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Archive for 30 julio 2015

Contra toda esperanza

Por Álvaro Jiménez Guzmán

 

Nadezdha Mandelstam y Osip Maldenstam - La resistencia del Arte

Nadiezdha Mandelstam y Osip Maldenstam – La resistencia del Arte

En carta del poeta ruso Ósip Mandelstam a su hermano Alejandro y esposa Nadiezhda, les decía: “Estoy en Vladivostok, en los Campos de Trabajo colectivo del Nordeste, barraca número II. El tribunal especial me ha condenado a cinco años por actividad contrarrevolucionaria… Mi salud es muy mala. Estoy delgado y completamente agotado, casi irreconocible, pero no sé si merece la pena que enviéis ropa, comida y dinero…Nadia amada, ¿vives, querida mía? Shura, escríbeme inmediatamente sobre Nadia…”. Esto ocurría en octubre de 1938, y la causa de la primera detención, que desató toda la ulterior tragedia de persecución política hasta el destierro en Siberia y su muerte, fue el siguiente poema sobre Stalin, compuesto en noviembre de 1933:

 

“Vivimos insensibles al suelo bajo nuestros pies,
nuestras voces a diez pasos no se oyen.
Pero cuando a medias a hablar nos atrevemos
al montañés del Kremlin siempre mencionamos.
Sus dedos gordos parecen grasientos gusanos,
como pesas certeras las palabras de su boca caen.
Aletea la risa bajo sus bigotes de cucaracha
y relucen brillantes las cañas de sus botas.
Una chusma de jefes de cuellos flacos lo rodea,
infrahombres con los que él se divierte y juega.
Uno silba, otro maúlla, otro gime,
sólo él parlotea y dictamina.
Forja ukase tras ukase como herraduras
a uno en la ingle golpea, a otro en la frente, en el ojo, en la ceja,
Y cada ejecución es un bendito don
que regocija el ancho pecho del Osseta”.

 

Así comienza la epopeya contenida en este libro de Memorias: Contra toda esperanza, escrito por Nadiezhda Maldelstam como el más bello testimonio contra el régimen autocrático de Stalin que los persiguió toda la vida porque no se sometieron a su coyunda. Lo que vivió Nadia, como le decía con cariño el poeta Ósip, es un ejemplo palmario de lo que suelen hacer los regímenes comunistas, que hoy, por desconocer la historia, se repite en Cuba, Corea del Norte-tristes rezagos del pasado-, Venezuela y las otras cavernas socialisteras con sus dictadores de turno de la región. Nadiezhda, en su infancia, cuando leía libros sobre la Revolución francesa, se hacía con frecuencia la pregunta: “¿Es posible salvarse en una época de terror?”. Más tarde supo, con toda firmeza, que no era posible.

Nadezdha Mandelstam - Exiliada en su propio país

Nadiezdha Mandelstam – Exiliada en su propio país

El que haya respirado ese aire está perdido, decía, incluso si por casualidad conserva la vida. Los muertos están muertos, pero todos los demás, verdugos, ideólogos, ayudantes, adeptos entusiastas, los que cerraban los ojos y se lavaban las manos e incluso aquellos que por las noches rechinaban los dientes, todos ellos son también víctimas del terror. ¡Cuántas cosas escribieron contra aquellos que ya habían sido fusilados, para correr a continuación la misma suerte…! “Stalin no necesita cortar cabezas, ellas mismas se caen como los dientes de león”, decía Mandesltam. Como vivían errantes en su propio país, dependían de la mendicidad, y les resultaba insoportable porque todos huían de los mendigos y nadie quería dar limosnas, toda vez que aquello de lo que cada uno disponía era como una limosna que le otorgaba el Estado. Y la gente acabó por tenerles miedo. No sólo eran míseros, sino también apestados. Cuando la vida se hacía francamente insufrible, les parecía que el horror no acabaría jamás. Recuerda Nadia que las más increíbles fantasías, las acusaciones más monstruosas se convertían en un fin en sí mismo: centenares de personas eran enviadas a los campos de trabajos forzados acusadas de complot. Y los funcionarios de la policía se regocijaban de ello, gozando de su poder. El principio básico del sumario era: “Dadnos al hombre, que la acusación ya la encontraremos”.
Una profesora de lenguas occidentales le preguntó a Nadia por qué los estudiantes que buscaban el bien y el mal, amaban la poesía. Porque así era en Rusia, antes de que fuera sometida a la revisión de sus valores y al escarnio. Mandelstam sostenía que “en nuestro país, la poesía desempeña un papel especial; despierta a la gente y forma su conciencia”. Ella era una optimista incorregible. Estaba absolutamente segura de que se hallaban en vísperas de un nuevo triunfo del humanismo y de una gran alza de los valores humanos. Ella misma era portaestandarte de esta divisa humanitaria al acompañar a uno de los mejores poetas rusos en su vida de judío errante. Tan grande era su amor por él, que compartió toda su tragedia.

