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Archive for 28 abril 2016

Al calor del recuerdo

En la Feria Internacional del libro de Bogotá.

En la Feria Internacional del libro de Bogotá.

Bárbara Galeano Zuluaga

“Si los viejos se levantaran de las tumbas al menos encontrarían las casas”, comenta Germancito, mientras yo escribo en mi cuaderno. Él es uno de los tantos personajes que se encontraron conmigo en ese viaje hacia la memoria, hacia el olvido. Cuando uno deja la ciudad en la que vive y retorna a la de la infancia cualquier cosa puede suceder…

Albarrada - Mompox (foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

Albarrada – Mompox (foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

Y si, además, el viaje es de doce horas por tierra para llegar a un pueblo desvencijado pero clavado en los recuerdos, y luego montarse en los tradicionales Jeeps hasta llegar a un caserío llamado Yatí, para luego subirse en el ferry, ese gigante que comunica a Mompox con el resto del país, y de nuevo pasar del agua a la tierra, abordar un taxi mientras todos hablan al mismo tiempo: ¡Cachaca, compre el queso de capa! ¡Casabitos! ¡Uf! No puedo pensar en otra cosa: ¡Qué calor tan insoportable! “Llegamos a Mompox, donde se acuesta uno y amanecen dos”, aclara el taxista.

Hasta ahora uno no ve nada sorprendente, casas típicas de un pueblo costeño pero como yo ya sabía que cuando menos me lo imaginara todos mis recuerdos se agolparían en mi cabeza y ya nada podría detenerlos… Y de pronto se abrió ante nuestros ojos un pueblo cuyas edificaciones se detuvieron en la memoria de la historia pues como comentan los momposinos con orgullo, Mompox fue el primer pueblo que se declaró libre ante el yugo de los conquistadores.Campanario y tejados - círculo

A partir de ese momento comienzan a desfilar los personajes de mi viaje y a quienes tendré que dedicar más páginas. Pero ya no soy Bárbara a secas, soy la antropóloga, entonces la gente me mira con curiosidad y se sorprenden a su vez de mi curiosidad. ¡Y pa´que se va a quedá tanto tiempo, seño, se va a aburrí!, ¡en este pueblo no hay sino casa vieja! Pero a pesar de sus advertencias, soy terca. Al principio pensé que todo sería tan sencillo como hacer unas entrevistas, tomar nota y largarme. Pero a medida que iba transcurriendo el tiempo empecé a comprender que el antropólogo debía sentir y vivir, eso sí, sin dejar de ser turista e irremediablemente extranjero. Entonces comprendí que no podía abarcar a la gente con una hoja llena de preguntas y que además no podía tratar de adaptar mi supuesto “proyecto de tesis” a ellos, sino que mi trabajo se debía adaptar a esa tierra. Y de repente ocurrió. Todo el mundo me conocía, hice amigos, jugaba lotería en una casa grande que llevaba colgado un letrero: “Residencias Aurora”. Conocía el territorio. En fin, comencé a disfrutar de la vida momposina, de sus tiempos, a veces tan tremendamente calmados, de sus diversiones, de sus creencias, de su cultura.

Dulce de cáscaras de limón (foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

Dulce de cáscaras de limón (foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

Los pobladores de Mompox siempre han vivido en sus enormes casas de zaguán, sala, patio, cocina y de nuevo otro patio. Casas frescas y calmadas, allí nacieron y muchos nunca han salido. Y ahora llega alguien a tratar de averiguar si ellos “se apropian del patrimonio”. ¿Qué era eso?, ¿de qué se trataba? Tan sólo me dediqué a sentir, al lado de ellos, cómo viven su ciudad que lleva el peso, para muchos, la virtud para otros, de ser “Patrimonio de la Humanidad”. Todos tienen ligada su infancia a algún lugar que hoy se ha llenado de turistas y curiosos, han tenido que adaptarse al turismo que ha ido llegando más y más desde que la seguridad en las carreteras ha mejorado. Alguien comenta: “Mi padre tenía una refresquería en la Plaza de la Concepción y nos ponía a llevar el hielo, más grandes cuidábamos cuando mi padre se venía a almorzar. Allí aprendimos a gatear y nos salieron los dientes”. Detengo la grabación pues ante mis ojos, este personaje que me invita a conocer su historia, ha dejado de ser un funcionario de la Alcaldía, serio y elocuente, para convertirse en el niño que fue antes. No es el único, los jóvenes, aunque un poco despreocupados e indiferentes, convierten la plaza de Santa Bárbara en lugar de encuentro mientras sus viejos jubilados se reúnen a charlar a la sombra de un tamarindo. Cuando estos fueron niños corrían, brincaban y se lanzaban al río desde los árboles que dan sombra a la calle de La Albarrada, tal como lo hacen hoy sus nietos y hermanos.

