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Archive for 14 noviembre 2011

Un río detrás de la puerta

Por Ángel Galeano H.

El río

Silencio. Apenas el leve chasquido del ascensor. Abajo queda el sol taladrando el pavimento. Una reja custodia la puerta de madera, que se abre antes de que toquemos. La primera pista está a la entrada, como una advertencia de que allí sucedió algo. Algo verdaderamente “peligroso” y desconocido que nos apabullará, seremos “víctimas” de una inesperada revelación. Un secreto que no perderá su misterio. Nuestra cultura nos predispone a una sorpresa negativa, desagradable o denigrante. Quizás la auténtica revolución esté en lo contrario, justamente en poder encontrar al otro lado del muro, traspasando la puerta, el regocijo de lo desconocido y singular, una nueva y única armonía que nos impacte como un rayo. Que sacuda todo nuestro andamiaje y nos avergüence de las poquedades que nos inflan. Corremos un gran riesgo, necesitamos fuerzas, coraje para no huir porque, simultáneamente, algo empieza a llenarnos de un júbilo desconocido. Nuestra historia y experiencia quedan en ceros. Después sabremos que se nos infligía una contundente derrota de lo que somos, ante lo que ha sido creado por alguien con visos de divinidad. Un ser más que humano. Una artista.

¿Yolanda Posada?

Yolanda Posada

Al otro lado de la puerta ella nos saludó con una sonrisa jovial, limpia, cristalina. Y al dar un paso dentro sentimos que una avalancha de agua se nos echaba encima. Era un río fluyente, rápido y cristalino como la sonrisa de Yolanda Posada que nos daba la bienvenida. La vegetación en la otra orilla, verde y abigarrada, respiraba como la exuberante y poderosa selva de José Eustasio Rivera. Sin embargo, parados a este lado, nos sentíamos espectadores privilegiados desde un balcón de rocas milenarias lavadas por ese río torrentoso que ella había creado, no con pincel, sino a punta de espátula.
¿Yolanda Posada? ¿Quién es? ¿Cómo ha podido pintar con sus manos y sus ojos aquel cuadro? Hemos ido a visitarla con el único antecedente que nos dio su hija María Clara Villa, la artista que eterniza el barro y lo hace útil: Mi madre pinta, nos dijo hace varios meses cuando la entrevistábamos junto al horno de su taller. Cosa de familia, podría decirse. Hay familias que se distinguen por los negocios, el poder, los ámbitos heredados de generación en generación. Patrimonios materiales que les dan holgura. Pero este no es uno de esos casos. Éste contiene algo invisible, espiritual, inexplicable, como si una “onda cósmica” les hubiera bañado de talento. Tías pintoras, sobrinos arquitectos, hijos escultores y ceramistas… Y ella, Yolanda Posada, una maestra del óleo y la espátula, el color y la textura.
Con razón se dice que cada quien vive como vive. No es un mero decir, así es. Cada quien se rodea de lo que es su vida, sus vicisitudes y sus sueños. Sus desgracias o sus angustias. El apartamento de Yolanda Posada es otro mundo, una galería de arte en constante exposición. Un recinto que resuella magia. Las paredes están vestidas de flores, paisajes, barcos, pájaros, rostros, pimentones, caballos, frutas, tejados… “He pintado de todo”. Colores fuertes y sutiles, formas rectas y curvas constituyen lo que Yolanda Posada ha hecho con gran parte de su vida. Cuadros de todos los tamaños habitan en la sala y el corredor, en las escaleras y el dormitorio, en su estudio, y testimonian su paso por este planeta. Son su herencia y a la vez lo heredado.