Osip Mandelstam - reseñado por Asuntos internos URSS

Osip Mandelstam – reseñado por Asuntos internos URSS

Después de la última detención de Mandelstam, Tatiana Vasiliévna, la que nunca sonreía, la abrazó y le dijo: “No llores, serán como santos mártires”, y su esposo añadió: “Tu marido no pudo hacerle daño a nadie, no podemos estar peor si se llevan a personas como él”. Nadiezhda escuchó de unos periodistas de Pravda que en el Comité Central no se había incoado causa alguna contra Mandelstam, poco después de la destitución de Yézhov, e ilustraban los desmanes de éste, Ministro de Seguridad. Dedujo que Mandelstam había muerto. Un tiempo después recibió un aviso de una estafeta, con la cual le devolvían un paquete “Por la muerte del destinatario”. “¡Qué poeta hemos destruido!”, dijo Fadéiev, ya ebrio, quien celebraba, con otros, una merced del gobierno. La fiesta de los nuevos condecorados-la chusma de cuellos flacos- adquirió un extraño matiz de exequias clandestinas. Todos ellos pertenecían a la generación que había revisado los valores y que luchaba por “lo nuevo”. Fueron los que abrieron el camino al hombre de la gran personalidad, al dictador que, obrando a su antojo, castigaba, premiaba, planteaba los objetivos y elegía los medios para conseguirlos, en medio del apogeo de sudictadura del proletariado.Y así actúan los dictadores, rodeados de infrahombres, tanto si son de izquierda como de derecha.
En el certificado de defunción de Mandelstam se indica que su muerte fue anotada en el Libro de Registros en mayo de 1940. Era lo único real de que disponía Nadiezhda. Nadie supo nada de lo ocurrido dentro de las alambradas, ni fuera de ellas. Nadie lo vio muerto. En la terrible promiscuidad de los campos, donde los muertos con una chapa atada al pie yacían junto a los vivos, nadie pudo aclarar nunca nada. “Solo sé una cosa: Mandelstam dejó de sufrir; su vida de mártir acabó en alguna parte”, se consoló Nadia.

Nadezdha Mandelstam - Autora de Contra toda esperanza

Nadeizdha Mandelstam – Autora de Contra toda esperanza

En el prólogo de esteépico testimonio, escrito por Joseph Brodsky, se puede leer que de sus 81 años de vida, Nadiezhda Mandelstam pasó 19 como la esposa del poeta ruso más grande de su siglo, Ósip Mandelstam, y 42 como su viuda. El resto fue niñez y juventud. Vivieron profundas privaciones, la Gran Guerra y el temor diario a ser arrestada por los agentes de la Seguridad del Estado por ser la esposa de “un enemigo del pueblo”. Por eso las grandes ciudades estaban prohibidas para ella. Durante décadas huyó deambulando por rincones perdidos y ciudades de provincias del gran imperio y asentándose en un lugar solo para seguir huyendo ante la primera señal de peligro. Era una fugitiva, “la amiga del mendigo”, como la llama el poeta en uno de sus poemas. Era una mujer pequeña, de constitución delgada, y con el paso de los años se fue arrugando más y más, como si se tratase de llegar a ser algo sin peso y fácil de introducir en un bolsillo antes de huir. Contra toda esperanzaElla sabía muy bien que el tren lanzado hacia el futuro se detenía en el campo de concentración o en la cámara de gas. Tuvo suerte de salvarse de eso, y nosotros tenemos la suerte de que ella nos contase su itinerario.Su obra es un Juicio Final contra su época y su literatura, con todo el derecho, puesto que fue esa época la que asumió la construcción del paraíso en la tierra. Un destacado disidente declaró sacudiendo su barba: “Cubrió de mierda a todos los de nuestra generación”. Escribió sus dos libros a la edad de 65 años, además con belleza literaria y profundo conocimiento del arte.Su deseo se cumplió y murió en su cama.

