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Archive for 27 febrero 2016

Cuento

La herencia de Lucho

María Eugenia Velásquez Toro

María Eugenia Velásquez Toro

María Eugenia Velásquez Toro – “…El ingenio y creatividad para alcanzar un sueño pueden no tener límite…”

Color azul, modelo 94 y similar a un escarabajo. Cada mañana pasaba sin prisa por la esquina donde los vagos del barrio se reunían sin falta para tomar juntos el primer tinto del día. Eran quienes con divertida evocación repetían la historia de aquel carro que conducido por su corpulento propietario, recorría las calles como pidiendo auxilio para que alguien le buscara reemplazo y aliviara tanto peso arrastrado por años desde la muerte de su anterior dueña. Era tan lento que sembraba dudas sobre el estado o existencia del acelerador. ¡Y no era para menos! Lucho era tan grande, alto y ancho de espaldas que verlo subir o bajar del carro hacía estremecer a sus espectadores hasta tanto le vieran la cara de felicidad y satisfacción que mostraba al hacerlo. ¡Cuánto le había costado! No fue una sino muchas las aventuras vividas para saberse hoy su dueño, así la envidia de otros cubriera de nubarrones su fama de buen señor.

Dos años atrás, en Navidad, la tía Herlinda, que gozaba de saludables 78 años, una bien administrada soltería, un modesto apartamento y un pequeño automóvil modelo 94, murió de forma repentina. Sus hermanos, sobrinos, vecinos y amigos trataron de hallar en cada conversación la posible explicación física, espiritual o amorosa sobre su deceso. No faltó quién le achacara la culpa al viejo amor que nunca regresó por ella; otros opinaban que lo más probable era ese resfriado que hacía poco padeciera y que la tiró a la cama por veinte días; y aquellos que más cerca la tenían, afirmaban que el culpable era un tratamiento para adelgazar, que en mala hora le dio por hacerse. El duelo familiar los reunió para su velación. Uno tras otro pasaron a verla por última vez en el ataúd. Sonreía tranquila y muy bien vestida para la ocasión. ¡Así fue siempre! Todos la recordarían como esa persona recatada, prudente y un poco “hambrienta”, a quien le costaba un gran esfuerzo sacar a relucir su generosidad.

El velorio transcurría sin novedad al calor de las conversaciones en voz baja sobre la vida de la difunta, los problemas de unos y otros, o bien sobre lo que acontecía en aquel país que les tocó de patria y que cada vez lo saqueaban a la vista de todos. El único con rostro triste y compungido era Lucho, uno de sus sobrinos, que pocas veces anduvo con ella y de la que supo sus historias y aventuras por boca de terceros. Era tal su tristeza que, entre todos, buscaron la manera de ubicarlo cerca del ataúd para que la cuidara y entonara sus cantos y rezos de forma que la difunta pudiera oírle. Eran admirables el silencio y devoción con que pasó las horas, acompañado de las oraciones casi imperceptibles que salían de sus labios. Todos desconocían ese afecto hacia la tía Herlinda y el dolor profundo que lo acompañaba y no lo dejaba moverse del asiento.

Al llegar la noche, familiares y amigos salieron camino a sus hogares, esperando verse al día siguiente para la ceremonia de despedida. El único que en forma incondicional y generosa se ofreció para quedarse con la difunta fue Lucho. Era lo menos que podía hacer por ella y más cuando ningún otro pariente se había dispuesto. La noche era larga pero valía la pena. En su vida eran pocas las tareas por hacer. Tenía fama de ser un desocupado, “poco-sirve” y aprovechado de sus hermanas a quienes siempre les supo “echar el cuento” para que lo “ligaran”, para que le dieran cualquier peso, pues trabajo nunca le resultó. Su mamá, mientras vivió, supo apoyar sin condición a su cariñoso y servicial “Luchito”. Como era de grande y corpulento, así era de amoroso, decía ella. En conclusión, dejarlo esa noche con la tía resultaba saludable y provechoso para todos.