Ventorrillos en la Calle del Medio (Foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

Ventorrillos en la Calle del Medio (Foto de Bárbara Galeano Zuluaga)

Sigo recorriendo sus calles y esculcando los rincones. Un olor a dulce de limón se cuela por mi nariz y descubro en una ventana la figura de una anciana, es doña Adalgiza Mejía, viuda de Caravallo: “Tengo 92 años y soy la única que hago aquí el dulce de limón, ninguno me ayuda… Ese dulce dura todo el tiempo que quiera, puede venir en el año 4000 y lo encuentra ahí. Si lo hace con poca azúcar se fermenta. Aquí se compran quince mil limones y se gasta más de un saco de azúcar”. Su fama es bien merecida pues el sabor es exquisito. La misma Adalgiza afirma: “¿A qué cachaco se le iba a ocurrir utilizar las cáscaras del limón?”.

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Publicado en el libro Mompox , Una victoria sobre el tiempo. (a su vez Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, Edición No. 65, marzo de 2004, p5, Apuntes de viaje, Medellín.)

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A propósito de García Márquez

Anécdotas de Totó en el Nobel

“Los indios” en la Corte

Afuera, un frío descarnado; tras la neblina de los canales, las pálidas luces amarillas de las antiquísimas torres de Estocolmo iluminaban los lugares y primeros copos de la nieve que muchos de los colombianos, bailadores de cumbia o guabina, habrían de conocer por primera vez en ese diciembre inolvidable.
Dentro, en la Sala del Ayuntamiento, viejo Palacio de Siglos, de umbrales y puertas y ventanas gigantescas, sesenta artistas del folclor y de Macondo representábamos un mundo diferente, exótico a los ojos de la Reina Silvia y sus 1.500 invitados.
Yo, sin querer, me acordaba de Colón, de Isabel la Católica, de “los indios” en la Corte que tanto me gustaba imaginar en los pupitres de la escuela. La Sala, inmensa, descomunal, de grandes piedras rugosas y viejas, donde escuchaba cómo devolvían mi voz, mi canto, ese juego de los espacios y el eco que sólo da el paso del tiempo, que ya antes, una noche, había jugado contra la albarrada y el río, contra la obscuridad y el cielo, muy lejos, allá en Mompox:

Cumbia
Oye mi cumbia
rincón de amor del Magdalena,
quema del sol,
esta es mi tierra;
eres tú,
rincón de amor,
bella región
esta es mi historia,Totó - Foto Vicky Ospina El Pequeño Periódico
esta eres tú,
mi Magdalena
Viejo pueblo Aracataca,
Pedacito de Colombia,
tierra donde yo nací,
entre rumores de cumbia,
a quererte yo aprendí…
Rejuntados en la arena,
los recuerdos de un ayer,
unos murieron de pena,
otros de hambre y de sed;
unos huyeron al monte para
poderse proteger,
mataron todos los hombres,
los hijos y su mujer;
ya verán,
ya murieron,
vive tu vida
vive cien años de soledad
soledad, soledad, soledad…
soledad, soledad… (*)

Fue mi canto en esa torre de Babel, de frac y de joyas, los pies descalzos en la piedra fría antes de volar en las alas del Arte y flotar, como en un sueño que ya no recordaba, en los aires, sobre el protocolo y los corbatines, feliz de ese lenguaje, de este comunicador sin hilos, por el que olvidaba que estaba cerca del Polo Norte, que hacía mucho frío y que cuando la magia del canto terminara, a las doce, como la Cenicienta, habría que volver al barquito congelado sobre las heladas aguas del mar Báltico.

(*) Soledad, cumbia compuesta por uno de los miembros del Trío Los Inseparables, Aracataca, Magdalena.

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El Pequeño Periódico No. 4.

El Pequeño Periódico No. 4.

