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Archive for 24 octubre 2011

EDITORIAL

El muchacho dibujaba al Gato Félix cuando recibió un balazo en la espalda. El hecho, muy publicitado, está por desentrañarse. Pero la noticia nos ha llevado a pensar, no sólo en el grado de vulnerabilidad que vivimos, sino lo que puede significar expresarse a través de los muros.
En Colombia hubo una época en que las ideas tenían que ser “pintadas” con brocha en las paredes, pues no era posible publicarlas en periódicos o revistas, y los oradores que se atrevían a compartirlas en las plazas públicas se jugaban la vida. Bueno, no es que ahora se pueda hacer con toda amplitud, existen muchos riesgos de diversa índole, pero las paredes han sido para los marginados de todas las épocas la última hoja en blanco que les queda.
Los muros están ahí. Unos levantados de manera infame, otros como defensa y otros más para sostener un techo.
Para saber quién conspiraba contra ella, Catalina de Médicis recurrió, en el siglo XVI, a la construcción de conductos especiales empotrados en las paredes de su palacio, de tal forma que podía oír lo que los demás hablaban. Utilizó las paredes para hacerse invisible y entrometerse. Una trampa: en apariencia las paredes separaban, pero realmente conectaban. Desde entonces se dice que “las paredes oyen”. Otros se dieron a la tarea de levantar muros para desconectarse, convencidos de que así se protegían y en esa “protección” llegaron no sólo a erigir fortificaciones, sino a quemar libros, tarea común de los poderosos, como dice Borges.

En Medellín abunda el arte callejero

La interpretación que se da a los muros es casi una ciencia: El muro de Adriano, La muralla china, La muralla de Jericó, el muro de Berlín, el de Los lamentos, el de Israel, el de la frontera entre Estados Unidos y México, las murallas de Cartagena…, contienen una ancha gama de significaciones y leyendas. Y los muros invisibles, los imaginados, los que levantamos a diario con recelos y prejuicios, aquellos que también pretenden protegernos, suelen envilecernos más que los materiales, nos llenan de embustes no tanto de los demás como de nosotros mismos. Quizás esta tendencia esté aumentando con la tecnología y el llamado “mundo virtual” que nos aíslan y empantanan en una red de supersticiones contemporáneas.

Taller de grafiti convocado por el Museo de Arte Moderno de Medellín

A mediados de este año, el Museo de Arte Moderno convocó a los jóvenes de Medellín para desarrollar un taller de cartografía de grafiti y recorridos por la ciudad para leer paredes. Esta interesante propuesta tuvo excelente acogida y los participantes aprendieron a elaborar plantillas para grafitear. La culminación de esta interesante experiencia tuvo lugar en un muro abandonado del barrio Moravia que, poco a poco, como por arte de magia, se fue poblando de imágenes de diversos colores. La noche fue cómplice de esa alegría pues no importó lo largo de la jornada. En ciertos colegios y universidades existen espacios para que los muchachos escriban, dibujen, expresen lo que quieran, aunque por supuesto, dentro de ciertos parámetros de la decencia. Aunque a nombre de la decencia se han aplastado gritos y poemas, canciones e inconformidades. Porque existe una creencia prejuiciosa entre los detentadores del poder a todo nivel, de que escribir en las paredes es ilegal. Dicen: nada bueno escriben quienes recurren a los muros y sobre todo si lo hacen a escondidas y de noche. Pero una ciudad que no tenga estos testimonios de los marginados es sospechosa. Esa limpieza bien puede ser fruto de una asepsia represiva, intolerante y demasiado organizada, tanto, que aparentemente no hay nada qué decir. Este podría ser un elemento a tener en cuenta para entender porqué en ciertos países “muy desarrollados”, el índice de suicidios y drogadicción entre los jóvenes es alto. La represión para estos asuntos jamás será buena consejera.
Juventud que se respete no pide permiso para escribir sus poemas. Los muros son piel de la ciudad. Sean verticales u horizontales. Podría semejarse a los tatuajes. Cada persona es libre de tatuarse su cuerpo, en esos tatuajes expresa sus tendencias y búsquedas que la embargan. Una ciudad también. Un enorme pájaro tatuado en un puente, que contraste con la silueta en el pavimento de una víctima de un carro o una motocicleta fantasma. O la figura del Gato Félix en un muro, ¿por qué no? O unos ojos que nos sonrían.