Medellín, Julio de 2015

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El autor, Álvaro Jiménez Guzmán, es autor del libro Grito en los pretiles, (Crónicas y reportajes). Varios de sus cuentos han obtenido el reconocimiento en diversos concursos. Este año publicó Una danza contra el viento y otros relatos, Editado por Fundación Arte & Ciencia. Es miembro cofundador del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Tiene dos novelas inéditas.

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Nuevo libro

Canción para una despedida

Antonio Botero Palacio - Canción para una despedidaLa vida de Antonio Botero Palacio está atravesada por la poesía en su estado más puro y espontáneo. El árbol que plantó en la rivera del río Magdalena y que se pobló de iguanas, el proyecto cultural Casetabla, el Himno de Magangué, su novela autobiográfica Al final de la inocencia, el libro Los lagares del alma, su interminable pesquisa tras la combativa ruta de Uribe Uribe y en la Guerra de Los Mil Días, La Batalla de Magangué, la historia de La Unión (Antioquia) su tierra natal, y el más reciente: Historia de Magangué para jóvenes, en coautoría con dos maestros veteranos, dan fe de su vena poética esparcida a lo largo de su prosa.

Estudió en la Normal de Varones de Manizales porque su vocación magisterial así se lo impuso. Pero la confluencia de varios factores sólo le permitieron ir a las aulas infantiles en los pueblos alejados de Antioquia por unos cuantos años. Después su existencia fue una larga fuga para salvarse de la persecución política en que cayó el país a raíz del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Así fue a parar al puerto de Magangué, sobre el río Magdalena donde halló respiro y se quedó por el resto de su vida ejerciendo el magisterio de forma singular.

Canción para una despedida, Editado por Fundación Arte & Ciencia, Colección Poetas Anónimos, 2015. Ya está en circulación

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Estampa siniestra

Hoy, el río Grande de La Magdalena
Se ha transfigurado:
El sabor de sus aguas, que era dulce,
Que resumía el perfume de los naranjeros,
Que desparramaba danzas voluptuosas
Desde las lianas
Que se columpiaban en el trapecio
De las ceibas vetustas;

Hoy, el río Grande de La Magdalena
Se ha tapizado de coronas náufragas
Que van flotando,
Teñidas de un azul de infinitos,
Sobre la búsqueda
De un septentrión que se pierde
Más allá de los signos de la nada.

Hoy, mientras llueve,
Sobre la inmensa desolación
De la taruyería,
Una garza muy blanca
Con las alas abiertas
Ha pintado una cruz
Y el angustiante grito
Del pájaro macuá
Ha recogido, en una, todas las despedidas
Y todas las ausencias
Que traspasan los lindes
De ese espacio infinito
Que llega al más allá.

Hoy, el río Grande de La Magdalena
Tiene un sabor amargo
De lágrima proscrita,
Un sabor de sudario franciscano,
Un penetrante olor a muerte,
Como si en lo más profundo de sus aguas
Se hubiesen enterrado
Las miserias humanas.

Hoy, el río Grande de La Magdalena
Está cargando sobre sus hombros
La imagen de la muerte
Que va flotando suavemente
Sobre un rito angustiante
Que ha venido manchado de escarlata
Desde los campos de la guerra.
En este mismo instante está pasando
Lentamente,
Frente a mi angustia y mi dolor
Y mi impotencia.

Vedle:
Es la mútila estampa de lo que fuera un hombre;
Allá, lontano,
Sobre los cerros del Corcovado agreste
Quedó su testa desmelenada y sangrante,
Con el último grito, que fue una maldición,
Congelada en su boca.

Sobre su hinchado vientre
De riguroso luto
Un golero se harta de la carroña humana
Mientras el río Grande de La Magdalena
Va a perderse, allá lejos,
Sobre un septentrión hecho de lágrimas.

