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Archive for 26 junio 2012

Descalzos en el teclado

Ángel Galeano Higua

Recordé a Totó con los pies desnudos deslizándose sobre los arenosos patios de Talaigua Viejo. Cumbia. Baila mi cumbia. Así, sin levantar los pies del suelo. Decía sonriente, la mano en alto con las velas encendidas, antorcha caribe. Sí, la recordé al ver a los niños de Arte amarillo que se quitaban los zapatos para entrar al salón de música, donde los esperaba la pianista Catalina Echeverri Mejía con los dedos prestos sobre el teclado.

Catalina Echverri Mejía - Arte amarillo

Catalina Echverri Mejía – Arte amarillo

La valentía de Dvorak

“Mientras partía cartílagos y espinazos, mientras afilaba con paciencia el cuchillo de matarife se dio cuenta de que lo suyo era el oficio de la composición musical”. Cuando leí este ensayo de Catalina Echeverri Mejía sobre Antonin Dvorak, uno de los compositores checos más prolíficos del siglo 19, comprendí que iba a encontrarme con una música que miraba más allá del presente, quizás porque la música, como el arte en general, es atemporal. Dvorak era hijo de un posadero y estaba destinado en su juventud a pasar horas y horas partiendo carne en un pequeño local de su pueblo. “Entonces tomó la decisión más radical de su vida: pasar de carnicero a músico profesional. Prefirió el arco del violín que la cuchilla de cortar carne”.
¿Cuántos jóvenes de nuestros barrios tienen que realizar labores que no les permiten explorar su talento? El caso de Dvorak tiene una actualidad brutal. A los 16 años se escapó de la casa. Cansado y aturdido llegó a Praga donde se ganó la vida como violinista. Y así inició su vida uno de los más grandes músicos, que recorrió su país extrayendo de sus gentes la mejor melodía. Tuvo el valor de tomar una decisión a tiempo y persistir en su talento con asombrosa obstinación.

Los grandes ejemplos

Las biografías de los grandes artistas son como brújulas que ayudan a orientarnos. Yo no había oído hablar de Catalina Echeverri Mejía, aunque quizás la haya oído en algún concierto, y al ponerme la tarea de entrevistar a una maestra que enseñara música a niños, no pensé que a través de un escrito suyo tendría las claves de su magisterio. Ella reafirma que la música de Dvorak “no se separa nunca de sus ancestros campesinos, artesanos, hombres sencillos y descomplicados y que su reto y talento radica en la mezcla que hace de ella con los mejores aires sinfónicos del mundo”. Según Catalina, la música para piano de Dvorak no ha sido superada en su país (Checoeslovaquia) y tiene el mismo efecto imperecedero de los grandes de todas las épocas.
Creo que esta concepción es la que Catalina Echeverri Mejía irradia en su labor diaria como música y como maestra.

Arte amarillo

Niños estudiantes de música, Arte Amarillo

Niños estudiantes de música, Arte Amarillo

Recordé a Totó con los pies desnudos deslizándose sobre los arenosos patios de Talaigua Viejo. Cumbia. Baila mi cumbia. Así, sin levantar los pies del suelo. Decía sonriente, la mano en alto con las velas encendidas, antorcha caribe. Sí, la recordé al ver a los niños de Arte amarillo que se quitaban los zapatos para entrar al salón de música, donde los esperaba la pianista Catalina Echeverri Mejía con los dedos prestos sobre el teclado.
El nombre como juego de sonidos. Hace 20 años era “Amarillo Arte y Música para niños”. De sus fundadores quedó Catalina, como capitán de barco que, obstinada, no abandona la nave a pesar del temporal. El proyecto es hoy una pujante sociedad familiar con su esposo Harry Montoya Restrepo, músico también, y Estefanía, su hija egresada de la Escuela de Arte “Débora Arango”, cuyas pinturas ilustran esta edición de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.
Es sábado y mientras entrevisto a Catalina llegan los niños acompañados de sus padres. Un muchacho ha terminado su clase de batería y se despide, otro viene a su práctica de violín y otro más para pintura. En Arte Amarillo vibra el chelo, la escultura, él óleo y la acuarela. El día se muestra lluvioso pero allí parece que saliera el sol.

¿Maestra o música?

Ambas cosas van juntitas en Catalina. “Como música es esencial estar activa, dirigiendo o tocando instrumentos, leer, estudiar, participar en charlas, cursos de actualización, conferencias y, desde luego, muy importante asistir a conciertos y escuchar música en todos los medios e intercambiar experiencias con otros músicos”.
Catalina Echeverri Mejía fue la primera graduada en el área de piano de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. Ha realizado estudios de educación musical infantil con diferentes maestros internacionales. Hizo parte de los coros de la misma universidad y fue subdirectora de ellos.
La hoja de vida de Catalina es extensa: participó en las corales Bravo Márquez y Tomás Luis de Victoria. Ha recorrido Antioquia dando conciertos de piano, acompañando al maestro Pedro Nel Arango. Ha dictado cursos para maestros de primaria. En el Museo El Castillo organizó conciertos didácticos para niños con la Orquesta Sinfónica y la Banda Sinfónica. Dirigió el grupo de flautas dulces de empleados de la Universidad de Medellín y participó en las presentaciones de Unicef en el Teatro Metropolitano durante ocho años, con el coro y solistas.

