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Archive for 27 enero 2014

Indeseable

José Emilio Pacheco

No me deja pasar el guardia.
He traspasado el límite de edad.
Provengo de un país que ya no existe.
Mis papeles no están en orden.
Me falta un sello.
Necesito otra firma.
No hablo el idioma.
No tengo cuenta en el banco.
Reprobé el examen de admisión.
Cancelaron mi puesto en la gran fábrica.
Me desemplearon hoy y para siempre.
Carezco por completo de influencias.
Llevo aquí en este mundo largo tiempo.
Y nuestros amos dicen que ya es hora
de callarme y hundirme en la basura.

México (1939 – 2014)

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Sonsón, la joya de oriente

Ángel Galeano Higua

El maíz, homenaje de Edgar Negret a Sonsón (Fotografías de Bárbara Galeano Zuluaga)

El ritmo de las calles se conserva gracias a sus casas con zaguanes, zócalos y ventanas de colores vivos, canastas de flores y negocios de diversas clases. Y limpias, sin las basuras que la metrópoli multiplica a diario.

Si alguno de los pueblos del oriente de Antioquia asombra hoy por su pujanza, ese es, sin duda, Sonsón. Uno empieza a sentir ese cambio cuando transita la carretera que hace unos años era un calvario de huecos y deslizamientos, pero sobre todo de asaltos guerrilleros y paramilitares.
Hoy la situación es muy distinta. En tres horas uno llega a Sonsón, partiendo de la capital antioqueña. A boca de jarro un pueblo se abre paso en medio de sus encumbradas montañas y lo hace con una ejemplar lucha por preservar su identidad. La distancia con Medellín es una ventaja, porque todavía el espejismo de la moda citadina frívola y empobrecedora no ha devorado a los sonsoneños. Las autoridades municipales han comprendido que la transformación arquitectónica que adelantan no tiene porqué destruir las fachadas e interiores de las casonas antiguas, bellas construcciones con amplios balcones y zaguanes, testimonio histórico de una época. El ritmo de las calles se conserva gracias a sus casas con zócalos y ventanas de colores vivos, canastas de flores y negocios de diversas clases. Y limpias, sin las basuras que la metrópoli multiplica. Como en una estampa de leyenda transitan los campesinos de sombrero, poncho y carriel, llegan en los buses escalera de alguna de las 108 veredas. El día de mercado el ambiente se alborota, llegan las recuas de mulas cargadas de maíz, papa, zanahoria y muchos otros cultivos, camiones con víveres entran y salen, todo se tiñe de fiesta.

Circuitos culturales

Bus escalera en SonsónTuvimos la oportunidad de participar en el Circuito Cultural que la Vicerrectoría de Extensión de la Universidad de Antioquia organizó en julio pasado en Sonsón y pudimos percibir la conjugación armoniosa entre lo nuevo que la Universidad ofrece a las comunidades y el respeto por la identidad cultural local. Talleres de comida tradicional con el maíz como eje central, de música para jóvenes, de títeres y teatro para niños, de literatura, de música, de patrimonio y gestión cultural, entre otros.
El entusiasmo con que los encargados de los programas de cultura de Sonsón, como José Fernando Botero Grisales, asumieron el Circuito, garantizó la masiva participación de los sonsoneños. En estos Circuitos se da una simbiosis entre las comunidades, líderes locales y los talleristas de la Universidad. Todos ganan, todos aportan, fruto de una preparación cuidadosa que con anterioridad adelantan unos y otros.

Por eso, en la reunión con el señor Alcalde de Sonsón, Dioselio Bedoya López, fue muy reconfortante escucharle decir, no sólo que su administración no permitirá que se tumben más casas que hacen parte del patrimonio cultural, sino que está abierta a apoyar todas las iniciativas culturales que la Universidad y otras entidades desarrollen para elevar el nivel de expresión y asimilación cultural de su municipio. Estas palabras airean el ambiente cultural no sólo de Sonsón sino de todo Antioquia y el país. Para el caso de Medellín, donde cada generación de gobernantes arrasa con el patrimonio porque creen que con ellos nace la historia y se dan ínfulas de inmortalidad sin comprender el significado cultural de una Plaza de Toros, un barrio o un “túnel verde”. El turismo comercial no respeta identidades ni costumbres. De ahí lo importante que un alcalde como el de Sonsón reconozca los aportes de las generaciones pasadas y las defienda.

