol derrama sus ardientes chorros con la majestuosidad y potencia de un rey. Hoy me trajo a la piscina en donde acostumbra tumbarse en una silla para dorar su piel y allí busca mi sombra y protección.
Ya es más de medio día, un río de sudor recorre su cuerpo, el calor la asfixia, ella se levanta para refrescarse mientras me retiene con fuerza. De repente, una ráfaga de viento me arranca de su cabeza y vuelo raudo hacia lo desconocido.
Me aterran los vuelos improvisados, no sé si me golpearé o mi ala se romperá.A lo mejor, termino olvidado en un rincón inabordable de una vieja terraza.

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La autora hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. El texto publicado corresponde a los ejercicios que los miembros del Grupo presentan en las sesiones del taller.

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Palabras al viento en Portafolio cultural

Morir más

Ángel Galeano Higua

El niño ha muerto. Es de día pero no pueden asomarse afuera. A todo aquel que ha salido le han disparado. A Margaritainés le pegaron un tiro en la frente con sólo asomarse y a Obdulio le despedazaron el brazo que sacó por la ventana. El niño murió de fiebre, alguna infección y sin ni siquiera agua para humedecer sus labios. La madre le untaba su saliva o las lágrimas en los labiecitos, pero el niño murió. ¿Sería de hambre?, preguntó el padre. ¿El hambre da fiebre?, responde ella. En la casa reina el silencio. Con el alma apretujada, la madre quiere que a su hijo se le entierre en el cementerio. El padre, menos expresivo pero mordiendo el duelo, dice que eso no es posible, que si salen los asesinan. Pero la madre está triste, tanto que bordea el desespero. Al criaturito no lo podemos enterrar como a un perro, no, él es un ser humano, un inocente y a los inocentes se les entierra en un cementerio. Eso dice. Llora, llora con profundo dolor. El hombre sostiene que no es posible pero ella lo llama cobarde. Lo haré yo misma, dice, ¿qué importa morir más? Ya nuestro hijo no respira, ¿qué importancia tiene vivir? Tal vez tenga razón, empieza a pensar el padre, no vale la pena seguir así, sitiados, como enterrados en vida. Poco antes de medianoche los dos están convencidos de que deben salir a darle sepultura a su pequeño, enterrarlo como es debido. Por los pasadizos que han construido se comunican con los vecinos que colindan con el patio de atrás. Ellos también les dicen que no lo hagan, que es un gran riesgo, que pueden morir, pero la pareja ya no tiene duda. Sólo querían contárselo. Los vecinos opinan que es mejor enterrarlo en el patio, les ayudamos, traemos nuestras palas, haremos vigilancia. Pero para los padres aquello ya es inaceptable. Será enterrado como un ser humano, como un niño inocente, en donde podamos ir a visitarlo y a conversar con él y a llevarle flores, enfatiza la madre. La oscuridad es propicia para salir. Los bandidos no conocen aquellos vericuetos y por eso no se aventuran a permanecer en los mismos sitios de francotiradores donde se ufanan de día y se juntan detrás de la casona que han usurpado al tendero Humberto. Tienen bloqueadas las dos salidas, pero desconocen la existencia de un corredor por el lado del caño. Por allí intentarán salir con el niño muerto. Ustedes verán, les dice la madre a los vecinos, si quieren arriesgarse es cosa de ustedes, se lo agradecemos, por supuesto, pero no se lo pedimos. Los vecinos deciden colaborar conmovidos por la firmeza de la madre, sienten el torrente por sus venas y reafirman su voluntad. La suerte está echada, ¡qué carajo! Al poco rato las sombras se deslizan. Una silueta de mujer va agachada cargando a un niño en sus brazos, como si lo arrullara. La siguen otras sombras sigilosas con sus palas en la mano. Son una extraña procesión. Cada palada con que perforan la tierra es silenciosa, como sus respiraciones. Cuando están echando la tierra encima del envoltorio, la luz de una linterna hiere las tumbas y no les queda más remedio que tirarse al suelo mientras sobre sus cabezas pasa el chorro mortecino. Luego vuelven a su labor. Entre ahogados sollozos, la madre le susurra las últimas instrucciones al pequeño que yace bajo el montículo. Los hombres la esperan sudorosos. ¿Para qué regresar?, pregunta la madre. El silencio es mayor… Ustedes sí, porque tienen a sus hijos allá, ¿pero nosotros? Nadie responde. El padre dice gracias y estrecha la mano a cada vecino. Luego, se separan, como si unos y otros buscaran los extremos de la noche.

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Morir más, fue el cuento leído por su autor durante el evento de presentación del libro Palabras al viento y otros cuentos. Edit. Fundación Arte & Ciencia, Medellín.

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En la sede de Portafolio Cultural, Laureles (Medellín)

En la sede de Portafolio Cultural, Laureles (Medellín)

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