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Archive for 24 marzo 2012

Acuérdate del otro tahine

Ángel Galeano H.

Leonardo Jesús Muñoz Urueta, Premio Nacional de Cuento - Ministerio de Educación y RCN 2012

Leonardo Jesús Muñoz Urueta, Premio Nacional de Cuento - Ministerio de Educación y RCN 2012

Con el cuento Acuérdate del tahine, Leonardo Muñoz Urueta ganó el Concurso Nacional de Cuento convocado por el Ministerio de Educación y RCN. La premiación tuvo lugar en el marco del Hay Festival en Cartagena. Leonardo es Colaborador permanente de nuestro periódico y animador de los talleres literarios de la Fundación Arte & Ciencia, editorial que publicó hace 5 años Bajo el naranjo, su primer libro de cuentos.

Carta de presentación

Con su copete de pájaro carpintero parecía decirle adiós a la infancia. De eso hablaba aquel muchacho de 13 años y las palabras salían temblorosas de su boca. Una gama de timbres anunciaba la búsqueda de una voz con la que pudiera recibir a la adolescencia que arremetía. Era sábado en la tarde. Un rincón en la Biblioteca Pública Piloto nos servía como guarida para reunirnos en una especie de club literario, al que bautizamos con el ostentoso nombre de “Taller juvenil”. A veces llegaban hasta treinta muchachos.

Encuentro de Toma la Palabra Magangué 2004

Encuentro de Toma la Palabra Magangué 2004

El del copete estaba allí leyendo su escrito que tenía forma de carta, estilo que sigue cultivando pues se siente a gusto dirigiéndose a alguien imaginario. Es la grieta por donde desliza su tono íntimo. Y no sólo se deleitaba escribiendo cartas, sino que leía las de Rilke, las de Kafka, las de la monja portuguesa. El grupo lo escuchaba atento, porque ya desde entonces (1999) daba muestras de una magia olorosa a Caribe, fluyente como un río, ondulante y juguetona como el viento en las sabanas del Sur de Bolívar, y apetitosa como la comida ribereña. La fuerza dramática se perfilaba entre titubeos. Así atrapaba la atención del grupo que, acodado alrededor de la gran mesa salpicada de pintura, parecía hipnotizado.

Era el salón de artes plásticas en el segundo piso, donde los niños que acudían en la mañana a hacer ejercicios con crayolas, óleos y vinilos, hacía poco se habían marchado. Por el ventanal nos acompañaba un exuberante árbol de aguacate.

Una semana atrás me había entregado una carta de don Antonio Botero Palacio, escrita a mano: “le recomiendo este muchacho, se llama Leonardo y es de Magangué”. Claro que sí, siéntate. Ya su mirada fulgía de curiosidad. Ocho días después nos leía aquel ejercicio epistolar en el cual un joven reprocha al padre su desatención y lejanía. En ella hablaba de su corte de cabello como de pájaro carpintero que nos hizo sonreír. Atisbaba ya la metáfora fresca y el sentimiento hondo de la soledad y la búsqueda poética de sí mismo.

Leonardo J. Muñoz U. con su abuelita Micaela

Leonardo J. Muñoz U. con su abuelita Micaela

La cascada de lecturas, de inesperadas figuras y personajes fueron cayendo en aquella mesa como pequeñas joyas que chorreaban las tardes con luminosos colores. La figura de la abuela Micalea y el río se agigantaron. Las recetas del tahine, el pescado y el plátano maduro sirvieron de eje a sus cuentos. Regresó a Magangué a terminar su bachillerato y a organizar los encuentros regionales de Toma La Palabra, programa nacional timoneado desde Medellín. Ayudaba también a la divulgación de EL PEQUEÑO PERIODICO y junto con don Antonio Botero dio vida al grupo Candela Viva, que hoy todavía recuerdan muchos en aquel puerto.

Presentando Primer Conjuro, libro del Grupo Literario "El Aprendiz de brujo", Medellín

Presentando Primer Conjuro, libro del Grupo Literario "El Aprendiz de brujo", Medellín

Retornó a Medellín y se vinculó decididamente a la Fundación Arte & Ciencia y al periódico. Su presencia robusteció el programa Toma La Palabra, los talleres de lectura con niños y jóvenes organizados por la Fundación crecieron. Lector incansable, bebió hasta embriagarse de la obra de Meira del Mar,  de quien dijo que el primer poema que escuchó de ella fue su nombre. También esculcó las profundidades de María Loynaz y Alessandro Baricco, con quien pudo conversar en una Fiesta del Libro en el Jardín Botánico. Sus cuentos asombran por la aparente ingenuidad propia de su fuerza poética y sus personajes que desbordan vida. La Fundación Arte & Ciencia editó su primer libro de cuentos, Bajo el naranjo, en 2007, para conmemorar los 25 años de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

Esta brevísima semblanza de nuestro compañero, complacidos al verlo con su pluma en alto vuelo. Él sabe que hay otro tahine después de cada jornada.