 

 

 

 

 

 

Este texto, escrito por Sonia Basanta, Totó La Momposina, a su regreso de Estocolmo exclusivo para EL PEQUEÑO PERIÓDICO, fue publicado en su edición No.4, Abril de 1983, Pág. 3

 

 

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Imagen de Totó en la cabecera tomada de http://www.totolamomposina.com

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Cuento

Un cigarrillo

Georgina Cuartas Cadavid

 

Georgina Cuartas Cadavid - "La vida por un último cigarrillo"

Georgina Cuartas Cadavid – “La vida por un último cigarrillo”

Era un domingo sombrío, el sol se había escondido, amenazaba llover. Los relámpagos lo confirmaban. Fanny se levantó temprano, quería ordenar la casa y regar el jardín. Su mamá estaba en el hospital esperándola para cuidar a Elena, quien recién había cumplido veintitrés años y tenía peritonitis.

Las dos hermanas se quedaron solas. Elena miró a Fanny y con voz débil le preguntó:

—¿Por qué el médico no me recetó?, ¿por qué no me dijo nada?—miró hacia la ventana—Tengo los pies yertos, ¿será el frío de la muerte?

Sentada a un lado de la cama de hierro y sábanas blancas, Fanny advirtió que su hermana sudaba en exceso y enjugó su rostro. Haciendo esfuerzos por sentarse, Elena le suplicó:

— Negrita, consígueme un cigarrillo por favor.

—¿Cómo, un cigarrillo?, imposible, eso fue lo primero que el médico te quitó y mi mamá me castigaría si lo hiciera.

— No protestes, ve y tráeme lo que te pido.

A Fanny le horrorizaba lo que acababa de oír pero sentía que tenía que hacerlo.

— Está bien hermanita, lo haré.

“¿Pero cómo conseguirlo si no tengo plata y no conozco a nadie por aquí?”, pensaba Fanny en tanto salía del hospital y se dirigía a la tienda más cercana.

Mojada por la lluvia helada y con voz insegura, se atrevió a decirle al tendero:

— Don Simón, necesito un cigarrillo —el tendero abrió sus ojos rasgados y gritó:

—¡Pero, niña!, ¿qué dices, por amor a Dios?

— Sí, lo que oye, necesito un cigarrillo.

— ¿Qué desfachatez estoy oyendo?… ¿Cuántos años tienes?—preguntó muy ofuscado.

— Once.

— ¡Vete, vete de aquí! Averiguaré por tu familia y les pondré la queja.

— Señor, soy hija de Aura Cifuentes, el cigarrillo es para mi hermana que está en el hospital.

— ¿De quién dices?, ¡Oh, perdóname niña!, toma, corre, llévate la cajetilla y los fósforos.

Fanny atravesó los pasillos con un susto y una pena inmensos, se sentía cómplice de un pecado.

Cuando entró a la habitación, Elena la recibió con mirada interrogante pues le vio las manos vacías: traía la cajetilla en un bolsillo disimulado entre los pliegues de su falda. Cuando se disponía a sacar uno, le asaltaron las recomendaciones de su mamá y sintió miedo, culpa, vergüenza, tristeza. “Si le enciendo este cigarrillo se puede asfixiar, se enfermará más o morirá… El médico vendrá y ¿qué le diré? ¿Cómo fue que hice esto? ¡Mi Dios me castigará y mi mamá me dará una pela!”

Elena miraba a su hermana menor con sus grandes ojos abiertos y suplicantes.

Sin pensarlo más, Fanny le entregó el cigarrillo a Elena quien, con manos temblorosas, lo llevó a sus labios y aspiró con fuerza cuando Fanny acercó el fósforo encendido, como si en ese acto se le fuera la vida.

El rostro de Elena se transfiguró, algo parecido a una sonrisa afloró en sus labios que ya, nunca más, pudieron modular palabras.

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Cuento

Un árbol luminoso

Ángela Penagos Londoño

Angela Penagos Londoño - "Si pudieras darte cuenta de que tú y yo somos una sola llama".

Angela Penagos Londoño – “Si pudieras darte cuenta de que tú y yo somos una sola llama”.

En ese domingo interminable Francisco no tenía ganas de hablar con nadie porque estaba acongojado por la muerte de su esposa. Perder a Betsy es perder parte de mí, decía. Se recostó en la silla, subió el cuello de su saco y guardó las manos en los bolsillos. En su mente surgía la sonrisa de ella como un regalo, como una luciérnaga que le atraía con su luz.

Francisco pasaba los sesenta años. Delgado, de hombros sólidos, con una pátina de nostalgia en su mirada y el cabello plateado como los yarumos que se asoman en la montaña. Su amada Betsy lo había animado a vivir en el campo para cultivar la tierra y compartir más tiempo juntos.

