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Archive for 31 octubre 2012

Arnoldo Palacios - Las estrellas son negras

Arnoldo Palacios nació en Cértegui, Chocó, en 1924. A los dos años lo afectó una poliomelitis que de por vida lo obligó a usar muletas. A los quince años se trasladó a Quibdó y luego a Bogotá para terminar sus estudios. Los originales de su novela Las estrellas son negras se quemaron en los disturbios del 9 de abril de 1948 y él la reconstruyó de memoria en dos semanas. Al año siguiente viajó becado a París para estudiar lenguas clásicas en La Sorbona. “Las estrellas son negras”, ha sido traducida a varios idiomas aunque ha sido ignorada por la crítica.

Jorge A. Morales A.

Conmovedora la novela del escritor chocoano Arnoldo Palacios, Las estrellas son negras, escrita en 1948. La historia se congela en el tiempo, el mismo Chocó, las mismas necesidades, la miseria generalizada, el olvido y el fracaso.
El octogenario autor nos visitó en la Fiesta del Libro de Medellín (2011), participó en un conversatorio con lectores, entre varias anécdotas se destaca la remembranza de un diálogo con un paisano y contemporáneo suyo que aseguró haber conocido a Irra, el personaje principal de su novela. El autor disfruta con la confusión, sabe que su personaje es de su propia creación, una síntesis de afro descendientes que luchan por un futuro mejor, cada día más lejano en el tiempo.

Primera Edición

La novela logra mantener su frescura y actualidad, desdice de una nación que legisla demagógicamente en contra de la discriminación pero no hace nada por lograr el desarrollo de el inhóspito Chocó y en general de las comunidades negras, conmueve también la falta de solidaridad de los chocoanos, luchan solos por reivindicaciones que pueden conseguir unidos, el individualismo los condena a continuar encadenados a la miseria.

Irra es el prototipo de una juventud afrodescendiente desencantada, perdedora, el autor cruelmente disfruta refregándolo en el pantano del fracaso. En la vida de Irra no existe un rato de felicidad, todo es angustia, desesperanza, búsqueda. Palacios ni siquiera tiene la bondad de terminar con su vida, lo deja vivo, pero herido, prolongando una infinita agonía llena de dolor y que se reproduce entre los de su raza, en el tiempo.

Publicado en El Pequeño Periódico, Edición impresa No. 98.

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Escribir no es un oficio

Andrés Nanclares Arango

Ser artista, para la mayoría de los que figuran hoy por hoy, es un oficio como el del mecánico, plomero o electricista. O, también una profesión como la ingeniería, la medicina o la abogacía. Es algo, según ellos, que se aprende en las escuelas para ganarse la vida.
Quieren hacer de su trabajo artístico su “modus vivendi”. No se les pasa por la imaginación que ser artista es por sobre todo un estado del alma.
El verdadero artista no espera nada tangible de su trabajo. A lo sumo, quiere que la gente conozca sus obras. Pero no lo hace por vanidad o por darse vitrina, como creen los insulsos, sino porque está convencido de que así cumple su arte su función social. De lo contrario, si oculta su obra o la quema como los románticos y los onanistas de la literatura, nada positivo está haciendo. Su tarea se queda en la repetición de actos masturbatorios.
Por eso el verdadero artista, el que siente la cosa como una enfermedad o como una virtud incurable, sabe que su obra, así se muera de hambre o no lo saquen en la prensa, tiene que ser conocida por la gente.
Cuando esto lo logra su obra, al artista verdadero no le importa que se le venga el mundo encima. Ese es su modo de ser.
Pero los artistas de ahora, la mayoría –mal de la época–, viven pendientes de los dividendos que les va a dejar su obra. Su oficio es como una flor en el ojal. Se anuncian, incluso como pintores, poetas o novelistas. Tienen su oficio como un logro, como un pegote de su personalidad. No les hace falta sino el diploma de pintores, poetas o novelistas y su respectivo anillo de grados.
Lo grave es que las universidades, por fortuna, aunque ya van por ese camino con el embeleco de los talleres de escritores, no expiden esta clase de patente. Si esto fuera así, ya los estuviéramos viendo con su escudillo de artistas en la solapa y su diploma de pared a pared.
Estos mismos son los que se agrupan y fundan uniones de escritores y sindicatos. Son los mismos que se enojan cuando les niegan los derechos de autor o pierden una competencia literaria. Son ellos, pues, en definitiva, los que pelean por tripa, como dice el cuento (…)
Ahí radica la ingenuidad y la falta de lucidez de estos “escritores”. Le piden peras al olmo. Creen que los editores, unos puros y simples negociantes, los van a considerar como artistas y a darles gabelas (…)
Eso es como pedirles a los patronos que se vuelvan justos con el obrero; que no lo exploten; que le devuelvan su dignidad de hombres. Y ponerse a cobrar por escribir, a echar cuentas por los sueños, eso es vulgar. El trabajo del artista, antes que individual, es social. Quien se descabeza por cobrar su obra demuestra que no siente el arte como un estado del alma, como una manera de ser. Porque uno pinta o escribe o compone porque no puede vivir tranquilo de otra forma.
El artista es artista como el árbol es árbol. Cobrar por eso; ponerse a armar alharaca contra los editores, unos vulgares negociantes que no piensan sino en metálico, es demostrar que no se intuyen siguiera los resortes secretos que sostienen esta sociedad.
Esta actitud hace pensar en el turpial que cobraba honorarios por ser turpial. Parece que estos señores no son artistas sino simples redactores de textos.
Ellos, pues, deberían entender que escribir no es un oficio. Escribir, siempre y cuando uno se conozca a sí mismo y tenga preñada el alma, es un acto tan natural y simple como sudar.

