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Archive for 29 diciembre 2014

Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 23.000 veces en 2014. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 9 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

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Aoketekete y otros relatos del río – 8

Aoketekete y el Reino de las aguas

María Eugenia Velásquez Toro

María Eugenia Velásquez Toro

María Eugenia Velásquez Toro

Al río Aburrá

Era la hora de dormir y esa noche el abuelo se dispuso a cumplir su promesa de viajar por el mundo de los sueños de la mano de esas dos pequeñas almas que se disponían a descansar y que le esperaban ansiosas. Entró a su cuarto, tomó las cobijas que abrigaban a sus nietos, Nico y Teo, y las dispuso mejor sentándose luego a su lado para comenzar la historia.

“Erase una vez un reino, el Reino de las Aguas Transparentes, formado por una enorme montaña, bellas praderas, un valle extenso y un río cristalino, que nació cerca del firmamento allá donde los verdes confundían sus tonos con los azules del cielo, al que llamaron Aoketekete.

En lo alto de la Montaña se formó un caserío, el Pueblo de las Plantas, donde vivían cientos de Árboles y Flores que adornaban y cuidaban el cauce del río. Allí, las familias eran reconocidas por su labor en el campo como los variados Helechos, las coloridas Orquídeas y las tropicales Bromelias, todos grandes amigos que crecían y se multiplicaban con el apoyo de unos y otros, ocupados siempre que este fuera el lugar más bello de la montaña.

El Jardín de las Mariposas, la Comarca de los Peces y el Animalario eran aldeas dispersas por el reino, donde el aire, los árboles, el agua y los pastos eran el hogar de sus moradores. Con su paciente y alegre trabajo ayudaban para que el río Aoketekete diera aguas puras y cristalinas a los habitantes de sus orillas y de sus suelos profundos. Por ser fuertes y sabios, los Bosques Nativos y los Bosques Nublados fueron escogidos para cuidar del reino. Gustaban de jugar con su amiga la Neblina a cualquier hora del día y esta, a su vez, correteaba entre helechos sirviéndose de ellos como escondite en sus travesuras y juegos. No era extraño verlos, a Bosques y Neblina, mostrando que juntos podían prolongar la vida.

Aoketekete y el Reino de las aguasUna noche, la tranquilidad del reino fue interrumpida cuando a las laderas de la Montaña descendieron los ejércitos del Reino de las Nubes Oscuras. Necesitaban las aguas del río Aoketekete para que sus nubes no murieran. Habían recorrido varios imperios y eran estas las que ambicionaba su emperador Huracán. Sabían que eran aguas abundantes y limpias, nada mejor para tomarlas y que sus nacientes nubes viajaran por los cielos con la fuerza necesaria para destruir lo que se atravesara a su paso.

De uno en uno, los habitantes del reino fueron alertados y corrió la alarma para que cada comarca se preparara a defender su río ¿Qué hacer? se preguntaban mientras corrían presurosos en busca de sus amigos para discutir el asunto.

En el Pueblo de las Plantas, los Árboles y sus ramas apagaron su verdor, se mostraban tristes. ¿Cómo vivir sin el río? ¡Dejar el reino en busca de otras tierras era imposible! Este era su hogar, allí habían nacido y crecido. ¿Y si el enemigo decide destruirnos para llevarse las aguas? ¡Cuántos de nosotros caerán hasta dejar desolada la Montaña! Las respuestas no las tenían ni los Árboles ni las Flores, así que decidieron ir en busca de los otros pobladores para intentar evitar el atropello. Encontraron que en el Jardín de las Mariposas, bandadas de miles de ellas se hallaban dispuestas a responder, antes que permitir desaparecer el reino.

¡Vamos a defender los aires que volamos! ¡Nos pertenecen al igual que a los pájaros que hicieron sus nidos en los árboles y que enseñaron a volar aquí a sus polluelos!
Tanto valor contagió a todas las plantas y sin temores se sumaron a la marcha que los llevaría hasta el lugar en donde los pobladores de la Comarca de los Peces y del Animalario platicaban con los Bosques Nublados y los Bosques Nativos sobre los pasos para impedir el avance del enemigo.