Publicado en la Edición impresa No. 96 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

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 Entrevista

Escribo para acercarme a mí mismo

Jóvenes leen "Bajo el naranjo", libro de cuentos de Leonardo Muñoz U.

Jóvenes leen "Bajo el naranjo", libro de cuentos de Leonardo Muñoz U.

 ¿Para qué escribes?

Escribo para darle otro sentido a mi existencia. Tal vez mi mayor ambición al momento de escribir es que puedo crear otras dimensiones con la palabra. Y sin ser tan ambicioso escribo por la sencilla razón de que esta manera puedo acercarme a los otros, a mí mismo.

 ¿Por qué escribes?

Escribo porque quiero sentirme doblemente vivo. La escritura me permite la posibilidad de experimentar la existencia de una manera completa, donde al sondear sobre mi propia naturaleza, encuentro respuestas a las preguntas que siempre me hecho. Todavía estoy en la búsqueda de esas respuestas

¿Piensas en alguien especial cuando escribes?

Pienso en las cosas que amo. Otras veces no tengo la certeza de si pienso en alguien.

"Bajo el naranjo", primer libro de cuentos de Leonardo J. Muñoz U., Editado por la Fundación Arte & Ciencia

"Bajo el naranjo", primer libro de cuentos de Leonardo J. Muñoz U., Editado por la Fundación Arte & Ciencia

¿Qué puede significar un premio por escribir un cuento?

En verdad, recibir un premio por escribir un cuento, es una alegría necesaria para un escritor que empieza su carrera. Aunque la verdad un premio no sería nada si no viniera acompañado de la alegría de los amigos, familiares.

¿Te sientes un escritor o un lector?           

Me siento escritor y lector. En mi experiencia no puedo concebir la existencia de la una sin la otra.

¿Qué ha significado la publicación de tu libro Bajo el naranjo?

Un paso que da confianza, un paso que me recuerda que la mejor obra, mi mejor cuento todavía no lo he escrito.

Publicado en la Edición impresa No. 96 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

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 Cuento

Pebre de galápago

Leonardo Jesús Muñoz Urueta

— Hermana, ¿Qué crees que están haciendo a esta hora Nicolasa y Herminia en el cielo?

— No sé… pero mamá dijo que en el cielo pueden volar.

— ¿Será que no les harán falta sus caparazones?

— En el cielo les dan caparazones nuevos y son del color de la luna, eso dijo mamá.

— Hermana…

— Extraño a Nicolasa y a Herminia.

— Yo también, hermano. El hilo lo cruzas en el punto donde se encuentran los dos palitos de matarratón. Sí…así, pero amárralo un poco más fuerte.

— Esta cruz es para Nicolasa. ¿Te acuerdas la primera vez que la conocimos?

— Sí, fue un domingo de mayo, cuando fuimos al río con papá a pescar.

— Estaba en la orilla, parecía como si se le hubiese olvidado que debía ir a las aguas del río.

— Sí, estaba como pensando… o esperándonos. Era una cosita de nada y tenía el caparazón blando como la cáscara de un anón maduro.

— Y tú, con sólo mirarla la bautizaste con el mismo nombre de tu muñeca de trapo. Nicolasa.

— A Herminia la trajo luego mi tío Apolinar, dijo que era para que le hiciera compañía a Nicolasa. Aprieta el hilo un poco más, así.

— Hermana, ¿tú te asustaste anoche, cuando llegaron Los goleros a la casa?

— Sí… Mamá dijo que te abrazara fuerte y que nos quedáramos callados debajo de la cama. Tenía miedo de respirar.

— Hermana, ¿por qué mamá dice que esos hombres huelen a cobre?

— Por las armas. En vez de ropas están cubiertos de armas.

— Me asusté cuando escuché que uno de esos hombres le gritaba a papá.

— Tenían hambre. Escuché los pasos de papá que iba al corral y escogía a cinco gallinas, todas empezaron a cacarear.

