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Archive for 28 octubre 2014

Aoketekete y otros relatos del río – 3

Tatuajes en el agua

Álvaro Jiménez Guzmán

 

Álvaro Jiménez Guzmán

Álvaro Jiménez Guzmán

Mire, Tío, esa franja roja. Está cerca pero la veo como si se aproximara a este barranco… ¡Cerca, muy cerca, como si viniera hacia nosotros!

— Ya la veo, Sobrino… ¡Mira cómo avanza!… Parece una alfombra con ondulaciones. Si observas bien el horizonte verás cómo ese manto copa el cauce. ¡Otra vez la maldita mancha roja!

— No es mancha, Tío, es una luz extraña que se extiende produciendo un manchón aparente. ¿No ve que la franja se amplía cuando el sol aparece?

— ¿De dónde puede provenir tu supuesta franja luminosa? No hay un faro cercano. Ni ningún dispositivo que la pueda proyectar. El sol lo acuchilla por todas partes pero no hace milagros. Al Aburrá no lo cobija la luz de la esperanza. Siempre lo persigue la oscuridad de los inviernos.

— ¿Por qué tan lúgubre, Tío? Mire, su brillantez burbujeante. ¿Serán peces rojos que ya aloja en su vientre?

— ¡Imposible Sobrino! Al río lo están limpiando, pero también lo siguen ensuciando. Demorará décadas para que albergue vida en su cauce. ¡Ojo a esa turbulencia roja! Parece sangre que emana de una herida profunda. Se repite la misma locura de hace varios años.

— ¿Cuál locura, Tío?

—  Una muchedumbre se agolpó asustada porque creyó que un mar rojo se había vaciado en el Aburrá. Malos presagios corrieron de sur a norte.

—  Parece usted leyendo la página roja de un periódico. Cada vez me convenzo más de que es un reflejo luminoso nunca visto. ¿Se pulveriza en el aire? No puede ser sangre. Se levanta ondulante, pero no como una alfombra, sino como una lámina que juguetea con el viento. ¿Será un rojo para los alumbrados de diciembre?

—  Sí, aunque no lo creas, fue la página roja de los periódicos de la ciudad por varios meses. Denunciaron que fue colorante para alimentos lo que lo tiñó de rojo. Originó una gran movilización con el lema “No más manchas en el río Aburrá”. Afectó tanto el paisaje que los manifestantes enarbolaron toda clase de consignas contra sus verdugos.

— ¿Qué sucedió entonces Tío?

Se nos llenó la taza: en febrero de ese año, a la altura del municipio de Caldas, el agua de su corriente se tiñó con una sustancia blancuzca; el mismo día, con diferencia de horas, lo abrumó una mancha azul aguamarina que cayó primero a la quebrada La Guayabala, un afluente; cuatro meses después, la quebrada La García recibió descargas de aguas residuales de color azul índigo intenso, a la altura del municipio de Bello, que luego se desplazaron por el Aburrá; al mes siguiente, lo cubrió, a la altura del municipio de La Estrella, un derrame color naranja, y luego una mancha roja que no se supo de donde salió.

—  ¿Dices Sobrino que tal vez sea un rojo para el alumbrado de diciembre?

—  Sí, Tío. Es lo que se acostumbra en  Navidad: colorearlo todo para que llueva luciérnagas por la noche.

—  No te ilusiones con semejante maravilla porque vas a terminar diciendo que lo van a convertir en el caño Cristales del Valle de Aburrá, con todos los colorantes que le han vaciado. Este mapa multicolor que a veces tiene es una huella de la actividad humana.

— ¿Caño Cristales?… No lo había oído nombrar.

— Sí, pertenece a la región del Meta, y queda en la Serranía de la Macarena, rodeado de exuberante vegetación. Parece salido del paraíso terrenal. Sus cinco colores: rojo, verde, amarillo, azul y negro, alcanzan su máxima tonalidad en invierno. ¡No hay punto de comparación con nuestro ceniciento Río, que vaga siempre andrajoso, enrojecido ahora por falta de conciencia de seres humanos!

— Desconocía, Tío, esa historia de la página roja. ¿Se manifestó mucha gente?