Por su parte, la Montaña sabía que algo ocurría desde la noche anterior cuando sintió que el viento gemía y que las ramas de los árboles se doblegaban tristes. Verlos ahora a todos reunidos le animaba para poner su fuerza de tierra firme al servicio del reino.

Nunca olviden, dijeron los Bosques Nublados, que al llevarse las aguas, nuestras vidas no serán las mismas. Se secará la tierra de la Montaña, los Arboles y demás plantas morirán y se acabará el regalo de su sombra. Sin ellos, los Pájaros no tendrán dónde hacer sus nidos y volarán a otros lugares. Las Mariposas viajarán a mundos lejanos, y sin sus colores y aleteos, la nostalgia en el reino será mayor. ¿Y a dónde irán las Flores? No tendrán que ir a ningún lugar porque perderán su brillo, su fragancia y sus colores para después morir de tristeza. Los demás animales no tendrán qué comer ni qué beber. ¡Ah! y los Peces del río saltarán de dolor al no encontrar sus aguas y quedarán dormidos para siempre.

Con voz serena y llenos de la sabiduría ganada durante años como guardianes, los Bosque Nativos dijeron: ¡Nadie se irá del reino! ¡Este es nuestro hogar! Si los ejércitos de las Nubes Oscuras atacan la montaña para llevarse las aguas, tendrán que vencer primero la muralla que formaremos. Peces, aves, plantas y demás animales, al igual que la montaña y sus aguas, nos fundiremos, y no lograrán llegar jamás al nacimiento de nuestro río. ¡Y los Vientos rugirán hacia el lado donde ataque el enemigo! ¡Tendrán que regresar sin cumplir su cometido!

A la mañana siguiente todos estuvieron preparados esperando la señal del Viento que silbaría fuerte anunciando la hora cero. Ya no había temores, sólo decisión y valor para defender su reino.

Paso a paso se acercaron unos a otros y a la señal acordada cerraron filas, formaron una fuerte muralla y los vientos silbaron con furia sentenciando al ejército de las Nubes Oscuras que nunca cruzarían las barreras del reino.

El enemigo invasor no esperaba aquello y el solo rugir de los vientos los llenó de temor. Buscaron salidas y distintos caminos por dónde atacar, pero era inútil. Una fuerza extraña y poderosa se había tomado el campo de batalla. No había armas, sólo sentían esa fuerza que los hacía retroceder sin saber por qué. Fueron instantes de desconcierto que se transformaron en pánico y en un deseo extraño de salir huyendo. Habían fracasado y sin más anunciaron su retirada.

Aquella muralla sólida y poderosa se convirtió, poco a poco, en miles de seres que regresaban sin prisa a sus poblados, luego de que escucharon silbar al Viento de alegría. Esa era la señal de triunfo y el reino debía volver a ser el mismo!

La Montaña respiró de nuevo con alivio; los Pájaros y las Mariposas revolotearon por los aires, Árboles y Animales saltaron, bailaron y nadaron en su tierra y sus aguas.

Cerca de allí, donde alguna vez se formó por primera vez aquel caudal, un bello Arco Iris enmarcaba con sus colores el júbilo de aquellos pobladores que volvían con sus sueños a seguir cuidando del Reino de las Aguas y de su río Aoketekete.”

Al oír esta palabra, los niños se miraron y con una sonrisa cómplice enredada en la cobija, uno de ellos dijo: ¡Juntos fueron capaces, salvaron su río! A lo que el abuelo respondió con otra sonrisa, apagó la luz y acompañado de un leve silbido que buscaba entonar un canto de diana le respondió:” Haremos como ellos, cuidaremos el nuestro. Y ahora, a dormir, que esta historia apenas comienza y nos esperan muchas noches para contarla”.