Campesino y mulas SonsónLa enseñanza de volver a Sonsón ha sido variada y profunda. Permite acariciar la posibilidad de preservar algo de la riqueza patrimonial. Así, al regresar traemos el alimento de un pueblo que se proyecta como la joya de oriente, como dijo alguien. Honor a la tierra del maíz, de poetas e historiadores, aguerridos intelectuales y escritores, filósofos y labriegos que nos dan de comer con sus faenas diarias. Con sobrada razón la escultura El Maíz, del maestro Edgar Negret, se yergue en la Plaza principal, como “Homenaje y afirmación de la identidad de La Tierra del Maíz”.
Hay que ir para verlo, para saborearlo, para caminar sus calles y sentir que palpita viva la historia.

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Publicado en El Pequeño Periódico No. 101, última edición impresa.

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Una noche más

Marisol Gómez Gil

Ha transcurrido otra tarde de paseo por las tiendas de antigüedades. Me siento en la sala de mi casa en el gastado sofá que era de la abuela. Retiro mis sandalias, me han sacado ampollas. Recorrí lugares llenos de tiestos viejos. Hasta en las aceras la gente cree que exhibe cosas de gran valor, sólo por ser arcaicas. “Verdaderas reliquias”, me dijo un hombre con pinta de ladrón.

Cada día que salgo a recorrer las calles en busca del cuadro de mi infancia, me detengo a pensar si será que la ansiedad que me asalta por encontrarlo es la misma que impulsa a los coleccionistas de antigüedades a pagar millonarias sumas por trastos pasados de moda.

He puesto agua en el fogón, necesito sumergir mis pies, los siento hinchados y las plantas me queman como brasas. La penumbra se adueña de este cuarto pero no quiero encender la luz. Suena la pólvora en las calles y las luces de colores empiezan a titilar en los balcones y ventanales de las casas vecinas. No deseo encender las mías. Anita se empeñaba en dejarlas colgando para decorar las ventanas antes de viajar. Si supiera que no han alumbrado ni una noche. “Regálate una bella Navidad. Abandona esa amargura. Vete de compras pero deja ya de buscar esa pintura. Seguro que no la vas a encontrar. Mamá la regaló y dijo que nunca vio una igual. Es sólo un recuerdo de niñez y ya estás vieja para seguir pensando en eso”. Sé que Anita dice todas estas cosas con buena intención, pero no quiero escucharla. Que viva ella su navidad como mejor le parezca. Yo seguiré con la ilusión de encontrar el cuadro. Es de los pocos recuerdos que conservo y no quiero abandonarlo.

Camino descalza hasta la cocina y traigo el agua caliente, ahogo mis pies en ella y siento que suaviza mi cansancio. La oscuridad se adentra por completo en mi sala. Enciendo un cigarrillo para acompañarme. Es la única luz que deseo encender. Vuelvo a repasar los días en que la imagen del Niño Dios se posaba en el rincón de mi cama. Saboreo la dicha de Milton y la mía cuando la imagen desaparecía. Cierro los ojos y veo aquel cuarto. Era pequeño, pero acogedor. Mamá acomodaba las tres camitas de sus pequeños hijos. La mía estaba al lado de la pintura y todas las noches me embelesaba mirándola hasta quedarme dormida. Por eso la sentía mía. Recuerdo que su fondo era el cielo azulado y unas pequeñas nubes blanquecinas se asomaban con timidez. El rostro de Jesús infante se veía tranquilo y dulce, aunque estuviera recostado de lado llevando su cruz a cuestas. De cabello rubio y ensortijado, piel blanca como algodón y una leve sonrisa se dibujaba en sus labios. Lo recuerdo muy bien, su único ropaje era un pañal blanco y una corona que adornaba su cabeza. Le hacían compañía tres ángeles diminutos alrededor de la corona. Lo miraba todas las noches. Aún me pongo a pensar que esa pintura salía en época de navidad para traer mis regalos. Por esa razón derramé tantas lágrimas después de que mamá la desapareció de manera definitiva.

