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Archive for 29 diciembre 2013

Mugre roto

Ángela María Salazar Álvarez.

Era un hombre alto, delgado, su nariz larga y puntiaguda semejante a la de un oso hormiguero. Vivía triste, como suspendido en el aire, y sus ojos, marcados por la oscuridad en que habitaba, tenían la profundidad de un abismo. Las canas marcaban, no sólo el paso de los años, sino el febril ajetreo de una vida azarosa. Tenía manos grandes y aún guardaban vestigios de quien había amasado una gran fortuna. Mugre roto pasaba los días y las noches recorriendo el sendero, acompañado por el cauce largo, gris y fétido del río.

En Navidad, cuando se encienden las luces para inaugurar los alumbrados en la ciudad, los vendedores ambulantes anuncian en medio de las calles: ¡gaseosa!, ¡gaseosa!, ¡cerveza!, ¡cerveza! Toman rumbos diversos, las casetas armadas para la ocasión ofrecen carnes, chuzos, chunchurria, envueltos en las nubes que producen las brasas del carbón. A lo lejos, filas de hippies ofrecen colgandejos que atraen las miradas de los visitantes.

Marcela suspiró al oír los ruidos del río, a tientas se bajó del taxi a la altura del puente de Guayaquil; sentía el viento cálido y húmedo de la noche que le rozaba su piel, sabía que estaba en el sendero del río, lo reconocía por el olor, por el bullicio. Deslizaba sus dedos, suaves, tratando de dibujar, una a una, las figuras que se entremezclaban con luces, papel, alambre y cartón, fundidos para crear una sinfonía navideña. La Virgen María, San José, el Niño y los tres Reyes Magos formaban el pesebre. Peces de variados tamaños y colores eran un gran espectáculo. El corazón de Marcela se llenaba de júbilo al escuchar y percibir este jolgorio. A los 25 años tocaba el piano, el que acompañaba con su dulce voz. Hacía parte del grupo musical en las novenas de Navidad. Durante los primeros meses de gestación su madre había sufrido de rubeola, enfermedad que marcaría su vida para siempre. Era una chica silenciosa y tímida, su cuerpo delicado de piel blanca mostraba la transparencia de su alma.

Cuando Marcela llegó al centro mismo del sendero, de repente, alguien gritó: ¡Vienen a cobrarnos! La gente empezó a correr, el tumulto ensordecedor arrasaba todo a su paso: volaron botellas, mesas, sillas. Había quienes gritaban con desespero queriendo alcanzar el otro lado de la calle. Marcela sintió que una mano grande la arrastraba con fuerza y que a la vez le gritaba ¡Corra, corra! Sus tacones rechinaban y se retorcían. Su cara dibujaba una mueca de terror y las gotas de sudor se deslizaban por su rostro, no sabía lo que pasaba, no entendía nada, pero ante la multitud desordenada se dejó llevar sintiendo la protección de aquel que la halaba.

Corrieron por un desnivel, atravesaron el césped donde sólo se escuchaba el ruido del agua y se percibía el olor del río. Estaban debajo del puente. Cubierta por unos largos brazos se sentía más segura. Él la tomó por los hombros y le dijo: Tranquila señorita, aquí estamos a salvo, creo que alguien dejó de pagar la vacuna y eso nos perjudica a todos. Sí, por uno pagamos todos. Hay que cumplirle a esos manes, si no, no dejan trabajar y es que en esta ciudad todos los que tenemos negocios debemos pagar y depende de lo que se haga. Por ejemplo, yo… El hombre se quedó pensando, se detuvo, sus ojos empezaron a examinar a Marcela con lentitud, como el paso del río en ese instante. El cuerpo de Marcela, sus ropas, su bolso y aquel anillo dorado; este sí que era un gran botín ¡Qué día!, pensaba el hombre, ¡qué suerte la de hoy!

Marcela, después del carrerón estaba más tranquila y sólo agradecía a Dios y a este buen hombre el haberla salvado de semejante alboroto. No conocía las morbosas intenciones de Mugre roto. Entonces abrió su bolso y deslizando sus dedos, que para ella eran el eje central de movimientos y contacto con el mundo exterior, extrajo una imagen de la Sagrada Familia que de manera sutil depositó en la mano del hombre. Él la observó y sorprendido ante tanta delicadeza se turbó, en su mente empezaron a pasar todas las imágenes de su familia, su infancia como una película. Los momentos felices de su vida habían regresado con ella; cerró los ojos tratando de congelar esos pasajes perdidos en el tiempo, en su miseria, en su vida en la calle, esa mujer había creído en él, no sentía miedo al estar allí. Se notó extraño; sin saber en qué momento, ni por qué, Mugre roto rompió a llorar, estaba solo, desamparado; sintió sobre él todo el peso de tantas ausencias y de todas esas navidades en la calle, sin el calor del hogar. Al principio trató de controlar el llanto, pero no pudo y lo dejó seguir. Lloró como nunca antes lo había hecho.