Tomado de El Pequeño Periódico No. 94, Editorial. Título en la edición impresa: La piel de la ciudad.

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Al final de la inocencia

Leonardo Agudelo Velásquez

Una novela que recrea poéticamente la violencia política de los años 50

Una mirada crítica a la novela de Antonio Botero Palacio, obra que trata del incierto viaje de un hombre acosado por los odios políticos, que se ve obligado a buscar un pedacito de país donde pueda ejercer su profesión de maestro de escuela. El transfondo histórico es el motivo del presente ensayo.

En 1966 Gerardo Suárez Rendón publicó su libro. La novela sobre la violencia en Colombia; una selección de cuarenta relatos largos, editados de 1951 a 1965, que termina con una pregunta: “Donde está la novela que plantee a través de sus personajes las causas verdaderas y profundas de la violencia?” y a renglón seguido afirmó: “tengo el convencimiento de que la novela de la violencia exige algo más que personajes que roben, estupran, y asesinan, cobijado por la complicidad de las autoridades. (…) no tenemos derecho a esperar que esta obra se produzca mientras los encargados de llevarla a cabo sean jueces y partes del proceso. Habrá necesidad, entonces, de esperar a que se apacigüen los ánimos”.

Durante la presentación del libro en La Unión - Antioquia

La violencia en Colombia no cesa, pero ha dado origen en los últimos sesenta años a un sin número de obras históricas, sociológicas, económicas, periodísticas, pictóricas, teatrales, cinematográficas, que han construido una ventana, algo empañada, donde nos podemos enterar de lo que sucedió en nuestra historia desde la década de 1940. En este escenario la literatura pareció ofrecer una cierta ventaja sobre otras formas escritas, dado que sólo necesita lápiz, papel, memoria y un cierto gusto por la soledad y la reflexión interior. Sin esa actitud por la escritura literaria nuestra memoria sobre esta pavorosa época hubiera sufrido una pérdida irreparable, pérdida que hubiera permitido un triunfo total de quienes la iniciaron e hicieron de ella su fuente de “acumulación originaria de capital”. 

La tras-escena

El artista crea su obra con la forma del mundo que le rodea. Y ello ha permitió a la literatura y en general al arte y paradójicamente en último lugar a la historia, servir de urdimbre para que nuestro pasado no desapareciera como agua entre los dedos. El término “La Violencia” fue criticado por alguna corriente de intelectuales adscritos a ese oficio universitario y editorial bautizado como “La Violentología”, porque parecía revelar una intención de atribuirla no a causas humanas sino a algo abstracto y gaseoso, por utilizar el genitivo “La violencia”. Pese a que una brillante generación de universitarios graduados en ciencias humanas dedicó su utillaje mental al tema, no alcanzó a producir una síntesis nacional sobre la violencia, y su reflexión languideció en una serie de estudios regionales, donde no se intentó vislumbrar más allá de lo actores violentos y sus víctimas. Ello debido a que se trazó una línea de separación sutil y pavorosa, donde se habló de los actores directos pero no de la tras-escena donde pudiéramos vislumbrar las familias ilustres a donde fueron a parar inmensas extensiones de tierra. Por ello no podemos olvidar al historiador Darío Betancurt, fue él quien cruzó esa sutil línea con su libro Matones y Cuadrilleros, y fue asesinado.

 

Al final de la segunda guerra mundial el Tribunal de guerra internacional de guerra de Nüremberg, estableció de forma universal que la soberanía de una nación no era algo absoluto en caso que dentro de ella se llevara a cabo un genocidio. Algo que pareció asustar a los instigadores del choque bipartidista y luego de la usurpación pareciera que se dedicaron a tejer sobre ella toda una conspiración de silencio. De ahí el valor de la literatura de la violencia, porque ella pudo vestir los terribles hechos de este periodo con el ropaje de la ficción y pasar así el peaje de silencio que se dio en nuestra historia acerca de sus instigadores y beneficiados.

