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Archive for 27 febrero 2012

Sopa de aletas de tiburón

Laura Areiza Serna

Alas cortadas al mar

La nave zarpó de Buenaventura, mar adentro 490 kilómetros. Lo acompañaba un equipo de buzos rusos. “Welcome to Malpelo”, dijo por fin el capitán al divisar un islote volcánico, después de dos días de un azul interminable. Levaron ancla.

“Acá en Malpelo podrán ver variedad de peces y de tiburones como el aletiblanco, el ballena y el martillo. Es el sitio donde se desarrollan y migran hacia las Islas Galápagos y por ello es conservado como un santuario de fauna marina. Además es el tercer mejor lugar del mundo para practicar buceo a tanques”, refirió el instructor.

Ulia no podía despojarse del miedo de pensar en el máximo depredador marino. Sabía que, por instinto, los animales no atacaban al hombre y si sucedía se debía a la imprudencia humana, la invasión y abuso de sus territorios.

Ya en el zodiac, el “divemaster” advirtió que la entrada sería directo al fondo y que estuvieran pendientes de sus parejas, pues en esta zona del mundo las corrientes marinas son fuertes en la superficie. “Reguladores en la boca… Nos vemos en el fondo a cien pies de profundidad. Recuerden respirar lento, profundo y  continuo”. Ulia asió el talismán de ámbar que llevaba en su cuello, revisó su nivel de aire, miró a su pareja y en una maroma hacia atrás, se zambulló.

Sopa de emperadores

Pescadores somalíes llevan un tiburón martillo sobre sus hombros al mercado en Mogadiscio, Somalia, el 04 de noviembre de 2011. (Farah Abdi Warsameh)

Kim Ill toma asiento en un fino restaurante de Hong Kong. Tal como sus antepasados, debe conservar la tradición en señal de prestigio consumiendo la sopa cada año. Mientras espera el apetecido manjar, en la cocina ya han sido peladas y lavadas  las aletas con peróxido de hidrógeno, a fin de mejorar su apariencia y textura.

A pesar de que su sabor es insípido y su contenido nutritivo es casi nulo y tóxico, debido a la acumulación de mercurio, cada año aumenta la demanda de aletas de tiburón en Asia, lo que ha provocado la casi extinción de especies como el tiburón martillo.

“Un juego de aletas: dorsal, pectorales y caudal es muy cotizado en el mercado internacional. Una sopa puede oscilar entre 300 y 400 dólares. El resto del animal es devuelto vivo, al mar, condenado a morir desangrado”, advierte el biólogo pesquero y guardaparques del Santuario Natural Malpelo, Colombo Estupiñán.

Kim bebe la sopa de aleta de tiburón y se siente satisfecho pues la dorsal sobresale en su plato; en él prevalece un ejercicio cultural que ha propagado el aleteo de tiburones, práctica que ha diezmado la población de estos depredadores.

“Los tiburones poseen una capacidad reproductiva muy lenta, una madurez sexual tardía, un número limitado de crías. Su desaparición pone en riesgo todos los océanos debido a que una de sus funciones es la regulación de los organismos que están en niveles tróficos inferiores, eliminan animales viejos, enfermos y débiles manteniendo la salud en los arrecifes y en las profundidades del mar”, concluye Colombo.

Invocadores de tiburones

En las islas de Papúa, Nueva Guinea, existen pescadores cuya tradición es singular. El conocimiento que tienen de los mares se ha conservado al tiempo con la presencia de los tiburones que han merodeado durante millones de años estas islas. Para los nativos el mar es tan trascendental como la sangre que recorre sus venas y, no por casualidad, la salinidad de la sangre humana es la misma que la del agua de mar.

Los invocadores de tiburones de Papúa son los portadores del conocimiento tradicional y cuidadores de zona tropical. Para ellos los tiburones son sus ancestros más cercanos y por tanto los consideran sagrados. Los invocadores extraen profundas lecciones para mantener su cultura sana a través de la observación de estos animales.

El invocador parte solo en una pequeña canoa. Entiende la conducta del tiburón. Consigo lleva un cascabel cuyo repicado en el agua emula la actividad de los peces, presas de los tiburones que pueden detectar las vibraciones hasta 3 km de distancia. Los auténticos invocadores deben esperar hasta doce horas la aparición del depredador a través de este llamado, y de cantos enseñados por los abuelos más experimentados. A medida que la pesca industrial crece, para ellos se hace más larga la espera, año tras año.

