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Archive for 26 noviembre 2014

Magangué para jóvenes

Nueva colección (Diseño Saúl Álvarez Lara)

Nueva colección (Diseño Saúl Álvarez Lara)

Existen pueblos que a lo largo de su historia son atravesados por personajes y situaciones que los tiemplan en lugar de aniquilarlos. En las adversidades se agigantan y convierten las vicisitudes en fuerza. Magangué es uno de ellos. De la tenebrosa noche en que vivía ha ido saliendo a una luz propia que lo enaltece. Bañado por innumerables ciénagas y ríos, entre ellos el Magdalena, el río de nuestra nacionalidad, este puerto ha sido espejo y testigo de importantes gestas libertarias pasadas y presentes.
De esta configuración geográfica, económica, política y social brotan iniciativas culturales audaces e inteligentes que buscan preservar su identidad y proyectarla en los niños y jóvenes que son el tesoro del futuro. Tres autores, liderados por Antonio Botero Palacio, con el apoyo de varias personas, se han unido en una causa que debe llenarnos de júbilo: narrarle a las nuevas generaciones la historia de Magangué. Un fascinante viaje mental y espiritual, no para quedarse en la nostalgia de lo que fue, sino para que, a partir de ese pasado, se reconstruya una cultura hoy sitiada por todos los costados.
Implicar a los niños y jóvenes en el destino de un pueblo mediante un libro es propio de la lucidez. Entusiasma ver que la iniciativa proviene de personas mayores que han atesorado una larga e invaluable experiencia como historiadores, viajeros, gestores, docentes, escritores, en una ejemplar vivencia ciudadana, que durante varios años y sin el apoyo de ninguna entidad pública y privada, han desarrollado una revisión bibliográfica amplia, consultado fuentes directas, investigado hechos y rastreado personajes que imprimen autoridad a la obra.
Este libro es un viaje que se da el lujo de iniciar “con tres poemas que les harán vibrar los latidos más recónditos de su corazón, tal como nos estremeció en el pasado la navegación heroica de nuestros grandes hombres a través del majestuoso río Grande de la Magdalena”.
Para la Fundación Arte & Ciencia es motivo de orgullo presentar esta obra escrita con genuina devoción pedagógica. Será valiosa herramienta para educadores y padres de familia de Magangué, además de placentera lectura para los estudiantes.

Ángel Galeano Higua
Editor

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Presentación del libro: Viernes 28 de noviembre  6PM

Auditorio de la Cámara de Comercio de Magangué.

Entrada libre

 

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Aoketekete y otros relatos del río – 4

La Zenaida

Ángela María Salazar Álvarez

Ángela María Salazar

Ángela María Salazar

 

Pocos saben que la torcaza lleva el nombre de una princesa de la alta alcurnia europea: Zenaida. Nombre de reminiscencias mitológicas clásicas. Zenaida, la hija de Zeus, el dios supremo del Olimpo.

La Zenaida llega en bandadas a las orillas de la quebrada El Ahorcado, ubicada en la zona Nororiental del valle. Desciende desde lo alto de la quebrada hacia la desembocadura del río Aburrá. Juntas parecen nubes espesas que cubren de un color grisáceo toda la orilla, ocultando la tierra.

Quedé estupefacta ante el alboroto de esos millares de aves al levantar vuelo. Era un ruido semejante al del trueno. Descubrí que sólo quedaba una en el piso. ¡Qué hermoso animal!, siete u ocho plumitas escamadas del mismo color formaban un pincel en sus oídos. Las patas eran fuertes y rojizas, su cola larga de plumaje blanco pendía hasta tocar el suelo, su cabeza pequeña de tono celeste y su ligera tonalidad dorada en el pecho. Lo identifiqué como un macho pues las hembras son de un solo color y más pequeñas. Observé que le faltaba un ojo. Al momento desapareció de mi vista alzando vuelo hacia el nacimiento de la quebrada. El viento silbaba entre sus alas y la vi perderse en el ocaso.

