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Archive for 27 marzo 2016

Cuento

La batalla

Andrea Halaby Fernández

Andrea Halaby. "La mesa y las sillas parecían dormir bajo el sol que transitaba por las ventanas, huérfanas de comida y ruido"

Andrea Halaby Fernández. “La mesa y las sillas parecían dormir bajo el sol que transitaba por las ventanas, huérfanas de comida y ruido”

No pasó de repente. Fue más bien una llovizna que se convertiría en tormenta, sin ruidos o relámpagos, de la cual no pudimos escapar. Al principio eran pocas las hormigas que se veían en la cocina. Grupos de una o dos docenas cargando granos de azúcar o migas de pan, con la determinación y el orden de un grupo de soldados bien entrenados. En las tardes, se unían algunas abejas que llegaban por los restos que quedaban olvidados en el piso y en la mesa. Había que limpiar con paciencia y dejar superficies y esquinas relucientes. Me di cuenta de que la cantidad de hormigas aumentaba al entrar a la cocina y ya no eran docenas, sino manchas negras que se movían de un lado a otro, como se mueven los batallones entrenados para la guerra. Un sincronismo perfecto. Manchas negras, cientos de hormigas en cada una y encima de cada grupo, trozos grandes de alimento. Uno, desplazaba una tajada entera de pan, otro, un guineo mordido y sapoteado por algún murciélago. Cada grupo llevaba su presa. Desertaban del campo de batalla con nuestra comida convertida en botín.

Informé a Miguel. No se preocupó y dijo que era por el verano. El olor de la comida se dispersaba con el calor y atraía insectos y roedores. También murciélagos y culebras. Seguí observando en las mañanas cómo las manchas oscuras se llevaban trozos de carne, arepas, panes, frutas y tortas. Miguel insistía en el verano, en las tardes de calor y en la falta de lluvia.

Era viernes. Me levanté temprano. El calor era insoportable y quería un vaso de agua fría. Últimamente entraba con cautela a la cocina. Eran ríos negros de hormigas ágiles y decididas. No quería pisarlas para no tener la mala suerte de ser invadida por ellas. Eran tantas que cubrirían mi cuerpo en segundos. Me detuve bajo el marco de la puerta de la cocina. Estaba vacía. No había comida. Los racimos de murrapos colgaban desolados, dos troncos oscuros se mecían con el viento tibio de la mañana. Miré las paredes ausentes de ollas y platos. Los cajones abiertos, vacíos. La nevera con la puerta entreabierta y el solitario bombillo sobre los vidrios y las cubetas de hielo. La mesa y las sillas parecían dormir bajo el sol que transitaba por las ventanas, huérfanas de comida y ruido.

El arroz, el café, el azúcar, los fríjoles, las frutas, los vasos habían desaparecido. Tampoco estaban las hormigas.

Salí con paso lento buscando el rastro, alguna señal del robo masivo que había sufrido nuestra cocina. Desde el patio miré a lo lejos y pude ver algo que brillaba. Caminé y me detuve ante un río negro que cruzaba el camino de piedra, la fuente vacía, y subía por uno de los árboles del otro potrero. Un caudal oscuro y denso. Encima, con un movimiento casi aéreo, una olla. La más grande, donde hacíamos el arequipe y la mazamorra. La olla se deslizaba como una serpiente, sutil, y sin movimientos bruscos subía por el tronco del piñón de oreja. La olla parecía viva. Caminé un poco más, y me recargué en la chambrana para ver mejor los tres árboles del patio trasero. De las ramas colgaban los vasos, los platos, las ollas, los guineos, las barras de chocolate amargo, las cucharas de palo, los pocillos y mi delantal.

La olla seguía en movimiento, levitando sobre el río de hormigas negras. Me senté sobre las baldosas rojas y amarillas, mi espalda contra la pared, y llamé a Miguel. Llegó en segundos, con la frente húmeda de sudor y las manos llenas de tierra. Le señalé el árbol. Desplomó su cuerpo junto al mío, su espalda rozando la pared y su mirada perdida entre las ramas y las cosas. Tomé su mano, recosté mi cabeza en su hombro y suspiramos desde la trinchera, con la certeza de haber perdido esta batalla, en mitad del verano.

