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Archive for 24 septiembre 2012

Perfil de Mujer

El arte de organizar

Ángel Galeano Higua

Dicen que la educación de los hijos es muy difícil, pero debo confesar que mi hija Bárbara me ha educado con una facilidad impresionante. Su forma de ser, su talento y energía juvenil para organizar me han enseñado más que cualquier otra persona o institución.

Viaje de infancia

Bárbara y Diana Giraldo en la Albarrada de Magangué (1982)

Bárbara y Diana Giraldo en la Albarrada de Magangué (1982)

Con el arrullo del río Magdalena y los acordes de La pequeña serenata de Mozart, la niña se durmió. Antes había sucumbido ante El Fantasma de Canterville que Carmen Beatriz, su madre, o yo, acostumbrábamos leerle cada noche. Las cigarras se sumaban al concierto y el viento mecía las ramas del grosellero en el patio. El ventilador mentía el calor del puerto. Esa tarde habíamos regresado de La Ventura, en las estribaciones de la Serranía de San Lucas: un delicioso paseo de cuatro días para ella, lo que para su madre fue una intensa brigada de salud con los campesinos y pescadores, y para mí la tarea de reportero de aquella utopía de “los descalzos”. Poco más de cinco horas en chalupa por el Gran río, ciénagas y caños hasta llegar al caserío. Luego, durante el regreso a Magangué, el inesperado asalto a la chalupa por una cuadrilla de guerrilleros que se hicieron pasar como pasajeros, la mujer herida de un balazo en la espalda y que murió días después, el despojo, la humillación, la impotencia. Pero la tierna memoria de Bárbara se resistió a guardar esos hechos.

Iglesia de Santa Bárbara - Dibujo de un niño momposino - Foto Bárbara Galeano Z.

Iglesia de Santa Bárbara – Dibujo de un niño momposino – Foto Bárbara Galeano Z.

Al día siguiente la despertaron el sol que sangraba el cielo, el escándalo de los gueres gueres y guacamayas que pasaban en bandadas, los gritos de los carretilleros que ofrecían pescado fresco, y las negras palenqueras esbeltas y descalzas que con las canastas sobre su cabeza voceaban las alegrías de coco y anís. Después del desayuno yo la llevaría en bicicleta al colegio como todos los días.
Así transcurría el tiempo, hasta cuando salíamos de nuevo a otra brigada por la cuenca del Bajo Magdalena, Palenquito, Montecristo, o de paseo a Mompox, Cartagena o Barranquilla. Una infancia bañada en paisajes de río y mar. Pintada con todos los verdes, todos los rojos, todos los azules del Caribe. Atesorando sabores de esa comida cosmopolita propia de un puerto como Magangué, y absorbiendo olores de albarrada, de melones y mangos en el mercadito de Baracoa, sorgo y maíz que los coteros subían a los camiones de Medellín o Bucaramanga. La música de acordeón sonaba en alguna refresquería cercana.
En este abigarrado mundo Bárbara vivió su infancia. Algo de todo esto recordaría quince años después en Londres donde, a la vez que estudiaba, recorría museos, parques y bibliotecas, y el Támesis se le revelaba como un hermano del Magdalena.

De puertas abiertas

Mompox (acuarela Robertho)

Mompox (acuarela Robertho)

Su madre no la llevaba a todas las brigadas de salud, en cambio hacía parte de las jornadas de EL PEQUEÑO PERIÓDICO. Íbamos a los barrios, a los corregimientos de Cascajal y Henequén, a Puerto Limón y Talaigua. Así se fue convirtiendo en una excelente vendedora del periódico, lo disfrutaba como un juego, como parte de un paseo en el que las gentes y la naturaleza exuberante inyectaban en su espíritu una alegría de vivir que brotaba en su sonrisa y asomaba en sus ojos con indómito brillo.
Nuestra casa mantenía de puertas abiertas para “los descalzos”, esos maravillosos soñadores que habían ido al Sur de Bolívar con el milenario propósito de ayudar a los pobladores a desarrollar sus propias fuerzas productivas, a vivir pacíficamente, sin penurias, con salud y dignidad.

La alegría de Totó

Bárbara (izq) con el Grupo Aprendiz de Brujo en el Archivo Histórico de Medellín, durante una sesión de Vigías del Patrimonio.

Bárbara (izq) con el Grupo Literario El Aprendiz de Brujo en el Archivo Histórico de Medellín, durante una sesión de Vigías del Patrimonio, 2011.