Para Marcela esta fue una tremenda sorpresa, pero supo esperar a que su salvador se calmara, la conmovió la intensidad de su llanto, no sabía nada de ese desconocido, pero intuyó que necesitaba ayuda o por lo menos alguien que lo escuchara. Cuando el hombre estuvo más tranquilo, ella preguntó a qué se debía tanta tristeza, y sin esfuerzo, como si hubiera esperado esa pregunta, él le contó de su vida, le habló sobre su pasado, sus navidades alegres en la casa materna, su niñez, el colegio, la universidad, y también le narró con detalle sus desventuras a causa del alcohol y las drogas; lo hizo así, ¡de un tirón!, como el que arroja una carga muy pesada, con la que ya no puede más. A ella la enterneció esa confesión. A medida que el hombre hablaba se interesó por conocerlo mejor. A pesar de que su cuerpo emanaba un olor agrio, producto de varios días sin tocar el agua y el jabón, le gustó el timbre de su voz y se sintió atraída por su firmeza, por la forma y la sinceridad que tenía cuando hablaba.

Era hora de partir, de retomar sus vidas. Pareciera que se hubiera detenido el tiempo, como si se conocieran desde siempre. Fue algo tan intenso. Tomados de la mano, abandonaron el puente y se perdieron entre la bullosa multitud.Mugre roto

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Autobiografía
Corazón abierto, sin juicios, despojada de toda carga,
feliz de compartir este conjuro.

Botella al mar
Escribí este cuento por la sensación que despertó
Mugre roto en mí. Necesitaba que alguien lo viera en
su interior y no como él era por fuera, sucio, mal oliente.

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Chamizo del camino

Darío Alfonso Narváez Rojas

Chamizos¿Qué motivará a Carlitos para entrar al bosque y caminar durante horas sin una ración de comida que le acompañe?

A pesar del sobrepeso por el cúmulo de lodo en sus zapatos y el agua perneada en la ropa, al ir por debajo de las ramas, aún discurriendo la borrasca de la madrugada, Carlitos sigue en ese advenimiento que le regocija el alma, sin notar el esfuerzo que le fatiga.

Al dejar la espesura, después de trasegar por un vasto terreno quebradizo y abonado de maleza que cubre el tronco de sendos árboles que no son de su interés, el joven sale del bosque más empapado, el cabello alborotado y el rostro salpicado de virutas. Sus ojos adolescentes de largas pestañas pueden apreciar lo celeste apropiándose de lo alto, resbalar por la ladera y ante él deslumbrarse, lo que le trae a estas tierras de reverencias y aventuras.

Le es placentero estar allí, untarse de naturaleza, poder arrancar algo de su seno, sentirse libre de pensar, escoger entre tanto verdor, lo que le hace difícil decidirse. De ahí que debe ser paciente y no detenerse ante el primer chamizo del camino.

A medida que va por el sendero percatando en cada árbol su personalidad, unos de regordetes y rozagantes follajes, y ante lo arbóreo nada filtra su colgada sombra. Otros esbeltos y fragantes, de una altivez que apenas el viento les inclina, y en lo justo de lo alto poder colocar la estrella que la tía Carlina desenfunda cada año, entre tantas figuras milenarias. Algunos más de gran lozanía, sin la necesidad que se les toque, apenas se les imagine en lo selecto de la sala, recordando que la época ha llegado. Y varios totalmente al desnudo, piel descarnada y atizada por el tiempo y ya en lo senil de la vida.

Todo lo que resta de la mañana es una grieta de pocos segundos y a pesar de haber salido en ayunas, Carlitos no siente el bajío de su estómago. Lo único que le preocupa es no tener consenso sobre el árbol a llevar a casa. Todos ellos le despiertan el clamor navideño.

Después de andar en la espiral de la indecisión, el fogoso muchacho decide regresar sin nada a cuestas, con la mente en aquel vetusto al inicio del camino que nadie desearía mirar por su aspecto lúgubre. Sin embargo, sus desvalijados ramales son lo perfecto de tener en la sala, listos para pintarle de cándidos paisajes, poblarle de adornos que guinden de sus ramas y alumbre los candiles; yse note desde su cima estrellada el río que surca las montañas y el arrear de ovejas en lo próximo del Edén.

El regreso de Carlitos está marcado en su hombro por el esquelético árbol que ya nada le precede y cuando el viento le roza dispersa olores cenicientos.

“¡Muchacho, todo un día perdido para venir con ese empalizado!”, dijo la tía Carlina mostrándose impaciente y haciendo gesto de enojo. Se para en el centro de la puerta con el ánimo de no dejar entrar a su sobrino que trae toda la apariencia de un andrajo de la calle.

“¡Nada de eso mi tía, fíjese bien!”, repuso el doliente muchacho, apeándose el árbol de su hombro con el sumo cuidado de tocar algo que le desbarate, y lo coloca de raíz en la terraza. Raíz que se adhiere al piso ajedrezado como ventosa, sosteniéndole de pie “está apenas para sembrarle de luces y colores; además, nos evitamos acortarle la vida y la borrasca de sus hojas”.

Carlina se quedó mirando al vetusto del camino que ramificaba los años que ella comenzaba a padecer y que se le notaban en su cano cabello. Y sin querer decir otra cosa accede, “Llévelo atrás, para despolvorearle lo viejo y usted, quítese el mugre que le sobra”.

Ya no es el verdor de intrincados árboles que un día de muchos amaneceres se meció entre el follaje. Ahora, a pesar de que la nieve cae a distancias remotas, se le viste de blanco y a su alrededor se oyen cantos verbenales, y aunque sus hojas son de otros tiempos, cuelgan de las ramas sonoras campanas que doblan la noche con sus puntas titilantes, como ciudad lejana.

Chamizos del camino con barranquero y sietecueros

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Autobiografía
Sentir que camino entre tiempos es sentirme entre el pasado
y el futuro, para no recordar el presente.