Decidí seguirla, al llegar al nacimiento la encontré. Estaba en una rama de la acacia cuyas flores caían en cascada, era inconfundible. Intenté acercarme a la Zenaida, fueron casi seis meses para lograr mantenerme a su lado sin que ella se alejara. Un día trepé al tronco de la acacia y era tanto el cansancio que me quedé dormida. Su voz tenue susurró en mis oídos y como un torrente, inició su historia:La Zenaida

“El diluvio duró cuarenta días sobre la tierra. Crecieron las aguas y levantaron el arca que navegó junto con aves, ganado, animales y todo ser viviente inclusive el hombre. Todo cuanto respiraba, todo cuanto existía en tierra firme, murió.

Es lo que nos espera, hace más de 40 años era un sitio lleno de naturaleza, rodeado de bosques nativos compuestos por ceibas, laureles, búcaros y tulipanes que entre sus ramas albergaban aves y animales como iguanas, serpientes, zorros, nutrias y babillas. Vivíamos felices, la quebrada arrastraba en sus aguas enormes sabaletas, bocachicos y doncellas que al llegar a la desembocadura y encontrarse con el río Aburrá eran atrapadas por muchos pescadores.

Ahora un gran peligro nos acecha, el aumento de los pobladores. Las quebradas empezaron a estorbarles, había que canalizar y tapar la quebrada. En 1970 decidieron encauzarla desde el sector de Palos Verdes en el barrio Manrique hasta la Universidad de Antioquia. Trajeron maquinaria, personas expertas para construir un túnel, semejante a un ataúd, una bóveda reforzada con barras de acero y marcos metálicos. El olor a muerte se apoderó de todo, el desastre fue total, miles de peces murieron, los cedros caían y de sus ramas brotaba la savia, sustancia pegajosa a la cual se adherían las aves sin poder escapar de una muerte lenta. Y de la nutria, ni hablar, buscó salida a otro río.

Mis ancestros lo intentaron todo, atestaban las orillas de la quebrada protestando con sus Kghu…ghuu…ghuuuh. Pero la dura indiferencia del hombre empeñado en usar cada vez más cemento hizo que el llamado fuera inútil. Muchos de los nuestros murieron, otros tantos emigraron, hoy solo contamos con algunas especies de aves alrededor del río, que día a día luchan por sobrevivir, y yo me uno a ellas“.

Anochecía. Sobresaltada abrí los ojos. Mis brazos habían sido víctima de los zancudos. Las imágenes pasaban y no entendía qué había sucedido. La Zenaida no estaba a mi lado, me bajé de la rama, corrí, y a unos metros la encontré tendida en el piso con un perdigón en el pecho. Dos chicos corrían por entre los matorrales, huían al percatarse de mi presencia. La tomé entre   mis manos, su cuerpo aún estaba tibio pero intuía que había muerto. Lloré y lloré como si fuera parte mía, como el día en que cargué a mi madre antes de entregarla al horno crematorio.

 

Perfil

Mi nombre completo es Zenaida Auriculata y algunos me llaman Orejuda. Ese apodo no me gusta porque en realidad mis orejas son casi invisibles, aunque escucho muy bien. Vivo en Medellín pero no tengo residencia permanente. Me ha tocado construir mi hogar hasta en un poste de energía eléctrica porque cada vez hay menos árboles. Todos los días viajo por la ciudad buscando alimento, y eso sí, he aprendido a “pillarme” las migajas que dejan caer al suelo los demás habitantes de esta villa. He sido víctima de persecuciones y acoso y tal vez por eso he logrado una gran capacidad de adaptación, aunque temo que un día eso será insuficiente para sobrevivir. Tuve a mis dos pichones a quienes cuidé hasta que tuvieron edad para independizarse. Y sí que me costó, porque no querían abandonar el nido, pero a punta de picotazos los obligué a hacerse cargo de su destino. He volado mucho y creo que me veo algo deslucida, pero eso sí, aún muestro orgullosa el collar de plumas iridiscentes que me regaló la naturaleza. Hoy puedo continuar mi vuelo hasta el rincón más lejano del orbe, hasta el ocaso de la mar.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