Por fin, un tiburón gris de arrecife emerge del agua. El invocador con su conocimiento del mar ha apaciguado su espíritu para pescarlo, pero éstos tienen fama de ser escurridizos. Así que una vez avistado, el invocador debe preparar una carnada para que el tiburón pueda acercarse a su canoa. Luego de morder el sebo, prepara una soga en cuyo cabo está amarrado un flotador de madera.

Al enlazar el tiburón con la cuerda, el hombre no puede retenerlo ya que es un animal fuerte y posee un dominio y agilidad que no pueden ser igualados por la fuerza humana. Pero el flotador evita que el animal se sumerja, así que, en una especie de encantamiento, después de mucho forcejear, se detiene debido a que el agotamiento le produce un estado denominado “inmovilidad tónica”. Entretanto, el invocador se aproxima con cuidado, pero esta vez para liberarlo, pues está comprometido con la cultura de la invocación de tiburones: éstos deben continuar vivos para que su tradición no muera.

Pesca ilegal

Una vez en el fondo, Ulia no puede observar ningún animal vivo. No avista ni barracudas, ni peces loros, ni tiburones ballenas. Hay una extraña calma en el lugar. El instructor desesperado indica que deben sumergirse más. La luz se disipa y las aguas se oscurecen. De repente, en el lecho marino de Malpelo, yacen cientos de tiburones muertos con sus aletas cortadas. Los pocos tiburones que no fueron atacados por los pescadores ilegales, es probable que se hayan perdido de su ruta natural. Al terminar la inmersión el grupo de buzos informó a la Armada Nacional lo ocurrido. El 29 de septiembre de este año fueron perseguidas tres embarcaciones costarricenses que practicaban aleteo de tiburones en Malpelo, se cree que cerca de 2 mil tiburones fueron asesinados.

laurita_areiza@yahoo.es

Publicado en la Edición impresa No.95 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO.

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Una brizna de eternidad

Nubia Amparo Mesa G.

Con la misma rapidez con la que el fotógrafo obturó su cámara, ella vio desaparecer en segundos, una a una, las imágenes que registraron su actuación como modelo. Se vio hermosa en la pequeña pantalla de la cámara. Pero el juego estaba planteado.

Congelar el tiempo en una imagen. Foto Gabriel Buitrago-

Posaría, y luego, en un acto de desprendimiento, las borrarían, para que el recuerdo solo quedara en sus retinas. Para ellos el tiempo se había detenido en una intimidad breve e intensa, pero sólo la fotografía podría comprobar que estuvieron allí.

Esas imágenes eran el único testimonio, se convertirían en las huellas de su paso por aquel lugar, serían el símbolo de la continuidad de su historia, un instante portátil que se podría archivar, que serviría de fetiche en sus conmemoraciones; pero decidieron borrarlas, no como una metáfora del olvido, tal vez como un desafío a la fugacidad.

Un instante es una eternidad

Durante más de un siglo, la fotografía ha hecho parte de la vida cotidiana de la humanidad como una posibilidad de guardar evidencia de nuestra relación con el mundo circundante. Se ha convertido en testimonio de nuestra presencia. Más allá de la muerte física, la fotografía nos sigue acompañando. Es evocación del pasado. Como dice Roland Barthes, es una micro experiencia de la muerte porque tiene sus rasgos fundamentales: la inmovilidad y el silencio.

Pero la fotografía también es movimiento, velocidad. “En una milésima de segundo uno tiene que capturar la acción” dice el reportero gráfico Gabriel Buitrago Mejía, al referirse a la fotografía periodística, “uno no se puede detener a analizar el plano, se deja llevar por la primera impresión”.