Así fue como compró una finca rodeada de árboles frutales con un huerto donde Betsy sembraba lechugas, tomates, toronjil. Sus ojos brillaban de alegría cuando después del café mañanero que bebían juntos, ella, armada de semillas e ilusiones, preparaba los surcos y depositaba con amor granos que se convertirían en plantitas, y él, con hacha y machete salía a recoger leña y a tumbar malezas.

Al finalizar el día, cansados pero felices, se refugiaban en la casa de campo para compartir detalles de sus labores. No imaginaron que en el crepúsculo de su vida descubrirían la felicidad en las cosas simples y sencillas. Esa dicha solo duró seis meses.

El verano con su esplendor había pasado. Las lluvias torrenciales asolaban la región. Cierta mañana, cuando Francisco partía algunos troncos para encender el fuego de la chimenea, escuchó un grito agudo. Soltó el hacha y corrió hasta el huerto. Allí, acunada por las lechugas y los tomates, yacía Betsy mirando al cielo, inmóvil, liberada de las exigencias de la vida. Francisco lloró como un ser abandonado, sintió frío por todo su cuerpo. Se dobló, le acarició el rostro, tocó el corazón, que ya no latía. Se preguntaba, cómo iba a vivir sin ella.

La levantó, la llevó en sus brazos hasta el lecho rodeado de un gran silencio. Francisco seguía temblando en su interior. El reloj de madera de la mesita de noche ya no marcaba el tiempo. Recogido entre el dolor y la montaña, aguardó la otra luz del día.

Francisco sabía del amor que ella tenía por el campo, así que siguiendo un impulso, enterró sus cenizas bajo el palo de mango, rezó por su alma y dijo: “Betsy, sabes cuánto te he amado y ahora me levantaré cada mañana sin ti. Si pudieras darte cuenta que tú y yo fuimos una sola llama”.

Desde entonces, prisionero de sus lágrimas y para sobrellevar la soledad, se sentaba en la mecedora hasta que llegaba la noche. Su deseo de verla, hacía que las sombras pincelarán su imagen. Se atormentaba hasta la locura. No podía olvidar su cara redonda y ojos pequeños sonrientes. Betsy continuaba viva en su mente.

En el árbol, ella, lo llenaba de luz. Hacía las nueve de la noche en una de las ramas del frondoso mango aparecieron dos luciérnagas con alas como ligeras muselinas. Estaba fascinado con la visión de estos insectos.

En un cortejo luminoso el macho se posó sobre la hembra y replegó su abdomen. La luz atrajo la luz y se formó un corazón que centelleaba. Las cuatro alas abiertas por completo flotaron en el frágil refugio del viento. Francisco sintió que el espíritu de Betsy tremolaba en el aire y en el rincón sombrío del viejo mango, conmovido con el vuelo nupcial que acababa de presenciar, la imagen de su amada apareció en todo su esplendor. Quedó perplejo. ¿Estás aquí o es una ilusión? preguntó desesperado.

Olía a rosa y azahares. Las nubes presagiaban nuevas tormentas. Francisco seguía en su mecedora sin moverse. La luna derramaba su luz en la raíz del árbol donde solo estaban las cenizas de Betsy.

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Cuento

El aguafiestas

Margarita María Ceballos Aguilar

Margarita María Ceballos Aguilar

Margarita María Ceballos Aguilar

No se imaginaron los habitantes de esas tierras que la llegada del forastero los marcaría con un acontecimiento que se salía de cualquier cálculo. Con su andar desganado, cargando un peso mayor que el que sus piernas podían resistir, con ojos que no querían congeniarse con nadie, con un vocabulario medido para que de sus labios no salieran palabras amigables, así llegó, en medio de un jolgorio, para agradecer las abundantes lluvias que garantizaban buenas cosechas.

Desde ese momento recibió el mote de “El aguafiestas”, porque llegó al pueblo en medio de la celebración, con cara de pocos amigos, en compañía de un perro flaco que batía su cola a quienes le hacían guiños y con abiertos deseos de participar de la comilona, como si quisiera granjearse la buena voluntad de los nativos, o pedir disculpas por el carácter agrio de su amo.

Ambos se dirigieron hasta una casa de madera que tenía desde tiempo atrás el letrero “Se vende”. Entraron en ella, se instalaron y al cabo de unos días cambió el letrero por otro: “Médico cirujano”. Los del pueblo se alegraron por la llegada del amargo doctor, porque sabían por experiencia que hasta esa apartada región no era muy común que llegara un galeno para quedarse.