Esta cartica tuya

Esta cartica tuya
Con que comienzo el día
Está untada de ti,
Tiene tu rebeldía,
El discreto perfume
Que cerca los linderos
De tu carne morena;
Tiene sabor de pena
Y un poco la presencia
De un ayer tan lejano
Que se pierde en los lindes
Borrosos del arcano.

Esta cartica tuya,
Que desparrama el vuelo
De una inmensa bandada
De locas golondrinas,
La alindera el espacio
Que para mí cercaste
El día en que me amaste.

Esta cartica tuya
Más bien no dice nada
Pero lo dice todo
Mi siempre bienamada.

La he leído en mil veces
Para ver si te encuentro,
Pero tú estás ausente
Desde la fecha triste
En que tú la escribiste
Hasta el último instante
Que registró tu nombre.

No importa, amada mía:
Estrujaré el contexto de tu carta vacía
Y quedaré en el aire
Flotando tu perfume
En esta tarde triste,
Cuando ya no eres mía.

Me quedo con Manuel

Soy una loca suelta
Que comienzo a entender
Que me llama la vida
Para hacerme mujer
¡Qué pereza querida!
¡Qué pereza querer!,
Tan bueno que es ser niña,
Jugar a las muñecas,
Saltar la cuerda loca,
Y, si a uno le provoca
De pronto hasta querer,
Así, de mentiritas
A mi primo Manuel.

Me llamo Magdalena,
Pero me llaman “Nena”;
Me dicen mis amigas
Que voy estando buena,
Yo, inocente pregunto:
¿Para qué?
No lo preguntes niña,
Mírate en el espejo,
Así medio desnuda,
Y, no te quepa duda
Que sabrás para qué.

La buena de mi madre,
Pobre hasta no poder
Me dice que aproveche
Mis gracias de mujer:
“Búscate un viejo rico
Y pélale el colmillo,
Verás que poco a poco
Rondamos su bolsillo,
Y, si estamos de suerte
Y, él llegare a quererte,
Tendremos casa, carro
Y lujo y fantasía
Y, de pronto algún día
Puedas ser su mujer.

¡Por Dios mamita linda!
No digas esas cosas
Dolidas y asquerosas
Que yo también tengo alma
Y tengo corazón
Y, pobre y andrajosa
También tengo razón
Definitivamente
Mamacita querida
Me quedo con Manuel.

Magangué, marzo 22 de 2015

 Tus manos

Me encontré con tus manos
A la orilla del tiempo
Y eran profundamente mágicas
Tus manos de alabastro.

Se sabían de memoria
Los treinta y ocho pases del amor;
Habían aprendido
Todo el ritual de la caricia
Y conocían el recorrido
Que va desde ser bueno
Hasta los complicados puertos
Que marcan la pasión.

Suavidad de tus manos
Entretejidas
Con pétalos de rosa,
Con sedas del Oriente,
Pintadas al reflejo
De un rojo sol muriente;
Manos hechas de viento
Para romper la tarde
Y en ágil movimiento
Atrapar el momento
Preciso del amor.

Manos, tus manos blancas
Que cuando me aprisionan
Me quitan la razón
Y dejan prisionero
Mi propio corazón.

Canción para una despedida

Estás cerca de mí y estás ausente,
Hay un ser y un no ser en tu mirada,
Un saber que no estás y estás presente,
Un sentir que eres todo y eres nada.

Desde mi corazón y a la distancia
Te pierdes tras la imagen de un señuelo,
Mientras asido a mí dolida errancia
Se va muriendo en ti mi último anhelo.

Gracias por lo que fuiste en mi pasado,
Gracias por las sonrisas que me diste;
Todo lo que me diste ya está dado
Y, como es del pasado, ya no existe.

Casi estamos en paz: lo que me diste
Sin falsos regateos lo he pagado,
Ya el fuego del amor que en mí prendiste,
El viento del olvido lo ha apagado.

Te vas por un camino hecho de viento,
De nébulas, de locas fantasías;
Lo que puedas sentir, ya no lo siento,
Ya tus penas son tuyas, no son mías.

Y adiós por siempre examada mía,
Aún te queda una vida y un destino,
Nuestro amor fue un amor de fantasía
Que se quebró a principios del camino.

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Antonio Botero Palacio, Canción para una despedida, Edit. Fundación Arte & Ciencia, 2015. Colección Poetas Anónimos.

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