 

Perfil

Nombre: Río Aburrá y en el Reino de las Aguas, Río Aoketekete.
Edad: Joven, cuando habito en la Montaña… Viejo y enfermo, después de atravesar el Valle.
Padres: La Madre Tierra y las Aguas Lluvias
Domicilio: Desde tiempos ancestrales habito las tierras del Reino de las Aguas, desde la gran Montaña donde nací hasta las tierras lejanas del Norte. Cada tramo que recorro arraiga mi alma a sus lugareños pero siento que voy perdiendo mi vida cuando éstos contaminan mis aguas.
Familiares: Quebradas La Amoladora, El Tesoro, Santa Isabel y La Vieja.
Señales particulares: Bosques, Aves y Silencios mágicos por los caminos que atraviesan la Montaña del Reino. A medida que avanzo por el Valle, mis aguas se vuelven turbias, mis peces mueren, mis riberas se transforman en cemento y la vida de mis aguas desaparece.
Proyecto de vida: Ser un río de aguas transparentes habitado por peces y plantas. Tener un caudal que recorra todo el Valle cantándole a la vida y que acoja en sus orillas los juegos traviesos de los niños.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

 

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Aoketekete y otros relatos del río – 7

La Negri

Hermes Rafael Pineda Santis

Hermes Rafael Pineda Santis

Hermes Rafael Pineda Santis

Los lánguidos rayos del sol se filtran por entre la bruma e iluminan la cara tiznada de La Negri. Agarrotada por el frío de la mañana, con los ojos húmedos y la mirada puesta en el firmamento, parece implorar la justicia divina, porque la terrenal la ejercen los verdugos. Sus lágrimas confluyen con las aguas del río, donde al parecer corren también aquellas derramadas por los seres queridos de los muertos, cuyos cuerpos fueron arrojados a las orillas de la tormentosa corriente. La Negri mantiene un recuerdo aciago de la tragedia que vivió en su pequeño pueblo.
Camina recostada a los muros del puente, calzando unas sandalias roídas por el asfalto de la ciudad. Baja por un costado de la escarpada ladera en busca del cambuche que le ha servido para asilarse durante meses. Se agacha, descorre el plástico negro de su puerta, e ingresa con el sigilo de un gato, sobre una capa de periódicos que sirven para amortiguar las puntudas rocas puestas ahí por las autoridades para que los desarrapados no invadan el lugar.
Recoge las piernas, recuesta el cuerpo contra la pared y en la penumbra alcanza un resto de carbón que tiene arrumado a un lado para tiznarse el rostro. Así trata de ocultar su identidad como reconocida líder en el corregimiento El Olvido. Impulsó entre su comunidad la búsqueda de sus tres hijos desaparecidos y de muchos otros que reclutaron para sus centros de adiestramiento, los dos grupos que se disputaban allí el territorio por ser paso para el contrabando de borona.
Cierta noche, en que la muerte conspiró en las mentes de los asesinos envalentonados por el licor, los Catorros y los Macos prendieron fuego a la vivienda de madera donde vivía La Negri, pero no previeron las consecuencias, el incendio se extendió a las casas aledañas construidas del mismo material. La treintena de hogares que conformaban el barrio, forjado con los mínimos recursos y sin normas técnicas, quedaron reducidos a cenizas.
El asentamiento, construido al lado de un ancho afluente, era tierra fértil para el cultivo, pero desapareció y los labradores quedaron bajo el dominio de los delincuentes. El río fue la salvación de muchos, quienes en un arrebato de desesperación se tiraron a sus aguas para huir del fuego y de las balas. Nada volvería a ser igual, todo quedó devastado, las familias desintegradas.La Negri
La Negri fue una de las que prefirió irse a donde la desventura no la alcanzara y encalló en un recodo del río, bajo el Puente de La Caridad, donde uno de los pilotes le sirvió de protección temporal. Extenuada, no percibió la dureza de dicha superficie y permaneció algunas horas allí, hasta que recuperó el aliento. Sintió el agua fría lamiéndole los pies como un alivio y lavando la sangre de sus heridas. Creyó que no sobreviviría y por eso agradeció al Todopoderoso.
Instaló su cambuche y tiznó de nuevo su rostro para salir a buscar alimento. Recordó las palabras de su madre, quien en momentos de escasez, le decía: “Mija, viva hoy, que mañana Dios proveerá”. Caminaría por las calles de la ciudad como lo hacen las gentes perdidas en su inmediatez, donde a diario se truncan los sueños de los menos villanos.
Se viste con una blusa oscura y una falda de flores amplia que le cubre las piernas hasta el tobillo intentando ocultar el color de su piel. El enredado pelo a la altura de los hombros lo amarra con una cinta roja. Deja ver, no sólo su boca de escasos dientes, sino también su mirada escrutadora.
Algunos días, sus andanzas por los alrededores del río son promisorias y logra conseguir algo, pero otros son tristes y acaban con sus deseos de una festiva alborada. Por momentos cree que todo será mejor, pero la realidad le corta el anhelo de un trabajo o un sitio para vivir. No es nadie en la capital, luego de una fugaz noticia en la mañana sería olvido en la tarde.
Pocos saben de sus largas caminatas por los mismos lugares. Desconfía de todo lo humano, no tiene en qué creer, ha perdido toda esperanza. La justicia que busca no está en la tierra. ¿Cómo pasar el resto de sus días? ¿Dónde empezar?
Transcurrida la mañana, cerca del mediodía, con la amenaza de lluvia, y el estómago agobiado por el hambre, La Negri decide pedir ayuda. Mientras llega a un centro de acopio de alimentos donde disponen restos de comida para los indigentes, sobre la misma acera, se encuentra con un transeúnte que viene en dirección opuesta. Parece un profesional por su camisa de manga larga y corbata, tal vez en apuros también, pues no es del tipo con que suele encontrarse, se aproximó a él, pero a pesar de ser rodillijunto se aparta con agilidad quizás para evitar un ataque imaginado. Ella lo mira con perplejidad, respira hondo y piensa en un desaire más. ¡Qué importa!, se dijo a sí misma, y sigue hacia la central de abasto.
A pesar del desconsuelo que la invade, toma una decisión: no seguirá bajo el puente, esperando que los amaneceres la reconozcan como parte del paisaje matutino. Se renovará ayudando a otros necesitados, como lo hizo una vez con un niño que arribó a las mismas piedras de su escondite. No se comportará como aquel hombre que la eludió como si fuera una apestada. Al recordarlo exclama: “¡puto patitorcido!”.
Pero su decisión dura poco aquel mediodía, dos jóvenes consumidores de borona le disparan, dejándola tirada allí con una mirada de asombro ante el inesperado encuentro fatal. Otros tantos disparos espantan las aves, y el transeúnte, un guardaespaldas vestido de civil, apunta a las ruedas de la motocicleta donde van los agresores, quienes pierden el control y caen al río. No se encontraron sus cuerpos, las aguas ejercieron justicia.