 

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Aoketekete y otros relatos del río – 3

Terrícola

Maga Ceballos Aguilar

 

“A Terrícola y a la mitad que persigue

sueños desafortunados, para la

mitad que no es como ellos”

Maga Ceballos

Maga Ceballos

 

Cuando decidió viajar, lo primero que hizo fue guardar sus recuerdos en una bolsa de papel color humo, con cogederas en semicírculo y con un letrero grande de Manteca Gravetal. Pensó: “Aquí quedan aprisionados los momentos que no quiero que me sigan marcando el destino” y echó a andar, ligero, seguro y optimista, con la confianza que da lo desconocido cuando se es apenas un adolescente, con poco dinero en los bolsillos. Una pasión desmedida por vivir y un hambre de conocimiento fueron los motores que impulsaron su vida.

Todo era nuevo para sus ojos casi sin estrenar horizontes y la malicia sólo la fue adquiriendo con el pasar del tiempo, cuando intuyó que el mundo está habitado por infinidad de seres que actúan por impulsos, por pasiones o necesidades. Con muchos seres de estos se encontró y de ellos aprendió y desaprendió para poder  “torear” la vida. Se hizo maestro en el desquite, en la astucia y el coraje.

Una tarde en que caminaba desprevenida y sin afán, me topé con “Terrícola”, me sacó de mis cavilaciones y me aterrizó.

Su cabeza estaba cubierta con la mitad de un gran mapamundi que le servía de protector solar, en su mano izquierda tenía un ejemplar de Las mil y una Noches y un Diccionario Español–Inglés, Inglés–Español. Me saludó amable con un acento paisa americanizado que me sorprendió.

— Mother, good afternoon, ¿Where are you going slowly? (Madre, buenas tardes, ¿para dónde va sin prisa?)

Lo miré y le sonreí: — Me gusta caminar lento y ver el paso apresurado de los jóvenes persiguiendo sueños.

— Yo también fui joven— me dijo—. Y tuve muchos sueños, ya los cumplí y por eso camino sin afán.

— Eso mismo pienso yo.

— ¿Me permite que me le presente? Mi nombre es Terrícola. Hablo inglés y español y a las mujeres les digo piropos en francés y veo que les gusta. Tal vez en eso fue que fallé, si hubiera hablado el francés seguro hoy sería un gran señor, con una mujercita enamorada que me llevara mis caprichos. Y soltó una fuerte carcajada.

Es raro pero me gusta, me gusta su desparpajo, quisiera saber su relación con los libros. Nadie me espera y no espero a nadie, quiero meterme en su mundo

— Terrícola, ¿ese es tu nombre de pila o te lo inventaste?

— ¿Me lo inventé? No, qué va. ¿No soy pues un habitante de la tierra?, y usted Mother, ¿no es otro habitante también?, y ese señor que va por la acera de enfrente, también. Sería más correcto numerarlos Terrícola 1, Terrícola 2, Terrícola 3 y así, hasta completar los 8.000 y más millones que la poblamos y no hay problema en nombrarlos, porque los números son infinitos.

— Terrícola y ¿qué hacés? — ¡Vivo! ¿Le parece poco?; ese ya es un riesgo más grande que cualquier otra empresa. Vivo; vivo, porque los terrícolas del 2 en adelante viven muertos: muertos de trabajar, muertos de miedo, muertos de estrés, muertos de amores, muertos… y se quedó pensando. — Bueno, muertos de amores, hasta sería bueno un mundo donde nos muriéramos de amor, pero qué va, el amor ya es lo que me convenga pero que no me quite nada y así quién quiere que lo quieran; mejor estar enterito sin que me quiten ni me pongan.Terrícola

Es filósofo; qué bien me sienta una clase de filosofía para poder entender este movimiento sin sentido de los terrícolas del 2 al infinito.