Botella al mar
Al destaparme encontrarás algo que fui y sin más lo que seré en tu tiempo.

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Ya nadie recuerda la guerra

Jaime Hernando García Henao

A María Luisa y Juan Esteban
por su paciencia y comprensión.

I

Esta noche todo es ruido. Ha llegado navidad. Las aguas del río corren lentas y brillantes reflejando los colores de las miles de bombillas que le han colgado. Una avalancha de gente se tropieza y apretuja caminando de un lado para otro. Todos se miran entre sí como si estuvieran perdidos, como si quisieran encontrarse en los demás. Las miradas se levantan y en algún momento coinciden en un punto en común.

Un José, una María y un burrito gigantes se iluminan de repente de forma graciosa y ágil; el viento los bate, trémulos, como si quisieran revivir, y un leve temor me invade, quizás un soplo fuerte los pueda desplomar.

La pólvora explota a cada segundo y martilla en mis oídos como si estuviera en un campo de batalla. Entonces recuerdo la guerra; las botas apisonando la tierra y doblegando la hierba con su paso. El ruido metálico de los fusiles al chocar con la portada de la casa y el chirrido de los grillos espantados, saliendo de los matojos. Es la guerra. Son puñados de musarañas corriendo tras nosotros. Es la noche, negra. Es la muerte, cabalgando a nuestro paso. Pero también es la vida, que tambalea entre la maleza y palpita en el estertor.

Entonces cierro los ojos por un largo rato. Los destellos de las Polaroids me han enceguecido por un momento. Intento olvidar aquellos recuerdos y le echo llave a todas las puertas que me abran el pasado, pero es inútil. Abro los ojos de nuevo, observo los dorsos de mis manos que brillan bajo la luminaria y las giro un poco; apoyo las palmas sobre mi quijada como sosteniendo la cabeza y sigo observando todo con atención. Las luces llenan de colores más figuras gigantes y sobre el río, iluminan las aristas de las piedras cambiando por momentos su color natural. A veces se hacen blancas y tan pálidas como la luna o tan verdes como las ramas de un pino o las hojas de un guayacán.

Pero pronto los recuerdos llegan de nuevo. No los puedo evitar. Y un velo de nostalgia me invade. Abro la billetera y saco el cigarro. Lo enciendo con desespero e inhalo con tranquilidad. La sustancia hace su trabajo y siento tan pesados los párpados que los dejo caer. Cada voluta de humo se convierte en una imagen, en un recuerdo de mi niñez. Entonces olvido todo mi presente y mi realidad y vuelco toda mi memoria a esos primeros años. La casa que habitábamos, los guayabos y la grama, pero en especial, Jairito y yo jugando con los pájaros y muy al fondo, Tortolín batiendo sus alas y cantando con su pico, algo familiar.

II

Una señora joven de pelo cano pasa frente a mí con un niño tomado de la mano. La mujer me observa por un momento y siente temor. Puedo adivinarlo. El niño clava sus ojos en mis dedos que sostienen el cigarro, levanta un poco la cabeza hasta que su mirada se encuentra con la mía; me examina con atención y después eleva la mano como si quisiera despedirse. Pronto se pierden en la distancia abriendo paso entre la muchedumbre; también yo levanto mi mano, la agito contra el viento que sigue golpeando y les digo adiós. Doy una última fumada, inhalo fuerte y quiero llorar.

Ese niño me ha recordado a Jairito. Su cuerpo escuálido y su mirada prolongada y cordial son las mismas de él. O quizás sea él. Tal vez tras su muerte reencarnó y ahora es él. Queda esa esperanza, aunque no debo hacerme vanas ilusiones, lo sé.

Si aquella vez no hubiera chutado tan duro ese balón hoy todo sería diferente. Esa mañana, unas nubes pequeñas pero densas hicieron que el sol iluminara a intervalos. Iba a llover. Jairito y yo llevábamos un fardo de ropa para lavarla en la quebrada y en el camino nos detuvimos a jugar. A escondidas de mamá, habíamos ocultado un balón para aprovechar un pequeño pedazo de tierra llana por el que teníamos que pasar. Cuando llegamos allí tomamos dos camisas y las pusimos sobre la hierba, a manera de arco de fútbol. Jugábamos a los chutes. Yo pateaba el balón mientras Jairito haciendo de arquero saltaba y volaba de lado a lado, de camisa a camisa atrapando el balón. Era bueno. Parecía adivinar a cada chute el lado y la altura exacta donde llegaría el esférico. Entonces ubiqué el balón en un pequeño montículo de tierra para que quedara más elevado, tomé impulso y lo lancé con tanta fuerza que fue a dar tras unos matojos, perdido entre unas hierbas de esparto.

Jairito fue tras él, la vegetación tan alta lo ocultó como si se lo hubiera tragado; entonces un sonido fuerte y grave retumbó en mis oídos. ¡Una mina!, ¡una mina! Pensé de inmediato.

Troncos de tierra, gajos de ramas y hierbas saltaron de entre los matojos y volaban por todas partes; y entre ellos, pedazos de Jairito también saltaban.

¡Jairiiitoooo, Jairiiitooo!, grité mientras corría; pero el batir de alas de los pájaros dispersos en su vuelo era lo único que se escuchaba.

III

Es navidad y ya nadie recuerda la guerra. Como si la guerra no existiera. Como si los muertos no importaran más.

Ya casi son las doce y el ruido en la ciudad se prolonga, se incrementa y extiende como una enfermedad pestilente.