 

Perfil
La Negri (mujer blanca que se cubre la cara de carbón para no ser reconocida).
Teresa Revollo – Ama de casa – Padres y abuelos campesinos.
Con ideología rural que busca la justicia humana para los asesinos de sus tres hijos.
El río como un elemento de protección que le ayuda a su sobrevivencia.
Ve en el transeúnte un reflejo de la humanidad indolente, pero es quien le ofrece la justicia divina por abatir a sus asesinos.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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Aoketekete y otros relatos del río – 6

Lucrecia

Luz Helena García Martínez

Luz Helena García Martínez

Luz Helena García Martínez

Cambios bruscos se avecinan parece anunciarle el follaje a Lucrecia, mientras ella le bate su cola a manera de saludo cuando pasea lenta cerca de la Quebrada La Picacha. Su cuerpo pardo grisáceo se mueve sigiloso como esquivando algún peligro. Algunos niños, la miran en silencio trepados en un gran árbol. Los chicos saben que irá a reposar en el mismo laurel luego de su caminata diaria. No obstante, a ellos les parece que se comporta como si estuviera en tierra extraña. Debe ser porque hace unos días la presencia de hombres con mapas y metros en las cercanías de la Estación Suramericana del Metro de Medellín, la inquietaron. No le quedó más remedio que esconderse detrás de unas piedras, luego se metió en el agua y no salió de la quebrada hasta que los visitantes se fueron.

Pero una calurosa mañana, uno de los visitantes se percató de su presencia. La vio inmóvil con los ojos cerrados, adormecida por los tibios rayos del sol. Entonces sacó la cámara de su morral y le tomó una foto pensando en ubicarla en la cartelera de hallazgos en su oficina. Allí dejaban todo lo que les pareciera curioso o importante o digno de tener en cuenta en su exploración por la zona.