Entre tinto y oración, oración y tinto, pasaron las horas de Lucho en la sala de velación. Por ratos cabeceaba y pequeños sobresaltos inconscientes lo despertaban para volver de nuevo a los rezos. Al amanecer, miró el reloj, se paró y corrió presuroso a buscar su carriel. Sacó con cuidado una hoja que guardaba en un sobre donde podían leerse varios considerandos y resoluciones, un huellero de tamaño pequeño y un pañuelo blanco, casi amarillo de tanto uso. Se acercó de nuevo al ataúd, miró con sigilo a su alrededor y en posición devota le habló a ese ser que era su única compañía: “Tiíta, estamos aquí solos tú y yo. Los demás han salido a descansar y deben regresar en la mañana. Quiero contarte algunas cosas que en vida no pude y que debido a tus múltiples ocupaciones no me permitieron tu atención, pero eso ya no importa. Igual te quiero y te recordaré siempre como esa tía generosa, aunque un poco agria y repelente a veces. Debes saber que mi afecto hacia ti es sincero y que deseo estés hoy en la gloria de Dios, acompañada de todos los santos. Dejaste una familia querendona y unos cuantos bienes que deben ser conservados como si estuvieras con nosotros. Desde tu deceso he pensado sin descanso cómo ayudarte para que, al menos, uno de tus bienes quede en buenas manos: te propongo que dejes bajo mi cuidado tu bien mantenido carro. Esto debemos arreglarlo entre los dos, pues si hablamos con la familia, lo más seguro es que terminemos de pelea”.

Un golpe seco interrumpió sus palabras. Alguien podría haberlo escuchado y eso sería fatal para sus planes. Se retiró con paso lento del ataúd y revisó uno a uno los rincones de la sala de velación, esperando hallar algún intruso. Su corazón latía con afán, sus piernas flaqueaban y un frío se apoderó de su cuerpo. Cuando halló una ventana abierta y un velón en el suelo derrumbado por el viento, recuperó la calma y regresó.

 

“Como te decía, esto que te propongo debe ser asunto solo de los dos. Incluso, he adelantado algunas tareas para que todo se facilite. Te traje un documento muy bien escrito por un gran amigo que hace algunos años trabajó como ayudante en una notaría. En éste, queda claro que es tu deseo dejarme el carro como herencia. Es más Tiíta, de la firma no te preocupes pues ya la practiqué lo suficiente. Mira cómo quedó en el papel, es casi idéntica. ¡Ah!, y como se necesita tu huella, aquí traje con qué tomarla. No nos ocupará mayor tiempo”.

Tomó con el pañuelo el dedo índice de la tía y acercó el huellero. En un abrir y cerrar de ojos, lo que haría posible aquella herencia, quedó plasmado en el papel y nadie en el mundo pondría en duda el deseo de la tía Herlinda de que su sobrino Luchito fuera el heredero del pequeño carro modelo 94.

Las decisiones que la tía tomó antes de su muerte fueron bien recibidas por los parientes, quienes vieron con complacencia que enhorabuena tuvo la idea de beneficiar a Lucho. En definitiva, decían, ¡Dios sabe cómo hace las cosas!

Sobre el asunto quedaron muchas preguntas sin respuesta, pero ante los ojos de todos, esa herencia inesperada bien merecida la tenía Lucho quien la acompañó hasta el final con desinterés, y hoy se le ve complacido al frente del volante, a pesar del difícil trajín de acomodar y desacomodar ese cuerpo grandote en tan pequeño cacharro.

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Cuento

El vendedor de biblias

Claudia Restrepo Ruiz

Claudia Restrepo Ruiz. "Era un emprendedor. La ciudad entera era su plaza, nunca se le vio triste o preocupado"

Claudia Restrepo Ruiz. “Era un emprendedor. La ciudad entera era su plaza, nunca se le vio triste o preocupado”

Las adquirió para hacer una obra de caridad a un vendedor ambulante que no se cansaba de repetir que en ellas estaba la salvación. Veinte biblias le compró. Dos meses después se quedó sin trabajo como mercaderista y comenzó a pensar qué negocio informal podía montar. De vez en cuando abría el clóset y las veía. Se preguntó qué tan difícil sería venderlas y dónde. Pensó en los hoteles y no se dijo más. Al día siguiente salió con un morral y la determinación de encontrar un nicho dónde ofrecerlas.