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Cuento

Des-encuentro

Marta Cecilia Cadavid Moreno

Marta Cecilia Cadavid - “He querido contar historias de seres que se encuentran para desencontrarse”

Marta Cecilia Cadavid – “He querido contar historias de seres que se encuentran para desencontrarse”

Cuartos de cuatro paredes
donde ocurre el desencuentro
de anónimas presencias
ocultas en la memoria…

Estrecho corredor con huellas de pasos vacilantes y puertas que preludian una sonata fallida. Cuarto con paredes encaladas de historias que hablan de antiguos dolores y olvidos, morada de encuentros furtivos, un recinto caliente de cuerpos en mixtura.

Ella está sentada en el borde del lecho. En sus pupilas crece una marea de amaneceres y silencios. Las manos cálidas y morenas están vacías de nuevo. No es posible atrapar las mariposas, piensa. Seguirá con su vida en el bar, haciendo la rutina de cada noche.

Su rostro es otro, ha dejado que duerma la soñadora y aparece la bailarina que se desnuda en el escenario. Desliza con lentitud las medias veladas, se ajusta el liguero. Ya se ha ceñido el sostén negro con encajes y unos diminutos pantalones del mismo color que se entierran en sus nalgas. Calza altísimos tacones rojos con correas que se entrelazan en los tobillos y enfocan la atención en la línea sensual de las piernas. Camina por la habitación con la gracia de una garza, abriendo cajones, mirando de soslayo su figura en un espejo revelador, profeta. Ensarta dos aretes como lágrimas rojas en sus orejas, y cuelga en el cuello una pequeña cruz pendida de un fino hilo dorado. Esparce con generosidad un perfume maderoso en el cuerpo y se sienta frente al tocador. Su cara ovalada de piel suave y firme no requiere afeites. Solo unas pinceladas en los labios y un coqueto lunar cerca a la boca. Se enfunda en un sencillo vestido azul claro de flores con boleros que le da un aire infantil, y alista el bolso.

Con desgano y ante la imposibilidad de tomar un café, se sirve un vaso de agua. No voy a encender un cigarrillo, ahora no. Deja que la mente habite el pasado y se sumerge en recuerdos llenos de sensaciones y sonidos.

En el lecho, de espaldas a ella, está el hombre. Tiene los párpados cerrados, no hace el más mínimo movimiento. La barba roja, rebelde, apenas revienta. La sábana deja entrever un cuerpo musculoso, fuerte. Un dragón llameante se alcanza a ver en la parte inferior de la espalda. No quiere abrir los ojos, no quiere pensar en lo que es su vida. Siente un terrible dolor de cabeza: creo que esta vez sí me pasé de alcoholes. Cuando su mundo se derrumbó, el dinamismo y la fuerza que lo caracterizaban, se apagaron. Frágil y desorientado, no supo enfrentar nada, esperó a que resolvieran por él. Ahora más que nunca necesita alguien que lo rescate de la insoportable angustia de vivir.

Ella lo mira por última vez como esperando una palabra, un gesto. No hay reacción, así que se dirige a la puerta y se cuela en el mundo.

Han pasado más de tres horas, los pitos de los carros y la algarabía de la calle obligan al hombre a abrir los ojos. Observa el cuarto con extrañeza, no recuerda nada. Gira el cuerpo en la cama y siente el perfume de mujer; sombras difusas acuden a su mente, como tantas veces después de noches de licor y sexo. Todavía embotado, se sienta y recorre el entorno como descubriendo una nueva tierra. En un extremo, sobre una silla, reconoce la mochila. Va al baño, se ducha y deja que el chorro irrigue su cabeza por largo rato. Sobre el tocador alcanza a ver una nota: El cuarto ya está cancelado. ¡Suerte!

Pasa los dedos crispados por su cabello húmedo y hace un gesto con la boca. Otra noche más buscando sus ojos, el calor de sus labios. Recuerda su cabello escondiéndose en los pliegues de su piel y cómo cabalgaban juntos en la noche; sin embargo, al mirar el cuarto, un cuarto que solo presagia finales, se da cuenta de que no era ella. Fue solo otra mujer más. Con el rostro contraído en una mueca de desencanto inclina la cabeza como si su mundo fuera una pesada roca que no puede cargar más. Se pone el bluyín y cubre el pecho velludo con una camiseta de algodón. Mientras se calza las medias, reflexiona en lo que será su vida, cuál será el camino. Le parece escuchar las palabras de una amiga: Por favor Rafael, ¡reacciona! ¡Llegarás a los cincuenta persiguiendo un fantasma!

