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Archive for 21 marzo 2013

Punto de vista

Soliviantando mi espíritu

Álvaro Jiménez Guzmán

Movimiento continuo
Lo vemos también en las ruedas,
¡en las ruedas!
Que no les gusta detenerse,
a las ruedas…
Las mismas piedras que tanto pesan,
¡las piedras!
Bailan con el vivo son,
las piedras…

Wilhelm Müller

Grito en los pretiles - carátulaA raíz de la experiencia de mi primer libro Grito en los pretiles, había dicho que, con EL PEQUEÑO PERIÓDICO, en Medellín, tuve la oportunidad de reencontrarme con un sueño que acaricié y practiqué en mi primera juventud, en Cereté, Córdoba, y que finalizó con la brevedad del soplo de una ventisca. En este medio, que hoy ha catapultado al periodismo cultural, he podido afianzar lo que ayer quedó congelado en el alma por las adversidades propias de un rígido orden aldeano-feudal. Ha sido una nueva batalla, una escuela forjada alrededor de un grupo de estudio que tiene en el arte y la ciencia los estandartes para una estética en la reconstrucción del país. Mi percepción es que EL PEQUEÑO PERIÓDICO ha crecido, en un movimiento continuo, contribuyendo a derribar muros que se han erigido contra la libertad.
Después de mi primer artículo, extenso, en este vocero de la cultura, sobre la venta de ISA e ISAGEN, titulado “Matando la gallina de los huevos de oro”, pasando por publicaciones esporádicas en grandes medios, hasta hoy, he podido aprender la importancia de abreviar, de utilizar con contundencia los verbos y con precisión los adjetivos. Este periódico me ha enseñado que la batalla por subir la cuesta de las palabras es dura y prolongada.

Columna que Álvaro Jiménez Guzmán alimentó durante varios años en EL PEQUEÑO PERIÓDICO y de la cual nació el libro

Columna que Álvaro Jiménez Guzmán alimentó durante varios años en EL PEQUEÑO PERIÓDICO y de la cual nació el libro

Grito en los pretiles: entre el dolor y la esperanza, publicado en el 2007, a propósito de los 25 años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, son crónicas breves, una especie de mezcla entre la narrativa con visos de poesía y la opinión sobre diversos acontecimientos, recogidas en mi columna habitual del mismo nombre en este órgano de la expresión moderna. Pude materializar aquí aquel aprendizaje de la síntesis. La lucha por un espacio para difundir el pensamiento crítico es también el respeto por el derecho para que otros lo hagan. Renové, así, la trama, pero el hilo no estaba hilado, ni el tejido terminado. El trabajo apenas empezaba. En los vagones de este tren me embarqué para reanudar, en sus huellas, las propias.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO me permitió resistir con dignidad, como reza el lema de su penúltimo número, después del cual, el número 100, con el lema de la inmortalidad, cerrará su capítulo de treinta años de existencia física. Otros temas, como los puntos cardinales, o los cuatro elementos esenciales de la naturaleza, jugaron su rol para potenciar mi pensamiento, la importancia de investigar y la crítica. Un fenómeno novedoso de esta estirpe de la cultura, sólo era posible encontrarlo en este medio. La resistencia, por ejemplo, hizo parte consustancial de la huella impregnada por el periódico en su largo peregrinaje. Y no morirá pese a que el papel en el que reposan sus letras no lo batirán los malos vientos para enterrarlo. Se podría decir heredero de Netzahualcóyotl, “coyote hambriento”, soberano chichimeca de Texcoco: cuando cantaba su sed de inmortalidad, no quería nunca desaparecer, quería ir donde no existiera la muerte y se alcanzara la victoria. Somos de esta estirpe porque, según Henry John Kaiser, para llevar a cabo grandes empresas hay que vivir convencido, no de que somos longevos, sino inmortales.

aljiguz@une.net.co

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Del Caribe a Medellín

Esbozo de una gesta juvenil

Por Ángel Galeano Higua

Testigo el mar

Toma La Palabra nació en Cartagena, de la mano de Silvia Casabianca Zuleta

Toma La Palabra nació en Cartagena, de la mano de Silvia Casabianca Zuleta, a comienzos de la década de los 90.