Las llevó a cuatro hoteles antiguos y dos nuevos. Le fue mejor con los nuevos. Las veinte que llevaba no dieron abasto. Le hicieron un pedido para surtir las cincuenta y dos habitaciones del Hotel Mariscal. No sabía bien el precio así que pidió un día para enviar la cotización. Bajó al Centro. Fue a Ediciones Paulinas y preguntó. Le dijeron que el Nuevo Testamento no sólo era más económico sino que venía en ediciones de lujo con pasta azul, verde o vino tinto. Cotizó. Sacó sus márgenes y luego envió al hotel lo convenido. Le confirmaron el pedido. De ahí en adelante ofreció y vendió la palabra de Dios puerta a puerta, y también en colegios durante junio y octubre, época de primeras comuniones, cuando los padres adquirían la Biblia para sus hijos.

En algunos lugares se extrañaban porque no era un predicador. No recitaba de memoria los versículos ni le ordenaba a Satanás que retrocediera. Por su presencia bien podría pasar por seminarista. De cabello negro, corto, tez blanca, sonrisa sincera, delgado, y alto, veía en las biblias su negocio. Era un emprendedor. La ciudad entera era su plaza, nunca se le vio triste o preocupado. No tenía una familia que alimentar y eso facilitaba las cosas. Comenzó a ahorrar. Se preguntó cuánto costaba editar una Biblia con una portada más sugestiva. Alguna escena de Noé o una bonita imagen de Jesús. El que no hablara de Dios no quería decir que lo desconociese. Por el contrario, tenía que conocer el producto que vendía de modo que se sabía algunos pasajes y tenía sus favoritos. Pensó que las biblias antiguas podían necesitar mantenimiento y aprendió a coserlas y revestirlas de cariño. Los hoteles antiguos le permitieron entrar a las habitaciones y buscar en los cajones. En varios sugirió poner la Biblia a la vista y muchos insomnes agradecieron su gesto.

Su tarjeta estaba marcada con su nombre y teléfono, y al reverso: “El vendedor de biblias”. Un martes cualquiera se encontró con uno de sus antiguos compañeros de trabajo que no dudó en preguntarle qué estaba haciendo. Soy vendedor de biblias, le contestó. Y su compañero no se cansó de reír hasta que vio que era en serio. ¿Y eso, viejo? Una salvación. Lo miró y no extrañó ni por un segundo el ajetreo de la oficina, los problemas con el superior, las mujeres coquetas con sus faldas cortas y medias de punto. No se molestó siquiera en enviarles saludos.
Su compañero llegó a la oficina diciendo en corrillo: No me lo van a creer. ¡Adivinen quién está vendiendo biblias!… ¡José Manuel Idárraga! Me lo encontré en la calle… ¿Y cómo lucía? El joven reflexionó. ¿La verdad?… mejor que nosotros.

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Tomado del libro  Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Cuento

Una mujer en la ventana

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda. "Me guiaba una pregunta:¿cómo resarcir el dolor?"

Nubia Amparo Mesa Granda. “Me guiaba una pregunta:¿cómo resarcir el dolor?”

I

La ciudad se mueve, estalla, y se fuga como la luz. Ella permanece inmóvil mirando a través de la ventana. El rostro impasible. Sus ojos curiosos pasean a lo largo de la calle y se elevan hasta la cumbre de las montañas para regresar fatigados sin conquistarlas. El viento despeina los árboles y levanta las faldas de las colegialas. Cruza un gato negro y con movimiento certero desaparece entre las llantas de un auto detenido. Un pájaro, con aleteo acompasado, llega hasta una cuerda. El pavimento despide las sombras al vaivén de los rayos del sol. Y ella continúa allí, a merced de los fantasmas que la rondan. A través de ese muro roto asoman sus quimeras.

Quizás espera el regreso de su padre cuya voz se desvaneció, como sus pasos al bajar por la escalera, hace mucho tiempo. Confía en que asome por la esquina su hermana menor con un algodón de azúcar rosa que las derretirá con su dulzura. O que envuelta en velos de organza la lluvia dance para ella. Es como si al permanecer allí, atornillada, pudiera recobrar lo que ha perdido o descubrir un mundo paralelo dónde instalarse como huésped por una buena temporada.

Apoya los brazos en el alféizar para recibir la tibieza del sol que al ocultarse deja una estela rojiza. Tantas veces ha intentado atrapar el momento exacto en el cual se superponen los planos del día y de la noche. Para ella ese es el único límite que existe entre la vida y la muerte. Tal vez si mira una nube sin parpadear, el contraste sobre el firmamento le permita percibir esa fusión.