— Grandes pancartas, banderas multicolores, cortejos de flores en manos femeninas y mensajes contra el vertimiento de colorantes químicos a su corriente, marcharon por sus escuálidas riberas. Decían, entre otras cosas, que no lo querían ver nunca más manchado, que es nuestro patrimonio y de quienes vienen atrás. Enterramos en un gran tramo de ambas riberas muchas cruces de madera para simbolizar un gran funeral por el Aburrá.

— ¿Por qué lo maltratan así y cómo evitarlo? … No bastan las protestas. Si en mi colegio cada vez que protestamos por algo que nos perjudica, es más el tiempo que perdemos que lo que conseguimos, ¿qué se podrá esperar de un Río que no parece ser de nadie?

— Ya te decía que por falta de conciencia, porque prima el interés económico sobre el derecho de los ciudadanos a disfrutarlo saludable. ¡Debemos cuidarlo! Cuando yo era Vigía Ambiental manteníamos limpias las quebradas para que no se asfixiara. Es necesario educar a los ciudadanos desde niños. Me dolía cuando, después de limpiarlas, encontrábamos otra vez en ellas pañales y hasta muebles.

— ¿Vigía Ambiental, Tío?

— Sí, un programa para el mantenimiento y cuidado del Aburrá y sus afluentes que instauró la alcaldía de Omar Flórez Vélez, en 1992,  a través del Instituto “Mi Río”, que duró hasta el 2002, cuando el alcalde Luis Pérez Gutiérrez lo cerró.

— Y, ¿por qué?Tatuajes en el agua

— Dicen que lo acabó por politiquería. Los vigías nos habíamos convertido en el alma del Aburrá. Lo más importante de este instituto fue que evitó inundaciones por desbordamiento de quebradas, que eran frecuentes en Medellín. Además, generó mucho empleo porque, como no  puede entrar maquinaria a las quebradas por estrechas, el trabajo tenía que ser manual. Fueron muchos los combos que dejaron las armas para limpiar quebradas y sembrar árboles. Sin mentirte, Sobrino, diariamente trabajaban más de cinco mil contratistas en los afluentes.

— Tío, y ¿cómo hizo para ser Vigía Ambiental?

— Como me capacité en el SENA en Tecnología Ambiental, me presenté al PARCE (Programa de Aseo, Recuperación de Cuencas y Empleo), sin ninguna intriga política, y me asignaron al equipo específico de educación, vigilancia y gestión ambiental. Le daba vida a esta cuenca y a los desempleados, con “parceros” de las cárceles y muchachos de colegios limpiando y reforestando sus riberas. Se generaron más de treinta mil empleos en aquella oportunidad.

— Tío, ¿y en esa época no había manchas como ahora?

— Fue cuando me di cuenta por primera vez de las manchas que también lo asfixian. Desde mucho antes existían, pero las autoridades ambientales de entonces no tenían los “dientes” suficientes para perseguir y sancionar a los infractores, como ocurre hoy. Sin embargo, cunde la burla y escamotean la ley. La prueba la encontramos en esta mancha roja que ahora viaja delante de nosotros.

— ¿Te convenciste de que es una mancha y no un simple lamparón de luz?

— Así es Tío: una gran mancha roja sobre su corriente terrosa.

— Por eso el Aburrá ya no fluye como antes. Viaja pesado, como si lo impulsara el viento, silencioso, marchitando todo lo que encuentra. Hay tramos sedientos que destilan desolación y escasez. Si quieres escucharlo alerta tu oído cuando la ciudad duerme. El agua de su corriente triste parece gritar su desgracia.

— Sí Tío, ha sido ignorado. Un buen comportamiento ciudadano es lo que se necesita.

— De los ciudadanos y de las instituciones. Los líquidos que resultan de la descomposición de las basuras, los lixiviados, con seguridad acompañan también a esa maldita mancha roja que ha ensangrentado el agua, porque siempre se han vertido en él.

— Tío, y ¿cómo sigue sabiendo de lo que le sucede, si ya no es Vigía Ambiental?

— Me hice miembro del “Club de Amigos del Río”. Aquí me enteré de que la red hídrica de la ciudad la componen casi 4.200 quebradas, de las cuales solo llegan 56 al Aburrá. Aprendimos que las quebradas son muy importantes porque sin ellas no hay río.