Aspiro de nuevo mi cigarro. Hay sombras por todos lados. Siento una presencia indescifrable a mi costado, algo así como una fuerza. ¿Será mi hermano?

No quiero escuchar el bullicio de la Navidad. El árbol lleno de guirnaldas y bolas de colores que dejó Anita en el rincón de la sala parece que me mirara. ¡Pobre mi hermana! Quiere que yo recupere ese espíritu que ya perdí y lo único que quiero rescatar es el cuadro que mi madre escondía para hacernos creer que salía volando. Nos decía que no podíamos estar pendientes de su partida, porque de lo contrario no saldría de la casa el dieciséis de diciembre por los regalos que aparecían en nuestras camas la noche antes de Navidad.

Aquel día, en que la pintura desaparecía del rincón de mi cama, Milton y yo nos agarrábamos de las manos, tiernas y pequeñas, delicadas e indefensas. Nos arrodillábamos emocionados y pedíamos con los ojos cerrados el deseo de Navidad, ese regalo que casi nunca llegaba, a cambio recibíamos otro que no nos dejaba el lecho vacío aquella noche del veinticuatro.

Estamos en verano estos días, pero el agua de mis pies se enfría y me estremezco también de escalofrío, como mi alma casi congelada desde el día que mi hermano Milton se marchó en busca del cuadro y no volvió. Ahora sólo deseo encontrarlos a ambos. Por eso busco el cuadro con tanta vehemencia, con la esperanza de que si encuentro la pintura también encontraré a mi hermano.


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Autobiografía
Me transformo en misterio valiente que envuelve y abraza,
bañando de luz y brisa fresca las almas que están a mi lado.

Botella al mar
Abrazo el recuerdo dulce de mi infancia, desde la ternura
del amor de mi madre.