Publicado en la edición impresa de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 99, tomado de la Edición No. 37

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Crónica

Semillas de libertad

Nubia Amparo Mesa Granda

Flor de la papa criolla

Flor de la papa

“Creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad”. Sentada en la cocina de la casa de Liliana y Albino, en la vereda El Cabuyal del municipio de Copacabana, recordé estas palabras de Sábato. Eran las 7 de la noche y al calor de una deliciosa agua de panela, arepa y salchicha preparada en casa con carne de conejo, conversábamos, después de  recorrer los  5 mil metros cuadrados de Kahwana, el pequeño paraíso que estos dos soñadores han cultivado hace más de una década, cuando decidieron que debían retomar la conexión con la tierra, desmontar los mandatos del consumismo y propiciar alternativas de producción respetuosas con el medio ambiente.

Custodiados por el Cerro de La Palma y el Alto de las Cruces, vimos el atardecer mientras Albino y Liliana me mostraban las gallinas araucanas, una especie criolla que cada día es más escasa porque no es viable para la economía global, y que allí se mueven libremente poniendo sus huevos azulados y esperando morir de viejas. También estuvimos en el galpón de los conejos alimentados con el forraje que se produce en la finca y cuya carne sirve para preparar embutidos artesanales. Entre tanto, Lukas, Petra y Polo, los perros que rescataron de la calle, nos seguían con paso lento. Los gansos revoloteaban inquietos y uno de los patos picoteaba el pantalón de Liliana buscando esa caricia a la cual se ha acostumbrado. Habíamos llegado al estanque donde las “bailarinas” remaban cadenciosas, y ahí, justo al lado, encontramos el limoncillo y la hierbabuena que pude olfatear con deleite, escuchando de boca de Albino sus propiedades medicinales.

Revalorar la vida

Repollos de la huerta casera

Repollos de la huerta casera

Era lunes, por primera vez en muchos años, acostumbrada al vértigo al que obliga el mundo laboral, esa tarde transcurrió apacible entre los árboles de zapote y durazno, guanábana y chontaduro, carambolo, níspero y limón, especies nativas o exóticas, árboles frutales, hortalizas, verduras y cereales que con paciencia ha cultivado Albino, sin abonos químicos ni sustancias sintéticas, sin importarle si darán frutos o no, aunque esa es su esperanza. Otra vez recordé a Sábato: “En el vértigo no se dan frutos ni se florece”.