— De las gallinas que papá agarró estaba Doris, la que ponía huevos azules.

— ¿Escuchaste cuando uno de esos hombres le preguntaba a papá su nombre y a qué se dedicaba? Mamá dijo que esos hombres tienen una lista, en donde escriben los nombres de quienes los denuncian. A esa lista la llaman lista negra. Mamá dijo que van a las casas de esas personas y las arrancan de sus familias como se arranca a la yuca de los sembrados.  

— Hermana, yo escuché cuando uno de esos hombres le ordenó a mamá que cocinara en el fogón de leña. Papá sacrificó las gallinas. Más tarde esos hombres vieron a Nicolasa y a Herminia que estaban juntas, debajo de la mesa en la cocina. Fue ahí cuando uno de ellos, dijo que quería comer pebre de galápago. Mamá les rogó con lágrimas en los ojos que no las fueran a sacrificar. Pero esos hombres tienen el corazón de cobre también.

—  …

— …

— … Hermana, escuchaste cuando ese hombre que tenía voz de metal, pidió un machete y desde la penumbra en el patio, llegaba el sonido seco del machete en los caparazones de Nicolasa y Herminia. Mamá dijo que le cortaron las bocas para que no mordieran y las descuartizaron. Herminia tenía cinco huevos, dijo mamá.

— Después hubo silencio. Por el olor a cebolla y a tomate, supe que mamá estaba preparando el pebre. Papá dijo que mamá casi se desmaya cuando en sus manos tenía las presas de Nicolasa y Herminia para echarlas en el agua hirviente.

— y se hizo un silencio largo, en donde se escuchaba a esos hombres que se chupaban los huesos de Nicolasa y Herminia.

— Hermano, recemos por ellas, que les calmaron el hambre a esos goleros.

— …

— …

— ¿Hermana está bien la cruz de Nicolasa?

— Sí, a Nicolasa le gustará. Entiérrala con cuidado, húndela hasta que sientas que tocas el caparazón de Nicolasa bajo la tierra.

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leonardotreintasoles@yahoo.com

Publicado en la Edición impresa No. 96 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

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“Un escritor es una caricatura de Dios”

Leonardo Agudelo Velásquez

Este encuentro con José Libardo Porras (en la foto a la derecha) fluye sobre una amistad de tres décadas, de vida nocturna y tertulias, lectura de sus novelas, libros de poesía y silencios, para llegar a un diálogo de final de jornada. Ascensos y descensos en el camino: lo que antes fue destino y ahora historia.

J.L.Porras con el historiador Leonardo Agudelo V.

P. ¿Si por alguna hecatombe el mundo desapareciera y solo quedara tu obra literaria flotando en la marea del tiempo, que parte de la civilización destruida se podría recuperar con ella?
R. Algunos aspectos de unos de los fenómenos que más han transformado a la sociedad colombiana en los últimos cincuenta años. Algunos aspectos del narcotráfico y algunos aspectos del conflicto armado interno. Eso parece más bien el trabajo de un historiador o de un sociólogo, pero es hecho desde la perspectiva de un escritor que está inventando cosas, sin embargo, a pesar de que lo que escribe es ficción, da cuenta de estos hechos.

Amor, deseo, supervivencia

P. En textos como Fuego de Amor Encendido, o El Solterón Empedernido, no sólo se encuentra el clima de una época, sino también el amor o el deseo. ¿Por qué siempre el amor al final de tus páginas?
R. He entendido que el amor es el acto de humildad por excelencia. Un hombre o una mujer siempre están amando a alguien que no los ama, o que los ama pero no es su gran amor. Y, a pesar de eso, uno ama a esa persona y demuestra una humildad que ningún otro gesto o acto iguala, ni siquiera dar la vida por otro, o por un ideal o un sueño colectivo. Cuando uno no es el ser amado y ama a pesar de eso, a uno le toca pasar por todo tipo de humillaciones. Las personas tienen un gran amor, de ahí en adelante los demás son amorcitos pequeños y sucios. Uno siempre es ese amorcito pequeño y sucio del otro. Me parece que amar les da a los personajes y a las historias otra dimensión, por eso es que en mis textos siempre está el amor, a veces realizado a veces fracasado, pero siempre está nucleando lo demás que sucede.