Por esas jugadas del azar, conocimos a Totó en su viaje a pie por las tradiciones de Talaigua Viejo. Iba con una grabadora recogiendo cantos, aprendiendo de Ramona Ruiz y las bailadoras de chandé de Mompox. Conoció nuestro periódico y se estableció una sólida amistad. Visitarla en su casa de Talaigua Nuevo era una delicia que impregnaba a Bárbara de ese mundo de la gaita y el tambor, del baile y el jolgorio, del pescado con yuca y suero, y guarapo de tamarindo.
En cierta ocasión organizamos con Totó la celebración de una cumbiamba en una discoteca a las afueras de Magangué. Era de noche. El lugar era muy amplio y los invitados iban ocupando sus mesas alrededor de un inmenso patio con palmeras. En una de aquellas mesas estaba Bárbara muy atenta. De pronto, todo quedó a oscuras y una cumbia empezó a sonar suavecito, como un susurro lejano. En seguida aparecieron pequeñas antorchas, como estrellas titilantes. Era como un sueño que iba brotando hasta invadir el lugar. Cuando las luces se encendieron de nuevo, iban Totó y Ramona Ruiz al frente de las bailadoras de Talaigua Viejo, iniciando la cumbiamba. Fue una noche imbuida de magia.
Seguimos a Totó a muchas partes, hasta cuando se fue a estudiar a París. Después nos volvimos a ver en los Festivales de música del Caribe y mucho tiempo después en Medellín.

El retorno

En la biblioteca de La Enseñanza de Medellín

Al regresar a Medellín ingresó al Colegio La Enseñanza para cursar el bachillerato.

Quizás por todo esto Bárbara no entendía qué sucedía, por qué tenía que recoger sus libros, sus mascotas de peluche, su ropa. Después de un proceso de liquidación del Centro Médico de Especialistas, triste tarea a cargo de su madre, y el cierre del periódico, tuvimos que emigrar para salvar la vida. Ya no se podían hacer brigadas de salud, en el país se había instalado el terror armado amparado en la demagogia del gobierno de Belisario Betancur que cedía terrenos soberanos a la guerrilla.
Fue un viaje de derrotados. El sueño de servir a las gentes de Magangué quedaba hecho trizas. Como desplazados retornamos a Medellín, la tierra natal de Bárbara, para empezar de nuevo. Ingresó al Colegio La Enseñanza donde cursó su bachillerato y accedió a las ventajas de hacer las cosas con organización. Pero si en el Sur de Bolívar se vivía un nefasto capítulo de barbarie, en Medellín cundía la inseguridad exacerbada por Pablo Escobar, el patrón del narcotráfico. La ciudad que le tocó a Bárbara vivía bajo la zozobra cotidiana de los atentados. Sin embargo, en medio de aquella incertidumbre renació el periódico, nuevas sangres lo alimentaron y se convirtió en antídoto a la desesperanza reinante. Casi sin darnos cuenta fue compañía, como un hermanito con quien Bárbara crecía y ayudaba, junto con su madre, en la construcción de una editorial literaria que fue tomando forma alrededor del periódico. Desde entonces Bárbara ha participado en las discusiones editoriales, con todo lo que esta labor implica de lecturas, corrección y edición de textos, diseño y diagramación, y en la organización del lanzamiento de libros de la Fundación Arte & Ciencia.

Pasando revista a una edición del periódico.

Pasando revista a una edición del periódico.

El ingreso a la Universidad de Antioquia marcó su vida con nuevas experiencias y amistades. Mientras adelantaba sus estudios de Antropología se involucró en la organización de uno de los movimientos literarios más importantes que se haya desarrollado entre la juventud de Medellín de comienzos de este siglo: Toma La Palabra.

Toma La Palabra

Las primeras reuniones fueron en la cafetería del Paraninfo, que se conjugaban con las tertulias literarias que tenían lugar los sábados en Comfama de San Ignacio. Al comienzo asistieron los compañeros de estudio de Bárbara con quienes se fue perfilando el grupo director. Luego llegaron jóvenes de otras universidades y colegios.
Esta experiencia merece capítulo especial, pero lo que queremos resaltar aquí es la confluencia de una generación que supo encarnar el espíritu de la palabra como potente instrumento expresivo en épocas de incertidumbre. Que supo dar vida al término “Encuentro”, llegando a reunir en seis años consecutivos a miles de jóvenes de diversas partes del país cuyo santo y seña era un escrito en forma de cuento, crónica o poema.