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Dónde te escondes

Ángela Penagos Londoño

Había llegado al orfanato dos años atrás. Tiempo que le dejaba soledad, tristeza y un gran deseo de escapar.
No lograba dormir, un rayo de luna entraba por la ventana y acariciaba la almohada. Le habían dicho que la navidad era un tiempo especial y que la noche del veinticuatro recibiría regalos que traía el Niño Dios.
Esperó metido entre las sábanas hasta conciliar el sueño. Soñó con un niño de túnica blanca, pecoso, pelirrojo y vivaz que bajaba con lentitud del cielo entre las sombras. Una luz blanca a su paso, los niños inclinaban la cabeza al vislumbrar por un instante la grandeza de su ser. Pasaba arrimado a las casas del otro lado de la calle, los niños gritaban: ¡Aquí están tus juguetes!
Iba de casa en casa a rezar la novena. Se paraba delante del pesebre, cerraba los ojos y decía en voz alta: Niño Dios, yo soy plaga con mis amigos pero contigo no. Y hacía un alboroto con el Ven, ven, ven, Ven a nuestras almas…, haciendo sonar el cascabel que había fabricado con tapas de gaseosa. Se llenaba con la natilla, los buñuelos y las ricas hojuelas que estaban en las bandejas puestas sobre la mesa. Los vecinos encendían voladores que parecían pequeños monstruos atados. Era asombroso ver volar esa multitud de luces, como puntos brillantes en el cielo.
Una noche, su padrino lo llevó a recorrer los alumbrados del río. Sucumbían a la cadena de euforia y hechizos que ofrecía el sendero. Su padrino le dijo que estuviera atento porque había señales que vibraban en el aire. Una ráfaga de viento los acarició. Sus ojos estaban hipnotizados por la magia de las luces titilantes, donde la alegría era el telón de fondo por la cantidad de saltimbanquis convertidos en vendedores que empaquetaban y ofrecían productos de moda para sobrevivir. El espacio se llenaba de música y gritos que crecían como una tempestad. La multitud los empujaba mientras pasaba una estrella sembrada en una canasta, las antorchas encendidas y un ángel en vuelo.
Asombrado, se detuvo ante el Portal de Belén donde María y José esperaban como él, un regalo. La escultura tenía un áurea misteriosa. La Virgen se inclinó y puso los labios en sus mejillas ardientes. Él le devolvió la mirada como esperando un milagro. La Virgen juntó las manos en un complejo nudo de dedos, ajena al tiempo. Entonces el niño sintió deseos de llorar. ¿Qué ocurre?, dijo su padrino, si estás blanco como la cabeza de la abuela. ¿Te sientes mal? Será mejor que regresemos a casa.
Llegó la noche anhelada. Había escuchado decir a su abuela que todo lo que uno quiere conseguir se piensa, se siente y se escribe. Leyó en voz alta la carta que había escrito con letras grandotas pidiendo los juguetes. La dobló y la marcó: “Para el Niño Dios”, y la colocó en el pesebre. Temió que la carta se extraviara porque no tenía la dirección del cielo.
Las luces iluminaban la ventana, los niños parecían aleluyas regadas por la calle. El niño se detuvo para ver mejor la imagen de María y recordó el beso imaginado que le había regalado ese día.
Al despertar al día siguiente no oyó ruidos en la calle, sólo los latidos de su corazón. Buscó bajo la almohada. ¡Imposible!, exclamó. ¡Aquí no hay nada! Confundido, sintió un gran vacío, todas sus ilusiones se desvanecieron. Las ventanas se abrieron con el viento y las puertas de madera pujaban tan fuerte que aumentaban su desconcierto. Era necesario buscar por todas partes, movió la almohada, sacudió la cobija y miró debajo de la cama.
La intensa luz de la mañana golpeaba sus ojos. Se imaginó abriendo los paquetes forrados con papel de regalo multicolor en uno de los cuales descubría el balón de fútbol con el que iba a jugar con sus amigos. Se sintió derrotado, no comprendía porqué lo habían olvidado. Se sentó en un rincón de su cuarto y pateó sin poder contener las lágrimas.
Quiero saber dónde te escondes, dijo levantando la mirada. Hablaba tan bajo que ni él percibía su propia voz. Ahora entiendo, muchos niños no recibimos juguetes en navidad. Juntó sus manitas y guardó silencio. Sin más calor que el de los recuerdos, sin abrazos, las desteñidas fotos de su madre muerta lo reconfortaban.
Algunos niños le decían: ¡No sufras, nosotros compartimos los juguetes contigo!, pero él no confiaba en esas palabras. No tuvo coraje para contestar y regresó de nuevo a su refugio.
Unos golpes en la ventana interrumpieron su sueño. Era su padrino, quien no sólo extendía su mano para saludarlo, sino que le entregaba de regalo el soñado balón y le dejaba vislumbrar sus intenciones de llevarlo a vivir a su casa. Al poco rato empacaban la maleta, mientras la fuente del patio refrescaba el ambiente.


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Autobiografía
Había una vez una niña que le gustaba oír cuentos y aprender
a volar. Creía en hadas, ogros y duendes, y era la heroína de
su propia historia. Soñaba con tener una aguja gigante para tejer
todos los sueños de los niños.

Botella al mar
Escribí este cuento para mis hijos, y para que ellos se lo cuenten
a otros y así siga hasta el final de los siglos.