Y allí vivió hasta el fin de sus días, con pocos amigos, y maldiciendo cada vez que en el caserío querían romper la monotonía con verbenas, novenas o parrandas que alegraban los corazones. El mar, con su espuma blanca que rompía en las playas, se encrespaba, engalanando las canciones que permitían soñar.

Transcurrieron años sin que el genio y la mala leche del doctor cambiaran. Sólo mostraba algún rasgo de cortesía cuando acudían al pueblo los políticos, prometiendo prebendas y ofreciendo comilonas sin ningún costo. Ahí estaba de primero y se marchaba luego de ingerir las viandas ofrecidas.

Algunas veces cuando atendía urgencias pasaba facturas tan altas que los parroquianos no daban crédito a sus ojos al ver las cifras, pero como se trataba de la vida, tenían que someterse a cancelar los honorarios exigidos.

Ese personaje presagiaba lo que vendría después.

Cuentan quienes llevaban a sepultar a Cornelio ese 8 de junio, que no se borrará de sus memorias octogenarias ni un detalle de cómo ese personaje amargo, corpulento y huraño, se había convertido en una nube espesa, gelatinosa y opaca, del color de los pantanos de San Antero. Cuando le cantaban el réquiem su cadáver explotó, simulando un cráter y su cuerpo se convirtió en una gran corriente de lava; los que tuvieron un leve contacto con ese fluido se transformaron en una especie de lobos con piel gris, dientes de caimán y una enorme cola con la cual azotaban la tierra, destruían cosechas y arruinaban plantíos.

Desde entonces, El aguafiestas es una de las fieras más temidas de la región costera y cuentan las malas lenguas que en todas las festividades cuando llega la medianoche, se puede ver con claridad una nube espesa y gelatinosa que por momentos parece un lobo con dientes de caimán. ¡Es El aguafiestas!, gritan temblorosos los parranderos que se pegan de la botella de ron para pasar el susto.

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Cuento

La vida es un amanecer

Hermes Rafael Pineda Santis

Hermes R. Pineda Santis

Hermes Rafael Pineda Santis – “Dos vidas, dos amaneceres”

Llueve sobre Piedra Fuerte, uno de los barrios pobres alrededor de la ciudad. Milton despierta al escuchar como si un cántaro de agua cayera sobre el zinc. El frío le eriza la piel y el helaje de los pies avanza sobre su cuerpo, por lo que da vueltas sobre el camastro para encontrar la posición más cómoda y recuperar el sueño. Se acurruca en los brazos fuertes de Estiven, pero sigue tiritando. Se levanta con cuidado para no despertarlo y vuelve con otra cobija para entrar en calor. Sigue sin dormir y los sonidos de la noche lo transportan a otros pensamientos.

Mañana hablo con Estiven pa’ que llame al cucho de las tejas de barro y cambie estas latas de zinc. Siempre que llueve hay tanta bulla que no se puede dormir. ¡Pero ese cucho es una rata!, si nos dejara pagar por semanas sería más fácil. ¿Será que pido un fiao a mi jefe?, como es de chichipato, me dirá que no, que lo que tiene es pa’l pago de la quincena. Ni que fuéramos tantos arreglando motos… Carechancla, Muelón, Zarco y yo, todos con el mínimo. Como si no supiéramos que tiene varios ranchos y viaja pa´fuera cada seis meses. Cuando le lavo la nave en el taller, le pillo una libreta de viajes y paseos por Nueva York, Washington y Disney. Nos dice que viaja para buscar clientes, y se lleva es a una chacha diferente. Él sabe que yo sé cositas, pero como soy dizque de confianza, me cuenta de su estilo de vida pa’dejar claro que tiene más billete que yo. Pero eso es un visaje, lo que quiere es que no robemos sus herramientas o lo secuestremos, pero sabemos de sus tapaos con el chanchullo de repuestos pa’l taller.

¡Un relámpago! ¡Huy que foto! Dicen que si uno cuenta ocho segundos y escucha el sonido, es porque el aguacero está encima. Uno, dos, tres… ¡Qué tronamenta! Tenemos meras nubes encima del cambuche. Estiven ni se dio cuenta, llega mamao por el bulteo de cemento, la mezcla de arena y el empañetado de paredes. Le he dicho que estudie pa’que no llegue a los cuarenta años con el cuerpo vuelto mierda, mueco y viejo, o al menos eso dice mi tía cuando nos ve parchados con amigos. Ahora que tiene veinticinco años debe lograr sus propios sueños, pero no cree en nada. Vive pilas de conseguir pa’l vicio, que no lo boten del camello, que no lo alcance una bala.

