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Archive for 2/01/15

Piedra luna

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda

Como una equilibrista, Teresa se balancea entre los rieles oxidados del antiguo ferrocarril y se va contando los listones de madera como si fuesen peldaños de una escalera por la que asciende su deseo de tallar el sol. Teresa frágil, Teresa con ojos de golondrina y manos resecas como hojas de otoño, desemboca en las aguas inquietas de la quebrada. Se quita los zapatos, los deja sobre la hierba y sube las mangas del pantalón, luego desciende por un corto declive donde sobresalen las raíces de los árboles y sumerge sus pies en la corriente.
Una piedra angulosa presiona las plantas de sus pies. Pierde el equilibrio y cae en el agua, rendida ante su encanto. Tiemblan las dos con ese abrazo rebosante de frescura, y Teresa hace un cuenco con las manos para atraparla antes de que se le escape. Sabe que es cuestión de segundos, por eso se solaza sintiéndola escurrir por su rostro arrebolado. Es mediodía. Está sola entre sietecueros y borracheros que danzan y se miran en la superficie empañada por la arena que removió con su cuerpo. Está allí para romper las rutinas de la vida primitiva, es una cazadora al acecho, una Diana sin comitiva, agazapada en busca de sus presas.
Teresa recoge piedras en la quebrada. Sabe que estas se mueven, huyen al golpe rabioso del torrente o se esconden a sus ojos entre la arcilla que se compacta en las orillas. Eso es lo que más la reta. Arañar el lecho de la quebrada y arrancarle esos frutos solemnes y densos que alimentarán su voracidad de ninfa extraviada.
¿Cuántas podrá recoger hoy? Ayer solo extrajo tres, una de color cobre, lisa y redonda como una bala de cañón; una gris azulosa, con destellos diamantinos y vértice filoso; y la más extraña, abovedada como el caparazón de una tortuga. Fueron horas de dura batalla que le dejaron las manos laceradas y un arrume de desechos vegetales inservibles. Luego de limpiarlas y secarlas al sol empezó su tarea de insuflarles vida.
Sí, ella les infunde poesía a las piedras. Con un clavo talla versos en su superficie. Cada una será el eco inmortal de las palabras que lleva dentro y que no tiene a quien cantarle. Pule su caligrafía para que la simetría de las letras sea apéndice del poema, y cuando la obra está terminada asciende hasta la roca desde donde salta vertical un chorro de agua, las arroja y ve cómo la garganta líquida de la quebrada las deglute sin morderlas. Van directo al fondo donde serán santuario inviolable.
Pero hoy Teresa escarba, hurga, cava agujeros en el lecho y las riberas de la quebrada, y nada. Y no es que no haya piedras, es que ninguna le alcanza para tallar la vastedad de su silencio. Después de pulir las palabras durante varias noches de delirio tiene que encontrar una blanca y redonda como la luna para que resplandezca desde el fondo del agua, velando perenne por los que, como ella, alientan los sueños derrotados.
Piedra lunaDecide subir bordeando la vertiente como un animal cuadrúpedo en busca de alimento, sus ojos husmean, son dos taladros que perforan el terreno en busca de la veta, pero solo recoge tierra, grava y guijarros. Entonces se detiene, cierra los ojos y balbucea su poema como si fuese una plegaria. Escucha el movimiento vago del agua y siente en su rostro el aire trémulo de la noche que ahora se asienta sobre el paisaje robándole las formas. De pronto, un resplandor de plata hurga entre sus párpados y la obliga a abrir los ojos.
Ahí de frente, despuntando detrás de la montaña está su pétreo tesoro que se desliza lento por las aguas azules. Y Teresa no comprende por qué ahora fluyen sobre su cabeza. Entonces alarga sus brazos tratando de alcanzarla, pero la piedra luna continúa navegando y se aleja desdeñosa, mientras ella asciende por la escarpada montaña dando tumbos para alcanzarla. Por momentos la pierde de vista y después la recupera, pero no la alcanza. Así, en ese forcejeo llegan a la otra orilla. Teresa exhausta y la luna incólume, hasta que el borboteo de algo que cae en el caudal la obliga a mirar los destellos nacarados que irradia, desde el agua, la enorme piedra canteada por la luna. Ahora lo sabe, sabe que debe ir hasta el fondo, desde donde cualquier hombre solitario escuchará el llamado líquido, sustancial, sagrado, opulento, de la vida.

Perfil

Teresa creció entre sembrados de árboles frutales, muy cerca de la quebrada La Doctora del municipio de Sabaneta. Los domingos iba con sus padres a bañarse en sus aguas frescas y a recibir el sol en una de las piedras que sobresalían de su lecho.
Pero la desgracia llegó muy pronto a su vida. Sus padres, maestros de escuela, murieron juntos en un accidente cuando ella era apenas una adolescente. Ahora tiene treinta años. Sigue viviendo en la finca a las afueras del pueblo en compañía de su gato Aurelio. Allí pasa mucho tiempo leyendo, bordando y hablando con sus fantasmas.
Una vez, encontró entre los papeles de su padre varios poemas de su autoría que la hicieron entrar para siempre en el mundo misterioso de las palabras. También ella empezó a escribir poemas para paliar su soledad. Primero lo hacía en hojas de cuaderno, pero desde que a su primo Juan Antonio, el único con quien montaba a caballo algunas tardes, le dio por suicidarse, su único consuelo es ir hasta la quebrada a recoger piedras para tallar sus poemas.
“Pobre, ha perdido la razón”, murmuran en el pueblo, pero Teresa no se percata siquiera, ella solo escucha el llamado elocuente de las aguas que corren aún salvajes y libres en un pequeño tramo antes de ser invadidas por la civilización.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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