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Bailarinas de la noche

Luz Helena García Martínez

A hurtadillas de sus abuelos buscaba, al atardecer, el camino que sabía de memoria. Mientras la luz de la luna se zambullía en el río, ella se embelesaba con las piruetas de unos puntitos que titilaban en la noche. Los perseguía, se contagiaba con sus vuelos, e intentaba acariciarlos. Cuando llegaba a casa la dicha que traía consigo se metía en sus sueños en forma de luceros y cometas de largas colas que huidizos pasaban por el firmamento.
Martina iba a la escuela con el anhelo de volver al río en la noche y reencontrarse con esas chispas. No quería contarle a nadie su descubrimiento. Estaba segura de que las piedras donde se sentaba a contemplarlas y el cuaderno de tareas donde las dibujaba guardaban su secreto.
Una noche se le ocurrió lo fantástico que sería atrapar algunas lucecitas para mirarlas en la oscuridad de su habitación. Tan pronto se termine la mermelada, pensó, las meto en ese frasco.
Estaba próxima la novena de aguinaldos cuando la tía Susy llegó a la finca. Grandes y chicos se sorprendieron con su visita pues no la esperaban tan pronto. Como siempre hacía, sacó del bolso dulces y otros obsequios para sus sobrinos. La abrazaron y luego, cerca de la chimenea, cantaron villancicos colombianos compuestos por la profe Lucía. Susy aplaudió y dijo que estaría con ellos una semana y que el veinticuatro de diciembre llevaría a uno de sus sobrinos a la ciudad. El que contara el cuento más bonito, sería el ganador.
La propuesta de la tía les encantó pero la creación del cuento no era tarea sencilla. Samuel guardó silencio. Álvaro en cambio, ya tenía claro que el personaje central de su historia sería un caballo. Martina sólo anhelaba la noche para bajar al río.
Cuando el frasco de la mermelada quedó vacío, la niña lo lavó y secó muy bien. Una tarde con el envase debajo de la blusa salió con disimulo a cumplir su deseo. Llegó al lugar preferido y seducida por los giros de las luces, danzó con ellas. Entre las ramas de los árboles la luna atisbaba su regocijo.
No tenía idea cómo entrarían al envase. Si las cogía con la mano podría maltratarlas. Abrió el frasco, colocó la boca del recipiente de lado y lo movió de derecha a izquierda, como si además de las chispas, quisiera atrapar al viento. Cuando vio cómo centelleaban unas cuantas dentro del cristal lo tapó y corrió hacia su casa. Se metió debajo de la cama, sacó el envase del escondite y descubrió que las danzarinas no resplandecían. ¿Qué había hecho? Martina muy asustada, soltó el recipiente, llevó sus manos a los ojos y lloró hasta que la venció el sueño.
En la mañana del domingo Martina no bajó a desayunar. La tía Susy entró en su habitación y la encontró dormida debajo de la cama. Acercó a la niña con su mano, la despertó con un beso en la frente y la llevó en sus brazos hasta el comedor. Les dijo a los sobrinos que había llegado la hora de contar los cuentos.
Con suspenso Álvaro contó la historia de un caballito de madera, que la noche de navidad se había convertido en un pony juguetón que correteaba por toda la casa. Samuel se sonrojó. Como si se hubieran puesto de acuerdo, miraron a Martina para invitarla a contar el cuento. La tía Susy la puso en su canto, la peinó con los dedos, le limpió los ojos y la nariz y le dijo que estaban preparados para escuchar su historia. La pequeña antes de revelar el secreto miró con desconsuelo a las bailarinas que yacían en el cristal, inmóviles y apagadas. Contó que cada noche jugaba con unas candelitas que no querían dejarse salpicar por las aguas del río y que con la pretensión de continuar esa diversión en casa, había traído algunas en el frasco. Con voz entrecortada dijo que al descubrir que ellas sólo iluminan cuando están libres, lloró por su loca idea de atraparlas en ese cristal.
Emocionada, Susy la abrazó. Los niños se pararon de sus sillas y se unieron al abrazo de la tía en un nudo amoroso. Martina arregló su equipaje para ir con la tía a la ciudad.
Susy quería llegar pronto al Puente de Guayaquil para gozar del encuentro de su sobrina con las luces que parpadeaban detrás de la montaña. La niña guardaba un caudal de sentires en su corazón como si leyera los deseos de su tía. Tenía curiosidad por saber qué pasaba en la ciudad el día que nace el Niño Dios.
Al llegar, Susy le dijo a la niña que la llevaría a conocer un sitio maravilloso. Detuvo el auto cerca del puente y le vendó los ojos a Martina con un pañuelo de colores, la tomó de la mano y la invitó a bajar. Caminaron despacio por el empedrado. Susy le retiró el pañuelo y la pequeña quedó atónita al descubrir este nuevo espectáculo de luces. Aplaudió con gozo, abrazó a la tía, gritó emocionada, corrió de un lado a otro.
Era como si millones de luciérnagas hubiesen llegado al río y con gran habilidad dibujaran vastos sembrados de café. A la orilla, hombres y mujeres recogían los granos en canastos multicolores, mientras que otras figuras luminosas con guitarras y tiples amenizaban la recogida de la cosecha. Su brillo rendía homenaje a los cultivadores que, de generación en generación, han sembrado de ilusiones el campo.


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Autobiografía
Soy de luz hasta en las sombras.

