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Archive for 27 enero 2015

Un niño es lo más parecido al agua

Ángel Galeano Higua

Una manera de conocer la ciudad en que vivimos consiste en desentrañar los arroyos que conforman el río que la atraviesa.

Es como comprender a otro ser humano en todas sus ramificaciones que lo constituyen.83

Para emprender esa exploración lo más aconsejable es despojarnos de los prejuicios y dejarnos llevar con toda naturalidad por la corriente. Como un niño que juega y se asombra frente a la corriente cristalina que salpica de magia su mirada.

Un niño es lo más parecido al agua. Los demás hacen de él lo que creen que es mejor. Lo mismo pasa con el agua.

Esta relación entre niñez y agua es posible porque el hilo que los comunica es la vida antes de la contaminación.

El sábado pasado pudimos comprobarlo. El natural entusiasmo de los niños contagió a los adultos y no demoró mucho para ver a grandes y chicos deleitarse con la corriente cada vez más diáfana a media que subíamos al Alto de San Miguel.100

¿A quién se le podría ocurrir jugar así, aquí abajo, con el río que pasa bajo los puentes de hierro y cemento arrastrando las porquerías propias de una alcantarilla multitudinaria?

Por eso esta excursión del sábado (1) será muy difícil que se borre de los recuerdos de aquellos niños. Los vimos en su impulso natural de sumergir los pies en el agua, de hundir las manos y sentir la corriente fría y cantarina proveniente de las cumbres.

Hemos sido educados de espaldas al río. Pasamos sobre él sin mirarlo. Quizás porque este río arrastra tal cansancio que ni siquiera muge ni se lamenta y si lo hace no se le oye debido a la ruidosa movilidad de los ciudadanos en sus carros y motocicletas. Ni siquiera con los alumbrados decembrinos se puede ver el río, al contrario, tanta parafernalia lo oculta. Nos han inculcado desde niños que debemos cuidarnos del agua. Si llueve es mejor quedarse quietos. Nos enfermaremos, se dice. Y si a ese prejuicio, que también se le puede achacar al sol, a la noche, al viento, a la luna, a todo lo que el ser humano sigue sin comprender, si a todo eso, digo, se le añade que el río que cruza la ciudad tiene un color indefinido, alejado de la claridad, nuestras taras se afincan más y terminamos creyendo que lo mejor es el cemento, el plástico, las fibras artificiales, el humo y la distancia cada vez más grande de la naturaleza.

Nos pasa como en el cuento de José Luis Sampedro: Por un puñado de tierra, con cada día que pasa nos alejan más del color natural del pasto, de los árboles, del agua. Los centros comerciales son jaulas-vitrinas desde donde nos venden el espejismo de una modernidad aséptica pero insípida, alejada de cualquier vestigio de tierra o chorro de agua.De cabeza

A esa milenaria corriente que nuestros antepasados llamaron Aburrá, nosotros, los del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, le hemos sumado algo que no es natural pero que no lo perjudica, una creación nuestra, un mundo nuevo que antes no existía: un libro.

Creemos en el río, es decir en su corriente, en su cauce, en su fluir líquido. Lo anhelamos indomable, brioso, cantarín, alejado del cemento y las pasarelas mercantilistas.

Por fortuna, estas sublimes aventuras siempre cuentan con cómplices. Viajar a su cauce, olerlo, mirarlo y descubrir a varios de sus habitantes humanos, conversar con ellos en diversas jornadas para escribirlo durante largas sesiones de días, semanas y meses, y el sábado llevarlo a nuestras espaldas para entregarlo allá, en el Alto de San Miguel, a nuestros mejores lectores: los niños.

150Recibir (y entregar) un libro en la cuna del río Aburrá tiene doble significación, entre otras cosas porque expresa la tarea que nos propusimos en el Grupo Literario de acompañar al río en sus desventuras con palabras de nuestra propia cosecha, y cultivar nuestros propios lectores infantiles, los niños que semejan cazadores agazapados esperando el asombro, la sorpresa, la revelación.

Y entre los niños pequeños iban los grandes, los mismos que escribieron este libro. También sonrientes e infantiles, dejándose asombrar por el maravilloso color de las flores del sietecueros, de las orquídeas silvestres, de las alas de las mariposas, del canto de los pájaros y el rumoreo de las quebradas que arriba se alían para conformar el río con toda su música y vibración que cruza el Valle de Aburrá.

Y la maestra con su infinita devoción pedagógica que la inspira. Y los papás, quizás recordando cuando eran niños…

154Somos unos privilegiados, no cabe duda. Mientras existan estos brotes de asombro el mundo no está del todo perdido. A este paso y con miles de dolientes del río, la ciudad puede enderezar su camino hacia la armonía y la convivencia. Y hasta el río nos sonreirá un día de estos y a nosotros, eternos niños, ya no nos parecerá un milagro.