¡Danyer! ¡Danyer! ¡Shh! ¡Salga! Ese perro se cagó otra vez. Le tiene miedo a las tormentas y se esconde con nosotros, es tan cagón como tragón. Vamos a tener que darle concentrado y no las sobras. Venga… ¡Uff! ¡Cada vez más pesado y con este frío! Estos chandosos de chiquitos son bonitos, pero grandes son inmamables. ¿Dónde estará el periódico pa´ recogerla?¡Shhh! ¡Le tocó dormir en la cocina mijo! Estiven lo trajo y a mí me toca bañarlo y darle comida. ¡Qué güevonada!, otra pelea por este animal.

¡Qué frío! A la cama otra vez y ya son las tres. ¿Hasta qué horas irá a llover? Salir limpio y seco pa’ llegar emparamado al taller. La sombrilla roja es de Estiven, pero yo no voy a salir con eso. ¡Eso es de locas! Yo voy como todo un varón, a mí nadie me banderea. Me llevaré la chaqueta negra de cuero… aunque esté desteñida y pelada, y eso que la hembra del almacén me dijo que era cuero legítimo, pero no creo que allí vendan nada bueno. ¡Ahh!… de todas maneras me la voy a llevar. En el taller, me cambio de ropa, la pongo a secar y luego salgo pa’ la noturna a estudiar.

Estiven no cree que yo pueda terminar el bachillerato, pero sí puedo. También quiero comprame una moto y viajar. ¡Qué chimba parce! Terminaré el estudio, ya casi tengo la moto y a guardar plata pa’ viajar. Le mostraré a Estiven que puedo lograrlo. Ganas y tiempo es lo que hay. Él es un buen catre, pero ese man no se quiere. Ahh, otra vez roncando, lo moveré pa’ que me deje dormir. Llevamos tres años durmiendo juntos y creen que somos primos, pero yo… nada parcero… amigazos y la gente del barrio, se la cree. ¡Tiros! ¡Huy gonorrea! Bendición padrecito, no sea que caiga una bala perdida por aquí. ¿Serán los vecinos? Andan metidos en la banda de la regadera, salen en las motos grandes, con revólveres y mucho billete pa’comprar bareta. Hay que madrugar, voy a contar ovejas… ¿Pa’ qué? Eso no sirve pa’ mierda. La lluvia está mermando. Quizás si no pienso en nada, pueda pegar el ojo.

El reloj suena a las 5:30. Estiven abre los ojos, hace la señal de la cruz agradeciendo el nuevo día, se levanta todavía embotado y va al baño. Sale con una toalla sobre sus hombros para soportar el frío de la madrugada. Llega a la cocina, acaricia a Danyer, que menea la cola y lo sigue. Prepara el arroz, la arepa, el huevo y la salchicha para dejarle a Milton el desayuno y el almuerzo para llevar al taller. El animal mira el jaleo y se relame esperando su porción y la salida al parque. Estiven abre la puerta y el perro sale.

El cielo está encapotado. Estiven enciende un resto de marihuana y agradece a María Auxiliadora por Milton, a quien quiere desde que lo vio en el taller en medio de las llantas, los tornillos y el ruido de las motos. Le atrajo su sonrisa desprevenida, el cuerpo musculoso, sus fuertes movimientos, el cabello en rizos sin peinar y la camisa sin mangas. Sintió que aquel imberbe lo ayudaría a enfrentar su rutina, en sus ojos encontró la fuerza para no temer a nada y avanzar como espíritu indómito sobre las sombras de la vacilación. Aprendió a compartir sus sueños y ver en él los pequeños logros diarios.

Estiven lanza la última bocanada de humo, recuerda el desplazamiento desde su pueblo natal, la orfandad a los nueve años y el vivir con lo justo para cada día. Un miedo a seguir sus propios sueños lo persigue por todas las esquinas y le impide cumplir cualquier promesa, como aquella de llevarle un caballo de madera a su hermano menor, quien desapareció víctima de la insurgencia en la selva. Se lo había prometido para el alba, pero en el nuevo día, ya no estaba.

Estiven observa los primeros rayos de sol. El recuerdo de su hermano lo hunde en la incertidumbre, pensar en el futuro le atemoriza. Milton lo fartalece en las mañanas con la esperanza de mejores sueños, que la vida es un amanecer y que es necesario vivirla cada segundo.

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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