Que la espátula corra libremente

Yolanda Posada ha podido nacer en cualquier lugar del mundo. Nadie escoge su cuna. Ella bien ha podido abrir sus ojos en un barco en altamar, o bajo la tierra en una mina de oro, o en una nave interplanetaria. Sus padres eran antioqueños. Aunque no le gusta hablar de su vida, sobre todo de su infancia, nos contó que vivió sus primeros años en Pasto, Nariño. Mientras tomamos un delicioso café, nos cuenta que tenía 4 años cuando se trasladaron a Medellín y que sus cuadernos de primaria eran ricos en ilustraciones. Estudió el bachillerato en el Colegio La Presentación donde también cultivó con dedicación el dibujo y la composición. “Siempre he sido muy disciplinada”. Hizo estudios como Delineante de Arquitectura en la Universidad Femenina, donde fue afortunada en recibir las clases de composición, acuarela, perspectiva. Se graduó en noviembre de 1956 y a los pocos días se casó con Alejandro Villa, de cuyo matrimonio nacieron 4 hijos. En el desempeñó de su profesión adquirió mayor destreza en los trazos topográficos y afinó la exactitud. Practicó una y mil veces la perspectiva, la composición, hacía bocetos, pero ya no podía desprenderse de la pintura.
En cierta oportunidad su esposo la acompañó a una sesión donde estudiaban la figura humana y hacían bocetos con desnudos. A él le intrigaba y quería ver cómo era que su esposa aprendía tales cosas, pero para su sorpresa la sesión fue rápida como el viento: “Los trabajos con modelos eran de tres minutos”. En su entrega ha llegado a pintar hasta 18 horas sin parar y tiene por principio terminar todos los cuadros, los pocos que no logra cuajar los arranca, los destruye. A veces sigue los bocetos, pero con frecuencia deja que la espátula corra libremente sin el boceto a bordo.

Flor – óleo de Yolando Posada

Su larga experiencia (hizo su primera exposición en 1962) la llevó a escoger la espátula y no el pincel, “Algo que para muchos resulta difícil porque con espátula no se puede repasar como con el pincel”. De acuarela muy poco, su predilección es el óleo: “Me gusta por su pastosidad”.

Primero mamá y esposa

Y no es que no haya mostrado su obra. Ha hecho más de 30 exposiciones individuales y colectivas: desde la del Instituto de Bellas Artes de Medellín, en 1962, hasta la del Museo del Castillo, en 2004. La lista es larga y encumbrada. La Galería de Arte Moderno de Bogotá, las salas de exposiciones de Granahorrar en Cali y Medellín, Turantioquia, Museo de Zea, Museo del Castillo, Club Campestre, Banco Comercial Antioqueño, Banco Grancolombiano y Banco Ganadero, Sociedad de Ingenieros de Antioquia. Invitada a la subasta y remate de apoyo al Centro de Convenciones de Quirama, y para beneficio de personas con limitaciones. Participó en el homenaje a Pedro Nel Gómez en el Taller de Arte de Libe de Zulategui.
Llaman nuestra atención la realizada en la Alcaldía de Medellín, en 1997: “Una familia en el Arte”; y la del Museo del Castillo, en 2004: “Oficio de una familia en el Arte”. Muestran esa virtud del grupo familiar, en las que expusieron los hijos, las tías, los hermanos, tanto en pintura como cerámica y escultura. La “onda cósmica” de la que hablamos al inicio.
Fue profesora de arte y pintura en el Gimnasio Los Pinares y dio clases en su estudio durante muchos años. Conoció a Alejandro Obregón, uno de los pintores colombianos que más admira. Lo mismo que a Enrique Grau. Admiración especial le merecen los bocetos de Francisco Antonio Cano y de Pedro Nel Gómez. La obra de Fernando Botero, pintura y escultura, son para ella de un valor inigualable. Al hablar de Los Impresionistas se le iluminan los ojos: “Los adoro a todos”.

Veleros

Yolanda Posada pudo haber sido una pintora de gran fama pero, “Primero era mamá y esposa”. Después de las exposiciones le proponían que pintara ciertos temas, que tal cuadro ha gustado mucho y podemos ganar dinero con ello y hacerla famosa, pero ella no es de las que pinta dos veces el mismo cuadro y mucho menos por encargo. “Pude haber sido famosa, pero prefiero pintar en silencio”.