 

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Nota (1) Se refiere a la excursión al Alto de San Miguel dirigida por el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo el 25 de octubre de 2014, en la cual participaron más de 70 niños y cuyo objetivo era entregar el nuevo libro de crónicas sobre el río Aburrá.

El texto corresponde al saludo de presentación del libro Aoketekete y otros relatos del río, Editado por la Fundación Arte & Ciencia. Torre de La Memoria, Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Martes 28 de octubre de 2014

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Pequeños apuntes de la excursión

Los niños en la cumbre

(Donde nace el río Aburrá)

Pasamos un puente que se mueve. Vimos una mariposa que se llama Cristal que cuando se coloca en la ropa no se ve. Ya conozco a dónde nace el río Aburrá. (Priscila Osorio)

Lo que más me gustó fue todo: los animales, todas las plantas, todos los árboles, el agua. Todo me gustó del paseo al Alto de San Miguel. (Miguel Ángel Upegui Restrepo)

Lo que me llevo como el recuerdo más bonito es cuando pasamos el río y entramos en la reserva de animarles. Me parece muy chévere, en realidad me gustó todo. (Wilad Vanegas Sepúlveda)

A mí me gustó la adrenalina de los ríos donde jugamos. Los pájaros, las plantas y la forma como nos explicaron las cosas del río. (Isabela Asprilla)

Mi gran y lindo recuerdo ha sido la hermosura de la naturaleza que hemos palpado en todo el trayecto, desde los árboles, el río, las quebradas y los animales. Mil gracias. (Claudia E. Restrepo)

Lo mejor fue sentirnos más cerca de la naturaleza. (Allena Lecompte)

El recuerdo que me quedó son las hermosas aguas cristalinas y haber tenido la oportunidad de hacer conciencia de cómo cuidarlas. (Stefanía Sierra Hidalgo)

Lo mejor, cuando me mojé, el lodo, los animales… (Ma. Fernanda)

Mi mejor recuerdo cuando vi una mariposa que era transparente y era venenosa. (Ma. Camila Loaiza)

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Despacio

Andrea Halaby

Andrea  Halaby

Andrea Halaby

Te voy a olvidar despacio.
Te voy a ir borrando como se borran
las palabras sordas en una carta de
amor, con cautela para no romper la
hoja o dejar marcas. Te voy a ir
soltando de los hilos que nos tejen,
de uno en uno, deshaciendo nudos y
deshilachando hebras, despacio,
con suavidad precavida. Te voy a
dejar ir por las ranuras de mis dedos
entreabiertos, como la arena que se
escapa de a poquitos,
grano a grano,
segundo a segundo.
Te voy a olvidar despacio, aunque
me demore una vida entera.

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Con este poema Andrea Halaby obtuvo el segundo premio en el Concurso Nacional de poesía convocado por la Casa de Poesía Silva de Bogotá, en 2014. La autora hace parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

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Palabras en el agua

Álvaro Julián Moncada Gómez

Álvaro Julián Moncada Gómez

Álvaro Julián Moncada Gómez

 

Escribo palabras en el agua
Palabras que descienden sobre el río de la vida
como una lluvia oscura
que se desgaja del misterioso cielo.
Palabras líquidas que empapan
y humedecen la aridez de mi silencio.
Palabras que navegan
en el cauce de lo impronunciable.
Palabras como náufragos a la deriva
hacia el confín de la incertidumbre
por el torrente de los sueños.

 

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Palabras en el aguaTomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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Piedra luna