Sus compañeros al ver la foto se asombraron. Es grandísima, exclamó uno de ellos. ¿Y has visto a más de su especie? dijo otro. Alguien propuso que le pusieran un nombre. Se llamará Lucrecia concluyó el fotógrafo.

Desde que saben de su existencia, las siguientes visitas del grupo al lugar donde vive Lucrecia adquieren otro tinte. Los exploradores descubren los líquenes que alfombran en verde claro extensas zonas y las pequeñas catleyas que se adhieren a los troncos de los árboles nativos. En algunos de vez en cuando aparecen ardillas juguetonas que cruzan como ráfagas rojizas ante sus ojos. Invasión, destrucción, desplazamiento no son precisamente las palabras ni las intenciones que pasan por sus mentes cuando se emocionan con los mejores espectáculos que la naturaleza les ofrece en el entorno de estudio.

A pesar de los descubrimientos diarios, los encargados del proyecto de construcción de parques a lo largo del Río Aburrá no pueden evadir el mandato que les fue asignado por los que planifican el futuro de la ciudad. No hay remedio. La reverencia por el mundo natural desaparece cuando se trazan planes a costa de la desaparición de habitantes cercanos a las fuentes de agua: hombres, animales, plantas.

LucreciaTodo parece indicar que en la pretensión de un futuro urbanístico de la ciudad se escribirán nuevas historias de olvido. Atrás quedaron las de algunas quebradas que fueron asfixiadas por el cemento que cayó inclemente sobre ellas y las de ríos que fueron obligados por canalizaciones a desviar su cauce. Es posible que esta vez también sean sepultados los intentos que se forjan en casas de la memoria para que no se repitan hechos como éstos. En su carrera continua de transformación, de contribución a la sostenibilidad del ambiente urbano parece que los hombres han olvidado que no pueden hacer tierra, ni agua, ni animales, ni sol.

¿Será que los encargados de la realización del proyecto de renovación urbana no se han puesto a pensar en la coexistencia digna de la especie “más inteligente” del planeta con otras especies?

A Lucrecia de nada le servirá su cola látigo para defenderse de sus enemigos. Una tarde la encontrarán rígida con el color del cemento su piel si ella no logra entender pronto el por qué se siente extraña en paseos desprevenidos por su nicho, si no le dan tiempo de emigrar del lugar por donde incursionan nuevas intenciones de modernidad, si a personas o entidades de protección de la flora y la fauna no se les ocurre llevarla a un espacio donde pueda continuar viviendo serena cerca de otras iguanas.

 

Perfil

Soy una iguana de hábito diurno, sedentario y sociable. Soy reverente: no le hago daño a nada ni a nadie.
Al contrario del hombre, para sobrevivir no me enfrento con otros. Alimento mi cuerpo pardo grisáceo con frutas, insectos y plantas que puedo encontrar fácil sin bajar de los árboles.
No sé lo que es el futuro, no entiendo por qué el hombre arrasa, destruye, desplaza a los de mi especie y nos obliga a tomar rumbos insospechados.
No busco trabajo. En mi desarraigo, el trabajo me lo imponen quienes me obligan a desplazarme hacia árboles en zonas urbanas.
Mi especie y yo por lo general no tomamos decisiones ante la devastación pero una fuerza extraña nos dice que ha llegado la hora de denunciar al hombre y a toda obra arquitectónica que nos obligue a desplazamientos forzados. Ha llegado la hora de tomar café a la hora del té.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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Aoketekete y otros relatos del río – 5

La soledad del día

Ángela Penagos Londoño

Ángela Penagos Londoño

Ángela Penagos Londoño

La mujer le dio una palmada en el rostro con severidad y gritó: “Vaya a la tienda a comprar el pan para el desayuno”. Ella era muy dura y le descargaba todo su odio. Él salió llorando hacía la puerta y llegó a la calle desierta. Pensó que lo castigaría, no sabía a ciencia cierta por qué, se sintió atrapado por el desamparo. Como autómata empezó a caminar sin rumbo fijo. Había tomado la determinación de huir tras el paso a paso que lo iba alejando de la casa.