— Tío, y ¿qué dice usted del derrumbe en sus orillas en enero pasado, que obligó a suspender el servicio de transporte del Tren Metropolitano desde Envigado hasta La Estrella?

— Sí, alrededor de cien mil usuarios se perjudicaron por diez días. Desde principios del siglo pasado vienen trabajando en la rectificación de su cauce. Mi abuelo Jorge me comentó alguna vez que la Sociedad de Mejoras Publicas de la época, para justificar su encajonamiento, el Aburrá dizque decía: “Me abren paso o sigo por mi cuenca”. Y le abrieron paso por que era necesaria “la cuelga del río”. Tomás Carrasquilla le dijo al Aburrá, hace casi cien años: “Has perdido tus movimientos, como el montañero que se mete en horma, con zapatos, cuello tieso y corbatín trincante”.

— Y, ¿por qué solo ahora revienta esa horma?

— Por el peso cotidiano del Metro. Transporta, cruzando sus riberas, cientos de miles de personas. Lo rectificaron pero no le han hecho mantenimiento. Mi abuelo Jorge, quien supo mucho de los intríngulis del río porque trabajó en él, me decía que, al ser meándrico y al haberlo canalizado ignorando completamente su trazado inicial, hoy adquiere mucha energía, velocidad y capacidad de arrastre y profundidad y por tanto socava sus orillas.

— Pero Tío, ¿antes del Metro no había derrumbes?

— Sí los hubo, pero no con la magnitud del daño de hoy. Te digo más, haciendo memoria, leí sobre el origen y progreso de Medellín, que con mera arborización y vegetación natural, sin muros ni placas de concreto, rarísima vez hacían daños en sus orillas, manteniéndolo en su cauce.

— Entonces, Tío, es como si hoy estuviera reclamando su recorrido original.

— Exactamente, Sobrino. Inteligente conclusión.

— ¡Tío!…Mire esa muchedumbre corriendo por donde siempre pasa el Tren Metropolitano.

— Sí, es una inmensa mancha humana…  Una escena abarrotada, caótica… Marcha hacia acá por el viaducto desde el sur, como si al Metro lo hubieran suspendido otra vez… La gente avanza enfurecida. ¡Oye!… ¡Vociferan consignas!…

— ¿Será otro derrumbe?… ¡Vámonos de aquí Tío antes de que nos aplaste esa locomotora humana!

 

 

Perfil

El Tío nació en la “capital de la montaña” y vivió con su abuelo Jorge en un barrio próximo al río. Conoció bien el recorrido de su cauce cuando fue su compañía en andanzas por sus riberas, y luego como su Vigía Ambiental, en cuya disciplina se preparó para fluir como el agua. Le tiene afecto al Aburrá desde que su abuelo le contaba de su participación en arborizar sus orillas y poblarla de pájaros, o en ponerle la horma de la que hablaba Tomás Carrasquilla. El Tío se la jugó para vivir cerca y servirle a su río. Conoce su historia, y se ha compenetrado con el espíritu de su corriente, desde su nacimiento, en el Alto de San Miguel, hasta su desembocadura en el río Cauca. Hoy es miembro activo del “Club de amigos del río” después de la derrota del Instituto que lo protegía, donde no hubo posibilidad de  ninguna guerra sino una gris decisión burocrática. Desde allí promueve su defensa para honrar también la memoria de su abuelo. El Tío percibe en su horizonte que el agua cuando está limpia, calmada y en paz, puede reflejar la belleza del mundo; pero cuando está sucia y agitada, puede tener el paraíso enfrente y no lo refleja.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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Aoketekete y otros relatos del río 2

Colonizar despojos

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda

Nubia Amparo Mesa Granda

El hombre soporta en sus hombros el frágil cuerpo del niño para atravesar el río. Vadean desde la orilla occidental a la altura del barrio La Candelaria hasta el costado oriental, para caminar luego hacia el sector de Moravia. Salieron de la casa a las 11 y 30 de la mañana luego de que Francisco, o Solín, como se hace llamar durante el recorrido, regresara de la escuela. Sus piernas flacuchas cuelgan sobre el pecho del tío que para él es Kalimán, el hombre increíble, y con sus brazos cerrados alrededor del cuello le suplica que no lo vaya a soltar. Yenny, la hermana mayor, va pegada al bolsillo trasero del pantalón y así remontan la corriente y se salvan de un temido naufragio, sobre todo porque las aguas arrastran excrementos humanos que, si los alcanzaran, pondrían en riesgo su integridad. No importa si en la próxima aventura deban combatir peligros mayores como profanadores de un santuario de desechos.