Bárbara Galeano Zuluaga - Presentación del Libro Perfil de Mujer.

Bárbara Galeano Zuluaga – Presentación del Libro Perfil de Mujer.

Cada líder de esta gesta puso en juego su talento. Lo que Bárbara hizo fue aglutinar armoniosamente esas energías para materializar los propósitos. Como si de repente todas las vivencias acumuladas en su infancia y adolescencia se desencadenaran con fuerza sabia, con belleza creadora. Porque organizar es un arte. Acoger ideas y personas, administrar los bríos, gestionar recursos, convencer y conmover, contener y liberar, prever, proyectar. Sin tener un peso, lograr la hazaña de realizar Encuentros exitosos de gran calidad. No todo se traduce en metálico. Grandes y pequeñas empresas apoyaron Toma La Palabra porque vieron allí un sueño pujante de juventud, con propósitos claros y cohesión organizativa.
Y no le bastó a Bárbara dirigir ese proyecto, sino que tomó las riendas de la Fundación Arte & Ciencia y le dio un vuelco total, la desarrugó y la extendió, abrió sus puertas, se rodeó de un grupo de jóvenes como ella, llenos de entusiasmo y deseosos de conquistar un lugar en la ciudad, en el país, en el mundo.

Su Tesis de grado, Mompox, un activo de la memoria de la Humanidad, es un estudio sobre la riqueza cultural de ese puerto anclado en el tiempo que conserva todavía muchas de sus construcciones y costumbres coloniales. En el texto de presentación recuerda su infancia cuando correteaba por aquellos caserones y calles adoquinadas, aquella albarrada y las empinadas iglesias, el cementerio masón y el Colegio Pinillos, así como los talleres de orfebrería, paladeaba el dulce de cáscara de limón y el jugo de tamarindo.

Bárbara con el grupo Vigías del Patrimonio del Corregimiento de Altavista, Medellín. 2011

Bárbara con el grupo Vigías del Patrimonio del Corregimiento de Altavista, Medellín. 2011

Luego trabajó con la Alcaldía de Medellín en los programas de Patrimonio Cultural, participó en la creación de la Red de Museos de Medellín y viajó representando a la ciudad y al país a los Encuentros Iberoamericanos de Montevideo y Lima. En la actualidad es la Coordinadora Académica del Departamento de Extensión Cultural de la Vicerrectoría de Extensión de la Universidad de Antioquia.

Mi maestra

Bárbara Galeano Zuluaga.

Bárbara Galeano Zuluaga, Parque Los Olivos en Lima, Perú

Me es imposible ser objetivo y con mayor razón cuando hablo de mi hija. La información que los padres tienen de sus hijos es abrumadora. Sufrimos con su dolor, no importa la hora ni el lugar siempre estamos pensando cómo les irá, sus sueños, su trabajo, sus desengaños y sus renovadas ilusiones. Su forma de ser, su talento y energía juvenil para organizar me ha enseñado más que cualquier otra persona o institución. Por eso, ad portas del cierre definitivo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, lo menos que puedo hacer es rendir un homenaje a la madre y a la hija que han sabido comprender el terco viaje de estos 30 años. Dicen que la educación de los hijos es muy difícil, pero debo confesar que mi hija me ha educado con una facilidad impresionante. Ello se debe a que hemos procurado mantener la mente y el corazón muy abiertos, y a que ella quizás tiene más información de mí que yo mismo.

Tomado de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 99, edición impresa. Agosto de 2012

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Editorial

Nuestra última carta

Ángel Galeano H.

Portada de la Edición 100 de EL PEQUEÑO PERIODICO, con la cual el periódico clausura sus páginas.

Portada de la Edición 100 de EL PEQUEÑO PERIODICO, con la cual el periódico clausura sus páginas.

Así como a Tarkovski o a Héctor Rojas Herazo les es imposible separar su infancia de toda su creación artística, así mismo en EL PEQUEÑO PERIÓDICO no podemos olvidar el origen, justo ahora cuando el camino se abre hasta el infinito. Es decir, justo ahora que clausuramos sus páginas.

Al darle vida a esta última edición nos hicimos una pregunta: ¿Para qué hicimos lo que hicimos durante 30 años? La respuesta está ahí mismo, en el origen: Para ser, para existir. No nacimos para competir con nadie, ni contra nadie. Ni fuimos fruto de un frío cálculo. Los factores que entraron en resonancia para que EL PEQUEÑO PERIÓDICO tuviera vida fueron varios y diversos. Una cita con el azar, como la vida misma.