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda

Como una equilibrista, Teresa se balancea entre los rieles oxidados del antiguo ferrocarril y se va contando los listones de madera como si fuesen peldaños de una escalera por la que asciende su deseo de tallar el sol. Teresa frágil, Teresa con ojos de golondrina y manos resecas como hojas de otoño, desemboca en las aguas inquietas de la quebrada. Se quita los zapatos, los deja sobre la hierba y sube las mangas del pantalón, luego desciende por un corto declive donde sobresalen las raíces de los árboles y sumerge sus pies en la corriente.
Una piedra angulosa presiona las plantas de sus pies. Pierde el equilibrio y cae en el agua, rendida ante su encanto. Tiemblan las dos con ese abrazo rebosante de frescura, y Teresa hace un cuenco con las manos para atraparla antes de que se le escape. Sabe que es cuestión de segundos, por eso se solaza sintiéndola escurrir por su rostro arrebolado. Es mediodía. Está sola entre sietecueros y borracheros que danzan y se miran en la superficie empañada por la arena que removió con su cuerpo. Está allí para romper las rutinas de la vida primitiva, es una cazadora al acecho, una Diana sin comitiva, agazapada en busca de sus presas.
Teresa recoge piedras en la quebrada. Sabe que estas se mueven, huyen al golpe rabioso del torrente o se esconden a sus ojos entre la arcilla que se compacta en las orillas. Eso es lo que más la reta. Arañar el lecho de la quebrada y arrancarle esos frutos solemnes y densos que alimentarán su voracidad de ninfa extraviada.
¿Cuántas podrá recoger hoy? Ayer solo extrajo tres, una de color cobre, lisa y redonda como una bala de cañón; una gris azulosa, con destellos diamantinos y vértice filoso; y la más extraña, abovedada como el caparazón de una tortuga. Fueron horas de dura batalla que le dejaron las manos laceradas y un arrume de desechos vegetales inservibles. Luego de limpiarlas y secarlas al sol empezó su tarea de insuflarles vida.
Sí, ella les infunde poesía a las piedras. Con un clavo talla versos en su superficie. Cada una será el eco inmortal de las palabras que lleva dentro y que no tiene a quien cantarle. Pule su caligrafía para que la simetría de las letras sea apéndice del poema, y cuando la obra está terminada asciende hasta la roca desde donde salta vertical un chorro de agua, las arroja y ve cómo la garganta líquida de la quebrada las deglute sin morderlas. Van directo al fondo donde serán santuario inviolable.
Pero hoy Teresa escarba, hurga, cava agujeros en el lecho y las riberas de la quebrada, y nada. Y no es que no haya piedras, es que ninguna le alcanza para tallar la vastedad de su silencio. Después de pulir las palabras durante varias noches de delirio tiene que encontrar una blanca y redonda como la luna para que resplandezca desde el fondo del agua, velando perenne por los que, como ella, alientan los sueños derrotados.
Piedra lunaDecide subir bordeando la vertiente como un animal cuadrúpedo en busca de alimento, sus ojos husmean, son dos taladros que perforan el terreno en busca de la veta, pero solo recoge tierra, grava y guijarros. Entonces se detiene, cierra los ojos y balbucea su poema como si fuese una plegaria. Escucha el movimiento vago del agua y siente en su rostro el aire trémulo de la noche que ahora se asienta sobre el paisaje robándole las formas. De pronto, un resplandor de plata hurga entre sus párpados y la obliga a abrir los ojos.
Ahí de frente, despuntando detrás de la montaña está su pétreo tesoro que se desliza lento por las aguas azules. Y Teresa no comprende por qué ahora fluyen sobre su cabeza. Entonces alarga sus brazos tratando de alcanzarla, pero la piedra luna continúa navegando y se aleja desdeñosa, mientras ella asciende por la escarpada montaña dando tumbos para alcanzarla. Por momentos la pierde de vista y después la recupera, pero no la alcanza. Así, en ese forcejeo llegan a la otra orilla. Teresa exhausta y la luna incólume, hasta que el borboteo de algo que cae en el caudal la obliga a mirar los destellos nacarados que irradia, desde el agua, la enorme piedra canteada por la luna. Ahora lo sabe, sabe que debe ir hasta el fondo, desde donde cualquier hombre solitario escuchará el llamado líquido, sustancial, sagrado, opulento, de la vida.

Perfil

Teresa creció entre sembrados de árboles frutales, muy cerca de la quebrada La Doctora del municipio de Sabaneta. Los domingos iba con sus padres a bañarse en sus aguas frescas y a recibir el sol en una de las piedras que sobresalían de su lecho.
Pero la desgracia llegó muy pronto a su vida. Sus padres, maestros de escuela, murieron juntos en un accidente cuando ella era apenas una adolescente. Ahora tiene treinta años. Sigue viviendo en la finca a las afueras del pueblo en compañía de su gato Aurelio. Allí pasa mucho tiempo leyendo, bordando y hablando con sus fantasmas.
Una vez, encontró entre los papeles de su padre varios poemas de su autoría que la hicieron entrar para siempre en el mundo misterioso de las palabras. También ella empezó a escribir poemas para paliar su soledad. Primero lo hacía en hojas de cuaderno, pero desde que a su primo Juan Antonio, el único con quien montaba a caballo algunas tardes, le dio por suicidarse, su único consuelo es ir hasta la quebrada a recoger piedras para tallar sus poemas.
“Pobre, ha perdido la razón”, murmuran en el pueblo, pero Teresa no se percata siquiera, ella solo escucha el llamado elocuente de las aguas que corren aún salvajes y libres en un pequeño tramo antes de ser invadidas por la civilización.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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