Arriba, en la cima del morro, bajo el pegajoso calor del mediodía, un ejército de hombres y mujeres armados con palos y azadones se disputan alimentos descompuestos, cartones, envases de plástico y andrajos que depositan en sus costales. Francisco, entretanto,  con su innata curiosidad descubre los escondites de muñecas y carritos que llevará a sus hermanos menores. Se siente un superdotado capaz de enfrentar a cualquier enemigo. No le asustan las ratas a las que destierra a punta de piedras, y los gallinazos que escarban parecen sus aliados para hallar el tesoro escondido. Pero esos carroñeros también le enseñarían a ver la atrocidad. Ese día lo recordará siempre. Con el azadón tentó algo de consistencia dura. Podría tratarse de una valiosa pieza traída desde la siderúrgica, pero al abrir el costal los restos de una pierna humana se izaron ante sus ojos dejándolo sin aliento. Quizás estaba viviendo uno de los episodios de Kalimán enfrentado a los profanadores de tumbas.

Han pasado más de treinta años. Francisco Javier Ramírez sigue ligado al morro de Moravia al que rinde homenaje como si fuera una montaña sagrada que le ha permitido sobrevivir en medio de los avatares de una vida signada por la escasez material pero no espiritual. Podría decirse que su consigna la copió del personaje de la serie radial que escuchaba en las tardes: “Siempre hay un camino cuando se usa la inteligencia, mi querido Solín”. Eso es lo que ha practicado en su medio siglo de existencia. Pero escuchándolo hablar de su madre Petrona, uno puede deducir que ella ha sido la maestra. Francisco la recuerda caminando erguida por la trocha que la conducía a la quebrada La Maruchenga, en los límites con el municipio de Bello, con una toalla enrollada en su cabeza como soporte para una ponchera atestada de ropa. Algunas veces armaba paseo con la tropa de siete hijos. Ese día, mientras la madre lavaba, los niños se bañaban en los charcos, elevaban cometas y preparaban el sancocho en fogón de leña. Y por la tarde regresaban con la ropa seca y la ilusión de volver a ser elfos danzantes sobre la suave hierba que rodeaba la quebrada.

Francisco continuó sus recorridos diarios hacia la montaña de basura hasta cuando su madre compró un lote en los alrededores del morro. Era la época en que los vendedores piratas hacían de las suyas loteando unos terrenos que no les pertenecían, pero Petrona no lo sabía e invirtió en él los pocos ahorros que tenía. En ese lugar cenagoso donde crecían tomateras y cañaduzales cerca de La quebrada La Bermejala, levantaron su casa aprovechando materiales de playa extraídos del río. Francisco era ya un muchacho fuerte que ayudaba a su madre en la construcción.

El muladar seguía siendo su fuente de supervivencia y nuevas experiencias acrecentaban en él su voracidad de aprendizaje. Había dejado de ir al colegio Fe y Alegría donde cursó hasta el grado octavo y se dejó hechizar por las pecas de Beatriz quien sería su esposa por veinticuatro años y la madre de sus tres hijos. Él tenía 17 años y ella 14 pero el embrujo que los envolvía hizo que se fueran a vivir juntos, primero en la casa de su madre y luego en su propia vivienda. En el empeño por sustentar a su familia fue afinando sus conocimientos de albañilería, electricidad y plomería. También templaba su carácter a punta de enfrentar las amenazas que se cernían sobre su ínfimo territorio. En épocas de invierno el agua que escurría por las laderas del cerro rebosaba la quebrada y esta no encontraba alojo en el río también crecido. Entonces irrumpía sin misericordia en calles y casas y arrastraba sus pocas pertenencias, incluidos los bonos de ayuda mutua que les entregó la administración municipal como una estrategia para legalizar la tenencia de los predios. Pero Francisco con su esencia guerrera derrotaba de nuevo las desgracias. Con paciencia limpiaba lo poco que les había quedado y construía diques para mermar el riesgo de las próximas inundaciones.Colonizar despojos