Wilfred, llegó a la calle a los 9 años. Desde bebé había vivido con esa mujer que reemplazaba a su verdadera madre. “Ella es bruja”, dijo, encogiéndose de hombros. La casa asfixiaba, todo estaba en desorden, los muebles apretujados, los cuadros torcidos y sus paisajes cansados de estar colgados en esos muros secos. En un cuarto había un vaso con agua, velas prendidas siempre, alumbrando retratos y el humo oloroso del incienso. En una mesa estaba el tarot, un paquete de tabacos y en un rincón unos huesos sacados de un cementerio cercano.

Wilfred es delgado y huesudo, sus ojos claros se cerraron para contener las lágrimas asomadas al evocar la historia. El cielo estaba despejado y a su izquierda, recostada en el andén, su maleta negra.

“La calle tiene un ruido que llena” dijo. Ese ruido se ha instalado dentro de él. Los vendedores gritando, la gente que viene y va en esa inmensidad de ciudad. Recuerda que se alimentaba pidiendo sobrados en los restaurantes y dormía en una bomba de gasolina.

Cuando lo conocí, vivía en la boca de un desagüe del rio Medellín, a la altura de Vegas de El Poblado. Santiago, mi hijo de 12 años era su amigo. Le daba comida y ropa, cuando el río se la arrebataba. Lo animaba, se interesaba por su mundo, conversaban sobre el reino del agua y de la tierra. “Santi me ayudó en la cuestión moral, anímicamente me dio confianza, me supo valorar. Él vio mi corazón, no mi rostro”, dijo, tras un suspiro.

Hace dos meses fuimos a buscarlo al barrio Guayabal. No fue fácil encontrarlo. Salimos varios días en su búsqueda. Un domingo a las 10 de la mañana, después de haber hablado con el señor que vende papas fritas en el atrio de la iglesia, nos confirmó que “El alemán” como lo llaman, duerme en una banca del parque. La espera fue un desafío porque nos tocó enfrentarnos a las miradas inquietas de sus habitantes que nos veían como intrusos. Cuando estábamos decididos a irnos, tímido, brotó como de la nada, y al vernos sonrió con gratitud, empuñó su mano y la llevó al corazón en un gesto de amor que leímos en esas mejillas pálidas de piel reseca y ojos azules. Nos conmovió cuando dijo: “El corazón cuando no se llena de amor, se pone duro”.

Vestía una sudadera negra y en su mano derecha tenía un trapo de cuadros rojos y blancos que apretaba con fuerza. En la muñeca izquierda tenía unas manillas verdes y azules y en la mano cargaba la maleta negra, que nos dijo era su hogar.

El río acompañó mi soledad

Empezó a vivir en esa cueva porque Patricia, que residía en la otra orilla con su compañero, se había apoderado del espacio. Sin embargo al morir él, se sintió sola y trastornada. Solo la acompañaban los susurros del río. Por esa calamidad y la recomendación de un amigo en común, le dio permiso a Wilfred para habitar el otro lado del río y le regaló unos plásticos para que armara su cambuche. Era su refugio, ahí descansaba muy bueno y el ruido del agua lo arrullaba para dormir. A veces, en la soledad del día se inspiraba, le cantaba y le hablaba. Por momentos sentía como si el río le hablara de sus nostalgias y dolores. “El río compartió su piel conmigo, nos habíamos hermanado”, dijo.La soledad del día

La soledad fue su mundo. Habla poco y observa mucho. Todos los días se levantató con ganas de ser feliz y se sentía libre como el viento. La soledad es un juego cruel que tiene vida, a veces sentía una angustia terrible, entonces miraba el firmamento buscando un dios en quien confiar. Su rutina de trabajo empezaba a las 7 de la mañana, se bañaba con agua del río, cuidaba carros y lustraba zapatos. Aprendió el oficio en un internado del Municipio de Medellín. “Me iba bien, le traía la comelona a Patricia, nos volvimos como hermanos”.

Cuenta que cuando llovía mucho, dormía con un ojo abierto, el otro medio cerrado y el oído atento porque el río rugía. Muchas veces vio cómo el agua se creció llevándose sus pertenencias y dejando solo el arenero.