 

II

La nube se alargó como una saeta hacia el oeste. Las manecillas del reloj dieron un salto. Un abrir y cerrar de ojos transfiguró el paisaje y la oscureció también a ella convirtiéndola en una silueta entre cuatro listones de madera. Intentaba esconderse de sí misma, resguardarse en la intimidad de la penumbra, pero sus recuerdos insistían en arrancarle los ropajes.

Llevó sus manos a la boca para detener una consigna contra todas las durezas del mundo. Contra el poder que estrangula los sueños. Contra los que blanden sus armas en los campos de guerra y los que desatan batallas de orgullo. Contra los que, como ella, por miedo, son testigos mudos ante el horror. Un grito explotó en su interior y algo que le reventó en el pecho se desbordó por sus ojos.

Las luces del vecindario temblaron en sus pupilas. Y esa luz tambaleante la arrebató de la oscuridad que quería raptarla. Después de todo, pensó, la ventana sigue abierta y frente a ella pasa la vida con sus luces y sombras.

 

III

Los pasos eran lentos, apacibles, casi levitantes. Se detuvieron a un lado de la cama. Los pies descalzos, los dedos cortos y regordetes. Vio que los abría, como en abanico, juguetones. Escuchó su risa. Percibió su aroma a lavanda y sus manos aleteando por el cuarto como aves en libre vuelo. Se posaron sobre su frente afiebrada refrescándola. Le recorrieron el rostro. Con los nudillos le pellizcó las mejillas. Ella sonrió. Y sobre ese telón oscuro del cuarto también resplandecieron unos dientes de mulato hechicero.

— ¡No te has ido!—dijo ella con voz meliflua.

Estaba agarrada a la falda de su madre. Estiró un brazo buscando la mano de su padre y encontró finos cordeles que la elevaron hasta rodearle el cuello. Colgada de él como si fuese un árbol centenario se columpió sobre bandadas de flores que tapizaban el cielo. Quiso escuchar los latidos de su corazón.

— ¡No lo intentes, hace rato se detuvo!—dijo él.

— ¡Pero aún respiras!— replicó ella.

Le cubrió la boca con la mano para sentir su aliento tibio, en una desesperada necesidad de saberlo con vida, aunque sintió que más bien lo asfixiaba. Aflojó la presión.

— ¡Ven, vamos a caminar!— lo invitó.

En una mano apretaba con fuerza la muñeca de trapo que él le regaló.

— Papá, abre los ojos, no te hagas el dormido. Vamos a caminar. Me lo prometiste. Papá, está oscuro. Tengo los ojos abiertos pero no puedo verte y mis palabras no tienen sonido. Papá, enciende la luz. Mira qué bonito. Entran mariposas por la ventana. Sus alas tienen rayas de colores como las de tu piyama.

 

IV

Era un nuevo día. En la sala todo continuaba en su lugar. La cortina salía y entraba al compás del viento. No había mariposas pero el sol esparcía sus rayos en gamas de ocre sobre el piso de madera. Cerró los ojos. Los apretó con fuerza aunque la luz insistente se colaba entre sus párpados.

No había opción, la vida seguía en su incansable periplo a pesar de los horrores. En la radio hablaban de niños calcinados, cuerpos desmembrados, catástrofes, destrucción. También la muerte encapsulada en proyectiles explosivos se había llevado a su familia.

Desde entonces había vivido acorralada por la nostalgia que dejan las ausencias. Su valor despedazado, sin honor frente a la fuerza del verdugo, culpable por haber sobrevivido. ¿Por qué la muerte cometió tal error? Una y otra vez se lo preguntaba. Ese día estaba dormida y por eso no la llevaron de paseo al río. Cuando despertó escuchó las palabras de sentencia: ¡Están muertos!

Se hubiese quedado dormida, corriendo por los campos de algodón, pero había despertado a la realidad y había visto a través de la ventana cómo llegaban, en cajones de madera, esas vidas derrotadas por el odio y la venganza de los asesinos. Ahora estaba hipotecada por la tiranía de lo inapelable. Ninguna mano podía asir. Sola ante la derrota y ligada a un paraíso perdido que solo podía recuperar en sus sueños. Debía hallar una manera de enfrentar sus miedos más íntimos y dejar de mirar desde la tribuna.