Es viernes. Su sonrisa chispeante ondea en una tarde soleada de agosto. Desde la cima de ese cerro, que se erigió con cargamentos de basura arrojados durante casi una década, muestra orgulloso los senderos que ha construido y describe el sistema de riego que diseñó para subir el agua desde la cancha y regar novios, girasoles y barquillo morado. Las flores crecen ahora en jardineras ubicadas donde antes se levantaban dos millares de viviendas apretujadas en ese terreno inestable que, ante un temblor de tierra o un fuerte invierno, podrían venirse abajo. En una de esas casas vivió Francisco hasta hace tres años cuando se inició el proceso de desalojo por parte de la Alcaldía de Medellín para dar paso a un proyecto de recuperación social y ambiental.

Ahora su casa ha sido demolida y aunque él reconoce que estaba en zona de riesgo, siente que con ella se fue parte de su historia. Su mayor orgullo es haberla construido con sus manos. Limpiar el lote, hacer las brechas, levantar las paredes, ampliarla para que sus hijos durmieran más cómodos. Hacer un préstamo aquí y otro allí. Construir en jornadas extendidas después de regresar del trabajo como asociado de la cooperativa Recuperar que se constituyó cuando fue clausurado el botadero de basura. Ahora solo tiene unos papeles firmados y su nombre está en una lista de espera para aspirar a una vivienda entregada por los entes públicos. El sentimiento de incertidumbre lo acompaña, pero no lo inmoviliza. Como habitante del barrio Moravia se ha vinculado al proyecto de Jardines Comunitarios, una de las estrategias del Proyecto de Recuperación Urbana y Ambiental del Morro que incluye entre sus objetivos el cuidado de las cuencas hidrográficas urbanas. Allí se desempeña como “todero”. Con sus manos callosas inspecciona el terreno y hace sus propios diagnósticos sobre la renovación que experimentará la zona.

Hoy se ha puesto la camiseta amarilla de la selección colombiana de fútbol. Terminó su jornada a las tres de la tarde y fue a la casa de su madre Petrona, con quien vive después de que se separara de Beatriz. Se acicala y regresa al cerro donde habrá una celebración con los demás compañeros de la comunidad que participan en el proyecto. Cuando llega lo reciben con alharaca, en especial las mujeres que se disputan sus halagos. Y él sonríe, con esa sonrisa amplia y blanca que resplandece sobre su piel de cobre. Unos momentos después asciende su madre. Blusa blanca con lentejuelas, piel color chocolate, mirada pícara y alegría sosegada. Se sientan afuera del kiosco donde se cumplen las funciones administrativas. El aire les da en el rostro mientras observan la ciudad a sus pies. Hacia el occidente ven correr el río que ha atravesado su historia de aventuras y desventuras. Francisco señala dos árboles que superan la altura del edificio de la Terminal de Transportes. “Esos los sembré yo cuando trabajé allí”, y señala el horizonte. No son los cuarenta y cinco metros de altura de la colina los que lo elevan sobre la pobreza que aún circunda el cerro, es su “voluntad de lucha” y “una visión de grandeza” que lo han hecho crecer, como esos árboles que se yerguen altivos,  como las plantas florecidas que colonizaron el suelo del antiguo muladar y hoy exponen su cara al sol con devoción y alegría.

 

 

Perfil

Francisco Javier Ramírez tiene cincuenta años. Creció en el barrio Moravia de Medellín. Las basuras fueron durante muchos años su fuente de sustento. Al lado de ese vertedero construyó su casa que ha sido demolida para dar paso a la ejecución del plan parcial de mejoramiento integral del barrio. Mientras espera una solución habitacional, tal como se lo prometieron en el momento del desalojo, trabaja en el proyecto de Jardines Comunitarios, estrategia ambiental de recuperación del antiguo basurero. “Serrucho”, le dicen sus compañeros del proyecto, y con ese apelativo, que hace referencia a una canción de moda, resaltan la alegría que despliega en todo momento. Le gusta bailar y montar en bicicleta. “Aprender, siempre aprender”, ese es su lema.