Huele a azufre. La combustión de la pólvora que estalla por todas partes produce un aire pesado y maloliente. Tengo náuseas y quiero vomitar. Tengo la extraña sensación de que miles de ojos me están observando con curiosidad y eso me molesta; entonces volteo la mirada y ahí está el río. Tan angosto y sereno.

Las bombillas de neón iluminan un haz de ramas que ha quedado atrapado entre dos piedras y se mueven en las aguas de forma desorganizada y con desespero. A mi lado, una hoja suelta de periódico silba y se mece con el viento.“La paz se negocia en la isla”. Dicen las letras grandes que encabezan el texto. ¡Como si la paz fuera un negocio!, añado en silencio.
Entonces me enfado y escupo en el suelo.

¡Poum, poum, poum! La pólvora sigue estallando. Llamas, chispas y humo cubren el cielo y queman el cerro. Un grupo de hombres con ropas distintivas de la alcaldía se alistan desde una tarima y dicen que lo mejor está por llegar. La tarima es una pequeña consola de disparo rodeada de cables y computadoras, no cabe una más. Un proyector se enciende y de inmediato, lucecitas blancas y multicolores aparecen en el aire para luego caer formando lluvias de estrellas, mientras una proyección de imágenes artificiales y sonidos creados semejan un cielo de guerra.

Tiemblo. Siento miedo. De nuevo recuerdo la guerra. Una explosión rítmica de truenos resuena alrededor. Hasta el viento estalla y la tierra tiembla. Destellos, llamas de fuego, bengalas que arden, bengalas que queman; humos de colores, humos bajos, hongos de humo; son hongos de guerra.

No entiendo bien lo que pasa. La confusión y el desorden gobiernan mis pensamientos, no los logro encajar y mientras intento calmarme un poco y organizar las ideas, un cohete explosivo falla en su vuelo y cae cerca de mí.

– ¡Me están atacando!, digo.

Y la adrenalina comienza a escurrir por la piel.

– ¡Capitán, Capitán, rompieron el armisticio, Capitán! Grito fuerte, hasta expulsar el último aliento de aire que guardan mis pulmones.

La gente me mira, algunos se ríen pero nadie responde.

– Tratatatatatatata… tratatatatatatata. Una batería de pólvora estalla cerca de mí.

– Tratatatatatatata… tratatatatatatata. Otra más detona.

– ¡Mi Capitán, nos están hostigando y son muchos, mi Capitán!

– ¡Capitán, Capitán! ¡¿Dónde está mi Capitán?! Grito apresurado mientras un palo de madera y una botella de vidrio me sirven de pertrecho.

– ¡Están cerca, cada vez más cerca! Responde alguien dentro de mí.

Levanto la mirada y los veo. Están al frente, por los costados, también detrás. Giro mi cuerpo pero es inútil, todos los flancos han sido ocupados y el enemigo asedia.

¡Me van a matar!

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Autobiografía
Tan solo estoy buscando un párrafo. Repito. Solo un párrafo.
Con eso me basta. Ya son 20 años de búsqueda y cada
mañana frente a la computadora, me digo: “Hoy sí”.

Botella al mar
Armado con un palo de madera en su mano derecha y un
cigarrillo de bazuco en la izquierda, el viejo se acerca y
me dice: “Soy soldado y me vienen a matar”.
– ¿Y dónde está tu pelotón? – pregunté.
– La guerra acabó con todos – respondió sin vacilar.
– ¿Cuál guerra?– añado.
– “Una de tantas que ya nadie recuerda”, me dijo con cierta frustración.
A la memoria de ese viejo con quien me topé en el año 1992
en el Puente de Guayaquil, escribí este cuento.

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Un pesebre para armar

María Eugenia Velásquez Toro

Cuando despertamos, el olor a natilla y buñuelo inundaba nuestros cuartos. Un rico desayuno y muchas tareas decembrinas por hacer fueron las señales de que ese día el pesebre dejaría de ser un sueño y se convertiría en un mundo real creado con mis hermanos y primos, bajo la certera guía de mamá. Ella era la garantía de que los personajes, montañas y caminos fueran la mejor compañía para el Niño Dios y que mis habilidades infantiles se sumaran sin contratiempos.

Recuerdo que días antes, instalados en la finca del abuelo, montamos nuestros caballos hechos con ramas de guayabo y lazos de cabuya, y salimos con la tía Luna a recorrer potreros en busca de esa felpa verde que se forma sobre los troncos y las piedras a manera de una suave y abullonada manta. Abandonamos los caballos y con pequeños palos y cuchillos desgastados raspamos el musgo y lo guardamos en el costal. Esta misión nos llenó de gozo y flotaba en el aire una sensación de ser fuertes y valientes. El regreso estuvo lleno de competencias en las que el espíritu de vaqueros aceleraba el galope de los caballos y el ritmo de nuestros saltos acortaba el camino.