Aguacates tiernos

Mientras descubría cómo se produce el maní, veía el diminuto grano de la quinua y el asombroso color morado de una variedad de papa, pensaba que sí, que es posible volver a la vida sencilla y frugal, que es posible resistirse al consumo irracional y revalorar los espacios de libertad y creatividad. Albino Idárraga y Yolanda Páez, ambos zootecnistas egresados de la Universidad de Antioquia, tomaron esa decisión y hoy viven en una casa de tapia que tiene más de 160 años, cosechan para su propio sustento, no tienen televisión, compran solo lo indispensable y trabajan solidariamente por su comunidad.

“Hace veinte años casi teníamos el monopolio del negocio de bastidores para pintar al óleo y al acrílico, pero teníamos la idea de vivir en una finca y de trabajar para vivir bien y tranquilos”. Por eso se trasladaron allí y su negocio de bastidores ahora es fuente de empleo para dos trabajadores de la vereda que en tiempos de “vacas flacas” para el negocio apoyan en la siembra y las labores de la finca. Incluso comparten los beneficios de la cría de conejos o de las cosechas a cambio de su trabajo.

La huerta casera también estimula la solidaridad en la vereda

La huerta casera también estimula la solidaridad en la vereda

Con los habitantes de la vereda han roto las barreras de la incomunicación. “Queremos acercarnos cada vez más, la idea es llegar a tu corazón”, dice la invitación del grupo Cabuyaliando que fundó y personifica Albino, y a través del cual desarrollan programas de promoción de lectura, proyectan películas, organizan cursos de pintura, costura, caricatura, cocina. Todo, aprovechando los conocimientos de los amigos que aportan su tiempo y entusiasmo y los ponen al servicio de la comunidad. “A través de estas actividades queremos compartir la idea de que podemos transformar las cosas, mostrar que el Estado no está, y entonces hay que hacer actas de compromiso, dejar de sentirnos como limosneros y solicitar su presencia”, dice Albino, y en sus palabras reconozco la misma postura de Sábato cuando dice que “debemos exigir que los gobiernos vuelquen todas sus energías para que el poder adquiera la forma de la solidaridad, que promueva los actos libres, poniéndolos al servicio del bien común”.

La plenitud de un encuentro

Son las 8 de la noche. Liliana y Albino me acompañan a tomar el bus de regreso. Caminamos por el sendero sembrado de maní forrajero, que hasta ese momento yo no sabía distinguir. Nos encontramos con algunos vecinos que al pasar nos ofrecen su saludo cordial y abierto y formulan la pregunta obligada para Albino: “¿Cuándo es el festival de cometas? Lukas va a nuestro lado, agitando su cola, mientras yo trato de retener la imagen del “didgeridoo”, un instrumento de viento utilizado por los aborígenes de Australia y que le regaló una sobrina a Albino, aficionado a los instrumentos autóctonos. Alcanzo a comprometerlos para que me inviten a tomar unas copas del vino de naranjas que están fermentando y que todavía se demorará unos meses para estar al punto. Un abrazo sella nuestro encuentro de esa tarde y yo me voy a releer La resistencia, convencida, como su autor, de que “las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos”.

nubiamesa456@gmail.com

Publicado en la Edición impresa No. 99 de EL PEQUEÑO PERIODICO.

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Cuento

Un fagot sobre la nieve

Jaime García Henao – Grupo Literario “El Aprendiz de Brujo”.

Srebrenica

¡No nos dejarán solas mamá!, repetía una y mil veces mi hija en medio de un sollozo que rompía cualquier esperanza – Srebrenica.