Es verdad, ha sido un testarudo, se entregó al dolor, hace tiempo que se halla en un pozo profundo, y comprende que el mundo no se hundirá con él. Vuelve a pensar en ella como si todavía pudiera ocurrir un milagro, saca la billetera para recrearse con el rostro amado y al abrirla saltan al suelo trozos de papel doblados, tarjetas y billetes. Con el ceño fruncido se agacha para buscar la fotografía y ve una tarjeta maltrecha y descolorida: Lucía Fernández. No puede creer que todavía conserve esa tarjeta, después de tantos años, la mirada límpida de unos ojos verdes aparece clara en su memoria. Lucía, su compañera de juegos en el colegio, a quien escribía canciones de amor en secreto, todas para guardarlas en un cajón; le parecía imposible que ella tan linda se fijara en él. La misma Lucía que muchos años después se encargó de todos los aspectos legales cuando Rosario lo abandonó. Lo trató con especial cariño e interés, incluso su frase final al terminar el proceso fue: Rafa, cuando quieras nos tomamos un cafecito, guarda mi tarjeta. Lo dijo con una sonrisa franca en tanto lo miraba con sus ojos verdes encendidos, pero él, con el dolor amarrado a la mente y el corazón, no supo escuchar.

Emocionado, tomó la tarjeta entre sus dedos y la guardó en el bolsillo del bluyín. Recogió los demás documentos con rapidez, se acomodó la mochila y con paso decidido, salió a la calle.

 

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La autora pertenece al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Su cuento hace parte del libro Flores en la pared y otros relatos, editado por la Fundación Arte & Ciencia.

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Cuento

Un campero de pedales

Álvaro Jiménez Guzmán

Álvaro Jiménez Guzmán.

Álvaro Jiménez Guzmán.

Lázaro despertó con los pantalones mojados. Se sentía avergonzado cada vez que se levantaba como si hubiese dormido en un charco. Mientras ignoraba la causa de su enuresis, los rayos del sol de la mañana filtrados por la ventana evaporaban sus orines. Y recordó la historia que su madre le narró la noche anterior. Se sentó en el borde de su catre de tijera e imaginó a los siete enanitos acogiendo a Blancanieves en su casita del bosque cuando ella huyó de su madrastra, una bruja envidiosa, quien la quería matar porque no admitía que la niña le compitiera por ser la más hermosa del reino. El relato lo cautivó desde que ella llegara a una cabañita donde todo era limpio y ordenado, y los hombrecitos, con sus herramientas al hombro, se encaminaban muy contentos por una trocha hacia las montañas a extraer minerales.

Le preguntó a Nidia, su madre, después de tanto cavilar, dónde quedaba aquel mundo de los enanitos. “Debajo del río… es un mundo encantado”. Lázaro hurgó en su imaginación. “Mamá, ¿se puede ir allá?”. “Se puede ir en Navidad, si los niños se portan bien”, creyó satisfacerle su inquietud. “Entonces no queda lejos”, pensó Lázaro, porque el río corría cerca de su casa. Se acercó varias veces a la orilla buscando un camino hacia ese mundo oculto y solo vio su atropellada corriente que invadía todos los huecos de sus laderas. Al observar el cauce borderito de agua recordó al profeta Jonás, del que le había hablado su maestra Silvia en clase de Historia Sagrada. Se imaginó envuelto en las fauces de la gigantesca ballena, tragándoselo, y se asustó porque no querría permanecer tres días y tres noches en el vientre de aquella bestia, como le sucedió al profeta, donde la oscuridad era completa y casi sin aire para respirar.

En vacaciones de fin de año, cuando Lázaro no correteaba borricos, pero galopaba en caballito de palo con cola cogollo de matarratón por las callejas del barrio, pintaba en compañía de otros niños los vientos del pueblo con pájaros de papel. El mes de la natividad de Jesucristo lo atrapó de repente: pesebres, juegos pirotécnicos y explosiones de pólvora cimentaban la alegría del momento. A veces los muchachos, cuando jugaban en la plaza del pueblo, notaban el ligero resplandor de una estampida originada en el sur profundo, montaña arriba, que se deshacía en débiles ecos. Procedía del río Aburrá, que también estaba envuelto en su fosforescencia decembrina, de cuyo abdomen agitado y maloliente surgía el escándalo en torno a una diversa fauna luminosa.