Al despedirnos sentimos que un alimento nuevo nos irriga y que será imposible olvidar aquel río cantarino y bello, aquel mundo lleno de pintura que esta mujer asombrosa ha creado con sus manos y sus ojos y su talento. Hemos sido víctimas de algo maravilloso, vencidos y a la vez vivificados por el arte de la pintura. Uno no sabe que puede haber detrás de una puerta enrejada. Afuera el sol seguía incendiando el mundo.

elpeperiodico@gmail.com

Tomado de la edición impresa de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No. 94

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La imaginación y el muro

Por Saúl Álvarez Lara

Lo que excita la imaginación es impredecible, va desde el mínimo detalle sin aparente importancia, hasta la montaña imposible de ignorar. Por supuesto no siempre se reacciona con la misma intensidad o rapidez. Vi una película hace poco, un cortometraje francés, su título es “La cama cerca a la ventana”.

El paciente que ocupa la cama de la derecha reniega...

Uno podría pensar que al igual que en los hoteles, las habitaciones que miran al interior son más apetecidas que las que tienen ventana a la calle, por el ruido. En esta película la cama apetecida es precisamente la más cercana a la ventana. Toda la narración sucede en una habitación de hospital de tres camas. En cada una hay un hombre mayor, no sabemos por qué pero comparten espacio. La ventana se encuentra a la izquierda. El paciente que ocupa la cama de la derecha reniega todo el tiempo porque los otros dos no lo dejan dormir, hablan todo el tiempo, o mejor, el que habla es el de la cama izquierda que describe, mientras mira entre los listones de la persiana y con detalles precisos, lo que sucede en la calle. El paciente de la cama central se emociona y pide explicaciones, exige precisiones, cómo va vestida la mujer que arrastra el coche con el bebé, de qué color es el automóvil que espera frente al hospital, cuántas personas pasan solas, cuántas en grupos. Pregunta también si hay algún policía cerca. Mientras el paciente de la cama de la derecha se queja y el del centro se entusiasma, el de la izquierda describe la calle, los árboles, la gente. Una mañana mientras describía una dama que hacía intentos inútiles por cruzar, el paciente de la cama de la izquierda sufre un infarto y muere.
El paciente de la cama derecha pide el cambio al otro extremo de la habitación al lado de la ventana, pero las enfermeras no le prestan atención y siguiendo un orden previsto por los médicos, el de la cama del centro ocupa la que quedó libre y el de la derecha pasa al centro. Igual que el paciente anterior, el recién posesionado vigía de la izquierda describe lo que sucede en la calle con tanto detalle como su antecesor pero distinto, menciona los pájaros, los niños que juegan, el parque que se abre frente al hospital.
El paciente que ahora ocupa la cama del centro se queja porque no logra dormir.
El mismo día que un nuevo paciente, otro hombre mayor, ocupa la cama de la derecha el de la cama al lado de la ventana muere, la enfermera dice al paciente de la cama del centro, esperan su muerte de un momento a otro, que ese mismo día ocupará el lugar tan esperado al lado de la ventana, sin lugar a dudas el mejor de los tres.
Con el traslado a la cama de la izquierda, un nuevo paciente, otro anciano, entró para ocupar la derecha y el que estaba allí fue desplazado al centro. Los movimientos entre camas se hicieron al comienzo de la noche. El paciente que esperó la muerte de sus compañeros antes de ocupar la mejor cama de la habitación no durmió. La ansiedad por lo que iba a ver en la mañana lo tuvo despierto hasta bien entrado el amanecer. Despertó sobresaltado y con angustia porque no quería perder un minuto de luz para mirar lo que había al otro lado, levantó un listón de la persiana y lo dejó caer de nuevo, no lo podía creer. Esperó unos segundos y levantó de nuevo el listón, esta vez esperó hasta que el compañero de la cama del centro le pidió que contara lo que estaba pasando en la calle, entonces con los ojos clavados en el muro de ladrillo rojo que tenía al frente empezó a inventar la dama que pasa la calle, el semáforo cuando cambia de rojo a verde, el policía que gesticula para que los automóviles circulen. Pensó que no lo hacía tan bien como sus compañeros pero no se preocupó, aprendería.

saulalvarezlara@gmail.com

Tomado de El Pequeño Periódico No.94 (edición impresa)

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