“La muerte acechaba a cada instante; y nosotras, cabalgando sobre el lomo de nuestro aliento, sólo encontramos una opción: resistir.”
Cuando topamos con ella, la lluvia caía recia como gotas de cristal, y el aire se invadía de raras melodías que flotaban por todas partes; eran sonidos densos, ritmos lentos y angustiosos que salían de su fagot y se mezclaban con la noche, haciéndola llorar.
¡Es el adagio del adiós!, nos dijo con voz entrecortada. Y empezó a contar:
“¡Yo vengo de allá!, señaló. De esas tierras escarpadas entre enclaves étnicos y aguas que discurren perezosas, formando curvas y meandros que se pierden en el mar. De esa amalgama de pueblos y culturas que han polarizado sus diferencias y sus odios ancestrales, convirtiéndolos en actos de barbarie y salvajismo, haciendo de la paz un vago sueño de la imaginación.
¿Ven la gente correr? Huyen como ríos crecidos y desorientados buscando una esperanza, tan sólo una posibilidad. ¡Yo vengo de allá! ¿Alcanzan a oír? Ruidos estridentes que aturden y donde el aire huele a carbón…”.
De repente detuvo sus palabras y se aferró al instrumento, como si se lo fueran a quitar. La lluvia no cesaba su caída y el viento declinaba hacia el Adriático cuando me acerqué a ella intentando no sé qué. Entonces me miró con ojos muertos, y continuó:
“Antes que esto pasara, mi vida transcurría entre la mezquita y los acordes de los instrumentos. Pero un día todo se tornó peligroso cuando los odios que estaban retenidos empezaron a brotar. Cada enclave demandaba lo suyo; así, entre marchas, protestas y algunos forcejeos, los unos reclamaron autonomía, independencia y otros tanto, intervención.

La masacre mientras tanto se pasaba en vivo. Srebrenica

La masacre mientras tanto se pasaba en vivo –  Srebrenica.

La reacción no dio espera y el ejército actuó de inmediato. Nos cercaron; al comienzo el bloqueo fue sólo alimentario; decidieron esperar que nuestros suministros se agotaran y muriéramos de inanición. La gente empezó a enfermar y los hospitales se vieron atestados, pero ya no autorizaban el paso de ningún suministro; la insulina se buscaba con desespero por todas partes, las dosis se mermaron y al igual que el agua, los antibióticos y todo lo demás, pronto se acabaron.
El hambre, que no da espera, acosaba; así que temerosas pero decididas porque no teníamos más opción, salimos de nuestras casas en busca de algo, a sabiendas que allá afuera, entre el siseo de la brisa o por entre los ventanales huecos de un edificio abatido, la punta de un cañón nos señalara. Y es que un poco de arroz o cualquier naranja perdida en el camino nos servían, no importaba que estuviera blanca y mohosa, repleta de mildiú.
La masacre mientras tanto se pasaba en vivo. Todo es cuestión de tiempo- pensaba entre lágrimas- confiada en que la ayuda pronto llegaría, o tal vez para engañarme un poco, no sé.
La ONU lo sabe, Europa toda lo sabe; nos están matando y el mundo entero lo sabe. ¡No nos dejarán solas mamá!, repetía una y mil veces mi hija en medio de un sollozo que rompía cualquier esperanza. Pero los días pasaban, las semanas pasaban y la granizada de artillería continuó cayendo sobre todas nosotras, entrecortando nuestro aliento y desgajando en minúsculos pedazos hasta volver partículas, el último átomo de felicidad.
Entonces, bajo una nube cargada de nacionalismos extremos que por años vegetaron en la sombra, huimos tratando de escapar. Éramos miles, decenas de miles que corríamos presurosas buscando protección. Una trashumancia interminable llena de cansancio, repleta de terror. La hueste oficial atacaba y por todos los lugares un hedor nos revolvía el estómago; eran los cadáveres insepultos, abandonados como carroña en los campos y las calles.

Finalmente fuimos capturadas también; sometidas en campos de concentración y como parte del proyecto de exterminio, las mujeres violadas, repetidamente violadas y los hombres, muchos de ellos ardieron en llamas. Fueron quemados vivos…”
De repente se calló y prorrumpió a llorar. Y sus sollozos eran lentos; tan lentos como aquel Adagio del adiós que volvió a sonar allí, sobre ese tenebroso tapete blanco que era la nieve de los Balcanes.

 

jaimegarhenao@hotmail.com

NOTA: Para mayor contexto leer sobre la masacre de Srebrenica. (N del  A)

Publicado en la Edición impresa No. 99 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.  

 

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