Repasamos las fotografías como si así pudiéramos retener el tiempo. Foto Gabriel Buitrago

Y ahí quedan las imágenes como registro imperecedero del suceso o del fenómeno que quizás fue esquivo a nuestros ojos. ¿Es posible a simple vista ver cómo se desprende una gota y cae desde un chorro de agua? “Hay instantes que se pierden en el tiempo porque no hay un ojo que las vea”, dice Gabriel Buitrago, quien lleva 24 años acumulando fragmentos de tiempo en más de 2 millones de fotogramas que conserva en negativos y en soporte digital. Son documentos de las desventuras, realizaciones, prodigios y emblemas que hacen parte de la vida de los colombianos. Lo que no hemos presenciado, él nos permite verlo a través de sus fotografías. “El fotógrafo es un notario, registra lo que acontece y lo deja para la historia, para que otros lo interpreten”, dice mientras mira por el visor de una de las 30 cámaras que conserva y que muestran la evolución de la tecnología.

 

Visibilizar el pasado

Allí están esos cuerpos escuálidos, desnudos, arrumados como despojos en un vagón de carga que los conduce hacia la muerte. Es una imagen que nos duele, nos indigna, nos recuerda el horror al que fueron sometidos, es una representación del absurdo, y mirarla nos obliga a pensar que no podemos permitir que pase de nuevo.

"En esta era digital en la que las fotografías se pueden borrar o falsear, yo no borro ninguna", Gabriel Buitrago

El  documento fotográfico permite preservar de manera visual un fragmento del pasado, pero es también la posibilidad de convertirlo en presente, transgredir el tiempo. Tal vez por eso repasamos las fotografías que marcaron los momentos más felices de nuestras vidas, como si de esa manera pudiéramos retener la infancia, el amor, la belleza. Como un paliativo contra las pérdidas.

Diana Patricia López, periodista antioqueña que trabaja en la universidad de Arkansas, no encontró una mejor manera de elaborar el duelo por la muerte de su madre, que produciendo un álbum de fotografías. “Tuve que buscar fotos por todas partes, escanearlas,  hacerles photoshop a algunas y, por último, ponerlas en un programa que permite compartirlas con familiares y amigos por internet. Lloré mucho haciéndolo, pero me ha servido como terapia”. 

Tal como lo dice La escritora estadounidense Susan Sontag las fotografías sustituyen nuestra memoria y certifican nuestra vida. Por eso, “en esta era digital en la que las fotografías se pueden borrar o falsear, yo no borro ninguna”, afirma Gabriel Buitrago al referirse a la importancia de conservar los instantes aunque la fotografía no quede “perfecta”, porque con el paso del tiempo nos contarán la historia y “ésta no admite manipulaciones ni intervenciones de tecnicismos o composiciones extremas”.

Aunque el ángulo, la luz, la velocidad de obturación, el segmento escogido por el fotógrafo y la intención nos pueden cambiar la perspectiva. Y entonces, de la realidad no queda más que una imagen.

“El fotógrafo es un notario, registra lo que acontece y lo deja para la historia, para que otros lo interpreten” - Foto Gabriel Buitrago

“En febrero de 1948, el líder comunista Klement Gottwald salió al balcón de un palacio barroco de Praga para dirigirse a los cientos de miles de personas que llenaban la Plaza de la Ciudad Vieja. Aquél fue un momento crucial de la historia de Bohemia. Uno de esos instantes decisivos que ocurren una o dos veces por milenio. Gottwald estaba rodeado por sus camaradas y justo a su lado estaba Clementis. La nieve revoloteaba, hacía frío y Gottwald tenía la cabeza descubierta. Clementis, siempre tan atento, se quitó su gorro de pieles y se lo colocó en la cabeza a Gottwald. El departamento de propaganda difundió en cientos de miles de ejemplares la fotografía del balcón desde el que Gottwald, con el gorro en la cabeza y los camaradas a su lado, habla a la nación. En ese balcón comenzó la historia de la Bohemia comunista. Hasta el último niño conocía aquella fotografía que aparecía en los carteles de propaganda, en los manuales escolares y en los museos. Cuatro años más tarde a Clementis lo acusaron de traición y lo colgaron. El departamento de propagando lo borró inmediatamente de la historia y, por supuesto, de todas las fotografías. Desde entonces Gottwald está solo en el balcón. En el sitio en el que estaba Clementis aparece sólo la pared vacía del palacio. Lo único que quedó de Clementis fue el gorro en la cabeza de Gottwald”. (Fragmento de La risa y el olvido de Milan Kundera)

nubiamesa456@gmail.com

Publicado en la Edición impresa No. 95 de EL PEQUEÑO PERIODICO

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