Toma La Palabra fue un laboratorio de la imaginación y del sentimiento, que nació arrullado por el mar Caribe a comienzos de los años 90, cuando Silvia Casabianca Zuleta, una de las “descalzas” del Centro Médico de Especialistas de Magangué, tuvo que refugiarse en Cartagena por el deterioro de la seguridad en el Sur de Bolívar. Una de sus preocupaciones cruciales fue la situación vulnerable de los adolescentes.

Toma La Palabra - Encuentro Cartagena 1995

Toma La Palabra – Encuentro Cartagena 1995

Ella sabía desde antes de enrolarse en EL PEQUEÑO PERIÓDICO, en 1983, que la palabra también es sanación y se las ingenió para fundar el Colegio Carpe Diem donde primó un sistema amistoso y nada impositivo con los estudiantes. En ese cotidiano quehacer tuvo la idea de organizar encuentros de los muchachos con escritores. Invitó a poetas y narradores cartageneros para que conversaran con los estudiantes y realizaran ejercicios escritos. Fue tan contundente la acogida que se desbordó hacia otros colegios y universidades hasta culminar en lo que se denominó “Toma la palabra”.

Traslado a Medellín

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La alegría siempre estuvo viva en los líderes de Toma La Palabra.

Toma La Palabra - El Tiempo sept 9 Pg2 Sec2

Así reseñaba la prensa nacional y local esta gesta juvenil.

Acosada su familia por las amenazas de grupos ilegales, Silvia debió abandonar el país a finales de la década y me propuso que sondeara entre los jóvenes de Medellín a ver si continuaban con la idea.
“No recuerdo muy bien el momento exacto en que me enteré que existía algo llamado Toma La Palabra, cuenta Bárbara Galeano Zuluaga, pero lo que sí tengo claro es que fue a través de mi padre, que como buen soñador y visionario me contó que Silvia se iba del país y que yo qué opinaba de que adoptáramos esa idea para desarrollarla en Medellín, lo que me pareció una aventura maravillosa y le dije que sí, que lo hiciéramos”.
De inmediato se puso en movimiento. Yeimi Alexandra Alzate lo recuerda así: “Me enteré de ese lindo proyecto a través de mi amiga Bárbara. Hacíamos nuestra carrera de antropología y un día me invitó a las reuniones que se hacían en la cafetería del Paraninfo de la U de A. Fue ahí que todo comenzó”.
Y así como Yeimi, se fueron sumando más jóvenes. “La invitación me emocionó mucho y no dude en decir que sí”, cuenta Juan David Guarín, también estudiante de antropología entonces.

Había que hacer fila para inscribirse

Había que hacer fila para inscribirse

Johansson Cruz Lopera cursaba noveno grado de bachillerato y asistía a los talleres de literatura en Comfama y fue allí donde se enteró: “Mi primer Toma La Palabra fue como asistente en la modalidad de cuento”.

Ivette López tenía fascinación por la biblioteca del Colegio Palermo: “creo que fue la profesora de español o la bibliotecaria la que comentó de un evento para ir a escribir, empecé en un taller con algunas chicas del colegio y luego fui al encuentro como participante”.

Escuela de liderazgo

Encuentro en Magangué 2004

Asistentes del Encuentro de Toma La Palabra en Magangué, 2004.

Cuando menos lo pensó, Bárbara se encontraba metida de pies y manos en el proyecto, “Cada día adquiría más fuerza dentro de mí la idea de realizarlo, de hacerlo bien, de convocar a otros jóvenes que como yo creían en el poder de la palabra y del arte”.
“Todos jugamos diferentes roles”, afirma Yeimi. “Siempre fuimos un equipo organizador, yo participé en el comité de logística, ayudando a garantizar las condiciones para la realización del evento, luego en cuestiones académicas, de comunicación, y también las finanzas (la dura para esto siempre fue Bárbara)”.