Lo demás es añadidura

Como maestra, “Lo primero es que a uno le guste enseñar, lo demás viene por añadidura. El docente de música tiene que saber llegar al alumno con tacto, saber diferenciar no solo las edades sino los caracteres individuales, en ese sentido la relación entre maestro y alumno es muy personal y de mutuo apoyo”.
Catalina considera que no hay una edad clave para iniciarse en la música, aunque, agrega, “lo ideal es empezar desde niño, porque la semilla queda sembrada con un recuerdo de que la música es fácil y agradable”.

Huellas, pintura de Estefanía Montoya E.

Huellas, pintura de Estefanía Montoya E.

Ella cree que la música sí hace mejores a las personas, “porque las sensibiliza, las vuelve más humanas y creativas, les hace percibir mejor a los demás y a su entorno, más detallistas y observadores, suscita multiplicidad de efectos en el campo emocional y espiritual, ayuda a la concentración, a tomar conciencia de sí mismo y de su función en la vida, a planear, ponerse metas a corto, mediano y largo plazo, a fortalecer autoestima, a ampliar horizontes…”.
Algo que también la llena de orgullo tiene que ver con su contribución, mediante la música, a la sanación de personas con diversas dificultades: problemas de dicción y del lenguaje, autismo, retardos, enfermedades, inestabilidad emocional, entre otras.
Nuestra entrevista toca a su fin, ha llegado la hora de iniciar su clase con los niños. Me invita y yo la sigo. Los niños se quitan los zapatos para ingresar al salón, están ansiosos. Toman unos palos para caminar al ritmo del teclado, siguiendo el compás. Es un juego que ellos van enriqueciendo con sus propias alegrías. En el tablero escriben su nombre con redondas y negras y los van tarareando. Catalina les pide que escriban también el mío y luego de escucharlo en aquel coro infantil, me despido sonriendo. No importa que llueva, yo veo el mundo iluminado de todos los amarillos, como el sol y la música. Por el camino imagino que los dedos de Catalina se convierten en niños descalzos que brincan en el teclado y producen una hermosa melodía.

Publicado en la edición impresa No.97 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.
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Envejecer es un camello

Antonio Botero Palacio

Antonio Botero Palacio

Antonio Botero Palacio, autor de la novela “Al final de la inocencia”, varios libros de historia, poesía y ensayos.

Si a usted lo regaña la mujer porque se puso un pantalón beige con una camisa roja, si sale a la calle con el cierre que guarda sus intimidades abierto de par en par, si se la pasa apagando luces de toda clase en su casa para que no lo arruine el monstruo de la Electrificadora, si le da por acostarse a las siete de la noche dejando solita a su pobre mujer, si amarra la platica para hacer economías y por si acaso, no morirse de hambre, si echa cantaleta a diestra y siniestra para que no se lo vayan a llevar para un ancianato; si le pasan estas cosas, total o parcialmente, no lo dude: lo cogió la vejez.
Y eso de cogerlo a uno la vejez es cosa seria.

Si no le duele una cosa, es porque le duele otra; si no sufre de accesos de tos es porque la artritis lo pone a caminar como un ovni, contando con la suerte de que no le falle la empaquetadura de la llavecita que controla las aguas de excreta, y lo obliguen —como si fuera un niño – a usar estorbosos pañales, que indefectiblemente crean en usted complejos de inferioridad que pesan sobre su martirio como culposos pecados mortales.
Otrosí son síntomas inequívocos de vejez una sordera que nos hace avergonzar a cada paso y nos vuelve gritones, como si nuestros interlocutores sufrieran del mismo mal; por lo demás nos persigue algo así como una descompensación orgánica según la cual no cabemos por ninguna parte.
Capítulo aparte son las desmejoras de la memoria; el disco duro acosado por el apretujamiento de ideas y de recuerdos se va poniendo en blanco y terminamos como viajeros de lo desconocido; veces hay que olvidarnos vergonzosamente el nombre de nuestros amigos y nuestras amigas que ignorando nuestro mundo nos tratan de pretenciosos, menos mal que, con los años los viejos nos vamos quedando solos por cuanto parodiando las palabras del Chavo del Ocho debe de ser muy cierto que: “no nos tienen paciencia”.
Y, para que se den cuenta de los efectos de la sordera, les contaré esta anécdota que fue real cuando yo era maestro de escuela en Urrao (Antioquia).
Ocurrió pues que había entre nuestros compañeros un maestro llamado Rafael Higuita, a quien a más de su pobreza franciscana la vida le había regalado diez hijos, y para rematar una sordera irredimible.
En un consejo de maestros propuse que le ayudáramos al viejo regalándole una vaca lechera para remediar en una mínima parte sus afugias alimentarias, así lo hicimos, y, don Rafael se engolosinó tanto con este regalo que lo volvió una idea fija. Y, al llegar a la escuela al primero que me encontré fue al viejo Rafa con una sonrisa de oreja a oreja.
Buenos días don Rafael, cuénteme cómo está doña Carmen. Sin meditarlo me disparó la respuesta: “muy lechera” don Antonio, muy lechera.
Definitivamente aprender a envejecer no es fácil.