Botella al mar
Escribí mi cuento en el 2013 porque las luces libres visitan
los recónditos parajes de mi existencia.

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Pablo

Hermes Rafael Pineda Santis

La paloma llegó. Pablo apoyó el codo izquierdo sobre el alféizar e hizo tanto esfuerzo para levantar su cuerpo que su cara enrojeció. Con un segundo impulso colocó el codo derecho y forzando los músculos de los brazos asomó la cabeza para escuchar el murmullo de las aguas sobre un cauce de rocas y leves inclinaciones. El río se mimetizaba en la oscuridad. Con desilusión y buscando aliviar sus brazos, se descolgó al piso, descansó y colocando un codo adelante del otro para arrastrarse, fue en busca de Nana su abuela, quien en el cuarto de atrás, había encendido la lámpara para seguir la costura de vestidos de matrimonio por encargo. Pablo recorrió los metros que los separaban hasta encontrarla. Ella le habló.

– ¿Cómo etá mi bebé hemoso? Ya lo voy a bañar, ponerle la pijamita, le doy la comidita y lo llevo a la camita. Espéreme un momentito.

Ella decía cosas que poco a poco él asoció con sus deseos. Movió las piernas con brusquedad hacia un lado y junto con las manos arqueadas en el pecho, buscó el equilibrio para recostar el cuerpo a la pared. Con la boca abierta y un hilo de saliva sobre el mentón, esperó. Fijó la mirada en su abuela detallando las arrugas y canas del único amor conocido. Nana, con los cuidados de una madre, le dedicó el tiempo hasta dejarlo dormido en la cama. Ella lo miraba y pensó hasta cuándo lo tendría a su cuidado, la enfermedad degenerativa lo disminuía con rapidez, aumentando la presión del corazón y debilitándolo. Cada día que pasaba rogaba a Dios que ojalá tuviera los años suficientes para compartir con él, ya que su orfandad lo dejaría sin protección. Encendió una pequeña lámpara y caminó a su cuarto para continuar con la costura.

Al llegar la noche y como costumbre diaria, el niño se asomaba desde la ventana de la sala para buscar el sendero iluminado largo e inmenso, que guardaba en su recuerdo de algún tiempo atrás. Los meses con sus días transcurrieron en la misma rutina en el apartamento cerca del río. Un domingo, Nana fue al cuarto de los trebejos y cargó con bríos algunas bolsas y cajas. Armó un árbol al que colgó bolas de cristal, imágenes de ángeles y un serpentín jaspeado con luces que encendían y apagaban, iluminando el rostro del menor. Situó en lo alto una estrella de Navidad con destellos de diversos tonos. Pablo permaneció un tiempo más con la mirada fija hacia arriba y la boca abierta, contemplándolos, deseando con ilusión un momento mágico.

Al día siguiente, Pablo observó el cambio del cielo hacia la oscuridad desde su rincón bajo el ventanal, dio el vistazo de costumbre y distinguió las montañas verdes, los castillos relucientes y las flores con pétalos trenzados iluminando el río. Trastabillando, avanzó sobre la baldosa golpeándose la cabeza en varias ocasiones hasta llegar a Nana. Con sonidos guturales, giró sobre sí mismo y una mueca mostrando los dientes asimétricos, llamó su atención. Ella le habló.
– ¿Cómo etá mi bebé hemoso? Ya lo voy a bañar, ponerle la pijamita, le doy la comidita y lo llevo a la camita. Espéreme un momentito.

Pablo se encolerizó, su abuela lo veía moverse de atrás hacia adelante, haciendo pataletas y gimiendo fuerte. Ella no pudo atenderlo, tenía tres vestidos para entregar el fin de semana y el tiempo escaseaba. El niño regresó a la sala, quería mostrarle el camino de luces a Nana, se alzó sobre el alféizar y contempló los borrosos guiños de las luces que sus lágrimas le permitieron distinguir. Aún sollozando regresó al piso, agarró sus rodillas y agazapado quedó dormido bajo el ventanal. Más tarde la anciana lo llevaría con dificultad a su habitación. Ella regresó a la sala con un café en la mano, abrigada con su chal crema y sus gafas sobre el pecho, contempló las luminarias en la ciudad y decidió llevar a su nieto a los alumbrados.