El río serpenteaba desde el sur, se desbordó una noche, parecía un manto café con chamizos, rayando las paredes de la cueva. Se puso alerta, se agarró como pudo para no caer, temía que se lo llevara el río. Se sentía con el agua al cuello, el crudo invierno no le daba tregua, se refugiaba en un rinconcito esperando que escampara y que bajara la corriente. Rezaba lo que se sabía y con los ojos cerrados le pedía a la vida que le diera otra oportunidad.

Al río lo matamos los humanos

Recuerda que la luz del sol se diluía en las aguas del río que bajaba manchado cuando las tintorerías descargaban sus aguas residuales que lo contaminaban. Era el preámbulo de la destrucción. “Ahora el río nos va a matar a nosotros, se nos vendrá encima si no lo cuidamos.” Lo miré con pesar, Wilfred quería decir muchas cosas, necesitaba que oyéramos su llamado. El agua del río no se puede tomar y uno se baña ahí por la última, pero no es conveniente. Yo lo hago, pero antes soy muy de buenas que no se me haya caído el pelo y otras cosas”. Y remató con un augurio inesperado: “Pero se puede recuperar”.

Recuerda que una vez se enfermó de apendicitis, con ese dolor tan fuerte se le hacía difícil entrar y salir del río. Estaba exhausto, lo hospitalizaron y lo operaron. Salió tan débil que no tenía fuerzas para regresar. Desterrado y acongojado salió a buscar otro lugar para vivir, guarda discretamente palabras de agradecimiento al río que lo había acogido durante 10 años. Ahora se siente como un fantasma en medio de una sociedad indiferente. Dice que la ciudad es ruido, caos, un nudo de orfandad, mientras que el río es un vientre donde se acuna la vida. Adaptarse a la calle fue difícil.

La maleta negra

Ese domingo, mientras hablábamos, se mantuvo de pie con el trapo de cuadros apretado entre una mano. Yo miraba la maleta negra que estaba a su lado. Le pregunté que tenía en ella. Tosió, la alzó, la echó hacia adelante, la puso en el piso, mientras los pitos de los carros, el zureo de las palomas y las hojas cayendo de los árboles como fondo, contestó “En ella está lo que más quiero, mis recuerdos y lo necesario para mi vida”.

El cielo brillaba. Empezó a poner en el cemento: dos libros, un par de zapatos negros de cuero ajados, la ropa y una cobija de color indefinido, “sin ésta, me siento desprotegido. Es la única que me abraza, entibia mi existencia y me ayuda a sobrellevar los días iguales, sin resentimiento”.

El río le enseñó que para vivir era necesario bracear ante las arremetidas de su bravura. Mientras sus palabras se desvanecían ahogadas en medio de un mundo ajeno para él, yo lo veía naufragar en los recuerdos como si fuera un barco varado sobre la playa. Nadie sabe, ni le importa sobre las aguas de qué río va flotando, sometido a los vientos y a las mareas de una ciudad incierta.

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Perfil

Fui bautizado con el nombre de Wilfred Ospina Isaza en la pila bautismal de la iglesia de San Nicolás de Aranjuez. Tengo 59 años de edad cumplidos. Creo que sin hijos, oriundo de Medellín.
Soy blanco, cabello corto, ojos azules. Me llaman “El alemán”. Vivo en la tercera banca del parque de Guayabal, a mano derecha, diagonal a la iglesia de Cristo Rey, desde el 2004 cuando abandoné el río Ayurá.

DATOS PERSONALES
Residencia: Maleta negra
Correo electrónico: noaguantomas@hotmail.com
Estudios: Universidad de la vida, sin tesis de grado, con práctica en mantenimiento de calzado.
Deportes: Safaris acuáticos, festivo contacto con el agua.
Amuleto de la buena suerte: escapulario verde de la Milagrosa
Celular: Sin Tigo

REFERENCIAS PERSONALES
Párroco: José Pedro Betancur
Compañera del río: Patricia Paniagua
Agente de Policía: Robinson Guerra

REFERENCIAS FAMILIARES
Sin vínculos de sangre.

DESTINO
Solitario y silencioso mientras el sol se quema en la montaña.
Respetuoso con la sociedad que me mira de reojo, con temor.

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