El silencio de la historia colombiana sobre el tema es más notorio que sus  aportes, pero no por voluntad de los historiadores, sino que como dice el dicho: “El palo no estaba para hacer cucharas”. Hasta que todas esas propiedades no hayan sido legalizadas y las reclamaciones silenciadas, no será posible hacer una síntesis histórica de ella. Quienes se enriquecieron en este período de nuestra historia todavía son muy poderosos y tiene suficiente influencia para seguir ahogando en silencio el clamor de las víctimas. Pero algo rompe el espiral de silencio que siguió a la violencia, y fue el ánimo de algunos personajes de ganar con paciencia y buena escritura la batalla contra la impunidad. Inspirándose en la frase que escuchó un coronel norteamericano de un combatiente en Vietnam: “Ustedes tienen el reloj, nosotros tenemos el tiempo”.

La literatura como resistencia

La literatura sobre el periodo de la Violencia bipartidista ha servido de “territorio de resistencia”, para que el olvido no termine derrotando, por segunda vez, a las víctimas.

Portada de EL PEQUEÑO PERIÓDICO No.94 en la cual se publicó el presente ensayo de Leonardo Agudelo Velásquez.

De su labor cultural en el puerto de Magangué, Ángel Galeano H., desentrañó una de esas piezas ricamente pulimentadas que guardan la memoria de la violencia, cuando conoció al profesor Antonio Botero Palacio, que se había convertido en “aprendiz de brujo” en el tiempo que le dejaba su trabajo de administrador del transporte fluvial de ganado hacia el interior del país. Botero escribía en un cuaderno escolar sus recuerdos a la orilla del río Magdalena. Aquellos apuntes no tenían el propósito de servir a ninguna causa más que a salvar de su existencia aquellas cosas dignas de contar. Dejar algo más que cenizas y una que otra lágrima el día de su funeral. Era un ejercicio de exorcizar de su memoria aquellas cosas que permitieran hacer ligero el equipaje a la hora de partir. No para la gloria o el consuelo, era sólo para sí, frente al altar de su existencia. Por ello comienza el relato en las montañas antioqueñas, donde su abuelo Elías decide construir una casa: la Casa Grande, antes que sus hijos partan a “hacer vida” a otro paraje. Y erige junto a la casa de tapia y bahareque un poderoso muro con el que esperaba comunicar a la inmortalidad su existencia. Casa que sirve de escenario a bailes de Navidad, el juego de los niños y los aromas de la cocina que escriben olores en el rocío de la mañana para esparcirse por los corredores de la casa solariega hasta las habitaciones y despertar a los niños. De los hijos, dos se dedicarían a cortar la corteza de árboles que proveyeran taninos para la industria de curtimbres, en medio de indómitas montañas y uno de ellos debería conducir la recua de mulas hasta la ciudad de Rionegro para negociar el producto. Cuatro días de camino, a dos fondas de distancia y en la segunda de ellas conoce una mulata que enciende ese fuego que no se apagara en él. De esa unión nacen varios hijos y uno de ellos elegirá el camino de la docencia, no por ninguna aptitud sobresaliente, sino por aquello que uno no elige, sino que lo elige a uno: el destino.

Estudia en la Normal de Varones de Manizales, un centro de educación donde se difundía la cultura Greco- Caldenes y donde empezara a conocer la condición humana de quienes le rodean. Llegando como profesor a ese día que partió nuestra historia en pedazos que no hemos podido volver a reunir: el 9 de abril de 1948. “Esta fuerza demencial obnubiló a poderosos y humildes”. Y surge la pregunta: ¿Quién dibujo el mapa de origen y destino de las fuerzas oficiales que hundieron regiones pacificas en un conflicto que hoy, seis décadas después, no termina?

En el capítulo 16, Antonio Botero P. nos introduce a través de la frase: “A los campanarios se les olvidaron las notas del Ángelus”, a una época retratada por Débora Arango a partir de las  imágenes de campos de concentración en Europa, con vagones cargados de muertos, para fijar en la historia colombiana el significado de los hechos junto a la música los temas de Garzón y Collazos.