Nidia le recordó a su hijo la carta que debía enviar al Niño Dios solicitándole el juguete que deseaba para la noche del 24. Lázaro anhelaba dos regalos: un paseo al mundo encantado de los enanitos y un campero grande, de pedales, como el que quería Sabas, el hijo de la vecina. Nidia le dijo que pusiera todo eso en la carta, pero que veía complicado el viaje al mundo de los enanitos porque eso dependía del padre Anaya, pues eran asuntos de Dios y aquel evitaba provocar su ira divina con peticiones de un pueblo desobediente.

Dos semanas antes de la noche de los aguinaldos soplaban vientos de estío y Nidia invitó a su hijo para que llevaran la carta “al nido del Niño Dios”, en la parroquia del pueblo. En una de las naves de la iglesia, de estilo románico, Lázaro se deslumbró ante el imponente pesebre: mientras los tractores araban la tierra y los bueyes jalaban carretas, los pastores arriaban cabras y ovejas por las vegas que bordeaban un río plateado. Las hermosas casitas campesinas, con corrales de vacas, caballos y gallinas, alinderaban un sendero de cascajos y arenas. Cuando observó grupos de pastorcitos por el monte creyó ver a los enanitos que se encaminaban a trabajar en las montañas. Su corazón vibró de alegría al contemplar la posibilidad de conocer aquel mundo diminuto y extraño. Depositó la carta al lado de una rústica cabaña, donde nacería el hijo de José y María.

La noche de los aguinaldos, bajo la brillantez de un cielo veraniego, Lázaro se acostó con las gallinas, como acostumbran los niños de un pueblo lejano y oscuro, donde sólo la luna llena ilumina sus calles. Con la alegre ilusión del juguete que había pedido, se durmió, pero en su sueño infantil salió de su casa por una calle polvorienta en la madrugada hacia el río, descendió por el sendero de un barranco y se hundió en sus aguas frías más allá del fondo de arena.

Pronto se encontró con los siete enanitos que le señalaban un carro grande de pedales y descapotado, en el que se embarcaron y él manejó transportándolos por un camino pedregoso hacia el monte. Mientras el jeep se bamboleaba atisbaban una caja de cristal puesta en la cima de una montaña: predominaba allí el esplendor de la belleza de Blancanieves, envenenada por la bruja con una manzana bien provocativa. Uno de los enanitos permanecía a su lado, cuidándola, y un mochuelo, un cuervo y una paloma la lloraban. Lázaro observó su rostro níveo, los brazos y las piernas rojos como la sangre, en contraste con su abundante cabellera obscura.

Cuando regresaron Lázaro les preguntó si ese era el carro que él le había pedido al Niño Dios. “Ese hermoso jeep es todo tuyo, te lo puedes llevar”, le dijeron los hombrecitos, quienes lo vieron pedalear con la pericia de quien domina su propio vehículo. Antes de que remontara el barranco del río, la aurora lo despertó en medio del canto atropellado de los gallos. Se sintió mojado otra vez en sus propios orines, hasta el copete. Enseguida divisó en el suelo, no el carro grande de pedales que había pedido, sino una pequeña avioneta de balsa con ruedas de madera y hélice de zinc, y, bajo la almohada, encontró un baloncito de caucho y una violina. Corrió entonces rompiendo la neblina del patio hacia la cerca caña de flecha, lindero del patio con su vecino, con la intención de mirar si Sabas ya se había levantado con su juguete. Fue cuando se percató, descorazonado, que jugaba pletórico de dicha, manejando un campero blanco de pedales.

 

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Cuento

Lealtades invisibles

Luz Helena García Martínez

Luz Helena García Martínez

Luz Helena García Martínez – ” Cuando asentimos nuestro propio destino, nos liberamos de las cargas que llevamos puestas por lealtad invisible con el destino de nuestros antepasados”

La dueña de La Margarita era una mujer de carácter recio. Su abuela y su bisabuela la habían precedido en la administración de la finca. Por la sangre de estas mujeres corría la pasión de sembrar la tierra. Los hijos de tres generaciones habían crecido en la vasta extensión, que iba desde la carretera principal hasta la quebrada que corría cinco metros detrás de la casa, y desde el camino de piedra hasta el lindero marcado por grandes eucaliptos.