En la víspera de la Natividad Nana alquiló una silla de ruedas y lo llevó. Caminó lento, mientras Pablo con el gorro de lanas verdes y amarillas, la bufanda azul y un cobertor de lana, se dejó envolver en el sopor. De repente, todo él era vivaz y robusto en el sueño, corría y brincaba de gozo tras la gacela y el león. Rozó con sus manos las flores, subió al columpio y levantó las manos. La abuela percibió la algarabía de su nieto en la silla y suspiró henchida de felicidad.

Al día siguiente, Nana abrió los regalos para su nieto. Le calzó unas rodilleras y coderas. El niño sonrió al no sentir la rudeza del piso. Cansada por el ajetreo del día anterior, Nana volvió al lecho a reponer sus ánimos. Durmió con la certeza de haber entregado su mejor ofrenda.

Cuando el cielo ocre dejó entrar la noche, la paloma llegó a la sala y caminó inquieta cerca del niño. Pablo apoyó su cuerpo en los regalos y quiso perseguirla, ser transportado por ella hasta los más encumbrados confines y viajar sin importar que su corazón palpitara por última vez.


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Autobiografía
¿Quién soy? Un caminante en la oscuridad de las palabras.

Botella al mar
Escribí para dejar parte de la vida de otros en el recuerdo.

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El camino de la furia

Álvaro Julián Moncada Gómez

La tiza blanca rayaba en caos la superficie verdosa y corroída de los tableros del “Tomás Villarraga”, el colegio madriguera que albergaba a cientos de jóvenes poseídos por los fantasmas y los complejos de la marginación y la droga.

Aquella mañana la estridencia de los alumnos que gritaban ¡Se canceló el paseo!, sonó certera y sórdida como disparo de fusil.

Las paredes separaban los salones como celdas para aquellos jóvenes de futuros inciertos y obnubilados por el denso y espeso humo de las drogas, única salida hacia otros mundos que jamás alcanzarían con sus escasas monedas guardadas en los bolsillos de sus pantalones desgastados.

Eduardo, El propio, como lo llamaban sus compañeros, era el cacique estudiantil, tenía la voz de mando ante todos los alumnos y era quien definía las más importantes decisiones que se tomaban en el colegio. En él convergían artilugios, ademanes y sapiencia malvada que lo constituían en amo y señor de aquel imperio carcomido por la indiferencia de la sociedad. En aquel colegio se encubría una realidad agazapada detrás de los uniformes y morrales de los jóvenes, un reducto del desprecio social.

Iban de colegio en colegio, de sanción en sanción, de indiferencia en indiferencia por toda la ciudad, hasta llegar al “Tomás Villarraga”, una de las pocas instituciones que los acogía.

Una vez se canceló el paseo, Eduardo, El propio, decidió apersonarse de la situación planeando la excursión a su manera. Recolectó el dinero de los alumnos que irían, incluso el de Daniel, quien había ido a parar a aquel antro no por sus faltas disciplinarias, sino porque creyó que allí podría estudiar.

Cuando Eduardo recogió el dinero emprendió el camino hacia la terminal de transporte. Daniel seguía aquella procesión de sometimiento, como quien sigue un camino desconocido y brumoso del que ignora su punto de llegada.

Durante el viaje Daniel se sentía perdido en un berenjenal de palabras obscenas e historias de violencia y abandono. Aferrado a su silencio soportaba las pesadas bromas de sus compañeros quienes lo sonsacaban para que siguiera con rigor las chanzas de mal gusto que ellos planificaban y ejecutaban. Al llegar a Barbosa, Daniel se sentó a la orilla de la carretera a pensar en cómo había tenido el valor de ir a hasta aquel lugar solo y con la única protección de su ingenuidad que lo convertía en presa fácil para la jauría de acompañantes que lo acechaban.