El autor con su hermano Próspero (izq) y varios familiares, durante las fiestas del Centenario de La Unión.

La pasión política entra a su vida de forma que aprende a sobrevivir el sectarismo liberal-conservador, que es intensificado por todos los poderes y llevan a los más sencillos a la confrontación. Como profesor de escuela, aprendió de sus alumnos a leer el mapa de la supervivencia en medio de la tempestad. Luego fue nombrado inspector de núcleo en Urrao, viaja de escuela en escuela sobre una mula recorriendo los caminos: con un carnet liberal en un bolsillo y uno conservador en el otro, rezando plegarias para no ir a confundirlos cuando las fuerzas del gobierno o de la guerrilla le pidan identificarse.

La bella sutileza

Hay una bella analogía en el drama de la madre que el padre había conocido en una fonda caminera y la época histórica que rodea al escritor Botero Palacio P. La ausencia de su madre por el mal de Hansel significó disolución de la convivencia familiar desde pequeños, no sirve de pretexto al autor para aumentar la densidad de la nebulosa de la violencia, tiene un manejo delicado del tema producto del amor a sus orígenes. En la época de vacaciones en la Normal de Varones de Manizales, decide visitar a su madre en el lazareto de Agua de Dios, donde ella lo lleva a conocer al músico Luis A. Calvo.

Antonio Botero con su familia, en las fiestas de La Unión

El capítulo flota en la sofocante atmósfera de la Peste de Albert Camus, termina con una plegaria: “No llores madre mía, amor de mis amores, donde quiera que tu vayas irá mi corazón”. Y ese contrapunto hace que el relato no se vuelva una sofocante novela existencialista, porque no olvida que al final del día sobre todas las amarguras e injusticia estamos acá, producto del amor de unos orígenes y de una magnifica tierra, una tierra infinita que canta la frase: “habrá pan para todos”.

garlosin@gmail.com

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“Prefiero la noche”

Por Ángel Galeano Higua

 
“A veces pienso que si me llegara una catástrofe o una enfermedad que no me permitiera salir de la casa, no me importaría si estoy acompañada de mis libros”.  María Teresa Ramírez.
 

Una novelista que se abre paso

Una amiga le confesó que cuando empezó a leer Los pasos del exilio, no podía soltarla, pero le daba pena que el marido la viera sin hacer otra cosa y entonces se metía al baño para continuar leyendo. Esta anécdota testimonia la fuerza narrativa que María Teresa Ramírez viene cultivando desde hace varios años. Otro amigo llevó esa misma novela para leerla en un vuelo a Boston y rogaba para que el vuelo se prolongara y así poder terminarla. Es a lo que todo autor aspira, que el lector llegue hasta el último renglón.En cada escritor vibra un lector voraz. Ella acaba de leer Los pilares de la tierra, de Ken Follet, que trata de la construcción de una catedral en el medioevo, son 1589 páginas, “Cuando lo compré pensé que le sobraría la mitad, pero me tuvo atrapada desde el principio”.Una de sus mayores fortalezas es la dedicación, la disciplina y una visión aguerrida de la escritura que le permite deleitarse con los grandes retos. Por eso le fascina escribir novelas, por el largo aliento y la intrincada complejidad que este género requiere. Es una investigadora que aspira a recoger la vida de otras autoras para dejar su huella bien plantada en la memoria de nuestro país.

 

Francisco Maturana, Rocío Vélez de Piedrahita …, ¿tienes más biografías entre manos?

Sí, las de Olga Elena Mattei en poesía y Dora Ramírez en pintura. Junto a la de Rocío Vélez de Piedrahíta forman una trilogía sobre mujeres emblemáticas de Medellín. La idea es rescatar la memoria de aquellas mujeres que han dejado una huella artística en nuestra ciudad.

¿Quizás la biografía de Maturana es periodismo?