Eran múltiples las labores que debía coordinar Teresa desde las primeras horas del día hasta el anochecer, cuando, rendida, se fumaba un tabaco en la mecedora mientras planeaba la jornada del día siguiente, bajo el cielo matizado por luces parpadeantes.

Luego del fallecimiento de su esposo, Teresa depositó su confianza en el capataz de la finca en todo lo que tenía que ver con las tareas de los jornaleros. Erasmo Coca llegó a La Margarita pregonando su sabiduría sobre el cultivo de papa y en poco tiempo este hombre de trato amable, se ganó el respeto de los trabajadores, con quienes se reunía a diario a la hora del desayuno en la gran mesa de roble para acordar los quehaceres.

Las hijas de Teresa intuían que cuando su madre faltara al menos una de ellas heredaría la administración de trabajadores y faenas. Luz Mery, la mayor de las hijas, presentía que sobre ella recaería esta obligación y sufría mucho con el peso de ese pensamiento. Desde pequeña creía que el destino la había puesto en La Margarita sin consultarle. Intentaba no contrariar a su madre y cumplía con las responsabilidades que ella le asignaba.

Uno de los oficios que detestaba era el arreglo del depósito de herramientas. La limpieza de los instrumentos de labranza y su organización le ocupaban todo el día. El segundo y cuarto domingo de cada mes se preparaba para esa tortura. Erasmo, quien la observaba en silencio, sabía mejor que nadie el agobio que le producía este oficio a la pelirroja. Aunque no conversaban, él intuía que para ella, él no pasaba desapercibido porque algunas veces Luz Mery se sonrojaba cuando se encontraban de improviso.

Un domingo de madrugada, Teresa escuchó un trajinar incesante de pasos, chorros de agua, sonidos de palas y rastrillos que se chocaban al son de una tonada alegre en voz de mujer. Se sentó en la cama y al comprobar que no era su imaginación, se puso una ruana y una pañoleta y salió hacia el depósito de donde provenían esos sonidos.

Cuando abrió la puerta vio a Luz Mery que cantaba y bailaba con palas y rastrillos al compás de un joropo. Fuertes chorros de agua salían de la manguera y arrastraban la tierra de las herramientas. Luz Mery, descalza, chapoteaba en los charcos que se habían formado. Teresa no comprendía lo que veía. Con sigilo, se acercó a su hija y pronunció su nombre en voz baja. Luz Mery siguió en su baile, sorda, despreocupada y hacendosa. La madre de la joven la miró con asombro y se dio cuenta de que aunque tenía los ojos abiertos, ignoraba su presencia. Cuando el lugar quedó ordenado, Teresa tomó por el brazo a su hija y la condujo a la casa sin pronunciar palabra. Con cariño le puso otro camisón. Le secó las manos y los pies y luego la recostó. Le dio un beso en la frente, la arropó y apagó el foco.

Desde otro lugar de la finca, Erasmo había presenciado este suceso. Prefirió no acercarse al depósito pues no lo creyó pertinente. Ahora conocía algo más de la mujer que admiraba.

Eran las once de la mañana del domingo cuando la pelirroja despertó. Miró el reloj que estaba en su mesita y al darse cuenta de la hora, se cogió la cabeza con las dos manos y se dijo: “No he arreglado las herramientas. ¡Mi mamá me va a matar!”. Se vistió sin bañarse, se puso las botas pantaneras y corrió hacia el depósito. Cuando abrió la puerta y vio el lugar organizado, solo atinó a pensar: “Mi madre lo organizó. ¿Qué excusa le daré cuando ella me reclame? ”.

A pesar de la culpa que la invadía, Luz Mery buscó a su mamá para justificar su olvido. Cuando entró en la casa se dirigió a la cocina. En ese momento Teresa le decía a Erasmo: “Anoche descubrí que Luz Mery es sonámbula”.

Al escuchar esta revelación, Luz Mery, muy consciente, se dirigió hacia ellos. Abrazó a su madre y cuando su mirada se encontró con la del capataz de la finca, por primera vez asintió su destino: “Sonámbula o no, ahora sé que heredaré la finca, Erasmo Coca será mi esposo y nuestros hijos serán los que sigan abriendo surcos en esta tierra.”

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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