En la Plazoleta San Ignacio Toma la palabra

En la Plazoleta San Ignacio Toma la palabra

Era una generación ansiosa de realizaciones, por eso no ponían trabas para jugar cualquier rol y así iban probándose a sí mismos. Creían en el proyecto, aportaron ideas, tiempo, ganas, fueron camarógrafos, presentadores, talleristas, hacían de todo.
Para Johansson lo máximo era formar parte del Comité Coordinador: “Una experiencia única: vivir la urgencia económica, propia de estos proyectos culturales que nunca cuentan con recursos, y lograr hacer, con esos pocos recursos, un evento de altísima calidad, fue muy gratificante”.

Impacto vital

Delegación juvenil de Magangué en uno de los Encuentros.

Leonardo Jesús Muñoz Urueta con la delegación juvenil de Magangué en uno de los Encuentros.

Realizar estos Encuentros cambió la vida de todos estos jóvenes. Bárbara nunca imaginó que tendría un rol tan importante y que “a su vez este proyecto hubiese sido definitivo en esa etapa de mi vida: Toma La Palabra no sólo atravesó mi ser en lo profesional para ayudarme a descubrir lo que me gusta hacer en la vida, con lo que me apasionó, con lo que sueño, sino que atravesó mi vida personal, reafirmó la relación con mi padre, construí amistades que aun hoy conservó, conocí a mi primer amor, me di cuenta de lo que era capaz de hacer, que no existían las barreras para mí cuando sentía que quería hacer algo, que cuando me caía me volvía a levantar con más empuje, reconocí mis cualidades y mis defectos, crecí…”.

Una gesta vigente

Clausura Encuentro

Clausura Encuentro en la Estación del Metro en el barrio Santo Domingo.

Cada protagonista de esta gesta juvenil es un libro de páginas memorables. Leandro Vásquez Sánchez y Yeison A. Henao, estudiantes del Colegio Marco Fidel Suárez, tuvieron roles similares en años distintos, pero ambos quedaron marcados por la experiencia. Los talleres con escritores “de verdad” fue trascendental. Comprobar que los sueños se hacían realidad los asombraba. Cuando Germán Castro Caycedo apareció ante el auditorio lleno de jóvenes de varios lugares del país, los más perplejos fueron los organizadores, quienes habían trabajado arduamente sin importar si era sábado o domingo.

Iván Darío Upegui del Metro de Medellín y el periodista Alberto Salcedo Ramos

Iván Darío Upegui del Metro de Medellín y el periodista Alberto Salcedo Ramos

Y así con William Ospina, Gonzalo España, Pedro Claver Téllez, Henry Díaz, Conrado Zuluaga, Pablo Montoya, Juan Diego Mejía, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Alberto Salcedo Ramos, entre muchos otros.
De las experiencias que más recuerdan resaltan “Altavoz se Toma La Palabra”, y los Encuentros en Magangué y Pereira.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO dedicó ediciones enteras a todos los Encuentros.

EL PEQUEÑO PERIÓDICO dedicó ediciones enteras a todos los Encuentros.

Al hablar con estos pioneros que encumbraron a Toma La Palabra hasta alturas insospechadas durante siete años, no resistimos preguntarles si creen que valdría la pena revivir el proyecto. Sin excepción, respondieron que sí. “Fue una experiencia definitiva y vital tanto para nosotros como organizadores, como para aquellos que participaron en los talleres”, sostiene Bárbara.

Toma La Palabra transformó mi vida en todos los sentidos”, confiesa Johansson. Algo parecido dice Leandro, quien hace poco se graduó de periodista en la Universidad de Antioquia. Yeimi y Bárbara no dudan en confirmarlo,
Este es apenas un esbozo de la inmensa riqueza que contiene este proyecto heredado del Caribe. Las historias de cada uno de estos gestores son ejemplares y se necesitaría más de un libro para recogerlas.

Logo de los Encuentros diseñado por los mismos jóvenes.

Logo de los Encuentros diseñado por los mismos jóvenes.

En este reducido espacio apenas si alcanza para reseñarlo como uno de los temas predilectos que EL PEQUEÑO PERIÓDICO trató durante varios años, y que fue cantera de articulistas, reporteros, vendedores, gestores, dirigentes y promotores, como nunca antes lo tuvo.

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Publicado en la última edición impresa – No. 100- de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, coincidente con los 30 años de vida del periódico.

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