P. En la novela La Fugitiva, los sentimientos de Omara: supervivencia, maternidad, amor, deseo, que sirven de pegamento a extensas descripciones de violencia y miseria, y cómo ello le permite resistir…
R. El amor permite o ayuda a sobrevivir porque te da herramientas para enfrentarse a cualquier otra cosa. En mis textos hay un valor supremo: el derecho a la supervivencia. Creo que en mis personajes ésa es la lucha principal: sobrevivir. Uno primero sobrevive y después ve qué hace. En cierta forma lo que está en juego es el valor de la vida, pero ese valor está sustentado en el amor y la libertad. Procuro que los personajes amen o dejen de amar en función de la libertad. Omara, por ejemplo, ama y deja de amar siempre por ser libre. Ella no quiere depender de nadie, quiere ser ella, autónoma. Se somete a cualquier vejamen que le traiga la vida, por mantenerse independiente, pero también fiel al amor, no al amor que sienten por ella, eso no le interesa, sino al amor que ella siente. Para mis personajes lo importante es amar, no importa si no los aman a ellos.

El universo del creador

P. Otro elemento en tu escritura es el goce, un afán de arder en el placer, en la noche, en los personajes mitológicos que surgen después de medianoche. El travesti, el vendedor de droga, el borracho, el discjockey. ¿Hay una fascinación densa por ese agujero negro donde orbitan los seres de la nocturnidad?
R. No me pongo con elucubraciones raras sobre el problema del goce. Para mí el goce son tres o cuatro cosas que tienen que ver con el cuerpo. Por eso está la comida, la bebida y el sexo.

P. ¿En tu poesía hay mucha voluptuosidad. En Hijo de Ciudad se lee: “Abro los botones de tu blusa, como el ángel descorre las cortinas del cielo para ver el universo…” ¿Parece ser que si no está el gran amor, lo que queda es el erotismo?
R. Si no está el gran amor lo que queda es la fantasía. Y el erotismo es una forma de la fantasía. Cuando no hay amor, hay que inventárselo.

P. ¿También el escritor es un gran vouyerista, está metiendo impertinentemente su mirada en todos los intersticios a su alcance?
R. Cualquier ventanuco entreabierto, es para uno mirar. Cuando salgo a caminar por la tarde estoy pendiente de lo que veo en las ventanas. Si salgo en la noche digo: “que bien una vieja en pelota aquí”, yo qué haría, me quedaría a mirar. Pero una vez iba caminando por ahí y vi una mujer en una habitación, estaba terminando de desvestirse y lo que hice fue voltear la mirada y seguir derecho, porque me da miedo de lo que pueda ver. Mirar por una ventana abierta puede ser ver la gran luz, pero también ver el hoyo. Cuando yo miro por una ventana, básicamente me estoy mirando por dentro. Y uno no sabe qué pueda ver, y cuando uno empieza a ver cosas terribles dentro de uno, no sabe qué pueda ocurrir.

La rutina de la creación

P. ¿Cómo es la articulación entre vida cotidiana y la historia que estás escribiendo?
R. Primero le doy muchas vueltas. Empiezo a enrollar una cosa que está ahí suelta. Las historias están en el aire. Entonces uno coge un hilito o una punta y empieza a enrollar, hasta que tiene una cosa sólida. Es algo de semanas, meses, porque después de que uno empieza, después de que coge la puntica no puede parar, hay que seguir enrollando, y cuando tiene la madeja sólida es cuando puede sentarse a escribir. Que es hacer el proceso contrario; desenrollar.

P. ¿Recuerdas algunas imágenes tuyas que acabaron en novelas?
R. En Fuego de amor encendido, más que una imagen lo que hay es una pregunta: ¿Si yo hubiera sido mujer qué clase de mujer sería? Lo que hice fue elaborar una respuesta, ahí se fue gestando una novela, como una suciedad en el interior de una concha que da origen a una perla. Y ya luego un día, casualmente alguien me estuvo hablando de cosas de Medellín antiguo y yo dije: “aquí está la novela”, y al día siguiente me fui para el cementerio a mirar cosas, y ahí empecé a desenrollar, o mejor, a sopesar la madeja y después fue sentarme a escribir, es un trabajo de carpintería de estar sentado doce horas diarias. Agotador físicamente porque uno está todo ese tiempo pensando en lo mismo, en la frase y su conexión con la trama total.