Y no fue sino que sintiéramos la necesidad de contarles a los amigos, a la familia, cómo era el lugar a donde nos habíamos trasladado siguiendo el lancetazo de un sueño. Al comienzo escribíamos cartas, muchas cartas, pero pronto nos vimos escribiendo una sola para todos y esa carta adoptó la forma de un periódico. De un pequeño periódico que, de paso, les contaba también a los pobladores de ese lugar lo que descubríamos en ellos, en el río, en los amaneceres rojos y en la larga hilera de garzas que rayaban el cielo azul de Magangué.

Aprendimos muchas cosas que marcaron el camino de estas tres décadas y fuimos fieles a esa marca, hasta este instante en que escribimos esta última nota editorial. Aprendimos, por ejemplo, a levantarnos después de un revés, sacudirnos el polvo del camino y continuar. Fuimos captando la inmensa riqueza expresiva de nuestro pueblo, tomamos nota y luego nos entregamos a la extenuante batalla con las palabras para intentar contarlo. Abiertos de cuerpo y alma: a los olores y sabores, las celebraciones y las ausencias, los rituales funerarios y las fiestas de corraleja y de cosechas. La presencia continua, rumorosa y enigmática del río Magdalena, convertido en nuestra monumental cloaca nacional.

Hasta cuando la brutalidad de unos pocos que adoran el dinero y las armas, y el fetiche impositivo de un dogma, nos obligó a tornar a Medellín. Pero en el fondo nada modificó el alma del periódico. Siguió su esencial impulso epistolar de otrora y hasta adoptó la invicta forma de los libros.

Los momentos rutilantes de este periplo están signados por personajes de gigantesca talla. Francisco Mosquera Sánchez, Totó La Momposina, Pedro Nel Gómez, Rodrigo Arenas Betancur, Héctor Rojas Herazo, Jorge García Usta, Gabriel García Márquez, Débora Arango, Manuel Mejía Vallejo, Mario Escobar Velásquez…. Y la lista se enardece con vida propia y se puebla de seres maravillosos y anónimos.

El movimiento de ideas fue oleaje vivificante. Para enumerar los atrevimientos que agitaron nuestras páginas harían falta otros cien números. Pero citemos algunos: La verdadera patria es la infancia. Al mundo no lo salvan las armas. El arte es el único agregado a la naturaleza que perdura contra la estupidez humana. El Sida sí tiene cura. El diámetro de la tierra no alcanza para contener un muerto. Toma la palabra. La diferencia de género está en la mente. La muerte no existe. Perfil de Mujer, Cuando el río suena. La tierra sigue temblando. La última página. La eterna primavera se calentó…

Esta es nuestra última carta para los amigos de cerca y de lejos. Para la familia dispersa. Para nuestros hijos. Para los lectores anónimos. Para nosotros mismos. Cuando queramos podemos volver a leerla. Aquí queda, a la vista de todos. No se destiñe. Es inmortal.

Publicado en la Edición 100 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, última edición impresa. La imagen corresponde a la obra del artista Luis Berrío, Viajero del río de la vida.

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Ensayo

La resistencia cultural y las palabras

José Luis Garcés González

Cuando todas las ventanas parecen cerrarse, la cultura abre sus mares.

Cuando todas las ventanas parecen cerrarse, la cultura abre sus mares.

Metidos en un barco averiado, mojados los pies por el agua cubierta de mariposas ahogadas, los pasajeros no queremos que el capitán disfrace la desgracia con la floresta de una palabra. De una falsa palabra. Somos pobladores del barco del naufragio, y la salvación no está en ocultar la desgracia sino en resistir y disponernos a librarnos de la muerte que acecha. En conocer la debilidad de nuestra ancla. Y concatenar, de ser posible, palabra y realidad.

Frente a la farsa nos acusa el infinito. Estamos metidos en palabras mentirosas y cenizas viejas. No sé si hay algo nuevo bajo este cielo. La misma sangre se derrama en las noches de espanto. El mismo odio, crecido como un gigante macrocéfalo, arrecia la malignidad de sus clarines. La sombra es sopa y capa, espalda de cuchillo. No están hechas las noches para sentir, como agua lenta, la respiración de un corazón amado. Las noches son pies del enemigo, desquite del sueño, grillo untado de barro desastroso. La patria es sangre, sombra y aullidos. Ya la palabra en los altos tabernáculos del poder sólo sirve para mentir. Su capacidad de certeza o de creación ha quedado replegada. Su usó confundió la ética. Se utiliza para crear artificios, no para designar verdades. La realidad es la misma y la palabra, por el sólo hecho de anunciarla, no puede propiciar el cambio. La realidad, tozuda e inmodificable, permanece, se afinca como garras de tigre enfurecido. Y la palabra, prostituta a la fuerza en poder de los malabaristas del circo, se debilita, se daña, causa lástima. Entonces, tiene que inventarse una nueva palabra. Una palabra con fuerza y resistencia. Esto es, con el índice, señalar la verdad. Para tratar de que haya acople entre realidad que se nombra y palabra que se usa para designarla.