Un rincón del comedor fue el lugar perfecto para armar el pesebre, aunque tuvimos que correr la mesa y las sillas. Colocamos el papel verde que papá nos consiguió para no dañar el piso y luego construimos las primeras montañas, unas altas, otras bajas, de forma que al llegar las ovejas no fueran a rodarse. Ocultas bajo el papel las cajas de cartón eran las encargadas de darle forma a las cordilleras. Por debajo aparecían laberintos y espacios oscuros que invitaban a jugar a las escondidas, tentándonos a olvidar la tarea. Corrimos de un lado a otro pero al final fueron mamá y la tía Luna quienes decidieron dónde irían las montañas. El paisaje comenzó a cobrar vida. Por esa época el caudal del río era bajo y eso nos facilitó recoger arena para hacer los caminos y algunas piedras del charco donde podíamos bañarnos y desafiar las corrientes en la creencia de que “ya éramos grandes”. Cuando los caminos estuvieron listos, mi hermano Luis y mi primo Carlos saltaron sobre ellos queriendo hacer las veces de pastores, pero la voz del abuelo desde su silla los detuvo. Los habitaron, en cambio, ovejas, jirafas, trompos y cuanto juguete encontramos. Estos senderos facilitaron la llegada al establo en donde la Virgen y San José, en compañía de la mula y el buey recibirían a su hijo.

Aunque nos demoró encontrar las ramas de pino y escoger los tamaños adecuados, los nuevos “árboles” fueron ocupando su lugar ayudados con un poco de plastilina en la parte baja de cada ramita para que no se cayeran, y con tiritas de papel transparente en tonos azules y brillantes hicimos los ríos y lagos donde vivirían peces y patos de variados colores.

Armamos las casitas días antes con la ayuda de mamá. Unas las elaboramos en cartulina y otras con palitos de paletas que durante muchos meses guardamos, luego de chupar y disfrutar cada helado. Ella nos explicaba cómo hacer las paredes y la forma de unirlas; cómo elaborar las puertas y ventanas para que pudieran abrirse; cómo armar los techos y pegarlos a las paredes. Fue tarea larga pero quedaron tan reales que en ocasiones soñé que habitaba en ellas.

Para premiarnos, la tía Luna fue a la cocina y trajo en un charol grande muchos vasos con jugo y un plato con galletas. Cualquier cantidad fue insuficiente para esas bocas de niños insaciables. Luego pusimos las casas en diferentes puntos del pesebre y el parque principal del pueblo, lo armamos con la iglesia, las tiendas y algunas casas que anunciaban servicios de zapatería, el taller, la escuela y un café. Me extrañó ver unas grandes y otras pequeñas, pero el abuelo nos dijo que eso era parte del encanto de un pesebre, pues este podía acoger los personajes y objetos que quisiéramos.

Sobre el establo donde nacería el Niño Dios todos quisimos opinar. Unos pidieron que fuera en forma de cueva, con rocas que le dieran abrigo al recién nacido; otros pensamos que lo más indicado era un establo donde no entrara la lluvia y que la Virgen, San José y demás acompañantes pudieran protegerse del mal tiempo. Cada opinión la atendió mamá con interés y nos convenció de hacerlo del tamaño necesario para que los personajes estuvieran a gusto. Ya de acuerdo, observamos ese amor con el que ella elaboraba cada parte del establo: el techo, los palitos para sostenerlo, los bebederos y la cunita hecha en paja.

Sin orden alguno corrimos hacia las cajas donde los personajes habían estado guardados durante todo el año. Aparecieron la Virgen, San José, la mula y el buey, todos fabricados en yeso y con mucho tiempo a cuestas, desde cuando el abuelo los compró. Sus tamaños eran precisos para el establo y a la vez pequeños cuando los acercábamos al Niño Dios. Encontramos también ovejas, jirafas y pastores acompañados de otros animales, de guirnaldas y demás adornos.

Al final aparecieron los Reyes Magos y como debían iniciar su camino por el pesebre y esperar el nacimiento para llevar sus ofrendas el 6 de enero, Carlos y Luis pidieron escoger su lugar de partida y controlar su marcha por el pesebre, guardando la esperanza de ser recompensados por ellos con un buen regalo.

¡Trae las luces!, fue la orden de mamá que atendí con afán para ver luego cómo éstas inundaban el pesebre, recorriendo cada rincón, cada camino, sus casas y la cuna.

Al anochecer la tarea estuvo cumplida. Quería contemplar el pesebre por horas y soñar. Imaginé que era un pastor venido de lejanas tierras, con un rebaño de ovejas que pastaba a mi lado, mientras cantaba villancicos. En mi recorrido vi que salieron al paso varios de los amigos que horas antes habíamos puesto en el pesebre: el señor elefante primero, la paciente tortuga, la elegante jirafa y mi trompo bailarín. A cada uno lo fui invitando: “¿Quieres acompañarme al nacimiento del Niño Dios? ¡Él estará feliz de conocerte y de saber que existes! Sólo debemos afanar el paso para llegar a tiempo”. Sin mediar respuesta, uno a uno se fue sumando a la marcha, mientras mis ojos eran vencidos por el sueño y unos brazos cómplices y amorosos me llevaban a la cama en compañía del más real de los sueños de Navidad.

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Autobiografía

Es mi vida una selva que se llena de luz con cada experiencia.

Botella al mar
Este cuento es mi homenaje a ésos que hicieron feliz y mágica
mi niñez: mi familia.

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La despedida de Satulio

Nubia Amparo Mesa Granda

Cuando el jefe de redacción me encomendó cubrir el acontecimiento, recordé a Quincas Berro Dágua, ese irreverente que le dio al mar el honor de recibirlo en su hora póstuma.
Jota dijo que sería una nota perfecta para la edición de Navidad pues mientras en un pesebre nacía el Hijo de Dios, en la calle un hombre era velado bajo la mirada curiosa de los transeúntes que apresurados iban en busca de regalos y viandas para celebrar. “Hay que ser muy desdichado para no tener siquiera un techo que cubra tus despojos”, dije, y me apresuré a tomar mi libreta de apuntes, segura de que sería una noche larga y triste.