P. Como en el Génesis que dice que Dios hizo el planeta en seis días y el al final vio que su obra era buena y descansó. ¿Es crear desde el mundo conocido, mundos inexistentes?
R. Sí, y al final aparecen unos personajes que aunque parezcan históricos son inventados. Esos personajes no existían antes y cuando ya están ahí en el libro existen, buenos o malos o como sean ya son seres con vida propia.

P. ¿Pero su ADN está en el mundo real, son tomados de personajes que te han rodeado?
R. Uno está ahí repartido en todos ellos. Uno siente que son seres vivos, al punto que he oído algunas personas hablar de esos personajes míos y yo siento como si estuvieran hablando de una persona de carne y hueso. Es fascinante cuando uno siente que algo que uno se inventó, para otras personas es real, eso es un acto de vanidad de uno, porque a la final uno no crea nada, pero eso lo hace sentir como un dios pequeño. Un escritor es una caricatura de Dios.

garlosin@gmail.com

Publicado en la Edición impresa No. 95 de El Pequeño Periódico

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Más que un acto de fe

En cierta oportunidad el escritor Pedro Gómez Valderrama se dio a la tarea de formar una antología bajo el nombre de Colombia es una tierra de leones (tomado de un soneto de Rubén Darío), con textos de autores extranjeros en los cuales había alguna referencia a nuestro país, a alguna de nuestras ciudades, personas, mitos, particularidades. Sorprende vernos en la pluma de Dostoiewsky, Joseph Conrad, Ortega y Gasset, Borges, John Dos Pasos, Alejo Carpentier, entre otros.

Portada Edición 96

Portada Edición 96

Pero lo que hoy nos mueve a pensar de este ejercicio del autor de La otra raya del tigre, supera el deseo de vernos reflejados en los espejos ficcionados de semejantes autores. Haciendo a un lado el desconocimiento que algunos muestran de nuestro país, resaltemos la forma como Borges nos recoge en su cuento Ulrica: “¿Qué es ser colombiano? No sé… Es un acto de fe”.

¿Será entonces eso lo que nos mantiene todavía ilusionados con un país civilizado? Borges nos retrató con sus palabras en 1975. ¿Cuánta fe tuvieron nuestros padres para no haberse dejado apabullar por la desesperanza? Es inmedible, pero debió ser muy grande porque todavía nos queda algo. El asunto hay que mirarlo también desde otro borde: fe es creer en lo que no vemos. Ante los síntomas de que esta fe se desgasta, quienes han manejado el país por tanto tiempo han echado mano de los más variados subterfugios, espejismos bien lustrados para hacernos creer lo que no vemos. Lo que no aparece. Lo que está lejos de hacerse realidad.

El espejismo de estar bien informados: nos inundan, nos bombardean con mensajes que no podemos digerir y con los cuales pretenden convencernos de que lo mejor es disfrazar nuestras emociones y sentimientos, y cambiarlos por imágenes preestablecidas. Espejismo de democracia: la mayoría de los colombianos en condiciones de hacerlo, no participan en la elección de sus mandatarios. Espejismo de ciudades incluyentes: cuando el cemento y los carros desplazan a los ciudadanos hacia la periferia. Espejismo de cultura: incremento de shows mediáticos de todo tipo. Espejismo de la belleza: sólo sirve la imagen que venden los grandes laboratorios. Espejismo de paz: pues el conflicto, guerra, o confrontación, más parece una medusa que cae como una maldición sobre aquel que la mire de frente en procura de su liquidación. Espejismo de justicia: hoy gobiernan el país unos “padres de la patria”, pero mañana son llamados a juicio acusados de supuestos crímenes de la más variada índole. Espejismo de salud: para que las EPS atiendan a los enfermos hay que recurrir a las tutelas. Espejismo, espejismo y espejismo…

Esta es tierra de leones pero domesticados enteramente. Leones que han terminado por rugir sin moverse, ante los espejos con que se los ha rodeado. El efecto producido con este juego de espejos es la falsa creencia de no estar solos, de ser una comunidad. Como en el poema de Borges: “Si entre las cuatro paredes de la alcoba hay un espejo, ya no estoy solo”.

La curiosa antología de Pedro Gómez Valderrama nos incita a mirarnos a nosotros mismos, hacia adentro, sin espejos ni espejismos, directo a nuestra memoria, para conjurar las palabras de Borges y dejar de ser “ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. ¿Ser colombiano? Más que un acto de fe, debe ser la inquebrantable decisión de superar los espejismos que nos distorsionan.

elpeperiodico@gmail.com

Publicado en El Pequeño Periódico No. 96, edición impresa.

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