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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Aoketekete y otros relatos del río 1

Detrás de la máscara

Marta Cecilia Cadavid Moreno

Marta Cecilia Cadavid

Marta Cecilia Cadavid

El sol arde sobre mi espalda y la mirada apenas resiste el resplandor del día. Camino por la Avenida Regional y me detengo a observar el entorno: a mi izquierda el río fluye lento, pesaroso; sus aguas, que nacen cristalinas en el Alto de San Miguel, corren ahora opacas y fangosas ante nuestra mirada indolente; el Tren Metropolitano se desplaza raudo paralelo al río, el metálico zumbido se incorpora al bullicio de la ciudad. Reverbera la canícula en el asfalto, caldea edificios y bodegas.

En busca de aire fresco, dirijo mis pasos a la zona central de la avenida, poblada de frondosos árboles que invitan a reposar bajo su sombra. Un viento fuerte veranero se cuela entre las ramas, desprende hojas ambarinas, se envuelve en remolinos de polvo levantando papelillos y basuras,  y rueda por mi rostro obligándome a cerrar los ojos y a girar la cabeza para protegerme.

Alcanzo a ver la antigua construcción en ladrillo del Puente de Guayaquil, cuyos arcos se han mantenido erguidos por más de un siglo; hacia el occidente, al otro lado del río, se levanta el Cerro Nutibara  como un turgente seno verde que nutre de oxígeno a la ciudad.

Mientras disfruto por unos instantes del sosiego que me produce la naturaleza, se acerca una figura encapuchada y mugrienta. Le sonrío no sé por qué, es un impulso que me surge desde muy adentro. Entonces, la sonrisa salta de mi boca a sus ojos y  lo saludo.

Ese rostro me mira fugaz como el vuelo de un colibrí, gira su cabeza al frente y adelanta un pie hacia la avenida.

— ¡Venga, no se vaya! ¿Qué tal si le doy una ‘liguita’ para que me escuche unos minutos? Aquí en la sombra, hasta tengo refrescos. Yo le cuento un poco de mi vida y a lo mejor usted quiera contarme algo suyo, ¿sí?

Una luz traviesa se cuela en su mirada y como un rayo láser escruta cada músculo de mi rostro. Observa en detalle la mochila, los lentes de sol que cuelgan del cuello de mi camiseta, los tenis… y luego, en un parpadeo, la mirada se vuelve suave, condescendiente; se inclina, con ambas manos toca su frente, los labios y el pecho, y se acomoda en la hierba.

¿Cómo se llama?

— Me dicen la Genia—murmura entre dientes una voz ronca a través de un rostro pavimentado contra cualquier emoción, que se asoma detrás de una capucha de color indefinido.

Sus inescrutables ojos castaños me miran a través de un velo ennochecido. Parece que se hubieran acorazado para protegerse. Cuántas imágenes de terror y muerte habrán acompañado su vida; cuántos caminos tenebrosos, rastrojos, cloacas inmundas habrán hollado sus pies.

—Pues yo escribo cuentos y alguno que otro poema; ¿le gustan las historias, Genia?  Tengo un cuento corto que escribí hace poco. ¿Se lo leo?

— No parce, yo soy malita pa’ escuchar lecturas, mejor cuénteme la historia. Yo todo lo tengo aquí — me dice señalando la cabeza con su índice.

¿No tiene mucho calor?  ¿Por qué se cubre con la capucha?

— Pa’ que no me pillen.

— ¿Quiénes?

— Ellos… Ellos me están buscando y no quiero que me pillen…

— ¿Y quiénes son Ellos?Detrás de la máscara

Por primera vez el rostro  rígido muestra dos arrugas verticales en medio de las cejas y la coraza en los ojos parece fracturarse. Pero eso solo dura un instante. La cara se afloja,  los labios se distienden, estira la mano y coge los zapatos que ha puesto a un lado. “La procesión va por dentro”, decían los viejos, aunque a veces se escuchan los gemidos— reflexioné mientras Genia me enseñaba dos zapatos empantanados:

— ¿Cómo le parecen estos tenis?  ¿Muy pasta, cierto? Están como pa’ un buen enganche. Los pillé en el “almacén” del Curro; hicimos un cruce: él me dio los pisos y yo le entregué “lo mío” ¿sí me entiende? —dice mientras la boca se le ensancha mostrando una hilera de dientes podridos y amarillentos.