antonioboteropalacio@hotmail.com

Publicado en la edición impresa No. 97 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

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Jorge A. Morales

Un minuto con García Mafla

Al iniciar el veintiún Festival Internacional de Poesía de Medellín, el pasado 2 de julio (2011), en el teatro al aire libre Carlos Vieco, tuve un encuentro premeditado con el gran poeta colombiano Jaime García Mafla perteneciente a la generación sin nombre o desencantada como también la llamaron. El poeta había acabado de leer trece poemas de su libro Vive si puedes, ganador del Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia año 1997.

Jaime García Mafla

Jaime García Mafla

Casualmente en mis manos tenía un tomo de la misma edición que había llevado a ver si me animaba a pedirle un autógrafo al poeta, lo que me permitió seguir la lectura y enumerar los poemas según el orden dado por el autor. El primero en ser leídos fue Los poetas, luego aparecieron en su orden: Oye, Hermano, La rada, El extraviado, Del alma, De la tristeza, Rosas, Caravana, Oscuro hilo, Labranza, El ausente y Ha de ser. No fueron leídos el poema inicial del tomo La poesía, y el que le da el nombre al libro Vive si puedes, que en mi concepto merecen un espacio en la antología personal del poeta.

El deseo de conocer las razones por las cuales no había leído los mencionados poemas me llenaron de valentía. Me puse al acecho mirando los movimientos del poeta en el escenario, desconcentrado de las demás lecturas, no tuve que esperar mucho, salió a un costado precisamente por la parte donde lo esperaba, como quien va al encuentro con su destino. Lo sentí tan cerca que lo podía alcanzar con mi brazo extendido, chocaron nuestras miradas y creo que se anticipó al encuentro sin que yo tuviera que mover un solo músculo, pero dos jóvenes que se hallaban muy concentrados en el recital lo abordaron por separado concluyendo diálogos ya empezados. Uno de ellos parecía exalumno del poeta y el otro algo tenía que ver con los organizadores del festival. García Mafla se movía lentamente al punto que retrocedí por lo menos dos pasos, para no chocar con su cuerpo.

De pronto me encontré hablando con él, que seguía moviéndose. Sus anteriores interlocutores se alejaron. Le dije: “Maestro, lo felicito por su obra, traje este libro pensando que leería uno o dos poemas de él, mi asombre fue total al poder seguir su lectura completa”. Me miró con una sonrisa tímida y sólo dijo: Gracias, y se apresuró a coger el libro. Pidió un lapicero y preguntó: ¿Cuál es su nombre? Mientras escribía le hablé a manera de confesión: “Maestro, este libro me ayudó a superar una gran crisis personal, me enseñó a desprenderme y a renunciar con humildad a lo que ya no es posible, es para mí un libro nostálgico que ayuda a superar la nostalgia y me parece que reivindica usted la poesía como expresión del espíritu y del pensamiento”. Me miró como quien se apresta a iniciar un memorable discurso, su tímida sonrisa había desaparecido, sus ojos claros se hicieron penetrantes, entonces me dijo: Gracias, y repitió varias veces esa palabra. Sentí que mi encuentro con Jaime García Mafla había terminado, lo abracé y él simplemente se dejó llevar y continuó su marcha hacia el camerino. Quedé como congelado, pensando en por qué no había hecho la pregunta inicia, pero algo más fuerte en mi ser decía: dijiste lo que tenías que decir.

Luego bajé, siguiendo la ruta del poeta, logré verlo de paso en la puerta del camerino, con un pañuelo blanco en la mano y en compañía de uno de los jóvenes. No creo que me haya visto, pero sentí un enorme descanso, gran satisfacción por lo hecho, recordé un famoso verso: “En vida, hermano, en vida”. Sí, en vida le reconocí al maestro su genialidad y la profunda tranquilidad que sentí y siento al saber que tengo el remedio contra nostalgia. El poeta, con caligrafía insegura, escribió en mi libro la siguiente nota: “Para Jorge Morales en esta tarde casi mágica, con cariño, Jaime García Mafla”.

jorge.historia@hotmail.com

Publicado en la edición impresa No. 97 de EL PEQUEÑO PERIODICO.
Ilustración superior Serie Mamos, de Estefanía Montoya Echeverri.

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