Portada de la Edición 93

Yo no estudié periodismo, pero mi hija Catalina sí y me apropié sin permiso de algunos de sus conocimientos para poder canalizar mi vocación de escritora. Cuando escribía Hombre Pacho, la biografía de Francisco Maturana, ella estaba en la Universidad Pontificia Bolivariana y me contactó con algunos de sus profesores quienes me ayudaron a esbozar el croquis de la biografía en la investigación. Yo era aprendiz en el Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto y la decisión de escribirla a manera de novela, surgió desde allí. Hombre Pacho fue mi primera publicación y debuté en grande porque fue publicada por la Editorial de la Universidad de Antioquia y estuvo en los primeros lugares en ventas durante varios meses.

¿Alguna diferencia entre la María Teresa que escribe cuentos y la que escribe novelas o biografías?

Soy la misma con cualquiera de los tres géneros, pero la novela es mi preferida. Hay quienes dicen que la novela es la reina de la literatura por su complejidad y el tiempo que entraña su elaboración, pero son precisamente la trama y el suspenso de la novela los que me proporcionan un placer indescriptible, dejo volar mi imaginación y como quien está en una especie de éxtasis, las horas pasan sin notarlo. Con el cuento también me siento muy cómoda, pero tal vez sin tanta presión como la que tiene la escritura de la novela. La biografía en cambio, es un género muy exigente en cuanto a la rigurosidad de la investigación y la exactitud de los datos que allí se consignan, pero me encanta también porque con ella aprendo muchísimo sobre los seres humanos, penetro en sus almas y me quedo con lo mejor de cada uno.

¿Y tus rutinas de escritora?

Antes escribía por la mañana, pero ahora soy una orgullosa abuela y las mañanas las dedico a estar en comunicación con mi primer nieto que vive en España. No me quiero perder nada de su evolución y por el cambio de horario las mañanas son más cómodas para hablar con mi hija. Para escribir prefiero la noche: no suena el teléfono, no tocan a la puerta y no tengo que resolver problemas domésticos. Para las mujeres escritoras el sacrificio es mucho mayor porque nunca nos desligamos de los roles de esposas, madres y amas de casa.

¿Lugar favorito para escribir?

María Teresa Ramirez

Mi biblioteca, es el espacio donde me siento más completa, es el entorno de los libros lo que me hace más feliz. A veces pienso que si me llegara una catástrofe o una enfermedad que no me permitiera salir de la casa, no me importaría si estoy acompañada de mis libros. Escribo en silencio absoluto y hasta una música de fondo me distrae. Tal vez también por eso prefiero la noche, porque es la mejor cómplice del silencio.

¿Se puede detectar cuándo un texto literario fue escrito por un hombre o por una mujer?

A veces sí. Las mujeres somos más adictas al detalle, más engolosinadas con los sentimientos; los hombres son más directos y prácticos, van a los hechos. Las mujeres escribimos desde nuestras cicatrices, los hombres desde sus vivencias. Esto no es bueno ni malo, es simplemente un modo de percibir el mundo de diferente manera y es precisamente esa diversidad la que enriquece el espectro literario. Algunas veces he hecho el ejercicio de escribir como hombre, con la mirada de un hombre, con los sentimientos de un hombre, pero creo que por allá en el fondo, mi condición de mujer me traiciona.

Piedra preciosa (¿Recuerdos o pura sensibilidad estética?)

Mi signo que es Libra, dice que mi piedra es el ópalo. Alguna vez tuve un anillo y unos aretes con esa piedra, pero un día me robaron todo y entonces decidí que me gustan más los diamantes, aunque ya no pueda comprar ni los unos ni los otros. 

¿En qué ciudad te gustaría escribir tu próxima novela?

Me gusta escribir en Medellín. No necesito salir a ninguna parte especial porque el tema está en mi mente y ningún lugar geográfico es un condicionante. Los pasos del exilio la escribí parte en Madrid y parte en Medellín.

¿Cómo ves la literatura actual en la ciudad?

Hay un movimiento naciente que vale la pena cultivar. Hace poco tuve el gusto de dictar un taller de narrativa para un grupo de enfermeras y profesionales de la salud y quedé gratamente sorprendida no sólo por su amor a las letras sino por el talento individual de los asistentes. Creo sinceramente que hay un semillero notable en Medellín. Los concursos literarios son también un medidor importante para calibrar el talento y el gusto de la comunidad por la literatura y por eso hay que incentivarlos con buenos premios y buenas ediciones de las obras premiadas.