— Bueno, y ¿qué has conocido?

— Conocido y vivido la fragilidad de los terrícolas. Cómo le parece Mother que recién desempacado al mundo, digo mundo porque lo anterior a eso era un cascarón, parecido a la bolsa de Manteca Gravetal que no me dejaba ver nada, sólo imaginar;  cuando rompí la bolsa unos terrícolas me invitaron a ver el mundo desde arriba y me juraron que después de eso no sería el mismo y sí, qué va, nunca volví a ser el mismo. Volé sin alas, pero volé por lo alto; me acomodaron en la fuente donde está la escultura a La Vida, me hicieron una descarga de agua como la de la represa que surte a la ciudad y “a volar Terrícola”, para que vea de verdad el mundo; desde ese día dejé de ser el que era. Me partí cinco costillas, la tibia y la clavícula, la rodilla me quedó frenada y los dientes se fueron sin decir ni pío.

— Si quiere Mother la invito a volar otra vez y le canto “vení, volá, sentí”, como me cantó a mí Susana Rinaldi al oído y me convenció; no me acuerdo si la canción se llama “A un semejante” o “El loco”, que al final es lo mismo. Por dentro fui otro para siempre, un terrícola espacial, un terrícola terrenal y un terrícola subterrenal, pero lo mejor my dear Mother (mi querida madre) es que me enamoré del agua. Al zambullirme en ese universo líquido que me permitió fluir, ser liviano, libre, fui un terrícola dueño de mí. Mi mundo es mío y no lo cambio: leo, observo, vivo.

— ¿Y dónde vivís?

— Aquí, en el mundo subterrenal, acompañado del sonido del agua, a veces tranquila, otras veces furiosa, pero que siempre me acoge. Algunas veces salgo de mi refugio, que no lo compré, porque las quebradas ni se compran ni se venden, son de todos y como yo soy una parte del todo, tengo mi pedacito.

— ¿Y qué hiciste la otra mitad del mundo?

— ¿Cuál otra mitad? Mother, la otra mitad no existe, porque una mitad de los terrícolas piensan que los que son como yo están locos y los terrícolas como yo pensamos que los locos son ellos, así que yo saqué la conclusión de que el mundo no es redondo, es como la mitad de una naranja, por eso mi sombrero es el mundo, el que es, porque medio mundo es el que vive, los otros no.

Muchas otras veces lo encontré, me miró y lo miré y al final se dejó llevar de la corriente de la vida y de la quebrada La Picacha que fue su morada, después de dejar enterrados sus recuerdos en su lugar de origen y en el fondo de su último refugio, la quebrada, que una noche enfurecida barrió con todo a su paso y se llevó a Terrícola con su sabiduría y su mundo interior, que le permitieron vivir la vida.

 

 

Perfil

 

Mi nombre: Argemiro Cifuentes, así, sin más adornos.

Edad: 51 años.

Padres: madre trabajadora y padre casi un desconocido, en la casa sólo se vio algunas veces cuando los guayabos no le permitían emprender la huída, después de dejar una retahíla de muchachitos por ahí tirados, como trastes viejos.

Estudios: primaria en el plantel principal del pueblo.

Superiores: Cursos de inglés y la escuela de la vida

Logros: Becas, algunas merecidas, otras otorgadas por la situación económica de la familia.

Señales particulares: Chico apuesto de baja estatura, “completico de dientes”.

Señales Interiores: tantas que las dejó guardadas para siempre en ese lugar al que nunca retornó.

Proyecto de vida: conocer el mundo hasta sus últimas consecuencias.

Domicilios: habitación donde una familiar cercana. Pensión de estudiantes, conseguida mediante una mención de honor a sus logros como estudiante de inglés. Habitación compartida con dos estudiantes. Hotel El turista en la carrera Carabobo. Pensión para habitantes de la calle con 35 compañeros. Calles de la ciudad día y noche. Última vivienda: los bajos del puente de la calle 65, por donde corre la quebrada La Picacha.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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