Justo en aquel momento Eduardo lo increpó: Danielito esto no es un poema de los que te gusta escribir, estamos lejos de la ciudad y vos estás aquí sin nadie, así que hacé tu mejor esfuerzo para que no te sintás diferente a nosotros, ¡unite al combo que ya vamos a llegar a los charcos!
Daniel se incorporó, tomó su morral y continuó el camino mientras sus compañeros fumaban marihuana, se drogaban, tomaban licor y exhibían sus armas como animales que lucen las garras ante la presencia del enemigo. Al llegar, Daniel observó con asombro las siluetas de sus compañeros, desprovistos de sus uniformes. Se han quitado su disfraz, pensó Daniel. Como en una pesadilla contemplaba los torsos de sus compañeros marcados con tatuajes y cicatrices como señales de batallas calcadas sobre sus pieles ásperas y curtidas. Aquella visión lo sobrecogió. Contemplaba la escena mientras pensaba cómo la violencia había marcado una y otra vez a sus compañeros, cuyos cuerpos eran como lienzos deteriorados, trazados por el pincel de la crueldad.

Con aquellas cicatrices y jeroglíficos ininteligibles, Daniel no los veía como seres humanos, sino como íncubos atrapados por el espíritu del terror. Se quitó el uniforme con timidez mientras ordenaba de manera minuciosa sus pertenencias a un lado de los charcos. Cuando ya estaba a punto de meterse en el agua se sintió sacudido por un fuerte estrujón que lo lanzó de bruces contra unos peñascos.

¡Bienvenido a tu bautizo!, exclamó Eduardo, mientras le hundía la cabeza en el agua hasta dejarlo sin respiración. Fue una faena de vejaciones e insultos, un zarandeo interminable en el que Daniel sentía que una horda de malhechores le estaba desmantelando su propia dignidad.
Al salir de allí, Daniel se sentía perturbado y aguerrido, como un gallo de pelea dispuesto a clavar sus espuelas al primer descuido del enemigo.

Con los labios reventados, el cuerpo con moretones y rasguños, llegó hasta el lugar donde había dejado sus pertenencias y sólo encontró su uniforme desordenado, tirado sobre el césped y el pantano. Decidió huir, no sin antes tomar uno de los morrales de sus compañeros para reponer en algo la pérdida.

A los pocos metros fue abordado por Eduardo y sus compinches, quienes intimidándolo con cuchillos y puñaletas lo despojaron del morral, lo amenazaron e insultaron y con ello acabaron de despertar en él una furia desconocida.

Las pisadas de Daniel dejaban huellas de ira y de rencor sobre la tierra mojada del camino. Despojado de sus pertenencias y como única posesión su uniforme raído por el deterioro de los años, Daniel asemejaba un mendicante extraviado en los recodos del camino. Divagó sin tregua y a paso continuo hasta una orilla donde se detuvo un momento para contemplar un río anchuroso de aguas oscuras y estancadas.

Desde aquella plataforma natural, vio algo que sus ojos jamás habían visto: el cuerpo sin vida de un caballo flotando. Aquella escena lo sobresaltó hasta dejarlo sin conciencia. Tal vez por el cansancio físico o tal vez porque aquello que contemplaba era una escena dantesca que le perturbaría a lo largo del camino.

Retomó su marcha mientras pensaba que el camino que estaba recorriendo no era sólo el camino de regreso a casa, sino el camino de su propia furia, de la humillación al verse despojado de sus pertenencias a manos de sus propios compañeros del colegio. El camino de la furia, una furia hasta entonces desconocida.

Anduvo como si estuviera atrapado en un laberinto de letargos, donde su única certeza era la de poder regresar a casa sano y salvo. De repente, empezó a observar cómo los lugareños que poblaban las orillas del camino comenzaban a decorar sus casas con luces, guirnaldas y faroles. Los observó con extrañeza pues había perdido la noción del tiempo y se veía a sí mismo como una sombra sin vida avanzando desprevenida sobre el asfalto de la carretera.

Bullicio, algarabías, aromas a incienso y la contagiosa felicidad le dieron la bienvenida a la ciudad. Luces y bullicio que no advirtieron que el Daniel que regresaba ya no era el mismo, ahora era un joven herido para siempre.

Doblegando sus rodillas se desplomó, agotado, ante las luminosas velas de navidad que decoraban cada rincón de su ciudad.

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Autobiografía
Soy el silencio de un poema que aún no consigo escribir.

Botella al mar
Transité el camino de la furia para escribir esta historia con las palabras
que no consiguió silenciar la fiereza del destino.

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