¿Qué estás escribiendo hoy?

La biografía de Olga Elena Mattei. Una Poeta con mayúsculas que ha publicado 19 libros y tiene 42 inéditos. La investigación me va revelando la magnitud y grandeza de su obra: una poesía profunda, elaborada, llena de matices. Cuando leo sus poemas se me eriza la piel, trato de entrar en su ser, en su dolor, en su relación con Dios y me acerco un poco a la estatura de su intelectualidad, porque ella es una mujer de una gran cultura con conocimientos sobre música, historia, arte, astronomía. Olga Elena Mattei ha recibido toda clase de premios nacionales e internacionales y su poesía es celebrada en todo el mundo, ha hecho recitales en salas importantes de Europa, Estados Unidos y México. En cambio en nuestro medio no es bien conocida.

También trabajo con Dora Ramírez, la pintora, grabándola en entrevistas personales e investigando sobre su obra artística. Dora, como Débora Arango fue una pionera de la pintura, rompió con los cánones del realismo, de lo clásico, y se atrevió a pintar en su época como le dictaba su yo interior. Esto fue muy criticado en su tiempo pero al ir pasando por los diferentes estados de su alma también reflejó lo que era ella: una mujer rebelde, maravillosa, con una personalidad arrolladora. No todos saben que la pintura de Carlos Gardel del telón de fondo del Teatro Pablo Tobón Uribe, es una obra original de Dora Ramírez.Tengo un libro con 16 cuentos inéditos que espero publicar este año y una novela empezada que continuaré cuando termine las biografías.

Los pasos del exilio es una novela que ha recibido buenos comentarios, ¿a qué crees que se deba?

Los pasos del exilio tiene varias facetas que quiero destacar. La primera es que está escrita en primera persona y por eso da la impresión de que es una historia verídica. Ésta, como todas las novelas, tiene elementos reales y elementos fantásticos, pero es la manera de hilvanar unos con otros lo que le da ese carácter de verosimilitud. Esta novela narra la vida de una familia en el exilio, con sus nostalgias, sus pesares y sus nuevas experiencias en España, un país que ellos creían que era el paraíso. Para escribirla me metí en la piel de cada uno de los protagonistas y sobre todo, estuve muy pendiente del nivel de suspenso que quería poner en cada capítulo. Un profesor de español en Estados Unidos la leyó con sus alumnos y me contó que había sido un éxito rotundo. Otro amigo la llevó para leerla en un vuelo a Boston y rogaba para que el vuelo se prolongara y así poder terminarla porque estaba atrapado con la trama. Con esta novela me han pasado también anécdotas muy graciosas: en uno de los capítulos hay una infidelidad de Marisol, la protagonista, quien es la que narra la historia. Pues bien, algunas amigas que la leyeron estaban escandalizadas porque pensaban que era yo quien había sido infiel a mi esposo. En otro capítulo hay un intento de violación y un día, me llamó una persona para decirme que no se explicaba como Karl, siendo amigo de mi esposo había intentado violarme, y de paso, a felicitarme por la forma como me había defendido. Esto es muy gracioso, porque yo como escritora trabajo sobre toda clase de temas sin significar por ello que sean mi propia vida; pero también es muy gratificante porque siento que mi obra está cumpliendo su cometido en cuanto a que es creíble. Son tantos los comentarios y las preguntas que me han hecho, que para no entrar en detalles decidí responder a todos que sí era verdad.

Otra de las facetas que quiero destacar es que tuve la suerte de tener un gran editor. Un ser comprometido con su oficio que entendió la esencia de la novela y puso todo de su parte para que la publicación fuera lo más perfecta posible. Los libros tienen a veces destinos inesperados. Los pasos del exilio, está circulando ya en otros países, pasando de mano, con otros horizontes por explorar. Sólo hay que darle tiempo…

elpeperiodico@gmail.com

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