— ¿Dónde vive?

— En todas partes y en ninguna. Mi parche ahora es el Puente Guayaquil. Está suave, aunque unos manes  me están echando  ojo pa’ la vacuna…

— ¿No se va a poner los tenis?

— No son pa’ mí, ¿no ve que son meros tenis? Son pa’l Chilo, que tiene los pies rajados y no puede andar sin pisos. Hay que colaborar, socia, el Chilo es buen parcero, desde que nos conocimos me dijo: “pa’ las que sean con usté Genia”. Él no se mete con nadie y cuando estoy ‘volada’ me agarra duro y me asienta.

— ¿Cómo así “volada”? 

Ah, es que yo hago mis “viajes”… 

— ¿Y esa flor? 

Está muy chimba, ¿no? Pues esa es pa’ acordarme de la Gisela. No ve que ella tenía el pelo mono de un amarillo como el de esta flor y así flaquita como el tallo. Entonces yo me imagino las hojas como sus bracitos. Los bracitos y las manos fue lo que alcancé a agarrar la noche en que ese ruido tan fuerte nos despertó a todos los que vivíamos cerca del río, pero cuando la sacamos, ya estaba fría. En esos días llovía sin parar y ahí fue cuando todo se vino abajo, la gente no sabía pa’ dónde pegar. Yo andaba en uno de mis “viajes largos” — dicen sus labios desérticos,  que ahora brillan con  lágrimas como gotas de aguacero.

— ¡Pero a mi niña la tengo aquí!— y se golpea el pecho con fuerza. Al observar esas manos grandes contraídas con furia, puedo sentir la impotencia de esta mujer ante la muerte de su hija. 

No ¡qué va!, yo no creo en nada ni en nadie. Ni siquiera en mí, porque si me descuido, sin soplarme ni un cacho, me ‘vuelo’ y luego, cuando aterrizo, la cosa es muy maluca. Aunque esos ‘viajes’ son bacanos, porque la tos se larga, el aire pasa relajado y pa’ donde pillo todo es a lo bien —dice con voz quebrada, seca.

Mientras habla, recoge del pasto pequeñas flores amarillas como granos de sol y las guarda en el bolsillo. Levanta uno de los brazos y con una mano grande y delgada que luce un hilo rojo en el dedo del corazón, se quita la capucha y deja ver un cabello castaño oscuro en ondas, apelmazado por la grasa.

Me detengo en ese rostro deslucido y avejentado. Aún me cuesta reconocer los rasgos femeninos; al parecer la máscara masculina ha prevalecido como resultado de asumir posiciones fuertes ante la vida. La mujer dulce y sensible está dormida, tal vez para siempre. Una cicatriz  como un hilo grueso recorre el lado derecho de su frente y continúa hacia el cráneo.

¿Qué le pasó en la frente? ¿Pensaba atravesar una pared? —le pregunto en tono de charla.

Ah, esta es la marca de un viaje con basuco —responde tocándose con los dedos. Es que los genios nos pillamos caminos raros y a veces los pies no sirven para caminar, sólo la cabeza.

— ¿Cómo es eso de los genios?

— ¿No ve que por eso me llaman la Genia? Cuando hago mis “viajes” recorro caminos que son de cabeza, al revés, ¿sí me entiende? Es que nosotros los ‘genios‘ pillamos todo al revés.

— ¿Y cuánto hace que está viviendo bajo los puentes?

— Hace mucho parce, ¿no ve que hasta se me olvidó ordeñar, sembrar y coger café? Eso fue cuando mataron a Julio. Yo era mera figura, tragaba entero, me lo creía todo; ni me imaginaba que la Giselita iba a estar dentro de mí. Ellos me lo sentenciaron: “coma callada”. Suerte que mi niña no vio las burlas de Ellos, tantos caminos rojos, los chulos, la miseria…

Mientras Genia abría sus heridas en el ardor de la memoria, su fuego revivía en mí antiguos dolores, invisibles presencias nunca muertas.

— ¿Que si sueño? Pues si me la paso en esas. ¿Acaso este no le parece un sueño muy gonorrea?

— Así es Genia, “la vida es un sueño”. Si no pensamos que existe otra realidad, nos quedamos sin esperanza.