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La calle era tan empinada que preferí subir por la acera y agarrarme de las rejas de las ventanas para no resbalar. De los postes colgaban cuerdas con banderines de colores que engalanaban la vía. Al final de la pendiente, el ataúd gris bajo una carpa roja. En una banca de madera al lado del cajón, una mujer y un niño, a quienes supuse la esposa y el hijo del difunto, mantenían la mirada fija en un viaje inmóvil hacia los recuerdos. ¿Qué más les podía legar ese hombre? La calle fue su escenario como lustrabotas y parrandero y ahora le acogía en su último tránsito.
La escena me pareció conmovedora. El inmóvil cuerpo envarado en el cajón, la desolación de la mujer y el niño, y alrededor el jolgorio de la vida que giraba como un trompo a la deriva. Alegría y duelo entreverados. Era noche de celebración y había que jugarle escondrijos a la desdicha. Sólo una cuadra nos separaba de un bar donde sonaban las canciones de Nochebuena. Los niños encendían bengalas y las jovencitas pasaban tomadas del brazo contoneando sus caderas y agitando sus cabellos, ataviadas con gorros de Papá Noel.
Llegó una mujer de unos 60 años. Traía un crucifijo de madera y un Niño Jesús de yeso. Puso el primero en la cabecera y el otro a los pies del difunto. Leyó de una pequeña biblia: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”, y agregó solemne, “que Dios tenga en la gloria el alma de Satulio”.
Un volador tronó, su luz se deshizo en el aire y cayó en chispas de colores. El niño fue a refugiarse bajo el ataúd. Convirtió una tuerca en carrito, lo arrastró con el dedo en curva, en zigzag, en línea recta. ¡Run run!, aceleró. Acometió un ascenso por uno de los soportes del cajón y descendió veloz sin perder el control.
¡Lo quería como a mi hermano! Dijo entre llantos un hombre, apoyando su cabeza contra el vidrio del cofre. A punto estuvo de quebrarlo cuando depositó con fuerza la botella de aguardiente de la cual bebió con vehemencia.
Llegaban al velorio toda suerte de personajes que revelaban la esencia de ese mundo donde habitó el difunto. Ese mundo callejero donde fluyó la vida y supo sobreponerse a las penurias. Entraron dos hombres vestidos de mariachis, otro apoyado en dos muletas, una mujer con cuerpo de reloj de arena que ostentaba sus pechos rebosantes bajo un profundo escote. Uno con uniforme de vigilante se quitó el kepis saludando reverente, el vendedor de lotería había convertido su brazo izquierdo en dispensador de billetes, y otro, con unos lentes “culo de botella” llevaba colgada de su cuello una bandeja de madera con un variado surtido de dulces.
Pasaron ante el cadáver, con una venia le expresaron sus afectos, y luego, a la conversa, a la remembranza: las tardes de naipes en la tienda de la esquina, las jornadas de chistes que los ahogaban de la risa, las cervezas consumidas hasta la hora en que rayaba el sol. La mujer cuerpo de reloj de arena colocó un ramillete de azucenas sobre el féretro. Un vientecito arrullador pasó volando y asfixió la lumbre del velón.
La ciudad parpadeaba por el brillo de las miles de bombillas de colores pendidas en puertas, ventanas y postes de las avenidas. Las montañas estaban salpicadas de luces y sobre uno de los cerros se esparcían, como polvo de estrellas, los juegos pirotécnicos que anunciaban la llegada de la medianoche.
Se escuchó ahogado el repicar de las campanas llamando a misa de gallo. Un camión destartalado y sucio se detuvo frente a la carpa de velación. Un hombre de vientre prominente se apeó. El sudor le escurría por el cuello y con una expresión de asombro y desconcierto se acercó a la viuda. “Apenas llego de viaje y me contaron que murió mi gran amigo. Aquí estoy para lo que me necesiten”. “Gracias a Dios que llega, para que lo llevemos al cementerio”, dijo la mujer.

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Murió esta mañana. Dijeron que fue una cirrosis, porque a él le gustaba tomarse sus traguitos, pero yo creo que murió fue de asfixia porque él sufría mucho de eso. ¡No ve que trabajaba en la calle al sol y al agua! Pobrecito, nadie le dio la mano aunque lo vieron convulsionando. Cuando uno de sus amigos llegó ya estaba tieso. A su lado quedó la caja de embolar con la que se ganaba la vida. No alcanzó a comprarle siquiera el traído del Niño a Anderson. Mire, es que ya no hay caridad. Dizque en Navidad y vea, casi que no recogemos para alquilar el cajón. Fue para lo único que alcanzó, si no fuera por el vecino tendríamos que llevarlo en hombros al cementerio. ¿Sabe?, él era muy alegre. A sus 51 años, y a pesar de que cojeaba porque tenía una platina en el tobillo, tiraba paso cada que podía. Es que cuando uno es pobre esa es la única fortuna que tiene. Yo al niño le he dicho que su papá ahora tiene alas y esta noche se elevará hasta el cielo como uno de esos globos de colores que él le enseñó a fabricar. Satulio les ponía nombres de cristianos porque decía que en el globo volaban los espíritus.

