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Archive for 9/08/12

Punto de vista

¿Y si todo fuera mentiras?

Saúl Álvarez Lara

Nada ni nadie se salva. Vivimos en un mundo de mentiras que inventamos y reinventamos con sentimientos, sabores, sinsabores, amor y muerte, cada día.

“…La sociedad como ficción o el fin de la democracia…” fue lo que a quema ropa dijo mi amigo Ángel Galeano H. sentado a la mesa de un lugar donde nos encontramos con alguna frecuencia. Hablaba, entonces, sobre el tema central del antepenúltimo número de EL PEQUEÑO PERIÓDICO y me lo dijo porque le pregunté cómo iba la muerte anunciada. No discutimos el tema de la relación entre ficción y democracia, quedó flotando en el ambiente y, más bien, me adelantó pormenores de los eventos que número a número llevarán a la desaparición de EL PEQUEÑO PERIÓDICO. Sin embargo en esa desaparición hay ingredientes de los planteados en su frase inicial pero no se lo dije. La frase, entonces, quedó suspendida, no sé dónde, hasta una tarde en que apareció también a quema ropa, una pregunta: ¿Cuántos puntos en común pueden existir entre el espacio que genera la ficción y el espacio en que se desplaza la realidad? (Por supuesto asumiendo que entre realidad y democracia no hay diferencia). La respuesta fue inmediata. Solo uno: ninguno de los dos existe. Ambos son mentira. La ficción es un invento y por lo tanto es una representación de la mentira, dicen, y muchos la tratan como tal. La democracia también es un invento y de la misma manera que la ficción puede pasar por mentira.
Ligera afirmación medir invención y mentira con el mismo rasero. De ser así, todas las invenciones humanas serían mentira. La pólvora, la rueda, la penicilina, el avión, el papel, los libros, la porcelana, para mencionar sólo algunas, por ser invenciones de la humanidad tendrían el valor de mentiras.
Si hiciéramos el ejercicio de imaginar un mundo de mentiras, como el que propone la afirmación, llegaríamos quizá a ver nubes de algodón, fachadas de cartón, mares con oleaje de plástico ondulado por el viento falso de los ventiladores, como el que Fellini inventó para que Casanova escapara de sus perseguidores. Seguramente, en ese mundo de mentiras los personajes serían de papel, no correría sangre por sus venas y los sentimientos, si acaso tienen, no tendrían importancia. O tal vez sí. En un mundo de mentiras los sentimientos serían los mismos que, desde todos los ángulos tienen lugar, en el mundo de verdad, en la ficción: el amor y la muerte. Amor y muerte con todas las variables posibles de odio, traición, hijos, trabajo, deporte, negocio, vida, en fin. Y los personajes, como son de mentiras, no deberían ser uno. Como son de mentiras podrían ser varios a la vez, eso no tiene importancia, así sucede con los mentirosos en el mundo de verdad. Uno mismo sería bueno, malo, mentiroso o sincero, todo en un solo cuerpo, en una sola acción.
Es posible que Picasso, cuando creó sus retratos cubistas, el de Dora Maar por ejemplo, hubiera presentido la misma sensación de bien, de mal, de sinceridad y mentira, de frente y perfil, arriba y abajo, todo en un solo plano como la representación de una ilusión que no faltó quien la calificara de locura y por supuesto de mentira. El Aleph, ese pequeño espacio que también abarca todo, situado por Borges en el noveno escalón de abajo para arriba del sótano de la casa de Beatriz Viterbo en Buenos Aires, abarcaba todos los lugares, horas, momentos y personajes posibles. Fue El Aleph precisamente lo que también enloqueció a Carlos Argentino. Afirmar que algo es mentira porque tiene origen en la ficción o en la representación visual, seguramente engañosa de los retratos de Picasso, es lo primero que ocupa el interés del público que, a su vez, inventa “una realidad, su realidad”, en oposición a la ya mencionada mentira. Sin embargo, siendo la realidad o su significando, otra invención, nadie estaría lejos de situarla, también, en el rango de las mentiras.
Nada ni nadie se salva. Vivimos en un mundo de mentiras que inventamos y reinventamos con sentimientos, sabores, sinsabores, amor y muerte, cada día. La democracia, invención humana por excelencia es una mentira en la que ya pocos creen. Fue quizá un escritor aquel que dijo que prefería las ficciones de los escritores porque tienen tendencia a convertirse en verdad. En oposición a las ficciones de los políticos, quienes más hablan de democracia, porque no pasan, en general, del estado de mentiras. En un cuento que leí, o, que espero escribir en un futuro próximo, el personaje principal anuncia en la primera línea de la historia: “La democracia soy yo…”
Si todo es medible con el mismo rasero, la desaparición anunciada significa entonces que los lectores también son una alucinación y que si algo hubo permanente, se encontró en las páginas donde habitaron las invenciones de quienes escriben y también, las invenciones de quienes leen. Las preguntas alrededor del tema, espinoso, pululan. La duda persiste.

saulalvarezlara@gmail.com

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