Fue a la cómoda, sacó una aguja y lanas de colores. Se sentó en el comedor y empezó a tejer. El ovillo daba vueltas sobre el piso cada que halaba del hilo, y la aguja entre sus dedos era una batuta marcando el compás de una melodía ondulada. La mano subía y bajaba hasta constituir un fino entramado. No podía anticipar el resultado, solo ensartar el hilo, cruzar la lazada y cerrar. Una y otra vez, en una acción recurrente y rítmica. El hilo de la madeja cobraba vida entre sus manos mientras los pensamientos dolorosos se desvanecían y la alejaban del abismo. Miró el tejido por el derecho y el revés y halló que no había diferencia. Y en esa cualidad reversible de su obra estaba también la posibilidad de rehacer su mundo. Dio una puntada de remate y entonces brotó de sus manos la primera mariposa roja y negra. Cada puntada era una escama. Pronto, en cada mueble se posó una nueva, y los rayos del sol se adhirieron a sus alas hasta que formaron un enjambre que revoloteó por la sala, más allá de la noche.

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos,  del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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Cuento

Flores en la pared

Ángel Galeano Higua

Ángel Galeano Higua

Ángel Galeano Higua. “Lo que he intentado es un diálogo en el sintiempo”.

Laura montó una chacita enfrente para verlo, para conversarle, para acompañarlo. Un improvisado ventorrillo de golosinas para atalayarlo. Le había reprochado que permaneciera allí porque temía que uno de esos buses de dos chimeneas lo atropellara. Nunca pensó en otro peligro. Pero el destino le salió con un bramido y de repente el mundo cambió en cuestión de segundos. En la madrugada un estudiante pegó en el agrietado muro del Paraninfo, una hoja de cuaderno que contenía una cita de Nietzsche escrita con tinta roja. Hablaba de que lo mejor del ser humano no estaba en sus tumultuosos ruidos, sino en los sosegados silencios. Luego dibujó varias flores en la pared convirtiendo los agujeros de las esquirlas en cáliz y pétalos y estambres. Quería arracimar con aquellos trazos los manojos de rosas y margaritas que ya se hallaban en el suelo cubriendo el boquete. El florecido túmulo aumentaba la romería y agigantaba el dolor y la incertidumbre y la impotencia. Laura se instaló en la acera opuesta. Quería ver cómo su vida diaria, esa de buenos días, qué tal noche pasaste, ven que ya está el desayuno y que la suerte te acompañe, dejaba de ser palpable para transformarse en eso otro neblinoso: los recuerdos. A tu padre lo mataron cuando eras bebé y también se mostraba tan confiado como tú. Para esa comprobación no necesitaba pasar la calle. El adiós sin despedida llegó al comenzar la noche, así, de sopetón. Lo supo por la radio. Y no es que hubieran dicho su nombre. Ella lo supo por el lugar. Y por la hora. Y por otra cosa inexplicable, ese pálpito que sólo pueden sentir las mujeres por sus hijos. No hubo preparación alguna para aquella partida. Laura no se cansaba de verlo a plenitud en un ayer diáfano, sin destiñes ni opacidades, porque lo que tenía al frente todavía no lo percibía como su presente. A él lo veía sin tapujos, limpio, cariñoso, sus ojos cafés, brillantes, llenos de fuerza. Lo único que le disgustaba eran sus llegadas tarde. Fíjate bien por dónde te metes, le decía. Y se lo sigue diciendo. No te preocupes tanto, mamá, a mí me protege mi propia sombra. Le oía decir eso y sentía ganas de sacudirlo a ver si de veras la sombra se interponía para defenderlo. A su muchacho le gustaba leer libros de aventuras, escuchar música. Cuando le daba por hablar era buen conversador, como su padre. Y continúa siéndolo a pesar del silencio, piensa Laura. Cuando las cosas se ponían tirantes, rapidito diluías los temores con algún cuento o una broma. Laura mantiene la conversa sin necesidad de cruzar la calle. Sin gritos. Los dos saben que mientras más bajito hablen, más pueden superar el ruido de la ciudad. Que mientras menos abran la