A través de muchos años quisieron hacernos creer que es nueva la casa, o nuevo el barco y válidas las palabras. Pero viejos y desgastados son sus ladrillos. Carcomidas están sus puertas. Perforado se halla su techo. Hundido se ve su piso. Lastimada está su semántica. Y maltratados están sus habitantes. Es la vieja casa de la desesperanza y de la palabra infame. Sus cimientos crujen y es pavoroso su lamento. Vientos de nefasta procedencia la hacen tambalear. Los ladridos de los perros le alteran el sueño y le ahuyentan la sonrisa. Por la noche, pájaros de oscuras alas se meten por las ventanas. Por el día, murciélagos ciegos y decididos, salen del cielo raso, planean, aterrorizan y chocan contra las paredes. En ese instante la palabra duerme.

Frente al acoso, la cultura, la resistencia fincada en la cultura ocupa su puesto. Muchos amigos cayeron en el camino. O desertaron de la ruta. Pero hay que continuar. No importa que se usen otras maneras. Cuando todas las ventanas parecen cerrarse, la cultura abre sus lares. Literatura, pintura, música, ensayo, cine, teatro, periodismo cultural son expresiones que han continuado levantando la voz. Arte que ha resistido la mentira. Que ha gritado contra la indignidad o la injusticia.

La Barca-Oleo sobre lienzo, de Carlos Mario Ospina

La Barca-Oleo sobre lienzo, de Carlos Mario Ospina

Pero cambiar el lenguaje y modificar la palabra implica un proceso. Las palabras se resisten. Por ello hay que entrar a las palabras como se entra a una casa conocida. Sin tocar. Ya en sus predios, hay que habitar las palabras o hacerlas habitables. Habitables para hacerlas nuestras. Si alguna palabra se te resiste: lucha o déjala. Si te quedas en ella, camina sus pasadizos, sus laberintos, sus patios sembrados, sus misterios de noche, sus frontones barrocos. Saca los ojos y mira desde las ventanas. Observa el paisaje: verás regados en el campo: letras, signos de puntuación, tildes y un manchón de tinta que semeja un mapa con los pies frustrados. Son los escombros de que están hechas las palabras. Especialmente, las palabras protervas.

Ya habitables, dales un nuevo significado, no abuses de ellas. Sácales sus jugos primarios. Juega con sus destrezas. Extráeles la belleza del grito. Y cuando todo cese, porque, en voz de Mefistófeles, todo lo que nace bien merece morir, procura retirarte a tiempo. Evita que esas palabras se conviertan en un lugar común o en un árbol de hastío. No reincidas en ellas porque les dañas en forma malévola su estructura virginal y su carga de lucha y de sorpresa. Déjalas. Otros las buscarán. Otros les encontrarán diferentes connotaciones.

Así, todas las palabras son habitables en el universo de la resistencia cultural. La clave es saberles encontrar la puerta. Y, luego, hallar pronto su chisporroteo profundo. Dejarnos seducir por su luz de vidrio. De esta manera, acumuladas y seleccionadas, como si vinieran en un camión que se abriera paso entre la niebla y la madrugada, las palabras se convierten en artículos, en revistas, en periódicos, en libros, en librerías. En vida. Como éstas que, en forma de texto, guindan de mi mano como una bandera al viento en busca de lector. Las palabras. La vida. Las palabras que, parafraseando a Aurelio Arturo, una tras otra son los libros. Los libros que son la vida. La vida, que es la resistencia frente a la muerte.

eltunelmonteria@yahoo.com

Publicado en la edición impresa No 99 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO, actualmente en circulación.

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Nota: José Luis Garcés es Escritor, ensayista y gestor cultural nacido en Montería. Director del Grupo de Arte y Literatura El Túnel y del periódico del mismo nombre. Sus libros más recientes son Montería a sol y sombra y La fiera Fischer.

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