— ¿Sabe qué parce? Yo creo que todo lo que me está pasando es un sueño. Que el Ronal no me va a joder más, que a los chulos los mató Rigo y no dejó ni uno, que el Chilo se va a quedar conmigo por siempre, que Giselita se salvó del derrumbe y que ‘Ellos’ no me van a pillar.

Lo que pasa es que este sueño ya está muy largo, demasiado largo…

****

Una figura encapuchada está de pie en el sardinel de la Avenida Regional con unos tenis en la mano, dispuesta a cruzar la vía.

Hace un ademán de bajarse y trato de evitarlo, pero es inútil; con la mirada fija en el frente, se lanza hacia su destino. Sólo ha dado unos cuantos pasos cuando el chillido de un frenazo alerta a todos los transeúntes: las llantas de una camioneta que viene a gran velocidad se continúan resbalando varios metros en el pavimento y la golpean. Corro hacia ella y en medio del estertor me alcanza a murmurar:

— Oiga parce, ¿No puede hablar con el ‘Jefe’ pa’ que nos despertemos todos de una vez?

 

 

Perfil

En algunos momentos de lucidez, dice llamarse Aurora y recuerda que nació en Andes, donde trabajaba en una hacienda cafetera. A veces habla de un marido que tuvo que se llamaba Julio, con el que estuvo casada algún tiempo.

Dice tener treinta y cinco años, pero su aspecto hace pensar en una mujer de cincuenta. Por breves instantes, brilla en sus ojos un destello de inteligencia y malicia. Es generosa y está convencida de que es un ‘genio’.

Una cicatriz profunda le cruza la frente y continúa hasta el cráneo. Tiene la tez blanca, los ojos y el cabello castaños, manos grandes y fuertes, rasgos bruscos, parece una máscara.

La guerrilla asesinó a su marido. Violada por los guerrilleros, tuvo una hija que llamó Gisela.

Aurora tuvo que huir de los violentos, y en su desplazamiento forzoso llegó a esta ciudad en total desamparo; no pudo conseguir trabajo. Conoció un grupo de marginados que vivían en una de las laderas de río Medellín y allá se instaló con su pequeña.

Una aterradora noche de hace más de diez años, la ladera izquierda del río donde muchos marginados habían construido endebles casucas, se desmoronó en un tramo de más de 4 kilómetros llevándose a su paso más de cien moradores y entre ellos a su pequeña de cinco años. Ella se salvó con la ayuda de El Chilo, gran amigo y compañero en esta nueva vida.

Desde entonces, Aurora va y viene por los caminos, debajo de los puentes de la ciudad, aferrándose a la locura de la droga para poder sobrevivir.

¡Ah, como detalle final, Aurora está convencida que esta vida es un sueño!

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Tomado del libro Aoketekete y otros relatos del río, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, al cual pertenece la autora. El libro fue editado por la Fundación Arte & Ciencia y recibió el premio Beca Vigías del Patrimonio Cultural de la Alcaldía de Medellín, 2014.

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El río sin agua

Luis Hernán Rincón Rincón

La casa cuyos muros se van cayendo
es casa todavía pero con dolor adentro.

La persona que se olvida de su espíritu
es como una casa cuyos muros se van cayendo,

es persona todavía pero vacía de veras.

Luis Hernán Rincón Rincón, poeta de Támesis (Antioquia)

Luis Hernán Rincón Rincón, poeta de Támesis (Antioquia) Miembro del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

El ave sin hijos y sin nido
es como el hombre sin hijos y sin casa,
es ave todavía que vuela hacia el olvido.
El árbol sin hojas y sin brotes tiernos
es como el ave sin hijos y sin nido,
pero es árbol todavía
que nos señala con sus dedos mutilados.

Una persona sin cariño, sin su fuego interno,
es como el árbol sin hojas y sin brotes,
es como el ave sin hijos y sin nido,
es como la casa cuyos muros se cayeron,
es plan de vida que se está muriendo.

Pero el río sin agua es otra cosa,
el río sin agua ya no es río,
es subsuelo de asteroide muerto.

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Con este poema abre su libro Aoketekete y otros relatos del río, el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo. Oct. 2014

El río Aburrá - Alto de San Miguel

El río Aburrá – Alto de San Miguel (Archivo El Pequeño Periódico)

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