boca, menos humo negro les tiznará la sangre. Sí, a pesar de tanto ruido callejero ellos conversan. Él le contesta y hasta le pone tema: No había luna mamá y la ciudad se veía tan tranquila… Laura puso colores a cada flor dibujada en los desportillados. Tres pétalos amarillos salpicados de rojo, como tres heridas, agarrados a un trazo verde. Tal como lo aprendió en el colegio. Te quedaron bonitas, le dice él. El cráter parece un jardín lunar. Amarillo frío y rumoroso. El muro abierto semeja un mapa cruzado por mil ríos desquiciados. Y las flores aprovechan las inesperadas grietas del golpazo para brotar en lágrimas de colores. Bonitas pero tristes. Mami, oye ella, el muchacho que escribió mi epitafio era mi amigo, el vecino, ¿lo recuerdas?, el mismo que no le gustaba hacer las tareas del colegio pero que leía mucho, con el que iba a los charcos de Barbosa… ¿Ése que se la pasaba dibujándolo todo? Sí, mamá, el mismo, déjate y lo verás que va a pintar más flores en la pared para que tú las colorees. Empieza a llover y Laura pide permiso en la papelería para guarecerse un poco. Ha cubierto la chacita con un plástico. Ella se encoge, disminuyéndose ante el chaparrón. Él no, él sigue allá, mojándose sin mojarse, tranquilo aunque por un momento Laura cree oírle un: ¡Abrígate! ¿Cuántas veces ella le dijo lo mismo? Y lo vio sonreír. Sonreía más con los ojos que con la boca. ¿Por qué escogiste esa hora para pasar?, le preguntó, apretando los dientes, mordiendo la rabia. Yo no la escogí mamá. Pasaba por aquí hacia la casa como todos los días y de repente el mundo sonó y me sentí roto y liviano y desastillado. Yo no escogí ese de repente. Más bien él me escogió a mí y no me dio tiro de escabullirme. Bien sabes que tenía otros planes. Y cuéntame, mamá, ¿te has venido ahí al frente para vigilarme? No, más bien para acompañarte, como no llegabas. Te juro que ya iba para allá, pero fíjate, me han tenido muy ocupado, ¿lo ves? Viene mucha gente a mirar. Quieren saber cómo queda uno en el sintiempo. Con la mirada me esculcan para ver el estruendo. Me preguntan si me duele, pero es su dolor el que los asusta, no el mío. ¿Sabes?, creí que con el estallido quedaría sordo, pero no, al contrario, ahora escucho todo. Hasta sonidos de antes. O de mañana. No sé, no los diferencio. Hasta escucho tu silencio, mamá. Tu llanto mudo, el de tu corazón. Y eso es lo que duele más en este sintiempo. Por eso, háblame, mamá, te lo suplico: sigue hablándome que tu voz es mi música, mi historia. Nunca dejes de hablarme. Eres mi vida aquí, en esta bóveda callejera que yo no escogí. No estoy entero, lo sabes. Me han dejado hecho ripios. No sé hasta dónde fui destrozado. Siento que aún hay algo mío flotando sobre la ciudad. Partículas de mi rutina, de mis afanes. Fragmentos de mis sueños rotos yendo y viniendo sobre la ciudad, esparcidos como nubes viajeras… No te calles, mamá, no te calles… Ella empieza a llorar de para dentro, que es el llanto más llanto que existe. Ay, hijo, sabes que me trago el grito para llenarme de silencio, para que me oigas. Tú eres quien no debes abandonarme. Ahora empiezo a comprender lo dura que es la vida sin tu vida, y a verte en mi ayer que empieza a ser mi fuerza de hoy, eres el único habitante de esta soledad que ahora me atraganta, hijo mío… Al otro lado de la lluvia, como en el anverso de un espejo líquido, ella ve que un muchacho enfundado en un impermeable amarillo se arrima al muro y empieza a dibujar más flores. Entonces siente que otra lluvia brota de sus ojos, una lluvia salada que saborea al susurrar una promesa: Al menos sé que cuando escampe tendré una tarea de colores. Eso se dice e intenta sonreír ante aquellos ojos cafés, que sólo ella ve y que no parpadean.

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Tomado del libro Flores en la pared y otros cuentos, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, Editado por la Fundación Arte & Ciencia de Medellín.

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