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25 de diciembre. 6:00 a.m. El cielo azul. Un guiño de sol. Pocos autos. Una fila de taxis semeja una cinta amarilla rodeando la Terminal de Transportes. La verja del cementerio está cerrada y un ángel de mármol es el único que vigila el lugar. El jolgorio ha dado paso a la quietud.
El recorrido fue largo. Salimos del barrio algo después de la medianoche. En el camión descapotado acomodaron el cajón. Los deudos y amigos iban a los lados. Nueve en total. En la cabina el conductor, el hombre de muletas y yo. Avanzábamos lento por las calles pobladas de ventorrillos, derroches de emociones y, en fin, un frenesí que no daba tregua y que nos envolvía en su delirio. Una “chiva” rumbera nos sobrepasó y el aire de fiesta se nos coló por las ventanillas. Sus ocupantes no se percataron del sepelio incógnito en el improvisado coche fúnebre.
Anderson levantó la mano para decirles adiós. Era como si todos se negaran a mirar de frente a la muerte. Hasta nuestro silencio parecía hacer eco de esa indiferencia. Todo pasaba en una especie de sueño. Aligerados de la carga de tristeza por la despedida definitiva y envueltos en el remolino impetuoso de la vida, íbamos dejando atrás retazos de un paisaje abigarrado, mezcla de olores, colores, melodías, un mosaico de escenas que conformaban esa noche de esplendor aparente. En la esquina de La Playa con la Oriental un Papá Noel se quitaba la barba y las espumas que abultaban su vientre para guardarlas en una maleta de felpa roja. ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo!, rio todavía cuando pasó a su lado un borracho tambaleante.
Muy cerca de la Macarena escuchamos una sirena. La patrulla avanzaba por la calzada derecha en nuestra dirección. Nos pusimos en guardia. ¿Habíamos cometido algún ilícito? Los que iban atrás se sentaron sobre el cajón ocultándolo bajo sus cuerpos. Era mejor no dar explicaciones y que nos confundieran con una de esas familias que año tras año cumplen el ritual de recorrer las calles guiadas por los alumbrados navideños. Pero la nuestra era una travesía incógnita, como inmigrantes, desprovistos de nombre, convertidos en sombras, guías y cómplices de ese hombre que a partir de esa noche vencería todas las fronteras. El sonido de la sirena se hizo más agudo. El conductor del camión se orilló y esperamos temerosos que nos ordenaran detenernos, pero vimos la luz roja que cruzó como un relámpago presagiando acaso, en algún lugar de la ciudad, un final doloroso después de la celebración.
Las luces reverberaban en el río. Como faros nos mostraron el camino mientras sus destellos se fundían con el alba. Habíamos llegado. Fue Tarzán, el amigo más cercano de Satulio, quien propuso abrir el cajón para ver a su amigo por última vez de cuerpo entero, y doña Rosa encendió una varita de incienso “para purificarlo”. Todos vimos la expresión serena del muerto. “Parece dormido”, dijo su mujer y se acercó a susurrarle algo en el oído para darle el postrer adiós. Me parece haber visto sonreír a Satulio. Después de todo, pensé, su adiós no era una derrota, era la posibilidad de flotar, así como se sentía cuando bailaba no obstante su cojera.
Mientras esperábamos que abrieran el cementerio los mariachis silbaron la diana. Sobre el cuerpo de Satulio, con su rostro curtido por el sol como el de una estatua de cobre, cayeron los pétalos de un guayacán. Y por entre esa lluvia amarilla vimos ascender un globo como si fuese una nave surcando el mar.

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Autobiografía
Entro en el camino que se abre ante mis ojos, sin buscarlo.

Botella al mar
Cada despedida trae un nuevo vuelo. En la navidad de 2013
Satulio aleteó con la certeza de emprender un viaje infinito.

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Tomado del libro El Traído, Cuentos de Navidad, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

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Un caballo en la sala

Álvaro Antonio Jiménez Guzmán

Un caballo en la salaEl pequeño pirata sentado a la vera de la calle, frente a su casa, miró una carreta repleta de adobes halada por un caballo gigante. El viejo auriga tensaba y aflojaba las correas propinándole al animal latigazos en el lomo. Lo acicateaba para agilizar su trote. Alain lo vio volar contra el viento de una tarde fría. Aquel alazán lo emocionó tanto que casi se cae del taburete. “Abuelito, quiero que lo entre por la puerta, me gustaría montarlo en la sala”. Jacobo se deshizo en una carcajada que le enrojeció el rostro más de lo que lo tenía. Con sus cabellos blancos y un abdomen prominente parecía un Papá Noel imberbe.
Aquel treinta y uno de octubre, Día de las brujitas, Alain esperaba que su padre Martín viniera pronto del trabajo para que lo llevara a pedir confites por el barrio, con su hermanita Idalia cogidos de la mano. Lo habían disfrazado de pirata tuerto, con antifaz y turbante negros, aprovechando su pierna enyesada por una extraña lesión en su rodilla derecha. No parecía enfermo. Deseaba salirse de sus ropas y volar como el caballo que había visto ostentando su soberbio y agitado cascoteo cuando contemplaba risueños las faenas vespertinas de un barrio de calles lomudas. Sus bellas facciones –carirredondo, pestañudo, ojizarco y cejudo– no disminuyeron por su pierna enferma. Evidenciaba el lucimiento de un alma limpia. Cuando el caballo se perdió en el enrastrojado horizonte de la calle, se contagió con la algarabía del abuelo, que no dejaba de reírse con la ocurrencia de su nieto vivaracho. “Abuelito, ¿por qué se ríe tanto?”, preguntaba el niño con risueña ingenuidad.
Martín recorrió el barrio con la lentitud que demandaba ayudar a Alain para que se sostuviera al caminar de puerta en puerta, pidiendo los dulces con el acostumbrado estribillo infantil. Idalia también lo ayudaba en su desplazamiento en medio de una bullaranga que divertía a los niños de la calle. Cojeaba el pequeño pirata pero iba alegre. Pese a la dulce algarabía al niño no se le quitaba de la mente montar en un caballo grande, pero en la sala de su casa. “Papi, yo quiero un caballo para tenerlo en la sala”, le dijo a Martín cuando chupaban confites y paseaban por el barrio. “Yo no tengo forma de regalarte un caballo, pero el Niño Dios de pronto te lo puede obsequiar el veinticuatro de diciembre”, le dijo Martín, despachando el asunto sin mayores miramientos.
La noche de las velitas y de la inauguración del alumbrado navideño, cuando la calle y el barrio se incendiaron de luces decembrinas, los niños derrochaban alegría por el multitudinario acontecimiento que congregaba a las familias. Las espermas calientes derramadas por las velas encendidas, se moldeaban en manos de los muchachos de la casa y del vecindario para convertirse en bolas o figuras diversas. Los andenes eran corrillos familiares llenos de jolgorio y música. Entretenido en medio de la lumbre, Alain levantó de repente la vista, encandilado, y le pareció ver un montón de caballos salvajes galopando por el centro de la calle. “Papi, mira los caballos”, dijo, señalando a una jauría de perros alborotados. “No son caballos, son perros que persiguen a una perra”, dijo Martín, compartiendo su carcajada con el resto de la familia, que gozaba como los niños.
En la madrugada, habiendo cesado el resuello del festín y amainado el fulgor del barrio, Alain se levantó a orinar y cuando regresaba a su alcoba vio por la ventana de la sala un montón de hocicos de caballos que con sus belfos resoplaban y empañaban con su vaho el vidrio. “¡Papi, abuelito, mami, los caballos quieren entrar a la casa!”, gritó emocionado, anhelando en aquella visión la oportunidad para entrarlos y tenerlos en la sala de su casa. Todos se despertaron con el escándalo de Alain, pero solo observaron el bamboleo de las sombras de unas ramas en la ventana y persuadieron al niño para que se acostara. Martín se desveló por el vivo interés de Alain en los caballos. Todos los días, por la tarde, después de su jornada de trabajo, se dedicó a visitar pesebreras, corrales, pequeñas fincas… Pero nunca pudo encontrar un pony. Fue cuando pensó mejor en una réplica del animal. Luego de mucho buscar y no encontrar un caballo de madera, lo mandó a fabricar en una carpintería, que reuniera todas las características de un auténtico equino para que el niño pudiera montarlo y corriera con sus rodachinas por los pisos de la sala y del andén.
Crecía la expectativa para Alain según se acercaba la nochebuena. Martín le había dicho que ante su insistencia tendría un caballo obsequiado por el Niño Dios. No obstante su felicidad, se preguntaba cómo sería aquel caballo, por dónde lo entrarían si mantenían la puerta cerrada. ¿En qué lugar lo amarrarían mientras él se despertaba?
Llegó la noche anhelada y después de las velitas, el espectáculo de los alumbrados y de la jarana de los mayores, los niños se fueron a la cama con la ilusión de los traídos. Alain fue el primero en acostarse. Soñó con los árboles de navidad que había visto en los pesebres de las casas vecinas. Pero veía el árbol de su casa como el más grande, con velas encendidas en las puntas de sus ramas, y grandes bolas de colores, cintas y estrellas doradas cubriéndolo desde la base hasta la cúspide. Las paredes de su alcoba y de la sala se volvieron transparentes, reflejando la luminosidad del arbolito y transformando los aposentos en una fosforescencia inusitada. Aquel sueño con su visión apoteósica completó su majestuosidad cuando vio a Papá Noel que volaba transportando regalos en su carruaje tirado por hermosos caballos blancos.

Era ya de madrugada, se despertó sudoroso y caminó afuera de la alcoba… Le pareció ver un caballo grande en el centro de la sala, inmóvil, oscuro, con su montura, jáquima y freno, listo para montarlo. Cuando puso su pie izquierdo en uno de los estribos y apoyó sus manos en el cuerno para sentarse en la montura, tomó las riendas y lo sintió moverse. Arqueó su cuello al relinchar, sacudió sus crespas crines y volteó el hocico cuando agitó sus belfos salpicándolo con una babaza amarilla. Y vio torcer sus grandes ojos cereza al empezar su galope incontenible.
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Caballos Yuri Gorbachev

Autobiografía
En mi ascenso por la montaña nunca he mirado hacia
el abismo porque no me gusta estrellarme.

Botella al mar
La memoria es el triunfo del hombre. Sin este recuerdo
en mi vida habría una gran laguna.

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El traído, Cuentos de Navidad. Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

El traído, Cuentos de Navidad. Grupo Literario El Aprendiz de Brujo

Este cuento hace parte del libro El Traído, Cuentos de Navidad, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, editado por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA de Medellín. 

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Ficciones y fotografías de ciudad - Saúl Álvarez Lara - Otra obra editada por la Fundación Arte & Ciencia.

Ficciones y fotografías de ciudad – Saúl Álvarez Lara – Otra obra editada por la Fundación Arte & Ciencia. Este miércoles 11 de diciembre a las 6:30 PM en la Librería Grammata de Medellín

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